«Apostemos» Temporada I

Capítulo 29.- Organizarse

— Anda, siéntate. — Me dejé caer sobre el sofá cansado después del día de más estrés de mi vida hasta ahora. Creo que mi cabeza trabajó el doble de lo que es usual. — ¿Cerveza? — Negué con la cabeza a su ofrecimiento, mientras él zarandeaba su propia lata frente a mí. Se sentó a mi lado echando un suspiro y me miró esperando algo. — Pues dime.

— Tú pregunta y yo veo si te respondo o no.

— ¿No me responderás a todo?

— Por el bien de nuestra amistad; no. — Rió resignado y asintió teniendo que conformarse.

— Lo que más curiosidad me causa es tu relación con Thomas. ¿Cómo va eso?

— ¿Específicamente a qué te refieres?

— A si sigues o no en un enredo de mentiras y obsesión.

— Suena muy mal si lo dices así.

— Así y de mil maneras más.

— Para ser precisos, tenemos una especie de trato. Apuesta, mejor dicho.

— ¿Como las tienen los niños de diez años?

— Exacto. — Llevó la bebida alcohólica a sus labios y bebió unos tragos, mirándome atentamente.

— ¿Y de qué va esa apuesta?

— Es enamorar al otro. Específicamente decir te amo; el que lo dice primero pierde.

— No me jodas. ¿Estás demente?

— Pero eso no es lo más importante. Sino lo que apostamos. — Alzó una ceja. — Simplemente todo.

— Espera, espera, ¿qué se supone que es todo?

— Mira, tú sabes que todo esto me pertenece por derecho. — Rodó los ojos cansado del mismo discurso, pareciera. — No, es en serio. No lo digo por decir, es la verdad. Te daré mis razones:

— Ilústrame.

— Razón número uno: he sido el soporte de Jörg con su enfermedad desde un inicio. Dos: crecí en la ausencia de mi padre porque siempre estaba metido en ese maldito estudio. Tres: me críe observando el abuso hacia mi madre para finalmente verla muerta de cáncer. Cuatro: me enteré que tenía un medio hermano recién a mis quince años, es decir que pasé toda mi infancia solo totalmente en vano. Seis: me encerraron en una clínica para drogones, y no me molesta eso ya que sin ese año ahí dentro quizás estaría muerto; pero me refiero a que siquiera Jörg fue a verme, botándome en el abandono. Andreas y tú saben eso perfectamente. Siete: cuando salí me enteré que mi padre le había mentido a medio mundo por miedo a la vergüenza de mi adicción. Ocho: Thomas se fue a la mierda de mi vida, haciéndome sentir un estúpido y destrozándome por dentro. Nueve: cinco años después vuelve como si nada hubiera pasado y me arrebata de a poco todo por lo que tanto me esforcé. — Hizo silencio.

— ¿Ya?

— Ya. Pero yendo al grano, él regresa como el hijo perfecto y arruina mi vida de nuevo. Entonces, ¿qué es lo mejor que a mí me pudiera pasar?

—… ¿Que se marche?

— ¡Eso!

— A ver si entendí. Tú apostaste con él que se marche.

— Sí. Si él me dice que me ama, se va de la casa, del estudio, renuncia a ser la mano derecha de Jörg, a ser el presidente del estudio en algún remoto futuro, ¡todo! Simplemente se va de mi vida.

— Problema resuelto.

— Correcto. Y, bueno, si yo pierdo es al revés. — Tosió de inmediato luego de algunos tragos a su cerveza. — ¿Qué?

— Eso mismo… ¿¡Qué!?

— Oye, cálmate.

— ¿¡Apostaste perderlo todo!?

— Te dije y estabas de acuerdo.

— Pensé que tú tenías otro castigo. ¿¡Estás loco!?

— No. Estoy seguro, que es diferente.

— ¿Seguro de qué?

— De que no me enamoraré de nuevo de él, Geo. ¿O acaso crees que continúo siendo ese niño tonto de antes?

— Antes, antes, antes. ¿Cuándo fue antes, Bill? ¿Cómo es que estás tan seguro?

— Tengo puntos a favor. Para empezar él no me conoce como soy ahora, yo he cambiado mucho.

— ¿Y qué? Lo enamoras y ya. Te dice que te ama, se va a la mierda y todo igual.

— Bueno… sí.

— Caray. Tú no dejas de sorprenderme.

