«Apostemos» Temporada I

Capítulo 23.- Jueguito de Palabras

Ingresé a la cocina ignorando a Thomas en la mesada dándome la espalda mientras preparaba algo para desayunar. Ambos ya cambiados. Él con su camisa de seda color hueso desabrochada hasta el pecho y un poco más, junto con unos jeans negros azabaches. Sus trenzas cayendo invertidamente, por sus hombros y espalda. Siempre tan informal. Yo, en cambio, lucía un traje color gris de Dior. Con el saco desprendido y el nudo de la corbata negra lisa por la altura del inicio del estómago.

— Oh, buen día. — saludó cuando se percató de mi presencia.

— Buen día.

— No, espera. — dijo presuroso cuando iba hacia el refrigerador. — Te hice café.

— Ah, pero no me gusta cualquier café.

— Suizo.

— En ese caso, gracias. — Me extendió una de las dos tazas y sonreí de lado sin ganas de hacerlo.

— Siéntate. — Alcé una ceja mientras él mismo lo hacía observándome como un niño que espera que lo complazcas. — Vamos. Tenemos que poder compartir un desayuno. — Sin más opciones me senté a su lado de la mesa considerablemente diferente a la del comedor en cuanto al tamaño. — ¿Cómo has dormido?

— Bien. — respondí de inmediato, sin observarlo y bebiendo del café que me preparó.

— Cool. — Batió el suyo sin perder ese signo de positividad pintado en el rostro. — ¿Hoy vas al hospital? — asentí bajando la taza a la mesa y quedando en silencios hasta que volvió a hablar. — Hoy el día está precioso.

— ¿Qué te traes, Thomas?

— Nada. ¿Qué tiene de malo que quiera entablar una conversación contigo?

— Que no sueles hacer eso.

— Pues hoy tengo deseos de hacerlo. — Rodé los ojos y me resigné callándome.

— Como sea.

— ¿Qué hay de tu vida?

— Es la que ves.

— Me refiero a la personal. ¿Con Andreas todo bien?

— No te mola hablar de él. — asintió levantando ambas manos.

— Me tienes. — rió bajo sin recibir la misma respuesta por mi parte. — Bueno, ¿con Georg?

— Qué se yo. No es como antes pero no hemos discutido.

— Entiendo. — Se generó un corto silencio. Éste quería averiguar algo o decirme algo. No es normal que intente entablar una sana conversación sin sacar alguna tajada de por medio. — ¿Y tienes otros amigos, o no?

— No.

— Pero conocidos siquiera o…

— Thomas. — corté observándolo con frialdad. — Ya basta, ¿vale? Si tienes que preguntarme algo o decirme algo, sólo hazlo. No hagas de esto un libro, por favor.

— ¿Qué hay de malo en…?

— Nada. Sólo que no se me apetece hablar contigo. — Me puse de pie irritadísimo. No me interesaba no terminar el café. Se lo agradecí aun cuando no debía hacerlo. Digo, yo no se lo pedí, ¿por qué dar gracias por algo que no había solicitado?

— ¡Vamos! ¿Por qué eres tan mierda, Bill?

— ¿Disculpa?

— Trato que la convivencia sea apacible y así me respondes.

— Tom, Tom, Tom… qué ingenuo eres. ¿No ves que no me importa llevarme bien contigo? — reí soberbio. — Sólo me sirves para follar. Deja de molestarme.

— Tienes tanto de mierda como de mentiroso. — Se puso de pie también y acomodó su camisa.

— Me voy porque ya es tarde.

— Voy contigo.

— No. Si también vas, no quiere decir que vayas conmigo. — sonrió ya con bronca. — Touché.

.

Subimos las escaleras uno al lado del otro, en completo silencio. Fue como venir juntos, debo aceptarlo. Él en su carro y yo en el mío, pero uno detrás del otro. Descubrimos que nos llevamos mejor cuando no nos hablamos.

— Buenos días, Sr Trümper. Buenos días, Sr. Kaulitz. — saludó Tania algo extraña, como con la mente en otra parte.

— Buenos días, Tania.

— Mensajes en común. — dije yo sin ganas de hacer sociales con la recepcionista.

— Claro… ammm… tenía la hoja por aquí. — Mientras Thomas esperaba con paciencia, yo me enfadaba.

— Vamos, niña. No tengo todo el tiempo para ti y tu hoja, ¿sabes?

— Bill…

— Aquí está, señor.

— Vamos, dilo.

— Llamó el Sr. Albert Cortez diciendo que lo mantengan al tanto cuanto antes y dice tener las copias de los dos contratos que le habían solicitado hace algún tiempo.

— Gracias, Tania.

— De nada. — Le sonrió a mi hermano y se alejó hacia la oficina de Axel. Entró sin llamar, eso me hizo acordar de todo nuevamente.

— Geo, ¿qué onda? — saludé a mi amigo cuando se paró a nuestro lado luego de salir de su despacho.

— Fundido. Ya hasta sueño con este caso.

— Te entiendo.

— Oye, ¿te enteraste de las novedades?

— No. ¿Qué pasó?

— Axel renunció. — ¡No me digas!

