A dos bandas 8 (P.2)

«A dos bandas» Fic de rubelangeltwc

Capítulo 8

Seguía sin entender por qué coño mi madre ponía tanto empeño en que Bill viniera a cenar, me tenía harto. Nunca se había interesado en mi vida ni en mi panda de amigos a los que el a les llamaba «mala influencia», bah, qué coño le importaba a el a si me encontraba algún desconocido tirado en suelo como un perro, borracho y, de vez en cuando, drogado.

O eso pensaba yo.

Bill me había mandado un mensaje diciéndome que su madre le traía y que no hiciese falta que yo fuera a buscarle, y en parte lo agradecí, porque ahora mismo me daba demasiada pereza tener que coger de nuevo el coche. Aunque seguramente hubiese sido mejor eso que escuchar los gritos incesantes de mi madre para que todo estuviera perfecto.

Miré la hora una vez más y supe que ya faltaría muy poco para que Bill estuviera picando en mi casa, así que me levante de la cama y me dirigí a la mochila de Bill . Siempre había sido muy curioso, y con Bill lo era aún más. Así que cuando la tuve entre mis manos, sin una pizca de duda, la abrí y por un momento se me paso por la mente la cómica idea de que tenía guardadas chuletas para los exámenes y por el o sacaba en todo sobresalientes, pero obviamente no fue así, era una mochila normal, unos cuantos libros y libretas y un simple estuche, aunque cuando lo abrí, en vez de encontrar bolígrafos, encontré maquillaje que era más que seguro de Bill . Sonreí y me reí levemente, Bill podía llegar a ser dos extremos de una cuerda, totalmente distinto a lo que creí que era. Aún con la sonrisa en mis labios, saqué la libreta donde ponía «otros» en una perfecta caligrafía y en inglés, simplemente saqué esa porque sabía que el resto serían miles y miles de apuntes de todas las materias que tenía en el instituto.

Abrí la libreta y pude ver algunos títulos y abajo ponía «Bill Kaulitz», era una canción, estaba completamente seguro, seguí pasando las hojas y aparecían muchas más canciones, algunas con tachones de por medio y alguna que otra frase suelta, pero justo se cayó una hoja de la libreta, una hoja que estaba suelta y muy arrugada, intenté aplanarla un poco y pude diferenciar perfectamente la letra de Bill , pero también había otra caligrafía no tan buena como la de él, era una conversación, ¿Enserio? ¿Bill seguía hablando por papelitos en clase? Eso era lo que hacían los niños de seis años para que no les pillasen hablando. Joder, que tierno era este niño con cuerpo de adolescente.

«Que tal con Tom, ¿eh?» leí que ponía en la primera frase, abrí los ojos al saber que hablaba de mí, y enseguida supe que era Gustav con quien hablaba, era su único amigo, así que no había mucho que pensar.

«No hay nada, Gus. Déjame en paz ya con el tema, Tom no me gusta, enserio. Ahora déjame poner atención porque como suspenda biología por tu culpa te mato» me reí por lo psicópata que podía llegar a ser esa cara bonita y enseguida supe que esa conversación sería cuando empecé a ir a su casa para pasar el rato y después irme a fumar con mis amigos porque ahora estaba enamorado de mí, ¿Quién no se iba a enamorar de Tom Trümper?

«Y por eso ya nunca puedo ir a tu casa porque siempre está el Trümper? Vamos, sabemos que es popular y piensa con la polla, dime qué pasa cuando va por las tardes» puto Gus, joder, aceptaba que pensaba con la polla un poco. Bueno, la mayoría de veces, sobre todo cuando alguna morena con minifalda se ponía frente a mí, ¿Pero con Bill ?

Nunca había pensado con la polla, quizá eso era lo que le hacía especial, ¿No? No gustaba Bill para follar, me gustaba… no sé, no sé por qué coño me gustaba, por sus ojos quizá, quién sabe por que ese niño me gustaba tanto.

