«Apostemos» Temporada I
Capítulo 10.- Las mejores intenciones
Ajusté la corbata a mi cuello mientras me observaba al espejo complacido. Estaba listo para ir a otro día de estudio. Suspiré pensado en lo que Georg me había dicho y en cierto punto tenía razón. ¿Qué sería de mí sin mí? Digo, debo mantenerme fuerte sólo para mí. Mi mundo se derrumba si no estoy sobre mis dos pies, firme.
— Bill. — volteé la cabeza hacia la puerta abierta, por donde asomaba Susan.
— Dime.
— Hay un hombre que quiere verte; dice que es un gran amigo tuyo. — Desfruncí mi seño con lentitud. Luego, rodé los ojos rezongando.
Avancé apurado, recibiendo el paso que me dejaba en la puerta. Bajé las escaleras con la velocidad que se me es usual y lo vi explorando visualmente todos y cada uno de los libros en la biblioteca de la sala.
— Gustav.
— ¡Hermano! Jamás me hubiera imaginado semejante casona.
— ¿Qué haces en mi casa? — interrogué pispiando las escaleras con nerviosismo. Rogaba que Jörg o Thomas no bajaran
— Sabía que eras un hombre de dinero, ¡pero tremenda casa! — Paseé con violencia mi palma abierta por mi rostro. El fastidio se hizo presente y tarde era para remediarlo.
— Gustav.
— Dime.
— ¿Qué coño quieres?
— Oh, eso no me suena bien. — Se acercó a mí con cara de perro herido. — He venido hasta aquí con las mejores intenciones.
— ¿¡Intenciones de qué!?
— Yo que tú le bajo al volumen de tu radio, amigo. — Se puso serio, pero luego rió con una mueca asquerosa en el rostro. — Hablando en serio, vengo a traerte una información que quizás te resulte útil. ¿No vas a invitarme un trago, primero?
— No hablas en serio.
— Quiero refrescar mi garganta.
— ¿Son las doce del mediodía y ya quieres alcohol?
— Mientras más tardes, menos te diré. — canturreó queriendo hacerse el gracioso. Y lo poco de paciencia que… ¡bah! Simplemente no tenía paciencia para él.
Mi mano fue a dar con su cuello de un movimiento rápido e imprevisto. La sorpresa se apoderó de su cuerpo y tardó en reaccionar y tomar mis manos sobre las suyas. Este tío me estaba subestimando demasiado.
— Escúchame, rata de la calle, vienes a mi casa a romperme las bolas, arriesgando mi reputación y más aun mi imagen ¿y crees que puedes chantajearme? No te equivoques.
— S-suél… suéltame. — Presioné un poco más y luego di por finalizada la pequeña tortura que ejercía entre su cerebro y el oxígeno.
— Habla.
— Maldito… ¡maldito seas, pendejo!
— ¡Habla! — Se recargó en sus rodillas, sosteniéndose por las manos.
— Ayer fui al estudio… donde trabajas.
— ¿Otra vez? Te dije que no volvieras.
— Ese amigo tuyo que me llama ‘señor’… ¿cómo se llamaba?
— Axel.
— ¡Axel! Sí, sí, me hizo muchas preguntas. Preguntas sobre ti.
— ¿Cómo es eso? — Chasqueó la lengua.
— Mejor dicho, sobre cómo es que te conozco. — Abrí los ojos con exceso.
— ¿Qué dijiste?
— Nada, cálmate. Sólo dije que éramos viejos amigos. Sólo eso.
— Dios, Gustav. — Entrecerré los ojos con recelo. — Te digo algo y esta vez te conviene oírme: no vuelvas al estudio y no hables con Axel.
— ¿Por qué no?
— Porque quiere joderme.
— La verdad que yo no entiendo lo malo en que se enteren de tus años de drogadicto. Digo, ya estás curado, no veo el crimen.
— No hables de algo que no entenderás jamás.
— Yo sólo te vine a advertir que cuides tus espaldas. — Se enderezó y acomodó su chaqueta.
— Mientras no tenga pruebas, me vale lo que diga o haga.
