«Apostemos» Temporada I
Capítulo 26.- La Judezca
La cena había estado estupenda, sin ningún detalle librado al azar. Apenas entrar y sentir ese aroma a comida casera te hace revivir viejos recuerdos, viejas e inolvidables épocas. Andreas era muy buen cocinero y sabía desempeñarse muy bien en los ámbitos hogareños. Muy diferente a quien les habla, que hasta la ensalada se le quema. A duras penas sé preparar algunos postres; eso si me agrada. Lo sencillo que viene en polvo guardado en una caja con sus instrucciones de preparación al reverso. Pero volviendo al tema, todo fue soñado. Hubo un ambiente tan cálido, de tanta confianza y entrega que me hacía olvidar el reciente pleito con mi hermano. Quiera o no me alteraba de todos modos, pero después de tanta risa con Andi estaba en condiciones de afirmar que me sentía bien.
— Debo reconocer que te has pasado, Andi. Todo fue hermoso. Hacía tiempo no me reía tanto como hoy.
— Y hace tiempo que no te veo hacerlo. — Observé su mano cuando tomó la mía, entrelazando nuestros dedos con firmeza. — Me haces muy feliz, Bill. Tuve tanto miedo de perderte que hoy siento que te valoro el doble.
— No ibas a perderme, ¿de qué hablas?
— No sé. Ya hablamos de esto y llegamos a un acuerdo, pero sigue rondando en mi cabeza el miedo de que haya alguien más en tu vida. Debemos admitir que esto no es lo mismo desde hace algún tiempo.
— Pero por mi parte…— Siquiera sabía cómo completar mi mentira. Él estaba siendo honesto conmigo, de hecho lo fue toda la noche. No podía mentirle mirándolo a los ojos. — No tienes que preocuparte.
— Pero…
— Sin peros. — Apreté más su mano con la mía. Él sonrió. — Todo está bien. — Nos encontrábamos sentados en uno de los dos sofás que portaba el living. Yo mantenía una de mis piernas doblada sobre el asiento, inclinado hacia su dirección.
— La primera vez que te vi supe que serías especial en mi vida. — Con su otra mano acarició el contorno de mi rostro. — Sabía que sería para siempre. — Eso es mucho tiempo. — Digo, el sentimiento.
— ¿Qué es lo que tú sientes por mí, Andreas? Y que sea la verdad. — Quería oír algo honesto, por favor. Escuché tantas mentiras últimamente que ya ni sé cómo suena la verdad; él nunca me ha mentido.
— ¿De verdad quieres saberlo? — Tomé un poco de aire, como dándome valor. Todo cambiaría a partir de mi respuesta, la cual derivaría en la suya.
— Sí.
— Amor. — No sé por qué, pero sentí como una estaca hundirse en el fondo de mi pecho, casi por mi corazón. — Siento que te amo. Te amo profundamente. — Este es el momento en que cualquier persona dice: ‘Yo también te amo, eres el amor de mi vida’. Nada salió de mi boca. O, bueno, mi boca no sería el problema en cuestión. Sino el corazón. — Y estoy dispuesto a todo por ti. Esto es sincero. — No quise esperar más. Sentí un fuerte impulso de besarlo, como si eso aliviara mis culpas. Porque me sentía culpable. No puede ser posible que yo le haga tanto mal a alguien que me quiere de un modo honesto, sin malas intenciones, sin sacar tajadas.
Él me correspondió gustoso, soltando mi mano y sujetando mi cintura con delicadeza. Dejé espacio a su lengua para que entrara en mi boca y así iniciar un beso más pasional, pero continuando con la tranquilidad que lo definió en un principio. Yo acaricié su cuello hasta ubicar mis manos sobre sus hombros, arrugando la camiseta sencilla que llevaba. Admito que me encantaba cómo le quedaban esas ropas tan comunes. Él se veía bien de cualquier forma.
Ladeé la cabeza porque así me iba obligando el curso del beso y sentí sus manos palpar más allá del límite que imponía la ropa. Sonreí pegado a su boca cuando apretó apenas mi piel y me generó cosquillas. Él también lo hizo. Esto me hizo querer contemplar esa sonrisa, acariciando el contorno de su rostro, apoyando mi frente en la suya.
