A dos bandas 8 (P.1)

«A dos bandas» Fic de rubelangeltwc

Capítulo 8 (P.1)

– Así que de pequeño eras todo un gamberro – me dijo Bill con la boca llena mientras volvía a pinchar con el tenedor el plato y volvía a llevarse la pasta que ya estaba hecha por mi madre a la boca -. Bueno, lo sigues siendo.

– Oye, come más despacio que te vas a morir – le dije, joder, ¿Cómo coño podía comer tanto y estar tan delgado? Y yo que creía que iba a ser como esos que probaban una cosa del plato y ya no querían más.

– La comida de tu madre está buenísima, enserio – alcé una ceja y miré el plato, no lo entendía, era pasta normal, con un poco de tomate y queso, eso cualquier persona lo podría hacer, hasta yo.

– Es pasta – dije buscando su mirada -. No hay nada de especial – sonreí cuando me miró y vi sus labios cubiertos de tomate, joder, a veces podía parecer un niño pequeño. Se dio cuenta y cogió al servilleta para limpiarse después de comerse lo último que quedaba en el plato y apartarlo de su cuerpo. Yo miré el mío y me di cuenta de que ni siquiera había empezado. Iba a abrir la boca para hablar cuando de repente un móvil se escuchó, y a juzgar por el sonido, no era el mío. Bill se metió la mano en el bolsillo y sacó el suyo, el cual vibraba y sonaba, apretó un botón y se lo llevó al oído.

– ¿Gus? – ah, así que era su amigo – Eh, eh, con calma, ¿Qué pasa y porque se escucha tanto eco?… ¿¡Estás en el baño y me llamas cuando estás cagando!?… Ah, vale… Yo estoy en casa de Tom, ¿Por qué?… ¡No me jodas, Gus!

– ¿Qué pasa? – pregunté totalmente atento a la conversación, Bill me miró y tapó el auricular.

– Caroline está en su casa – me susurró.

– ¿Caroline? ¿Caroline Schell? – pregunté también susurrando. Era una chica de rizos rubios y ojos castaños que iba a nuestro curso y unos cuantos iban detrás de su culo.

– Sí, dice que ha ido a su casa y se ha saltado la última hora para preguntarle por la pelea – murmuró antes de quitar la mano del auricular y seguir hablando con Gus -. A ver, a ti te gusta desde cuarto y ahora viene a tu casa saltándose la última hora para verte, ¡Está claro que también le interesas a ella, Gus! – le miraba interesante mientras seguía hablando y riéndose de su amigo, ¿Por qué se veía tan natural? Supongo que ya conocía a su único amigo desde hace años, pero cuando le miré a los ojos pude observar que no se le ponían tan brillantes como cuando hablaba conmigo, y cuando le besaba, parecían estrellas.

Suspiré y me levanté de la mesa para llevar el plato a la cocina, el que ni siquiera había probado. Podía escuchar la irritante voz de Bill al chillar desde el comedor y me apoyé contra la pared de la cocina, pensando seriamente en qué coño estaba haciendo con Bill y con mi puta vida, en qué coño había hecho al besarle, y en por qué coño me había gustado tanto.

Joder, Bill era un tío y simplemente, por ese hecho, mi vida caería en picado como mis padres o alguno de mis amigos se enterarán, sería un apartado de la sociedad, un pringado, sería como Bill, y eso simplemente no lo podía permitir por unos putos ojos bonitos, por él. Oh, ¿Y el sexo? Yo era un amante del sexo, ¿Qué coño iba a hacer ahora que ese «alguien» era un tío? Yo nunca había follado con un tío, ¿Iba a follar con Bill? ¡No! Sería demasiado asqueroso y… Asqueroso, simplemente asqueroso follar con un tío y tocar una polla que no es la tuya.

Joder, esto era un dilema de los grandes, ¿Cómo iba a sobrellevar esta situación? Sabía que hacer como que no había sucedido nada no serviría absolutamente de nada, Bill me gustaba por mucho que me jodiera y supongo que me tocaría joderme si era un tío. Lo llevaríamos en secreto, como estos meses en el instituto en el que ni siquiera nos mirábamos a la cara, o yo no le miraba a él. Además mis viejos ni de coña se enterarían, a ellos les importaba una mierda.

Solo… debía llevar esto oculto y nadie se enteraría. Una parte de mí esperaba que este encaprichamiento se me fuera dentro de poco, y la otra parte quería que siempre estuviera con él.

Joder, sé que no me gustaban las cosas fáciles, pero tan difíciles como esta situación tampoco.

Me metí la mano en el pantalón y saqué ese paquete que siempre estaba ahí, lo saqué y lo abrí, cogiendo un cigarrillo para después encenderlo y aspirar el contaminado aire. Qué bien sentaba el tabaco para evitar comenzar a estirarme de las rastas y arrancármelas una a una.