— Oh. ¿En verdad?

— Sí. Fue extraño. Discutió con tu padre y todo.

— ¿Axel renunció? — interrogó con sorpresa mi hermano, a mi lado.

— Sí. Jörg le puso una demanda por abandono de sus obligaciones y Richael está que camina por el techo.

— ¿Todo esto pasó en nuestra ausencia?

— Ni te fijes, Billy. Aún queda algo de espectáculo que apreciar. Ve al despacho de la morocha y verás.

— Nah, gracias. Estoy bien por aquí.

— Yo me largo. Si Tania entró a lo de Richael, no saldrá en una hora. — Chasqueó la lengua y se volvió a su oficina con cierta molestia.

— Caray. Quién lo diría.

— Era obvio. No iba a aguantar.

— Pero es que yo no lo veía a Axel con esas intenciones.

— Ya ves, no fue así. Ahora volvamos a lo importante: debemos comunicarnos con Cortez

— Yo me encargo.

—…, estudiar los pro y los contras de ambos contratos

— Yo me encargo.

—…, pedirle al encargado de los análisis de los hongos encontrados en la casa, que nos alcance el resultado final.

— Yo me encargo. — Jörg azotó la puerta de su despacho mientras se acercaba a nosotros maldiciendo por lo bajo. Ambos lo miramos sorprendidos. Suele estar de malas aquí, pero esto excedía los extremos.

— Chicos, necesito que alguno de ustedes redacte una nota por mí. Es urgente.

— Lo siento papá, pero yo…

— Tom se encargará. — interrumpí prácticamente huyendo hacia mi despacho, gozando la desencajada cara de mi hermano calcada en mi mente una y otra vez. Algo bueno en el día.

Ingresé en la intimidad de mi despacho soltando un suspiro y avanzando hacia la silla de mi escritorio. Estaba cansado y sólo tenía unos cinco o seis minutos de ‘descanso’. El domingo, que hasta el día de ayer era el único día en que podía mantener mis ojos cerrados hasta la hora que se me plazca, se había transformado en un sinfín de recuerdos asquerosos que arruinan mi vida a diario.

— Maldita sea mi suerte. — Alguien golpeó la puerta apenas apoyé mi lindo culo en la silla. — ¡Adelante! Quien quiera que sea.

— Permiso. — Andreas asomó su rostro con algo de timidez, sonriendo apenas. Yo torcí los labios y desparramé unos papeles llenos de palabras extrañas dignas de mi profesión. Imaginen que para decir que me tiré un pedo, tengo que escribirlo más o menos así: ‘Por el presente tengo la obligación y derecho de comunicarles que el día de la fecha, he expulsado de manera involuntaria y poco prevista un viento gaseoso con dirección al noroeste de… etc. — Traigo lo que me encargaste. — dijo una vez sentado en frente de mí.

— Genial. — Bien escondido tenía el frasquillo de vidrio que sacó de entre sus ropas. También dejó sobre el mueble una jeringa envuelta en su envoltorio. — Perfecto.

— ¿Sabes cómo se usa? — Coloqué el frasco frente a mi rostro y lo observé a la luz. Era muy espeso.

— Ilústrame.

— Se diluye en agua y el tiempo de efecto varía en cuanto a la cantidad que se use.

— Ajham.

— Si lo aplicas diluido en suero, entonces cambiará su color y textura y te delatará.

— Es decir que debo hacerlo en la vena directamente.

— Exacto. Procura tapar las heridas de inyección y abandonar el hábito con un día de anterioridad para darle tiempo de eliminar la morfina a través de la orina.

— Vale. — Guardé ambos elementos en mi bolso, que permanecía debajo de mi escritorio desde el viernes. — Muchas gracias

— No es nada. — Le restó importancia a menudo favor y se quedó en silencio por unos segundos. — Oye… Quizás suene raro, pero hay algo que me inquieta desde que me enteré.

— ¿Enterarte de qué?

— Que Axel renunció sorpresivamente. — Tragó saliva. — ¿Sabes algo al respecto?

— No sé por qué tendría que saber algo yo; siquiera lo conozco bien como para entender una de sus decisiones.

— Lo sé, pero el viernes, cuando Axel nos escuchó hablar, estabas demasiado tenso.

— Desde luego que sí, pero ese no es motivo para sospechar que tuve algo que ver con la mágica renuncia del sujeto en cuestión.

— Claro… Aunque de todos modos nunca dije que tenías algo que ver, sino que quizás sabías algo que nosotros no sabemos.

— Soy abogado, Andreas, no juegues estos jueguitos de palabras conmigo. Mejor guárdalos para tu juicio.

— No quiero peleas.

— Entonces no las busques.

— Ya. — Tomó aire y lo expulsó. — Escucha, Bill. ¿Tienes unos minutos?

— En realidad no pero no importa, Fred suele esperarme. Dime.

— Sólo quería aclarar las cosas u olvidarlas, mejor dicho.