— ¿Qué haría yo sin ti?
— No quiero saberlo. — bromeó y volvió a mi boca, esta vez ejerciendo una leve pero notable fuerza, indicándome que me acercara a su cuerpo, que andaba necesitando sentirme cerca. Hice caso y me subí a horcajadas en su cuerpo, sin romper el contacto entre nuestras bocas. Coló sus manos por mi espalda, debajo de la camiseta. Ahí me acarició como si fuera a romperme, sintiendo con precisión y concentración mi piel bajo sus manos. Yo sólo me dejaba hacer por sus movimientos. Esta era una forma de agradecerle todo lo que ha hecho por mí sin esperar nada a cambio. Siempre con un ‘descuida’ o un ‘no importa’ luego de mi agradecimiento. Él es una pieza fundamental en el alborotado rompecabezas que es mi vida.
— Te amo. — susurró tomando mínima distancia y volviendo a un fogoso beso después. De repente, su cuerpo hizo el amague de levantarse del sofá donde nos encontrábamos. Entonces supe de sus intenciones sin necesitar de más tiempo. Impulsándome por el respaldo del sillón, lo ayudé a reincorporarse conmigo todavía amarrado a su figura. Él era fuerte y en ocasiones ha dicho que le gustaba cargarme como si fuera un niño. Solía molestarme esta comparación, pero al final conseguía arrancarme una sonrisa.
— Mmmh…— gemí sin pensar cuando los pasos hacia la recámara provocaban el choque entre los cuerpos, estimulándonos casi naturalmente. Sentí mi espalda abrir la puerta entrecerrada de la recámara. Conocía tanto el lugar que no necesitaba abrir mis ojos para saber en dónde nos encontrábamos en ese instante.
Nos detuvimos al borde de la cama, la última parada. Con cuidado, como siempre, fue inclinándose sin quebrar el contacto. Me senté en la cama con él entre mis piernas, arrodillado, y comencé a besar su cuello delicadamente, sin querer hacer algo guarro cuando no era el momento. Yo sentía su pecho ya acelerado, tal vez más por la importancia del momento más que el momento en sí. Jadeos se escapaban sin pudor de sus labios en el completo silencio de la habitación. Sólo nosotros. No había probabilidades de que algo saliera mal. No podía salir mal. Me alejé cuando sus manos levantaron mi camiseta, dejando mi abdomen al aire. Subió a medida que yo se lo permitía, sin dejar de observar cada movimiento de sus manos. Alcé los brazos y la prenda pasó por mi cabeza, alborotando mis cabellos.
— ¿Cómo puedes ser tan perfecto? — sonreí de lado sin creer del todo eso. No era perfecto.
— Y tú tan dulce. — Me imitó para luego besar mis labios con tranquilidad. Yo me fui recostando en el colchón, abrazando su cuello para que hiciera lo mismo sobre mí. Hasta ahora todo andaba bien. Tenía ganas de estar con él. Porque no voy a negarles que lo adoro, que lo quiero más que lo que se quiere a un amigo común. Yo podría hacer cualquier cosa por Andreas. Pero lejos estaba de sentirme enamorado. Y eso, sin dudas, me lastimaba más a mí que a él mismo. Porque él no lo sabe. — Andi…— gemí cuando su boca bajó despacio por mi cuello, deslizando su lengua lentamente por toda la longitud de éste. Al oír ese gemido travieso escapar de mi garganta, se separó despacio, con las intenciones de liberar ahora su cuerpo de la prenda que empezaba a estorbar. Yo sonreí con él y me mordí el labio como a él le gusta, observando su bien trabajado cuerpo. Le molaba demasiado que lo mirara así.
Botó la camiseta lejos, volviendo a mi cuello, pero esta vez más por debajo. Dejaba húmedos besos en mi piel, apoyando su peso sobre el colchón y hundiéndolo a ambos lados. Yo acariciaba su cabeza con ternura, enredando mis dedos entre sus cabellos rubios mientras él besaba ahora mi pecho. Cerré los ojos y jadeé.
— Cierra los ojos.
— No.
— ¡Anda, Bill! No seas así. — Lo observé desconfiado. No quería que me fuera a poner otra cucaracha en la cara, como hizo días atrás iniciando su maldad con las mismas palabras.
