«Apostemos» Temporada I
Capítulo 13.- Jugar tu juego
Bebí un poco más de mi infusión. Tanto cigarro el día de ayer con el estómago vacío me había hecho resultado recién esta mañana, estaba matándome y podría empeorar. El té negro nunca ha sido de mis bebidas favoritas, pero sin duda alguna calmaba y ayudaba a contrarrestar el malestar. Honestamente no era mi mejor mañana. Sólo la idea de tener que enfrentar otro día de estudio me cansaba más que si lo estuviera viviendo ya. Otra visita a ese hospital que huele a enfermos por todas las esquinas… ni pensar quiero.
— Me da jaqueca. — Vacié la taza de un solo movimiento, volviéndola a la mesada de silestone de un golpe.
— ¡Buenos días, hermanito no querido!
— Oh, ya despertaste.
— Cuánto ánimo sueles tener por las mañanas. — Sus manos tomaron mi cintura y besó mi mejilla con efusión. Formulé una mueca de asco mientras cerraba mis ojos un momento. — ¿Qué tomas?
— Té — Se alejó en busca de algo calórico en el refrigerador. —… y tomaba. — Dejé el recipiente de porcelana en la pileta para que Susan lo lavara luego.
Me volteé con una ceja alzada, cruzándome de brazos y observándole cuestionador.
— Vayamos a lo que importa, ¿quieres? — Cerró el electrodoméstico con un potecillo de flan ya preparado en la mano. ¿Flan en la mañana? Qué asco. — Anoche.
— Buen polvo. Fin del tema.
— Buenos polvos. — recalcó la pluralidad de las palabras. — En un momento dado me puse a pensar en tu buen amigo Georg.
— ¿En Georg? soportaría a Axel, pero Georg me supera. — Me dedicó su dedo medio erecto y tomó una cuchara de las del cajón de la mesada, empezando a digerir su postre-desayuno.
— No de ese modo, Bill. Pensé acerca del amor y de toda esa palabrería de cosas.
— No me digas que te has vuelto a enamorar. — me anticipé. — Mira, sé que soy inolvidable, pero calma.
— No digas idioteces, me refiero al amor en otro aspecto.
— ¿Qué otro aspecto tiene el amor? — Tragó el trozo de flan que tenía en la boca y lo dejó sobre la mesada, acercándose a mí con una mirada extraña.
— Justamente el que tanto niegas.
— A ver, a ver… esta mañana no es una de las mejores, así que expláyate.
— ¿Qué me dices si te digo que tengo una nueva apuesta en mente? — sonreí.
— Que te agrada perder y que además te contradices. Digo, anoche dijiste que la última apuesta fue una estupidez.
— Ésa apuesta lo fue. Pero la que yo tengo dando vueltas en mi cabeza desde que Georg habló conmigo, es fantástica.
— No me digas.
— No sería únicamente por el honor, como hasta ahora, sería por algo que, sin dudas, nos beneficiaría notablemente.
— Comienzas a conquistarme.
— ¿Así que jugar tu juego es la clave?
— Exacto. — gratifiqué incorporándome y dando el último paso que faltaba para estar finalmente cerca. — Pero no te creas que eres todo un Kaulitz ahora, hermanito — Acaricié su mejilla con el reverso de mi mano sin dejar de sonreírle. —, aún te falta demasiado para jugar igual que yo.
— Lo que menos quiero es ser un Kaulitz, jamás quisiera jugar como tú, tengo mi modo y mal no me va. — reí. — ¿Quieres oír la apuesta?
— Nah. — Me miró perplejo.
— ¿No?
— Ahora no, ya estoy retrasado. — Deposité un casto beso a sus labios y le guiñé un ojo con picardía. — Nos vemos, bombón. — Pasé por su lado acomodando mi corbata sintiéndome un triunfador.
Caminé con prisa hasta el living, donde pasé sin prestar demasiada atención a mi entorno. Sólo sabía que tenía que haber estado en el hospital hace ya diez minutos. Fred iba a enfadarse, con lo diplomático y aplicado que es.
— Hijo — Me detuve y observé el sillón central, donde se encontraba mi padre escribiendo en su vieja libreta con su clásica e inseparable pluma. —, quiero hablarte.
— Ahora no Jörg.
— Pero…
— Es en serio, estoy llegando tarde al hospital.
— Bien. — se resignó observando su libreta. Fruncí el seño impaciente.
— ¿Es todo?
