«Apostemos» Temporada I
Capítulo 1.- El Peor Lugar Para Estar (parte II)
Me crucé de brazos luego de haberme puesto de pie completamente en vano. ‘Ni que viniera la realeza’ le dije a mi padre y sólo conseguí una mirada asesina que logró callarme la boca y guardarme las ganas de gritar.
— La habitación del joven Trümper ya está lista.
— Perfecto, Susan. ¿La cena?
— Será lasaña.
— Su platillo favorito. — recordó con una sonrisa. — Bien, continúa. — Antes de marcharse, la mucama me miró de forma comprensiva y pidiéndome paciencia. A lo que simplemente negué dándole a entender que no conocía desde hace varios días a esa pequeña cualidad que tienen los pacientes.
— ¿Y bien…? Se hace esperar el señorito, eh.
— John estaba bajando sus maletas.
— Oh, grandioso.
— ¿Puedo pedirte un humilde favor? — Se paró frente a mí, apoyando sus manos en mis hombros y queriendo ver más allá de mis ojos, algo que jamás se consigue. Escondo miles de cosas que nadie nunca ha sabido descubrir. Sólo hubo una persona y ella murió cuando tenía trece años. — No utilices la ironía.
— ‘Lo que más admiro de las personas es la ironía, la capacidad de verse desde lejos y no tomarse en serio.’, Jorge Luís Borges. No hay ironía en mí, sino verdad disfrazada.
— Como quieras llamarlo, debes parar.
— ¿Debo? Jaja…— reí con soberbia, sujetando sus manos en mis hombros y apartándolas de allí. — Nadie me dice lo que debo hacer, ¿vale? No seré amable con Thomas ni aunque mi vida dependa de hacer tal cosa, así que olví…
— ¿Por qué ese recibimiento, hermanito? ¿Ya no me amas? — Mis ojos se abrieron desmesuradamente, quedándome inmóvil y, lentamente, movilizando mis pupilas hacia donde esa voz provenía. Mi papá, en cambio, giró de inmediato y fue a su encuentro. Se abrazaron fraternamente, pero sus ojos estaban fijos en los míos. Un impotente nudo se formó en mi estómago y ese calor interno que te indica que estás en el lugar equívoco se hizo presente.
Compartieron palabras de amabilidad notable, diciéndose lo mucho que se extrañaron. Yo permanecía parado en el medio de la sala con, ahora, mi mirada en otro lado. Respiré hondo intentando mantener el protocolo intacto. Su abrazo terminó y ahora avanzaba hacia mí con esa sonrisa de lado que nada había cambiado desde hace cinco años atrás. Su estilo cambió un poco. Se deshizo de esas rastas que tanto odiaba. Las reemplazó con unas trenzas cocidas de color negro azabache, como mi cabello. Su piercing, antes plateado, ahora era de titanio en su labio inferior. La ropa más a medida, pero continuaba teniendo ese estilo de rapero fracasado con el que lo recuerdo.
— Hola, Bill. Qué cambiado estás. — Abrió sus brazos para que lo abrazara, algo que no sucedió en lo más mínimo.
— Si piensas que te abrazaré, estás flipando. Demasiado con que te esté mirando.
— Bill, ¿qué te dije?
— No, papá, déjalo. Es entendible. Me fui de repente y me extrañó, está dolido. Necesita unas cuantas caricias de su hermano. — ¿¡Cómo mierda podía decir eso!? Menos mal que mi padre es de mente antigua y jamás imaginaría algo raro que sobrepase los lazos familiares.
— Ya quisieras. — Me giré en mi lugar, caminando hacia las escaleras.
— Síguelo, te mostrará tu cuarto. — Respiré fuerte por la nariz de mero fastidio cuando mi padre dijo aquello y escuché sus pasos acercarse. Maldita sea, ¿ahora soy un jodido guía turístico?
— ¿Cómo has estado sin mí? — preguntó una vez en el piso superior.
— De mil maravillas.
— ¿Por qué será que no te creo?
— Porque es la verdad. Jamás fue usual en ti creer la verdad.
— Suena a demanda. ¿Te has vuelto demandante?
— ¿Qué crees? — No dejaba de caminar unos cuantos pasos más delante de él, rumbo a las habitaciones.
