«Apostemos» Temporada I

Capítulo 3.- Siempre cae de donde subió

— Estoy en perfectas condiciones.

— ¿Y eso a mí qué?

— Lo digo para que te quedes tranquilo; después de los doce mensajes que me dejaste en mi buzón anoche.

— No estaba preocupado por ti, ni mucho menos. Es que me pone histérico que no cumplas con las normativas.

— ¿Ahora hay normas?

— Si vives en mi casa, sí. — Le di otra calada a mi cigarro, hamacándome levemente de un lado a otro en la silla frente a su escritorio.

— Jaja. — Rió soberbio. — ¿Tu casa? Creí que era la de papá.

— Tengo más derecho que tú y lo sabes.

— Ya, mejor dejar el tema ahí. — Asentí soltando el humo que llevaba contenido durante todo este tiempo. Sentía un alivio enorme de por fin sentir un poco de nicotina en mi sistema. — ¿Qué tenía anoche?

— Fumó un cigarro. De hecho tenía una cajetilla sobre su mesita de noche.

— Oh… supongo que eso es malo. — Lo observé inexpresivo. — Es malo.

— Dijimos que íbamos a dejar el tema ahí. — Recordé y asintió conforme. — Escucha, tengo el número del abogado que defenderá a Gómez.

— ¿Qué? ¿Cómo le has conseguido?

— Digamos que tengo mis métodos. — Sonreí de lado, pasándole el pedazo de papel donde anoté el teléfono. — Debes llamarlo y acordar una reunión.

— ¿La reunión de mediación? Honestamente no creo que Gómez esté interesado.

— Me vale. Antes que nada, hay que intentar. — Le di otra calada al cigarro mientras él transcribía el número. — Si de entrada te dice que no, entonces mándalo a la mierda y dile que nos vemos en dos meses. No quiero perder tiempo con esa gente. — El humo se coló por mis labios y formuló una mueca de desagrado. — ¿Qué te pasa ahora?

— No me agrada el olor a esa cosa.

— Ayuda a calmarme.

— ¿Por qué no te calmas de otro modo?

— ¿Cómo qué?

— Una buena revolcada, por ejemplo.

— Ya me la di, estoy satisfecho. — Touché.

— Como digas. — susurró volviendo la mirada a su olvidada portátil. Tipeó unas cuantas cosas, observando alternadamente el expediente que copiaba a su derecha. — ¿Te enteraste que Andreas está al frente del estudio por hoy?

— Es sólo por un par de horas. — Le resté importancia.

— Sí. Pero no entiendo por qué papá no te avisó a ti. — comentó. — No sé quién es Andreas, pero debe de ser alguien muy importante como para que papá lo prefiera antes que a ti. — Reí.

— Jörg prefiere hasta al perro que camina por la calle, antes que a mí. — Apagué el cigarro en el cenicero sobre el escritorio cuando había culminado en la colilla. Thomas pareció aliviarse por ello y yo lo ignoré. Pero entonces otra vez sonó mi teléfono. Hoy me sacaría canas multicolores. Aunque esta vez era un mensaje de texto de un número que figuraba como desconocido. ‘Bar Aubergine. Como en los viejos tiempos, amigo. Te estoy esperando.’ Tragué en seco con mis ojos como detenidos en la pantalla del celular y recordé todo como si en verdad hubiera sucedido ayer.

Sentado en la mesa acordada a la hora acordada suspiré rascando mi cabeza con impaciencia. Intenté no desarreglar mi cabello cuidadosamente inflado con laca, pero supongo que fue algo inútil el intento. Acomodé el cuello de mi chaqueta de tachas y observé intercaladamente a la gente que continuaba con sus vidas por las mesas cercanas. Ignoraban mis nervios y el porqué de estar ahí sentado. Mis ojos, observando sin interés alguno mis uñas jugar con el mantel de la mesa, se clisaron con los de la persona que acababa de llegar, sentándose enfrente mío en esa mesa.

— Lamento la demora.

— Da igual, ¿lo tienes?

— Wow, nunca conocí a un cliente tan ansioso como tú, Billy.

