«About money» Fic de LadyScriptois
Capítulo 6: Seis millones de euros
Tom vestía uno de sus finos trajes negro con corbata delgada del mismo color y camisa blanca, banda oscura en su frente y oliendo deliciosamente como le gustaba al pelinegro, quien con su pantalón negro ajustado y una franelilla holgada negra de gaza con diversas capas y finas cadenas metálicas como tirantes, cabellera un poco voluminosa, ojos con sombras oscuras y labios acariciados de gloss, tenía delirando al mayor.
—Billi. – le besó su perfumado cuello. —Te dije que teníamos que llegar a la fiesta. – le recordó riendo contra aquel esbelto cuello.
—Ya… ya estoy listo. – guardó todo rápidamente, disculpándose al pensar que Tom le insinuaba que estaba tardando mucho.
—Me gusta cómo te queda esta camisa. – movió una de las finas cadenas metálicas del hombro derecho y lo dejó libre para luego ir repartiendo besos en él. Giró a Bill y lo besó suavemente e introdujo sus manos por la holgada prenda trasparentada, acariciando sus caderas y costados. El menor con su simple presencia lo incitaba y aumentaba sus deseos.
Usualmente el cuerpo del pelinegro quedaba muy sensible luego del sexo, y al haber tenido un par de violentos orgasmos hace al menos una hora, los roces en su piel lo hacían estremecer inevitablemente.
— Mientras más rápido nos vayamos más rápido volvemos. – le dijo Tom contra sus labios y los mordió suavemente.
Y así hicieron, subieron a un hermoso Audi deportivo y partieron a una elegante mansión.
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La fiesta se daba en honor al cumpleaños de uno de los socios de Tom, por lo cual asistió. Se realizaba en el enorme patio trasero, decorado con telas finas, pequeños muebles de color crema, un enorme bar, la piscina decorada con esferas de cristal y mujeres voluptuosas paseándose en vestidos imposiblemente escotados y cortos.
—Hola, Tom.– se acercó otra de tantas queriendo besar los labios del trenzado, y este se negaba, estaba con Bill, así que solo les sonreía con amabilidad y luego ellas se alejaban sin proponer nada más.
—Adiós, preciosa. – decía sonriendo y limpiando un poco el labial que dejó aquella que hizo caso omiso y besó su comisura.
Esa era una ventaja de los besos de su pequeño. Él simplemente utilizaba un gloss transparente o humectante, por lo que nunca dejaba rastro y así podía continuar con la sensación de sus labios por más tiempo.
—Lo siento. – se disculpó y besó su mano. — Tengo fama y aun me persigue, por favor no te vayas a molestar conmigo. Las estoy evitando ¿Lo notas? – se justificaba sin saber por qué, pero preocupado por si Bill se ofendía.
—Creo, que bueno… No te preocupes. – aseguró sin saber cómo actuar ante las explicaciones de Tom.
—Felicitemos al cumpleañero. – entrelazó sus dedos con el pelinegro y sonrió al ver que todos observaban a su acompañante. No podía evitar sentirse orgulloso de ser envidiado.
—Y yo que pensé que no vendrías. – se dirigió a Tom cuando vio que este se acercaba.
—Estaré un rato. Feliz cumpleaños, Leto. – le abrazó.
— Gracias, Tom. ¿Y esta preciosidad? – le preguntó haciendo molestar un poco al trenzado por el tono usado. — Jared Leto. – le tendió la mano y el aludido, tímido, le imitó.
A diferencia de lo que Bill pensaría, el chico de ojos claros besó el dorso de su mano y luego le sonrió coquetamente.
—Bi… Bill, un placer. Felicidades. – deseó alejando su mano de la del amigo de Tom.
—El placer es todo mío. – aseguró. — ¿Mi regalo de cumpleaños? – le preguntó a su socio.
—No precisamente. Ya fue enviado hace dos días. ¿Lo recibiste, no? – le sonrió hipócritamente atrayendo a Bill hacia él.
— Hermoso juego de navajas. – agradeció. — Aunque tenía las esperanza… ¿Tu novio? — inquirió interpretando las mejillas sonrojadas del menor.
—Somos amigos. – dijo, pero tomando las caderas del menor como clara señal de: nada con etiquetas, pero si te acercas te mato.
Sin embargo, era Jared Leto y se hizo el desentendido solo para molestar a Tom.
— ¿Amigos?… Uh, O sea, ¿Qué puedo invitarte un trago sin problemas? – le cuestionó a Bill.
Los ojos del aludido viajaron directamente a su dueño, buscando una aprobación que no quería. Y que el trenzado tampoco quería, su rostro lo mostraba, su mirada penetrante y su semblante serio.
