A dos bandas 17

«A dos bandas» Fic de rubelangeltwc

Capítulo 17

– Así que estás enamorado de Bill – me dijo mi madre.

– No me haces sentirme mejor diciéndome eso – murmuré, mirando la taza de café como si el contenido que había ahí dentro fuera de lo más extraño, sumido totalmente en el movimiento circular que daba la cuchara que sostenía con la otra mano, con otra ropa puesta, la cual no estaba mojada afortunadamente.

– ¿Nunca se te ocurrió que lo que sentías no era solo que te gustaba? – negué, puto orgullo de mierda – ¿Quizá porque era un chico?

– Realmente lo que menos me importaba es que fuera un chico, mamá. Solo… estaba impactado, no sé, nunca me había gustado nadie, joder – terminé de decir, apretando la cuchara entre mis dedos, dejando de moverla. – Soy un imbécil, ¿Ahora qué hago? Él se ha mudado y yo he sido un hijo de puta con él, y encima… el idiota me pide perdón a mí cuando él no ha hecho nada, aquí el único capullo que hay soy yo, joder, yo. Él es tan bueno… que a veces me da rabia – me limpié con la manga los ojos que comenzaban a escocerme y en cualquier momento comenzarían a emanar de nuevo lágrimas.

Tragué saliva y respiré hondo, era la primera vez que hablaba con mi madre de cosas personales, cuando llegué a casa hecho una mierda, mojado y l orando, el a fue la que me abrazó y me consoló. Joder, y todo este tiempo había pasado de el a como si fuera una mierda cuando era la única puta persona en este mundo que quería lo mejor para mí. Fui tan gilipollas, tan imbécil. Le conté todo cuando me calmé, le enseñé la carta y después subí a mí habitación para cambiarme de ropa, cuando bajé me dio un café caliente y mi padre afortunadamente se quedó un poco al margen, él era igual de malo que yo con las palabras, así que me consoló con silenció, y lo agradecí.

– No eres ningún capullo, Tom. Solo te cuesta un poco más darte cuenta, pero eso no es malo, Bill no te odia, se nota que no te odia – eso esperada, la verdad. Eso esperaba.

– Pero él creé que yo le odio – susurré, dejé la taza de café sobre la mesa que había justo al frente nuestro y apoyé mi palma caliente sobre mis ojos, esperando que no l oraran.

– Cariño, por mucho que le quieras… no sabemos dónde ha ido, ojalá lo supiéramos, pero cuando vino no me dijo dónde se mudaba. Él está intentando pasar página, seguro, inténtalo tu también.

– ¿Cómo quieres que lo haga si lo dejé tirado como si fuera un perro? Le hice llorar, tuviste que verle… Estaba destrozado… Nunca me voy a perdonar eso. No voy a pasar página cuando mi puta consciencia no me deja tranquilo, sabiendo que esta en algún sitió, sin nadie, con solo su familia para apoyarle por esa puta enfermedad que tiene, pensando seguramente que aquí conoció a un capul o que creé que le odia por ser lo que es.

– Cariño, las cosas ya están hechas y…

– ¡Me da igual! No puedo dejarlo así, no puedo – y ahí iban las lágrimas, abriendo paso entre mis pestañas para caer por mis mejillas y llevarse con el as un sollozo involuntario junto al dolor en el pecho. Odiaba llorar, pero era inevitable cuando pensaba en él. Mi madre me miró con pena y se acercó a mi, se sentó a mi lado y me abrazó como cuando tenia 5 años y lloraba porque me había caído y tenía una herida en la rodilla. La diferencia es que antes era por dolor físico, y ahora lo era por dolor sentimental, y joder, dolía mucho más este.

– No llores, cariño… – murmuró mi madre cerca de mi oído, ojalá sus brazos fueran los de Bill, pensé. Joder, ojalá él estuviera aquí. Pero a pesar de sus palabras y de mis ganas por dejar de llorar frente a mi madre para no dar tanta pena, no pude dejar de hacerlo – Es tu primer amor, mi vida, todos pasamos por esto, pero no tienes que sentirte culpable.

