«Apostemos» Temporada I

Capítulo 20.- La Solución II

— No te lo esperabas, eh, Axel. — Colé mis manos en los bolsillos de mis pantalones y simplemente sonreí. — ¿Quién tiene un palo en el orto ahora?

— Estás… totalmente loco. ¿¡Qué harás conmigo!?

— Sh… yo me calmaría si estuviera en tu situación. De nada servirán los gritos. — Avancé haciendo sonar mis tacos, dándole así un toque dramático al momento. Tenía miedo, hasta podía olerlo. — Además, hablando se entienden las personas.

— ¿Qué quieres?

— Aclarar tus dudas.

— Es mentira. Planeas algo más, no soy idiota.

— Oye, ¿cómo es que estás tan seguro de eso?

— Porque para aclarar dudas basta un café, no cuatro tíos, un secuestro y un sitio así.

— Eres rápido, Axel. — Crucé mis brazos al principio de mi estómago y carraspeé para aclarar mi voz. — Tú preguntaste qué había sido de mi vida en 2008 y 2009, ¿verdad? — Silencio. — ¿Verdad?

— Sí. — bisbiseó apenas, con voz temblorosa. Entonces uno de los tres tíos de aspecto intimidante que allí se encontraban, lo obligó a arrodillarse en el suelo. Sin muchas ganas de resistirse, Axel obedeció aún atónito.

— Bien, para entender eso debes saber qué me llevó a hacer lo que hice. Esto que te contaré es algo que no aparece en biografías sacadas del Internet o en archivos de estudio. — Me observó con temor cuando comencé a hablar. — Seguramente te has dado cuenta que mantengo una pésima relación con mi padre desde siempre, al igual que con mi hermano. Crecer con un padre ausente, con la carga de tener que ser el hijo que todos esperaban que fueras, que tu madre fallezca a tus trece años, que tu único hermano se marchara de un momento a otro y que el amor de tu vida se burlara de tus sentimientos más nobles, debe ser bastante ya, ¿no crees? — resumí y dividí (como se darán cuenta) la verdad. — Y cuando vas llegando a la madurez lleno de sueños y proyectos, te encuentras con un legado que debes continuar. Porque yo no pude soñar a los diez años que sería veterinario, como seguramente tú hiciste. No, Axel. — Me arrodillé, flexionando mis rodillas y apoyando el peso total de mi cuerpo sobre los pies. Busqué llegar a lo profundo de sus ojos, ahí donde se esconde el temor. — Ya estaba condenado a aprender centenares de malditas leyes que en vano existían porque todos hacían lo que coño querían. — Por fin el jopo que siempre adornaba su frente estaba totalmente desalineado y desprolijo. — Supongo que lo que rebalsó el vaso fue el desamor que sufrí — Torcí mis labios y volví a mi semblante. —, y por ahí va el camino a tu respuesta. Imagina, con semejantes quilombos en la cabeza, ¿qué le quedaba a un adolescente de diecisiete años? Las drogas.

— Pero… si lo tuviste todo.

— ¿Todo? Todo lo superficialmente incensario, sí. Pero lo que en verdad necesitas para no ser lo que soy hoy, no. Crecí viendo en el colegio a compañeros más grandes cagarse la vida con esas mierdas que se aspiraban por los recreos, en el baño. Y créeme que a esos chicos no les faltaba nada tampoco. Es que la sociedad mira, pero no ve nada. — Bajó la cabeza. Saber todo esto no estaba beneficiándolo, en absoluto. — Y ahí entra mi buen amigo Gustav en la escena. — Me puse de pie, recibiendo al nombrado a mi lado. Lo observé y palmeé su hombro izquierdo, recibiendo su sonrisa. Lo había llamado amigo, ¿ahora se nota que fumé hierva? — Lo conozco desde… ¿cuándo exactamente?

— Tenías catorce.

— Tenía catorce años y le vendías drogas a los de quinto.

— Sí, ya te tenía visto. — reí con cierta tristeza, volviendo la mirada a Axel y alejando mi mano de mi compañero.