— Que sí. La demanda nace cuando no tienes lo que deseas por mucho tiempo, entonces siempre pides más.
— Wow, me sorprendes.
— Lo sé. — Idiota.
— Era sarcasmo.
— También lo sé. — Doblemente idiota. — Me extrañaste mucho, ¿cierto?
— No.
— Jaja, es verdad. Me extrañaste. — Detuve mi andar repentinamente, volteando a verlo. Me sorprendí apenas cuando lo noté más cerca de lo que imaginaba, pero intenté ignorarlo.
— ‘Nadie puede saber por ti. Nadie puede crecer por ti. Nadie puede buscar por ti. Nadie puede hacer por ti lo que tú mismo debes hacer. La existencia no admite representantes.’ — cité.
— Jorge Bucay.
— Vaya… las sorpresas nunca acaban. ¿Has leído?
— Ajham.
— O sea que… sabes leer.
— Ja- ja. — rió falsamente.
— Las habitaciones. — Señalé apenas las dos puertas que se encontraban a mi derecha.
— ¿No dormiremos juntos como antes?
— Antes es demasiado lejano.
— Podemos crearlo en el presente tranquilamente.
— No puedes.
— ¿Por qué no?
— Porque los sentimientos no se crean.
— Claro, porque ya están aquí. — Sonreí de lado.
— Exacto. Como el odio. — Silencio total. Touché. Abrí la puerta ya con la victoria asegurada. — Esta es tuya.
— Mhm, no me puedo quejar.
— Por supuesto que no. — Observé sus manos vacías. — ¿Tus maletas?
— Las tiene… emm…
— John.
— ¡Ese! — rió, a lo que yo revoloteé los ojos.
— Seré breve: música baja después de las diez. Cuando estoy en mi cuarto encerrado significa que NO debes molestarme. Mis shampoo’s son, como dice el pronombre, míos. De una a cinco, estamos en el estudio; los sábados es hasta las tres y los domingos es franco, aunque los horarios se modifican dependiendo el trabajo que haya. — Pensé algo más.
— ¿Siempre eres así?
— No sabes cómo soy.
— Oh, entonces aún queda algo de ese Bill tierno. Puede ser mejor.
— O peor. — Le guiñé un ojo para luego caminar hacia la puerta.
— Necesito aclarar algunas dudas, Bill. No te vayas. — Esa última frase me trajo amargos recuerdos que no tenía las ganas de recordar.
— Lo mismo te pedí yo hace cinco años. ¿Qué te hace pensar que lo cumpliré? — Noté su rostro cambiar a uno serio y luego cerré la puerta sin más.
— Adelante. — La puerta se entreabrió y dio paso a Susan.
— Bill, la cena está lista y llegó Andreas. — Adoraba esa relación que teníamos ambos. No existía el ‘señor’ o ‘joven’, al menos cuando sólo estábamos nosotros dos. Ella fue como una segunda madre en este tiempo, le debo mucho. Es una de las pocas personas con las que estoy verdaderamente agradecido: mi madre, Georg, Andreas y ella.
— Oh, tienes que estar jodiéndome. — Cerré el libro y lo dejé a un lado de mis piernas. Rasqué mis ojos con suavidad para no sacarme el maquillaje que aún conservaba en ellos.
— ¿Qué ocurre, Bill? Estás tan tenso últimamente. — Penetró el cuarto avanzando hasta mi cama, donde se sentó en el borde. — Te hará mal.
— ¿Más aún? Já. No creo.
— ¿No estás feliz con que Tom esté de vuelta?
— A veces creo que olvidas las cosas.
— No, por eso te lo digo. Estuviste tan triste el tiempo que se fue… y hasta llegaste a…
— Susan. — Corté antes que lo recuerde. — No quiero volver a esas épocas, ¿vale? Fueron dos años de mierda.
— Esos años forman parte de tu vida, aunque no quieras.
— Okay, ya entendí. Dejemos el tema ahí, ¿quieres? — Se puso de pie cuando vio mis intenciones de hacer lo mismo.
— De acuerdo, de acuerdo. Yo te entiendo, pero trata de pasarla bien, ¿sí? No te hace bien estar de este modo.
