«Apostemos» Temporada I
Capítulo 14.- De enfermos
— ¿Y cómo anda la familia, Andreas?
— Muy bien, Jörg. Falta poco para que mi hermana se gradúe y estamos preparando todo para la gran fiesta.
— Eso es bueno. La familia siempre unida.
— Así es desde que recuerdo. — Tragué el último trozo de pollo y dejé reposar los cubiertos sobre el plato de porcelana. Miré disimuladamente a mi hermano, con la mirada fija en Andreas, en sus gestos, en sus palabras o movimientos, con cara de pocos amigos, iba a echarle mal de ojo. — La familia unida, es lo más importante.
— Me parece perfecto. — Volteé mi rostro hacia mi pareja y le di un leve toque a su pierna, acaparando su atención.
— ¿Ya terminaste de hacer sociales con mi padre? — rió y asintió. — Bueno, entonces nos retiramos. — anuncié poniéndome de pie junto con él. — Muy rica la cena, Susan, como siempre. — Ésta me agradeció silenciosamente con un movimiento de cabeza desde el vano de la puerta.
— Yo también iré a descansar. Mañana será un largo día. — dijo mi padre; sin embargo, Thomas se levantó en un completo silencio, con la mirada reacia a observarme. Le había caído como un balde de agua helada que Andreas esté presente en la casa.
Era mejor así. No vaya a ser cosa que se cree una historia a partir de un malentendido o una palabra que se omite. No. Los puntos sobre sus respectivas íes.
Luego del saludo general de Andreas, emprendimos la caminata hacia mi habitación. Que se quedara a dormir me inquietaba teniendo en cuenta que no tengo ni las más mínimas ganas de sociabilizar esta noche. Pero bueno… le debo algo de atención después de días de abandono.
— Adoro a tu hermano cuando está en silencio. — Lo regañé con la mirada y calló. Una vez subidas las escaleras, abrí la puerta de mi cuarto mirándolo por arriba de mi hombro y notando sus ojos clavados en mi culo.
— ¡Andi! — No pude evitar reír cuando me observó de manera cómica; entre sorpresa e inocencia.
— No he hecho nada.
— Estabas mirándome como un baboso. — Cerró la puerta a sus espaldas y sonrió malicioso. Daba miedo.
— ¿No es eso lo que soy? — rió y vino a mí, parado en medio de la recámara, esperando lo que ya era obvio que pasaría.
— Al menos espera a que se vayan a dormir.
— Me vale. Me tuviste a pan y agua por días. — viré los ojos rodeando su cuello con mis manos cuando las suyas hicieron lo mismo en mi cintura. Juntó nuestros cuerpos y acarició la piel que quedaba descubierta por el desarreglo de la ropa.
— Tampoco exageres. No hace mucho de la última vez, en tu departamento.
— Pero me tienes acostumbrado al sexo como un desesperado, ¿cómo pretendes que reaccione de otra manera ante semejante cambio?
— Bueno… — Silenció mis palabras con un beso presuroso. ¡Detesto que usen estos trucos para hacerme tragar mis palabras! Estaba hablando y quería ser escuchado. ¿Acaso excito a la gente cuando estoy hablando? Es decir, sólo hablo. O soy muy pesado, o funciono como tremenda bomba de sensualidad.
Coló sus manos por mi camiseta con prisa y ansiedad. Allí acarició mi espalda de una manera deliciosa, generando un escalofrío que habrá notado. Coordinadamente, ladeamos nuestras cabezas sin romper el contacto entre nuestras bocas y nuestras lenguas tuvieron un mejor acceso al ya profundo beso. Juraría que oí un jadeo emerger de su garganta y perderse en la mía; eso me daba más o menos una idea de lo caliente que estaba y lo agotador que sería fingir todo el maldito tiempo.
— Cómo extraño tu cuerpo, Bill. — susurró con tono cachondo bajando por mi cuello hasta mi nuez. — No veía la hora de tenerte así. — Me provocaba ciertas cosquillas con sus labios articulando palabras ahí, pero más nada. No podía sentir excitación.
Andreas siempre fue excelente en el juego previo y en el momento en sí, pero ahora no me provocaba esa prematura calentura que me agarra cuando ataca mi cuello/hombros, etc. Tal vez se deba a que estoy pasando por un fuerte cuadro de estrés y eso… no. Anoche follé con Thomas de una manera desaforada con la misma cantidad de problemas en la mente, ¿cómo se explica entonces? Bueno… si lo pensamos de otro modo, el mismo problema es la solución. Quizás estoy en estas condiciones a partir de una noche entera sin dormir, ¿verdad? Eso debe ser.
Medio gemí tratando de concentrarme en su lengua y en sus manos acariciándome. Joder, debía reaccionar rápido.
