«Apostemos» Temporada I
Capítulo 15.- Con el viento a favor
Aparqué el auto, como siempre, detrás del de Andreas. Thomas no había llegado aún. Claro, yo me retraso diez minutos y entonces soy colgado de los huevos, pero él puede llegar cuando se le plazca y nada ocurre. Qué hijo de puta.
Bajé del carro colocándole la alarma y avanzando hacia la puerta del estudio. Al ingresar sentí la frescura del aire acondicionado, lo que es algo que me gusta de ese lugar, luego, más nada. Subí las escaleras mientras leía un mensaje de texto de Fred que me decía que llegaría con unos quince minutos de demora al hospital por razones laborales.
Llegué a la recepción con el teléfono en mi mano queriendo sentarme cinco minutos en mi silla, pedirle a Tania un buen café cortado y descansar al menos ese poco tiempo antes de continuar con las obligaciones y problemas.
— Bill. — fruncí el seño al oír a Tania llamarme por mi nombre de pila. Volví sobre mis pasos y me arrimé al escritorio.
— ¿Qué es esa informalidad, Tania?
— Es que esto que te diré no tiene nada que ver con el trabajo ni nada, es algo que noté y que creo que debes saber. — Miró a ambas direcciones con nerviosismo. Algo andaba mal. — Salí unos momentos para comprarle algo a tu padre. Cuando regresé, lo vi a Axel metido aquí, en la computadora principal, imprimiendo algo. Se excusó diciendo que la suya no funcionaba bien.
— ¿Y? Se puede usar si es que eso sucede.
— Lo sé. Pero se supone que debe tener el consentimiento de tu padre y hacerlo todo bajo mi mirada. — asentí pensativo, sin mirarla. — Dijo que no quería molestarlo al señor por una pavada. Pero eso no es lo más importante.
— ¿Qué pasó entonces? Habla. — exigí intrigado.
— Él entró a tu oficina.
— ¡¿Qué?!
— Sí. Desde hace un rato que está ahí. No quise ir porque creí que… no sé, acordaste con él.
— ¡Tania! Nadie debe entrar a mi oficina si no estoy presente. ¿Acaso hay que enseñarte todo desde cero? — Bufé ya con los nervios totalmente alterados y sin perder más tiempo, corrí a mi despacho. ¿Qué se supone que hace ese imbécil en un lugar tan personal como es mi oficina? Además, ¿por qué se encerró en ella luego de imprimir algo de la computadora central? Ahí se encuentran todos los datos del estudio, las transacciones de dinero, la información de todos y cada uno de los clientes, los casos otorgados a cada abogado, los estudios de éstos, todo. La vida laboral de cada uno se encontraba en esa computadora.
Abrí la puerta de un golpe y la cerré a mis espaldas, observándolo sentado en mi silla muy campante.
— ¿Qué haces aquí, Axel? — Me sonrió y saludó con un movimiento de cabeza. — ¡Respóndeme!
— Calma, Kaulitz. No quiero que te alteres.
— Sal de mi oficina si no quieres que llame a seguridad ahora mismo.
— Oye, ¿por qué harías eso?
— Estar en mi despacho sin mi permiso es razón suficiente. — Avancé hasta el escritorio, cruzándome de brazos y esperando una explicación.
— Es cierto.
— ¿Qué hacías aquí?
— Nada — Se puso de pie con paciencia. Bajé la mirada a los papeles que estaba agarrando, desconfiando. —, sólo te estaba esperando para preguntarte algo.
— ¿Qué son esos papeles?
— Vas muy rápido, Bill. — Estaba haciéndose el gracioso con la persona equivocada.
— Es en serio. Explícate ahora mismo si no quieres que llame a seguridad y te saquen haciendo un completo papelón. ¿Qué haces en mi oficina?
— Ya dije, quiero preguntarte algo.
— Pues pregúntalo, veo si te respondo y luego te vas. — asintió conforme y afianzó el agarre en el montículo de hojas.
— Mi pregunta es sencilla: ¿quién es Gustav Schäfer? — Me quedé mudo unos segundos. Sospechaba de Gustav. Pero tenía que calmarme y responder lo antes posible.
— Un cliente.
— ¿Sí?
— Sí, Axel, ¿cuál es el punto? — se encogió de hombros, observando las hojas que tan intrigado me tenían.
