«Apostemos» Temporada I
Capítulo 11.- Impotencia
By Tom
Me mordí el labio inferior cerrando los ojos mientras ella devoraba mi cuello con frenesí. Se volvía loca con mi aroma, como si en verdad fuera delicioso. Soltaba jadeos y gemidos sin la necesidad de que la tocara o besara.
— Mmmh, Tom… — Maldije mentalmente abriendo los ojos. Inmediatamente me encontré con sus labios sobre los míos. No tuve otra opción que corresponder a los debidos movimientos. Lengua va, lengua viene… Tom se aburre, o bueno, me desesperaba. Digamos que ella estaba más que lista, con la mayor parte de la ropa fuera, con las ganas al tope; en cambio yo no estaba muy… arriba.
— Espera. — La separé por los hombros con suavidad. Estábamos en el departamento que compré con estas semanas de buena vida. La verdad es que necesitaba un sitio donde estar solo y me pareció una inversión afortunada.
Me sonrió con malicia, observándome directo a los ojos y me sentí incómodo.
— Sigue moviéndote como antes, hermosa. — susurré acariciando su mentón con mis dedos. Asintió ejerciendo un vaivén más violento que el anterior. Normalmente esto no era necesario, ya que suelo responder muy rápido a las caricias del contrario cuando de esto se trata. Pero, ¿ahora? — Más lento… — murmuré cerrando los ojos para ver si conseguía una respuesta más honesta de las que he dado hasta ahora. Y creía que lo conseguía… sí, estaba… estaba funcionando en verdad. Imaginaba su cabello negro sobre sus hombros desnudos, con la respiración agitada en su totalidad y una sonrisa de esas sátiras en su hermosa boca. Una ceja enarcada y su cuerpo dándome placer… Dios, sí. — Así, preciosura, así. — Sus uñas se clavaron en mi pecho desnudo y enloquecí. Apreté su cintura con la yema de mis dedos y simplemente quise dejarme llevar por los movimientos de su cuerpo. Sí, él era perfecto… — Sigue, vamos…
— Me traes loca, Tom. — Fruncí los labios y luego la miré molesto, algo que notó. — ¿Pasa algo? — Sí, no debiste hablar.
— Nada. Y ese es el problema — dije. —, no pasa nada. Lo siento, Richael.
— Espera, ¿de qué hablas? — Exhalé aire con pesadez, preguntándome cómo le explico las cosas sin que — Dime de qué hablas. —… se enoje.
— Eres hermosa, Richael, pero evidentemente hay un inconveniente.
— Claro, suena más bonito.
— ¿Disculpa? — Pasó su pierna desnuda por mi cintura y se sentó en el borde de la cama. Con la ropa interior sin sacar, buscó su ropa por el suelo. Admito que jamás me ha pasado de no poder desvestir por completo a una mujer.
— Es mejor llamar inconveniente a tu impotencia.
— Oye, oye, espera. No soy impotente, nena. — Me miró sobre su hombro, con gesto burlón.
— Que no se te pare se llama impotencia.
— Quizás tú tienes algo malo. — abrió la boca indignada. No quería ser tan crudo con ella, pero se lo ha ganado. Nadie se mete con Thomi Jr. — Sí, no me mires de ese modo. Quizás me mola más lo prohibido. Digo, somos compañeros de trabajo, se supone que no debemos y, bueno, eso me excita…o solía hacerlo. Se ve que ahora eres más accesible.
— ¿Sabes qué? ¡Vete al infierno, Trümper! — Se paró con rabia y tomó su ropa sin cuidado.
— ¡Mientras no sea contigo! — Le grité ya cuando había salido del cuarto. Entonces cerré los ojos, hundido en la absoluta soledad y dejé escapar un suspiro con intenciones de calmarme, pero nada pasó. — Esto no está bien. — Me exalté cuando comenzó a llamar mi teléfono.
Lo tomé sobre el buro de la derecha y leí el nombre de quien llamaba. ¿Será posible que tenga poderes psíquicos o algo así?