«¡Gustav! Joder, que no ha pasado nada, Tom no es gay y mucho menos alguien como él se va a fijar en mi. Es imposible. Ya te he dicho que de mayor me veré con cinco perros en una casa muy grande y solo» Yo también creí que era imposible que alguien como yo me fijara en alguien como él.

«Vamos, no te critiques tanto a ti mismo. Me juego cincuenta pavos a que Tom va a caer rendido por ti por muy popular y hetero que sea» Qué hijo de puta, Bill… había ganado esos cincuenta euros.

Iba a leer la siguiente frase cuando de repente escuché el sonido de un motor en el jardín, era Bill. Cogí la hoja de la conversación y arranqué también una de las canciones que tenia escritas en la libreta, guardándolas en mi escritorio. Cerré la libreta y la volví a guardar en su mochila. La tiré sobre mi cama y salí de mi habitación.

– iTom! Por fin sales de tu cuarto, tu amigo estará a punto de llegar y tu…

– Que si, que si – dije cansado, pasando al lado de mi madre cuando baje las escaleras, me dirigí a la puerta. – Oye, no hagas el ridículo, y se llama Bill por si no te acuerdas – grité ya que estaba en el comedor y después de ello abrí la puerta, encontrándome con Bill el cual estaba a punto de picar, me miro a los ojos y frunció el ceño.

– ¿Me espías?

– Sólo soy más rápido – dije sonriendo, él también sonrió y abrí la puerta aún más para que pudiera pasar, dando un paso al lado para que tuviera espacio.

– Que caballeroso – me elogió, yo me reí y cuando paso cerré la puerta.

– ¿Y el carbón? – pregunté mirándole, él se giró y también me miró.

– ¿El carbón? – preguntó confundido – ¿Hay barbacoa o…? – dejó la pregunta suelta y empecé a descojonarme cuando lo dijo bajo su dudosa mirada.

– ¡No! – grité riendo – Eso – dije señalando a sus ojos, tan solo llevaba un poco de mascarilla para las pestañas, pero no llevaba nada de sombra de ojos o, como yo le llamaba, carbón.

– Ah, idiota, ¡No es carbón! – gritó cuando lo entendió y rio – Quería dar una buena impresión y que no tuviera escrito en la frente la palabra «maricón» por maquillarme.

– Pues sigues siendo igual de precioso – dije cogiéndole de las mejillas y apretando levemente para que tuviera cara de pez.

– Quita – dijo riendo mientras apartaba la mano de su cara mientras me hacía reír.

– ¡Cariño! ¿Qué haces ahora? – siempre tan putamente oportuna.

– Ana, por favor, deja ya de gritar y deja al niño en paz – joder, por fin mi viejo daba un poco la cara por mi.

– Vamos – le dije a Bill un poco cansado, haciendo un movimiento con la cabeza para que me siguiera hacia el comedor. Cuando llegamos vi a mi viejo, como siempre, con el periódico en sus manos mientras lo leía y mi vieja salía de la cocina.

– ¿Qué se supone que tengo que decir? – murmuró Bill.

– Tom… Oh – dijo mi madre cuando nos vio, sonrió y se acercó a nosotros.

– Hola – saludó Bill con una agradable sonrisa mientras se daban dos besos en la mejilla. Joder, podía asegurar que mi vieja estaba más emocionada de ver a Bill, que cuando me parió a mi.

– Hola, cariño, ¿Cuándo has llegado? No he escuchado el timbre – dijo mi madre sin borrarse aún esa sonrisa de su cara.

– Es que es espía – dijo Bill intentando no reír.

– ¿Qué? – preguntó mi madre.

– Nada, nada. Está mal de la cabeza el pobre niño, no le hagas caso – Bill rio y mi madre me echó una mirada reprobatoria.

– Bueno, yo soy Ana, madre de Tom, supongo que no te habrá hablado de mi.

