«Apostemos» Temporada I

Capítulo 17.- Bastante Kamikaze

Thomas regresó del cuarto ya sin la camisa que llevó a guardar. Estaba acomodando un poco el desorden que había quedado. Obviamente, en su mano yacía su inseparable lata de cerveza bien helada y su cuerpo sólo estaba cubierto por unos jeans viejos, nada más, totalmente desnudo. Le agrada andar prácticamente en bolas por el lugar luego de follar.

— Oye, Bill.

— ¿Mhm? — Yo estaba parado en medio de la sala, concentrado en el nudo de mi corbata.

— Cuéntame acerca de la niña, dijiste que había reaccionado.

— Dije que se había movido, si hubiera reaccionado ya estaríamos saltando en una pata. — Chasqueó la lengua. — Fue apenas un dedo, pero es algo. Teniendo en cuenta que siquiera parpadea. — asintió recargándose en el sofá, apoyando su peso en el respaldo y bebiendo su bebida. — ¿Sabes?, esto puede beneficiarnos si lo sabemos usar a nuestro favor.

— ¿Cómo es eso?

— Si estas pequeñas reacciones que está teniendo la mocosa, no salen de la habitación, es perfecto.

— Espera, espera, estás pensando en ocultar información.

— Pues, no es ese mi trabajo. Si los médicos son profesionales, solos se darán cuenta de los episodios y avances de la niña. Pero nos conviene, desde luego, que no los vean.

— Porque así, en el parte médico que llega esta semana, no estará estipulada esa reacción y quedarán como mentirosos.

— ¡Exacto! — apremié. — Yo tengo pruebas de que la niña se movió/habló, lo que sea, tal día a tal hora. Muy bien. Llega el parte médico y… ¡sorpresa!, nada de eso está detallado ahí. ¿La niña reaccionó? Bueno, según el hospital y Sanders, no. Pero — sonreí. —… yo tengo las pruebas de que sí. — Se quedó en silencio y luego comenzó a aplaudir pausadamente. — Lo sé, lo sé. Soy un genio.

— Un genio bastante kamikaze.

— ¿Kamikaze? — Se cruzó de brazos, observándome como listo para darme un sermón.

— ¿Conoces esos soldados?

— Algo.

— Los estadounidenses utilizan el término para referirse a los ataques suicidas efectuados por la Armada Imperial Japonesa. — Colé mis manos en los bolsillos de mi pantalón, sonriendo de lado y oyendo a ver a dónde iba este tren. — Estos ataques pretendían detener el avance de los ‘Aliados’ por el Océano Pacífico y evitar que llegaran a costas japonesas.

— No sé qué tiene que ver conmigo. — Alzó su mano en señal de silencio y espera. Así lo hice; callé y esperé.

— Con este propósito, aviones cargados con bombas de hasta 250 kilogramos impactaban contra sus objetivos con el afán de averiarlos o destruirlos y así no volver a la batalla. Sobra decir que estos soldados morían en su propia hazaña. — finalizó. Y yo seguía con la incertidumbre en mi rostro. — A lo que voy es que tu plan es magnífico, sin duda nos garantiza una buena ventaja en el caso. Pero, hay que admitir que mantener a una niña que está remotamente evolucionando como si fuera aún un vegetal, es como sostener una bomba y chocarse contra una pared. En resumen: te cogerán de parado.

— Eso crees tú.

— No, no. Eso es lo que pasará. Es un reloj, Bill. Estás hablando muy campante con la niña despierta, ¿y qué?, puede entrar un doctor.

— No entra nadie más que Fred cuando yo estoy ahí.

— Bueno, ¿pero qué harás con ella? Cuando llega la hora de irte le pedirás que se duerma y ya. — resopló. — No tienes salida. — Viré los ojos y me puse mi saco.

— Tú déjame esto a mí.

— No puedo dejártelo todo a ti porque también soy el abogado de Cortez. Me cuelgan también a mí.

— Eso no sucederá. — Se encogió de hombros.

— ¿Quieres? — asentí recibiendo la lata de alcohol y dándole un buen sorbo. La frescura y la amargura de la misma era lo que necesitaba. — Otra pregunta, pero ahora más personal. — Bajé la lata y lo miré interrogante. — Si tanto amas a tu noviecito, ¿por qué te acuestas conmigo? Discúlpame por lo directo.

