«Apostemos» Temporada I

Capítulo 28.- Equilibrar la balanza

De espaldas a la camilla esperaba que Gustav me contesté a las llamadas. Bufé luego del tercer tono, pero sorpresivamente esta vez sí se oyó su voz del otro lado y no la del contestador.

— Hola.

— ¡Hasta que me atienes, caray!

— ¿Bill? ¡Viejo amigo! — rodé los ojos por el mismo discurso. — Al fin eres tú quien me llama. Me alegro de oír tu voz, amigo.

— Claro. Escucha, Gustav, te llamo porque todo ha salido a pedir de boca.

— ¡No me digas! Qué gusto, qué gusto.

— Sí. Y supongo que tus muchachos estarán ansiosos por sus porcentajes de la paga.

— Totalmente. Aunque les advertí que la paga llegaría cuando todo esté dando sus frutos.

— Bueno, ese día ha llegado. ¿Cómo hacemos?

— Yo pensé en todo. — carraspeó. — Para no comprometerte en encuentros y salidas extrañas, tengo una cuenta en el Banco Central.

— ¿Tú?, ¿con tus antecedentes?

— No está a mi nombre. Pero es de alguien que me permite manejarla en su totalidad.

— Oh, ya veo.

— Entonces te paso las claves y tú depositas el dinero en ella. Sin sospechas. ¿Qué te parece la idea?

— Me parece aceptable. ¿Te parece que mañana lo haga? Porque hoy será imposible.

— No hay problema. Mañana será, amigo.

— Bien. Ahora tengo que dejarte porque estoy ocupado.

— Entiendo de eso. Espero verte pronto, Billy. Cuídate.

— Tú igual. Adiós. — Colgué la llamada más que satisfecho con cómo se iban desenvolviendo las cosas. La verdad que hoy…

— Hola.

Exclamé de pura sorpresa volteándome en mi sitio, con una mano en mi pecho y respirando con irregularidad. La niña me observaba confundida, sin entender mi presencia en el lugar y mucho menos mi reacción a su saludo.

— No quise asustarte. — Hablaba como si sus energías fueran muy bajas. Pero aun así estaba sentada en su camilla, con los ojos bien abiertos.

— No… descuida. — Tragué grueso. No podía creer lo que veía. Esto era inédito. La niñ… no, no. El caso en persona estaba mirándome a los ojos. Wow… si esta no fuera la realidad juraría que tenía un signo dólar en cada uno de mis ojos. — Milagros, ¿cierto?

— Milagros Yamil Gómez. — dijo con firmeza y sonreí de lado aún anonadado. — ¿Y tú eres…?

— Federico. — respondí con velocidad y me acerqué a su lado, extendiendo mi mano y esperando la suya. — Federico Insaurralde. — ¡Menudo apellido me mandé!

— Un gusto. — Su pequeña mano se posó sobre la mía y me sonrió como si me conociera de toda la vida. O como si no tuviera motivo alguno para no hacerlo.

— El gusto es mío, Milagros. — Sonreí afectivamente, aunque sólo sentía una ambición sin límites. — Me presentaré más profundamente. — Ella asintió entrelazando sus dedos y escuchando con atención. — Soy un asistente social que el Gobierno Alemán envió al hospital para seguir de cerca tu internación aquí.

— ¿Por qué?

— Son cosas de rutina. Sólo paso un rato todos los días, menos los domingos, y veo que tal va todo. — Mentí de manera ilustre. — Si te atienden bien, si las condiciones salubres son las adecuadas, si…

— ¿Salu… qué? — Reí de su poco conocimiento del idioma. Aunque hablaba el alemán, lo hacía tan precariamente que tendría que medir los términos que utilizaría con ella en un futuro.

— De salud.

— Ah.

— Y, principalmente, estoy aquí para que te sientas cómoda. — Torció los labios.

— Es que… yo vivo dormida aquí. No sé qué pasa.

— Eso es normal. Es que deben inyectarte un medicamento clave en tu tratamiento.

— Pero no quiero dormir todo el día.

— Es por tu bien. Esto terminará muy pronto. — Le garanticé sin despegarle la mirada de encima. Sus ojos era bien verdes y su cabello castaño se notaba desarreglado.

