«Apostemos» Temporada I

Capítulo 22.- Sincericidio

Luego de desayunar como Dios manda, sentado en una mesa y en silencio, me encontraba vestido cómodamente en la sala de mi casa. Hoy me quedaba ahí. Las ganas de vivir que tenía se asemejaban a las de un caracol. Así, totalmente echado a su suerte, expulsando baba de su culo. Bueno… no tan así, pero algo similar. Es que quería meterme a la piscina, tomar cerveza, fumar como una chimenea, ver alguna película, ¡algo de eso que hace la gente normal! Sin tener conexión con papeles, computadoras, teléfonos sonando o trajes de etiqueta. Por favor, pedía un domingo sin nada de eso.

Acaricié una vez más la tapa del libro que tantas veces había leído mi madre: ‘La Divina Comedia’, de Dante Alighieri. Obviamente no era el libro completo, ya que no le hubieran bastado sus años viva para leerlo todo. Era más bien un resumen, aunque no perdía el volumen que tenía esta obra en sí. Dante baja al infierno con su amigo y poeta Virgilio, pasando por diferentes ‘niveles’ del propio lugar, variando el grado de pecado que se haya cometido en tierra. Recuerdo que mamá siempre consideró la peor parte (así como el propio Dante) la Judezca. Todos sabemos que Judas traicionó a Jesús, alguien que le había hecho el bien. Es decir, la Judezca es en donde se encuentran esas personas que traicionaron a alguien que los beneficiaba de todo corazón. Pero yo, en lo personal, considero que el peor nivel es el de la Caína, a donde van aquellos que traicionan a su propio hermano…

— Bill. — Me volteé, dejando el libro en la biblioteca de la sala, justo en su debido lugar. — Papá nos llama.

— ¿Para qué?

— No sé. Dice que quiere decirnos algo importante.

— ¿Pasó algo malo? — pregunté con extrañeza, avanzando hacia donde él estaba parado.

— No, sólo quiere hablarnos. — asentí y pasé por su lado, sabiendo dónde estaba nuestro padre. Sentado en el escritorio de su recámara, aún trabajando. Thomas me seguía los pasos en silencio.

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By Tom

Bill abrió la puerta luego de la afirmativa del otro lado por parte de nuestro padre. Ingresamos a la par, viendo a un Jörg con su bata de pijama, pero aún con papeles alrededor y la computadora portátil encendida.

— ¡Hijos! Pasen, siéntense. — Cerré la puerta a mis espaldas, mientras que Bill se adelantaba y se sentaba en una de las dos sillas frente a Jörg. — Lamento la hora, es algo temprano y es su día libre, pero esto será breve. — Confundido, me senté al lado de mi hermanastro, quien manipulaba su teléfono celular como enviando un mensaje. — Lo que quiero decirles es más necesario para mí, que para ustedes. — Observé a Bill algo molesto y le arrebaté el aparato de las manos. — Gracias, Tom.

— No te quejes. — dije cortante, dejando el maldito celular sobre el escritorio, apagado. Callaron sus reproches y se cruzó de piernas.

— Bueno… Bill. — llamó saliendo totalmente de contexto.

— ¿Qué pasa?

— ¿¡Qué le ocurrió a tu cuello!? — ¡Mierda! A ver cómo te sales de ésta, hermanito.

— Amm… cosa mía.

— ¿Cosa tuya? ¡Tienes terrible herida! Eso se ve grave.

— Que no, Jörg.

— Dime al menos qué es, cómo te lo has hecho.

— No quieres saberlo. — Ay…

— Sí que quiero. Dime. — Bill rodó los ojos y se resignó.

— Un juego sexual. — ¿¡Qué!? ¡La puta…!

— Oh…— musitó apenas nuestro padre y asintió. — Vale, dejemos eso ahí. — Caray. Qué sencillas son las cosas con este tío. — Muy bien, esto es complicado.

— Estás preocupándome, papá.

— Tranquilo, Tom. — Me sonrió reconfortante. — Llega un momento en la vida de toda persona en que mira hacia atrás, algo que tal vez sea mal visto para la mayoría, pero yo lo creo correcto. Darse la vuelta y ver todo lo recorrido, ahora con otra mente y manera de accionar. Quizás arrepentirse, ¿por qué no?, y así saber pedir disculpas. — carraspeó y observó a Bill específicamente. — Bill — hizo un breve silencio ante su hijo expectante. —, a ti quiero decirte que eres mi gran orgullo — Ni un músculo se movió en su rostro. Solamente miraba a nuestro padre en un completo silencio. —; ambos los son, pero tú lo fuiste primero aunque seas menor. — rió y yo también lo hice. — Amé a tu madre como a nadie en este mundo. Ella me llenó de luz, me hizo entender las cosas, me hizo madurar y comprender la importancia del trabajo, de la familia y de la verdad ante todo. — Bajó la mirada unos segundos y volvió a mirarlo. Era difícil mantenerle la mirada a cualquiera de éste par, pero entre ellos se observaban tan fijo y tan directo que hacía la conexión de miradas totalmente tensa. — La amé con locura y, cuando me enteré que estaba embarazada, sentí que le estaría eternamente agradecido por semejante sorpresa.

— ¿Y entonces por qué…?