— ¿Qué quieres?
— Ven a casa porque ahora me toca salir a mí.
— ¿Estás jodiéndome?
— Ven. — maldije bajo y corté la llamada. Mi puño libre apretó las sábanas sin razón, queriendo demostrarme lo furioso que estaba, aunque demostrara que no me importaba.
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Cerré la puerta de un portazo descuidado, con cara de pocos amigos que advertía claramente que no deseaba ser molestado ni tomado por idiota en todo el día. Si es que volví, fue sólo para cuidar de mi padre y para evitarme toda una semana de Bill malhumorado.
— ¡Al fin, tío! — Tiré las llaves sobre la mesilla del recibidor y lo miré amenazante.
— Ya, estoy aquí.
— ¿Qué te pasa que traes esa cara?
— Es la única que tengo. — Se quedó mirándome (o eso creo) por sus gafas oscuras impenetrables.
Por su culpa tengo un humor de mierda para todo el día. Aunque no hizo nada… ¿qué hace rondando por mi cabeza en esos momentos?
Suspiró y se sacó las gafas, dejando ver sus ojos perfectamente maquillados. Se dirigió al sofá central y se sentó, cruzando sus piernas.
— Me doy cuenta que algo te pasa. Y creo que los hermanos deben escucharse, ya sabes. Cuéntame, te oigo. — Alcé ambas cejas. — Vamos, sabes que es difícil esto para mí, así que habla de una vez. — entrecerré los ojos y tomé aire.
— Sólo tuve un… problema, es todo.
— Entiendo a lo que quieres llegar, Thomas. Quieres que no entienda una mierda y, ¡felicitaciones!, lo has logrado. Entonces debo pensar en todo el rollo desde su respectivo comienzo, para entender su final. A ver… saliste con Richael.
— Sí, es suficiente.
— No se pelearon. Digo, si hubieran discutido a ti te importaría una mierda, así que ese no fue el problema.
— Ya déjalo.
— Follaron, es obvio, por lo tanto, sólo me queda que… hubo un problema en ese terreno
— Bill, es en serio-
— Aún no, estoy cerca. — Se estaba divirtiendo con esta conversación que me hacía poner nervioso. — ¿Qué puede salir mal en la cama de dos heterosexuales? La mujer siempre está dispuesta, ¿verdad? Es el mismo agujero, no se abre ni se cierra, así que
— Basta.
—… no se te paró.
— ¡La puta madre, Bill!
— ¿No se te paró? Estaba bromeando… ¡Estás jodién… jajajaja! ¡Eres impotente! — Se reía sin pudor en mi cara, enfrente de mí.
— ¿Quieres que te muestre si lo soy?
— No, no, gracias. No quiero que mi autoestima quede por los suelos al ver que no te excito.
— Muy gracioso.
— Oye… esto es inédito. — Alzó sus manos, como si escribiera un encabezado en el aire. — ‘Thomas Trümper, el Dios del sexo, es impotente’ — Volvió a reír.
— Ya te pasaste. — Avancé de a unos pasos largos hasta su posición y lo empujé por los hombros.
— ¡Espe… jajajaja!
— Cierra la boca. — cayó al sofá totalmente acostado, con sus brazos inmovilizados sobre su estómago gracias a mi presión sobre las muñecas de éstos. Me acerqué a su boca, sin tocarla pero combinando respiraciones.
— La apuesta.
— Debes dejar de recordarme eso.
— Es por tu bien.
— ¿Y tú?
— Pierda o gane la pasaré genial. — dijo despreocupado.
— Entonces, ¿qué te impide hacerlo?
— Eres tú el que se echó arriba mío. Anda, hazlo, — negué.
— Orgullo.
— Lo mismo para mí. — mordí mi labio inferior y me enderecé sobre su cuerpo. — Sal de arriba mío, impotente.
— ¡Moriste! — Ataqué su estómago con manos movedizas, provocándole convulsiones de mera risa. La peor tortura.