— Me halagas. Ahora, lo tienes, ¿sí o no? — Me sonrió de lado asintiendo y yo observé a mis alrededores, como si sintiera la mirada de todos, acusadoras. ¿Me reconocerá alguien? Pero si nadie que frecuente viene por estos sitios. Es imposible. Sólo cálmate, Kaulitz. Trata… trata de calmarte. — Necesito calmarme, apúrate. — Bajó el cierre de su cazadora, ignorándome, y coló su mano derecha al bolsillo interior del lado contrario. Luego de un momento sacó algo oculto en su puño completamente cerrado.

— Eres un crío, Billy, ¿no crees que debes dejarlo ya?

— ¿No crees que es un poco tarde?

— ¿No crees que te hace mal?

— ¿No crees que no me importa? Sólo dámelo. — Tenía mi mano muy cercana a su puño cerrado sobre la madera de la mesa, esperando a que se dignara a entregarme ese pequeño paquetillo plateado.

— Vale. Sólo porque ya lo pagaste. O sino no te lo daría.

— Sí, porque yo te creo mucho. — ironicé recibiéndolo con disimulo y guardándolo de inmediato en el bolsillo de mi chaqueta.

— Oye, me ofendes. Lo que menos me gusta de este trabajo es que les cago la vida a los niños de diecisiete años como tú.

— ¿Eso es lo que más odias? — reí con ironía. — No quiero imaginar qué es lo que te gusta.

— Lo que me gusta son los veinte grandes que dejaste en mi cuenta hoy. — Me guiñó un ojo y se puso de pie. — Disfrútalo. — De su bolsillo sacó su teléfono celular, el cual comenzó a manipular alejándose a paso tranquilo.

Minutos después, me paré rápidamente y observé a mis alrededores con temor. Continuaba sintiéndome vigilado. Era mera paranoia que no acababa de perseguirme, no cesaba. Pero sólo había una forma de hacer que pare tanto sufrimiento; simplemente consumiendo. Entonces subí del todo el cierre de mi cazadora, hasta que tapara mi boca con su cuello, y salí a paso apurado, sin querer mirar a nadie. Mis ojos fijos en la puerta y luego en el carro, cuando la abrí al fin. Le saqué la alarma al auto y abrí su puerta con rapidez. Me adentré en él, protegiéndome con sus vidrios polarizados. Nadie podía verme ahora, estaba a salvo. Mis manos reposaban en mis muslos, moviéndose con nervios. Mi espalda completamente recta en el asiento y mi vista al frente. Lo pensé por unos segundos, preguntándome si realmente quería esto. Pues… quizás no lo quería, pero lo necesitaba y esa era una realidad que no puedes cambiar tan fácilmente como diciéndolo. Porque puedes prescindir de algo que quieres, pero no de algo que necesitas.

Saqué el pequeño paquete de mi bolsillo y lo sentí presionarlo unos momentos en mi puño. Pero la ansiedad era más poderosa que cualquier signo de cordura. Lo desdoblé rápidamente con mis manos, dejándolo abierto sobre mi palma derecha. Seguidamente me incliné y tapé el orificio nasal del lado izquierdo y aspiré fuertemente todo el polvo de una sola vez. El paquetillo se calló y yo me eché hacia atrás. Parpadeé varias veces, de manera pausada y abriendo los ojos ampliamente. Las imágenes seguían iguales, eso no solía cambiar. Pero los sonidos… eran más lejanos, me abandonaban y sólo se podía escuchar, casi aturdiéndote, mi respiración y el bombear de mi corazón. Era rápido. Bom, bom, bom… no se detenía y parecía un tambor en mis oídos. Dejé descansar mi frente en el volante y… luego no recuerdo más.

— Bill… ¡Bill!

— ¿Qué? — Interrogué exaltado, observando a Thomas observándome extraño.

— ¿Qué te ocurre, estás bien?

— Sí, estoy… estoy bien. — Guardé mi móvil en el bolsillo de mi cazadora y me puse de pie. — Saldré.

— ¿Qué? ¿Y el caso?

— Pues, velo tú solo, no me necesitas para vivir.

— Pero, ¿y si papá pregunta?

— Dile que veré a un cliente. Al fin de cuentas, es la verdad. — Mentí dándome la vuelta y dirigiéndome a la puerta.

— La puta madre. — Maldijo y reí bajo.

.

— Ahora los roles se invierten. Llevo diez minutos esperándote. — comentó sin perder esa sonrisa tan particular.

— Bueno, hace cinco años atrás, yo no era más que un adolescente sin nada que hacer. Ahora tengo mi trabajo. — Estreché su mano y me senté. — La misma mesa…

— Sí. Quise homenajearte de algún modo, amigo. — Alcé una ceja. — ¡Qué grande que estás, Billy! ¿Cuántos años tienes ya?