—No… no tomo. Gracias. – decía apenado e intentando ser amable.
—No te preocupes, hermoso. – le sonrió de nuevo de esa forma en la que Bill sentía que se le desnudaba con la mirada, y por acto reflejo buscó la mano de Tom, quien la recibió complacido. —Hoy vino el hombre del que te estuve hablando. – le informaba al trenzado intercalando su mirada en él y en aquel ser que le parecía precioso. — Él de Berlín, está interesado en el tráfico de armas.
—Tal vez lo conozca más adelante. – decía incomodo por como seguía mirando a su pelinegro. — Iré por un trago. Bill, acompáñame. – le pidió.
Fueron por un trago y luego acompaño a Tom en varias charlas con socios y conocidos, a los cuales era presentado y algunas veces halagado. Pasaron así alrededor de dos horas y Bill se sentía a gusto de conocer el círculo social, al menos en Italia, de Tom.
— ¿Quieres algo?
—No… Estoy bien.
—Tienes las mejillas sonrojadas. – apuntó un poco fastidiado, mientras iban a la barra. — ¿Te gustó Jared?
— ¿Qué?… No, no. – negó rápidamente.
Su rubor era debido a que Tom no había soltado su mano en ningún instante y por como algunos presentes lo miraban sin despegar sus ojos de él.
— ¿Tengo algo malo? – le preguntó disimuladamente. — Siento… que me están mirando mucho.
—Es porque te ves adorable. – susurró y miró a su alrededor, llamándole la atención un hombre que él juraba haber visto antes.
Los ojos de ese hombre se despegaron un momento del trasero del menor y se cruzaron con los suyos, y supo quién era.
Era hombre que había ofrecido cuatrocientos millones por Bill y quien le sonrió con desprecio haciéndole hervir la sangre. Dejó su trago en la barra y sin romper en contacto visual atrajo al pelinegro a su cuerpo, haciéndolo gemir de sorpresa cuando acarició sus caderas y apretó suavemente su trasero.
— ¿Tom…? – le llamó estremecido por el tibio aliento del menor golpeando en su cuello.
—Shhh… – susurró contra sus labios, los cuales aún no poseía.
Acarició con su perfilada nariz la del más bajo y acercó sus rostros hasta que sus bocas estuviesen separadas apenas por milímetros. El pequeño miró los labios de su propietario y el trenzado miró a aquel hombre que le molestaba y sonrió con superioridad antes de que su acompañante lo besara.
Tom se olvidó de aquel hombre y se concentró en el suave beso que por primera vez había iniciado Bill.
Tosidos falsos hicieron que se separan e hicieran calentar el rostro del de lisa melena azabache.
—Disculpen…– les sonrió cómplice Jared. — Tom, necesito presentarte al hombre del que te hablé.– el aludido dejo de mirar al horizonte donde se suponía que estaba quien intentó comprar a Bill, pero que al parecer había desaparecido, así que giró su rostro en dirección de su amigo… Y ahí, estaba. —Él es David Jost. – les presentó.
—David Jost. – repitió antes de tender su mano con fingida amabilidad. — Thomas Kaulitz.
—El sucesor Kaulitz, ¿no? – el trenzado se encogió de hombro con desinterés para evitar ser grosero directamente con ese hombre. Odiaba que le dijeran “sucesor Kaulitz”. — ¿Y él? ¿Familiares? – preguntaba con aparentada ingenuidad.
—No. Somos novios. – respondió sin inmutarse el trenzado, sorprendiendo a Jared y a Bill.
— ¿Novios? – preguntó divertido y luego rio suavemente. — Ha de ser difícil conquistar una cosita tan linda como él. – quiso acariciar su mejilla, pero Tom, como hizo una vez con Dan, se lo impidió. —Debió haberte costado mucho.
—Más de lo que crees. Es bastante exigente, y no le gustaría estar con cualquiera. — tanto Leto como un sonrojado Bill, no entendía nada de lo que hablaban.
—Y con razón, parece un muñequito, pero cualquiera, al menos yo, cumpliría con todas sus exigencias para disfrutarlo.
Jared lo vio. Ese brillo extraño en los ojos del trenzado, su mirada afiliada, su mandíbula apretada fuertemente y sus manos empuñarse.
—Ahu…– se quejó Bill casi silenciosamente, pero lo suficiente para ser escuchado por Tom, cuando el ultimo apretó la mano en que tomaba la suya lastimándolo sin intención.
—Tal vez podamos hablar de negocios más adelante. – intervino el de ojos claros. — David, por favor acompáñame. Quisiera mostrarte el resto de la casa. – le invitó.
