«Apostemos» Temporada I
Capítulo 21.- Relax
Luego de desvestir mi cuerpo en su totalidad, el agua cayendo en forma de cascada por mi espalda era la mejor paga a un día cargado de preocupaciones y de estrés. Simplemente cerré los ojos y suspiré. Mi frente descansaba sobre los azulejos blancos y mi cabello caía mojado y pesado por mis hombros.
— ¿¡Quién es!?
— Bill, soy yo. — Puse los ojos en blanco y maldije su nombre y el momento en que los espermatozoides de mi padre llegaron al óvulo de su madre.
— ¿Qué es lo que quieres, Thomas?
— Bañarme.
— Pues espera.
— ¿Te falta mucho? — Despegué mi cabeza de la pared y busqué calmarme con desespero.
— Sí Thomas, me falta mucho.
— Mierda.
— Estuviste en esta casa toda la tarde, ¿por qué te pica la idea de bañarte justo ahora, maldición? — No me respondió y entonces supe que se había enfadado y alejado a su cuarto, echándome unas groserías por el camino. Y bueno, está bien. En cuanto yo me quede totalmente en paz, bañándome, estará perfecto. Cuando quise volver a mi cómoda posición, oí un ruido, o eso me pareció. Seguro ya imaginaba cosas, como mencionó Fred en el hospital. Suspiré calmado, pero entonces volví a escuchar eso aunque ahora con una llave de fondo. — ¿Qué demonios?
— Porque quiero bañarme ahora. Contigo. — atónito, me sentí acorralado en mi cubículo tan reducido. Sin escapatoria, encerrado en un baño con mi hermano calentón del otro lado. ¡Maldita sea mi suerte!
— Thomas — Con mi mano sobre mi pecho, respiré hondo reiteradas veces, sin conseguir el aire necesario. —… ¿por qué no te vas de aquí?
— Ya dije, quiero bañarme contigo, hermanito.
— Pero yo no. — corté. — Lárgate.
— No quiero. — No tenía idea de lo que hacía del otro lado, pero no se oía más que su voz. — ¿Hay un espacio?
— Thomas.
— Dime.
— ¡Lárgate!
— Calmado.
— Sólo vete y déjame bañarme en paz, por favor. Ya salgo, ¿sí? Ya te dejo a ti.
— No. Ahora no tengo ganas de eso. Tuviste tu oportunidad.
— ¿Qué ganas con este berrinche de niño chiquito?
— Varias cosas. La primera sería que las cosas se hacen cuando yo quiero y cómo yo quiera. — rodé los ojos, rascando mi nuca con impaciencia. — Otra es que a veces puedo ser tan irritante como tú.
— ¡Yo no soy así!
— No. Con esa voz chillona y tu carita de niño golpeado, le puedes a cualquiera.
— Vale. Pero tú no eres yo, así que date la media vuelta y sal del baño en este instante.
— ¿Quieres apostar?
— ¿Eh?
— Yo soy más avasallante que tú y consigo siempre lo que quiero.
— ¡Jajaja! Estás confundido.
— Apostemos, Bill.
— Estamos en otra apuesta, ¿o ya la olvidaste?
— Para nada. Pero…
— Pero nada, te largas ¡ahora!
— Bill…— Ya está, me había cansado. Dejé ver mi cabeza por la mampara, deslizándola por su guía y mostrando mi cuerpo hasta el vientre.
— Thomas, te dije que…— ¡Volaron! ¿Qué? ¿Qué de qué cosa? No. No los pájaros. No de no fueron los pájaros… ¡a la mierda! Un ejercicio de primaria que todavía me queda. En fin… mi hermanito tan angelical como es él, sólo portaba una toalla blanca cubriendo su total y entera desnudez. Encima, ésta casi se caía por sus piernas. Con sus manos sobre su cintura, sonreía con satisfacción. Estaba dando resultado, estaba provocándome ese… cuerpazo.
— ¿Qué?
— ¿Eh?
— ¿Qué ibas a decir?
— ¿Eh? — Rió con exageración, sacándome de mi expedición por su cuerpo. Maldición, Tom. — ¿Por qué no te largas, mejor?
