Apostemos 2 (P.2)

«Apostemos» Temporada I

Capítulo 2.- Única Opción (parte II)

— ¡Bill! — Volteé al oír a mi amigo llamarme antes de cerrar la puerta del estudio. Llegó a mi lugar algo excitado por la corrida. — ¿Almorzamos juntos?

— ¿A las cinco? ¿En serio?

— Sí, hombre. No tiene nada de raro. ¿Recuerdas cuando desayunamos a las tres de la mañana porque no podíamos dormir?

— Teníamos diez años, Geo, eran otras épocas. — Volví a colocarme las gafas de sol mientras le decía que sí a su invitación simplemente comenzando a caminar a su lado rumbo al café de enfrente.

— Nah, las épocas no cambian.

— Las personas sí.

— Ahí te creo más. — Reímos cruzando la calle tan transitada por autos de alta gama que en nada se asemejaban al mío; obviamente mejor que cualquier vehículo sobre este planeta. Un increíble Audi Q7, ¿cómo la ven? — Buen caso el de Venegas.

— ¿De qué va?

— Homicidio agravado por el vínculo.

— ¿A la hermana?

— A la hija. — Alcé ambas cejas, sorprendido. Hasta yo tengo mis límites sobre eso.

— ¿Eso te parece… bueno?

— No lo defendemos a Venegas.

— Oh, ya veo. — Eso suena más coherente viniendo de Georg.

— ¿Y cómo tomó el caso Tom?

— Como el orto es decir poco. — Nos adentramos en la cafetería de fachadas de vidrio, con grandes ventanales que abarcaban casi toda una pared de tamaño. Mesillas de madera terciada con igual de elegantes sillas. Y la barra de los cafés estaba cuidadosamente adornada con estatuillas del lugar, entre otras cosas. — Evidentemente no ha dejado de ser ese sujeto sensible y comprensor de la vida que solía ser.

— ¿Sensible? Jaja, contigo no lo fue.

— No. Simplemente dejé de importarle. Así como él a mí.

— Lástima.

— No, ¿por qué lo dices? — Nos sentamos en las butacas de la barra, viendo acercarse a la muchacha que normalmente atendía el lugar a esas horas.

— Bueno, ‘Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera’.

— Lo de siempre, cariño. — La muchacha sonrió sin la necesidad de preguntar nada y puso marcha a los cafés. — No entiendo por qué citas a un gaucho argentino para definir mi relación con Thomas.

— Porque es triste, Bill. Son hermanos, se supone que eso debe significar algo.

— En primera: es mi hermanastro. — Rodó los ojos. — En segunda: ¿Debe? Sabes que odio que usen el verbo ‘deber’ conmigo. Y en tercera: Sí que significa algo para mí.

— ¿Qué? — interrogó algo ilusionado.

— Desprecio.

— Esperar una palabra amable de ti es como esperar que Qatar domine el mundo.

— ¿Quieres que diga una palabra amable?

— Por favor.

— ‘Una palabra amable’.- rió con sarcasmo, mientras que yo soltaba una carcajada de pura soberbia.

— Aquí tienen, caballeros.

— Gracias. — agradeció mi amigo y la muchacha se marchó por donde apareció. Luego, su mirada demandante ojiverde se posó en mí. ¿Me olvidé de hacer algo? Porque no estaba entendiendo su demanda ocular.

— ¿Qué me ves así?

— Era un buen momento para decirle algo amable a la chica. Un ‘gracias’ aunque sea.

— ¿Para qué? No me hizo un favor, le pagaremos. — resopló negando con la cabeza y yo me encogí de hombros sin mucha más explicación. Tomé con mis manos la taza de café humeante y la llevé a mi boca, bebiendo un mínimo sorbo. Mi segunda dosis diaria de cafeína en el día. Es una droga.

— Hablando de Roma… — canturreó mi amigo cuando sus ojos simplemente divagaron por el lugar, al azar.

— ¿Qué?

— Oh, mira nada más…

— ¿Acaso te me haces el idiota? Habla de una bendita vez.