— Mira, lo del gemido fue una gran equivocación. — mentí, por supuesto ¿o llegaron a pensar que admitiría mi gravísimo error? No. —- Yo estaba en un estado en el que no puedes pretender muchas muestras de coherencia, y creo que tú igual. Puede que haya gemido el nombre de mi hermanastro, lo que sería de enfermos, pero en verdad no sabía lo que decía. Tú me entenderás.

— Supongo que tienes razón. Pero vaya que me he asustado.

— ¿Por qué?

— Creí que iba a perderte. Además fui violento contigo. — asentí y traté de sonreír.

— No hay problema, lo has hecho antes, una vez y no creo que fuera a dejarte ahora.

— No lo decía por eso. Sino que, por un momento, imaginé que te sentías atraído a tu hermano. — Lo quedé observando sin parpadear, pensando en lo loco del momento. Él creía algo exagerado lo que era real. Porque obviamente me sentía ligeramente atraído a él, de lo contrario jamás hubiéramos llevado a cabo semejantes encuentros. — Una locura, ¿cierto?

— Totalmente. — Una considerable sonrisa se pinto en su cara y se puso de pie de inmediato. Avanzo a pasos entusiastas hacia mi lugar, agachándose a un lado de mi silla y girándola sin problema gracias a su guía para permitir esto. Apoyó sus codos en mis rodillas y quedó embobado observándome desde abajo por unos cuantos segundos inagotables.

— Eres hermoso. — Tomó mi rostro entre sus manos y me vi forzado a inclinarme hacia su boca. Sus labios se posaron en los míos, sintiéndolos tibios. Dio unos lentos movimientos, conformándose con sólo rozarlos, con saber que estaban siendo acaparados por los suyos y de nadie más. — Extraño estar conmigo, Bill.

— Te lo recompensaré, lo prometo. — Sonrió negando, liberándome de su agarre y volviendo a su anterior postura.

— Me refiero a la intimidad.

— Oh. — Claro, ¿qué más podía esperar? — Bueno, podemos ir a tu departamento o…

— No estás entendiéndome. — interrumpió. — No quiero que sea así; debe ser especial.

— Ay, Andi ni que fuera una niña virgen.

— Hablo en serio, Bill. — Yo no estaba entendiéndolo. Quería follar, pero no así. ¿Así cómo? — Quiero hacer el amor contigo. — Parpadeé con energía, tragando saliva en seco. Mientras él sonreía con un brillo especial en los ojos, yo no me sentía capaz de procesar la información correctamente.

— Andreas…

— No debes responderme ahora. Quiero que lo pienses, ya que es importante.

— Vale. — Honestamente no veía la diferencia entre tener sexo y hacer tal cosa, pero la presencia de la palabra amor en esa frase me incomodaba y me resultaba extraña.

— Ahora me voy, no quiero robarte más tiempo. — Se irguió hasta la altura de mi boca y dejó un sorpresivo y corto beso antes de pararse completamente. — Cuida eso que te di. — Siquiera entendí eso porque había quedado tan sorprendido con su petición. ¿Amor? Bueno… ya van dos años. Si no llegamos a sentir algo parecido a esa mierda, es que somos dos robots. Pero sonaba fuerte.

Se alejó por donde vino y cerró la puerta a sus espaldas.

.

— Buenas tardes.

— Buenas tardes, doctor. ¿Hay novedades? — ¡Eso espero! Porque no he estado esperando a este tipejo durante casi veinte minutos en una silla que me rompía el culo, para que dijera que no había novedad alguna.

— Las hay y son muy buenas en cuanto a la salud de la paciente.

— ¿De qué se trata?

— Milagros ha movido la mayoría de sus dedos de la mano derecha, creemos, queriendo volverla puño.

— Eso es perfecto. — Yo cerré mis ojos y negué levemente. Tenía que darme prisa.

— Correcto. Además, le estaremos suministrando un analgésico más leve para ver si termina de despertar con el correr de las semanas. Es un camino de paciencia.

— Totalmente. Y dígame, doctor, ¿qué analgésico es?

— Es el…

— Si me lo permiten, yo entraré. — Los interrumpí recibiendo miradas poco amigables en respuesta.

— Adelante.

— Gracias. — dije con cinismo, abriendo la puerta del cuarto y rodando los ojos luego. ¡Qué viejos más imbéciles! Detesto a ese par. Uno es de un bando, otro del otro y sin embargo hablan durante horas como si fueran fascinantes las palabras que dicen. ¡Dan asco! — Hola Milagros. — saludé sonriendo con perversión. Afiancé el agarre a mi bolso de sólo pensar que en su interior descansaba mi boleto a una larga ventaja. — Así que andas haciendo movimientos extraños. — Me paré a un lado de la niña totalmente dormida, absorta de cualquier cambio en el espacio. O tal vez no. — Eso es bueno, por supuesto. — Despejé su rostro de un mechón de cabello que podría obstruir su visión, si es que estuviera despierta.

— Papá. — Abrí mis ojos de sobre manera cuando oí ese siseo excesivamente débil, pero habló. Al fin y al cabo fue su voz la que se oyó. Algo ronca por el tiempo en silencio, pero así fue. Entonces sonreí ampliamente y con el futuro lleno de éxito y satisfacción pintado en los ojos.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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