— El punto es que… pues, busco y busco, pero tal Gustav Schäfer no aparece entre los clientes del estudio. — Abrí mis ojos desmesuradamente, respirando con irregularidad. ¡El hijo de puta tenía en sus manos las listas de todos los clientes!
— Eso es ilegal. — atiné a decir presuroso.
— Sí, lo es. Puedo ir un largo tiempo a prisión. — Las dejó sobre la mesa. — Pero dime, Bill, ¿qué es peor?, ¿robar, por así decirlo, las listas de clientes del estudio jurídico en donde trabajo?, ¿o usar como excusa el buen nombre del estudio Kaulitz para hacer tratos con un narcotraficante?
— ¿Qué?- Me tenía, me tenía, ¡mierda! ¡Me tenía agarrado de las bolas!
— No te hagas el desentendido conmigo, Bill. Mentiste. He estado investigando desde hace tiempo a ese hombre. Tanta confianza, tanta informalidad contigo y, peor aún, el hecho de que nunca lo he visto por aquí. ¿De qué se trataba? — Rodeó el escritorio mientras peinaba innecesariamente su perfecto y reluciente jopo. — Averigüé si tenía alguna causa con la justicia, pero estaba limpio. — Bajé la mirada una centésima de segundo, para luego volverla a sus ojos. — Entonces probé con ir por la sombra, tú me entenderás. — me guiñó un ojo. — Tengo algunos amigos que hacen esas cosas y, ¡sorpresa! Todo un transa resultó ser tu amigo. Y, por lo que él me dijo, se conocen desde hace tiempo. ¿Cuánto en realidad? Esa duda me comía la cabeza; y continué investigando.
— No sabes con quién…
— No me amenaces, Kaulitz. — habló sobre mis palabras. — Al que le están metiendo un palo por el culo, es a ti, no me arrastres por esas. — Mordí mi lengua. — Bueno, como te decía, investigué. Comencé por algo sencillo: tu biografía. Nada extraño. Sólo un pequeño detalle — Mi sangre se heló. —, ¿dónde estuviste entre el 2008 y 2009?
— De viaje. — Me apresuré a responder.
— En Francia y… blah, blah, blah. — Me observó inexpresivo. — Ahora la verdad por favor.
— Estaba en Francia estudiando.
— ¿Y las fotos? ¿Y el título? — Me dio la espalda para observar la pared tras mi silla. — Porque aquí no veo ningún diploma, ¿sabes? Y es curioso porque hasta tienes el de la secundaria, cuando tenías quince años. — volvió a mirarme. — Ni un solo dato de ese año.
— ¿Te importa acaso?
— No, para nada. Supongo que tu buen amigo Gustav sabrá acerca de esto. O quizás no sé, algún… ¿médico?
— ¿¡De qué mierdas hablas ahora, enfermo!? — grité tomándolo por el cuello de su camisa, desacomodando su habitual orden en cuanto a la vestimenta.
— Oye, oye, cálmate. Sólo estaba dándome opciones. ¿Por qué te sientes tan tocado en cuanto a los hospitales? ¿Has tenido algún trauma en uno?
— ¡Mi madre murió de cáncer, infeliz!, ¿eso te da alguna pista?
— ¿Seguro que es eso solo?
— ¿¡Eres abogado o detective!? — Lo solté de repente, empujándolo al escritorio. Cayó de espaldas, sujetándose de él con los hombros. Comenzó a reír. — Escúchame muy bien Axel, mi vida no te interesa. Concéntrate en la tuya que estoy seguro que tienes mucho más que ocultar que yo. — asintió reincorporándose y acomodando su corbata.
— Seguramente, ¿pero será tan grave como lo tuyo? — Se acercó de nuevo a mí. — A juzgar por tu nerviosismo, no. — Pasó por mi lado. — Adiós, Kaulitz. — Cerró la puerta entre medio de una risa y sentí un calor terrible.
— ¡La puta madre! — El teléfono que tenía en mi mano fue a parar contra la pared lateral, haciéndose pedazos contra ella. — ¡Hijo de puta! — Estaba cagado… totalmente perdido. — Joder, jo… ¡la hora! — exclamé al observar por azar mi reloj de pulsera. Tenía que irme rumbo a la clínica. La verdad que me había cagado todos mis planes de relajarme por cinco minutos. ¿Es tanto eso?, ¿cinco minutos? — Pendejo de mierda, me las pagarás. — Tomé mis gafas oscuras del escritorio y salí de la oficina a paso presuroso. Tania estaba a punto de entrar al despacho de mi padre, cuando me apuré y la tomé por el antebrazo. Se volteó asustada. — Tania, necesito que hagas algo lo más pronto posible.