— Bueno… no estaría tan seguro. Es un abogado, ¿quién no le cree a uno?
— Ya. — Moví mis manos histéricamente, queriendo alejar esas posibilidades. — Tienes que irte, ¿no?
— Sí, pero antes… ¿Conservas mi número?
— ¿Eso qué tiene de importante?
— No he recibido llamadas tuyas, temo que te olvides de mí, pequeño. — viré los ojos. — Vale, me voy antes de meterte en problemas. — Asentí viéndolo caminar a la puerta, abriéndola sin problemas y saliendo. Pobre diablo.
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— ¿Tienes idea de lo que diremos o haremos?
— Sólo ver la casa, lo demás lo dejamos en manos del albañil y de los profesionales que corresponde. No te veo muy confiado.
— No estoy seguro de este caso en general — asentí volteando la cabeza para la ventana. —, ¿y tú?
— Yo, ¿qué?
— Pregunto qué ocurre contigo. Estás con una cara de culo más constante de lo que es normal.
— ¿Te importa acaso? No. Es decir, mi cara no molesta a la gente, mi cara no cambia el rumbo de las cosas, Thomas. Mi cara no modifica la vida de los demás.
— Oye, necesitas tranquilizarte.
— ¿Se te ocurre una idea de cómo? — No mal interpreten mis palabras, mis intenciones no eran sexuales ni mucho menos, pero la mente de mi hermano, evidentemente en peor estado que la mía, así lo oyó.
— Bueno — Tuve que sostenerme del panel de enfrente para no golpearme la cabeza contra la puerta de tremendo giro que dio el carro. Se había salido de la avenida y entrado a una calle poco transitada por autos y personas. —… se me ocurre cierta idea.
— No, vuelve a la avenida y vamos al estudio.
— ¿Quién lo dice?
— Yo. — lo miré con seriedad, queriendo que entrara en razón de lo molesto que estaba.
— Porque tú me importas de mucho…
— Vete al diablo. — Apoyó su mano en mi pierna, acariciando de arriba para abajo con suavidad. — ¿Qué haces?
— Relajarte.
— Me relajaré con Andreas.
— Sabes que no es igual.- Rió.
— No, porque follando con él no pierdo ninguna apuesta.
— Oh — Alejó su mano. —… la apuesta.
— Pequeño detalle. No quieres perder, ¿o sí?
— No, para nada. — Sonreí de lado, intercambiando los roles ahora. Mi mano quiso ir un poco más allá que lo que fue la suya en mi muslo. Fui directo a su polla, provocando que me mirara de una manera amenazante.
— Qué feo es caer en tu mismo juego, eh. — apreté el bulto debajo de mi mano y lo vi remojarse los labios con impaciencia.
— Puedes hacerlo todo el maldito día que nada pasará.
— ¿Me desafías, Thomas? — silencio. — Me desafías.
— Entiéndelo como quieras.
— Bien. — alejé mi mano y desprendí el cinturón de seguridad que impedía mis bruscos movimientos. Y sin poder negarse o resistirse, vio pasar mi pierna por arriba de las suyas una vez que me había arrodillado en mi sitio.
— ¿Qué haces? — No respondí, simplemente apoyé mi peso sobre su pelvis, sonriendo gustoso al ver su rostro de: ‘Estoy jodido’. — ¿Quieres regalarme la victoria?
— Para nada. Quiero regalarte la posibilidad de perder. Ya deja de fingir, Thomas. Ambos aquí sabemos que perderás.
— Siempre tan soberbio.
— No es soberbia, es conocimiento.
— ¿Conocimiento de qué?
— Eres un calentón nato, no durarás.
— Tengo a Richael. — reí.
— No es igual.
— Un agujero húmedo donde meterla; es exactamente igual. — Ouch.
— Vete al diablo. — Lo empujé con el puño cerrado por el hombro, haciendo su espalda rebotar en el asiento. Hice reversa sobre mis propios movimientos y me senté nuevamente en mi lugar, oyendo como respuesta a mi acto su risa sobradora.
— ¿Te has enojado? Vamos, ya no eres un niño.
— Muérete.