— Oye, ¿qué hay de malo o raro? — Me observó como si lo trágico en mis palabras fuera evidente.

— Mira Bill, nadie quieres celebrar su amor más que yo, pero entiende que te estás metiendo en un terreno peligroso.

— Nah, me conozco.

— ¡No! Y ese es el problema. Hay dos cosas en el mundo que el hombre no puede controlar y esas son: el tiempo y los sentimientos.

— ¿Qué quieres decirme con eso?

— Quiero decirte que volverás a caer en lo mismo, olvidarás que él fue quien arruinó tu vida, quien se ha burlado de ti y…

— Ya sé eso, Georg.

— ¿Ves? Dime que lo notas, por favor. — No respondí. — Una persona supera un tema cuando puede hablar de él. Tú siquiera puedes recordarlo.

— Me dolió, ¿vale? ¿Cómo quieres que pueda hablar de eso ahora?

— Aún te importa.

— Que me duela no implica que él me interese ahora mismo. Entiende que sólo quiero verlo lejos de mi vida, justo y como estaba antes.

— ¿Qué quieres que te diga? Todo esto me parece una locura. Enamorar a alguien sólo para alejarlo de tu vida y arrebatarle todo no es algo sano.

— Pero es la única opción. Es divertido de paso. — bromeé y sólo conseguí que me mirara peor.

— Bárbaro. Tú te diviertes vengándote de tu hermano mientras te lo follas, pero ¿Andreas?, porque te acuerdas que existe alguien que se llama así, ¿cierto? — Oh, aquí vamos.

— Geo…

— Nada. Todo está muy mono con tus planes y tus viejos rencores, pero hay alguien que está a tu lado. A ver, dime, ¿cómo están las cosas con él?

— Pues… bien. No es como antes, pero…

— ¿Qué?

— Desde el último pleito las cosas cambiaron.

— ¿Qué dices?

— Todo fue un malentendido y discutimos en mi cuarto. De hecho, si no hubiera sido porque Tom entró, quizás todo hubiera empeorado de un segundo a otro.

— Mierda. ¿Cuál fue ese malentendido?, porque debió de ser algo demasiado grueso.

— Gemí el nombre de Thomas estando con él. — Abrió su boca y sus ojos de un modo exuberante convirtiendo su rostro en un poema.

— ¿¡Que hiciste qué!? ¡Maldita sea, Bill! ¿¡Qué demonios pasa contigo!?

— Pero ya todo se arregló. De hecho hasta hicimos el amor anoche y…

— Aguarda, ¿el amor? ¿Tú sabes lo que es eso?

— Sí. Jörg me lo explicó. — Me miró de un modo burlón, conteniendo una risa mofa. — Sí, sé que el hombre no folla desde hace…unos veinte años, pero bueno. — rió con ganas rompiendo el hielo. — Lo describió muy bonito. Que cuando se aman dos personas es como especial y todo eso.

— Exacto. Amor. ¿Tú estás enamorado de él? Porque se nota a lenguas que él de ti sí. Y mucho.

— En realidad no sé.

— ¿En dos años no sabes si estás o no enamorado de él? ¿A qué juegas, Kaulitz?

— ¿Vas a seguir regañándome? — Se puso de pie con fastidio, ya con su bebida acabada.

— Sí. Porque no puedo creer que esté hablando con un tío de veintidós años. ¡Pareces un niño, caray! — Imité su reciente acción y lo seguí hasta la cocina.

— Estoy siendo honesto contigo.

— Pues piensa en ser honesto con él primero. ¡O contigo mismo!

— ¿De qué me hablas ahora? — Se detuvo en la mesada en donde dejó botada la lata e higienizó sus manos. Yo me posicioné a su lado, con ambas manos sobre el mármol de ésta y mirándolo con seriedad.

— De que estás enredado en una maldita telaraña de mentiras y de egoísmo. Entiende Bill, que mientras tú finges amarlo, él lo hace de verdad. Estás ilusionándolo con un imposible.

— No es un imposible que yo me enamore de él. Yo lo adoro. Si le pasa algo soy capaz de hacer cualquier cosa.

— Pero sigue sin ser amor. Pareciera que describes nuestra amistad, Bill y ustedes dos no son amigos, sino que son una pareja. ¡Y lo engañas con tu propio hermano!

— Es diferente.

— ¿Por qué? — Callé. — Dime, ¿por qué es tan diferente?

— Porque, justamente, es mi hermano.