—Sí, me encantaría. – aceptó intentando disimular esa mirada de odio reciproca que mantenía con el primogénito de los Kaulitz. — Hasta luego, Thomas. – miró a Bill y le guiñó el ojo antes de marcharse.
— ¿Te hice daño? – le preguntó tragándose su ira ante el peliliso.
—Estoy bien. – aseguró. Tom tomó su mano y la acarició para luego besarla castamente.
—Creo que ya he tenido suficiente. ¿Podemos irnos? – le preguntó aun acariciando sus manos.
—Sí.
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—Tom. – le llamó cuando el trenzado acaba de salir del baño y se acostaba a su lado. — Ese hombre… Ese hombre ¿Quién era? ¿Lo conoces? – cuestionó sin poder evitarlo.
—No, ¿Por qué lo preguntas? – inquirió. Tal vez Bill lo recordaba.
—Parecía, que… No sé, hubo un poco de ¿Tensión?
—Porque te miraba mucho. – respondió aliviado. No le gustaría que el menor supiera como fue tratado.
—Ah, eso…– se sonrojó.
—Te miran mucho, incluso Jared. – comentó atrayendo al menor en sus brazos.
— ¿Por eso me preguntaste si me gustaba? – cuestionó sonrojado.
—Sí. – dijo sonriendo. — ¿Te gustó alguien de la fiesta? – preguntó juguetón a sabiendas del rubor imposible que se formaría en las mejillas de Bill.
—No. – negó. — Solo… Solo me gustas tú. – le aclaró con timidez.
—Eso está bien. – sonrió besándolo. — Porque tú me perteneces.
—Soy solo tuyo. – le aseguró, siendo apoyado de espaldas a la cama y sintiendo al mayor inclinarse sobre él y atacar su sensible y fino cuello, para luego recorrer con su boca el resto de aquel puro cuerpo.
Tom sabía que ese solo tuyo encerraba más que una pertenencia. Bill se había entregado voluntariamente a él.
Le entregaba su amor, ese amor que no sentía capaz de corresponder y que le aturdía, le aturdía el simple pensar que su pequeño dejara de amarlo al no verse correspondido y le concediera su sentir a otro. Le entregaba sus besos, su piel, su cuerpo. Ese cuerpo, que lo excitaba con tan solo verlo y deseaba como lo más apetecible del mundo.
Sus manos actuaron solas por esa anatomía que tanto anhelaba hasta desnudarla completamente, quitó sus ropas también, con las ansias y ganas de grabarse en esa escultura perfecta. Queriendo inmortalizar su presencia en ese cuerpo. Que cuando otro pasara, Bill lo recordara. Que solo se sintiera lleno con él. Solo con él.
—Ahhh… –gimió arqueando su cuerpo a causa del ardor en su interior provocado por la imprevista invasión.
—Joder. –gruñó contra un hombro del menor.
Lo había penetrado sin preparación y el pasaje de Bill se cerraba de una forma casi intolerablemente mordaz y placentera que lo haría llegar al orgasmo en segundos si no se movía.
—Lo siento. – se disculpó consiente del dolor que provocaba y provocaría, y de que no estaba listo para ser sometido a las embestidas.
—Uhg…Due… Ah. – casi sollozaba ante los movimientos del mayor en su intimidad. Sentía su entrada escocer y un tibio liquido a su alrededor. —Tomi…. – gimoteó con lágrimas en los ojos y empezando a ceder ante las penetraciones —Oh… Tom. – clavó sus uñas en esa musculosa espalda y extendió sus piernas permitiéndole un libre acceso al dueño de su ser. El mayor había tocado eso que lo hacía desfallecer, que lo llevaban a la inconciencia del placer.
Tom profanaba profunda y fuertemente la figura de Bill, quien se había entregado a la faena y sus caderas se serpenteaban de forma rítmica creando más placer en ambos.
Su miembro no había sido tocado y ya había estallado entre sus vientres, preparado para hacerlo nuevamente. Y el menor presentía muy cerca aquella corrida cuando la velocidad aumentó.
—Tus…Joder… Tus uñas…– decía con dificultad al sentir el ardor que le provocaba Bill con su manicura oscura y lo fuerte que se estaba contrayendo en su miembro.
—Uhg…– gimió temblando de placer al haber alcanzado el éxtasi.
Éxtasis que arrastró al mayor luego de cinco embestidas más. Vaciando su semilla en la máxima profundidad del menor.
Bill sintió casi quemar el caliente semen de Tom en su interior y más aún cuando esa blanquecina ardiente fue expulsada por su adolorida entrada.