— ¡No, jajaja, por fav… jajaja! — Daba manotazos al aire al azar, pero ninguno me lastimaba, sólo chocaban contra mi vientre y volvían a su antiguo sitio. La acción de defensa se repetía cada vez con menos fuerza. Yo reí con cansancio y me detuve, dejando caer mis manos sobre su panza.— Tengo que irme. — dijo recordando que iba a salir antes de que todo esto pasara.
— ¿A dónde vas?
— A follar con mi novio, a él sí se le para. — Borré todo rastro de sonrisa y de buenos ánimos. Liberé su cuerpo de mi peso, quedando arrodillado en el sillón mientras él se paraba y acomodaba sus ropas. Volvió a ponerse las gafas y, antes de marcharse, tomó mi rostro por el mentón y dejó un beso ruidoso en mi mejilla. — Suerte con eso.
— Claro. — murmuré sin ganas, sentándome en mi sitio cuando rió y emprendió la marcha a la puerta.
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By Bill
— La paciente Milagros Yamil Gómez. — La muchacha tipeó el nombre en la computadora y volvió a mirarnos.
— Habitación 506. Permítanme la orden. — Se la di y tuvo la oportunidad de inspeccionarla. Me la devolvió y asintió. — Pueden pasar.
— Muchas gracias. — Hospitales de mierda. Los odio. Me recuerdan a las múltiples crisis de mi padre, los tratamientos que nunca funcionaban para mi madre y mi propia internación. Los peores momentos de mi vida tienen lugar en un hospital. — Estás muy callado, Bill.
— No tengo interés de hablar, Fred. — Asintió sin más. Fred Molina es el médico personal de la familia. Atiende a mi padre y ahora está colaborando en el caso.
Nos introdujimos al ascensor y las puertas mecánicas nos encerraron.
— A la salida voy a tu consultorio a retirar las píldoras.
— Bien. Mientras más pronto, mejor.
— Eso creo. — me crucé de brazos y recargué mi cuerpo en el espejo de atrás. — Él está bien.
— Eso pareciera. Pero es una bomba de tiempo, si continúa desobedeciendo de esta manera el tratamiento y mis indicativas, a la siguiente crisis colapsará.
— Ya está grande para que todos andemos cuidándolo. A veces, cuando lo veo fumar, sólo me callo.
El ruido del elevador indicó la llegada al piso deseado y las puertas nos dejaron avanzar hacia él. La primera habitación tenía el número 500, así que era una de las próximas. Mientras caminaba intentaba dejar la mirada fija en mi recorrido, ignorando a los doctores y enfermeras, o a los mismos pacientes con alguna enfermedad/herida que esperaban en las sillas plásticas de los pasillos. Me daban escalofríos.
— Buenas tardes. — saludó el doctor en la puerta de la habitación. Estreché su mano luego de Fred, con caballerosidad y diplomacia. — Soy el doctor Flores y estoy a cargo de la paciente desde un inicio.
— Un placer. Soy uno de los dos abogados a cargo del caso, Bill Kaulitz. Él es mi médico personal, Fred Fontana.
— Qué tal. — Se saludaron, ahora, ellos.
— ¿Recibieron el parte médico de esta semana?
— Sí, esta mañana.
— Muy bien. Cualquier duda que tengan es a mí a quién deben acudir. El señor aquí presente — se hizo a un lado, dejando ver a un uniformado cruzado de brazos que nos saludó con un leve movimiento de cabeza. — es miembro de la seguridad privada del hospital. Tiene órdenes estrictas de sacarlos ante cualquier disturbio o mal entendido.
— De acuerdo.
— Muy bien. El horario es hasta las tres y media de la tarde. ¿Alguna duda?
— Por ahora ninguna. Muchas gracias. — asintió y continuó con sus tareas, marchándose al fin. — Conocerás a Milagros personalmente.