— Lo engañas igual. No juegas al ajedrez con tu hermano, eh. Follan y se burlan del pobre Andreas a sus espaldas.

— ¡Claro! Todos aquí son más importantes que yo, ¿cierto? ¡Yo también sufro, me preocupo y me quedo encerrado sin salidas! Pero nadie dice: ‘¡Oh, mira al pobre Bill cómo está de cansado, de agobiado!’ ¡No! ¿Para qué?, si soy una sabandija que solamente daña a las personas.

— Pues lo siento, Bill, yo no voy a decirte que te apoyo y que puedes contar conmigo cuando no lo siento así. Esa es la tarea de Andreas: abalar tus decisiones por sobre todas las cosas. — Cortó tajante cuando yo andaba buscando otra respuesta por su parte. — Yo soy sincero y te digo que no cuentes conmigo para dañar a Andreas. Porque él es mi amigo y lo aprecio, no puedo permitir que tú juegues con él.

— Yo… yo quiero sacarme a Thomas de encima para seguir con mi vida hasta ahora y eso lo incluye a él, Georg.

— Pues hasta ese entonces, deja de dañarlo.

— ¿Y cómo hago? — cuestioné desesperado. Me tiraba problemas y no soluciones.

— Deja de ser tan egoísta.

— ¿Egoísta?

— Sí. Estás reteniéndolo. Ya lo retuviste dos años creándole falsas esperanzas mientras él se enamoraba de ti. Ahora planeas hacerle creer que tiene tu corazón, que pueden hacer una vida juntos. Él es joven, exitoso, es guapo, puede conseguir a alguien que en verdad lo quiera, ¿por qué lo atas a ti? — Bajé la mirada al mármol unicolor de la mesada. — Deja que sea feliz.

— Lo destrozaré aún peor.

— Es mejor que sufra lo que deba sufrir ahora, antes que dentro de unos meses o más. Porque, digo, ya lo has tenido dos años así ¿Esperarás tres o cuatro? No. Ilusionar a una persona es lo peor que puedes hacer.

— Yo no quiero perderlo. No del todo.

— Tú lo que no quieres es que esa opción B desaparezca. Lamento ser así de crudo contigo, amigo, pero así se ve desde afuera. ¿O cuántas veces me has dicho que él te sirve para follar? ¿Miento acaso?

— No. Pero eso era antes.

— Y sigues con el antes…— negó frustrado. — Importa el ahora, Bill. Y el ahora de Andreas es bastante penoso a tu lado. Si no quieres que sea algo definitivo dile que será un tiempo. Date un tiempo a ti mismo hasta que tu cabeza se organice.

— Mi cabeza nunca se organizará. — Su mano palmeó mi hombro.

— Entonces qué pena, amigo. Porque cualquiera que esté a tu lado en tu situación ahora, saldrá lastimado. — Decidí calmarme.

— Ya estuvo bueno. — Me volteé para verlo coger unas cosas del refrigerador. — ¿Y tú? — pregunté recostando mi cuerpo sobre la mesada a mis espaldas. Él me observó por sobre su hombro para luego volver a explorar el interior del aparato. — ¿Qué tal tu vida?

— Mi vida es lo que ves, Bill. Mi casa y mi trabajo.

— Sin ánimos de ofender, es bastante aburrida. — rió bajo y cerró la puerta del electrodoméstico con algunos lácteos en la mano. Este tío sólo comía.

— Sí. — reconoció dejando todo sobre la mesada y mirándome. — Es aburrida, pero al menos yo no engaño a mi pareja de dos años con mi hermanastro.

— ¡Eres el peor! — Se unió a mi carcajada y luego empezó a abrir el envase de leche, volcando su contenido en un vaso de vidrio hasta llenar su cavidad total. — Pero, ¿y el amor?

— No tengo tiempo para eso. Siempre se sale herido de un enredo así.

— Bueno, esta vez buscamos a alguna que no tenga balcón.

— ¿Te acuerdas de eso?

— Sí, cómo olvidarlo. La tipa tenía como unos cuarenta años.

— Treinta y siete.

— Ya. Te gustan las veteranas casadas. Y un día llega el marido de sorpresa y ¡Bam! — Alcé mis manos y comencé a reír de nuevo.

— ¡Oye, no fue gracioso! Estuve internado una semana por eso. Pero bueno, admito que ahora es divertido.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Un comentario en «Apostemos 29»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!