— Bill — lo interrumpió en pleno inicio de reproche. —, déjame hablar a mí por favor. — Los ojos de Jörg brillaban de sobre manera, anunciando la temprana aparición de lágrimas. — Desde un primer momento supe que sería un varoncito porque algo en mí me decía que sería así. — Esos recuerdos le daban una sonrisa melancólica a su rostro. — La relación entre tu madre y yo se afianzó, casándonos aun cuando nuestros padres se odiaban, y tú sabes eso. Los padres de ella la alejaron de la familia cuando se enteraron de la unión. Se podría decir que llegamos a desafiarlos a todos. — Bill apretaba los dientes, tragándose miles de cosas, palabras, insultos. Pero oía, tal vez con el mismo brillo en los ojos de su padre, conteniendo lágrimas. — Cuando naciste fue… ¿cómo explicarlo? Es un amor tan diferente a cualquiera que haya experimentado. No se asemejaba a ninguno; por primera vez sentí que podría hasta matar por ese pequeño ser. — Respiró hondo y continuó. — No fue hasta el momento en que te tuve en brazos que me di cuenta que me había convertido en un hombre. Juré que serías mi vivo reflejo y ya ves, ¡misión cumplida! — rió. — Sé que te molesta oírlo, pero así es. Verte a ti ahora, es verme a mí a tu edad. Lleno de ambiciones, de proyectos, de vida y de errores. Prometí que serías un gran abogado, un hombre por la cual miles de personas sintieran admiración y se llegaran a rebajar al suelo por una foto contigo. Un hombre hecho y derecho — Una lágrima cayó por su mejilla, lo que me conmovió demasiado. —… eres la luz de mis ojos, Bill. — Disimuladamente, observé a mi hermanastro, ya con las mejillas mojadas pero con igual seriedad que siempre. — Quizás no lo recuerdes, pero yo vivía al pendiente de ti y de tu bienestar. Te cambiaba, claro que sí. — rió al recordar. Seguramente era un completo desastre en el tema. — Jugaba contigo, te daba la mamadera, todo. Y Simone también, desde luego, pero yo era algo egoísta cuando se trataba de esas cosas. Se me caía la baba por ese gordito que solías ser. — sonrió y secó sus lágrimas, pero inmediatamente otras cayeron y la imagen fue igual. — Y cuando yo no estaba presente en momentos importantes de tu vida, no era porque estaba de parranda — Su voz se quebró y Bill ya no podía mantenerle la mirada. Finalmente ganó Jórg. —, estaba desviviéndome porque no les falte nada, porque tus estudios fueran los mejores, que no te faltara el último juguete de la colección de moda, darte todos los lujos que te merecías. Y ahora sé que ciertamente fallé, pero yo me paraba en la entrada de mi despacho y miraba hacia el escritorio, imaginándote a ti sentado ahí, dando órdenes y administrándolo todo. — Volvió a sonreír y Bill lo miró nuevamente. — Hoy sé que cumplí mi cometido en ese sentido, porque hoy estás capacitado para sentarte allí y dirigirlo todo, si es necesario. Pero, ¿sabes?, yo fui hijo alguna vez y hoy entiendo que repetimos los errores de nuestros padres. Yo también crecí sin mi figura paterna, y si la tenía me decía que debía esforzarme y ser mejor de lo que él era. Pero aquí estoy— extendió sus brazos. —, quizás no sea el padre con el que todo el mundo sueña, pero soy tu padre y me sacrifiqué toda la vida porque no te falte nada. Aunque te faltó lo más importante que fue mi atención. Porque no creas, óyeme bien— Levantó su dedo índice, seriamente. —, no creas que lo que te faltó fue mi amor, sino la atención.

— Lo sé. — susurró apenas.

— Y cuando ocurrió lo de tu adicción— pensó las palabras. Era un tema complejo, delicado, y debía tratarlo con esto mismo: delicadeza. —… yo me sentí muy mal. En cierto modo, me sentía culpable porque estés así. Y creo que cualquiera que te ame como yo te amo, me entendería. Estuve durante mucho tiempo encerrado en un lugar sin salida, sin saber qué hacer. Y finalmente elegí la mejor decisión.

— Encerrarme.

— ¡Sí! — exclamó con rapidez.— ¡Encerrarte, como tú dices, durante más de un año en una clínica fue la mejor decisión! — Bill bajó la mirada y sollozó en silencio. Sin poder resistirme a verlo así, apoyé mi mano en su rodilla, haciéndole saber que estaba en una realidad bastante diferente a aquella de la que hablaba. — Porque si conseguiste salir siendo la persona que eres hoy, entonces fue la mejor elección que he tomado en mi vida. ¿Alguna vez te has puesto a pensar qué sería de ti hoy, sin ese año allí dentro? Quizás siquiera estarías vivo y entonces yo me hubiera muerto contigo. — Bill volvió a mirarlo. — Estoy orgulloso de ti, hijo. Eres la luz de mis ojos, una de mis dos grandes creaciones. Y ahí es donde entra Tom. — Me observó ahora a mí, sonriéndome con amplitud. Yo le devolví el gesto y me prometí no llorar. ¡No llores, maldita sea! — A ti tengo que pedirte perdón de rodillas.

— Papá…

— No, en serio. Eres admirable, Tom. Aunque los he hecho pasar quince años en la miseria a ti y a tu madre, hoy me miras a los ojos y me llamas papá. — asentí. — No te pareces en nada a mí, y eso es suficiente para sentirme satisfecho. Tienes todo de tu madre, a quien tengo la suerte y el placer de conocer. Es una excelente persona, una madre con todas las letras, se ha desvivido por ti, por mantenerte bajo un techo y con el plato de comida siempre enfrente, y no puedo estar más feliz con los resultados. El verte por primera vez a los quince años, hecho un chico de bien, fuerte, sin ni una grieta… ése fue mi conforte. E imagínate cuando aceptaste venir a vivir conmigo luego de dos años; sin rencores en tu pecho, ni odio, ni reproches. Jamás me has echado en cara en nada… eso habla maravillas de ti. — Otra lágrima que caía de sus ojos, hizo alertar a las mías. Dije que no lloraría, mierda. — Una gran parte de esto es gracias a tu madre, que no te recalcó jamás lo mal que obré durante todos esos años con ustedes, y me halagaba por el contrario.

