«Apostemos» Temporada I
Capítulo 24.- Hacer el Amor
— Perfecto. — Observé todo lo largo de su cuerpo acostado en la camilla. Quien la viera no creería que acababa de tener una reacción que demostrara que seguía con vida. — Pero esto debe quedar entre nosotros, nena. — Apoyé mi bolso a un lado de sus piernas, encontrando en su interior con facilidad lo que buscaba. Abrí con manos ligeras, pero calmas, el frasco de morfina y, con los dientes destruí el envoltorio de la jeringa. Le eché un vistazo a la puerta. Se podía divisar las siluetas de ambos hombres afuera, hablando animadamente. Era ahora o no sería nunca.
Le quité la tapa a la jeringa y llevé el objeto a mi boca, metiéndolo con cuidado, ensalivándolo entre mis labios y deslizándola hacia afuera nuevamente. De ésta manera sería más sencillo que penetrara el anillo de goma dura del frasco de morfina. Antes de hacer esto, del bolso saqué una botellita de agua mineral, la cual abrí con velocidad. Inserté la jeringa allí y la cargué con la mitad de la totalidad del objeto. Cerré la botella y la olvidé en el fondo de la cartera. Volví mi concentración en mi tarea.
— Vamos, vamos. — Apurado, llegó el momento de la morfina. Abrí el frasco, colé la inyección dentro y empujé el émbolo hasta conseguir la medida deseada. Cerré el frasco y lo guardé en mi bolsillo. Otra vez observé fugazmente la puerta, encontrándome con la misma postal. Tragué grueso y agité la jeringa ante mis ojos, viendo si la niña presentaba alguna reacción diferente, pero nada. — Hace cuánto que no coloco una de estas. — susurré sonriendo y tomando su brazo con firmeza. Lo aislé unos centímetros de su cuerpo para mi propia comodidad y pellizqué con cuidado de no dejar marcas la zona indicada. En la curvatura de la extremidad asomaba la vena precisa y ahí fue la inyección. Sus ojitos hinchados se abrieron por unos momentos, clavándose en los míos. Era como si me suplicara que no lo hiciera. — Dulces sueños, preciosa. — El émbolo bajó hasta su punto máximo, dejando el sedante en su sistema.
— No…— Dejó escapar un suave suspiro antes de cerrar nuevamente sus párpados, volviendo a una profunda oscuridad.
— Mocosa insolente. — Saqué la aguja de su piel y la envolví en un pañuelo con velocidad. Guardé cualquier prueba de lo ocurrido en la cartera y saqué mi neceser básico de maquillaje que llevo a todas partes para retoques rápidos. La base facial fue mi principal objetivo. Dejando un poco de la crema color piel en mi dedo índice, la unté en la zona de la inyección, de esta manera se camufló la diminuta, pero peligrosa, marca. Seguidamente, tomé mi agenda personal. Liberé la birome encerrada entre los anillos del librillo y anoté los datos; datos que ni el mismísimo hospital tendría en cuenta.
— Bill. — Fred acababa de ingresar a la habitación y me miraba confundido.
— Dime.
— ¿Qué haces?
— Anotaciones.
— ¿Anotaciones de qué?
— De ningún tipo en particular, Fred. — Continué con lo mío. — Pongo la fecha y que no hubo cambios, sólo eso.
— Eso hago yo.
— Pero lo mío no tiene ningún fin. Sólo me ayuda a guiarme.
— ¿Sabes qué pasa?, aquí el doctor soy yo, tú eres el abogado. — Guardé la agenda de nuevo en el bolso y me lo cargué en el hombro. Luego, caminé hacia Fred con una mirada dura en el rostro.
— ¿Y sabes tú qué pasa?, doctores en Alemania hay miles; tú no eres irremplazable en este caso. En cambio yo soy el caso en particular. Conclusión: si te ha molado la repercusión que has ganado con este juicio en estas semanas, quédate calladito y mansito. De lo contrario volverás a tu consultorio a atender a viejos como mi padre. — Negó levemente, bajando la mirada.- Yo jalo los hilos y tú danzas, Fred. Así funciona esto. Ahora me largo porque aquí huele a muerto. — Miré con recelo a la niña. — Fíjate si aún respira. — Sin decir más, me retiré del lugar con el plan ya puesto en marcha.
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— Gracias Susan. — Jörg le agradecía la estupenda cena que acababa de servir. Ella hizo una leve reverencia y yo le sonreí cálidamente. Ella era increíble. — ¿Y cómo les fue hoy, hijos?
— Atareado por mi parte. — habló Thomas enfrente mío. Jörg, como siempre, en la cabecera teniendo el control de todo. Yo del lado derecho ya que al menos mi trepador hermano no me ha sacado la postura derecha a mi padre. — Le hablé a Cortez. El tío anda de vacaciones en Roma, ¿pueden creerlo?
— A Albert siempre se le dio la vida fácil.
— De todos modos ya tomó un vuelo para acá. — Comió un trozo de la Calderaida, un típico platillo portugués a base de pescados de distintos tipos.
