«Apostemos» Temporada I
Capítulo 27.- Conveniencias
Cerré la puerta de mi cuarto y me recargué en ella sintiendo cómo me pesaba el cuerpo. Sólo cerraba mis ojos y negaba una y otra vez, sin querer pensar pero sin poder evitarlo tampoco. Me sentía algo así como una porquería, una auténtica lacra. Le he mentido en la cara a quien siente verdadero amor por mí, quien me ayuda sin pretender nada a cambio. Esto me recuerda a La Divina Comedia… la Judezca. Ahí pertenezco yo. He lastimado a quien me ha beneficiado.
— ¡Joder! — grité en un susurro callado y caminé a mi cama. Todo me daba vueltas, todo me pesaba. Se magnificaban las emociones y pesares.
Casi cayendo rendido me tiré en el colchón, sentado y con mis manos sobre él. Pero la izquierda se topó con algo extraño sobre el cubrecama: un papel.
Sin mucho interés en el hallazgo, confiado en que era una basura que olvidé desechar, lo miré fugazmente, encontrándome con la inconfundible letra de mi hermano. Fruncí el seño leyendo una y otra vez lo mismo. Tres simples palabras que no entraban en mi cabeza. No lo entendía. Es decir, ¿qué necesidad?, ¿de qué se trataba esto?
— Sí te amé. — leí en voz alta segundos antes de pararme decidido y caminar hacia la puerta arrugando el trozo de papel entre mis manos.
Sin vacilar ni un instante, mi mano dio un fuerte golpe a su puerta y así se abrió por completo. Él se incorporó en el borde de la cama, sacándose los auriculares de sus orejas y con una mueca de extrañeza pintada en el rostro.
— ¿Qué…?
— ¿¡Qué mierda es esto, Thomas!? ¿¡Estás tomándome el pelo!? — vociferé cerrando la puerta tras mis espaldas. Seguro habrá despertado a mi padre semejante ruido.
— Espera.
— ¡No! — Tomé una gran bocanada de aire y luego lo exhalé con lentitud, buscando calmarme y así poder hablar medianamente bajo por el tiempo que mi bronca me lo permita. — No voy a esperar a que continúes tomándome por idiota. — Dio unos cuantos pasos hacia mí, pero sin acortar demasiado la cercanía.
— Yo…
— Tú lo arruinaste. No una, no dos, no tres, sino miles de veces. Hace unas horas me dijiste que jamás amaste a nadie y ahora me dejas esto en mi cama, ¿eso no es una tomada de pelo?
— Se llama temor.
— ¿Temor a qué? — interrogué sin poder creer la sarta de estupideces que estaba inventado.
— ¡A quedar como un imbécil, Bill! ¿Qué pretendías? — Ya estaba alzando la voz. Yo no iba a quedarme atrás. Para nada. —, ¿qué respondiera en la cena que sí había hecho el amor con alguien antes? ¿Mirarte a los ojos? ¡Eso es patético!
— Como lo fui yo cuando te marchaste. — Touché. Pero uno de esos touché’s que prácticamente te violan por el culo. — ¿No? Anda, dilo. Admítelo ahora. — Lo empujé por el hombro con mi mano derecha, enfurecido.
— No sabes por qué lo hice.
— ¡Y dímelo! Porque jamás me quedó claro cómo fue que pudiste destruir algo tan hermoso. — murmuré sin voz. — Cómo pudiste destruirme a mí.
— No…— susurró negando con la cabeza y bajando la mirada. Eso le dolió.
— ¡Sí! ¡Me has hecho mierda, Thomas y yo jamás te hice daño! — Mi voz se quebró sin remedio y una lágrima cayó por mi mejilla. — Lo único que hice fue amarte hasta que mi corazón dijo basta.
— Yo lo hice por ti.
— ¿¡Por mí!?
— ¡Sí! — gritó mirándome a los ojos y fue ahí que descubrí que también lloraba. Ya no existían razones para ocultarlo. — A pesar de tus diecisiete años, pensabas como un niño, estabas dispuesto a todo por mí, por lo nuestro. Y tenías tanto talento, Bill. — Rodé los ojos y negué mientras él continuaba. — Seguías los pasos de papá. Seguro, comprometido en los estudios, con un futuro asombroso. ¿Te imaginas perderlo todo por mí? Porque ni pienses que iban a aceptarlo. Arruinabas la carrera de papá, la tuya y sufrirías. Jörg no lo aceptaría, tampoco Georg, los medios, la gente, los…
— ¡No me interesaban, maldita sea! — corté. — No me interesaba nadie más que tú. — dije con un hilo de voz y él continuaba con su postura de obstinado que no entiende de razones.