— Decía que eras un gran hombre, alguien bueno.

— Exageró un poco. — reímos. — Déjame decirte que sé que me perdí los mejores (o peores) años de tu vida, y pido perdón por ello. A ambos. — Nos miró alternadamente, con una sonrisa algo dejada. — Tom, cuando yo conocí a tu madre era un tiro al aire. Estaba en mi mejor momento en cuanto a lo laboral y económico, y eso me hacía pensar a la ligera las cosas. Le fui infiel al gran amor de mi vida. — Me sentí incómodo cuando oí eso, seguro Bill sintió mucha ira. — Fui un inmaduro y un cobarde al dejarla sola a tu madre con toda la responsabilidad que un hijo necesita.

— ¿Por qué ahora? — preguntó con voz lamentable, Bill. La tristeza y la pena se oían salir de su garganta. — Es un poco tarde.

— Lo sé, hijo. Lo sé. Y justamente porque es tarde es que lo hago. Siento que de este modo logro darles un buen ejemplo, no sé… Uno debe reconocer sus errores, dar marcha atrás y ver en dónde se equivocó porque es así como se conserva el amor de la gente, les demuestras que te importan y que quieres recomponer las cosas. Y mi más grande deseo en esta vida, es que mis dos hijos estén juntos, que se quieran y que puedan ser el sostén del otro. — Observé a Bill de reojo tímidamente. Él hacía lo mismo, pero desvió la mirada al verme. — Sean personas de bien, chicos. Sepan admitir que se equivocaron cuando suceda, hagan frente a los problemas y errores que se les pone en el camino, porque no es valiente el que se queda, sino el que se va y sabe volver. — Inhaló y exhaló aire durante unos momentos, para luego volver a hablar. — Se vienen tiempos complicados. Sé que los dos han enfrentado casos, algunos perdidos, otros ganados.

— Yo no perdí nunca un juicio. — cortó Bill.

— Bueno… jaja. ¿Escuchaste, Tom? Él no ha perdido casos. — se burló papá conmigo y ambos reímos de la molestia de Bill. — Volviendo al tema, ambos han estado en casos diferentes. Bill acaba de demostrar la inocencia de una persona que, en verdad, estaba complicado. Quizás no fue de la forma más lícita posible, pero ese fue el resultado después de todo. Pero, díganme, ¿alguna vez defendieron a una persona de las características de Albert Cortez? — Negamos al mismo tiempo. — ¡Claro que no! El presidente de una de las más famosas empresas constructoras del mundo entero, un ingeniero multimillonario reconocido en todos lados y totalmente respetable. Y, a causa de esto, ustedes dos están en la boca de todo el mundo. Y no precisamente de manera positiva. Es por eso que deben permanecer fuertes para lo que viene. A un mes del juicio, las cosas empiezan a complicarte. Cortez está complicado, y no por la estafa en sí. A mí me han acusado de estafa y aquí estoy. Me refiero a una niña de nueve años que conmueve el corazón de todas las personas. ¿Comprenden? En todos lados están criticando las decisiones que ustedes dos toman, inventando las cosas más bárbaras que he escuchado.

— No creo que sea tan así. — dije sin convencerme.

— ¿No? Yo lo digo por ese respetado periodista del canal veintidós diciendo que tú eres un trepador que se acostó con Richael Karrent para ingresar al estudio. Sin nombrar que vienes a arrebatarle su futura herencia a Bill.

— ¿Cuándo dijeron eso? — cuestioné molesto.

— Esta tarde.

— ¡Eso es mentira!

— Es que esta gente se cuelga del más mínimo detalle, Tom.

— Yo le dije. — intervino Bill. — Le dije que debía mantener cuidado con esa tipa. — Volteó la mirada, observando mi rostro descolocado por completo. — No me mires de ese modo. Yo te advertí.

— Tú siempre al pendiente de lo que hago.

— No te equivoques, Tom. No me interesa con quién te acuestes, pero dejas mal parado al estudio, a mí, a Jórg, a todos. Y todo esto gracias a tu polla tiesa.

— ¡Chicos! — cortó mi padre dando un leve golpe al escritorio. — A lo que me refiero es que afecta mucho. Uno quiere pensar que no, pero es muy difícil que todo el Internet, la televisión, la radio, el diario, todos hablen sandeces de uno.

— A mí no me afecta. — Volvió a hablar Bill. ¡Siempre tiene que soltar semejantes pelotudeces por esa boca!

— ¿No?

— No.

— Entonces no te molestará que salga a contarles a todos que tuviste tus años de drogadicto.

— Bueno…

— ¿Ves? Tampoco te molestaría que todos sepan que durante el primer año de relación con Andreas, le fuiste infiel infinidad de veces. — Silencio. — Todos tenemos algún secreto que guardar. Y a todos nos importa, de gran medida o no, lo que digan de nosotros. El que dice que no, normalmente miente. — suspiró. — Miren chicos, yo no haré de esto un aburrido monólogo. Ambos están acostumbrados al acoso periodístico; quizás Bill más que Tom. Pero quiero advertirles que cuiden de las personas que los rodean. Este mundo de vicios, de fama, dinero, prensa, obligaciones, suele cambiar a las personas. A mí me ha cambiado, me ha sobrepasado una vez. Es por eso que quiero que protejan sus lazos. Bill— éste lo miró con atención. —, no descuides tu gran amistad con Georg, que ya no lo veo venir como antes y dejaron de salir. Y tu noviazgo con Andreas más aún. El episodio de la otra noche fue… lamentable. — susurró. — Esas cosas ocurren cuando se está tan metido en este mundo. Porque yo estoy seguro que estando más tranquilos los dos, esto no hubiera ocurrido— Bill no movió un músculo facial, ni habló. —… porque fue sólo esa vez, ¿verdad? — Luego de unos segundos en donde los dos esperábamos la afirmativa o la negativa para ir y romperle la cara a ese rubio, él respondió sin mucha voluntad.