— Dígame. — Bien, comenzaba a volver el respeto que se había perdido. Estupendo.
— Ve cuanto antes a comprarme un teléfono. — Frunció el seño y se quedó mirándome.
— ¿Un… teléfono?
— Sí, Tania, un teléfono, un celular. No es tan complicado.
— Pero, ¿qué ocurrió con el suyo? Lo tenía cuando entró.
— Sí, lo tenía, ahora no lo tengo más. Entra a mi despacho y recoge la tarjeta SIM de entre los pedazos para no tener que cambiar el número; es lo único que me sirve. — De mi bolsillo saqué mi tarjeta de crédito y se la di. Aún no salía de su asombro. — Ponlo en un pago.
— Okay… — La guardó. — ¿Para cuándo lo quiere?
— Para ayer, Tania.
— ¿Eh? — Rasqué mi nuca con impaciencia.
— ¡Sal ahora mismo a comprarlo! Yo salgo a las tres y media del hospital, o sea que a las cuatro quiero el teléfono en mi escritorio, ¿has entendido?
— Sí, señor.
— Perfecto. — Cuando iba a irme, recordé que le debía un agradecimiento. Demonios, últimamente tengo que darle las gracias a medio mundo. — Y… gracias por el dato. Un poco tarde, pero gracias.
— De nada, señor. Es un placer. — sonrió.
— Y está de más recordarte que ni una palabra a nadie.
— Pero el Sr. Jörg debe saberlo y…
— No. — corté. — Lo que sacó de la computadora está en mi despacho, tómalo y ya. Son las listas con los clientes. — asintió en silencio. — Bueno, me voy.
— Yo iré a comprar eso en tres minutos.
— No te demores. — asintió e ingresó al despacho de mi padre. Yo, en cambio, continué con mi presurosa marcha hacia la salida.
.
Estaba en la habitación del hospital, cumpliendo con mi trabajo con escasas ganas. Fred había salido un segundo para hablar con el doctor a cargo de la pendeja esa. Inmóvil en la cama, sentí que no valía la pena esperar que se moviera o hablara. Sólo estaba ahí, acostada y con sus ojos sellados. Suspiré y cerré mis ojos también, con mi mentón apoyado en mis manos entrelazadas. Las rodillas sostenían el peso de mis codos y mi espalda dolería más tarde debido a lo torcido de mi sentar en la silla de plástico de junto
Moría por un cigarro. Eran demasiadas alteraciones en un lapso de tiempo tan corto, la vida en sí te vive sorprendiendo. Sí, ha de sonar profundo y hasta un poco aburrido, pero no es más que la pura verdad. Cuando hace algunas semanas estaba en la cima del mundo, dando reportajes acerca del éxito arrasador que de repente se había presentado en mi carrera, hoy todo lo que he conseguido está pendiendo de un hilo muy delicado que cuelga de los dedos de Axel. Nada más y nada menos que Axel.
— Por Dios… esto tiene que ser una pesadilla. — Acaricié mi rostro con violencia. — Tengo que estar dormido. — Abrí mis ojos y negué con la cabeza con indignación. Es decir, ¿Axel? Jamás pensé caer tan bajo. — Maldita sea mi suerte. — Dejé fija la mirada en la niña, pero no estaba al pendiente de ella, sino que estaba pensando seriamente en cómo salir de tremendo enrollo. Continué negando, parecía que tenía un problema en el cuello. Pero es que mientras más analizaba la situación, menos soluciones encontraba. Las paredes me acorralaban y asfixiaban con más eficiencia. Y, de repente… no sé si lo imaginé o si fue real, pero… — El… el dedo. — titubeé abriendo mis ojos como dos platos y tragando en seco. Me puse de pie como si la silla me quemara el culo y fui hacia la niña. — Mo… moviste tu dedo. ¡Movis…! ¡Fred! — grité observando la puerta con urgencia. — ¡Fred, ven aquí! — Ésta se abrió de un golpe y a quien llamaba entró exaltado.
— ¿Qué ocurre? — Antes de responder, traté de tranquilizarme para que así no oyera el médico a favor de Charles. Ya saben, esto me conviene a mí, no a ellos.