— Claramente no. — volvió a observarme y sonrió algo… ¿triste? — Pero déjame agradecerte lo de las píldoras. Me calman más, lo he notado.
— Claro, no hay problema. — asentí y continué con mi recorrido por el living, hasta llegar a la puerta.
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— Otra completa desilusión.
— ¿Puedes calmarte, por favor?
— ¡No! No puedo. He perdido valiosas tres horas de mi vida en una niñata que siquiera respira.
— Lo hace. Si no lo hiciera, estarías tú, tu hermano y Cortez bien enterrados en el fango. — No pude retrucar aquello. Sólo me limité a continuar caminando así de veloz por los pasillos del hospital inmundo donde me encontraba ansioso de salir. — ¿Te calmas ahora? — Oprimí el botón del ascensor y las puertas se abrieron después de unos cuantos segundos de espera.
— Ya dije que no puedo hacerlo. Cuando no puedes hacer algo, sólo — suspiré. —… no puedes. — Ingresé al elevador observándome en el espejo. Mi rostro estaba totalmente demacrado con tan solo una noche de insomnio. Observé, también, que Fred no sacaba sus ojos de mi reflejo, con una mueca de preocupación en su cara. — No me digas que me notas mal tú también, por favor. — Tomé las gafas de mi cartera y me los puse, ocultando así mis ojos cansados disimulados con maquillaje, pero igual de expuestos.
— No te lo diré. Es bueno que lo sepas por ti mismo.
— Todos lo creen. Soy mucho más capaz que un par de semanas de trabajo y unos cuantos problemas familiares. — Se abrieron las puertas cortando el silencio y dando paso al murmullo de la gente en la planta baja.
— Puedo recomendarte unas pastillas para que…
— ¿Es todo lo que haces, Fred? — interrogué con enfado, dándome la vuelta y enfrentando al doctor. —, ¿ir tirando drogas por la vida?
— ¿Drogas? — cuestionó en un susurro nervioso por mi tono de voz con tanta gente cerca.
— He pasado por ellas una vez, no lo haré de vuelta. — Suavizó su mirada y sonrió sin ganas.
— Nadie habló de tu adicción, Bill. Tú eres el que cree que todo el mundo quiere drogarte constantemente. — Apreté los dientes. — ¿No será algo inconsciente?
— ¿Insinúas que quiero drogarme de nuevo? — Este sujeto estaba ofendiéndome.
— Sí — respondió secamente, sin preocupación en sus palabras o en el daño que pudiera causar. —, lo insinúo y lo afirmo. — Chasqueé la lengua y continué caminando a la salida de la clínica.
— Debe estar lleno de periodistas, así que no digas ni una palabra. — dije en voz alta para que llegara a oírme con claridad. — Maldita sea esta pendeja del demonio.
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Solté un suspiro cargado de fatiga al final de las escaleras. Después de ver tanto enfermo junto, llegas a tu lugar de trabajo y pareces no notar la diferencia.
— Buenas tardes, amigo. — me saludó Georg pasando por ahí justamente para salir. — ¿Qué tal todo? — Lo saludé con un beso en la mejilla y miré interrogante sus fachas. Más prolijo que de costumbre.
— Como siempre. Oye, ¿a dónde vas?
— A tomar un café aquí en frente.
— ¿Y por qué tan… así? — señalé su corbata por primera vez prolija rodeando su cuello.
— Es que no lo tomaré solo. Tú me entiendes.
— Oh — reímos. —, pues buena suerte.
— Gracias. Te veo luego, galán. — palmeó mi espalda pasando por mi lado con ánimos. Silbaba una canción y todo. Qué envidia ese estado.
Continué con mi recorrido, hasta que noté un conflicto en el escritorio de la recepción. Richael y Thomas estaban discutiendo en violentos susurros, pero que no dejaban de ser molestos para quienes pasaban o los veían. Al parecer, el pleito tenía su origen en la noche pasada. La impotencia de Tom había despertado al monstruo de la inseguridad en la morocha, añadiendo los chupetones que le señalaba en el cuello a mi hermanastro. Ahí es donde entro yo con mi pequeña cuota de culpa.
— ¿Y qué quieres decirme?, ¿que ya está, es todo, adiós? — Thomas viró los ojos sin ver una salida a esto. Tenía que ayudarlo y, de paso, divertirme un poco con la zorra despaturrada esa.