— ¿Otra vez tengo que repetirlo todo? Porque quiero bañarme…
— Contigo. — terminé su frase y me pisé solo. — Quiero decir, conmigo.
— Claro. — Remojé mis labios inconscientemente, sintiendo terrible calor por el cuarto. — Oye, hace calor aquí.
— ¿Cómo sabes? — Mierda.
— Porque lo siento, hermanito. ¿O tú no?
— No. — vacilé.
— Pues yo sí. Estoy — Jugueteó con el borde de la toalla, deslizando suavemente sus dedos por el frágil nudo. Mi corazón palpitó como si fuera tambor de murga. —… very hot.
— Tom…— Y sin dejarme retrucar esto, se deshizo de esa tela de algodón que cubría su… potencial. — Maldito seas. — rió por lo bajo y avanzó totalmente desnudo hacia la ducha, donde parecía hacer más calor. — Detente. Hazte para atrás, anda.
— ¿En verdad lo quieres? — No respondí, sólo me quedé hipnotizado con sus ojos marrones claros clavados en los míos, a tan poca distancia ya. — No. No quieres que me vaya.
— No estoy para estas cosas, Tom. En verdad, no hoy. — Me hice hacia atrás, soltando la mampara cuando fue sostenida por él. Yo intentaba mantener la mirada en sus ojos, o su nariz como mucho, pero… la verdad que soy un humano de carne, huesos, mugre y hormonas, ¿no? Es decir, tengo mis reacciones a ciertas provocaciones. — No estás escuchándome.
— Estás muy tenso. — Pasó un pie al interior de la ducha. Mi corazón golpeó mi caja torácica. — Quiero que te relajes, Bill. No tienes por qué estar así. — El otro y ya estuvo del todo metido. Mordió su labio inferior observando mi desnudez. Maldita sea… Hacía que esto fuera más complejo. — Qué ganas te tengo, hermanito.
— Thomas, basta. Jörg y Susan aún están despiertos.
— ¿Y? Me vale. — Sus manos se apoyaron en mi cintura, atrayéndome a su cuerpo. Sin querer, nuestros miembros chocaron entre sí. Esto ocasionó un jadeo bastante excitante por su parte.
— Basta…
— ¿Por qué? — Su torso empezaba a mojarse y las gotas caían, caían… caían. Mierda. — Sé que lo estás deseando.
— No sabes nada. Estoy cansado, con miles de probl…
— Sh. — interrumpió y lamió mi mejilla lascivamente. — No digas esa palabra maldita.
— La última vez me — Se movía y olvidaba que mi polla estaba en un carnal contacto con la suya. ¡Tiene que parar! —… trajiste un gran lío.
— ¿Pelearte con ese idiota es un lío para ti? Olvídalo ya. — Besó allí e, inevitablemente, eché mi cabeza hacia atrás. Eso fue suficiente para guiarlo al camino que quería. Sus labios empezaron a besarme con tranquilidad, con una delicia estupenda y única.
— Mmmh… Thomas. — Ya estaba entregado a lo que sea, ¿para qué reprimir este inocente gemido?
— ¿Sabes? — Llegó a mi oído luego de lamer largamente mi cuello. —, te oí llegar y también te escuché entrar aquí, y desde mi recámara — Su lengua en punta lamió el lóbulo de mi oreja, calentándome como a un condenado. —… moría al imaginarte duchándote. — Me mordí el labio inferior y sólo quise devorar su boca a mi agrado. Notó dichas intenciones y me respondió de igual manera.
Enredé mis brazos a su cuello con posesión, mientras que él abarcaba toda mi espalda con sus manos, casi alzándome. Ladeamos nuestra postura en la ducha. Choqué contra la pared fría, lo cual resultó un gran alivio para el calor que sentía. Su lengua manejó a su antojo la mía, pasando por arriba y debajo de ella, haciéndola perder la batalla de liderar sobre la de él.
— Tom…— jadeé cuando retomó el vaivén de ritmo insistente sobre mi miembro, friccionándolo con el suyo propio. — Mierda… Jörg sigue despierto.