— Pueden pasarme tantas cosas con los ojos cerrados. — pensé en voz alta.
— Confía en mí.
— Confío, pero…
— Dijiste que confiabas. — rezongué y cerré los ojos.
— Vamos. A ver qué bicho me camina ahora.
— Nada de bichos. — sentí que tomaba mi mano despacio, con cuidado de no alterarme. Yo me tensé y sentí mi corazón acelerarse. — Joder. Me siento un niño. — Rió nervioso y luego el silencio se hizo presente. — Aquí voy. — Fue lo último que dijo antes de posar sus labios sobre los míos. Con timidez, como si no tuviera diecisiete años, sino diez. Yo me sentía más o menos igual. Sólo fui capaz de apretar el agarre entre nuestras manos y responder a esos inocentes movimientos. Olvidé todo prejuicio de hermandad. ¡Joder! Estaba besando a mi hermanastro y me importaba un rábano. Me sentía flotar en una nube de algodón dulce color rosa y que miles de mariposas desgraciadas hacían estragos en mi estómago.
Abrí los ojos confundido. ¿Por qué se colaba ese recuerdo en mi mente ahora? No debía pensar en eso. Thomas no existía justo ahí entre nosotros.
Cuando Andreas estuvo frente a mí de nuevo, tomé su rostro con apuro y besé sus labios de una manera muy distinta a la que adopté en ese primer beso con Tom. Quería borrarlo. Entonces penetré su boca con mi lengua y recibí una buena respuesta por su parte. Mientras que sus manos jugueteaban con el cinturón que me liberaba de mis jeans, yo alzaba las caderas y chocaba nuestras masculinidades dándole el okay para que avanzara.
Gimió y nos separamos. Lo miré a los ojos, manteniendo una conexión de miradas constantes. No quería que dejara de mirarme. Sentía que iba a perderme de nuevo si no lo hacía. Y quería recordar que estaba con él.
— Te amo.
— Sé que papá se enfadará porque es tarde, Tom. Vámonos. — dije desde la orilla, sobándome los brazos del frío.
— Siempre ahogando la fiesta, hermanito.
— Nada de fiesta. Además me dará menudo resfriado y quedé en ir al cumpleaños de Georg mañana. — Rodó los ojos y dio unas cuantas pataditas en el agua de aquel arroyo cercano a la casa de un amigo suyo. Era bastante lejos de casa y ya eran las siete con treinta de la tarde. Llegaríamos a eso de las ocho a casa y papá solía regañarnos. Él era mayor, yo no.
— Georg, Georg y más Georg. ¡Ven aquí conmigo!
— Dije que tengo frío.
— ¡Último! — Sin más opciones de lidiar con un Tom empecinado con algo, troté hacia donde él se encontraba. Otra vez el agua mojando mis ya húmedas ropas. — ¡Al fin me haces caso, enano! — No pude evitar reír y él aprovechó eso. Corrió hacia mí, levantando agua y salpicándome el rostro. Cuando me cubrí los ojos, sus brazos me abrazaron por la cintura, levantándome y despegándome del suelo.
— ¡Aaaah, Thomi! — exclamé en medio de una carcajada. — ¡Bájame!
— ¡Como quieras! — Y me soltó, haciendo que me hundiera en el agua. No conté con que estuviera tan profundo ya. Salí a la superficie tomando una gran bocanada de aire y echándome a reír de inmediato.
— ¡Maldito seas, Trümper!
— ¡Jajajaja! — Y otra vez me abrazó. Pero ahora más tranquilo, sin ánimos de bromear o estropear el momento. Abrí mis ojos encontrándome con los suyos a escasos centímetros. Apartó un mechón de cabello mojado y sonrió.
— ¿Qué pasa? — pregunté tímido. Sentía mis mejillas quemarse por la cercanía.
— Te amo.
Otra vez. Cada palabra que Andreas dijera o un beso dado de cierta forma, me traía recuerdos. En este caso, su primer ‘te amo’. Supongo que su primera mentira.
— Ah, Andi…— gemí cuando su masculinidad se rozó con la mía ya completamente desnudos. Yo clavé mis uñas en su espalda, cerrando los ojos fuertemente y sintiendo una potente angustia. No podía ser más mierda. ¡Él no se merecía esto!