— Interesante. ¿Y tú, Bill?
— Normal. — dije jugando con el tenedor sobre mi comida. — ¿El tuyo? Me enteré que Axel renunció.
— No me recuerdes eso.
— Pero… ¿Cuál fue su excusa?
— ¡Pavadas! Dijo que no estaba preparado para semejantes presiones, que extrañaba a su familia en Hamburgo y demás estupideces.
— Eso puede ser cierto, papá.
— Quizás, Thomas. Pero nada justifica el desencanto de alguien como García y una profesional como Richael.
— ¿Y ya hallaron reemplazo?
— En eso estamos. — Jörg notó mi falta de apetito y atención, inquietándose.— Hijo, ¿te sientes bien?
— Sí. Es sólo que tengo una duda.
— Pues aquí estoy yo. Pregúntame. — Dejé el cubierto a un costado del plato y lo miré a los ojos.
— ¿Qué es hacer el amor? — Ambos, al mismo tiempo exactamente, se atragantaron con sus alimentos. Thomas con el zumo de damasco que bebía y Jörg con un trozo de congrio. — ¿Qué ocurre?
— Es que… caray. Es una pregunta extraña. — Limpió sus labios con un trozo de servilleta y sonrió incrédulo. — Es curioso. Creí que a tus veintidós años ya no me preguntarías estas cosas.
— Bueno, teniendo en cuenta que jamás hemos tenido una charla de sexo, creo que debes responderme esta pregunta.
— Totalmente. — Carraspeó dejando en un segundo plano la comida. — Bueno, hijo… hacer el amor es muy… abarcador.
— ¿A qué te refieres? — Sentía la mirada de Thomas clavada en mi perfil. No sé por qué, pero me miraba esperando que hiciera lo mismo.
— A que se ponen muchas cosas en juego cuando se hace el amor con una persona. Principalmente debes amarla.
— ¿Amor?
— Sí. La gente tiene una mala idea acerca de este acto. No es solamente el romanticismo y la lentitud, por así decirlo. Haces el amor cuando mantienes un vínculo estrecho con la otra persona. Dos personas hacen el amor cuando se aman.
— Entonces es amor mutuo.
— Exacto.
— Y dime— carraspeé. —, ¿tú lo has hecho?
— Sí. — respondió sencillamente. — Y puedo decirte que en ese momento sientes que todo a tu alrededor desaparece por completo. Puedes olvidar cualquier penuria externa, sólo te importa estar así con la persona que amas para siempre. No existe otra realidad. — Sonaba tan maravilloso lo que decía. Y sus ojos brillaban al hablar de ello. — Y sólo puedes sentirte así con una persona en el mundo, en toda tu vida.
— ¿Una?
— Sí. Sólo hay un verdadero amor en la vida, Bill.
— Oh. — Tomé el vaso de zumo y le di unos largos tragos, observando al fin a mi hermano muy concentrado en su comida, jugando con lo que era un trozo de pescado.
— ¿Y tú, Tom? ¿Has hecho el amor, hijo? — Thomas alzó la mirada, observándome directamente a mí. No a mi padre, no a nadie más, sólo a mí.
Dejó el cubierto sobre el plato, haciendo un ruido fuerte y con una cara de pocos amigos, respondió.
— No, papá. Yo jamás he estado enamorado. — Sin dejar de mirarme botó la fina servilleta que cubría su regazo sobre la mesa y se puso de pie. — Con permiso. — Dejándonos a todos desconcertados, se marchó molesto hacia su recámara, haciendo fuertes ruidos de pisadas escaleras arriba.
— Bueno… me quedó claro. — bromeó mi padre volviendo su atención a la cena. Yo aún me quedaba con la sorpresa a flor de piel acerca de Thomas. Eso fue un golpe bajo, sin dudas. Él acaba de traer viejos recuerdos del pasado y me confirmaba que es una basura, una porquería auténtica. ¿Jamás ha estado enamorado? ¿Y todas las veces que me declaró que me amaba? ¿Mentía? ¡Por supuesto que sí! ¡Todo había sido mentira! ¡Todo en su totalidad! — ¿Y por qué la pregunta, hijo? ¿Acaso hubo alguna propuesta por parte de Andreas?
— Jörg, ¿en serio? — Lo miré de manera determinante.
— Vale, vale. No hablaremos más del tema. — rió bajo y yo suspiré.
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Tras unos golpes a la puerta, oí a Thomas darme el paso. Entré a la oficina y vi a mi hermano leyendo unos papeles, que (supuse) se trataban de contratos, con una media sonrisa de satisfacción.
— ¿Qué pasa?
— Ven, siéntate. Esto sí te va a agradar. — Alcé una ceja haciendo caso y sentándome en la silla que señaló, enfrente de la suya.
— ¿Qué es eso tan importante?
— Me llegaron las copias de ambos contratos y los he estado leyendo una y otra vez, entendiendo algunos datos interesantes para el caso.
— Muy bien, soy todo oídos.