De repente, la puerta de la habitación se abrió y Fred ingresó sin preocupaciones hasta que notó a la niña sentada en la camilla. Fue ahí que sus ojos se abrieron con desmesurada impresión y me observó confuso. ¿Por qué no di aviso de esto? Ahora se lo explicaría.

— Fred, tenemos que hablar. — Lo interrumpí antes que se mandara alguna cagada.

— Pero…

— Permíteme un momento, Milagros. — Ella asintió bostezando y yo me arrimé al médico.

— ¿¡Qué demonios significa esto!? — interrogó en un susurro violento.

— Escucha, esto nos conviene a los dos.

— ¡No! Lo que sea que estés pensando, la respuesta es no.

— Ah, ¿sí? Un no escucharás en cualquier hospital al que vayas a buscar trabajo después de que te despida. Así que oye bien mi plan y si no vas a ser partícipe de él, te puedes ir yendo a comer comida enlatada a tu casa. — aclaré duramente. Él no dejaba de observarla. ¡La asustaría, joder! — Ahora escúchame a mí— Me acerqué más a su rostro para no tener que elevar la voz y alertar a la niña. —: cada quince días el hospital nos alcanza un parte médico con las reacciones, avances y demás de la niña, ¿o no?

— Sí.

— Hasta el momento fueron exactos. Pero, ¿qué pasaría si la niña canta, baila, monta un caballo, y eso no está estipulado en ese parte?

— Eso no pasará. Éste es un hospital serio y el médico a cargo de Mil…

— Sí, ya sé. Es un excelente profesional, lo sé. Pero yo tengo pruebas de que ella está reaccionando a diario; algo que en ese papelito no aparece.

— ¿Y cómo se supone que harás para que ellos no sepan que Milagros está reaccionando?

— Morfina.

— No, Bill, no puedes hacer eso. No podemos inyectarle o hacerle ingerir nada. No estamos a cargo de su salud, es ilegal.

— La inyectamos directo en la sangre y la desecha por la orina. Cada vez que le hagan algún análisis, nos avisan y bajo la dosis. Mira qué sencillo es.

— Estás loco…

— Es un plan maestro, no me lo vas a negar.

— ¡Pero es una locura! No se puede jugar con la vida de una niña de nueve años, ¡caray!

— Sólo un mes. Eso es lo que falta para el juicio, para que estas visitas acaben y con ellas toda esta ‘locura’. — Se quedó callado, con una mueca de desapruebo en el rostro mientras la miraba tras mi hombro. — Y me llamo Federico aquí.

— ¿Es en serio?

— Sin nombres es mejor. — Negó lentamente. — ¿Qué dices? ¿Estás conmigo o no?

— Esto está mal. Muy, muy mal.

— Ya sé. Pero estaría peor si se enteraran. — Me observó. Ya lo tenía, sólo un poco más. — Además su vida no está en peligro. Digo, han estado tres meses metiéndole morfina en el suero hasta que descubrieron que no hacía falta desde hace tiempo. ¿Está muerta? No. La morfina es inofensiva.

— Pero… estaremos muy complicados si nos descubren.

— No pasará. Aunque te comunico que tú ya estás hasta las bolas con esto.

— ¿¡Qué!?

— Sí. Ya la he inyectado antes.

— ¡Mierda!

— Oye, la boca. Es una nena. — reí bajo con maldad. — ¿Y? Dímelo ahora.

— Pues… sí. No me queda de otra. Maldita sea, Bi… Federico. Estoy poniendo mi carrera en riesgo por ti.

— No. No te creas. La pones en riesgo si me dices que no porque me aseguraré que termines cuidando viejos en un geriátrico.

— Basta. Ya dije que sí, no sigas.

— Vale. Otra cosa más: tú tienes que ponerle la inyección.

— ¿¡Eh!?

— Sin protestas. Tú eres el médico aquí, yo el abogado. ¿Lo recuerdas? — Sonreí satisfecho de verlo asentir como un perro. Manso a mis órdenes.

.