— Fue sólo esa vez.

— Perfecto. — Me quedé observando su perfil con preocupación. No estaba convencido de eso. — Están descuidando a las personas que son importantes en sus vidas. Tom— Tuve que alejar la mirada de mi hermano cuando lo escuché a mi padre nombrarme. —, ¿permaneces en contacto con tu madre?

— Sí. La última vez que hablamos estaba algo preocupada por las cosas que se decían en los noticieros y demás programas.

— Exacto. Por eso estuve considerando que quizás sea bueno que vayas para allá por algún fin de semana. Desde luego que tienes mi permiso.

— Gracias papá. — asintió y suspiró.

— Bueno, más que esto no es necesario decir ya. Yo creo que ha quedado en claro lo arrepentido que estoy de ciertas cosas y las enseñanzas que pretendo dejarles. Ahora ya vayan a hacer sus cosas que no quiero aburrirlos más.

— No nos aburres, papá. — dije y él sonrió agradecido. Con Bill nos pusimos de pie al mismo tiempo. Él parecía molesto. — Ven aquí. — extendí mis brazos y nos estrechamos en un fuerte abrazo. Mi padre estaba abriendo su corazón, nada más que eso. Creo que sería digno de alguien vanidoso no apoyarlo y saberlo comprender.

— Gracias, hijo. — Palmeó mi espalda con fuerza y me sonrió cuando nos separamos. Bill, por su parte, estaba siendo llamado al mismo gesto por parte de papá, pero yo ya sabía que antes muerto que un abrazo suyo.

— ¿Tú fuiste sincero? — preguntó con un tono de voz helado, parado ante él y mirándolo como se mira a un desconocido.

— Lo fui, hijo. Totalmente.

— Entonces yo seré sincero contigo. — Tras decir esto, estiró su mano y se quedó ahí, esperando que el otro hiciera lo mismo. Yo sentí una gran pena. ¿Cómo es que pueden tener una relación tan mala siendo tan parecidos?

Finalmente, Jörg estrechó su mano con un deje de tristeza en su mirada.

— Bueno, yo iré a comprar algunas cosas que necesito.

— Vale.

— Y yo trataré de dormir un poco. — dijo soltando a nuestro padre y rodeando el escritorio, rumbo a la salida.

— Amm… Tom. — llamó mi padre.

— ¿Mhm?

— ¿Puedes quedarte tú? No serán más de cinco minutos. — Fruncí el seño observando a Bill, como si él fuera a saber.

— Claro.

— Los veo luego. — Permanecimos en silencio absoluto hasta que Bill salió del cuarto, azotando la puerta. Luego, el rostro de mi padre cambió rotundamente. Fue uno serio, de preocupación.

— Siéntate, por favor. — Hice caso, sentándome donde antes igual o más preocupado que él.

— Te escucho. — Sobó sus manos sudadas con inquietud, sin saber cómo decirme aquello que lo tenía tan intranquilo. Estas sensaciones de mierda son las que se contagian. La alegría, la tristeza, los nervios. Menos mal que el amor es un sentimiento y no algo patógeno.

— Lo que te voy a decir es algo que me viene rondando en la cabeza desde hace días.

— ¿De qué trata? ¿Es tu salud?

— No, para nada. Eso no me preocuparía. — Tragó saliva y continuó. — Es Bill.

— ¿Qué tiene él?

— Está… está muy callado, lo noto tenso, aislado, de mal humor.

— Bueno papá, así es él. Digo, es un amargado matriculado.

— No, Tom. Bill no es así. Antes bromeaba al menos con Susan, pero ahora se la pasa metido en sus cosas. A ver, respóndeme esta pregunta— Tomó un momento para pensar mientras que yo intentaba de entender lo que él pretendía que entendiera. Bill siempre ha sido así… o, bueno. No siempre. —: ¿en qué anduvo metido estos días? Si mal no recuerdo, el día que ustedes se retiraron antes del estudio, tú volviste unas horas más temprano que él. ¿Dónde estaba?

— Pues… no sé, yo no pregunto. Y si lo hago, él obviamente no me cuenta.

— ¿Y qué hay de anoche? ¿Dónde estaba? Volvió entrada la medianoche, cuando en realidad salimos del estudio a las cinco. — Torcí mis labios.

— Yo no quiero contradecirte, pero me parece que estás exagerando las cosas. Tiene veintidós años, es un tío con dinero. Quizás salió a divertirse, tiene su vida.

— Yo sé eso, hijo. Pero lo conozco. Lo conozco demasiado y… Thomas— Me observó a los ojos con desesperación, pidiendo a gritos ayuda. Sumándole que contadas veces me llama por mi nombre completo. Casi nadie me llama así, sólo Bill. —, yo conozco estas actitudes. Él las tuvo antes.

— Antes, ¿cuándo?

— Cuando consumía.

— No, no, papá. Él ya no hace eso.

— Yo he estado con él en ese tiempo, sé cómo es su actitud. Totalmente sobrepasado, alejado, callado, irritable. Bill era así.

— Pero yo conozco gente que se droga, tengo amigos que lo hacen y créeme que Bill no presenta los síntomas. Sus ojos, sus manos, sus reflejos; eso es lo primero que te delata.

— Si no lo está haciendo, a eso va.

— Sigo creyendo que exageras.

— Ojalá fuera así, hijo. Nada querría más que estar en un error. Pero aun así tienes que ayudarme.

— Mejor prevenir que curar. — asintió sonriendo débil. Seguidamente, buscó algo entre sus carpetas. Lo buscaba con certidumbre, teniendo bien en claro qué era lo que quería hallar. — Pero tú cálmate también, eh. No olvides que no tienes treinta años. — Chasqueó la lengua sin importarle mucho su bienestar. Eso me inquietaba.