— Richael, a ver si entiendes que jamás existió un título para esto. Todo lo que fue…
— ¿Qué está pasando aquí? — interrogué con seriedad, observándolos alternadamente. La muy puta me rebajó de arriba para abajo, interrogando mi intromisión.
— No te interesa, Kaulitz.
— Si yo fuera tú mediría el tono que estás empleando.
— Pero no eres yo.
— Agradezco a Dios por eso todas las noches. — Miré a mi hermano de manera cómplice. — No nos parecemos ni un poco.
— Lo lamento, Bill, es en parte mi culpa. — se disculpó el susodicho.
— Está bien, pero sean conscientes que aquí se trabaja y cualquier problemilla personal se queda detrás de aquella puerta cuando entran aquí. — volteé mi cuerpo para retirarme, no sin antes sentenciar la situación. — No son más que compañeros de trabajo. — Una vez dándoles la espalda, no pude evitar sonreír ampliamente, conteniendo en cierto modo la carcajada que asomaba. Continué hasta la puerta de mi despacho, donde conseguí al fin el silencio y la privacidad que andaba buscando desde temprano ya. — Bendito sea mi… — ¡MIERDA! No, no mi mierda, sino que el teléfono sonaba como un perfecto hijo de puta. ¿Ven?, ¿ven por qué mi vida es tan… tan… así?
Casi corrí hasta el escritorio y oprimí el botoncillo rojo a un costado del registrador de llamadas. Me senté en mi silla y me acerqué al manos libres del aparato.
— Diga.
— Hijo, te quiero en la sala de conferencias en quince minutos.
— ¿Para qué?
— Tengo un anuncio de última hora para hacerles.
— Pero…
— Ahí nos vemos. — Me dejó con la palabra en la boca. Solté el botón y recosté mi aturdida cabeza en la madera fría.
— Jodida existencia.
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Jörg tomó asiento en la cabecera de la larga mesa de la sala. Richael apagó su cigarro en el cenicero de junto y cruzó sus piernas de modelo. Axel sonreía de lado con soberbia, mientras que su mano derecha arrullaba su perfecto jopo. Andreas sólo miraba a mi padre expectante, sereno y despreocupado. Georg movía sus manos nerviosamente, chocando los dedos contra la mesa y remojando sus labios repetidas veces. Thomas parecía estar aburrido, habiendo llegado cinco minutos tardes aparentaba no tener nada que hacer ahí. Y yo; yo estaba cansado y algo irritado por todo esto.
— Bien, muchas gracias por estar aquí aun cuando esta reunión no estaba prevista. — comenzó y, a juzgar por la ausencia de papeles, carpetas o banners en el caballete, sería algo breve. — Morris me ha comunicado que por asuntos de familia no podrá asistir a la reunión. — fruncí el seño, observando a mis compañeros como buscando una explicación. Pero a nadie parecía importarle, sólo a mí. — Por esta razón, mencionada junta se demorará dos semanas más. — dijo sencillamente.
— ¿Qué? — interrogué.
— Así es. Si fuera yo quien tiene el inconveniente, Seeger y Morris me esperarían. El trato entre los tres estudios jurídicos es, justamente, entre tres. La reunión se atrasa y final del comunicado. — Se puso de pie sin dejar de sonreír, abstraído acerca de lo mucho que estaba cagándome el día (más aún). — Buenas tardes a todos. — Entonces todos se pararon y salieron tras mi padre. Yo, en cambio, me quedé totalmente indignado sentado en mi sitio. ¿Era broma? ¡Después de cómo me han defenestrado los medios durante esta semana, se suspende la reunión! Esa junta da a relucir mi buen nombre, mi profesionalismo.
— ¡Maldita sea! — susurré golpeando la mesa, sin darme cuenta que Andreas aún estaba presente en la sala.
— Te entiendo. — suavizó su voz, acercándose y extendiendo su mano para pararme. — Sé lo importante que es para ti.
— Al menos alguien lo sabe. — susurré mirándolo a los ojos y recibiendo su mano acariciando mi mejilla.
—No quiero verte así. Calma. Tú sabes que ese prestigioso lugar es todo tuyo. — sonreí algo desanimado y asentí. — Ya sé cómo animarte: salgamos esta noche, solamente nosotros dos. — Formulé una mueca de disconformidad.
— Es que… Andi — Tomé la mano que acariciaba mi rostro y entrelacé nuestros dedos, buscando comprensión con esto. —, no soy una buena compañía por estos días.
— Oh, vamos, Bill. Hace tiempo que no estamos juntos. — Me soltó y negó con la cabeza. Se estaba ofendiendo, lo conozco.