— Sí, ¿y? Ya dejó de importarme eso. — Me observó a los ojos sonriendo, y sin entrar en detalles tomó el pote de shampoo de junto, en el estante donde este tipo de cosméticos tenían su lugar.
— ¿Qué harás? — Remojó sus labios abriendo la tapita plástica del producto.
— Quiero jugar un ratito. — Yo ya me iba haciendo a la idea de sus pretensiones. Mi mente ya había volado millas y millas con sólo una mirada traviesa y un pote de esos. — Divertirme. — Elevó el objeto a la altura de mi pecho, donde lo volteó y dejó que cayera el líquido frío por mi cuerpo caliente. El agua cayendo ayudaba a que se formara una espuma casi instantánea a su paso. Thomas no perdía detalle de su recorrido por mi piel, observando con deleite cada poro por donde el shampoo dejaba su huella.
Con su mano libre acarició mi pecho, desparramando el líquido y la espuma. De un modo suave, deslizándose casi sin control. Y no se quedaban en una misma altura, sino que bajaban hacia donde la cosa se ponía buena en su totalidad.
— Estás loco. — Sonrió ampliamente y sólo asintió, dándome la razón en esa afirmativa.
Gemí medio contenido cuando tomó mi pene entre sus dedos, con decisión.
— ¿Hace cuánto que no follamos, Bill?
— No fueron años tampoco. — Llevé mi mano donde la suya y aceleré el movimiento.
— Para mí lo fueron — Se inclinó y lamió mi cuello, chupándolo con descuido después. —, y por lo que noto aquí, para ti también. — Reí bajo en su oído, contagiándolo. ¿Tanto se notaba?
Soltando el envase de shampoo, giró la perilla de la ducha, deteniendo la corriente de agua. Ahora haría calor.
— Mmmh… sí. — Chistó y reí por las cosquillas que me provocó ese sonido en mi cuello.
— ¿O qué?
— Te muerdo.
— No lo harás. — Soltó mi miembro y apoyó sus manos a los lados de mi cabeza, sobre los azulejos mojados. Yo sujeté su cintura, pegándolo a mí de un golpe.
— ¿Quieres ver? — Beso con delicadeza la curvatura entre mi cuello y mi hombro, en esa piel tan tersa y delicada en cualquier persona.
— Hazlo. — Lo reté sin esperarme tremendo mordisco. ¡Sus jodidos dientes parecían devorar una sabrosa comida, un dulce! — ¡Aaah…!— Mordí mis labios de inmediato. Ya era muy elevado el volumen de mi voz y era abusarse de nuestra buena suerte.
Mordía, mordía y yo clavaba y clavaba mis uñas en su cintura, sintiéndome incapaz de alejarlo de mí. ¿Por qué? No sé. ¡No sé! Sólo sé que se sentía tan, pero tan, bien. Hasta que decidió alejarse y sentir la zona arder más que mi culo la primera vez.
— Masoquista. — acusó con tono teatrero, alejándose y dejándome ver su boca… con sangre.
— ¿Tan así fue? — Y no sé si fue la pérdida de sangre o lo enfermo que ya estaba, pero el verlo con sus labios chorreando ese líquido rojo me excitó tanto, que no pude resistirme al deseo de besarlo de una forma guarra. Subí las manos a su espalda, acariciándola en toda su extensión, sintiendo que se deshacía en jadeos que acababan en mi boca, así como empezaban.
— ¿Quién es Robert Pattinson al lado tuyo? Basura. — me dijo y reí. — Es que es verdad… deberías verte.
— ¿Y tú? Jodidamente garchable. — alzó una ceja divertido.
— Date la vuelta, nene. — Me mordí le labio con saña. — ¿O no quieres jugar con tu hermanastro?
— Depende. ¿A qué jugamos? — interrogué con tono meloso.
— A metértela bien duro hasta que llores.
— A la mierda… Te tomaste en serio lo del cuello. — reímos y sin soltar más palabras, obedecí y me giré entre el aprisionamiento de sus brazos. Su boca se pegó a mi oreja, respirando allí y haciéndome sentir miles de cosas en la piel, miles de extrañas sensaciones increíbles. — Te advierto que tú responderás por la marca que me quede en el cuello.