— Aquí está.

— ¿Qué cosa?

— Te mostraré una imagen que quiero que conserves. — asentí con velocidad. — Conseguí la fotografía gracias a alguien que se dedica a estas cosas. Él siguió a Bill durante un tiempo y pudo juntarme algo de información. — Se trata de quien le vendía las drogas a Bill. — Me extendió una fotografía de tamaño clásico, en donde se podía apreciar a un hombre robusto, aunque algo bajo para la edad que aparentaba. Era más grande que yo, eso estaba claro. Cabello corto y rubio y ropa en donde predominaba el color negro y el cuero. — Sólo sé que se llama Gustav Schäfer y— tomó aire, soltando un gemido de dolor. Pero no dolor físico, sino sentimental. —… no sé nada más. Pero si tú llegas a verlo por el estudio, o por alrededor de Bill, por favor dímelo.

— Yo… jamás le he visto, lo siento. — asintió desanimado. — O tal vez jamás presté atención.

— Está bien. Yo sólo quiero que conserves la foto y te mantengas al tanto. — asentí sin ver el peligro o el riesgo. No sé… creo que él estaba algo paranoico. — Tom— Su mano sujetó la mía con fuerza. —, por favor.

— Claro, papá. Descuida. — asintió soltándome y bajó la mirada. — Con permiso. — Me puse de pie con la foto en mis manos, doblándola para ocultar su existencia de los ojos de mi hermano. Sentí un escalofrío recorrerme todo el cuerpo de sólo imaginarme a Bill bajo los efectos de alguna de esas porquerías. De verdad conocía gente que hacía eso y no la pasaba nada bien viendo cómo intentaban reanimarlo o al menos mantenerlo despierto para que no muriera en sueños. Era terrible y no podría ver a mi propio hermanastro en esa situación… no sé por qué, pero sería lo último que quisiera para él.

Abrí la puerta y salí. Rezongué molesto conmigo mismo por dejarme envolver en las locas ideas de mi padre. Yo sé de esas cosas y Bill está muy lejos de caer en ellas. Aunque también es verdad que no se sale nunca por completo de una adicción o de un trastorno psicológico, pero él…

— Curioso, eh. — dije interrumpiendo a mi propia voz mental. Basta de pensar en esas cosas.

— ¿Qué cosa?

— Lo de papá. ¿Qué le habrá pegado? — pregunté divertido. Él llevaba un vaso con jugo de naranja en sus manos y, al parecer, iría a su recámara.

— No sé ni me interesa.

— Vamos, Bill.

— No me interesa, Tom, ¿por qué mentirte?

— Ya. — Bebió unos tragos y, antes de que continuara con su caminata, volví a hablar. — ¿Puedo preguntarte algo?

— Lo acabas de hacer.

— ¿Qué era ese libro que mirabas con tanto embeleso antes que papá nos llamara?

— La Divina Comedia. Es un libro antiguo, del siglo quince. A mi madre le encantaba. — Sonreí de lado. Algo cambiaba en él al hablar de su madre. Creo que cuando la tiene en los pensamientos se le modifica la voz, la mirada. Supongo que ella compone parte de su lado bueno.

— La extrañas mucho, ¿verdad?

— Dejé de extrañarla hace años. — dijo y parpadeó varias veces, bajando la mirada a su jugo unos momentos. — La necesito, mejor dicho. La necesito demasiado.

— Te entiendo. — dije. — Yo he echado mucho de menos a mi madre últimamente.

— No es lo mismo, Tom. Tú tomas un vuelo y la ves, ¿yo cómo hago? — Inmediatamente volteó su rostro y continuó caminando rumbo a su cuarto, sin dejar que le diera aliento o que lo mirara siquiera.

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By Bill

Recargué mi peso en la repisa en donde reposaban algunas fotografías mías con Andreas, Georg, mi padre y mi madre. Sentí cómo mi cabeza sufría otra punzada en la zona frontal. No sé cuánto más aguantaría una jaqueca de éstas.

— Carajo. — De nada servía mi mano sobando la parte con cuidado y brusquedad desesperada. Y la falta de sueño no era algo que facilitara la situación; añadiéndole a este detalle que prefiero evitar las pastillas.

Por azar puro, observé la piedra que Andreas me había obsequiado hace algunos años. Lucía apagada, de un color grisáceo. Siquiera un bien inmueble me ayudaba a sobrepasar el malestar. Me traía recuerdos, de hecho, pareciera que la mitad de la Vía Láctea se pusiera de acuerdo para hacerme volver hacia atrás reiteradas veces en un día solamente. Gustav, Axel, Thomas, Georg, Andreas, mi padre, ¡todos! Y sé que por mucho que así lo quiera, no olvidaré. Pero pido hacerlo más llevadero, no tan pesado…

— Buenos días, Bill. — La puerta de la habitación se abrió por primera vez en ese día. Se trataba del médico que tenía a cargo, como todo anciano en geriátrico. — ¿Cómo te sientes hoy? — Caminó hacia la ventana de quince por veinte de enfrente. El delantal blanco que le llegaba hasta las rodillas pasaba desapercibido en la blanca pared, así como las cortinas. Pasó de ser un geriátrico para convertirse en un manicomio. — El día está hermoso, debes verlo. — Alzando sus brazos, desplazó las cortinas que tapaban la imagen de lo que era la contemporánea ciudad de Nimes, en Francia. Aunque de nada ayudaba el increíble paisaje, si yo estaba encerrado ahí.

Bajé la mirada a mis pies descalzos, flotando en el aire debido a lo alto de la cama. El sol me provocaba cierto ardor en ellos. Mis ropas eran tan extrañas: un pantalón de gimnasia color gris y una camiseta lisa blanca. No estaba acostumbrado a esto y creo que jamás lo haría.