— Voltea y verás. — Sin poder con la intriga que tan bien sabe mi amigo sembrarme, dejé la tasa sobre la madera y observé sobre mi hombro, inclinándome apenas. — Solidaria Richael, eh. No sólo quiso mostrarle el estudio, sino también la cafetería. — bromeó, a lo que no respondí igual. La puta esa no hacía otra cosa más que reafirmar mis teorías sobre ella y confirmarme que es una zorra con matricula en Mucho. Muy pegada con Thomas se sentaba en una de las mesillas. — No dudo en que también quiera mostrarle su cama. Digo, para variar.

— Para variar, el café me caerá como el culo.

— ¿Por qué? Cálmate.

— No digas eso. — advertí observándolo.

— Vale, vale.

— Para organizar el caso de nuestras vidas, ese que nos llevará a las putas nubes, está de mal humor. Pero para ir por la vida con ese par de piernas abiertas, está con una sonrisa de oreja a oreja. ¿A ti te parece?

— Pues, a mí…

— Es un tarado

— Emm… eso iba a decir yo. — rezongué volteando la mirada a uno de los tantos ventanales que daban a la calle.

— Ya me voy a mi casa.

— Oye, ¿no te quedarás un rato siquiera?

— Olvídalo. Siento un tapón en el estómago.

— Deben ser ganas de ir al baño. — Alcé una ceja poniéndome de pie mientras colaba una mano en mi bolsillo trasero. — ¿Qué? A veces a mí me pasa.

— A ti porque eres más raro que gitano con gafas. — Dejé el dinero de mi café sobre el soporte, consiguiendo que una brillante idea se colara en mi cabecita. — Geo, ¿Richael es alérgica a la canela?

— Amm… sí. ¿Recuerdas cuando Tania le puso canela molida a su té? Jajaja, se descompuso la muy idiota.

— Oh… jaja, sí, lo recuerdo. — Hice una pequeña pausa, donde sonreí. Si salía como yo lo veía en mi mente, sería genial. — Oye, tengo una idea.

— Oh, no. No me digas que quieres coger ahora.

— ¿Eh? ¿Qué rayos dices? — cuestioné casi horrorizado.

— No sé. ‘Oye, tengo una idea’; siempre dices eso cuando quieres follar con Andreas.

— … ay, ya cállate, ¿quieres? — corté fastidiado. Su cabeza es pequeña como un maní cuando no está en el estudio. Yo pienso que gasta las pocas neuronas que le quedan en ese sitio. — Llámala a la muchacha.

— Está atendiendo a tu hermano ahora.

— Sólo hazlo, pero sé discreto.

— ¿Eh?

— Sé que no estás familiarizado con el término, pero sólo… disimula, ¿vale?

— Okay, ahí viene para acá. — Carraspeó y luego se quedó tildado.

— ¿Qué ocurre?

— ¿Qué le digo?

— Ay… emm… sólo algo.

— ¿Le digo ‘algo’?

— Georg, no seas menso.

— Vaaaale. — Levantó su mano consiguiendo llamarle la atención a la muchacha, que justo se dirigía a su colega para entregarle la libretilla donde anotaban los pedidos. Dios es grande y es todo para mí. Já.

— ¿Sí, señor? — preguntó dejando dicho elemento y el lápiz que usa para anotar sobre el mostrador, enfrente de nosotros.

— Ammm… — ¡Oh, es un idiota!

— Cóbrate. — Intervine antes de que lo tachara de enfermito mental. Para que tuviera que darme un vuelto considerable, escogí pagarle con un billete grande. Entonces se volteó a la caja registradora en busca de su vuelto. Okay, ahora, ese pequeño paso que hay entre la maldad y… la maldad. Jajaa.

— ¿Qué…? — Mi amigo calló cuando tomé el lápiz con velocidad y giré la libretilla con más aún. Entonces intenté imitar la letra para nada complicada de la joven, añadiendo un delicioso ingrediente a ese café… ¿a quién no le gusta la canela? Simplemente deliciosa.