— Voy a hacerlo, Bill. — susurró para luego vacilar sobre mis labios, rozándolos apenas. Yo bajé mis manos hasta su cintura, acariciando su piel tan diferente a la de…— Voy a hacerte el amor.
— Yo…— callé cualquier tipo de objeción. Como dije, él no se lo merecía. Opté por sonreír, brindándole confianza, y concentrarme en sus manos sujetando mis caderas con firmeza mientras que su miembro ejercía cierta presión en mi entrada.
— ¿Me dolerá? — pregunté con miedo. Era una duda existencial que tenía. Lo había hecho con una chica antes, pero ella ya tenía cierta experiencia en el terreno, así que pasó como pasa la arena por entre los dedos de la mano.
— Pues… no sé.
— ¿Cómo que no sabes?
— Supongo que sí. Digo, mira esto. — bromeó haciendo un gesto hacia abajo, donde su polla estaba lista para romperme el culo. ¡Mierda! Hasta decirlo suena doloroso.
— Tom. — Me quejé queriendo llorar del miedo.
— Espera. ¿Tú me amas? — preguntó ya serio, mirándome desde arriba. Yo no dejaba de mover los dedos de mis pies como si fuera a calmarme con eso. También acariciaba de arriba para abajo su espalda desnuda. Su piel era suave, era cálida y emanaba un aroma especial que hasta ahora sólo lo sentí en él.
— Más que a mi vida.
— Entonces será el dolor más hermoso de todos. — dijo sonriendo y acariciando el muslo de mi pierna derecha. Adoraba que hiciera eso. — Porque te haré mío, seré tu primer hombre. Me recordarás para siempre.
— Eso es mucho tiempo.
— ¿Y qué hay de malo en eso?
— Que quizás un día te canses de mí y te marches. — Negó rápidamente.
— Jamás podría olvidarme de ti, Bill. — Me sonrió y transmitió así confianza. — Te amo demasiado y es un sentimiento muy grande como para olvidarlo.
— ¿Es en serio?
— Totalmente en serio. — Me regaló otro de sus besos. Esos besos tan suaves, tiernos y lentos que sólo él sabe dar.
— Aaah… Bill…— Apreté mis ojos y unas cuantas lágrimas cayeron por mis mejillas. Me sentía una mierda. ¡Era una mierda! Lo cierto era que no quería estar ahí. Estaba haciendo algo malo, no sólo con él al mentirle así, sino conmigo mismo. ¿Por qué lastimarme así todo el tiempo con mentiras? ¡Era una inmensa bola de mentiras que jamás paraba de rodar y arrasar con todo! Esto no era lo que yo quería, nadie merecía esto. Y no había culpables. Supongo que echarle la culpa a alguien sería una salida sencilla. La realidad resalta que estaba parado en donde tenía que estar, hasta aquí me trajeron los engaños de mi hermano, el ilimitado amor de Andreas y mi temor a perderlo por alguien que en verdad jamás ha valido la pena. — Hey…— Sin detener el movimiento suave sobre mi cuerpo, entrando y saliendo de él con cuidado, observó mi rostro empapado. Apenas pude sonreír y acariciar su pecho. — ¿Por qué lloras, amor? — No veo qué daño puede hacer otra mentira más. Si eso lo hacía feliz, entonces, ¿por qué no? El único que salía herido era yo; y eso, siendo honestos, no importaba ya.
— Porque te amo. — Sorprendido, sonrió apenas al principio. Pero luego ensanchó este gesto y sus ojos brillaron. — Gracias por todo este… amor que me das, Andi.
— Siempre querré verte feliz— Con sus pulgares delineó el contorno de mis labios, besándolos luego castamente. —, sin importar lo que me duela si esa felicidad no está a mi lado. — Basta, basta, por favor. Basta de hacerme sentir como una basura peor de la que ya soy. — Mientras sonrías… nada me importará. — Finalmente lo abracé con fuerzas. Yo rodeé su cuello y sollocé sin pudores, sintiendo mi corazón quebrarse en miles de pedazos. Él coló sus manos entre mi espalda y la cama, pegando por completo nuestros pechos y vientres. Aquí había amor, por supuesto. Pero sólo por su parte.
Continúa…
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Ai 💔