— Todo iba a arruinarse. Somos hermanastros, por nuestras venas corre al menos la mitad de sangre idéntica, Bill. ¿Quién entiende de eso?
— ¿No te importó destruir mi vida?
— Creí que ibas a superarlo y…
— Creíste mal. Porque hoy…
— Hoy eres un abogado exitoso, ¿o no? — Ahora estaba molesto. — Tu padre está orgulloso de ti y no teme decir que eres su hijo aún con tus errores. Te bañas con billetes de cien, ¡Bill, por Dios!
— ¿¡De qué mierda sirve todo eso si el amor de tu vida te trata como estiércol!? ¡No vengas a hacerte el justiciero, el único que hizo bien las cosas aquí! No eres santo de mi devoción, Thomas. Si quieres aliviar tus culpas ve a la iglesia. — dije serio y me repetí una y mil veces que ahora hablaría yo. — Tú te marchaste, desapareciste y nada más. Yo fui quien se quedó con el corazón hecho trizas y quien pasó cosas horribles, inimaginables para cualquiera que no lo haya vivido en carne propia. ¡Yo sufrí! ¿Y qué? ¿Ahora debo agradecerte lo que soy hoy día? Vamos, Tom, somos pocos y nos conocemos mucho. Tú bien sabes que odio esto en lo que me he convertido y lo ratifico cada vez que me comparan con mi padre. ¿Debo agradecértelo? — Esperé respuesta, pero obviamente no iba a ser tan cara rota de decir ‘Sí’. — Pues gracias. Gracias por hacerme una roca limitada a sentir cariño por unas pocas personas. Gracias por meter todo el amor que alguna vez te tuve, en una caja sellada. Gracias por eso; pero principalmente por mentirme tanto.
— No he mentido.
— Ah, ¿no? — pregunté divertido. — ¿Y qué es esto, Tom? — Moví frente a su rostro la carta. — ¿No es una prueba fehaciente de que mientes?
— Eso no es mentira. Yo sí te he amado.
— ¡Estás volviéndome loco con tantas idas y vueltas, por Dios!
— ¡Es la verdad!
— Pues dímelo en la cara si es que es la verdad. — chasqueó la lengua. — ¡Dímelo!
— No puedo. No soy bueno para esas cosas, Bill. Además ya pasó y…
— Al menos hazme saber que no gasté tanto tiempo amándote en vano. Dime que esto es verdad. — Otra lágrima bajó por mi mejilla; un claro síntoma de debilidad al punto extremo.
— ¡No puedo!
— ¡Dilo! ¡Porque estoy hasta los huevos de cartas que reemplazan las ausencias de las personas!
— Yo… lo siento. No puedo hacerlo. — Quiso esconder sus lágrimas, pero no pudo.
— Entonces es mentira. Tú eres una mentira. — Escupí con desprecio. — Has arruinado mi vida y eso te ha hecho muy feliz: verme mal, verme destruido.
— No fue así.
— Sí que fue así. Sólo te divertiste conmigo. Te aprovechaste de mí; de alguien que fue tan honesto contigo.
— Yo también fui honesto.
— ¡Pues demuéstramelo! ¡Demuéstrame que algo sentiste antes de arruinar mi vida! — Me acerqué más a su rostro, gritando frente a sus ojos. No me miraba, no le daba la cara. — Eres un cobarde, un vil mentiroso. Todo en ti es una menti…— De repente su mano capturó mi nuca y me atrajo directamente a sus labios, haciéndome chocar contra ellos sorpresivamente. Sorprendido por la velocidad con que hizo esto, no me quedó de otra más que corresponder a sus movimientos y ladear mi cabeza. Su otra mano apretaba mi camiseta en la zona de la cintura, como si yo fuera a escaparme en cualquier momento. Las mías, en cambio, permanecían inmóviles y sin saber qué hacer, a ambos lados de mi cuerpo. El beso sabía a lágrimas, a dolor, a mucha tristeza. Sus labios se movían sobre los míos como dominando, queriendo llevar el beso por el rumbo que él quisiera. Yo no hice más que cerrar los ojos y dejarme llevar hacia allí mismo. Posé una de mis manos en su mejilla y doblé mis dedos en ella, arrastrando mis uñas por su piel con la suavidad de una caricia. Y llegué a pensar que era real; pero en él ya no distingo lo real de lo inventado.
— ¿Me crees ahora? — susurró con sus ojos cerrados y empapados de lágrimas, con nuestras bocas rozándose y respirando por ellas. Yo sólo lo observé. — Tenía miedo… No quería que sufrieras, pero me salió el tiro por la culata y…— suspiró cuando unos golpes se oyeron en la puerta. Ahí estaba.
— Bill, Tom, ¿otra vez discutiendo? — interrogó con voz ronca Jörg. Lo habíamos despertado y suele estar de malas cuando eso ocurre.