Lo separé de un descuidado empujón y sonreí de lado ante su agrado. Otro al que le mola lo violento. ¡Son todos unos desquiciados, joder! Volviendo al tema: fui a por la corbata que estiré hasta dejarla totalmente desacomodada en su cuello. Los botones de la camisa fueron lo suficientemente sencillos para mis ágiles dedos acostumbrados a los diseños de camisa de Etiqueta, como él suele vestir. Ésta quedo echada en el suelo y luego de unas cuantas miradas deseosas volvió a besarme, pero esta vez sujetándome por los brazos y haciéndome retroceder hasta chocar contra la pared al lado de la puerta. Solté un leve quejido y, como un desesperado, volvió a mis labios. Entonces, yo me pregunto: ¿qué hago? Con mi mano jugando en el filo de sus pantalones sentía que ya estaba despertando, mientras que yo seguía igual de flojo. Maldita sea… esto no puede estar pasando.
—… no se te paró.
— ¡La puta madre, Bill!
— ¿No se te paró? Estaba bromeando… ¡Estás jodién… jajajaja! ¡Eres impotente!
— ¿Quieres que te muestre si lo soy?
— No, no, gracias. No quiero que mi autoestima quede por los suelos al ver que no te excito.
— Muy gracioso.
— Oye… esto es inédito: ‘Thomas Trümper, el Dios del sexo, es impotente’
Qué puto ese refrán que dice: no escupas para arriba, pues se te caerá en la cara. Jodido Thomas que me debe de haber tirado malas ondas durante la cena. Joder, joder, ¡joder!
— ¿Qué es eso? — cuestionó separándose lentamente de mi boca y oyendo la melodía baja de mi teléfono. — Oh no. — Lo saqué de mi bolsillo y miré la panta… ¡Tom!
— Mierda.
— No contestes.
— Debo hacerlo. — ¿Por qué?
— ¿Por qué? — ¡Eso mismo!
— Pues… es Cortez. — Me miró confuso. — Sabes cómo es.
— ¿A esta hora?
— Andi. — rodó los ojos y se rascó la cabeza con impaciencia, alborotando sus cabellos rubios. Lo observé desconfiado y luego respondí la llamada arriesgándome a que se me cague todo. — Diga.
— Sal de esa habitación ahora mismo.
— ¡Albert! ¿Cómo estás?
— No te hagas el idiota.
— ¿Por qué dices eso? — miré nervioso a Andreas, que me hacía un paneo devorador de arriba para abajo.
— Vamos, Bill, ¿acaso pasarás la noche con él? No me hagas reír, por favor.
— No sé de qué hablas. — Demasiado tarde. El león en celos, quiero decir Andreas, volvió a mi cuerpo. Ahora desabrochaba él mi camisa, volviéndose loco con la lentitud que estaba obligado a tomar si es que quería disfrutarlo. Maldita sea.
— No te calienta ni un poco.
— Estás equivocado. — Trataba de sonar normal, pero los nervios de tener a tu novio a punto de follarte y a tu hermano con el que te acuestas del otro lado del teléfono, y peor aún, del otro lado de la pared… definitivamente era el caos.
— ¿Sí? Dime que te encanta lo que te está haciendo. — Abrió mi camisa por la mitad y se inclinó para besar mi estómago. Yo lo observé desde esa posición y me mordí el labio inferior con cierto placer. No sé por qué… si por la voz de Thomas o porque en verdad me estaba concentrando en su boca. — Dime que te besa igual que yo. A mí no me engañas. Él no sabe dónde tocar, no sabe dónde besar ni de qué manera. — Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Por mis labios abiertos salía y entraba aire a grandes bocanadas. Daba resultado. — Cuando te habla al oído seguro te parece fastidioso. En cambio, cuando lo hago yo… enloqueces. — Permanecí en silencio, llevando la mano libre a la nuca del rubio y presionando más contra mi piel. Subía de a poco, ahora estaba en mi pecho. Jugueteaba con mi delicado piercing una y otra vez.
— Estoy… estoy ocupado ahora.
— ¿Ocupado en conseguir una erección?
— Sí. — ¡MIERDA! — Quiero decir, no.
— ¡Jajaja! Eres increíble. — Me mordí el labio inferior para no gemir cuando succionó con fuerza mi tetilla por demás erecta. — Te ayudaré un poco.
— No.
— Imagíname — Oh, ayudaba demasiado. —, imagina que estás en mi cama, ayudándome con el tremendo calentón que tengo ahora.
— ¿Lo estás?
— Demasiado. Imagina que estamos totalmente desnudos, dándonos mutuo placer entre las guarradas que hacemos. Imagina que me puedes hacer lo que quieres una y mil veces. — La mano de… de… de Alguien tocó el bulto que comenzaba a formarse en mis pantalones y la voz vuelta susurros, casi jadeos, de mi hermano en mi oreja eran la combinación perfecta. Estaba que me temblaban las piernas.