— Ya me tenía visto… Já. Con catorce años ya me tenía visto, ¿puedes creerlo? — Axel estaba demasiado asustado, con la mirada nerviosa explorando el suelo de norte a sur. — Y bueno, uno de esos chicos de quinto me contó que se sentía bien, que creías ser importante para alguien lo que durara el efecto. Dijo también que te hacía feliz; un mundo muy diferente al de la realidad. — chasqueé la lengua. — Comencé con algo tranquilo: marihuana. Me hacía reír y dar hambre, pero más nada. Luego la cosa fue empeorando, ¿sabes? — Pude notar que una lágrima recorría la mejilla de aquel patán. Después de todo no parecía ser tan machito. —, tuve un pequeño accidente de autos a los diecisiete, casi dieciocho años, nada grave sólo un golpe en la cabeza. El médico me recomendó una conocida analgésico que es legal si se vende bajo prescripción médica, como la marihuana misma. OxyContin. Algo fuerte para empezar, ¿cierto? Jaja. — recordé en silencio cómo sucedió todo. Entonces me puse serio mirando la curvatura de la pared de la iglesia con el suelo. — Alguien me contó acerca de los malos usos que podía darle a un medicamento así, y lo hice…

— Mierda, ¡mierda! — maldije continuando con los acelerados golpes a las tres pastillas de mediano tamaño. Susan estaba apurándome hace diez minutos para que bajara a cenar. Le dije que iría en un rato y, a juzgar por mi novata lentitud, no tardaría en aparecerse otra vez.

— Cálmate, William. Te digo que debes hacerlo tranquilo.

— ¡No puedo, Tobías!

— Dime cómo vas.

— Uhm — Con el mango de un cuchillo de cocina hacía de cada píldora un montículo de polvo. Con mi teléfono celular entre mi hombro y el oído hablaba en susurros violentos con un tío de años superiores en el colegio. Hablando de algunas estupideces sin sentido, mencioné mi reciente accidente y las pastillas que el doctor me había recomendado. Entonces fue ahí cuando me enteré del doble uso que podía darles. Resulta que al polvorizarlas, anulas el efecto de liberación controlada y esto provoca episodios de euforia, similares a los de la heroína. Y yo, que andaba con ganas de liberarme un poco, aproveché este dato. — Ya está todo picado.

— ¿Hiciste el tubito de papel?

— Sí.

— Pues disfrútalo, hermano. — Fruncí el seño dejando caer el cuchillo al suelo y tomando el improvisado tubillo de papel entre mis dedos. Me encontraba en el baño, sentado en el suelo al pie del inodoro. Sobre la tapa de éste, la píldora ya hecha polvo.

— ¿Así de fácil?

— Bueno, puedes disolverlo en agua e inyectártelo. Así tiene un efecto más rápido y directo.

— Pero…

— No tienes jeringa.

— No.

— ¡Entonces aspira, niño! — Torcí los labios y dejé de dudar. Con esa posición incómoda en la zona de mi cuello, tapé mi orificio nasal derecho y coloqué un extremo del tubillo al otro lado. Y así, no quedó más que aspirar fuertemente por el agujero libre y… sentir un fuerte mareo cuando apenas la primera hilera de polvo tocó mi cerebro.

— Oh — emití con voz confusa. —… oh, mierda…

— ¿Qué sientes, William?

— Yo… yo mal estoy. — siseé ya confuso y sintiendo que el suelo se evaporaba y quedaba en peligro de caer al vacío. De repente no pensé… así de simple. Ya no pensaba, no tenía idea de qué carajo pasaba; el teléfono ya se había caído el suelo y yo ni cuenta me di. Simplemente quería más y más.

— He probado muchas cosas por esos tiempos. — dije volviendo la mirada a sus ojos lagrimosos. — Mi favorito era ese mágico analgésico y la cocaína, pero también tuve días de crack, algo liviano como el opio, meta-anfetaminas, ritalín en el colegio, LSD, y demás porquerías que ni recuerdas al día siguiente. Es que cuando te juntas con un montón de sujetos que hacen esas cosas, aprendes a compartir.

— Fue un milagro que no se contagiara de VIH o alguna de esas mierdas. — agregó Gustav riendo por lo bajo. Él fue testigo de muchas de esas reuniones.

