«Apostemos» Temporada I
Capítulo 25.- Ingenuidad
— ¡Billy, hijo mío!
— ¡Albert! — Nos fundimos en un abrazo de esos que no me doy siquiera con Jörg. — ¿Cómo has estado?
— Viajando, pequeño. Viajando por todo el mundo. — Sí, y yo rompiéndome el orto tratando de demostrar tu inocencia, hijo de puta… Disculpen, fue un pequeño descargo mental.
— Qué bien. Me alegro mucho por ti, te lo mereces.
— La verdad que sí. ¿Y tú? No has pensado en mi propuesta de la casa en Grecia, ¿cierto?
— Albert, yo no puedo abandonar mi vida aquí.
— Pero una casa vacacional. ¿Qué digo casa? ¡Mansión! ¡Casona! — reí forzadamente.
— Pasemos a lo nuestro, por favor. — Asintió de acuerdo y se sentó en la silla de la sala de juntas. Muy amablemente Jörg me lo cedió por un rato hasta que aclare algunos tantos con el señor allí presente. — Thomas me comunicó el particular detalle que tenía el contrato entre Charles y tú.
— ¡Has visto! Ese pobre tipo no puede reclamarme nada.
— En lo que ese contrato respecta, no. Pero tenemos el tema Milagros aún.
— Esa niña entrometida. Es una astilla en mi zapato. — Golpeó sus uñas en la madera de la mesa, insistente. No pude ignorar sus anillos de oro y diferentes piedras y formas.
— Pero tengo un plan. Es arriesgado, yo podría ir a prisión junto con Fred, Thomas y quien sea.
— Ya me has comprado. Cuéntamelo. — Corrí otra de las sillas a lo largo de la mesa, enfrente de él y me senté. Tragué saliva y continué.
— Han descubierto que la morfina era lo que hacía que la niña no reaccionara. Estaba demasiado sedada, dicen. Dejaron de suministrarle dicho analgésico y ella comenzó a reaccionar. Leves movimientos, pero que son vitales.
— Sí.
— Bueno, yo pensé en algo.
— ¡Dímelo, anda! Me tienes nervioso ya.
— ¿Qué pasaría si el hospital nos ocultara información en los partes médicos?
— No les conviene.
— No, por eso no lo hacen. Pero, ¿qué tal si así parece?
— ¿Qué tienes en mente, chico?
— Inyectarle morfina de manera directa. Todos los días de visita, cuando me voy. Así ella habla, baila, canta o lo que sea, yo tomo pruebas de esto y luego la inyecto. Ella queda profundamente dormida hasta el día siguiente que yo llego y le he dado tiempo de eliminar la inyección por medio de la orina. Desde luego que los sábados tomaré la precaución de darle una doble dosis porque los domingos no la veré. ¿Qué te parece?
— Espera, ¿y si alguien entra cuando tú estás…?
— No es un riesgo. Nadie puede entrar cuando hacemos las visitas.
— ¿Y si le hacen algún estudio?
— ¿Y eso para qué? Ya le hicieron uno y demostró que la morfina era el problema. Le sacaron las dosis de ésta y ya. Además es una sustancia que se elimina rápida y eficazmente. Nos consultarán con días de anticipación para el próximo análisis, dejo de darle las dosis y ya.
— ¡Caramba! Es un plan maestro, hijo.
— Gracias. — sonreí ampliamente.
— Tú me recuerdas a alguien. — Se acomodó en su asiento, entrelazando sus dedos sobre la mesa. — Otoño de 1985, tu padre defendía a un tal Georgio Cruz, un hombre acusado de balear a otro hombre. No era un caso importante por las personas que estaban involucradas, sino por la repercusión que tuvo en la gente. — Yo escuchaba atentamente. — La victoria era de Jörg si lograba que el presunto baleado sobreviviera en terapia intensiva hasta el último día de juicio. En resumidas cuentas: el hombre moría y el caso estaba perdido. Da la pena que dos días antes de la última etapa del juicio, este hombre sufre un paro respiratorio y muere.
— ¿Y qué pasó?
— Imagínate. Jörg no aceptaba una derrota nunca. Entonces invirtió miles de dólares en que esa muerte nunca saliera de esa habitación. El tipo era un ex presidiario peligroso para los demás pacientes, por lo que tenía sus propios médicos y dos tipos de seguridad en la puerta. Tu padre sobornó a todos. Todos, de un momento a otro, se encontraban cubriendo una muerte. En el juicio se presentaron pruebas, análisis truchados que demostraban que el hombre continuaba con vida en el hospital. El caso acabó en celebración para Jörg.