— ¿Sabes?, le has caído muy bien a los muchachos— Noté que se volteó para observarme. Lo sé por sus zapatos en dirección a mí. —, no recibí queja alguna. Y es extraño porque siempre tienen algo en contra del ‘nuevo’. — rió y yo sólo continué con mi silencio rutinario. — ¿Hoy tampoco hablarás? Llevas una semana aquí y no he oído nada más desde aquel ataque de nervios.

— Quiero irme a casa. — susurré con voz ronca, pero supe que me había oído. Levanté lentamente mi cabeza, ya sintiendo más liviana la molesta sensación.

— Eso no será posible.

— No tengo que estar aquí. No entiendo por qué me encerraron en este lugar. — Torció sus labios con inquietud. Sus ojos eran celestes, su cabello castaño claro que se volvía algo rojizo con la luminancia del sol dándole desde el ángulo indicado. Tenía unos treinta y dos años.

— Estás aquí porque tienes una adicción, Bill.

— No. Ya dije que no soy adicto y puedo dejarlo si quiero.

— Tal vez el problema sea que no quieres hacerlo. Es mejor continuar con el tratamiento.

— Pero— No quería alterarme de nuevo. —… seguro es poco tiempo, ¿cierto? — No respondió y temí lo peor. ¿Cuánto tiempo planeaban tenerme encerrado entre estas cuatro paredes? ¿¡Cuánto!?

— Un año si pones buena voluntad, o sino serán dos.

— ¿¡Qué!? — cuestioné apoyando mis manos a ambos lados de mis piernas, sobre el incómodo colchón. — No, no… esto está mal.

— No desesperes. — dijo avanzando unos pasos. — Hay personas que están aquí desde hace diez años, con un historial clínico mucho más complejo.

— ¡No me interesan esas personas! Me interesa mi tiempo. — negué bajando la cabeza nuevamente, pero ahora alborotando mi descuidado cabello con fastidio. — ¿Dónde está mi papá? Él debe saber lo que están haciendo conmigo. — Lo miré con furia. — ¿¡Dónde está!?

— No sé en dónde está tu padre. Estamos a kilómetros de él.

— ¡Lo sé, maldita sea! ¡Deben informarle! ¡Me tienen encerrado! — Golpeé la cama con furia y me puse de pie instantáneamente. — Sé que soy mayor, pero continúa siendo mi padre y estoy aquí en contra de mi voluntad, ¡exijo verlo!

— ¡Bill! — Me detuvo en mi monólogo, sujetando mis hombros con firmeza y agitándome un poco. Este brusco vuelco a la realidad me hizo observarlo directo a los ojos. — Él fue quien firmó los documentos para autorizar tu estadía en esta clínica. Él nos pidió que seamos quienes traten tu recuperación.

— ¿Qué? — Me soltó de manera lenta, suspirando luego.

— Así es.

— No… Tú estás bromeando conmigo, ¿o no, Marcos?

— Es Marcel. — corrigió.

— ¡Me vale! Sólo dime… dime que estás equivocado. ¡Caray, estás mintiendo con algo tan delicado!

— No miento. Y no hay nada de malo en que tu padre te haya internado en una de las mejores clínicas de Europa. — Negué descendiendo la mirada al suelo. Entonces sentí mis ojos humedecerse y mi boca secarse.

— No… no puede ser.

— Te dejaré solo. — dijo al fin y caminó hacia la puerta. — En media hora podrás bajar al jardín. Hazlo, por favor.

Abrí mis ojos luego de sentir esa misma sensación de humedad que en el recuerdo. ¿Por qué ahora? ¿Por qué arrepentirse de algo que tuvo lugar hace dos años ya? ¿Por qué demostrarme que él también borraría ese año de mierda de nuestras vidas? Es un poco tarde para eso.

— Es demasiado tarde.

— ¿Qué es eso?

— Chocolate.

— No puedes comerlo. — Alcé una ceja.

— ¿Disculpa?

— No puedes comer chocolates con tu tratamiento. Acabo de inyectarte tu medicina diaria. — La tranquilidad que emanaba su caudal de voz, muy por el contrario de relajarme, me enfurecía más y más.

— Llevo dos malditos meses aquí metido y no he probado uno de estos en todo ese tiempo, ¿no crees que lo merezco? — interrogué indignado. Marcel se encogió de hombros y coló sus manos en los bolsillos del delantal. Yo, recostado en la cama, con mi espalda en la cabecera de ésta, abrí el envoltorio de la golosina. Me dejé invadir por su aroma y las ganas de probarlo nuevamente. Andreas me lo trajo oculto entre sus ropas, así que iba a comerlo.

— Adelante. — Le di una considerable mordida al dulce y mastiqué con gusto. ¡Qué delicia, maldita sea! Las cosas que me estaba perdiendo por estar encerrado en esta prisión con tanto enfermo dando vuelta.

— Cielos. — murmuré con la boca llena, sin apartar la mirada del chocolate entre mis dedos. — Esto es vida.

— Me imagino.

— ¿Qué te traes tu, ah? — Así lo trataba. Era el único doctor con el que tenía contacto. De hecho, la única persona en este lugar que hablaba conmigo.

— Nada.

— ¿Y esa sonr…?— Me detuve cuando sentí una extraña sensación en mi estómago.

— ¿Qué pasa, Bill? — Él sabía lo que pasaba, por eso estaba sonriendo como si se hubiera mandado la hazaña del siglo.

Dejé caer el chocolate sobre la blanca sábana y tapé mi boca con apuro.