— Es verdad — reí. —, pero la mejor y la peor al mismo tiempo, sin dudas era la nena — Axel frunció el seño, sin entender el código. —: heroína. — Llevé mis manos al cierre de mi chaqueta, bajándolo rápidamente con intenciones de sacármela. — Te mostraré algo para que entiendas de lo que te habló. — Luego de liberarme de ella, Nicolás tomó la prenda en sus manos, teniéndola. — Gracias, tío. — Me sonrió de lado y asintió. Me resultó incómodo volver a ver a esos sujetos. — Mira — Me incliné apenas hacia él, extendiendo mi brazo derecho y señalando la curvatura de mi codo, esa piel sensible. —, ¿ves esos dos puntitos con sombra algo lila?

— Sí, los veo. — murmuró observando mi brazo.

— Son dos de las cicatrices que quedaron de esas épocas. Son hematomas productos de la última consumición. Una sobredosis que actuó como punto final. Normalmente las maquillo, pero ya para qué. — Me encogí de hombros y volví mi brazo a un lado de mi figura. — Luego de perder el conocimiento como pocas veces me pasó, caí en estado de coma por un largo tiempo. No morí de milagro, pero si yo hubiera sabido lo que me esperaba de sobrevivir, hubiera optado por morirme en esa camilla.

— ¿Qué ocurrió? — preguntó con miedo, pero pudo más su curiosidad.

— Digamos que Jörg se salió con la suya y me consiguió una clínica para adictos de estricta confidencialidad donde encerrar a su hijo por un año. Entré el ocho de mayo de 2008 y salí un veintiséis de junio del año siguiente. No estaba en Francia viviendo la vida loca, Axel. Yo estaba en rehabilitación. — Sus ojos temblaron y buscó alejarlos de los míos casi con desespero. — ¿Fugas?, muchas pero todas fallidas. ¿Intentos de suicidio?, demasiados. ¿Desesperación?, a todas horas moría por un poco más. — Llevé una de mis manos hacia atrás de mi cuerpo, sin moverme y en completa calma. — Pocas personas estuvieron presentes. Dos, para ser exactos: mi amigo de toda la vida, Georg, y Andreas; un simple abogado que recién empezaba a tomar la confianza de mi padre. Más nadie. — dije con rencor, afianzando el agarre al objeto escondido en el borde de mis pantalones. — Ni mi padre, ni mi hermano, ni ninguna de todas las personas que dijeron ser mis amigos. Nadie.

— Yo… lo lamento, Bill. — sollozó cuan niño arrepentido de una travesura al saber que se viene el reto de su padre. — No sabía que fuera tan doloroso y serio. Yo sólo… sólo quería ascender en esto y…

— Y no viste mejor manera, ¿cierto?, — interrogué entre dientes, ya sin esa sonrisa de lado. — ¿¡cierto, maldito infeliz!? — vociferé y gimoteó.

— Lo siento.

— ¿Y qué?, ¿acaso acepto tus disculpas y te dejo volver a tu vida de siempre, arriesgándome a que me vuelvas a querer cagar más adelante? Tengo a alguien así y créeme que no vivo muy tranquilo. — Gustav rió sabiendo que me refería exclusivamente a él. — No, Axel. — Sus ojos se abrieron como dos faroles y tembló, mientras su pecho subía y bajaba. — Algo tiene que modificarse por aquí.

— No… ¡no, por favor, espera! — negué varias veces, sacando por completo el revólver de su escondite y apuntándolo directo a la cabeza. — ¡Por favor, ten piedad, Bill, te lo suplico!

— ¿¡Crees que soy Dios, imbécil!?

— ¡No me hagas daño! — reí escandalosamente.

— ¡Sabías que te enfrentabas a esto, Axel! ¿O creíste que me iba a dejar manipular por una lacra como tú? Error.

— ¡No diré nada! ¡Lo juro!

— No te creo.

— ¡Lo juro, puedo jurarlo! — Sus lágrimas caían como cascadas por su rostro, empapándolo. Daba pena la escena y conmovía cualquier corazón, menos el mío.

— Mira Axel, no estoy del todo centrado, ¿sabes? Me he fumado un buen porro antes de venir aquí y mis reflejos no son buenos, entonces ¡no busques alterarme más aún! — sentí mi garganta desgarrarse ante semejante grito. Y lo vi a él hacerse cada vez más pequeño en el suelo. — A menos que estés interesado en cooperar.