— Amm… no Jörg. — dije yo alejando a mi hermanastro por el pecho. Él así lo hizo y retrocedió hasta sentarse en el borde de la cama y ocultar su rostro entre sus manos y convulsionarse a causa del llanto. — Sólo hablábamos.
— Menudo tono de voz para hablar. Les recuerdo que mañana hay que trabajar.
— Mañana hablamos, Jörg. — corté irritado y sin decir más él se fue. Fue entonces que miré a mi hermano llorando como un niño, recordándome a cómo sufrí yo cuando él se fue luego de botarme tantas mierdas en la cara. — Valoras a alguien cuando lo ves perdido. — dije. — Sólo que ahora no sé quién perdió a quién. — Sin querer estar ni un segundo más ahí, me volteé y me marché por donde había entrado.
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— Así que, Lucas, siéntete como en tu casa. — Finalizó mi padre sonriéndole al recién llegado. Con Richael a la izquierda y este tal Lucas a la derecha, Jörg sentía que daba un gran paso en cuanto a lo laboral, pero se equivocaba. No se daba cuenta de cómo esto afectaba a la morocha y, más aún, a su amado cliente: García. Es que, aunque este tipo se ha puesto al tanto del caso y de cómo va marchando, no tiene idea del modo de trabajo de Richael y del estudio en sí. Le costará mucho adaptarse. A ambos.
— Muchas gracias. Espero llevarme bien con todos aquí. — Aplausos a los que tuve que unirme forzosamente. El chico parecía amigable, de más o menos la edad de Tom, cabello castaño oscuro, ojos de igual color y un traje modesto. Pero las apariencias suelen engañar a las personas. Mejor no fiarse de él, ya que viene recomendado por Seeger.
Cada cual retomó con sus actividades. Georg tomó los papeles que Tania le alcanzaba y corrió a internarse en su despacho. Andreas todavía no aparecía, a pesar que ya llevaba media hora de retraso. Thomas se acercó al recién llegado y se presentó mientras que Richael conversaba con mi padre. Yo, en cambio, opté por pasar de ellos y dirigirme a la salida para ir a cumplir mis obligaciones en el hospital, pero mi padre me increpó unos pasos antes de las escaleras.
— Hijo, ¿a dónde vas?
— Al hospital.
— Cierto. — Se quedó pensativo.
— ¿Pasa algo?
— Sólo quería decirte que trates de volver lo antes posible. Es que tengo un anuncio de mucha importancia que darles. — Fruncí el seño preguntándome cuál era. — La reunión.
— Oh…— sonreí gustoso con la noticia. — Genial. Vendré cuanto antes.
— Bien. Cuídate, hijo. — asentí y me liberó, volviendo con la morocha. Yo me quedé un rato en ese lugar, sonriendo como un bobo vicioso. ¡Estupendo! Finalmente había llegado la fecha, y eso que la había olvidado como un tonto. Al fin la reunión que une a los tres estudios de más prestigio. El evento del que todos hablan, el que más riquezas trae. Y Jörg siempre me ha escogido. Nada mejor que un suceso tal para limpiar la sucia imagen que me han creado los putos periodistas por el caso que lidero.
Ya con un buen inicio del día, continué con mi marcha y bajé las escaleras con velocidad. Mi bolso hoy pesaba más que de costumbre no sé si por lo que llevaba dentro o porque todo pesaba más que otros días, literalmente hablando.
Afuera el clima era agradable. El calor sofocante ya se iba yendo para darle paso a lo que sería el otoño y la gente podía usar ropas de colores más oscuros y de cualquier tipo de tela sin pensar en el agobio. Por mi parte, iba rumbo a mi carro, hasta que la inconfundible bocina del Nissan 3507 Convertible de Andreas sonó. Me detuve en mitad de la vereda, a unos pasos de mi Audi y esperé a que apeara.
Caminó hacia mí dándole a la alarma de paso. Me sonrió y se sacó sus gafas de sol. Caray… hoy estaba buenísimo.
— Hola, amor.
— Hola. — Nos besamos cortamente, generando un sonido suave. — Tienes retraso.
— Lo sé, lo sé. Pero da igual. — Me guiñó un ojo.
— Oye, a que no sabes.
— ¿Qué?
— Hoy Jörg anuncia quién lo acompañará a la reunión con Seeger y Morris. — comenté contagiándole mi entusiasmo con mucha rapidez.
— ¡Eso es fantástico!
— ¡Lo sé! — rió.
— ¿Estás nervioso?
— Para nada. Supongo que es más bien ansiedad.
— Tú serás el elegido, Bill y lo sabes perfectamente. — Acarició mis brazos a ambos lados de mi cuerpo. — Todo mejorará.
Continúa…
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