– Pues sí, nos dijo que trabajaba en una línea de ropa, ¿No? Ya veo que viste muy bien – joder, por una vez que hablaba de ella y ya se acordaba, y encima el niño por decirle eso a mi madre ya se la había ganado.

– Oh, muchas gracias. Ya veo que tú tienes un estilo diferente, estás estupendo.

– Tiene más ropa que tú – dije, cruzándome de brazos.

– No tengo tanta, eres un exagerado – dijo Bill poniendo un puchero de niño pequeño, joder, quería besarle ya.

– Tienes dos armarios híper grandes llenos de ropa, y encima me dijiste que te ibas a comprar otro porque la tienes que meter a presión – dije alzando una ceja.

– ¿Y a mí nadie me presenta? – apareció mi padre con el periódico en una mano y una sonrisilla de bienvenida.

– Oh, hola, soy Bill – saludó también sonriendo mientras estiraba la mano y mi viejo se la estrechaba.

– Sí, lo sé, nuestro hijo nos ha hablado mucho de ti. Yo soy Jörg, el padre de Tom – Bill me miró de soslayo, con una mueca que leí perfectamente «¿Les has hablado de mí?» y yo sabía perfectamente que en realidad no les había hablado de Bill, tan solo lo decían por cortesía, hipócritas.

Por fin los saludos pasaron a un lado y entre conversaciones de Bill con mis padres de las cuales yo estaba completamente ausente porque me importaban una mierda, o casi, nos sentamos en la mesa, yo al lado de Bill y mis padres al frente. Mi padre trajo la comida y nos sirvió, y ahí empezó oficialmente la cena entre «Ligue-hijo-padres aburridos», genial, sería una cena de lo más emotiva.

– ¿Y tienes hermanos? – ahora venía la coartada de mis padres hacia Bill, pobre. Aunque a juzgar por su cara, estaba de lo más emocionado y atento.

– Pues sí, tengo dos, son más pequeños que yo, uno se llama James y el más pequeño se llama Sam. Siempre me están incordiando pero son buenos.

– La primera vez que fui a tu casa salieron con una pistola de juguete a dispararme diciendo que era un intruso – dije alzando las cejas y mirándole por encima del otro, haciendo referencia a ese «Pero son buenos» -. Y James quería una bicicleta para impresionar a una chica de su colegio, ¿No? – dije acordándome perfectamente de la primera vez que fui, hace ya unos cuantos meses.

– ¿Te dije que al final es su novia?

– No me jodas, ¿Enserio? – por un momento en ese corto intercambio de frases, se me olvidó que estaban mis viejos delante.

– Sí, ayer me lo dijo. Vino súper entusiasmado y hoy le ha llevado una rosa y se ha puesto como tres quilos de colonia – me dijo riendo, y yo sonreí.

– Es todo un romántico – comenté.

– Romántico soy yo que le di la rosa para que se la diera él.

– ¿Y para mí? – murmuré muy bajito para que no me escucharan.

– No entiendo nada, lo siento – dijo mi vieja con una sonrisa amable. Bill me miró impactado durante menos de un segundo para después darme un codazo por debajo de la mesa, muy suave, haciéndome reír. Me encantaba provocarle.

– Nada, da igual – dije yo volviendo a pinchar con el tenedor esa ensalada especial la cual estaba más buena de lo usual, y cómo no, Bill ya estaba volviendo a hablar.

– La ensalada está riquísima – y otra vez sobre comida, al final se iba a acabar enamorando también de la comida que hacía mi vieja.

– Siento haber hecho tan solo ensalada, pero es que Tom es vegetariano y no tenía mucho tiempo para hacer una cena en condiciones, aún así he hecho un segundo plato y el postre.

– ¿Tom es vegetariano? – dijo impresionado, mirándome de nuevo a mí – Nunca me lo has dicho.

– No voy por ahí diciendo, «Hola, soy Tom, y soy vegetariano» – dije masticando la ensalada.