— Vaya… quedan pocas personas que piensan en lo que me hace bien, y no en lo que les conviene a los demás que aparente. — reí con hastío. — Gracias por eso.
— De nada. — Avanzamos hasta la puerta de caoba a paso lento. La verdad, no quería acelerar para nada el proceso de la cena. — Y también soy la única persona que recibe tus ‘gracias’.
— Bueno… — la observé por sobre mi hombro. — Tienes razón. — Rió.
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— Hola, amor. — Recibí un beso inesperado en mis labios apenas llegué a su postura al pie de las escaleras. — Cumplí.
— Sí. — Contesté inquieto, con mis ojos clavados en el vano del comedor. — Oye, debiste llamar. — Repliqué.
— ¿Disculpa? Creí haber quedado en algo contigo hoy, en el estudio.
— Siempre llamas.
— Bueno, ya no. — Fijé la mirada en su rostro duro. — ¿Comemos?
— Claro. — Sin argumentar, me hice camino al comedor fingiendo la felicidad que a mi padre le complacía ver en mi rostro. Pero hoy no salía. No me salía fingir aunque en este tiempo lo he estado haciendo muy a menudo. No puedo aunque toda mi vida ha sido una buena actuación de mi parte. Somos lo que conocemos. Es decir, nuestro entorno nos va modificando, no sólo nuestros pensamientos, sino nuestros accionares también. No puedo pretender ser alguien distinto, porque mi entorno es de la forma en que me fui haciendo en la vida, es lo que conozco. ¿Cómo ser lo desconocido? Somos como esponjas, así como se nos pega el vocablo, también las actuaciones.
— ¡Hijo, al fin bajas! ¿Cómo te sientes?
— ¿Cómo debería sentirme?
— Qué bueno que te sientas bien.
— Haz oídos sordos, me la chupa. — Corrí la silla donde normalmente tiene lugar mi presencia, a la derecha de mi padre. A mi lado, Andreas se sentó como impetuoso. Se mostraba abusador ante la mirada de mi gemelo, la cual no se desunía de la mía. Era como un interrogante continuo.
— Siéntate, hijo, siéntate. — Wow, ¿ya le dice hijo de nuevo? Qué velocidad para el sentimiento a los extraños que tiene mi padre.
— Así que estoy en presencia de Thomas Trümper. — dijo Andreas y me tensé en mi sitio. Jörg se sentó en la cabecera y Tom lo imitó a su izquierda; luego, Susan ingresó con una bandeja plateada, donde reposaban los platos de todos con el gusto de cada uno ideológicamente calculados. — He oído nombrarte muy a menudo.
— Me halagas.
— No es mi intención, es la verdad. Bill no para de hablar de ti.
— Susan, adoro el Chop Suey, gracias. — intervine antes de que Andreas continuara cagándome la cena. Claro que mi intento falló y Thomas sonrió triunfante, desviando la mirada a su lasaña. — Joder. — susurré en un débil hilo de voz.
— Bill, ¿agradecerle al servicio? — Interrogó mi padre horrorizado. Noté la incomodidad de Susan de inmediato y sentí rabia.
— Susan es más que aquella que lava tus camisas.
— No deja de ser la sirvienta.
— Oh, lasaña. Estupendo. Gracias, Susan. — me imitó Tom, mirándome directo y, de alguna manera, sentí alivio. Al menos no soy el único que ve la parte humana de la gente.
— Y dime, Thomas, ¿cómo te sientes de vuelta en Alemania? Supe que estabas en Estados Unidos.
— Sí hijo, cuéntanos. — Rodé los ojos tomando mis cubiertos y comenzando a comer en silencio.
— Bueno, no hay demasiado que contar. Viví con mi madre estos años y estudié hasta recibirme. Luego, trabajé en varios casos allá.
— ¿Por qué no comenzar aquí, en el estudio de tu padre?
— Amm…— Interesante. — No quería que fuera sencillo. De hecho, yo no lo llamaría así, sino… demasiado servido.
— Bonita forma de decirlo. — intervine al fin.
— Bueno, el tiempo pasado no es de nuestro interés, sólo el presente. — habló nuestro padre.
— Sí, y ahora estoy aquí. — Volví a bajar la mirada. Jörg percibió la tensión en el aire, y fue suficiente para mí. — ¿Y tú? Andreas, ¿cierto?