— Algún día. — Puso en marcha el auto, volviendo al carril.
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— ¿Y bien? — El profesional en el tema exploró sus papes con gráficos y medidas. Algo de lo que, en lo personal, entendía poco y cada vez menos.
— Bueno… algunas de las múltiples grietas que se presentan a lo largo de las paredes laterales y frontales, son de gran profundidad. — observé indicadas grietas, asintiendo.
— ¿Cuánto aproximadamente?
— La más grande es aquella de allí — señaló la pared que conectaba la sala principal con una de las habitaciones. — 25 cm. de profundidad.
— Entonces hay muchas probabilidades de que ocurra otro derrumbe. — dedujo mi hermano al lado del operario.
— Sin dudas. De hecho ya ha habido muchos antes de este, pero fueron remendados superficialmente.
— ¿Y qué me dice del techo? — pregunté.
— Nada positivo. Esos bultos que sobresalen notoriamente de este lado, significan la pronta caída. Además, si se fijan con atención, nada tienen que ver con este de aquí — señaló el tremendo agujero en el techo, aquel que ocasionó todo esto. Menos mal que traíamos esos molestos y ridículos cascos que suelen salvarte la vida. —, es decir, los próximos derrumbes no serán causados por el primero, sino que son totalmente independientes.
— Licenciado. — Me volteé hacia el médico especializado en microbiología a mis espaldas.
— Dígame.
— Ya tenemos los resultados de aquellas manchas de allá. — informó. — La casa entera presenta una especie de hongo progresivamente perjudicial para la salud de niños de entre cuatro y diez años. Problemas respiratorios para empezar, lo cual puede desembocar en cardíacos con el tiempo. — Froté mis mejillas con ambas manos, observando el suelo.
— Thomas, ¿cuántos años tiene el hermano pequeño de Milagros?
— Cinco.
— Y Milagros tiene…
— Nueve. ¿Por qué preguntas? — Negué sin mirarlo.
— Por nada.
— Disculpe, continuaré con mi trabajo. — El médico se retiró y yo busqué a Cortez con la mirada. Por la ventana se lo veía observando el cielo por entre los árboles del jardín mientras fumaba un abano.
Me saqué el casco de seguridad y lo dejé sobre un mueble sucio de allí, caminando a paso acelerado hacia la puerta que me llevaba a él. Apenas pisé la hierba húmeda, sonrió.
— ¿Qué tal todo, Bill?
— Mal — me observó sorprendido. —, no me mires así. Me has mentido.
— No sé de qué hablas. — Me acerqué lo suficiente como para estar frente a frente con él.
— ¿No sabes? Jamás mencionaste los tremendos problemas que tiene esta casa. Nadie puede vivir aquí, arreglarla cuesta más de lo que en verdad vale. — dije sin respiro. — Para lo único que sirve es para echarla abajo y construir algo productivo.
— ¿Y eso es mentira? Ocultar y mentir no es lo mismo, hijo. — Lo observé indignado.
— Albert, soy tu abogado y la persona que se está desviviendo porque tu culo no esté en una prisión por los próximos veinte años de tu vida; me debes algo de información, ¿no te parece?
— Entenderás que no me quedaba de otra. En busca de un buen trato con grandes agricultores necesitaba unas hectáreas en el campo. Un campesino ignorante, sus sueños de progresar y poseedor de una vivienda en Argentina con un suelo productivo; no esperarás que desperdicie tal oportunidad. — Parpadeé con lentitud, oyéndolo sin poder creer. — El dinero que ofrecía a cambio de una casa no era suficiente y no cubría la primera cuota siquiera. Entonces pensé y dije: ‘Tengo una casa hecha mierda en un buen barrio, cercana al centro. Nadie en sus cinco sentidos la comprará y la zona no es productiva para construir, entonces… ¿qué hago?’
— Le ofreciste una buena oferta.
— O al menos eso aparentaba ser. Ofrecer tu casa en parte de pago para vivir en una mejor, más amplia y en un país superior ¡Brillante!
— Tú tienes tu trato con los agricultores que echarán la antigua casa de Gómez al diablo, él tiene su casa por más destruida que esté y hay un contrato que así lo confirma.