– Lo sé, pero no sé, me lo has podido decir, ¿No? Yo también soy vegetariano – y otra de mis pasiones las compartía también con Bill, probablemente mi cara era de «No me jodas».

– ¿Desde cuando lo eres?

– Mis padres cuando nací tenían un perro y yo tenía unos 14 años cuando murió, así que no quise comer un animal nunca más, al principio todos me decían que no iba a crecer más si no comía carne, y blah, blah, blah. Pero sí que crecí, y les callé la boca – qué conmovedor, ¿No? Bill a estas alturas ya tenía a mis padres mucho, muchísimo más que ganados.

– Oh, cariño, lo siento mucho – dijo mi madre mirando a Bill con pena.

– No pasa nada, es la ley de vida, te tienes que morir sí o sí – dijo con una pequeña sonrisa que floreció de sus labios, una sonrisa diferente y extraña.

El silencio no duró mucho cuando de nuevo volvieron a bombardear de preguntas y Bill, gustoso como siempre, las respondió e incluso dio pie a seguir hablando, acabamos el primer plato y después mi madre sirvió el segundo, el cual era un pescado a su estilo, jodidamente bueno. Y ahí fue cuando vino la pregunta fuerte, la usual que todos los padres preguntaban.

– Y cuando acabes el instituto, ¿Ya has pensado qué quieres estudiar en la universidad?

– Sí, me encantaría estudiar medicina, cuando tengo tiempo libre empiezo a mirar enfermedades que aún no se saben qué son. No sé, me encantaría decir alguna vez que conseguí la cura de alguna enfermedad, aunque lo veo bastante imposible – dijo acompañándolo de una suave risa -. Aunque estos meses no he tenido mucho tiempo libre – ahora era él el que me provocaba a mí, cabrón.

Sonreí y le di ahora yo una pequeña patada en su pie.

– Pero médico… De encontrar curas y descubrir nuevas enfermedades, ¿No? –preguntó mi padre, igual de impresionado que mi madre de ese niño que se sentaba a mi lado.

– Sí, en un laboratorio – afirmó.

– ¿Estudiar alguna cura para que no seas tan patoso? – dije riendo, en plan coña, pero vi que la mirada de Bill por un momento se apagaba y su sonrisa disminuía, pero aún así se esforzó en reír falsamente y asentir. ¿Le había hecho daño con una broma? No lo entendía.

Continuaron hablando toda la cena y de vez en cuando yo también hablaba y me adentraba en la conversación de Bill y su vida, me gustaba conocerle por completo y hablar de cosas que seguramente ninguno de los dos diríamos a solas. Creo que era la primera vez que realmente me interesó la cena con mis padres, incluso llegué a hablar con ellos de cosas triviales, me sentí bien, muy bien.

No era una cena con alcohol y en vez de Bill a mi lado, una despampanante tía de curvas y atributos gloriosos, pero era Bill, y él lo hacía especial, porque probablemente esa tía no lo hubiera hecho tan especial como él siempre hacía.

Bill siempre fue especial, distinto al resto. A él le daba igual los demás, no le importaba tener un solo amigo si era verdadero. A Bill no le hacía falta emborracharse con alcohol, Bill se emborrachaba con la vida y la música.

Amaba el amor y sentirse querido, no dejaba entrar en su vida a personas que no valían la pena, y siempre prefirió uno antes que un millón. Era bueno, la persona más buena que alguna vez conocí y conoceré, tan solo quería hacer feliz al resto y muy pocas veces miraba por sí mismo.

Bill era Bill, y joder, le amaba tal y cómo era.

Con él descubrí que no me hacía falta el alcohol para emborracharme, podía emborracharme de sus besos.

Y esa noche, cuando subió a mi habitación y cogió su mochila, cuando me miró con la luna reflejando sus mágicos ojos y me besó suavemente los labios antes de irse, dejando su sutil aroma en mi cuarto, comprendí una vez más que era el amor de mi vida.

Comprendí una vez más que jamás debí dejarle ir.

Continúa…

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