— El mismo.
— ¿Qué me cuentas de este tiempo? Yo te recuerdo apenas.
— Es verdad, ni siquiera empezaba en el estudio cuando te fuiste.
— Cierto. — asintió Thomas. — ¿Acaso tienes algún tipo de privilegio como para estar en esta mesa hoy? — Sonó a reclamo.
— No sé si es privilegio, Tom — recalcó su nombre. Eso hace él cuando se está cabreando. —, pero soy el nov…
— ¿Sabes, Jörg? Tengo varias dudas sobre el caso. — ¿Cuántas veces ya iba salvando la noche?
— Mañana se charlará con más calma, Bill.
— Claro. — No me interesaba en lo más mínimo nada que no sea otra cosa más que Andreas cerrara esa bocaza que tiene.
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Suspiré exhalando el aire que contenía entre mis paredes internas, sintiendo un alivio ligero en el cuerpo. Duró lo que dura el hielo en el desierto.
— Dejemos el tema acá. Nos vemos mañana.
— Sí, mejor.
— ¿Tanta es la urgencia porque me vaya?
— ¿Qué demonios te pasa, Andreas?
— A mí, nada. Es a ti a quien hay que entender. Eres un enigma.
— Tú lo eres. No hay nadie más transparente que yo.
— Es cierto. — rezongó. — No es necesario mucha ciencia para darse cuenta que hoy no tienes interés en verme.
— Es obvio que estamos a destiempo, Andreas. Lo siento, de verdad. ¿Sabes? No sabía que tenía que estar con las piernas abiertas las veinticuatro horas a tu completa disposición. — ironicé con ira.
— Oh, entonces yo tengo que tenerla tiesa para cuando a tu culo se le apetece. Entiendo.
— Cool. Creí que aún no captabas. — sonreí sagaz. Apretando los dientes y veloz como escupida de músico, me tomó del antebrazo derecho, acercándome a él con violencia. Un quejido salió de mi boca.
— ¿¡Quién te crees que eres, pendejo!? — interrogó en un violento siseo.
— Andreas, suéltame.
— Cállate. No te olvides que eres sólo un crío, ¿vale? Yo ya no estoy para pendejadas de niñatos de veintidós. Tengo ya mis veintisiete años bien llevados como para aguantarme tus aires de Dios.
— ¡Me lastimas, joder!
— Puedes llevarte el mundo por delante con los demás, pero conmigo no eres más que un niño mimado. Que te quede claro. — me soltó de golpe, aliviando el dolor repentinamente.
— Vete a la mierda.
— Chúpala. — Abrió la puerta que antes se encontraba a mis espaldas y la cerró. No dio su habitual portazo por respeto a mi padre, o sino denlo por hecho que lo hacía.
— Maldito imbécil. — maldije con bronca, dándome la vuelta y enfilando mi rumbo a la cocina. Deseaba un cigarro cuanto antes, pero con la enfermedad de mi padre, tenía que contenerme de ello. — Necesito una cerveza. — Ingresé en la soledad del lugar y abrí el refrigerador. Mi vida chota empeoraba a medida que el tiempo pasaba. Encima el maldito pasaba más lento que patada de astronauta. La enfermedad de mi padre es lo que más alterado me deja al final del día. Constantemente con sus cuidados y descuidos, al mismo tiempo. Sus problemas en el corazón han sido un fastidio en el mío. Todo comenzó hace unos meses, donde comprobó que fue un idiota al no hacerse esos chequeos rutinarios. Podría haber empezado a cuidarse mejor de su hipertensión desde su inicio. El tabaco, la diabetes y los años no vienen solos y era más que sabido que sacarían provecho a su sistema. Su corazón es demasiado delicado y no hay manera de hacerle entrar en razón respecto a sus cuidados. Con las dietas que le competen a la diabetes estoy en condiciones de decir que se cuida. Ahora, el tabaco. Siempre ha sido una gran debilidad para él. Es como la mentira para un mitómano. Por eso es que ahora tengo que medirme con consumirlo en la casa; digo, de alguna manera debo colaborar. Pero no es sólo eso, sino también su adicción al trabajo. Se sobrecarga demasiado y ya ni sé cómo ponerle un límite. Y es que yo también tengo mis problemas y no estoy como para cargar con los suyos. ¿Egoísta? Quizás. A quién le importa.