— Su vuelto, señor. — Le sonreí deslazando mis manos tranquilamente unidas en el mostrador y tomé el montoncillo de billetes que me tendía.

— Gracias. — dije esta vez observando a Georg.

— A ustedes, vuelvan pronto. — Entonces volvió a agarrar sus utensilios de trabajo y fue donde su compañera.

— ¿Feliz? Fui amable con ella. — le hice notar poniéndonos de pie. Mi café estaba casi lleno, mientras que él se encargó de acabárselo sin ningún problema entretanto el tiempo pasaba.

— No tienes cura, Kaulitz.

— Claro que no. No tengo nada qué curar. — Sonreí de lado, dedicándole una última mirada a ese par.

.

— Thomas, soy Bill. ¿Sabes? Me encantaría saber dónde coño estás si sabes que hay horarios y reglas. No querrás alterar a papá, ¿o sí? — Rezongué echando hacia atrás mis rastas con fastidio. — Sólo ven rápido. — Corté mi móvil guardándolo en el bolsillo del pantalón. Entonces abrí la puerta y salí del cuarto. Me quedé unos momentos parado de espaldas a la puerta, mirando el suelo y preguntándome mentalmente cuánto tiempo más tendría que ser esto en esta casa. La persona que intenta poner orden y darle un tiempo y lugar a cada cosa. Es decir, no es algo en lo que tengo una obsesión, simplemente creo que el orden hace a las personas. Necesito que todo se vea como yo lo veo en mi mente, no quiero dejar la posibilidad de que algo inesperado suceda. — Susan. — la llamé apenas cuando salió de la habitación de mi padre, con una bandeja con el plato ya vacío en sus manos. — ¿Por qué mi padre comió en el cuarto?

— Dijo que se sentía un poco cansado.

— ¿A las diez de la noche? Siempre duerme tarde.

— Así dijo él. — Sonrió de lado sin más y descendió por las escaleras. Chasqueé la lengua desconforme y terminé de recorrer el hall hasta su recámara, donde entré sin llamar previamente.

— Hijo. — saludó sorprendido pero sonriéndome desde la cabecera de la cama. Se sacó sus lentes de lectura y los dejó de lado junto con su libreta y birome. Sus piernas tapadas con el acolchado hasta la cintura y ya con el pijama en su cuerpo.

— ¿Qué escribes?

— Cosas que hay en mi mente. Ayuda a calmarme. — respondió y asentí sin querer entrar en detalles sobre qué hay en su cabeza.

— ¿Qué haces recostado a esta hora?

— Estaba algo cansado, sólo eso. — Alcé una ceja avanzando hasta el pie de la cama, sin cerrar la puerta. Ahí me crucé de brazos observándolo desconfiado.

— Imagino que ahora me das la razón cuando te hablo del estudio.

— Bill…

— No, Bill nada. Por ponerte del lado de tu hijito perfecto acabaste peleando conmigo, discutiéndome algo en lo que siempre he tenido razón.

— Nosotros nunca nos peleamos. Son sólo entredichos.

— Como digas. — le resté importancia a un tema donde, otra vez, tenía razón yo. — Mañana deberías quedarte aquí.

— ¿Quedarme en esta casa? Jajaja, por supuesto que no, hijo. — se negó. — Mañana al estudio bien temprano.

— No hablarás en serio. — No respondió y fue suficiente su silencio. De repente, sin meditar sobre el tema, mis ojos dieron con su mesita de noche, donde reposaba una cajetilla de cigarros ya abierta. — Oh, tienes que estar jodiéndome. — murmuré. Sin decir palabra, pero notando su cara de querer revertir la situación, avancé hacia esa intrusa y la tomé en mis manos. Su mirada permanecía en la pared de enfrente, ignorándome a su lado. — Me dices inmaduro a mí y eres lo más parecido a un niño que conozco. — Volví a donde estaba antes parado, moviendo de un lado a otro el objeto que se balanceaba en mi mano. — ¿No es esto lo que te cansa?