— ¿Acaso tu noviecillo va a enfadarse?
— Es probable. — Con la punta de sus dedos echó mi cabello hacia un lado, dejando mi nuca descubierta en su totalidad. Y aprovechó esto para besar lento, de a poco. Con una suavidad que te hacía dejarte a su voluntad.
— Pues me da igual. — Esa misma mano que tocó tan deliciosamente mi nuca, apretó levemente mi cintura. — Que venga que aquí lo espero.
— No sabes con quién te estás metiendo.
— ¿Acaso va a matarme, a asesinarme brutalmente?
— No — Sus labios haciendo de las suyas en mis hombros no colaboraban en absoluto en la dificultosa tarea de hablar. — Me refiero a mí… a lo que yo pueda elegir.
Rompió el contacto entre su mano y mi piel, para manipular su miembro propio hacia mi entrada. Perfecto.
— No jodas, Bill. Yo le gano en todos los terrenos. — Negué bajando la cabeza y cerrando los ojos, sintiendo la leve presión en mi zona íntima.
— Sí…
— No respondes porque sabes que tengo razón.
— No respondo porque no me interesa el tema… — ingresó del todo en mi cuerpo, soltando un sensual jadeo en mi oído.
— Me estás volviendo loco, hermanito.
— Eso no suena bien.
— Y tal vez no lo sea. — murmuró y su pene se deslizó hacia afuera. Los movimientos no necesitaban de fuerza o lo que fuera, con lo húmedo de nuestros cuerpos todo estaba bastante sencillo y manejable. De hecho las caricias y los roces parecían intensificarse con el agua vuelta gotas por nuestros cuerpos.
— Muévete, Thomas… ya no aguanto. — Lamió la piel de mi cuello larga y prolongadamente y empezó a moverse tal y como yo se lo pedí.
— Oh… Demonios, sí. — Sus besos mojados dejaban en mi cuello una frescura que a la más mínima brisa se intensificaba y me hacía sentir tan bien. Todo él me hacía sentir bien. Era como si los problemas se hubieran ido a volar. Desaparecía el mundo entero y todas sus penurias cuando él me hablaba o me tocaba de esta manera. Tenía ese don que pocas personas consiguen.
— Aaah… Tom.
— Más bajo, hermoso.
— Dijiste que…
— Sé lo que dije — Mis manos se volvieron puños sobre la pared y mi frente se recargó en ella. Mordí mi labio inferior y puse los ojos en blanco. Qué necesarios son los gritos en el momento adecuado, carajo. —, pero también sé que si nos descubren— Un beso en mi mejilla. —… no tendremos más de estos encuentros.
— ¿Crees que mi padre me limita? — Volteé mi rostro, encontrándome con sus ojos fijos en los míos. Me observaba constantemente, aun cuando yo no estaba pendiente de esto.
— No existe persona — Sus movimientos se hicieron más lentos, haciéndolo delicadamente para poder sostener el contacto entre miradas, entre ambos. —… que pueda prohibirme besar esta boca — Uno de sus dedos movilizó mis labios, acariciándolos superficialmente, con una liviandad única. —, mirar esos ojos y poseer este cuerpo. — Luego de soltar un suspiro inevitable, invadí su boca con mi lengua. Nos fundimos así en un beso cargado de deseo y devoción, casi igual al odio. Los movimientos eran violentos, como si quisiéramos hacerle daño al otro.
Sujetó mi cuello con su mano totalmente abierta, pero sin lastimarme. Lo hacía para así tener un mejor acceso a mi boca. Y entre yo sujetaba sus trenzas con fervor, él retomaba esa rítmica acelerada que le daban sus embestidas en mi cuerpo.
— Ah, ah… así, Tom, así. — Cerré mis ojos con fuerza y gemí en susurros con nuestras bocas pegadas.
— Mierda Bill, mierda. — El calor se hacía sentir y las gotas en nuestras pieles ya dejaban de ser agua, para transformarse en sudor. — Mmmh…
— No pares… maldita sea.
— Eres perfecto, Bill… jodidamente único.
— Agrandas mi ego, hermanito… ¡Aaah! — Mierda, mierda. ¡La voz!