— Movió el dedo índice. — dije con respiración acelerada.
— ¿Qué?
— ¡Eso! Lo movió. Recién. — Torció la boca y sacó la linternilla del bolsillo del delantal. Revisó sus ojos, tomó su pulso…— ¿Por qué no le metes el dedo en el culo también? ¡Te digo…! — observé la puerta y suspiré. —… que se movió. — dije más despacio.
— Bill, cálmate y óyeme. — Me crucé de brazos bufando y maldiciendo por lo bajo. — Soy el médico aquí, el profesional. Yo no ando hablando de leyes porque no es mi trabajo, es el tuyo. Entonces te digo que esta niña no se movió.
— ¡Oh, esto es increíble! — Golpeé mis muslos con mis palmas al dejar caer mis brazos abatidos. — Yo veo algo que no existe. Dígame, ‘Sr. Profesional’, ¿estoy alucinando acaso?
— No. Pero podría ser producto de un prematuro estrés o el sueño.
— ¿Tan sencillo como eso?
— Te sorprenderías las cosas que creemos escuchar o ver cuando nuestro cerebro está cansado. — asentí con energía.
— Vale, está bien. Como tú digas. Sé lo que vi. — rodó los ojos. — He encontrado el punto G en un caso con dos días de insomnio, ¿y ahora fantaseo con ver un dedo moverse? Pero tú eres el que sabe. — dije fastidiado.
— Gracias. Eso era todo lo que quería oír. Con permiso. — Abrí mi boca indignado. ¡He encontrado a una persona igual de irritante que mi hermano!
— Qué hijo de puta es este tipo. — Volví a mirar a la niña. Totalmente inerte, hundida en quién sabe qué sueños. — A mí no me engañas, pendeja del demonio. Te moviste.
.
Dejé la puerta abierta sin importarme guardar la privacidad del despacho. Sólo quería agarrar el teléfono que Tania me compró. Se parecía al que tenía antes, sólo que con algunos lujos extras que de nada servían.
— Genial. — Lo encendí y noté que ya había colocado la tarjeta SIM que le indiqué. De hecho, había juntado del suelo los trozos del difunto móvil. Tania se pasaba, era una gran mujer. — Ya. — Puse el código y simplemente funcionó. Perfecto. Salí de la oficina veloz y apresurado. Quería llegar donde Thomas y contarle lo que hoy había ocurrido. Tenía que saberlo. Aunque, conociéndolo, tengo la certeza que se pondrá feliz por el hecho de que la niña se movió, antes que por el avance en cuanto al caso. — ¡Tom!
— ¡Mierda, Bill! — exclamó asustado, alzando la mirada de su computador. — ¿Cómo es que entras así?
— No seas como yo. — Cerré la puerta y avancé por la oficina hasta estar a la altura del escritorio. Sonriendo contento por lo que había ocurrido en el hospital, rodeé éste y me senté sobre él, observando su mueca de sorpresa al tenerme sentado sobre su escritorio, haciendo que lo que hacía quedara en un segundo plano. — No sabes lo que pasó.
— Si no me dices, no sabré. Es sencillo.
— Se movió. — Alzó una ceja.
— ¿Qué o quién?
— La pendeja de mierda esa.
— ¿Milagros? — interrogó asomando una sonrisa.
— ¡Yes! — Se puso de pie aún sorprendido.
— ¡Eso es genial!
— Ajham. Tenemos al viento de nuestro lado.
— Lo más importante es que está bien. — asentí dudando y luego apoyé mis manos sobre sus hombros.
— Hay que festejar.
— ¿Así de rápido eres? — Puso las suyas en mi cintura, entrometiéndose entre mis piernas abiertas y pegando nuestros cuerpos.
— ¿Así de accesible eres?
— Contigo sí. — remojé mis labios.
— Mira que tengo ganas de tranquilizarme, eh. Tengo millones de problemas en la cabeza.
— ¿Qué pasó?