— No. De hecho, sólo fumé uno.

— ¿Y a mí que mierda me importa si fue uno o los veinte de la caja? — Interrogué ya alzando el volumen de la voz. — ¿En verdad piensas que me interesa la cantidad?

— ¿Por qué no te calmas primero?

— ¡Porque no quiero! Así de sencillo. — Ladeó la cabeza con cansancio de la rutina. — Y por mí has todas las caras que quieras que no cambiaré mi discurso. Tengo veintidós años, Jörg, ¡veintidós! Toda mi vida y juventud por delante, ¿crees que estoy como para hacer de tu enfermero? ¿Enfermero de una persona tan irresponsable como tú? Porque no haces otra cosa más que desobedecer las normativas que te dicta el médico. Un día te caerás muerto y ya no habrá retorno alguno, ¿piensas en eso?

— Al menos te haría un favor. — Abrí mi boca indignado. — Y a mí también.

— ¿¡De qué coño estás hablándome ahora!?

— ¿Crees que me agrada ser un viejo enfermo del que sus hijos deben cuidar?

— Ahí está el pequeño error. No hay ‘hijos’, sólo soy yo. Mientras ve tú a saber dónde está Thomas, yo ando haciéndote de papá, de doctor, de todo. — Negué resignado. — A veces sólo me gustaría ser tu hijo. Pero hace rato que no lo soy.

— No entiendo.

— No, lo sé. Nunca entiendes. — Observé el paquete de cigarros en mi mano, sintiéndome impotente. — Nuestra vida es así, Jörg. Tú te equivocas, yo pago las consecuencias y, sin embargo, quedo como el desalmado y victimario de todo. — Sonreí de lado. — Me acostumbré a que así sea. Toma. — Lancé la cajetilla a la cama, dando justo a su lado en su aterrizaje. — No estoy listo para que la historia cambie. — Me volteé abriendo la puerta y dando un sonoro portazo.

.

Me calcé las gafas de sol antes de colocar la llave en la cerradura. Mi padre ya había salido suponiendo que no querría viajar junto a él en el mismo vehículo después del pleito de anoche.

— Bill, olvidas tu teléfono. — Volteé observando a Susan con mi móvil en su mano.

— Dios, qué cabeza la mía. Gracias. — Tomé el aparato, lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón y sonreí rápido. Abrí la puerta y salí sacando la llave para repetir el reciente acto, ahora, cerrando el portal. Entonces avancé algo apurado a mi auto, estacionado en el cordón de la vereda, como se lo ordené a John antes de salir. Le saqué la alarma de seguridad y me adentré en él sintiendo la frescura de su interior. Era tan agradable en una tarde calurosa como lo era esta. Maldito sábado. Aceleré como si nunca más volviera a estar en esa casa y emprendí mi rumbo al estudio. Mientras conducía se pudo escuchar una leve melodía algo irritante: mi celular. Me moví de forma graciosa e incómoda a la vez para poder sacarlo de su lugar de guardado y lo atendí manejando mi carro con una sola mano. — Diga.

— Adivina quién soy. —Alcé una ceja.

— Amm… no tengo tiempo para pelotudeces, sólo dime quién eres.

— Oye, qué humor tan ácido tienes. ¿Cómo puedes hablarle así a la persona que te ha salvado la vida en más de una ocasión? — Fruncí el seño confundido.

— ¿Qué?

— A ver… la palabra ‘merca’, ¿te suena? — Serené la expresión en mi rostro, suspirando como agobiado.

— Gustav.

— ¡Bingo! Han pasado muchos años.

— ¿Cómo puedes decir que me salvabas la vida, infeliz?

— Jaja, hasta donde recuerdo, me llamabas casi desesperado por un poco más de polvillo mágico para tu nariz.

— Oye, eso ha pasado, ¿vale? Nosotros no tenemos más nada de qué hablar, no sé por qué coño llamas.

— Hey, tranquilo. Somos viejos amigos, ¿o no?