– ¿Me das un poco? – miré atrás y vi a Bill plantado en la puerta de la cocina, le di una última calada y asentí, sacando el humo por los pulmones antes de pasárselo y que él se pusiera a mi lado. Vi cómo se llevó el cigarrillo a los labios y, por un momento, deseé con todas mis fuerzas ser ese cigarrillo – Oye, en el instituto…

– No hace falta que lo hagas, de verdad – me dijo antes de terminar la frase, le miré y fruncí el ceño, ¿Cómo podía ser tan jodidamente listo? -. Ya sabes, no ha pasado nada, tú sigues con tu vida y yo con la mía, tenemos estilos de vida diferentes, Tom. Tú tienes el césped muerto y yo lo tengo vivo – ah, él también se había dado cuenta de eso.

– ¿Y qué importa el puto césped ahora?

– Es una metáfora, Tom – dijo sonriendo con un toque de amargura, volviendo a darle una calada -. No hace falta que hagas nada por mí, sé cuidarme solo.

– Pero no quiero tener el césped muerto – le dije, y él bajó la mirada para después mirarme con esa intensidad.

– ¿No? – preguntó, y yo negué con la cabeza – Pues tendrás que esforzarte mucho – dijo riendo.

– Ayúdame, ya sabes, así tendremos los dos el césped vivo – nos miramos y se formó una sonrisa en sus labios que intentó ocultar, intentó -. Sólo te pido que nadie lo sepa, ¿Vale?

– ¿Nadie tiene que saber que te ayudo a revivir el césped? – preguntó con picardía.

– El césped es una metáfora – dije copiando lo que él dijo -. Nadie tiene que saber que estamos juntos – murmuré muy bajito eso, y di un paso muy pequeño hacia él, acortando la mínima distancia.

– ¿Estamos juntos? – volvió a decir con esa picardía que me hizo sonreír, me incliné y le agarré rápidamente de la cintura, sin dejar espacio entre nuestros cuerpos al juntar nuestros labios y compartir el sabor a tabaco.

– ¿Esto te lo confirma? – susurré contra sus labios, metiendo mi lengua en su cavidad y besándole con ganas, muchas ganas.

– Sí – susurró de la misma forma, tirando el cigarrillo a un lado para después continuar mi beso y enredar sus brazos en mi cuello. Sonreí sobre sus calientes y blandos labios, jugueteé con el piercing que tenía en la lengua y él también jugueteó con el piercing que yo tenía en el labio. Era diferente, muy diferente besar a una chica, normalmente las tías llevaban ese pintalabios de color carmín que hacía que el beso supiera un tanto… asqueroso. Los labios de las tías eran suaves y podían hacer maravillas con ellos, lo sabía perfectamente, pero Bill no solo hacía putas maravillas, me llevaba al jodido cielo. Tenía unos labios suaves y perfectos para mi boca, y sus ojos encajaban a la perfección con mi mirada. Bill estaba hecho simplemente para mí, lo que ponía en duda era si aquello, esto, sería para siempre.

Ojalá lo hubiese sido. Pero quizá, tan solo quizá…

Hice que el cuerpo de Bill se pegara contra el mármol de la cocina y él se rio ya que lo hice más fuerte de lo debido, volví a cerrar los ojos y me concentré en el beso, aunque bueno, esa concentración duró poco, porque de repente escuché el sonido de las llaves adentrarse en la cerradura de la puerta principal, separando a Bill de mis labios. Joder, justo aparecía mi vieja en el momento más oportuno, al menos había tardado más de lo normal.

– Mierda – dije entre dientes.

– ¿Quién es? – preguntó Bill un tanto agitado por el beso.

– Mi vieja.

– ¿Tu vieja? – preguntó extrañado.

– ¡Mi madre! – grité susurrando – Faltan aún unas cuantas horas para que te vaya a buscar y que estés aquí, así que tienes que irte – miré atrás y corrí para cerrar la puerta de la cocina.

– ¿Tom? ¿Cariño?

– ¡Estoy comiendo, ahora salgo! – grité haciendo fuerza para que no entrara y cuando lo dije dejó de hacerla.

– Oh, está bien, ¿Hoy viene tu amigo a cenar?

– ¡Sí! ¡Déjame comer!

– Vale, vale, cualquier cosa estoy en mi despacho – suspiré y me froté los ojos, menos mal que se había ido, normalmente era mucho más insistente.

– ¿Y qué coño hago? No hay precisamente cinco minutos andando de aquí a mi casa – susurró.

– Yo te llevo con el coche – dije nervioso, abrí la puerta cuando dejé de escuchar las pisadas de mi madre y agarré la mano de Bill, tirando de él para que viniera conmigo, cogí las llaves de casa y abrí la puerta – ¡Luego vengo! – grité como siempre hacía cuando me iba, cerré la puerta y corrimos hasta el coche para después montarnos.

– Me he dejado la mochila en tu casa – me dijo cuando encendí el motor y pisé el acelerador.

– Cuando vengas a cenar te la llevas, tranquilo, no voy a prenderle fuego a tus preciados libros – dije riendo.

– Bueno, si le prendes fuego que sea a todos menos al de medicina, y al de biología le pones mucha gasolina para que prenda antes – me encantaba cuando seguía mis coñas.