— Bien. — Volvió la vista a uno de esos contratos y empezó. — Descubrí que el contrato que involucra a Cortez y a Charles, es de tipo feudo, o como se le dice aquí: Lehen.
— ¿¡Qué!? ¡Estás de broma!
— ¡Es la pura verdad! — Una increíble sonrisa se formó en mi rostro. Hacía rato que no sentía una satisfacción así en cuanto a lo laboral. — Es decir, Charles le ha cedido su terreno a Cortez por un juramento de vasallaje. No hay nada oficial, nada legal. Es decir, Charles dio su casa en Argentina por una en Europa, Alemania. Obviamente, no es el mismo el valor.
— Por supuesto.
— Entonces, para poder Gómez alcanzar a pagar el valor absoluto de la vivienda aquí, pagó la diferencia en efectivo.
— Ajham.
— Bien. A Charles lo cagaron, hablando crudamente. Si bien la casa que Cortez le vendió es terrible lugar que no se compara con la precariedad que la otra tenía, no contó con un pequeño detalle.
— O con varios, diría yo.
— Exactamente. Lo que Cortez perdió al hacer un intercambio tan poco inteligente, lo ganó en las hectáreas de tierra fértil que la propiedad en Argentina poseía y posee. Entonces, la empresa constructora Cortez Bau Verbunden, firmó un contrato con una reconocida empresa agricultora en España.
— Entonces lo que Albert perdió lo recuperó triplicado.
— O cuadruplicado, quintuplicado, y así. Bill, ahí se puede plantar lo que quieras. Tiras un televisor y crece un árbol de televisores.
— Caray.
— Entonces Cortez no cagó a nadie, no ilícitamente. A Charles no lo engañaron.
— Claro. Es tan obvio. — reí. — No se pueden hacer demandas en un contrato feudo, no hay cláusulas que perjudiquen a alguna de las partes; no para la ley.
— Correcto porque es un contrato de vasallaje, de intercambios, de palabra.
— Sanders debe saber esto.
— Seguramente lo sabe desde un comienzo. Están jodidos, Bill. No pueden usar en contra el tema de la estafa porque un contrato feudal no es algo que la justicia abale.
— Entonces sólo nos queda en debate el estado de la casa, la cual no debería haber estado en venta jamás por el riesgo que presenta a la salud de quienes la habiten.
— Sí.
— Y, finalmente, la salud de la niña.
— Y ya. Nada más. El dinero, las negociaciones, el intercambio de viviendas, el actual contrato que mantiene Cortez Bau Verdunden con la empresa agrícola en España, todo esto queda sin validez el día del juicio.
— Correcto. Ya podemos ir olvidándolo.
— Vaya…— Aún estaba sorprendido, claro que sí.
— Menudo descubrimiento, eh.
— La verdad que sí. Aunque tarde o temprano íbamos a enterarnos.
— Sí. Pero mientras más temprano lo sepamos, mejor. Deja que ellos sigan especulando con eso. Veremos hasta cuándo les sirve la carátula de estafa para con la prensa.
— Hasta el día del juicio, seguro. — asentí mirándolo casi sintiéndome orgulloso de este paso dado.
— Si estuviéramos en otra circunstancia, te daría un apetitoso premio. — sonrió. — Me gusta cuando eres así. Sin escrúpulos, sin tapujos, sin vergüenza ni pesares.
— Casi como tú.
— Claro.
— La verdad que sí merezco alguna recompensa. — Se puso de pie misteriosamente, continuando con esa sonrisa que esconde las peores intenciones.
— ¿Y yo puedo ayudar en eso?
— Puedes, sí. — Rodeó el escritorio y llegó a mi lugar. Yo viré la dirección de mi silla, quedando frente a él. Remojé mis labios observándolo desde abajo. — Claro que puedes. — Luego de este remate, me miró lujuriosamente.
— Tú dime, Tom. — Apoyó su peso en mis piernas, inclinándose hacia adelante y dejando su boca a centímetros de la mía.
— Pero, ¿sabes qué? Es preferible continuar trabajando y que tú guardes energías para hacer el amor con tu noviecito esta noche, ¿no crees? — Mi cara cambió rotundamente, quedando serio y perplejo rápidamente. — Vete de mi oficina. Ahora. — Antes que se enderezara y me dejara como si fuera un estúpido ahí plantado, lo tomé por la camisa, pegándolo de nuevo a mi rostro.
— A mí nadie me rechaza, infeliz.
— Soy el primero en algo más entonces. — ¡Maldito sea!
— Te vas a arrepentir de esto, Thomas. — Lo solté antes de empujarlo también. Él expulsó una risotada de lo más falsa y acomodó su traje con frialdad. Yo me puse de pie sin querer perder más tiempo y le dediqué una mirada cargada de odio que él mantuvo. ¡Me mantenía la mirada el desgraciado! — Conmigo no se juega.
— Lo mismo digo.
— Vamos a ver quién viene a buscar a quién. — Sonreí de lado y me dirigí con molestia a la puerta.
Continúa…
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No es por nada, pero Thomas va perdiendo(? ahre