— ¡Mierda! — exclamé finalmente, saltando del colchón y corriendo al baño personal a unos pocos metros de proximidad. Abrí la puerta de un golpe y me tumbé frente al retrete. Con la tapa ya alzada, dejé que mi cuerpo desechara el bocado del chocolate y demás cosas que había ingerido en las últimas horas. Convulsionándome por las arcadas, sentía que iba a quedarme más flaco de lo que son mis propios huesos. ¡No tenía nada más sólido en el estómago y estaba vomitando! — ¡Aaagh…!— Y otra vez. No oí sus pasos aproximarse, pero sí sentí sus manos levantando mi cabello para que no me estorbara en mi tarea. Palmeó mi hombro derecho mientras soltaba quejidos de dolor. Mi cuerpo me estaba forzando a vaciar algo que ya estaba vacío.

— Tranquilo. Todo estará bien.

— ¡La puta madre! — vociferé sintiéndome enfermo, sucio, en decadencia total. — ¡Parezco un maldito enfermo!

— Estás enfermo en cierto modo.

— Ya ni comer un chocolate puedo. — Golpeé el inodoro a mi lado y negué con furia. Estaba molesto conmigo mismo.

— Pronto podrás.

Nadie tenía ni idea de lo que yo pasé en esa clínica. Las limitaciones que tenía y jamás imaginé tener, las horas de propia diversión que perdí, los amigos que de mí se alejaron para siempre. Quizás todo se pudo haber evitado. Tal vez hubiera sido más sencillo si tenía a las personas que amaba a mi lado. Pero nada de eso pasó, siquiera en mi cumpleaños.

— ¡Sorpresa! — gritaron tres locos irrumpiendo en mi cuarto. Marcel me sonrió y se quedó parado en en la puerta, mientras que Andreas y Georg ingresaban, éste último con un paquete en sus manos.

— ¡Feliz cumpleaños, Bill! — sonreí recibiendo un fuerte abrazo del rubio. Ambos estaban muy guapos, arreglados. Yo, en cambio, recibía mis veinte años como se recibe cualquier otro día. No había cambios.

— ¡Feliz cumpleaños, amigo! — Georg había dejado en la mesilla de junto el paquete y ahora me estrechaba entre sus brazos. Sentí un ligero conforte.

— Gracias, chicos.

— ¿Cómo te estás sintiendo?

— Digamos que bien. No puedo quejarme. — formulé intentando disimular el desgano a la pregunta de Andreas.

— Pero mira el lado positivo— continuó hablando, sentándose en frente mío, a la altura de mis rodillas. —: es el primer y último cumpleaños que pasarás aquí.

— Bonita forma de verlo.

— Andreas tiene razón. — dijo Georg sacándole el envoltorio a su misterioso regalo. — ¡Mira! Te hemos traído algo.

— Chicos, no hacía falta. — Acabó de abrirlo y dejó ver un pastel casero. Un bizcochuelo de limón con relleno de membrillo. — Membrillo…

— Sabemos que no te gusta, pero también sabemos que ayuda a calmar las ansias. — Era cierto. Odio esa cosa, pero Marcel lo adoptó como una pieza fundamental en el tratamiento. Y daba resultados. Cada vez que sentía deseos de consumir, le daba grandes mordiscos a una planchuela de eso, consiguiendo calma.

— Gracias por pensar en mi bien.

— Pero— murmuró Georg. —… ahí no están todas las sorpresas.

— Es verdad.

— ¿Hay más? — No estaba muy animado.

— Esto. — Andreas me extendió un sobre que llevaba en su mano desde un comienzo, pero que nunca creí importante. Lo tomé dubitativo, ya que era totalmente liso por donde se mire. — ¡Anda! Ábrelo. — animó y obedecí. Lo abrí con curiosidad y apuro, encontrándome con una hoja de color naranja, mi color favorito. Desdoblé la carta y leí las primeras líneas bajo las miradas expectantes y ansiosas de esos tres, pero yo deformé mi rostro en uno de tristeza, incapaz de continuar con la lectura.

— ¿Y bien…?

— ¿Qué es esto? — interrogué con indignación, con impotencia. Sólo bastó leer: ‘Hijo, lamento no estar presente en este día de tanta importancia para ti’ para darme cuenta de la mierda que tenía en mis manos. — ¿Qué se supone que es esto?

— Bueno… pensamos que te gustaría leer algo de tu padre. — musitó Georg anonadado.

— ¡¿Después de cinco meses?! — grité para sorpresa de todos. — ¿¡Y se supone que esto es mi padre el día de mi cumpleaños!? — Sacudí la carta frente a mis ojos, para luego botarla al suelo con ira.

— Bill, cálmate. — me dijo Andreas. Marcel permanecía en silencio a un costado y alejado de esta escena.

— ¡Llevo meses aquí sin verlo, sin saber de él! Al menos esperaba verlo hoy y preguntarle todas mis dudas. — Bajé la mirada cuando una lágrima se deslizó por mi mejilla. Pero no podría ocultar esto por mucho tiempo más. Las ganas de llorar se agolpaban como una roca en mi garganta. Siquiera respirar me permitía. — Ya no sé qué pensar. No logro entender el porqué. — Levanté la mirada, sollozando desesperadamente. Mis ojos se clavaron en la puerta del cuarto. No quería mirar a nadie en particular.

— ¿De qué hablas, Bill? — Georg se oía angustiado.

— ¡De que estoy solo! — grité volviendo mis manos puños. — ¡Sé que he cometido un gran error, lo sé! Pero estoy pagando por ello aquí. — Sorbí mi nariz negando con fuerza. — Sigo mi tratamiento… Yo… ¡Caray, estoy pagando por mi error!

— Bill…— intentó hablar Georg. Andreas me observaba sentado desde su lugar, casi enfrente de mí. Serio, de semblante furioso.

— Y era una buena persona. Siempre hacía reír a los demás y— Apreté mis párpados. —… y siempre estudié, quise hacer las cosas bien.