— Pero — Apoyé mi mano en su hombro, haciendo que me observara. —, puedes venir a casa. Sé que no es lo mismo, pero es algo.
— Me encantaría. — sonrió conforme y dejó un beso lento y tímido en mis labios. — Ahora me voy a almorzar con un posible cliente, ya sabes.
— Claro. Suerte. — sonreí algo forzado para dejar atrás cualquier tipo de penuria. Todo está en la mente. Mente positiva, día positivo.
— Nos vemos en la noche, belleza. — rodeó la mesa por la derecha y salió como los otros. Ahora sí, estaba solo.
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Tragué otro pequeño pedazo de mi platillo. Adoraba el ambiente en este restaurante. Las mesas espaciadas, sin la necesidad de escuchar las conversaciones de la gente de junto. Lo mejor es que queda a dos manzanas del estudio, así que podía venir a comer siempre que quisiera.
La paz que sentí al estar almorzando sin oír a nadie, ni pensando en algún caso o problema ajeno duró lo que dura un pedo en el aire. ¡Maldito sea el momento en que le dije a Thomas dónde iría a almorzar! ¿Qué se me pasó por la cabeza? Me autodestruí literalmente.
— Bon appétit.
— ¿Qué necesidad de cagar así mi tarde? — cuestioné molesto, mientras él se sentaba en la silla de enfrente sin preocuparse.
— Teníamos algo pendiente.
— No recuerdo. — formuló una mueca de asco al ver mi platillo. Confundido, revisé con la mirada propia mi comida, sin encontrarle el insecto, la mierda o el posible virus que ocasione semejante mueca de horror y repudio. — ¿Qué te pasa?
— ¿Qué demonios es esa cosa?
— Hongos matsutake, de origen japonés. — respondí comiendo otro trozo con mucho gusto.
— ¿Nunca te has comido un buen pancho?
— ¿’Pancho’? ¿En serio eres tan vulgar?
— ¿Qué tiene de malo?
— Hasta donde sé, en Nueva York se lo llama perro caliente. — Se encogió de hombros.
— Tengo una amiga uruguaya.
— Te compadezco. — murmuré tomando un poco de vino.
— Oye, ¿qué tienes en contra de Latinoamérica? Las mujeres son las mejores. — dejé la copa en su respectiva posición en la mesa.
— Y a mí me fascinan las mujeres.
— Ya, vamos al grano: la apuesta.
— Ahora recuerdo. Bien, te escucho. — Entrelazó sus dedos sobre la mesa de roble y sonrió entusiasmado. — Dijiste que se trataba del amor. Por favor, dime que no es tan cursi como suena hasta ahora.
— No lo es. Básicamente pierde el que se enamora. — fruncí el entrecejo con cierto interés y dejé reposar en el plato los cubiertos. Uní las puntas de mis dedos a la altura de mi boca, con mis codos adosados a la mesa.
— Me gusta ese inicio. — sonrió.
— La gracia sería que no haya reglas. Es decir, seguimos como hasta ahora. Follando, odiándonos mutuamente y sin temor de demostrárnoslo. Pero el primero que dice amar al otro, perderá. — alcé una ceja.
— Puede durar años.
— Lo sé, porque depende de lo que dices. Pero esa es la gracia, ¿entiendes? No hay que hacer mucho más que callar.
— ¿Y se vale todo?
— Exacto, todo vale sin excepción.
— A ver si entendí… la apuesta se basaría en enamorar al otro y ganas cuando el otro dice que te ama.
— Correcto.
— Estás muerto. — articulé volviendo a tomar el cubierto y llevando la comida a mi boca.
— Adoro esa forma de ser tuya. — ironizó aunque era cierto. — Supongo que te interesaría escuchar lo que se pierde y se gana. — asentí tragando. — Según tú, mi llegada no ha hecho otra cosa que cagar tu vida y te estoy arrebatando todo lo que ‘te pertenece’ por derecho.
— Eso mismo.
— Bien, si yo llego a perder esta apuesta, me marcho.
— ¿Eh? — No llegaba semejante emoción a mi cerebro. — Explícate ya.
— No sólo dejo la casa, sino que el estudio y tu vida entera.
— ¿La casa?
— Sí. Lo mismo tú; te marchas, renuncias a todo. — Achiné la mirada sobre él, negando débilmente.
— Sabía que eras un trepador.