– ¿Y si no es sólo mi primer amor? Joder, mamá. Sabes como soy y con él ha sido todo diferente, sé… algo me dice que sólo lo voy a sentir con ese puto niño – guardé el aire en mis pulmones por un momento para ver si podía dejar de sollozar, cerré los ojos y me los limpié de nuevo, afortunadamente pude calmarme un poco y apoye mi cabeza sobre el hombro de mi madre. Después de todo el a era mi madre y supongo que nadie más que el a podría entenderme mejor, así que con vergüenza, dejé que me mimará y me aconsejara. Él Tom de antes hubiera subido a su habitación y hubiera estado odioso con todo el mundo, el Tom de ahora… Había sido cambiado a mejor por ese pringado que, joder, tanto quería.

– Mi vida, todos tenemos siempre nuestro primer amor en la adolescencia y casi nunca nuestro primer amor es el correcto…

– Él es el correcto porque he estado con muchísimas chicas y ninguna es como él, Bill… es tan bueno, es incapaz de odiar a nadie. Él daría todo por alguien que le importa sin recibir nada a cambió. No es como yo, yo soy egoísta y un cabrón… Y sé que nunca me habría importado tan poco que Bill tenga una enfermedad, yo solo le quiero a él, me da igual si está enfermo o no – bufé, separándome un poco de mi madre. – Joder, nadie me entiende – murmuré mas para mi mismo que para ella.

– Entonces ve a buscarle, ¿No? – esa fue la voz de mi padre, joder, él no, no tenía la suficiente confianza para hablar con mi padre, quien siempre me había enseñado a ser un hombre, de esto. Siempre había creído que él era homófobo, y ahora al saber que su hijo probablemente era marica porque estaba enamorado de otro tío… Esperaba que me gritará y me dijera que era un enfermo, y yo gustoso le habría contestado con alguna barbaridad a pesar de ser mi padre.

Pero ahora, aunque supiese todo igual que mi madre, no encontré en su voz ni en su mirada cualquier tipo de despreció.

– ¿Cómo quieres que vaya a buscarle sí no sé dónde está, eh? Si ya lo supiera te aseguro que no estaría aqui – dije, rompiendo el abrazo de mi madre para mirar a mi padre, quien estaba apoyado en las escaleras, silencio no, por favor, silencio no… Lo odiaba profundamente, y sí encima estaban mis padres en una charla familiar, lo odiaba aún más.

– Seguro que Bill tendría algún amigo en el instituto, quizá se lo ha dicho el donde ha ido, o podemos buscar en intern…

– Gustav – murmuré justo en el mismo momento en el que me vino su nombre a la cabeza.

– ¿Qué? – preguntaron mis padres al unísono.

– Gustav, él es el mejor amigo de Bill, se lo ha tenido que decir, seguro – una esperanza apareció, y mi pecho se comprimió de algo totalmente diferente al dolor. Quizá… Tenía la posibilidad de verle otra vez, joder, joder… Mis padres se miraron como cómplices cuando una pequeña sonrisa asomó en mis labios, casi imperceptible, pero lo notaron.

– Entonces mañana vas al instituto y se lo preguntas – oh, mierda… Por cojones tenía que ir al instituto porque no me acordaba de dónde vivía y no tenía su número de teléfono… Me encontraría con Georg y esa puta pandilla, y me dijo que si me volvía a ver, me iba a matar. Bah, que poco me importaba, solo quería ver a Bill.

– Si – dije levantándome del sofá, mentalizándome yo mismo. – Pero no echéis a mí la culpa si recibís alguna denuncia de Georg – murmuré bajito mientras me acercaba a las escaleras para subir a mi habitación.

– ¿Por qué? – me preguntó mi padre.

– Bueno, cuando fui discutimos y le di un puñetazo en la nariz, creo que se la rompí, y me dijo que si me volvía a ver que me iba a matar – dije intentando normalizar la situación con el tono de voz que puse y el encogimiento de hombros, pero no, enseguida mi madre se alteró.

– ¿¡Qué!?

– Oh, tranquila, no me va a hacer nada – escuche una suave risa de parte de mi padre, mientras mi madre me miraba preocupada.

– Déjale al niño, Ana. Ya no tiene 3 años – mi vieja bufó y se pasó la mano por la frente, aún preocupada, pero al final se resignó y asintió.