— ¿Y?
— Y días después, finalmente se da a conocer la muerte del ex presidiario. Con una autopsia a otro cuerpo con ese tiempo de muerte, sigue la celebración. Tú me haces recordar a ese Jörg. — Me quedé mudo. — Me recuerdas a tu padre en sus tiempos de gloria. Eres muy similar a él.
— Pero no soy él.
— Y ése es el mejor detalle. Que no eres él, que eres su hijo. Has salido igual a él, eres su calco. Y estás en la plenitud de tu vida. — suspiró. — No me he equivocado en solicitarte a ti como mi defensor. Mírame— Extendió sus brazos, sonriendo como un triunfador. —, ando de norte a sur en este planeta, viviendo una vida de fiestas, lujos y dinero. Sin embargo, estoy a un mes de ir o no a prisión por veinte años, pero no me hago problema porque sé que estoy en excelentes manos.
— Bueno, muchas gracias por ese halago.
— Me siento con la confianza que me brindaba tu padre cuando me defendió hace algunos años. Kaulitz padre y Kaulitz hijo, ¡Qué maravilla, por Dios! — Sonreí de lado sin ánimos. Odio que me comparen con Jörg. Odio eso.
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Albert desapareció tras la puerta de salida. Al abrirla, se pudo apreciar la Ferrari que lo llevaba de acá para allá.
— ¿Qué tal todo? — Mi hermano llegaba a mi lado con sus brazos cruzados, como observando una gran obra maestra.
— Bien. Está muy a gusto con nuestro trabajo. — asintió sonriendo y de repente un portazo cortó la armonía en la que se está acostumbrado trabajar. Richael había salido de su despacho furiosa, acaparando la atención de Tania y Georg que charlaban en la recepción.
— ¡Fuiste tú, maldito infeliz! — gritó señalándome mientras se aproximaba con velocidad a nosotros. Vistiendo una pollera tiro alto de color amarillo de un largo bastante diminuto, y una camisa de bambula blanca. — ¡Tú tienes la culpa de todo, Kaulitz!
— ¿Disculpa? — Parada frente a mí se disponía a plantar un escándalo en plena recepción.
— ¡No vayas a negarme que tuviste algo que ver con la renuncia de Axel! Siempre has pretendido ser el dueño de todo esto y ahora estás encargándote de eliminar la competencia.
— ¿De qué diablos estás hablándome, enferma? — Ya había salido Andreas de su respectiva oficina, alertado por los gritos de la morocha aunque nadie acababa de entender completamente. Estaba loca, eso seguro.
— Axel me confesó que había descubierto algo bastante comprometedor de tu vida y la misma noche en que iba a contármelo, jamás llegó.
— ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
— ¡Tiene que ver! ¡El lunes siguiente él renunció sin dar explicaciones!
— ¿¡Qué demonios está ocurriendo aquí!? — Mi padre estaba furioso por el escándalo que había desatado la tarada.
— No lo sé. Esta tía está loca.
— ¡No estoy loca! ¡Admite que tengo razón! ¡Tú le hiciste algo a Axel para que renuncie! ¡Has arruinado mi caso, hijo de puta!
— ¡Karrent! Cuida tu vocablo que no estás en una cancha de fútbol. — regañó Jörg. Yo reí socarronamente.
— ¡Había descubierto algo de ti!
— Richael, ¿por qué no te calmas? — intervino Andreas, asomando detrás de la morocha.
— ¡No voy a calmarme! Tú, Kaulitz, no sabes con quién te has metido. — Avanzó un paso, acercándose más a mí. Alzó su dedo índice y me miró desafiante.
— No me digas.
— Te voy a dar en donde más te duela. Te vas a arrepentir. — Inmediatamente rodeé su muñeca con fuerza, con bestialidad. Esto la obligó a torcer su brazo y formular una mueca de dolor.
— Es una mujer, Bill. — Me recordó con voz dura mi hermano, pero lo ignoré. Yo sólo la forcé a acercarse más a mi rostro y a penetrar su mirada con la mía.
— Cuidado, niña. La última persona que me amenazó no terminó bien. — Sin decir más y dejando a todos sorprendidos, la solté repentinamente. Acto seguido, limpié la palma de mi mano con el pantalón, y continué retándola con la mirada.
— ¡¿Lo oyeron?! ¡Acaba de admitirlo!