— Conoceré a la niña que amenaza con arruinar el juicio más importante de mi vida. — susurré empujando la puerta del cuarto, sabiendo más o menos con lo que me encontraría. Caminé lento hacia la camilla donde permanecía dormida profundamente. Me detuve a su derecha y la observé de pies a cabeza. Sus piernas extendidas a lo largo de la cama, con un yeso en la izquierda. Unas mangueras conectadas a sus brazos llenos de hematomas por las inyecciones. Sus dedos doblados involuntariamente y un rostro pálido. Sus labios secos daban una idea de los días enteros sin hablar, comer o beber. Los párpados abajo sin movimiento de sueño rem, ni nada que se le parezca. Estaba absorta de todos y de todo. Una venda algo amarillenta cubría su frente y parte de su cabeza y se veía algo apretada para ella. Tenía el cabello castaño claro, lacio en un inicio y ondulado al final. Era bonita. Muy hermosa.
Fred abrió su ojo izquierdo con el dedo pulgar e índice, viendo su vista blanca y alumbrándola con una pequeña linternilla. Ella ni se movió.
— ¿Está dormida o muerta?
— Bill. — Me miró serio. — Está en estado de coma.
— ¿Desde cuándo?
— Cuatro meses.
— Leí el parte médico en un principio y decía que no le daban más de tres meses en este estado.
— Eso no siempre es exacto, aunque no se cuenta como ‘error’. — dijo anticipándose a mis ideas de usarlo a mi favor. Rodé los ojos y me concentré en las cosas del lugar. Dibujos pegados a la pared con cinta adhesiva; una casa, unas plantas con diferentes flores, una familia sonriente y un amanecer. Dibujos de una niña de nueve años llena de Barney y Barbies. Un portarretratos de un gatito con ella. En la repisa de la camilla misma se encontraban sentadas todas sus muñecas. Diferentes colores de cabello y vestimenta, pero todas se encontraban ahí. Tenía unas siete más o menos. — Todo está tal cual lo dice en los archivos. — asentí sin dejar de hacer lo que hacía.
Tomé en mis manos un diario íntimo, de esos donde suelen escribir que se comieron un helado o que dieron su primer beso, que descansaba sobre la mesilla de junto.
— Qué astuta. — Un candado fácil de violar me impedía abrirlo en su totalidad. Kitty en la tapa me miraba amenazante. Gato sin boca. — ¿Has oído la historia de esta gata, Fred? — alzó la mirada de la niña, confundido.
— ¿Eh?
— De Kitty, ¿has oído su historia?
— Para nada.
— Es terrorífica. — dejé el libro en su sitio y suspiré. — ¿Vamos o qué? No hay mucha acción por aquí.
— Ya casi termino. — Continuó anotando vaya a saber uno qué en su agenda, mientras yo hacía un paneo general a la blanca habitación.
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— Dice que se repuso hace dos semanas, pero que luego de todos los correspondientes estudios, volvió a este estado en que hoy se encuentra.
— ¿Cómo es eso posible? Si despertó, ¿qué hizo que vuelva a dormirse?
— Sabes muy poco de medicina, Bill.
— Me declaro culpable.
— Es algo muy inestable. Nadie sabe qué secuelas puede quedarle de este accidente. Es decir, tiene herida la médula espinal, ¿entiendes lo que es eso?
— La columna.
— Sí. Todo el cuerpo está conectado a ella. Además del traumatismo de cráneo, seguro.
— Caray. — Georg dejó la carpeta sobre el escritorio y la tomé, dejándola en mi regazo. — De todos modos, veo un buen futuro en este caso.
— Es un caso complejo, pero siempre se puede.
— Yo siempre puedo.
— También tienes a Thomas al lado.
— Pequeño impedimento. — alzó una ceja. — Bromeo. — sonrió — ¿Y cómo te va a ti después del sermón de Jörg?
— Bien. Andreas está moviendo unos hilos con respecto a Venegas. La clave está en las vacaciones que tuvo hace unos meses.
— Caso de mafiosos les tocó.
— Quizás. — Mi teléfono empezó a sonar con molestia. — Cambia ese ringtone, es tan espantoso.
— Es el que trajo el móvil. — Me encogí de hombros y lo atendí. — Diga.