– Me voy a mi cuarto – dije, queriendo dar vueltas en mi cama con la esperanza de poder verle otra vez, oh dios, podría verle de nuevo, quizá…

– ¿No te tomas el café? – negué, y comencé a subir las escaleras de dos en dos, hasta que llegué a mi habitación y abrí la puerta, entrando en ella y tirándome sobre la cama de un pequeño salto. No quería cenar, ni hablar, ni siquiera tenía ganas de quitarme la ropa para poder dormir, así que con ella puesta me metí debajo de las mantas y miré por la ventana, viendo las luces de las farolas iluminar la calle, recordando entonces cuando dejé a Bill en su casa después de irnos gran parte de la noche juntos por ahí, cuando me dio el beso en la mejilla… ¿Por qué cuando me besó no me di cuenta de que estaba enamorado de él? Estuvo esperando tantos meses que se lo dijera… Que tan solo le dijera lo que realmente sentía, y ahora se había ido sin escuchar esas palabras salir de mis labios, con el corazón roto y dejando atrás al mayor capullo que pudo haber conocido en Múnich y en Alemania entera, pero este capullo ahora se había dado cuenta de que estaba enamorado de él, y costase lo que me costase, no le iba a dejar ir tan fácilmente.

En ese cómodo silencio saqué la carta que cuando mis padres leyeron guardé de nuevo en mi bolsillo del pantalón. La miré a través de la casi imperceptible luz que entraba por la ventana y la desdoblé suavemente, mirándola sin leerla, tan solo observando esa caligrafía.

Bill… Me importa tan poco que tengas esclerosis múltiple, o que seas un chico, o que seas el pringado del instituto. Te juro que no me importa…

Solo quiero verte y besarte, no me importa si eres dependiente de mí o si te quedas en una silla de ruedas. Me sirve con que me mires con los mismos ojos y sepa que ha merecido la pena, que merece la pena tenerte.

«Sé que nunca más vamos a vernos, pero mi corazón siempre será tuyo, mi corazón siempre te pertenecerá a ti. Así que cuídalo y no lo rompas más, últimamente está muy sensible y tiene varias grietas»

Leí esa frase del final, y aparté la vista de la carta, dejándola a un lado y recostándome bien en la cama.

Perdóname por romperte el corazón.

Déjame intentar reconstruirlo otra vez.

Déjame estar contigo.

Joder, Bill, ojalá supieras todo lo que siento por ti en este momento.

Cuando Tom Trümper se propone algo, siempre lo cumple.

Me conozco mejor que nadie ahora.

Y si me propuse ver de nuevo a Bill, eso iba a hacer.

Fue mi mejor elección, mi mejor meta.

La noche en la que supe que estaba enamorado de él, no dormí mucho, aunque ya estaba acostumbrado a no dormir nada últimamente, solo pensé en él y en miles de millones de pensamientos clichés que aparecieron en mi mente.

Yo siempre odié los clichés, pero deseé más que nunca que esta historia, mi historia, fuera un cliché.

Deseé que acabara bien.

Así que a la mañana siguiente, con una energía inexplicable que tenía en el cuerpo a pesar de haber dormido poco, me levanté de la cama y me mentalicé para ir al instituto.

– Las llaves, el móvil, dinero… – murmuraba las cosas que me hacían falta mientras las metía en la mochila del instituto la cual había vaciado, sin ningún libro. Gustav seguro que sabía dónde estaba Bill, así que en cuando lo supiera, iba a coger el coche e iba a ir hacia allí. Lo jodido era si estaba fuera de Alemania… Tendría que coger un avión, aunque esperaba que no, que no estuviera muy lejos.

Tenía el suficiente dinero como para pagarme un hotel de cinco estrellas durante una semana, todos mis ahorros los metí ahí por si acaso. Bajé a la cocina, miré la hora en el gran reloj que había colgado en la pared y vi que si cogía comida y me despedía, iba a llegar justo a tiempo al instituto, así que eso hice. Metí un poco de bollería en la mochila por si tenía hambre en el camino y cerré la mochila, colgándomela en el hombro y sacando las llaves de mi bolsillo, viendo que mi madre bajaba las escaleras ya arreglada para irse a trabajar y me saludaba.

– Me voy – dije después de que ella dejara un beso en mi mejilla y yo me restregara contra ella para que se fuera el color carmín del pintalabios.

Ella asintió y me acerqué a la puerta.

– Cualquier cosa me llamas – asentí antes de cerrarla e ir al coche. Ella no sabía que en cuando Gustav me dijera dónde estaba Bill, iba a ir al buscarle, simplemente porque entonces me prohibiría salir de casa, tenía planeado decírselo cuando viniera de trabajar y no me viera en casa.