— ¿En verdad crees eso del amor?

— Entonces no…

— ¡Claro que no! — Sonrió. Le devolví la bebida y mi teléfono sonó. Lo saqué de mi bolsillo y leí el mensaje de Gustav. ‘Ya estoy en frente del edificio. Sal’.

— ¿Al menos amas a alguien? Digo, supongo que hay amor en ti, algo. Una pizca aunque sea. — Lo observé unos momentos en silencio, pensando acerca de ello.

— Sí. Amo con todo mi corazón a dos personas en este mundo. Una murió cuando tenía diez años, y la otra está en casa seguramente lavando platos. Mis dos madres. — Guardé el teléfono en su sitio y saqué mi cajetilla de cigarro, encendiendo uno con manos ligeras. — Qué ironía que sean dos mujeres.

— ¿Y a papá? — Le di una honda calada al cigarro y me sentí aliviado por al fin tener uno entre mis labios. — Es tu padre, gracias a él estás en este mundo, deberías amarlo. — Cuando iba a hablar, continuó. — Además, siquiera así lo llamas. Desde que volví aquí ni un ‘papá, padre’. Sólo Jörg. ¿Tanta frialdad con alguien de tu familia, de tu sangre?

— Voy a aclararte algo para no tener que repetirlo luego — Me aproximé unos cuantos pasos hacia él, totalmente serio. —: si tú quieres amar al hombre que te negó por quince años, dejándote vivir en la pobreza con tu madre mientras él se limpiaba el culo con dólares, perfecto. Ámalo por los dos si quieres. Pero yo no puedo amar a una persona así. Me dio la vida, genial, y nadie lo obligó a eso. — Eso lo desconcertó totalmente. — Mi nacimiento pudo evitarse, ya sabes.

— Yo fui quien no lo tuvo. Yo, no tú.

— Sí, pero fue más o menos lo mismo. Tú no lo tuviste físicamente, y aunque yo sí… era lo mismo prácticamente.

— Bill…

— Y no te lamentes. He vivido así durante años, me he acostumbrado. — sonreí. — Oh, y vístete, ¿quieres?

— ¿Por qué?

— Bueno — Con la punta de mi dedo índice acaricié su pecho, deslizándolo suavemente. —… me tienta un poco. — Posó su mano sobre la mía, obligándome a tocar su piel en la totalidad de mi mano abierta. Me mordí el labio inferior inconscientemente.

— Quédate y lo hacemos otra vez.

— Nos vamos a deshacer.

— ¿Y? Mientras sea contigo en una cama, me vale.

— Qué… ‘romántico’. — rió. — Pero tengo que irme.

— Espera que me cambie y vamos juntos a casa. — Alejé mi mano de su cuerpo y negué con la cabeza.

— No voy para casa aún. Tengo que atender un asunto.

— ¿Eh? ¿De qué se trata?, ya no estamos en horario laboral.

— Lo sé. — Saqué el cigarro de mi boca y expulsé el humo retenido. — Es sobre un tema personal que tengo que resolver sin falta.

— Ya. — se resignó.

— Nos vemos. — Eliminé la distancia entre ambos y posé mi mano en su mejilla, besándolo lentamente. Él me correspondió abrazando mi cintura. Ladeamos la cabeza y dejé que su lengua acariciaba la mía a su gusto, dejándolo libre al explorar mi boca.

— Cuídate. — susurró contra mis labios para luego dejar un casto beso de despedida.

— Eso suena a preocupación.

— Es sólo por decir.

— Nos vemos luego, tontito. — Piqué su estómago con uno de mis dedos y me alejé hacia la puerta.

.

Dejé que el cigarro cayera al suelo de adoquín y así lo pisé con mi pie izquierdo. Suspiré observando el automóvil aparcado en la calle de enfrente.

— Aquí vamos. — Avancé hacia mi objetivo a paso firme y decidido, dispuesto a hablar y ya. Cerrar uno de los tantos tratos de mi vida. Es todo. Bueno… un trato que puede salvar o acabar con mi carrera y vida pública.

Golpeé el vidrio de la ventana del copiloto con mis largas uñas, oyendo el ruidillo que produce la trabilla de la puerta. La abrí y me adentré en el vehículo sin problemas.