— ¡Shh! — Me soltó y se enderezó detrás de mí. Yo volví a adosar mi peso en la pared de azulejos, buscando un soporte porque juro que me caía a la mierda. Las piernas me temblaban, sentía que iba a caerme en cualquier momento. — Aunque amo tus gritos, también amo que esto permanezca en secreto. — Su mano se posó en mi espalda baja mientras él entraba y salía de mi cuerpo. — Oh mierda, sí… Esta es la puta gloria. ¿Cómo lo quieres, nene?
— Fuerte… muy fuerte.
— ¿Así? — Tuve que tomar distancia de mi querida pared si no quería romperme los dientes contra ella. Joder, Thomas se asemejaba a un perro en pleno apareamiento. ¡Estaba que se subía encima de mí!
— Sí… así, así… aah, aah.
— ¡La puta madre! — Hincó sus uñas en mi piel, haciendo que un escalofrío recorra de arriba para abajo mi espina dorsal. — ¿Por qué carajo no… te estiras un día? — reí como un condenado
— Es en serio — Noté que echaba su cabeza hacia atrás, tomando aire de a grandes bocanadas. ¡Tenían que ver esa imagen! ¡Por la santísima Virgen María! Su torso mojado, sus ojos entornados y su cuello totalmente expuesto. Esto sin contar su cuerpo totalmente marcado… me hacía desvariar. —… siempre estás tan apretado.
— Oh, por Dios… así, así. — gemía él con su voz grave.
— ¡Thomas!
— ¡Jajaja! — rió escandalosamente, aunque no tanto como su gemido.
— Sigue, sigue… sólo un poco…— Apegó totalmente su pecho a mi espalda y me abrazó con posesión. Entonces sus manos divagaron por mi pecho a su gusto. Pude sentir su vientre tensarse a cada estocada. — Oh, Thomas, sí, ¡sí!
— ¡Joder! Sí que eres escandaloso. — reí recibiendo a sus dedos jugueteando con mi miembro. ¡Miren quién hablaba!
— No…
— ¿Por qué?
— Porque me corro… ¡mierda! — ¿Ustedes creen que me hizo caso? No, en absoluto. Seguro estaba por acabar y quería que lo hagamos al mismo tiempo. No tolera que yo tenga más aguante que él.
— Hazlo conmigo, precioso… aaah, aah…
— Tus gemidos me pueden… No… ayudan.
— Hazlo. — Aceleró el sube y baja de su mano sobre mi virilidad y sentí el orgasmo aproximarse inevitablemente. Mis neuronas dejaban de hacer conexión entre ellas para poner mi mente en blanco por unos extasiados segundos. — ¡Sí, sí…!
— ¡Ah, mierda, mierda! — Mis piernas se doblaron apenas. Toda mi atención estaba puesta en ese momento, en ese afán de llegar al final. — ¡Aaaahg!
— ¡Aaaah, Bill! — exclamó. — Oh, mierda. — Su semen caliente se esparcía en mi interior. Qué sensación magnífica.
— Sí… eso fue… fue estupendo. — Recibí un beso suyo en mi hombro y dejó descansar su mentón allí. Yo observé su mano aún en mi pene, llena de mi esencia. Era como para una fotografía. — Siempre lo diré: no hay como un polvo de nosotros dos.
— Lo admito. No ha nacido la persona que reemplace a alguno. — Salió lentamente de mi cuerpo y suspiró. — Me dejas exhausto, pequeño. — Me recargué en mi sitio observando mi abdomen ya sin esa espuma que había esparcido.
— Y enciende eso que me rostizo del calor. — Encendí el grifo de agua fría únicamente, sintiendo un gran alivio al estar justo debajo.
— Por Dios, qué bueno.
— ¡Hey! Yo tenía calor. — Y, con mis ojos cerrados, sólo sentí que me abrazaba de repente, sumergiéndose en la lluvia de agua fría junto conmigo.
— ¡Tom! — me eché a reír por la sorpresa y el susto. Casi me iba de culo al suelo por el exabrupto abrazo.
— ¡Bill! — imitó mi voz, haciendo la suya más aguda.
Continúa…
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