— Veintidós.

— Tu cumpleaños fue en septiembre, ¿verdad?

— Ajham. — No tenía ni la más mínima voluntad de conversar con él.

— Wow… es increíble.

— ¿Y tú? ¿Ya con cuarenta o qué?

— Ouch. Continúas hiriéndome, amigo. Tengo treinta recién cumplidos. Soy un nene.

— Claro, como tú digas. ¿Qué quieres? — Se acomodó mejor en su lugar. Apoyó ambos codos en la mesa, acercándose un poco más

— Verás, Bill, tengo un amigo que está jodidamente jodido. — Rió bajo. — La policía lo agarró con quince kilos de falopa en el sótano de su casa.

— Oh, tú amigo necesita un milagro.

— Sí. O te necesita a ti.

— ¿Disculpa? No estoy entendiendo nada.

— Bueno, tú tienes tus contactos, eres un hombre de poder aunque siga viéndote como mi pequeño.

— Amm… Gustav, sé más claro.

— El fiscal en la causa es Molina. — Me observó de forma cómplice y capté el mensaje.

— Mira, Gustav, yo lo lamento por tu amigo, pero no estoy en condiciones de meterme en ninguna tramoya de estas, ¿vale? No puedo manchar mi nombre a meses de un caso tan importante como el de Cortez.

— Perfecto, estoy de acuerdo, pero nadie se enterará.

— ¿Cómo que no? Esa información suele filtrarse así como así… se filtra. — expliqué sin muchas facultades, es que estaba nervioso. Me alteraba la idea de volver a involucrarme con gente como esta.

— Billy, no pensarás en dejar a mi amigo ahí, echado a su suerte, ¿o sí?

— Pues tu amigo me la chupa. La respuesta es no y ya. — Hice el amago de ponerme de pie, pero su mano presionando en mi muñeca me hizo volver la mirada a la suya.

— Es que no yo no te lo pregunté en ningún momento, Billy.

— Suéltame, imbécil. — Y así lo hizo, sabiendo que me quedaría. — ¿Qué parte no entiendes de que me da igual? Yo no te debo dinero, ni nada parecido, no puedes extorsionarme.

— No. Pero, ¿te imaginas la cara de los medios y de la audiencia, al enterarse que el hijo de, nada más y nada menos, Jörg Kaulitz ha estado en rehabilitación por adicción a las drogas durante dos años? — Me quedé observándolo atónito. El no sería capaz… — La pregunta es larga y aburrida, ¿quieres que la explique de otro modo? No tengo problema. — Bajé la mirada a mis manos. Me veía igual que hace cinco años atrás. Me siento observado y acusado por todos. Siento esa ansiedad mezclada con nervios.

— No lo harás.

— No lo haré si ayudas a mi amigo. — contraatacó y sentí que me hizo un jodido touché. — Y bien, ¿qué me dices? — Lo pensé unos momentos. ¿Se imaginan? Todos sabiendo mi secreto, comentándolo. Para esa época no me importaba, no movía un solo pelo en mi cabeza. Es que ahora todos me conocen. Me tiro un pedo y ya tengo a los periodistas haciendo un informe de ello. Y mi padre es otro tema también. Es un tipo poderoso, famoso. Lo reduciría a cenizas con una palabra de este sujeto. No tengo otra opción, no puedo continuar fingiendo todo. Eso fue parte de mi vida y lo es ahora, no puedo simplemente dejarlo ir en el olvido mientras exista gente que fue testigo de ello y me condena cada día. Por eso hago todo lo posible para ocultarlo. Aunque no se pueda.

— Entonces… Molina, ¿eh? — Sonrió ampliamente asintiendo.

— Sabía que no me fallarías, Billy.

— Pero con esto se termina, ¿okay? Adiós, goodbye, chau, au revoir, tchau, ¿Entendido? — Sonrió de lado, poniéndose de pie.

— Este es mi nuevo número, lo cambié por seguridad. — Me extendió una tarjetilla que dejó sobre la mesa, a un lado de mi mano.

— ¿Y para qué necesito yo el número de un tranza?

— Hasta luego. — Me guiñó un ojo como solía hacer y se perdió tras la puerta del bar. No me dejaría en paz, no lo haría.