— ¡Todos ganan!
— Tú ganas. — dijo mi hermano apoyado en el vano de la puerta. Estaba enfadado, pero Cortez optó por reírse de la situación.
— ¿Está mal? — Me guiñó un ojo. — Nadie está obligándolo a vivir aquí. Es su casa, su terreno, puede hacer lo que quiera.
— ¿Qué puede hacer ahora, si los ahorros de su vida entera quedaron empeñados en algo que se reduce a hongos, grietas y derrumbes? Cortez, ¿en verdad piensas que Charles tiene alguna posibilidad de mejorar todo esto?
— Sí, Tom. Él me especificó un trabajo en blanco que unos contactos le habían conseguido… Creo que se basaba en descargar camiones de frutas en unos supermercados.
— Eso no basta para afrontar un juicio millonario y la mantención de una hija internada. — Se acercó desesperado. Yo me hice unos pasos hacia atrás. — La única esperanza de que algo mejore para él y su familia sería ganando este juicio y que tú pagues el tratamiento de la pequeña por el daño que tu avaricia ocasionó.
— Mal por él entonces. — respondió sin mucho interés mientras le daba una calada a su abano. — Se nota que recién empiezas, Trümper. Tu hermano aquí presente ha entendido en quince minutos más de lo que tú en dos semanas. — descartó el humo por entre sus labios. — Y un consejo te doy, Tom: deja de involucrarte tanto en estas cosas. Al fin de cuentas, en las noches se puede dormir de todos modos. — sonrió y palmeó su hombro como hace a veces mi padre conmigo. — Ahora vámonos de aquí. Me da asco todo esto. — manifestó haciéndose paso entre nosotros e ingresando de nuevo a la casa. Todo quedó en un profundo silencio que sólo lo rompía el viento que movía las hojas.
— Es un hijo de puta. — Chasqueé la lengua sin preocuparme.
— Acaba de hacer lo primero que nos llevará a ganar el juicio: decirnos la verdad. — Me encogí de hombros y pasé por su lado. — Vamos. A mí también me da asco este lugar.
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Bajé del carro cargando con mi bolso en el hombro derecho. Mi mano temblorosa manipulaba el cigarro en mi boca con rapidez. Estaba de los cables. Una tarde entera totalmente de mierda descubriendo lo tan abajo que estamos en este caso. Al final, mi padre tenía razón. ¿Cómo demostrar que todos esos daños no son responsabilidad de Cortez? Seguro habrá que inventar algo y ahí viene la pelea con Thomas. Dios… ¿por qué vivimos en un mundo donde queda gente que hace lo correcto? Digo, hay una forma más rápida y sencilla de hacerlo sin correr riesgos, ¿por qué acudir a lo políticamente correcto?
— Espero que estés contento con esa mierda que estamos defendiendo hoy en día. — ignoré sus palabras poco constructivas e ingresé al estudio suspirando.
Después de las escaleras, estuve en la recepción oyendo la voz de Tania recibiéndonos.
— Señores, disculpen.
— ¿Qué pasa, Tania? — interrogué cansado. Mi hermanastro paró a mi lado, observando el sobre que nos extendía con tanta curiosidad como yo.
— Ha llegado este sobre esta mañana. — Sonreí de lado cuando lo tuve en mis manos.
— Es del estudio de Sanders. — Instantáneamente fuimos hacia mi despacho. Con ansiedad, ingresé sin devolverle el saludo a Georg, ni estando pendiente si Thomas venía también o no.
— Ábrelo, vamos.
— Cierra la puerta. — Lo hizo y se sentó del otro lado del escritorio, mientras yo lo hacía en mi silla. Le di una última calada a mi cigarro y lo destruí en el cenicero, concentrándome ahora en mi nuevo objetivo.
Saqué los papeles y empecé a leer la última hoja con rapidez, queriendo ir directo al grano.
— ¿Qué dice?
— Espera… habla de… Por la presente tengo el agrado de comunicarles a los doctores Trümper Thomas y Kaulitz Bill que… bla, bla, bla… y… oh, mierda.