—Lo siendo, lo siento. – le pidió besándolo castamente cuando el deseo y la pasión abandonó su cuerpo y reflexionó de lo que le había hecho al pelinegro.
—No te preocupes. – le aseguró sintiéndose feliz por como el mayor se preocupaba.
Tom se irguió para recostarse al lado del menor y pudo ver una pequeña mancha rojiza.
—Te dañé. – dijo automáticamente sin despegar los ojos de la entrada del menor que se veía irritada.
—No me…Uhg…– cayó cuando al intentar sentarse sintió una fuerte punzada de dolor en su espalda baja.
—Espérame aquí. – le pidió y fue en busca de agua tibia y una suave toalla.
Llegó al baño y tomó lo que buscaba, para luego ir nuevamente junto a su pelinegro.
— ¿Para qué es eso? – preguntó cuándo el mayor se acercaba.
—Abre. – le pidió rozando sus rodillas.
El menor negó contra la almohada, una cosa era que Tom contemplara su cuerpo cuando estaban en un ambiente de excitación, pero esos momentos, Bill se sentiría demasiado avergonzado al exponerle todo al mayor.
—Bill, abre. – volvió a pedirle, besando cada una de sus rodillas y abriéndose el mismo el camino necesario con suaves caricias, el menor cooperó al notar la preocupación en los ojos de Tom y giró su rostro apenado.
—Ah…– se quejó cuando sintió esa cálida suavidad rozar su lastimada abertura.
— ¿Duele?
—Arde. – admitió. Cerró fuertemente sus ojos y mordió su labio inferior para aguantar que Tom continuara.
Limpió cualquier rastro de sangre y semen de la anatomía de su pequeño y del mismo, colocó sus pijamas y luego se entretuvo acariciando y besando el plano vientre de Bill.
—Discúlpame. No volverá a pasar. – le aseguró besando la mano que le acunaba su mejilla.
Tom cambio las sabanas de la cama, y luego lo acostó allí, para después él hacer lo mismo a su lado.
— ¿Crees que pueda abrazarte? – le preguntó.
—Sí. – no esperó por el mayor y él fue a sus brazos sin importarle el dolor.
—No te lastimes. – le pidió y besó su frente, bajó su mano y acarició su colita recentina haciendo suspirar al menor. — ¿Alivia?
—Es relajante. – le aseguró entre sueños.
Tom observó su rostro dormido y relajado. Bill era un hermoso angelito que no quería apartar de su lado.
Continuo acariciándolo mientras pensaba que nunca en su vida había estado tan celoso, nunca fue tan posesivo o protector con alguien como con Bill.
Había agotado cuatro de sus cinco encuentros y no quería que el último llegara. No quería que Bill se marchara, era egoísta. Pero el menor lo hacía feliz, desde que lo vio generó algo cálido en su corazón, algo nunca sentido. Iba más allá de lo carnal, era un gusto, una dependencia, un vicio, una necesidad, algo inexplicable. Solo sabía que únicamente lo sentía con Bill.
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Ese tierno y hermoso rostro fue lo primero que vio al despertar. Lo observaba suspirar y sonreír entre sueños, restregar su cabecita suavemente contra su pecho como un gatito buscando calor y luego abrazarse más a él.
Le encantaba despertar junto a Bill. Y desde aquella madrugada, luego de la fiesta, se planteaba que no quería dejar de despertar al lado del pelinegro, que no quería dejar de verlo sonreír a su lado, ni dejar de escuchar diariamente cuanto le quería.
—Mmm…– escuchó un murmuro y luego sintió como Bill se removía entre sus brazos y luego descansaba en su pecho mirándolo fija y adorablemente.
Sus labios estaban rosados y Tom quiso ir por ellos, pero el menor negó infantilmente y puso su mano en su boca.
Bill era muy pudoroso con eso y le parecía muy adorable cuando se sonrojaba de esa manera, así que él siempre estaba preparado para cuando lo primero que quisieran hacer al despertar fuera compartir unos besos.
Estiro una de su mano hasta la mesita veladora y sacó dos caramelos de menta. Se los enseño al menor y este soltó una dulce risita. Les quitó la envoltura y puso uno en los labios sonriente del peliliso y él comió otro.
— ¿Ahora? – le preguntó mientras degustaba la sensación a menta.
—Si…– concedió y sus labios fueron capturados entre risas.
—Deja de reírte. – le pidió riendo el también.
—Lo siento. – se disculpó y dejo entrar esa traviesa lengua en su boca.
Definitivamente no quería dejar ir a Bill.
Continúa…
Gracias por leer