— Claro…
— Imagina que estoy besando tu cuello con vehemencia. — Y sentí esa lengua recorrer todo lo largo de mi cuello sin pudor. Jadeé. — ¿Da resultado?
— Cuenta con… con eso.
— Pero eso no es todo. Recuerda las cosas que hicimos anoche. — Estaba poniéndome más caliente que una olla. — Dios… cómo te movías. Juro que de solo pensarlo soy capaz de masturbarme.
— ¿Lo harías? — No sé cómo hice para no gemir escandalosamente después de semejante confesión.
— Pensando en ti, desde luego.
— Mierda. — Ahora apretaba mis nalgas con fuerza, haciendo chocar nuestros notorios bultos entre sí. Mordí mi labio de vuelta, pero con más fuerza que antes esta vez.
— Pero, ¿sabes qué me faltaría para estar totalmente cachondo?
— Dime.
— Que gimas mi nombre. — No, no, no y no. Sólo lo haría en un momento de sumo goce, o de sumo pedo. Y no estoy ni ebrio, ni follando todavía.
— No.
— Juro… juro que me volvería loco. —¿Por qué titubeaba así? — De sólo… imaginarte… Mmmh, sí. — Le fallaba la respiración… ¡El condenado se estaba masturbando! — Hazlo, Bill… compláceme con eso.
— No puedo… no. — Oí un gemido en mi otro oído proveniente de quien tenía a mi lado ejerciendo acciones a su gusto en mi cuerpo. — N-no sabes… cómo… cómo chorrea esto.—rió excitado y casi fallezco.
— Ah… — gemí bajo y agudo, a lo que Andreas rió en mi piel. Él creía que me había metido en un gran lío con ese gemido porque hablaba con Cortez. Qué ingenuo.
— Mmmh… sí. Vamos, muñeco… estoy que reviento… di mi nombre.
— Ni por… casualidad. — Pero usó un truco sucio y barato el desgraciado.
— Ah… oh, mierda, sí… — A mí también me podían sus gemidos, y mi cabeza estaba desvariando. No había mucho que pudiera hacer.— Mmmh… Bill.
— Ah… sigue, Tom. — STOP. Todo a mi alrededor se detuvo de un momento brusco y repentino.
— ¡Aaaagh! Mierda, sí… — Mientras oía a mi hermanastro correrse inevitablemente, yo sentía mi mundo hacerse mierda. Abrí los ojos de inmediato y sentí el calor interno que sientes cuando todo está mal. Andreas quedó petrificado unos segundos antes de alejarse y observarme atónito, a punto de estallar. En cambio Tom comenzó a carcajearse de gusto. — ¡Buen trabajo, hermano! Suerte.
— ¿¡Qué mierda has dicho!? — vociferó arrancándome el móvil de la mano y llevándolo a su oreja. Por su falta de insultos, Thomas ya había colgado la llamada. Arrojó a la cama el aparato y volvió a verme, esperando mi respuesta. — ¡Contesta, Bill!
— Espera, ¿qué te pasa?
— ¿¡Encima preguntas eso!? ¡Acabas de llamarme Tom! — Abrí mis ojos como bolas para árbol de Navidad. Tenía que negarlo hasta el último momento.
— ¿¡Qué!? ¿¡Estás demente!?
— ¡El único demente aquí eres tú!
— ¡Hablaba con Cortez, imbécil!
— No me tragaré ese cuento, Bill.
— Piensa lo que quieras. Jamás gemiría el nombre de mi hermano, eso es de enfermos.
— ¡Entonces lo eres! — Cerré los ojos ante semejante grito. Me estaba dando miedo a dónde me llevaba esta pequeña travesura. — Ya mismo — susurró entre dientes acercándose lo más posible a mi rostro. —… me dices qué mierda ocurre entre Thomas y tú.
— ¿Qué va a ocurrir? ¡No pienses idio… aahg! — Su mano apretó mi cuello con odio contra la pared. Hasta llegaba a levantarme un poco, por lo que hice puntitas de pie. Estaba ahorcándome demasiado fuerte, no había oxígeno. ¡Mierda, el oxígeno!
— Habla, ¿¡qué carajo sucede entre ustedes dos!?
— Estás alu… alucinando!
— ¡Contesta lo que pregunto! — Mis ojos ya estaban cerrados y mis manos no tenían fuerza sobre su brazo. Nada ayudaban en las débiles tiradas que les proporcionaban a su mano cargada de ira.
— Me… me muero, Andreas… — Mi voz era casi inaudible y mis rodillas se doblaban, como si eso ayudara en algo.