— ¡Bill, viejo amigo! ¿Es que siempre debo llamarte yo? — levanté mi mano, disculpándome con Geo.
— No hay problema.
— ¿Molesto?
— Como siempre. Espérame un segundo. — Alejé el teléfono de mi oído y me puse de pie con la carpeta entre mi torso y mi brazo. — Nos hablamos luego, Geo.
— Claro. — Me di media vuelta y caminé hacia la salida. Abrí la puerta y volví el aparato a mi oreja. — Ya estoy, ¿qué quieres?
— Tengo un buen negocio en manos, pero necesito de tus contactos.
— Joder, Gustav. — Atravesé la recepción y fui directo a mi oficina, cerrándola con llave del lado de adentro. — Te escucho.
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By Tom
Tomé con firmeza la pluma e impregné mi firma en los documentos.
— No entiendo por qué tengo que hacerme cargo de algo en lo que no estoy de acuerdo.
— Es el precio de los dúos. — comentó Tania queriendo calmar mi mal humor.
— Sólo que decide Bill únicamente qué se hace y qué no. — Me enderecé en mi sitio, observando con desagrado el papel. — Toma. — Lo agarró y se dio vuelta para guardarlo. Suspiré observando la televisión enfrente. Las noticias mostraban a Bill y al Dr. Montana saliendo del hospital y las repercusiones que esto había generado en la gente.
— No están muy contentos. — Miré a Georg, quien guardaba su teléfono celular en el bolsillo. — Varias cadenas de noticiarios los están cuestionando, están algo jodidos. Digo, con la gente opinando semejantes mierdas, será complicado avanzar. — asentí frunciendo los labios.
— ¿Cómo no estar en desacuerdo si parece que estuviéramos sospechando del propio padre? Fue una pésima idea lo de las visitas.
— No sé si es tan así.
— Para mí lo es. Encima ni nombre está directamente vinculado.
— Cambiando el tema, me he enterado de algo. — Uní el seño, girándome y apoyando mi brazo en el mueble a mi lado.
— ¿De qué se trata?
— Así que están volviendo a cometer los mismos errores.
— ¿Eh? No sé de qué hablas.
— Tom. — Me observó de una manera extraña, como si estuviese en su silencio la respuesta.
— ¿Te refieres a…?
— Sí.
— Vamos, no estarás pensando que significó algo.
— Te pido es que no sigas. ¿Sabes? Bill no es la persona reacia que se ve a diario. Está destruido por dentro y no soportaría una segunda vez.
— Georg, te digo que no es como antes. Antes había amor.
— ¿Amor? ¿Por eso hiciste lo que hiciste? Thomas, ambos sabemos que es exactamente igual. Sólo no empieces algo que no puedas detener. Lo de ustedes es enfermizo, no por los lazos familiares, sino porque les gusta hacerse daño. — Se aproximó a mi posición de unos pasos y veía dureza en su mirada. Me señaló con el dedo índice de su mano derecha y me observó fijo. — No sabes lo que fue la vida de Bill cuando te marchaste. No sabes lo que fue la vida de todos los que lo queremos mientras tú vivías la tuya sin problema.
— Georg, los dos somos personas grandes. En estos años perdí hasta el más mínimo cariño de hermanastros que se necesita y sería normal. Yo lo odio, ¿sabes por qué? Porque se está pareciendo a lo que era Jörg hace algunos años, cuando me negó a mí y a mi madre. Bill es el vivo calco de ese Jórg.
— Pero…
— Y simplemente es un egoísta de mierda. No lo quiero, ni mucho menos lo amo. No tengo interés en lastimarlo, ni en nada.
— ¿Te has puesto a pensar si es lo mismo por su parte? — reí sin ganas.
— No hay sentimientos en ese cuerpo. Y amablemente voy a pedirte que no te metas más en este asunto; yo tuve mis propias razones para marcharme, razones que ni Bill conoce.
Sin decir nada más, pasó por mi lado, chocándome con su hombro. Remojé mis labios con bronca. Jamás le caí bien a este tío… nunca.
Continúa…
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