— Maldito seas. — maldije y observé la tarjeta con cautela, tomándola al fin y guardándola.

.

Cerré la puerta con desgano, como todo lo que hice esta noche. Desde que Gustav se fue de ese bar, bebí y bebí durante horas. Pero no llegué a emborracharme; era consciente de que tenía que conducir. Simplemente… pensé. Pensé en todo lo que me había ocurrido en estos cinco años. Pensé en cómo continuar. Cuando vives con tantas presiones, con tanta amargura dentro, necesitas un tiempo para respirar y re-planteártelo todo nuevamente. Pero, en mi caso, siempre sigo por el mismo camino y tomando las mismas decisiones. ¿Es eso malo? Pues, no puedo cambiarlo, es la forma que adopté con el tiempo acorde a lo que conozco. Mi padre es mi ejemplo a seguir, por mucho que odie esto, él es el prototipo de personalidad que he adoptado y que me es imposible cambiar ahora. Después de tantos años viendo en él vivir la hipocresía, la avaricia, la soberbia y el egoísmo, ¿cómo cambiarlo si fue lo que tuve cerca en el momento? Si hubiera tenido a mi madre a la edad de quince años, que es cuando comienzas a absorber como una esponja lo que tienes a tu lado, estaría bien. Hubiera tenido a dos polos opuestos a mi lado y el elegir hubiera sido la mejor opción. Pero no fue así. Con sólo trece años mi madre falleció, desapareció de mi vida, dejándome solamente a mi padre. Desde entonces ha sido la persona que más odio, pero a la cual me siento fuertemente ligado por nuestra semejanza en cuanto al carácter. ¿Por qué lo odio? Bueno… para mí, él mató a mi madre. Pero eso es algo que explicaré y entenderán más adelante.

.

— ¿Cómo es la cosa? — Alcé la mirada volviendo a la realidad. Me crucé de brazos, apoyando el peso de mi cuerpo en el vano de la puerta de la sala principal. Thomas estaba sentado en el amplio sofá del living, observándome como si se burlara de mi aspecto. — Yo tengo que volver temprano a casa, pero tú puedes llegar cuando quieres. Son las doce y media.

— Sé qué hora es.

— No lo parece. — Revoloteé los ojos.

— Yo llego a estas horas porque he tenido un problema serio, no como tú.

— ¿Problema serio? ¿Hasta la media noche con ese cliente?

— Si así fuera, ¿qué?

— Pues… te diría que es un cliente bastante particular.

— No, no te confundas, hermano. No soy como la puta de tu noviecita. — Me volteé para empezar el viaje a mi cuarto, oyendo cómo me seguía de inmediato.

— Oh, espera, espera. Odio cuando la gente sabe cosas de mi vida que yo no sé. — Comenzamos a subir las escaleras. Yo no lo miraba, mi cabeza estaba cargada de pura mierda y este pendejo quería tirarme más aun. ¿Saben qué necesito? Distraerme. — ¿En qué momento me puse de novio?

— No sé, ¿en el café?

— Ohh… aguarda, ¿Richael?

— ¿Quién más? ¿Llevas a más de tus conquistas al mismo bar? Eso es caer bajo, Tom. — Llegamos al final de las escaleras y me bajé el cierre de la cazadora, caminando a la puerta de mi habitación mientras me liberaba del abrigo que tanto me asfixiaba.

— Jaja. Sí, me he follado a unas cuantas muchachas en mi estadía aquí, pero en verdad me importan poco.

— Qué cruel. — ironicé.

— No, es cierto. Es para ayudar un poco al mini Tom, ya sabes. Hasta tener al fin un espacio en tu cama, hermanito. — Me detuve en la puerta, abriéndola y entrando sin darle mucha importancia a su comentario de pajero. — Ese espacio que nunca nadie ha podido llenar.

— Adoro tu seguridad. Aunque a veces amorfa un poco la realidad. — Él sólo río, adentrándose sin permiso en mi cuarto. No me importó demasiado. No sé si fue porque no es nada grave en verdad, o porque estoy tan metido en otro mundo que poco me importa lo que él haga o deje de hacer. — Recuerda, Tom: ‘La soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió’.

— Jaja, es que estás como… celoso de Richael. — Solté una risotada de lo más natural. Es que… a ver, ¿celos de semejante gato? No le envidio ni las uñas.

— Ay, qué equivocado que estás, Tom.