— ¿Qué?
— Dice que aceptan.
— ¿Eh?
— ¡Aceptan! ¡Los padres de la pendeja autorizan las visitas! — dije eufórico, mirándolo con una sonrisa casi macabra.
— Ah.
— ¿Sólo ‘ah’?
— ¿Qué más esperas? — chasqueé la lengua siguiendo con mi lectura.
— Debemos ponernos de acuerdo en el tema del médico que llevaremos y quién de los dos irá a hacer las visitas. Aunque imagino que me encargaré de todo. — Lo miré. — Anda, Tom, con esto nos equilibramos un poco más. — asintió poco convencido.
— No veo nada de positivo en tener que hurgar en la salud de una niña inocente de culpa y cargo.
— Hablas como si yo la hubiera metido en todo esto. No estás pensando en frío. — dejé los papeles sobre el escritorio, observándolo molesto. — El mismo padre la metió y es él quien nos autoriza a ir, no yo.
— ¿Había otra opción?
— Negarse.
— Y perder.
— Eso es sólo una consecuencia.
— No discutiré contigo. Sólo te pido que te encargues de comunicárselo a tu padre postizo, no tengo ganas de hablar con él de vuelta. — Se puso de pie dispuesto a marcharse.
— No te conviene llevarte mal con Albert, Tom. No creo que sea buena idea tenerlo en contra. — Me miró unos momentos, negó y siguió con su meta de irse.
Sonreí embobado con mi permiso. Sentía adrenalina recorrer mis venas, era… era el sentir el triunfo cada vez más cerca.
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— No habrá problema, Bill, puedo asegurártelo.
— De verdad no sé cómo agradecerte esto, Fred. Este caso es muy importante para todos.
— Lo sé. Está teniendo una repercusión increíble a nivel internacional.
— Y no podemos estar más complacidos. — Le di un sorbo a mi vaso de whisky mientras sonreía de lado. La tele en frente reproducía una película del siglo diecinueve, acerca de las penurias de una familia durante la segunda fase de la Revolución Industrial. Totalmente en silencio, sólo dejaba ver las imágenes, con el volumen en ‘mute’.
— Háblame de tu padre, Bill.
— Pues, ahí anda.
— ¿Está siguiendo las recomendaciones que le hemos dado?
— Sí, aunque es normal verlo fumar un cigarro alguna que otra vez.
— A pesar de su delicada situación continúa actuando así.
— Yo digo que es un hombre grande.
— Pero es una bomba de tiempo. Puede sufrir de otra crisis y, puedo garantizarte que no la soportará. — Vacié el vaso de vidrio de un solo sorbo despreocupado. — ¿Por qué no vienes hasta mi consultorio y te doy unas pastillas más fuertes? Algo que lo calme sin la necesidad de tomar más de una.
— Vale. — cedí sin muchos ánimos. — Ahora debo colgarte, tengo mucho trabajo. — mentí al ver que la conversación principal se iba de tema. — Entonces nos encontramos mañana en la clínica para iniciar esas visitas.
— Claro. Hasta mañana entonces, y dale mis saludos a Jörg.
— De acuerdo. Adiós. — colgué y arrojé el teléfono al sofá lateral sin cuidado alguno. — Estúpido.
— ¿Qué pasa? — Me incliné apenas en mi sitio y observé de pies a cabeza a Thomas, chasqueando la lengua y volviendo mi visión a la tele muda.
— Tengo al médico.
— ¿Y por eso lo insultas?
— Cállate, Tom, haz el favor. — suspiró a mis espaldas.
— Voy a salir.
— ¿Quieres que haga un monumento a eso o qué?
— Sólo te aviso.
— Vale, haz de tu culo una gran nave y vuela en ella por Europa entera. No es de mi incumbencia.
— No se puede hablar bien contigo. — Pasó por al lado del sofá apurado, creando una leve brisa a los costados. Lo siguiente fue un portazo y una risotada grave por mi parte.
— ¿Cuándo acabarán sus peleas? — borré mi sonrisa con la voz de Susan. Había estado observando todo desde el vano del comedor.