— Ya estuvo bueno de escándalos. Richael, a mi oficina. Ahora. — Ésta bufó aún furiosa y le hizo caso a mi padre, siguiéndolo a su despacho.
— Enferma. — murmuré y miré a todos alrededor. Sorprendidos, anonadados con la reciente acusación de la mal parida esta. Así que algo le había adelantado Axel. Maldición, por poco y me cagan. — Me voy al hospital, ya estoy retrasado. — Le comuniqué a Thomas cuando ya todos volvieron a sus antiguas funciones.
— Vale. Pero luego nosotros dos hablaremos de esto. — indignado por su desconfianza, viré los ojos y me marché molesto.
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Aceleré quizás más de lo permitido en una calle de aparente calma porque no había mucho tránsito y estaba agobiado. Aquel carro había sido mi mayor compañía en este día, el único que ha sabido callar reproches y desaprobaciones por mi parte. Había sido suficiente de tantos problemas. En el preciso momento en que pongo mis manos sobre el volante, quedan atrás las demandas de cualquier tipo. ¡Váyanse todos a la mierda, joder!, ése es el mejor mensaje que les queda a todos aquellos que me han tocado las bolas durante todo el día.
— ¡Oh, vamos! — maldije el instante en que ese teléfono sonó. — ¿Quién coño…? Andreas. — Saqué el móvil del fondo de mi bolso, estirando mi brazo en dirección al asiento del copiloto. — Dime.
— ¿Cómo está el chico…? Qué digo chico, el ser humano más perfecto del planeta.
— Creo que exageras.
— Para nada. ¿Cómo estás, hermoso?
— Relativamente bien.
— Nada es relativo, todo es absoluto. — Sonreí de lado y bajé la velocidad de a poco hasta detener el vehículo en su totalidad en un semáforo en rojo.
— Bueno, estoy cansado.
— Es entendible. ¿La niña habló hoy?
— Algo así. Se quejaba.
— Ya. ¿Qué haces ahora?
— Conduzco.
— ¡Oye! No se usa celulares y se maneja al mismo tiempo. — regañó.
— Lo sé, mamá.
— Jaja. ¿Y a dónde vas ahora?
— A casa.
— Oh. ¿Y qué harás luego? — Demonios.
— Pues haré lo que tú quieras que haga, porque sé que cuando me das tantas vueltas— Él ya había empezado a reír, anticipándose así a mis palabras. Nos conocíamos demasiado. —… es que quieres invitarme a algún lugar o algo así.
— Vale, vale, me tienes. Quiero que vengas a mi departamento. He preparado una sorpresilla para ti.
— ¿Estás ahí ahora?
— Síp. Hablé con mi adorado suegro y me dejó retirarme antes.
— Caray… tú sí que le caes bien.
— Me he ganado eso. — Arranqué nuevamente pero ahora a una velocidad normal. Estaba llegando a casa. — Entonces, ¿qué me dices?
— ¿Qué clase de persona sería si me negara?
— La peor, pero no importa. — reímos.
— Iré a bañarme, arreglarme y estoy por allá.
— ¡Genial!
— Bien.
— Te espero. Adiós.
— Ahí nos vemos.
— Te amo. — Y luego de esto cortó. Parecía un niño que teme decir algo y lo suelta como si fuera una bomba que puede reventarle en el rostro. Conservaba esa timidez al confesarme su amor, pero seguramente se debía al miedo de esperar un ‘yo también’ o algo similar y que no llegue. Eso lo desbastaría. Y yo, seguramente, mentiría para no lastimar su corazón. Jamás lo dañaría. No podría perdonármelo.
Descendí la rapidez del coche una vez frente a mi casa. John se percató de mi llegada y activó el portón mecánico, abriéndome paso al porche. Consistía en plantas bellísimas rodeando el patio de bienvenida techado con un material que dejaba filtrar la claridad del sol. Una enorme fuente de un niño que olía unas flores en el centro de mencionado lugar y luego mucho espacio a sus alrededores. Ya estaba estacionado allí el carro de mi hermano. Maldije en cierto modo. Parece que Jörg tuvo que ocuparse de Richael y del reemplazo de Axel y les dio el día libre a todos. Sólo espero que no sea el blanco de la injustificable ira de Thomas.
— Gracias, John. — El susodicho respondió a mi agradecimiento por medio de un ligero balanceo de cabeza luego de abrirme la puerta del coche para así apear sin problemas. Con mi bolso colgado al hombro caminé rumbo a la puerta. Ya alistada la llave la giré en el interior de la cerradura. Hogar dulce hogar. La ligera brisa fresca de los aires acondicionados te provocaba un alivio envolvente. Eché un suspiro y boté la cartera sobre el sofá de la sala central, dejándolo olvidado.