— ¿Qué otra explicación hay?

— Tú dime. — Me paré frente a la cómoda donde reposaba el cofrecillo donde suelo guardar mis pulseras, anillos, etcétera. — Una vez en la cama conmigo aclara esa duda. No me llega ni a los talones. — Le oí reír a mis espaldas.

— Tengo poca memoria, ¿sabes? Te agradecería una… refrescada.

— Yo creo que no. Nadie se olvida de mí. — Quién sabe lo que la mente llena de mierda de mi hermano pensó en ese momento, a qué conclusión llegó, pero sólo puedo confesarles que me aprisionó entre la cómoda y su cuerpo, apegándose a mi espalda e inmovilizando mis manos con las suyas por arriba. Un jadeo de sorpresa se escapó con atrevimiento de mi boca, y me quemó su cálido aliento en mi oreja. — Tom.

— Adoro cuando te haces el desentendido. Sabes que te mueres de ganas de probarme de nuevo. — Cerré los ojos suavemente, hincando mis uñas en la madera del mueble donde sus manos agarraban las mías.

— No me hagas reír.

— Te mueres de ganas de que te haga mío otra vez… como tantas veces lo hice. — Hizo más presión en la zona de su pelvis, trayéndome a la realidad. ¿Estaba dejando a este imbécil hacer conmigo lo que quiera? Se nota que estoy por las nubes. — Te mueres de ganas por una buena cogida.

— Mmmh… — Gemí sin pudor. — Sí, tienes razón. Me muero de ganas por pasarme toda la noche follando. — Le oí reír a mis espaldas y su lengua se paseó por todo lo largo de mi cuello. — Llamaré a Andreas. — De un brusco movimiento hice que se alejada. Atónito, se quedó observándome como esperando algún tipo de explicación al respecto. Nada salió de mi boca más que una risilla de victoria.

— ¿A Andreas? — Me di la vuelta, observándolo directo a los ojos.

— Vete de mi cuarto.

— No, no me iré hasta que me aclares quién coño es Andreas en esta historia.

— Sólo vete, no tengo por qué darte explicaciones de mi vida.

— Sí que tienes. Soy tu hermano, ¿o lo olvidaste?

— Jaja, a un hermano poco le interesa eso. Lo preguntas porque tienes la polla más que dura.

— No me río, Bill. Dime quién es en tu vida. — Revoloteé los ojos, ya fastidiado.

— Mira, no he tenido un buen día para nada. Comencé con el pie izquierdo y creo que terminaré con el culo, así que vete que quiero dormir.

— Mientras más rápido me lo digas, más rápido dormirás. — Alcé una ceja.

— ¿Trueque? ¿A un abogado?

— Ahora somos sólo Bill y Tom.

— Pues, lástima. En mi vida no figura ningún Tom. — Chasqueó la lengua, girando rápidamente y, en cuanto creí que saldría por esa puerta, la cerró con llave. Me alteré de inmediato ante la menuda cagada que acababa de mandarse. — ¿¡Qué carajos estás haciendo!?

— Cerrando la puerta con llave.

— ¡No me digas! La has cagado, Thomas. — La guardó en el bolsillo de su pantalón, riendo.

— ¿Por qué? Responde a mis dudas y te abro.

— No entiendes, no entiendes… — Masajeé mi frente que sentía a punto de estallar como si se tratase de una bomba de mecha corta. — La cerradura de esa puerta está fallada, no se puede abrir del lado de adentro. — Su expresión se neutralizó, y rió nervioso.

— ¿Eh?

— ¡Lo que oyes!

— ¡Para, no grites que me alteras! — Oh, porque yo no estoy alterado, hermano. — Imagino que tienes una copia para que alguien nos abra desde afuera.

— Sí.

— ¡Oh, perfecto! — Celebró anticipándose a los hechos.

— Está en la mesita de noche.

— ¿¡Qué!? Eres más idiota de lo que creía. — Abrí la boca completamente indignado.

— ¿El idiota soy yo? ¡Tú fuiste el que cerró la jodida puerta!

— ¡Tienes la plata del mundo entero y no eres capaz de arreglar la cerradura de tu cuarto!

— ¡Ash! Eres irritante. — Avancé a él con paso apurado, empujándolo con mi mano extendida cuando me impedía pasar.

— ¿Qué har…?

— ¡Susan, Susan! — comencé a gritar como si la vida se me fuera a la mierda.