— Quiero ser breve, directo y rápido en mis palabras. — Ya todos estábamos ahí, aunque no muy atentos. Hablo por ellos que ya se habían resignado a que yo sería el escogido por mi padre. Como lo fue en el inicio de año, el año pasado y el anteaño pasado. Dos veces al año pasaban por un rato de palabras para oír el mismo nombre al final. Bill Kaulitz. — Sé que todos están bastante atareados con los casos, así que no quiero hacer de esto algo extenso. — Todos estábamos parados alrededor de la larga mesa de la sala de juntas. Mi padre en la cabecera, con Thomas y yo en primer lugar. Andreas me sujetaba la mano con fuerza, haciéndome saber que él estaba conmigo apoyándome y compartiendo mi futuro festejo. La morocha, Georg y obviamente Lucas, sólo lo miraban. — Hoy quiero dar el nombre de quien será partícipe del negocio más importante del estudio jurídico Kaulitz. Orgulloso estoy de decir que mi hijo Bill Kaulitz está en condiciones de describirles la repercusión que este suceso tiene en los medios, en la sociedad en sí. — Hizo un silencio y nos observó a los ojos a todos. — ¿Para qué hacer esto más largo? — suspiró y tomó aire. Yo ya tocaba el cielo con la punta de los dedos. La única vez que sentía verdadero gusto en abrazar con fuerzas a mi padre. Cuando dice mi nombre y todos aplauden. Oh, sí. La gloria. — Quien he elegido para que sea mi mano derecha durante seis meses más, que hasta ahora ha sido mi adorado hijo Bill, es…— Tomé aire sonriendo de lado y…— Mi hijo— ¡Sí! —, Thomas Trümper. — ¡¿Quéeee?!

Aplausos, aplausos y más aplausos. Él me miró inmediatamente, confundido y serio como si me pidiera disculpas con la mirada o como si me dijera que él tampoco entendía nada. Yo solté la mano de Andreas, que me susurró un ‘tranquilo’ o algo así al oído. La morocha disfrutaba el cambio de decisión de mi padre y Georg aún no caía. El único que lo veía todo normal era Lucas.

— ¡Felicitaciones, hijo mío! — Yo borré todo rastro amigable en mi rostro cuando estos dos se fundieron en un efusivo abrazo. Y simplemente no pude aguantarlo. Salí de la sala empujando a Lucas que nada tenía que ver, haciéndome paso entre esas sanguijuelas. Simplemente azoté la puerta con fuerza y busqué alejarme de esos malditos traidores.

Afuera, me recargué en la recepción y tomé aire con fuerza.

No podía estar pasándome esto… tenía que ser un grave error. ¡Maldita sea! ¿¡Ven lo que les decía!? ¡Él ha llegado para arrebatarme todo! ¡Quiere dejarme en la nada! ¡Todo esto me pertenece! El prestigio, la fama, el dinero, ser la mano derecha de Jörg, heredar todo esto algún día. ¡Todo!

— ¡Maldita sea! — Golpeé el escritorio con fuerza. Un poco más y me rompía la mano, maldita sea.

— Hey, hey, calmado, amigo. — Georg apoyó su mano en mi hombro, llegando a mi lado. — ¿Qué ocurre contigo? Este no es el Bill apacible que conozco.

— ¿Viste lo que pasó ahí dentro? ¡He quedado como un idiota! ¡Me arrebató…!

— Nadie te arrebató nada. Lo que es tuyo nunca nadie te lo saca, es ley. Pero creo que lo que tu padre quiere hacer es equilibrar la balanza, es todo.

— Pues me vale. Esto… necesito calmarme. — Asintió de acuerdo y yo busqué estabilizar mi respiración. — Oye, ¿te importa si esta noche me quedo a dormir en tu casa?; no tengo interés de cruzarme con Thomas o con Jörg.

— Claro, por supuesto. Sabes que mi casa es tu casa, amigo. — sonreí agradecido.

— Ya que mañana no habrá que venir, salimos de aquí y nos vamos juntos, ¿sí?

— Vale. — Ambos miramos la puerta de la sala que volvía a abrirse. Ahora salía Tom buscándome con la mirada. Geo intentó decirme que mantuviera la calma, que un escándalo en mitad de la recepción sólo me perjudicaría más. Ya suficiente con haber salido de ese modo de la junta.

— Bill, yo quiero…

— No me hables. — corté fríamente una vez parado frente a mí. — Eres la última persona con la que quiero mantener un diálogo en este mundo. — Lo dejé con la palabra en la boca cuando enfilé rumbo a mi despacho. Me encerraría en él hasta llegada la hora de irnos.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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