— ¡Amigo mío! ¿Qué tal todo? — Decliné un poco la cabeza mirando al frente, la penumbra de la calle iluminada por faroles. — ¿Qué es este lugar, ah? ¿Una de tus propiedades? Bendita sea tu suerte. — Volteé y lo miré inexpresivamente. — ¿Por qué el encuentro?

— Tengo un pequeño/gran problema que requiere de solución cuanto antes. — Recalqué eso último.

— Te escucho.

— Es uno de los abogados del estudio. El muy maldito está tras lo que tengo, un envidioso matriculado. — asintió sin dejar de prestarme atención. — El punto es que me ha estado investigando y tú apareciéndote por el estudio tan seguido, no ayudaste.

— ¿Y bien? — Tomé aire.

— En resumidas cuentas, encárgate. — Silencio.

— ¿Disculpa?

— Que te encargues, Gustav. Que hagas algo para que deje de estorbarme, ¿entiendes? — Lo miré algo inquieto ya. Pero su rostro no era el más reconfortante del mundo. Pálido, con una mueca entre espanto y sorpresa.

— No, no, no, no. Definitivamente no, Bill. — Rodé los ojos, reposando mi codo en el apoyabrazos de la puerta y adosando mi sien ahí. — Es que — rió incrédulo y desesperado. —… ¡Es insólito lo que me pides!

— No veo lo insólito.

— ¿¡No!?

— No, en absoluto. — Lo miré sereno mientras él se caía prácticamente de culo de no estar sentado.

— Mira Bill, te comento que no es lo mismo vender y traficar drogas, a matar a un abogado, ¿sabes?

— Nadie dijo nada de matar.

— ¡Vamos! ¿Cómo es que se ‘desaparece’ a alguien?

— Tienes miedo, es todo.

— No. Para nada. No me preocupa matar a alguien, sino sus consecuencias, porque a los asesinos nos les dan precisamente rosas por sus crímenes. — miró al frente cambiando su expresión. — Además, no quiero que te conviertas en un asesino.

— ¡Por favor, Gustav! No seas cínico. Y en cuanto a las consecuencias, ¿olvidas mis contactos?

— Tus contactos me sacan de una comisaría, no de Alcatraz.

— Exageras.

— ¿Por matar a un abogado? Eso es lo mínimo, créeme.

— Gustav, obviamente habrá una importante paga.

— No me interesa. Es un paso que no daré bajo ninguna cifra.

— ¿Siquiera quinientos?

— ¿¡Quinientos!? ¡Jajajaja! Estás bromeando.

— Mil. — agregué. — Quinientos mil. — Volvió a hacer silencio, totalmente sorprendido y dubitativo ahora. — Y es sólo la mitad.

— Espera… ¿Un millón por librarte de ese tipo?

— Exactamente.

— Tú… tú tienes demasiado dinero.

— No sé si es tan importante eso. — Me encogí de hombros contemplando la calle por la ventana. — Lo único que importa es mantener los secretos como lo que son: secretos.

— Joder… jaja — Volví a mirarlo. Su entusiasmo me hizo sonreír de lado. — Un millón… ¡Diablos!

— Pero dividido. — intervine. — No es cualquier trabajo. Secuestrarás a un abogado en el parking de uno de los mejores estudios jurídicos, obviamente no lo harás solo, necesitarás de apoyo.

— No importa. Sigue siendo una excelente cantidad. — asentí.

— Eso sí, Gustav. Lo antes posible.

— Descuida. Ya tengo en mente a algunos hombres de mi entera confianza… ¿recuerdas a Nicolás?

— No. — dije apresurado alejando la mirada de su rostro, nerviosa. — No recuerdo nada de aquella vida, Gustav.

— Bueno, tú…

— Deja el tema ahí, por favor.

— ¿Te parece encontrarnos mañana para acordarlo todo? — sonreí agnóstico.

— Es increíble cómo se compran las ratas como tú.

— Llámame rata, gusano, porquería, basura, como sea. Tú eres peor porque eres el que paga.

— Nos encontramos mañana a las siete en el bar de siempre. Ahí nos pondremos de acuerdo para los detalles. — asintió. — Y todo se hará exactamente como yo lo diga. Sin excepción.

— Tú mandas.

— Bueno, ya debo irme.

— Vale. Nos vemos mañana.

— Claro. Completa discreción.

— De más está decirlo. Cuídate, amigo mío.

— Claro. — Abrí la puerta sin más y apeé queriendo que sea mañana.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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