— Lo que digas, lo que quieras, no me importa.

— Bien. — suavicé un poco mi tensa posición y bajé el arma con lentitud. Él no dejaba de llorar — Sólo dilo que lo haré.

— ¡Qué predisposición la de éste sujeto, por Dios! Increíble tu obediencia. — sonreí de nuevo y volví a inclinarme como anteriormente, con el arma descansando flojamente entre mis dedos. — Quiero que hagas algo — asintió de inmediato. —, y para eso tienes hasta el lunes.

— Te escucho.

— Quiero que desaparezcas. — Sorprendido, entreabrió sus labios. — Vete del estudio, de tu casa, de Berlín, de mi vida. Te quiero lejos y no saber de tu asqueroso y vulgar culo nunca jamás, ¿te ha quedado claro?

— Pero el caso, mi carrera, mi vida, ¡por favor!

— ¿Prefieres un balazo en la frente? Yo no tengo problema. Estos sujetos harán que tu cuerpo se evapore en el aire antes que alguien empiece a extrañarte.

— No, no.

— ¿Entonces en qué quedamos? — Silencio. — No es tan complicado, Axel. Sólo vete a otro estudio, en otra cuidad o país, me da igual. O conviértete en repositor de supermercados, ¡no lo sé! Haz lo que sea, pero te largas. — Hablaba y movía mis manos, por ende, el revólver también. — Y por el caso ni te fijes, le conseguirán un compañero a tu amiguita, la zorra esa.

— Yo…

— Tú… dilo.

— Nada. — dijo al fin, haciéndome sentir una terrible satisfacción.

— Buen chico, buen chico. — Volví a apuntarlo y esto hizo que me mirara suplicante, remojando sus labios con apuro. — Tienes cuarenta y ocho horas, Axel. Para el lunes te quiero bien lejos. De lo contrario, juro por mi madre, que en paz descanse, que te mataré. — advertí totalmente serio, con el cañón del arma apretando su frente. — Quizás no limpio, porque soy incapaz de mancharme las manos con mierdas como tú en mis sanos cabales, así que quizás esté algo drogado esa vez. Y puedes estar seguro que soy capaz de hacer cualquier tipo de locura en una situación así.

— No será necesario, Bill.

— Eso espero, porque acabo de confiarte mi mejor secreto. — Alejé el revólver y me enderecé. — Ve, cuéntalo y te mato al día siguiente. — asintió con velocidad desde el suelo. Observé a Gustav que no dejaba de sonreír y nos guiñamos los ojos en un gesto cómplice.

— Bill. — La voz ronca me llamó a mi espaldas y la reconocí a la perfección. — Sigues siendo el mismo, creo.

— No, soy distinto a aquel crío que ustedes conocieron. — Me referí a Sam el mudo también, quien sonrió de lado como un saludo. — Y escucha, desgraciado — Volví a hablarle a Axel y me miró. —, no intentes nada. — amenacé alzando mi dedo índice y apuntando su cuerpo. — Invéntate una buena excusa para tu renuncia y evapórate en el aire. Y que tu boca no se abra siquiera estando en pedo, infeliz. Porque he jurado por la memoria de la mujer que más amo en este mundo, que te vuelo la tapa de los sesos personalmente.

— Lo sé… mis labios están sellados Bill, lo prometo. — Sin decir más, ni querer escucharlo, comencé a caminar con Gustav rumbo a los autos. Quizás esos tíos le dieran otra paliza, quién sabe. A mí dejó de importarme desde ese preciso instante.

— Quiero creer que nos libramos de un peso hoy. — dijo animado mi acompañante, yo asentí y respiré un poco la brisa que corría.

— Así es. Eres el único que me extorsiona ahora.

— Si no puedes con tu enemigo, únetele.

— ¿Unirme a ti?

— Otra vez.

— Sólo en sueños; dejé esa vida atrás para siempre.

— Solíamos ser un buen grupo, Sam, Nicolás, tú, yo y el resto de la pandilla.

— Deja ya el tema por favor.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Un comentario en «Apostemos 20»

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