– ¿Medicina?

– Quiero ser médico, esos que llevan la bata blanca y cuando estás enfermo…

– De momento sé lo que es un médico, listillo – dije, parando su explicación de lo que era un médico -. Pues antes de que lo propongas, no, no quiero ser tu conejillo de indias, gracias.

– Oh, qué pena, yo que estaba a punto de pedírtelo… – dijo con falsa decepción – Ahora que iba a estudiar la anatomía humana, bueno, se lo pediré a otro – fruncí el ceño y paré en un semáforo de rojo de golpe mientras escuchaba la risa de Bill retumbar en mis oídos, ¿Desde cuando un pringado sabía insinuarse de una forma tan indirectamente directa? Aunque a juzgar por su risa, era una broma, y eso en parte me alivió, pero la otra parte pensó, ¿Nunca habrá pensado en tener sexo conmigo? Bueno, supongo que Bill no era tan pervertido como yo y seguramente no, no habría pensado en el sexo. Joder, si estaba con Bill eso quería decir que no podía tocar a ninguna tía, y mucho menos tener sexo hetero fuerte, y una vez más me pregunté cómo sería hacerlo con un tío, con Bill. ¿Dolería tener que meterla por un sitio tan pequeño? –¡Tom! El semáforo – agité la cabeza y miré el semáforo en verde, apretando el acelerador de nuevo, joder, me había quedado absorto pensando en… Bill.

Jamás hubiera pensado que diría eso alguna vez en mi vida.

Dejamos de hablar cuando Bill estiró el brazo y puso música que comenzó a salir de la radio, a mí me gustaba mucho más el rap, pero podía aguantar música normal alemana por un momento.

– ¿Y cómo tengo que ir vestido? – me preguntó Bill repiqueteando las uñas sobre la ventana cuando la canción acabó, yo le miré y después giré a al derecha, ya casi llegando a su casa.

– ¿Me has visto cómo voy yo vestido? – pregunté y vi que Bill asintió – Pues eso, a mis viejos les da igual cómo va la gente vestida, sino ya me hubieran echado de casa hace años – dije riéndome, recordando perfectamente la cara de mi madre cuando, sin preguntarle, llegué a casa con rastas.

– A ver qué encuentro en mi armario – susurró más para sí mismo.

– Dirás en tu tienda de ropa, yo con suerte tengo diez camisetas y tú tienes como quinientas – dije obviamente exagerando, Bill comenzó a reírse y justo al acabar la frase ya estaba enfrente de su casa,

– ¿A las ocho?

– A las ocho – confirmé -. Ahora esperemos que tu madre no te vea con ese moratón en la mejilla y crea que soy una mala influencia – sonreí y me toqué el piercing que tenía en el labio con la punta de la lengua.

– Ya sabe que lo eres – dijo sonriendo.

– Qué bien, ahora solo falta decirle también a mi vieja que en realidad tú también eres una mala influencia – dije acercándome a él.

– ¿Y en qué te mal influencio? – habíamos pasado a hablar en susurros y podía escuchar la música de fondo perfectamente mientras miraba los ojos de Bill y me perdía, juro que me perdía.

– Me provocas – sonreímos y juntamos los labios en un beso húmedo y sonoro donde él se atrevió a jugar con el piercing que tenía en el labio, el beso seguía sabiendo a tabaco rancio y al toque dulce de sus labios, supongo que sería por ese gloss que nunca dejaba de ponerse, provocándome aún más. Le comí la boca y me separé de él cuando nos quedamos sin aire, mordiéndole en forma de despedida el labio inferior con un poco de fuerza. Sus labios estaba rojos y jadeaba, al igual que yo.

– Me gusta ser una mala influencia – murmuró Bill antes de abrir la puerta del descapotable. Me miró, me sonrió, y me perdí, para después desaparecer cuando entró en su casa.

Me gustaba esa parte de Bill, me gustaba mucho, podía llegar a ser tan sensual y provocativo inconscientemente que seguramente si hubiera continuado besándole ahora mismo la tendría dura, simplemente por un beso, un puto beso.

¿Desde cuando Tom Trümper se excitaba por un beso? ¿Desde cuando me gustaban tanto sus ojos y sus labios?

Suspiré y apoyé la cabeza contra el cristal. Estaba en la mierda, me encantaba Bill Kaulitz.

Ojalá el sentimiento se disipara pronto o sino me volvería loco, jodidamente loco por él.

¿Y qué pasó? Bueno, pues supongo que pasó lo que me negué a aceptar. Acabé enamorándome de él, y acabé necesitándole a cada segundo. Sí, me volví jodidamente loco por él.

Ahora me daba cuenta, de todas las veces que le fallé y él siguió esperando por mí, ahora me daba cuenta de que probablemente era yo el que no le merecía.

Así que él acabó cansándose y me dejó ir.

Ojalá te hubiera retenido y te hubiera besado delante de todos, ¿Sabes?

Ojalá te hubiera preferido a ti mucho antes.

Ojalá…

Continúa…

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