— ¡Cállate! Nadie te oirá en una casa de una hectárea de grande.

— Tú cierra la boca. ¡Susan!

— Deja dormir a la pobre mujer. — Hice caso omiso a su pedido y continué gritando el nombre de mi posible salvadora. — Para cuando llegue, si es que algún día llega, le tiramos la llavecilla por abajo y ya.

— No pasa, tarado.

— ¿Cómo que no pasa? — Se arrodilló en el suelo, empujándome por las piernas para que le dejara espacio. Quería comprobar lo que dije, es decir, la verdad. ¿Ven lo testarudo que es? Es más sencillo hacerle entender el Teorema de Pitágoras a un simio, que a Thomas que está equivocado. — No pasa.

— ‘¿Cómo que no pasa?’ — imité su tono de voz, deformándolo un poco.

— Ya, ya, ya. — Se puso de pie, tirando la llave sobre el mueble que contenía mi espejo y alguna que otras estupideces más. Yo me sobaba las manos con insistencia. — Hay cosas peores.

— ¿Peor que quedarse una noche entera en el mismo cuarto que tú? No lo creo.

— Lo hemos hecho antes.

— Antes, era antes.

— Jaja, estás tan tenso… — Susurró acercándose a paso lento, como si tramara algo. — Quizás debes…

— Dormir. Eso debo hacer. Mañana hay mucho trabajo.

— Mañana es sábado.

— ¿Y?

— Joder, nunca trabajé sábado.

— Pues, aquí lo haces. — Llegó a mi altura con una media sonrisa en su rostro, como transmitiéndome un mensaje que sólo yo podría entender, pero no entendía. — ¿Qué quieres?

— Sigo provocándote nervios.

— Nadie me causa nervios, sólo las situaciones.

— Bueno, la situación en la que estamos ahora te pone nervioso.

— En cierto modo, sí. Odio estar en un espacio reducido con alguien que no me agrada.

— ¿Estás seguro que sólo es eso? — Quiso volver a arrinconarme, pero entendió que no iba a moverme, por lo que sería innecesario.

— Segurísimo. — Rió bajo, colando sus manos en los bolsillos de sus jeans. — Dime, Bill, si no cambio nada en tu vida, si no soy capaz de modificar tus emociones… ¿qué pasa si te beso?

— Absolutamente nada. — respondí sin tapujos, sin dejarle la duda a su merced.

— ¿Nada de nada? ¿Estás seguro? — Se acercaba lentamente, casi sin poder percibir tal movimiento. Sentía su aliento chocar contra mi boca, pero permanecí igual. Simplemente miraba sus ojos con la mejor mueca de indiferencia.

— Segurísimo.

— No te creo.

— Apostemos. — Sonrió por completo, observándome unos momentos, estudiando cada músculo de mi rostro. Un movimiento en falso y todo se iría a la mierda, no podía fallar. Era como un cristal a sus ojos, completamente transparente.

— Como quieras. — Sin decir más, acortó la distancia entre nuestras bocas y cuerpos. Me tomó por la nuca de inmediato y me pegó de forma brusca a sus labios. Comenzó a moverlos con necesidad, penetrándome con su lengua y obligándome a dejarle paso y corresponderle. Yo apreté su cintura con mis manos, mientras la suya libre jugaba en mi espalda de arriba hacia abajo. — Mmmh… — gemía cada vez que mi lengua tenía la oportunidad de jugar en su paladar. Era una tortura, o al menos así lo definía antes él. Colé mis manos en el interior de su camiseta, palpando la caliente piel de su estómago. Me sentía volar, sentía mi mente liberarse de tantas preocupaciones. ¿Podría haberlo hecho durmiendo o estando con Andreas? No lo sé.

— Mmmhgp… — Clavé las uñas en su piel, deslizándolas por allí. Ni se inmutó, le gustaba que hiciera eso. Retrocedimos de tal modo que volví a chocar contra esa cómoda que todo lo inició, pero ahora de espalda a ella. Sentí sus manos apretar un montón de rastas entre sus dedos, obligándome a ladear la cabeza y así hacer más sencilla y eficaz la transición de fluidos salivales y demás sustancias químicas. Estaba en la puta gloria, en la jodida gloria.

— Bill… extrañaba el sabor de tu boca. — susurró separándose y bajando por mi cuello, mientras sus manos descendían igual. — Extrañaba cómo besas.