Me subí en el descapotable y miré la parte donde me indicaba cómo tenía el deposito de gasolina, viendo que afortunadamente estaba por la mitad, si tenía que parar en alguna gasolinera para rellenarlo, tenía el suficiente dinero para pagarlo, así que no pasaría nada.

Encendí el motor cuando metí las llaves y las di media vuelta, quité el freno de mano y aceleré calle abajo, dirigiéndome al instituto. Mentalizándome de que quizá podía tener una pelea allí mismo por el gilipollas de Georg y esa puta pandilla que fui tan idiota de llamar «amigos».

Encendí la radio y busqué esa emisora que tanto le gustaba escuchar a Bill.

Fui tan gilipollas que en un arrebato rompí el casette que él me había regalado con las canciones que escuchaba para ponerlas, bueno, ya le pediría otro cuando le viera… O eso esperaba.

Sabía que era malo hacerme tantas ilusiones que después se convertirían en decepciones quizá, pero, joder, quería hacérmelas, quería pensar que iba a verle y solucionar las cosas.

Vi al frente que el instituto cada vez se acercaba más a mí, hasta que en pocos segundos ya estaba en frente y yo giraba para poder adentrarme en el aparcamiento. Miré la hora, faltaban unos cuantos minutos para que empezaran las clases. Aparqué cerca de la entrada y como pasó el último día que vine, todos concentraron su atención en mí cuando me vieron salir del coche con la mochila en mis hombros. Miré alrededor, buscando a Gustav, pero solo encontré a los de primero y segundo mirándome. Suspiré y anduve hacia la entrada cuando estuve un par de segundos más observando para confirmar que no estaba ahí, y no, no estaba. Subí las escaleras y cuando estuve adentro, miré mi taquilla, la cual estaba pintada en una perfecta X negra. Me reí mientras negaba con la cabeza, pensando en lo gilipollas que era Georg, porque eso, sin duda, lo había hecho él.

Volví a mirar por todos lados, esperando encontrarme con él, pero tampoco estaba ahí, ni siquiera estaba Georg y la mierda de pandilla comiéndole el culo en las taquillas, así que me dirigí hacia la taquilla de Gustav, sabía donde estaba porque la de Bill estaba justo al lado. Giré el pasillo a la derecha y ahí lo vi, de pie en frente de su taquilla mientras guardaba un par de libros. Sonreí y di unos cuantos pasos hasta allí, me apoyé contra la taquilla contigua a la suya y cuando cerró la puerta, sus ojos se dirigieron hasta a mí, mirándome.

– ¿Tom? – preguntó impresionado y también con un poco de odio al pronunciar mi nombre.

– El mismo – respondí -. Oye, mucha gente me está mirando, ¿Sabes? Y bueno, la verdad es que incomoda un poco. No sé qué coño se habrán inventado de mí, y paso de saberlo, pero no paso de que me miren. Además tengo que hablar muy urgentemente contigo, faltan unos minutos para que empiecen las clases, así que vamos a alguna aula, ¿Vale? – dije con ese tono de voz chulo que, sin querer, siempre ponía. Gustav frunció el ceño y vaciló un poco, pero al final terminó asintiendo. Yo le sonreí y le dije que me siguiera hasta una de las aulas que había justo al lado, era el aula de tecnología, donde afortunadamente no había nadie. Cerré la puerta cuando Gustav pasó y me apoyé contra ella.

– Fuiste un hijo de puta con Bill, ¿Sabes? – y sí, ahí empezó su repertorio de insultos que, supuse, estuvo esperando decirme desde que dejé a Bill.

– Sí, lo sé – dije, y él me miró indignado.

– ¿Lo sabes? ¿Y ya está? Yo le avisé de que tuviera cuidado contigo, no sabes cuánto te quiere Bill, y ese puto día le dejaste en ridículo frente a su madre y todo el instituto, le dejaste hecho una mierda. ¡Confió en ti, joder!

– Leí su carta, lo sé, sé todo, Gus. Y sí, me merezco todos los insultos inventados y por inventar que existen en este mundo, y merezco que me insultes y me mandes a la mierda, pero si tú sabes dónde se ha mudado, por favor, dímelo.