— Hola, Billy.
— Hola, Susan. — Le sonreí sin fuerzas. — Estoy cansado.
— Oh, pobrecito. — Como un niño que busca el refugio y la protección en los brazos de su madre, la abracé con fuerza. — Debes bajarle al trabajo.
— Si fuera así de sencillo.
— Nadie dijo que lo fuera, pero es tu salud la que está en juego. — Besé su mejilla sonoramente y me separé de ella.
— No es verdad. Estoy bien. Sólo es cansancio, ¿o tú no te cansas a veces?
— Billy. Mal de muchos…
— Consuelo de tontos, lo sé. — asintió. — Ya, ¿dónde está Thomas?
— No sé. Subió hace rato. Ese muchacho está extraño.
— ¿Cómo?
— Desde anoche que anda por las nubes. Después de tu… pregunta.
— ¡Susan! — La regañé haciéndola reír como vergonzosa. — Sólo espero no cruzármelo. Iré a bañarme.
— Bien. — Cuando me volteé rumbo a las escaleras, me llamó. — ¡Bill!
— Dime. — respondí mirándola desde el inicio de éstas.
— ¿Te preparo algo ligero antes de cenar?
— Saldré y no creo que vuelva hasta tarde. Gracias.
— De acuerdo. — Nos sonreímos y volví a mi marcha. Subí las escaleras con velocidad y sin mirar. Llegué a la puerta de mi recámara, encontrando la de Thomas entreabierta y con la luz del interior asomando. Siquiera quise ir a ver si él estaba dentro, lo que seguramente era obvio. No quería hablarle si estaba así de extraño como Susan lo describió.
— Hasta que llegas.
— ¡Mierda! — grité del susto cuando habló de tanto que lo llamé en pensamientos. Estaba echado en mi cama, con las manos tras la nuca. Pero deshizo esta posición cuando lo miré molesto. — No pararás hasta matarme, ¿verdad?
— ¿Sabes?, tu colchón seguramente es el más incómodo de todos.
— Bien que nos hemos revolcado en él.
— ¿Qué necesidad de ser tan grosero? — Viré los ojos y me dirigí directamente al closet.
— ¿Qué haces en mi cuarto?
— Te esperaba.
— Para…
— Para hablar. Tenemos varias conversaciones pendientes.
— Qué pena. Me baño y me voy, así que no hay tiempo. — Saqué de allí unos jeans comunes y holgados y una camiseta de mangas cortas color blanco con unos gráficos en plateado.
— ¿Con esas ropas? ¿A dónde vas?
— ¿Disculpa?
— Anda, dime.
— Te importa un carajo a dónde voy, Thomas. — Enrollé la ropa en mi brazo y me dispuse a irme, pero esperando que saliera. — Lárgate.
— Espera, espera. ¿Qué harás? — Se puso de pie con rapidez y se lo notaba preocupado. — Seguro vas a lo de tu noviecito, ¿no?
— ¡Sí! Me voy al departamento de Andreas, ¿qué coño pasa con eso?
— Nada, nada. Vé a la casa de ese infeliz a fingir que lo amas, ve.
— ¿Y tú que sabes del amor, ah?
— Nada. No sé nada de él porque nunca amé a nadie. Ya dije eso. — Apreté los dientes y asentí con dureza.
— Claro. Qué más se puede esperar de ti, Thomas.
— Únicamente la verdad. — Continuaba con esa frialdad al hablar de algo que tanto significó para mí.
— Claro. Me voy a bañar. Por favor sal de mi cuarto que nada tienes que hacer aquí.
— Descuida. Me iré. Tú ponte bien bello para tu amado. — Avanzó hacia mí, con las intenciones de irse. — Y no te esfuerces en la ropa, si al fin de cuentas no hará mucha falta. — Alcé la mirada con bronca y sin pensarlo dos veces, estampé mi mano abierta en su mejilla. Ese recuerdito le quedará hasta mañana. Tremenda marca.
— No ha nacido ser más repugnante que tú, Thomas. — mascullé entre dientes. Él tomó la zona afectada y me devolvió quizás el doble de la bronca que yo le transmitía.
— Vete al diablo. — Empujándome con su hombro, pasó por la puerta con ligereza. Así me quedé solo.
Continúa…
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