— Nunca. — Caminó con paso pausado y apacible hasta mí, sentándose con delicadeza a mi lado.
— Se quieren. —La miré con reproche. — tu padre ya está durmiendo su siesta diaria.
— Mañana tengo que ir al consultorio para retirar las nuevas pastillas.
— ¿Más aún?
— Reemplazarán estas que toma ahora. Las nuevas son más fuertes. — Hizo un sonido de desagrado. — ¿Qué? — Me hice hacia la derecha, del lado contrario al suyo, sacando de mi bolsillo la cajetilla de cigarros y el mechero. No solía fumar en otro sector de la casa que no sea mi cuarto, pero las circunstancias así lo ameritan. — No eres tú la que vive de drogas.
— Bill.
— No he dicho nada malo, es lo que son. — Dejé un cigarro entre mis labios y lo encendí. Una vez hecho, dejé caer el mechero en el sofá.
— Eso es una droga.
— Como toda droga, me calma y me ayuda.
— ¿Ayudar? ¿Sigues pensando que esas basuras sirven de algo en tu vida? — reí en respuesta.
— Todos tenemos nuestros vicios. Y aunque he estado internado y toda esa mierda, sigo siendo un adicto.
— No creo que eso sea cierto. Estás mal.
— ¡Genial! Otra persona que me dice lo mismo.
— Es la verdad.
— Estoy bien. Tengo mucho trabajo, es todo. — dejé clavada mi mirada en la tele, sin ver lo que se reproducía. Y así nos quedamos, como era usual en nosotros, hundidos en un profundo silencio que todo lo decía. No eran necesarias las palabras con ella, era como mi madre. De hecho, estoy en condiciones de decir que ha tenido la suerte de conocerme más que ella misma. — Susan. — La llamé al caer en cuenta que decía lo mismo que antes. Me decían que me veían mal y lo negaba excusándome con los estudios o el trabajo… no quería eso de vuelta para mí. — ¿Alguna vez has deseado ser otra persona?, una totalmente diferente, en otro sitio.
— ¿Tú crees que yo lo desearía? — aspiré mi cigarro.
— Pues… la verdad que sí.
— ¿Por qué?
— Bueno, para empezar, trabajas de mucama. Creo que no es un empleo que alguien querría, limpias una casa que no te pertenece y nadie te da las gracias, no tienes grandes fortunas y no conoces más que Alemania… no es una vida que suele anhelarse. Sin ánimos de ofender. — Sonrió.
— Sin embargo, te equivocas. Tengo una hija que ha sabido triunfar en la vida y superarme, trabajo en una casa hermosa, con dos grandes personalidades y conozco gente de la alta sociedad a diario. Vivo aquí, no me falta el pan en la mesa, me tratan con respeto, sé hacer algo más que muchas mujeres que lo han tenido todo servido en bandejas llenas de lujos. Yo sé valerme por mí misma y tengo un hijo postizo que me llena de orgullo día a día. — sonreí. — Tienes razón, no tengo grandes fortunas y nunca he salido de mi país natal, de hecho hablo este idioma solamente pero soy muy feliz. Mírate tú: tienes billetes por doquier, conoces el mundo de pies a cabeza y sin embargo estás preguntándole a una mucama si se puede ser otra persona. Eres tú quien quiere escapar de su realidad, a pesar que lo tienes todo. Pero puedo asegurarte que la felicidad se consigue solamente si no albergas odio y resentimiento en tu corazón. De ese modo eres feliz. — Volví a mirar el televisor.
— Entonces la felicidad no es para mí. — Tomé el mando y le di al volumen, subiéndolo con intenciones de terminar nuestra charla. Escuché un suspiro por su parte, uno de desilusión.
— Todos tienen derecho a ser felices. — Se paró y se quedó observándome. Nada salió de mi boca por mucho juego de miradas que me dedicara. La conversación había acabado ahí para mí. — No era esa la respuesta que quería oír salir de ti, Bill.
— Susan, por favor, no oigo al sujeto. — dije con tono molesto, pero calmo, señalando la pantalla del televisor. Asintió y se retiró a cumplir con sus funciones en la casa.
Continúa…
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