— Tú no tienes la culpa.

— ¡Evidentemente sí, Georg! ¡Porque mi familia entera me ha abandonado! — Noté que Marcel secaba una lágrima que caía por su rostro con disimulo. — ¡Mi madre murió, mi hermano se fue a la mierda y mi padre siquiera me recuerda en mi cumpleaños! ¡No le importo a nadie y todo ¿por qué?! ¡Porque soy un maldito drogón! — Andreas me tomó por el codo derecho, zamarreándome y haciendo que lo mirara.

— ¡Cállate, Bill! Deja de tratarte de este modo. — Sus ojos estaban cristalinos. Le dolía verme en este estado.

— Es la verdad. De todas las personas que estaban a mi lado, me han quedado sólo ustedes tres.

— ¡Pues ellos se lo pierden! — volvió a gritar. — Bill, te diré algo que espero recuerdes toda tu vida porque no lo repetiré. Mírame. — Lo observé aún convulsionándome en sollozos. — Jamás vuelvas a derramar una lágrima por alguien que no lo merece. Porque quien merezca tus lágrimas, no te hará llorar. — asentí apretando los labios para evitar continuar con mi desgarrador llanto. — Siempre que te tengas a ti mismo, no debe importarte qué piensen o hagan los demás. Todo lo que necesitas para triunfar y ser grande, es tu fuerza de voluntad. Los demás son pasajeros, tú eres permanente. — asentí quedándome embobado en sus ojos, en sus palabras.

— ¡Andreas! — regañó Georg molesto.

— ¿Qué?

— Ese es un pésimo consejo.

— Pues es el único que lo ayudará a sobrepasar las miserias de su vida.

— ¿Él solo? ¡¿Te oyes?! — negué bajando la cabeza.

— ¡Sí! Él solo. Porque ya ves que ni su padre está aquí.

— Pero estamos nosotros.

— Y se los agradezco. — intervine. — Pero no… no es esto lo que quiero.

— ¿Y qué quieres? — preguntó Marcel por primera vez. Lo miré unos segundos, meditando esa pregunta. ¿Qué quería?

— Que deje de importarme. — respondí.

Sequé mis mejillas ya empapadas de lágrimas. Rezongué y me alejé de la repisa. Caminé hasta me cama con enojo, con ahogo y asfixia. A un poco más de dos años de ese día, no ha dejado de importarme. ¿Cómo puede no importarme que mi propio padre se olvidara de mí un día semejante? ¿Cómo no importarme que mi propia sangre, mi familia, se evaporara de mi lado cuando estaba en esas circunstancias? ¡Es imposible que no me importe! No interesa cuánto rencor le guardara a mi padre en ese momento por encerrarme en ese sitio sin siquiera consultármelo, seguía siendo mi padre. De hecho, lo llamaba papá y continuaba con la esperanza de sentarme a charlar con él y aclarar cualquier malentendido. Cada vez que la puerta de esa maldita habitación se abría, confiaba en que era él. Pero nunca apareció. En más de un año tuvo tiempo suficiente para parar con tanto trabajo y obligaciones e ir a verme. Aunque sea por esos minutos recientes a su llegada, lo hubiera abrazado con fuerza y hubiera llorado reiterándole lo mucho que lo amaba. ¡Hubiera sido capaz de olvidarme de su accionar tan erróneo!

— ¡Podría haberlo olvidado, maldita sea! — Le propiné una patada a la pata de la cama con fiereza. — ¡Hubiera olvidado todo!

— ¿Está bueno?

— Sí, algo. — respondí no muy convencido, tragando el sorbo de sopa que acababa de meter a mi boca.

Marcel se había convertido en mi compañía vital en ese sitio. Con sus veintisiete años recién cumplidos (sí, aparentaba más) compartía más cosas con él que con Georg mismo. Es que los días de visitas eran pocos y no me bastan para recordar todo lo ocurrido durante la semana. Es por eso que compartía más con él. Cosas que se daban en el momento en donde él estaba a mi lado.

— Marcel.

— Dime.

— Tú no eres francés.

— No. Nací en Alemania, pero vine aquí a los siete años. — Asentí sorbiendo un poco más.

— ¿Y tienes familia aquí?

— Mi hermano menor.

— Oh. — rió.

— ¿Qué es esa curiosidad?

— No sé. Estoy aburrido. — Encogí mis hombros, mirándolo sonreír. — ¿Y pareja? — rió más.

— Ah, no respondes. — Lo piqué con el dedo índice. Él continuó riendo sin querer mirarme. Le daba vergüenza el tema. — Estás enamorado, estás en pareja.

— No estoy en pareja, lo que no quiere decir que no esté enamorado.

— Buen punto.

— ¿Y tú?, ¿estás enamorado? — devolvió la pregunta y mi sonrisa se borró por completo.

— Ya no. — Se quedó observando mi perfil seriamente, estudiándome como si descubriera mi historia entera con sólo observar mis ojos entrecerrados. Ya era como un libro abierto para él. Cuando no tienes a nadie con quien compartir tu vida diaria, debes entregarte totalmente a la única persona que tienes al lado. Sea de tu confianza o no, no tienes otra opción.

— Anda, sigue comiendo. — Me animó cambiando el tema y me hizo sonreír sinceramente. Él también me sonrió y así nos quedamos un rato largo.

— ¡Hasta podría haber olvidado que me dejaste, Thomas! — Otro golpe, pero ahora a un almohadón tirado en el suelo. — ¡Olvidar que te burlaste de mí! — Caí al suelo de rodillas, ocultado mi rostro en el colchón de la cama. Quería llorar, pero algo me lo impedía. — ¡Los odio! ¡Los odio tanto a los dos! — Le proporcioné unos golpes de puño a la cama. — ¡Púdranse!

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Un comentario en «Apostemos 22»

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