— Nada que no tenga solución. Pero mientras tanto — Tomé su corbata con decisión y atraje su rostro al mío. A sólo centímetros inexistentes de distancia entre nuestros labios, lamí descaradamente su boca. Daba asco. Daba excitación. —… quiero distraerme. — Luego de remojar su boca, chupando todo rastro de mi fluido salival, fue a por mi boca. Comenzamos sin escalas, directamente nos devoramos. Mis manos vagaron libremente por su pecho, apretando y acariciando al mismo tiempo. Las suyas abrazaron mi cintura con posesión, de hecho hasta me deslizó hacia el borde del escritorio para así tener un mejor exceso a la cercanía. Enredé mis piernas a sus caderas cuando el beso se volvía cada vez más desprolijo y guarro. Cuando la saliva caía y los dientes chocaban, ahí era que se ponía verdaderamente bueno.
— Estás terrible, Bill. — murmuró entre una risa pegado a mis labios. — Me encantas así y de todas las maneras posibles.
— Lo sé… soy fantástico.
— ¿Por qué siempre eres tan soberbio?
— Porque si yo te halagara te correrías solo. — Abrió sus ojos, atónito ante lo directo de mis palabras.
— ¿En serio? — rió juguetón. — Quiero que empieces a halagarme.
— ¿Quién es el terrible ahora? — Cuando iba a desajustar esa corbata molesta, se hizo hacia atrás. — ¿Qué haces?
— Aquí no.
— ¿Eh? No me digas que tienes miedo que nos descubran.
— Para nada. Pero quiero mostrarte un lugar especial.
— ¿Qué? — Se separó por completo y acomodó su traje con impaciencia. — Thomas. — Me observó. — Estoy caliente.
— Perfecto. Mantente así hasta que lleguemos. Ven. — Cerró su computadora portátil y rodeó el escritorio para salir. — ¿No vienes?
— ¡Mierda, Tom! — Me bajé de la mesa de madera y lo seguí tratando de alcanzarlo, pero ya me llevaba ventaja, de modo que aceleré mi paso y salí de la oficina. Sin entender de qué se trataba todavía, lo vi descender por las escaleras rumbo a la calle. ¿Salir del estudio? Bueno, era la hora del almuerzo, pero dudo que nos ausentemos por sólo treinta minutos. Jörg iba a molestarse si se enteraba. — ¿A qué juegas, hermano? — Cuando él ya había salido, yo recién abría la puerta del estudio. Pero, al fin de cuentas ahí estaba, recargado sobre su Cadillac me observaba divertido y hasta podría decirse desafiante. Crucé mis brazos y alcé una ceja. — Hacerme esperar nunca es la mejor opción. — Ensanchó su sonrisa.
— Depende qué esperes. — Sin decir más, me dio la espalda y subió a su coche. Simplemente lo encendió y ahí se quedó. Entendí eso y fui por el mío que permanecía aparcado a un carro de distancia del suyo, también sobre el cordón de la vereda. Esto se podía poner interesante.
Le quité la alarma de seguridad y entré sin vacilar. Encendí el motor y ya lo vi marchar a un rumbo desconocido. Lo único que tenía en claro, era que quería que lo siguiera hasta el destino.
Solté una risilla y acepté el reto. Aceleré y, con la mirada ya clavada en mi objetivo a seguir, conduje lo más tranquilo (pero intrigado) posible. Entonces pensé: ¿por qué no matar a dos pájaros de un solo tiro? Hice un movimiento tan incómodo como divertido y saqué el móvil de mi bolsillo. Vivir sin teléfono por un par de horas, se asemeja a un siglo sin él. Es mi caos personal.
— ¿Cómo demonios era…? Oh. — Marqué el número de celular con velocidad al recordarlo, teniendo la prevención de no olvidarlo luego. Y esperar… esperar… esp…
— Hola.
— Gustav, soy yo.
— ¡Bill, viejo amigo! Al fin eres tú quien llama.
— Claro. Escucha, necesito un favor urgente. — Doblé en una esquina después de tanto recorrido recto.
— ¿Favor? Mhm… no lo sé. ¿Sabes?, tengo demasiado trabajo por aquí.
— Te he ayudado antes, maldito gusano. Me debes miles, pero obviamente no es gratis.
— Ahí suena mejor.
— ¿Ahora tienes menos trabajo?
— Tú dime cuándo nos vemos.
— Hoy a las ocho sería estupendo.
— Bien. ¿Dónde?
— Te pasaré por mensaje la dirección del lugar donde quiero que me recojas, ¿vale?
— Perfecto. ¿Tienes el dinero a mano o…?
— No. — corté. — Pero tengo lengua y puedo decirte el monto. Sabes que cumplo. ¿O aún desconfías de mí?