— ¿Tomando solo? No es bueno. — Revoloteé los ojos con notorio cansancio. Me encontraba sentado en la butaca de la mesada de mármol central. — Déjame acompañarte con otra. — Abrió el refrigerador y sacó una lata de cerveza para luego sentarse enfrente. — Bonita cena.
— Para ti.
— No, sólo bromeo. Fue un asco.
— Já.
— Mucha tensión. Lo único bueno fue la lasaña. — Bebí unos cuantos tragos. — Simpático Andreas.
— ¿Otra broma?
— Sí.
— Oh. — Dejé la lata sobre el mármol y jugueteé con mis dedos en ella, con la mirada desganada hacia abajo.
— Es bueno estar de vuelta. Extrañé esta casa.
— No debiste irte.
— ¿Querías que me quede?
— ¿Miles de ‘quédate por favor’ no fueron suficientes?
— No.
— Entonces no sé de qué otra manera podría habértelo pedido.
— Me lo puedes pedir ahora. Que lo haga para siempre. — Reí bajo, levantando la mirada y clisándola con la suya.
— Eres muy ingenuo.
— ¿Por qué lo dices?
— Lo que más quiero en este mundo es que desaparezcas, ¿crees que te pediré lo contrario? Estás demente.
— Sí.
— ¿Eh?
— Lo creo.
— Wow… sí que te pega rápido la cerveza, eh. — Se mantuvo serio.
— Hablo en serio. No quieres que me vaya otra vez. No lo soportarías una segunda oportunidad.
— Soporté la primera.
— ¿Sí?, ¿cayendo en las drogas? — Detuve mi movimiento en la lata de inmediato, entreabrí mis labios y parpadeé con detenimiento. Sentía un calor subir por mi espalda, adormeciéndome los brazos de paso.
— Eres un imbécil. — Me puse de pie dando por olvidada la cerveza. Sólo tenía en mente matar a mi padre por contar semejante cosa a cualquier persona. Porque eso es él para mí, un cualquiera.
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Me alteraba el zumbido del teléfono celular a un costado de mi cabeza. ¿Las diez ya? Joder, la noche se me ha hecho de lo más breve. Este último tiempo la palabra ‘descansar’ había cambiado de significado. Ya no era precisamente dormir y olvidar toda preocupación; ahora era pasarse la noche dando vueltas en el mismo terreno con tus ojos apretados y gruñidos de molestia.
— La puta madre. — Perezoso, me puse de pie mientras rascaba mi ojo derecho con cierta violencia. — ¿Por qué existe el Sol? — No se extrañen por semejantes idioteces, así soy en las mañanas, en las tardes… todo el día.
Caminé hasta la puerta, abriéndola y saliendo fuera para entrar al cuarto de baño al final del pasillo y tomar una ducha de media hora, aproximadamente. Lo suficiente para sacarme todo el sueño conque cargo.
— Buenos días, Bill.
— Buenos días, Susan. — saludé algo adormilado aún. — ¿Acabas de salir del cuarto de Thomas?
— No se arreglará solo.
— Amm… ¿ya se levantó? — Lo siento, no proceso bien la información a estas horas.
— Se levantó, desayuno y se fue al estudio — explicó. —… con tu padre. — Alcé una ceja.
— ¿Qué? ¿A esta hora?
— Dijo que adelantaría trabajo y Tom no dudó en acompañarlo.
— Espera, espera, ¿cuándo planificaron esto?
— Anoche.
— Oh, grato.
— ¿Pasa algo?
— Pasa que mi padre es un idiota. ¿Más horas en el estudio? ¿Qué hay de las recomendaciones del doctor?
— Yo no sé. — Se encogió de hombros. — ¿Te preparo tostadas para el…?
— No, olvídalo. Desayunaré por el camino. — dije tajante, con la bronca presente en mis movimientos y voz. — Una gran probabilidad de que sea un día de mierda. — Di un sonoro portazo, disponiéndome a acortar el lapso de baño de treinta minutos, a diez.
Continúa…
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