– ¿Para qué? ¿Para volverle a decir lo mierda que es porque a ti te importa más unos putos amigos que Bill? Él es mi mejor amigo y la persona más buena que he conocido nunca, no merece un hijo de puta como tú. Y ten por seguro que si le vuelves a hacer daño…

– ¡Le quiero, joder! ¿¡Así te queda más claro!? ¡Sé que he sido un hijo de puta con él y que soy un cabrón que no le merece! ¡He estado un mes encerrado en mi puta habitación sin aceptar que le quiero más que a nada en este puto mundo y que estoy enamorado de él! Y justo lo descubro cuando leo esa puta carta y sé que se ha ido, ayer tuve un día de mierda, Gus. Sólo quiero saber dónde se ha ido para poder pedirle perdón, para… para poder estar bien conmigo mismo. Y… me da igual si ya no quiere estar conmigo, solo quiero que me perdone, Gus – apreté la mandíbula y me limpié fuertemente los ojos cuando sentí que una lagrima caía y comenzaban a escocerme. Ni de coña iba a llorar frente a él. Se quedó por un momento en silencio, un silencio que me pareció eterno.

– Bill… él me dijo que si me preguntabas que no te dijera nada, lo siento… – tragué saliva, intentando llevarme con ella el nudo de la garganta.

– Gus, por favor… Necesito verle – volví a mirarle a los ojos, los míos seguramente rojos -. Solo quiero pedirle perdón, solo quiero verle y si él no quiere verme nunca más, que me lo diga, y te juro que no volveré a aparecer en su vida.

– Joder, Tom, dicen que si quieres a alguien y este no quiere estar contigo, tienes que dejarle ir, Bill quiere eso…

– Oh, vamos. No me vengas con esa mierda. Quien dijo eso era un puto cobarde que prefirió usar el camino fácil y dejar ir el amor de su puta vida, a mí no me gusta lo fácil, y yo no soy un puto cobarde que va a dejar ir a alguien que quiero, ¿Me oyes? Y sé que Bill estará mucho mejor con este capullo que sólo. ¡Admítelo, Gus! Joder, nadie va a querer más a Bill que yo, sé que soy un gilipollas que a veces se comporta como un gilipollas, como lo que soy.

Pero sé que Bill necesita a alguien, y yo también le necesito a él – terminé de decir exhausto -. Le necesito, Gus… – murmuré, apoyándome contra la puerta y mirando mis manos borrosas a causas de las lagrimas que me limpié con fuerza antes de que cayeran por mis mejillas. Apreté la mandíbula y tragué duro de nuevo. Otra vez se quedó todo en silencio, pero esta vez fue mucho más largo, hasta el punto en el que me resigné y supe que nunca más iba a verle, alejándome de la puerta donde estaba apoyado para poder salir.

– Se ha ido a Berlín, a la ciudad – automáticamente me giré, él sacó un papel que tenía en la mochila junto a un bolígrafo y escribió algo ahí, para después dármelo -. Allí tenía otra casa, iban a veces de vacaciones y yo iba con él, por eso sé dónde está. Es un barrio tranquilo, no está en el centro de la ciudad – miré la hoja, leyendo la calle y el número donde vivía. Oh, dios, joder, joder.

– Gracias – murmuré, apretando esa pequeña hoja entre mis dedos que guardé en el bolsillo. No se había ido de Alemania, seguía aquí, tan solo se había ido a Berlín.

De repente el timbre sonó y yo con una gran sonrisa salí del aula y del instituto, sin encontrarme afortunadamente con Georg. Joder, estaba tan feliz…

Me metí en el coche y encendí el motor, puse el GPS que había en el coche, el cual ni siquiera sabía cómo funcionaba si ya se había mojado por la lluvia un par de veces, supongo que sería impermeable o algo, aunque bueno, eso me dio bastante igual. Lo importante es que funcionaba y lo puse dirección a Berlín.

Cinco horas y media de camino había.

Cinco horas y media, donde mis únicos pensamientos iban a ser Bill.

Y así, pisé el acelerador y seguí las indicaciones, directo a Berlín.

Joder, las locuras que hago por ti…

Y lo jodidamente feliz que me hace saber que voy a volverte a ver.

Después de todo, las ilusiones que creé, se hicieron reales.

Y ahí estaba, dirección a una aventura que duraría más de cinco horas.

Esperando que Bill fuese el amor de mi vida y me dijera que sí.

Que se quedaba conmigo.

Continúa…

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