— Bill. — Tom. Sí, Tom estaba ahí.
Andreas miró la puerta sabiendo que estaba rota y que podía abrirla si quisiera. — ¡Bill! ¿Está todo bien ahí dentro?
— ¡Lárgate, Trümper, no molestes! — Apreté los ojos sintiéndome realmente mal. Necesitaba aire, oxígeno, viento, llámenlo como quieran, pero que me soltara era la única solución.
— ¡Bill! — Seguía llamando y sabía que tenía que gritar, hacer algo para que oyera que lo necesitaba. ¡Él lo ocasionó todo, ahora que me ayude!
— To… ¡Tom! — grité con lo poco que llenaba mi cuerpo y la puerta se abrió de un golpe de inmediato.
— ¡Suelta a mi hermano, infeliz! — gritó éste y Andreas se vio obligado a soltarme. Caí al suelo sin poder evitarlo, dando bocanadas exageradas que no cubrían la cuota necesitada. No veía la hora de llenarme por completo; hasta me ahogaba de la desesperación y tosía.
Pero mis ojos observaron rápidamente la secuencia cuando Thomas le proporcionó un fuerte puñetazo al mentón de Andreas, dándole vuelta el rostro. Pero claro, éste no se quedó atrás. Ambos eran fuertes y ambos recibirían buenos golpes.
Ahora Thomas sangraba por la boca, en el labio superior. Se matarían si alguien no intervenía.
— ¡Ya… paren! — grité desde el suelo, atinando a pararme gracias a la pared pero sin poder hacer mucho más.
Entre insultos y puñetazos cayeron a mi cama, Thomas sobre Andreas, y ahí continuaron con su serie de trompadas que no medían fuerzas
— ¿Qué demonios ocurre aquí!? — exclamó Jörg desde la puerta con Susan. Ésta continuaba con su delantal de servicio, pero mi padre se encontraba en pijama. — ¡Thomas, Andreas, sepárense! — Andreas empujó a Tom por los hombros, haciendo que éste se bajara de la cama para no caer. Ambos agitados y con sus rostros sangrando. La escena daba lástima. — ¿¡Qué creen que hacen!?
— ¡Este enfermo estaba ahorcando a Bill! — acusó primero Tom, observando a Jörg y al rubio alternativamente. Éste último se limpió la nariz con el reverso del brazo y me dedicó una mirada llena de bronca, pero que me garantizaba que no diría nada.
— Ya, ya. Andreas, ven para acá ahora mismo. — Hizo caso luego de mirar a Tom con recelo y ganas de seguir con la pelea. — Susan acompáñanos. — observé a mi padre estupefacto.
— Jörg. — Lo llamé y siquiera me miró. Simplemente se fue casi arrastrando a Susan que quería ver cómo me encontraba.
— Ánimo. ¿Te encuentras bien? — preguntó llegando donde yo y ayudándome a erguirme.
— Estoy mareado.
— Es un maldito.
— ¿Y tú? — Me sacudí, liberándome de su agarre. Recién ahí, teniéndolo en frente, noté que no llevaba puesto nada arriba y que sus jeans estaban desabrochados. Parecía que estaba desnudo y se acababa de poner la prenda a las corridas. Qué… sexy.
— ¿Qué pasa conmigo?
— Eres un idiota. Mira lo que pasó por tu culpa.
— ¿Bromeas? Fue genial. Sacando que te ahorcó, el muy cojido, lo demás fue estupendo.
— ¿Qué te pegara fue estupendo? — se encogió de hombros.
— Le di unas buenas. Al menos me saqué las ganas que le venía acumulando a tu novio.
— Gracias — Desvié la mirada hacia los alrededores, por el techo, el piso. Cualquier lado menos sus ojos. Él sólo sonrió.
— Ya van dos.
— ¿Eh?
— Dos gracias tuyo. — sonreí y asentí. — Por cierto — se puso serio. —, ¿es la primera vez que te pega?
— Ambos somos impulsivos, y hasta violentos, pero sí. Es la primera vez que llega a este punto. — Lo miré suplicando que acabara ahí el tema.
— Vale. — masculló. — Ahora dime — se acercó un paso más, algo que me hizo dudar de sus intenciones. Volvió esa sonrisilla de lado que suele tener y me apené por su labio partido. —… estuvo bueno, ¿o no? — sonreí y sequé la sangre que caía en forma de gota por su mentón.
— Estuvo magnífico.
— Genial.
— Ahora hay que pasar alcohol por esas heridas.
— ¡Oh no, por favor! — solté una carcajada por su berrinche y, luego de quedarse mirándome unos segundos, se unió a mí colando sus manos en los bolsillos de los jeans.
Continúa…
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Ese Andreas nunca me cayó bien(?