— Pero no lo olvidaste. — murmuré con mis ojos cerrados y mi cabeza echada hacia atrás. Mis nalgas fueron estrujadas sin ningún pudor por sus manos completamente abiertas.

— Jamás podría.

— ¿Ves? Tenía razón… siempre la tengo. — Mordió la piel de mi cuello y la estiró todo lo que pudo entre sus dientes delanteros.

— Tengo muchas ganas de ti, Bill… no tienes ni una puta idea de cuánto te deseo.

— Jaja… ¿qué se te ocurre con eso?

— Follarte toda la maldita noche, sin pausa ni respiro. — Me mordí el labio inferior y sonreí.

— Suena muy bien… demasiado bien. — Bajé de golpe de su estómago, al borde de sus pantalones.

— Suena excelente. — En el momento que jugaba con la cremallera de la prenda, la voz de la mujer previamente llamada, nos cortó el chorro olímpicamente.

— Bill, ¿me estabas llamando?

— ¡No, vete! — se metió Thomas precipitadamente.

— ¡Susan! — grité aliviado, volviendo a la realidad de que no quería estar ahí con él. Entonces lo empujé, obligándolo a soltarme y alejarse. — Sí, sí, te estaba llamando. — Me acerqué a la puerta así podría oírme mejor.

— ¿Qué ocurre?

— El tonto de Thomas cerró la puerta desde dentro. Llama a algún cerrajero y que abra.

— Amm… es la una y media de la mañana.

— No pregunté la hora.

— Lo sé, Bill, pero…

— ¡Trae a un cerrajero lo antes posible! — exigí ya rebosando el límite de mi paciencia.

— Lo antes posible es a las seis de la mañana, ¿te sirve eso?

— ¿¡Qué!? — Oí a Tom reír. Volteé mi cabeza sobre el hombro, encontrándolo echado en mi cama, con sus manos debajo de la nuca. — ¡Es demasiado tiempo!

— Pues, es lo más que puedo hacer.

— Joder. — maldije quedándome en silencio.

— ¿Algo más?

— No. Sólo vete.

— Buenas noches. — ¡Encima me jodía!

— Entonces… ¿en qué estábamos?

— En que dormiré.

— Conmigo.

— Chúpala. Es mi cuarto, mi cama, mis reglas.

— Últimamente en todos lados rigen tus reglas. — se quejó.

— Vuélvete a Nueva York, pobretón. — Resopló molesto y se puso de pie.

— Eres demasiado complicado.

— Gracias. — Observé que colocaba sus manos en el borde de su camiseta, alzándola sin más y dejando su torso completamente desnudo. Tragué en seco y respiré hondo. Adivinen dónde se perdían mis ojos y mi cordura…

— Tengo los ojos aquí arriba.

— Cállate. — corté desviando la mirada.

— Ouch… mira estas marcas. Eres toda una fiera, Kaulitz. — Alcé una ceja, observando su abdomen completamente marcado con el filo de mis uñas. Dios… está más fuerte que cuando se fue. — Oye, ¿estás seguro que dejarás pasar esta noche sin hacer nada interesante?

— Me resulta interesantísimo dormir. — ironicé imitando su accionar, pero ahora con mi camiseta.

— Mmmh… así, belleza.

— Ya quisieras. — Observó igual que yo mi cuerpo, quedándose en el tatuaje de mi costado, aquel más grande y llamativo que todos.

— Nuevos tattoos. — dijo divertido. — Mi lengua los delineará como hice con la estrellita.

— Vaya. Ni duermes y ya soñando. — Rió con sarcasmo y llevó sus manos a los botones de los jeans. — ¿Qué haces?

— ¿Qué crees?

— No te sacarás los pantalones.

— Lo estás deseando.

— No y es mi última palabra. — Rodó los ojos y alejó sus manos de ahí.

— Eres un aguafiestas.

— Lo sé. Ahora, mándale saludos al suelo de mi parte.

— ¡No dormiré en el suelo!

— Has dormido en peores sitios, no exageres.

— Me las pagarás todas juntas, Kaulitz.

— Ajham, como digas. Buenas noches. — De un rápido movimiento me saqué los tenis que llevaba, desarreglando el cubrecama y adentrándome a la comodidad de mi colchón.

— No será una buena noche para mí. — Reí y cerré mis ojos, dándole la espalda.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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