— No, no, no te equivoques. Lo que más me interesa de todo esto, es verte a ti renunciar a todas tus ambiciones y al fin reconocer que te gané.
— Me mudo a unas pocas casas de distancia y arruino tu vida de a poco.
— No te creas. Como mínimo debes marcharte de Berlín.
— ¿Disculpa? ¿Cuánto opio hay que fumar para idear semejante delirio?
— Nada de opio, ni de fumar. Son cinco años entendiendo que has tenido servido lo que a mí se me ha arrebatado.
— Pobrecillo. — reí y tomé mi copa de vino, terminándola. — ¿Y la presidencia? ¿Qué pasa si me convierto en presidente?
— Pues te niegas al cargo y yo asumo la responsabilidad.
— Es decir que debo regalarte todo en bandeja de oro a ti.
— Claro. — No me convencía esto. — ¿Dudas?
— No lo hago. — manifesté de inmediato.
— Sí, estás dudando. De lo contrario me darías un rotundo sí.
— ¿Eres consciente que no es cualquier cosa lo que está en juego? —interrogué ya elevando un poco la voz, pero sin llamar la atención de alguien más. — Son años de sacrificio, es todo lo que siempre anhelé. Pero claro, cómo hacerte entender eso si llegaste y te encontraste con un mundo repleto de lujos. No conoces de padecimientos.
— Creo que ese soy yo. Tú te encontraste con todos tus pedidos al pie de la orden, no sabes lo que es sobrellevar penurias. Pero no estoy aquí para hablar de ello — Se acomodó en su asiento, volviendo a sonreír. —, estoy aquí dispuesto a hacer la mejor apuesta de mi vida. ¿Qué dices?
— Que tengo que pensarlo. — dije al fin, levantando mi dedo índice hacia la mesera que me asignan desde que vengo aquí. Thomas vio esto y se puso de pie, anticipándose a mi similar acción. — No es cualquier cosa.
— Vamos, no me lo creo. — bufó irritado. La muchacha llegó a mi lado sonriente, como siempre. Irradiaba carisma.
— Toma preciosa. — Le di el dinero con unos cuantos billetes de más, como muestra de mi comodidad con sus servicios.
— Gracias señor. — acaricié su mejilla con el reverso de mi mano y pasé por su lado, dejándola embobada por completo.
— Hermano, me sorprendes. — dijo el idiota que me seguía y se había encargado de hacer mi almuerzo miserable. Sí, ahora me seguía camino al estudio. — Todo un galán.
— Ni lo dudes. — dije sin mucha importancia, abriendo la puerta del lujoso restaurante y saliendo fuera. — Y si aún esperas tu respuesta, la tendrás más tarde. Déjame pensarlo.
— La verdad es que eres un fraude. Creí que no titubeabas para nada. — Cruzamos la calle aprovechándonos de la luz morada.
— Cuando se trata de mis codicias vacilo lo que sea necesario y no me inquieta reconocerlo. — Una vez sobre la vereda, tomó mi antebrazo y me volteó para que lo viera a los ojos directamente.
— ¿Y no es una de tus tantas ambiciones verme a mí sin nada, totalmente perdido? — dejé que hablara.— Es tu gran oportunidad, hermanito. Demuéstrame que dejaste de ser ese chiquillo infantil que no es capaz de tomar una sola decisión por sus medios. Demuéstrame tu seguridad… si es que tienes algo de eso. — Ya, me había cabreado.
— No me subestimes, imbécil — sacudí esa zona que presionaba y me liberé de su agarre, mirándolo fijamente a los ojos, sin dejar que me intimide siquiera. —, no sabes de lo que soy capaz.
— Pues enséñamelo. Yo lo hice una vez, Bill, no es tan complicado. — dijo en tono de mufa. — Enamorar a alguien, usarlo simulando amarlo y luego dejarlo con el corazón hecho añicos. — Punto final. Si estaba provocándome por tener su respuesta en ese mismo instante, había conseguido el propósito. Y quizás me arrepienta más adelante por actuar tan impulsivamente, aunque tal vez ésta sea la decisión acertada y Thomas finalmente me pague todas y cada una de las que me hizo. — ¿Apostamos? — extendió su mano hacia mí y la observé unos segundos tan breves que siquiera pensé en lo que hacía. Ya me encontraba estrechándola con firmeza cuando caí en cuenta que me había metido en un círculo vicioso de nunca acabar.
— Apostemos.
Continúa…
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DIOS. Que alguien golpee a Thomas. 🤦🏼♀️