— ¡Por supuesto que no! Qué locura, Billy. — El auto de mi hermano se había aparcado frente a uno de los tantos edificios de la zona. Parecía un barrio elegante pero de un perfil bajo, cercano al centro de la ciudad. Bastante reservado en verdad.
— Tengo que colgar. — dije concentrado en Thomas bajando del auto y dirigiéndose a ese edificio. Fruncí el seño y estacioné con movimientos certeros en la vereda de enfrente. — Nos hablamos luego.
— Adiós, viejo amigo. Y recuerda que siempre que…— colgué el móvil y volví a meterlo en mi bolsillo. Apresurado, bajé del auto y presioné de nuevo el botoncillo de alarma, pero ahora activándola. Crucé la calle luego de mirar a ambos lados y prácticamente corrí a la puerta del edificio quizás más alto de todos los que allí había.
Me preguntaba qué hacíamos en un sitio así. Pero, lejos de querer saber sobre ello, sonreí al localizar a mi hermano ingresando al ascensor. Caminé hacia allí, apurándome en la carrera antes que las puertas mecánicas se cerraran. Pero así pasó y Thomas formó un dos con sus dedos. Abrí mi boca indignado cuando el elevador cumplió con su función y a mí sólo me quedaron las escaleras como única opción viable.
— Encima eso. — mascullé sin alternativa y empecé a subir. Lo más rápido que mis piernas me lo permitían, mientras mi cabeza volvía a cargarse de dudas. Quizás iba a matarme. Bueno, demasiadas películas. Pero no es una idea tan descabellada si lo piensan en frío. Aunque, viéndolo desde otro punto de vista, no me haría un mal, sino un gran favor. La muerte. Le he agarrado cariño a la posibilidad.
— Al fin. — Llegado al segundo piso, fui recibido por un tranquilo Tom que disfrutaba en su totalidad de mi cansancio e intriga.
— Sí — sonreí de lado y me acerqué a él recibiendo ahora una respuesta diferente a las otras. No huyó, sino que se quedó esperándome. —, al fin. — finalicé abarcando sus labios sin preocuparme por si pasaba gente o no. Él me correspondió sin tapujos y fue retrocediendo, obligándome a avanzar hacia… no sé dónde. Con mis ojos cerrados sólo me preocupaba en besar esa boca que ha sabido hacerme esperar y que tanto deseaba. Sus manos en mi espalda baja amenazaban con bajar por completo a una zona por demás peligrosa. Y su lengua respondía gustosa a las caricias que le proporcionaba la mía. Era un delirio.
— Es aquí. — murmuró contra mi boca, abriendo la puerta de uno de los departamentos con una llave.
— ¿Cómo es que tienes la llave? ¿Qué es este lugar, Tom?
— Sólo entra. — Desconfiado, ingresé al lugar. Lo que encontré fue genial.
— Tom… — Sólo susurré asombrado por la belleza del departamento. Un televisor de pantalla plana con un equipo de audio en lo que era la sala principal. La misma poseía una gran alfombra acebrada en el suelo, con un sofá de color blanco lo suficientemente extenso como para que una persona durmiera allí. Más allá se podía ver la recámara con una cama de dos plazas. Todo un lujo. Y para terminar, una cocina comedor en donde abundaba el blanco y el acero inoxidable.
— ¿Te gusta, hermoso? — preguntó rodeando mi cuerpo por la cintura, besando mi cuello de paso con cierta vehemencia.
— Es perfecto, Tom. — dije asombrado, observándolo todo.
— Tú lo eres. — Bajó las manos hasta mis muslos, tocando con la punta de sus dedos justo ahí.
— ¿Desde cuándo lo tienes? — Avancé unos pasos, observando con cautela cada detalle del lugar. Cada cuadro colgado, cada adorno sobre los muebles.
— Una o dos semanas, ¿qué importa? — Me volteó rápidamente y quiso besarme, a lo que yo me resistí echando la cabeza hacia atrás.
— Espera, Thomas.
— ¿Esperar qué? Estabas apurado.
— Sí, pero quiero conocer todo el departamento.
— Bueno… podemos hacer eso sin dejar de complacerme a mí también. — Alcé una ceja.
— Eso no puede ser bueno.
Continúa…
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No puedo seguir leyendo sin comentar 🤣 me mata lo hdp que es Bill con la piba internada JAJAJAJAJAJA tan sorete vas a ser 🤣