— No.

— Ouch. Hieres mi corazón.

— Sólo dime qué quieres.

— Me he enterado que eres un niño famoso ahora. ¿Qué pasó? ¿El caso del banco ese te ha caído cuan anillo al dedo?

— Sí, la verdad que me ha ido muy bien con ese, pero no respondes mi pregunta.

— Es que esa es mi intención. Adoro los misterios, lo sabes. — Rió oyéndose unos ruidos extraños del otro lado. — Oye, Billy, tengo visitas. Te llamo luego, hay mucho que quiero hablar. Hasta donde recuerdo… nos llevábamos bien. — Rodé los ojos cansado. — Bye. — La comunicación acabó al oírse el sonido de cortado. Estacioné enfrente de la fachada de mi trabajo, apagando el motor y oyendo los ruidos de la calle con más nitidez. Sin querer pensar demasiado, apeé intentando ignorar esos malditos recuerdos. Le coloqué la alarma nuevamente una vez que cerré la puerta y emprendí una caminata peyorativa hacia mi destino. Afiancé el agarre en mi móvil para marcar unos cuantos números que conocía de memoria. Llevé el aparato a mi oreja derecha sin parar de ascender por las escaleras rumbo a la recepción.

— Buenos días, Sr. Kaulitz. — De un solo movimiento de dedos le indiqué a Tania lo que deseaba y se internó en su búsqueda.

— Klandsträg.

— Hey, Chris, soy yo.

— Oh, Bill, ¿qué necesitas?

— Confirmar que has hecho lo que te pedí.

– Confirmado. — Sonreí satisfecho.

— Has mejorado mi día, hombre, créeme.

— Jaja. ¿Te lo paso por acá?

— Por favor. — Mientras Tania seguía en lo suyo, me apropié de una libreta que allí había y una de sus tantas biromes de colores.

— Es el 64325… — Anoté con velocidad los números que dictaba.

— Es perfecto. Tendrás tu recompensa, amigo. Tengo una buena recomendación en mente.

— Jaja, sabía que podía confiar en ti. — Tania encontró el archivo y lo dejó sobre el mostrador, esperando a que finalizara mi llamada.

— Desde luego. Nos estamos hablando.

— Cuenta con eso. Un abrazo.

— Otro. — Colgué guardando el teléfono en el bolsillo. — ¿Thomas?

— En su despacho.

— ¿Mi padre?

— En el estudio del Sr. Seeger.

— ¿A qué hora vuelve?

— Dijo que a las tres.

— Vale. — Me quedé unos momentos pensante, notando que algo no cerraba. — Ya. — No era ella la indicada para aclararme esa duda, tenía que verlo por mí mismo. Me retiré tomando la delgada carpeta con lo que me faltaba de información sobre el caso y me fui hacia el despacho de mi padre, queriendo averiguar algo que sin duda no me gustaría.

— No te lo recomiendo, Kaulitz. — Ignoré a Richael que salía de su oficina con unos cuantos papeles, caminando a paso sensual a la recepción.

— ¿Estaba bueno el café ayer? — interrogué en un susurro divertido, sin que llegue a sus oídos. Entonces abrí la puerta sin llamar antes, como es costumbre en mí.

— ¡Hijo! — imitó Andreas al saludo que normalmente me brinda mi padre. Fruncí el seño sin entender.

— Juraría que era Thomas el que estaba a cargo.

— Nop. Parece que tu padre sí sabe elegir.

— Parece. — Me crucé de brazos observándolo. — Igual te queda grande ese sillón.

— ¿Por qué ese insulto, amor? — Sonreí de lado, volviendo a voltearme. — ¿Te vas tan rápido? ¿No quieres pasarla bien un ratito?

— ¿En el despacho de mi padre? Conseguirás que vomite antes de que tenga una erección. — Formuló una mueca de asco. — Nos vemos, Andreas. — Abrí la puerta y salí un poco más aliviado de que mi padre no haya tomado la estúpida decisión de dejarlo a cargo a mi hermano.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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