«Apostemos» Temporada I

Capítulo 30.- Algo por vivir

Cerré la puerta de la casa echándole llave y luego botando ésta sobre la mesilla del recibidor. La paz del hogar. Al menos todo esto de la reunión me dejaba la casa libre y sin tener que ir a trabajar. ¿Pero de qué vale eso? He esperado este día por meses. Finalmente, en los grandes eventos que acontecerán en un futuro, no estaré a la derecha de mi padre. Ahora su hombre de confianza es Tom. Qué irónico e hipócrita de su parte. Tantos años negándolo y ahora llega hasta a desplazarme de mi lugar por él.

— Billy. — saludó Susan saliendo de la cocina mientras secaba sus manos en su delantal de regazo.

— Hola, Susan. — Dejé un beso en su mejilla y me senté en el sofá mientras alborotaba mis rastas hacia atrás.

— Te ves cansado.

— Es cansancio mental, no físico. — Agarré el control remoto sin mirarla parada a mi lado y lo manipule velozmente, encendiendo el aparato y buscando algo que sea de mi interés. Aunque veía complicado eso.

— ¿Quieres que te haga algo de comer?

— No. Gracias.

— Bien. Continuaré lavando los trastes.

— ¿Del desayuno? — interrogué dudoso. Ella jamás deja los platos sucios por más de lo que dura la comida en sí. Es raro que lave ahora.

— No. Los que usaron tu padre y Thomas en el almuerzo.

— ¿Ellos siguen aquí?

— Bueno…­— Sin responder, miró hacia las escaleras. De allí se escuchaban ruidos de pasos y, cuando volteé la mirada en esa dirección, me encontré con los dos flamantes abogados ya cambiados y bien sonrientes. — Con permiso. — Susan volvió a la cocina y yo traté de concentrarme en la tele.

— Buenas tardes, hijo. — Ignoré eso y cambié de canal. — ¿Qué tal todo con Georg?

— Bill. — Ahora era Tom quien me hablaba. — No quiero estar peleado contigo por esta razón. — Reí bajo y luego negué sin observarlos aún. — No entiendo por qué esa risa— habló nuevamente. —, hasta quiero pedirte que nos acompañes.

— Escúchalo, Bill.

— En serio. Yo soy nuevo en esto y no sé qué decir, qué hacer…— Era el colmo.

— ¿Y qué quieres que yo haga? — Finalmente clavé mi fría mirada en los ojos de mi hermanastro. — ¿Qué te presente en sociedad?, ¿que haga de jefe de prensa y seleccione las mejores preguntas para que dejes en evidencia tus conocimientos y tu astucia? — Ellos me observaban entre molestos y avergonzados por mi actitud. — O no, tengo una mejor— Me puse de pie sonriendo cínicamente y fui directamente a pararme frente a Thomas. —: ¿quieres que haga de alfombra para no dañar tus zapatos Boss?

— Ya fue suficiente, ¿no te parece? — limitó mi padre.

— Lárguense, ¿quieren? Déjenme en paz. Vayan y sean felices que yo me quedo aquí.

— Tu hermano está ofreciéndote que lo apoyes en este momento tan importante para él. — Volví a mi mueca de dureza de inmediato. Miré a los ojos a esos dos, sintiendo tanta impotencia…

— Ninguno de ustedes puede hablarme de estar presente en momentos importantes de la vida de alguien más.

— ¿Te parece momento para hablar de esto? ¿Por qué no vienes y pasamos un buen momento juntos y…?

— Tengo otros planes.

— ¿Qué planes? — cuestionó mi padre.

— ¡Susan! — Llamé sin moverme ni dejar de mirarlos. — ¡Susan, ven! — Entonces entró a la sala en una corrida presurosa. Se paró a mi lado y habló.

— Dígame, Sr. Kaulitz.

— Sr. Kaulitz, las bolas. Para ti soy Billy.

— Billy. — repitió en voz baja. Mi padre no la dejaba tratarme con tanta informalidad.

— Prepárame otra ropa y cámbiate tú— Alcé bien la frente, con orgullo y demostrando que mientras ellos se iban a formar parte de semejante acto, yo hacía lo que iba a hacer. —; iremos al cementerio a visitar a mi madre. — Thomas sonrió débilmente, indignado por mi falta de tacto y a Jörg se le cristalizaban los ojos con dolor.

.

Unté con mayonesa el sándwich que me había preparado velozmente. Susan andaba dando vueltas por la cocina, limpiando y acomodando. ¿Acaso olvidó lo que le dije que haga?

— ¿Me has preparado la ropa?

— Sí. Está sobre tu cama.

— ¿Y tú?, tienes que cambiarte.

— ¿De verdad vamos a ir a ver a Simone? — Le puse la tapa a mi sándwich y lo dejé sobre el plato de porcelana a mi costado.

— Bueno. Ver de ver, no. Pero sí. Hace años que no voy al cementerio. — suspiré decaído. — Oye, ¿en dónde vive tu hija? — La miré a los ojos, encontrándola confundida por la pregunta inesperada.

— En LA, ¿por qué?

— Por nada. — Le di una buena mordida a lo que era mi almuerzo. Oh, sí. Los aderezos cayendo por los lados y manchándote los dedos. — Sólo que— Tragué y continué. —… cuando volvamos, vas a empacar tus cosas y te tomarás una semana para ir a verla.

— ¿Qué? — interrogó sorprendida. — No… no puedo hacer eso, Bill. Yo trabajo para tu padre.

— Pues mi padre me vale. Yo soy quien te trata como un ser humano en esta casa, así que te irás, la verás y ya. Corre todo por mi cuenta. — Luego sonrió emocionada, con sus ojitos brillando. Siempre con esa humildad y ese agradecimiento resplandeciendo en su mirada. Ella es especial y merece todo lo mejor.

— Gracias, Billy. Tú eres un ángel. — Rodé los ojos mientras ella acariciaba con suavidad mi mejilla.

— No exageres. — Reímos y carraspeé volviendo a morder mi comida. — Oh… otra cosa. — hablé mientras masticaba. — Si lo ves por ahí a John dile que lo ando buscando. — Tragué y limpié mis labios con la servilleta de papel que había cortado.

— Muy bien. Seguro está en el porche. Iré a cambiarme. — asentí y seguí en lo mío mientras ella salía de la cocina.

Aún no entendía. Y creo que jamás terminaré de entender qué hizo a Thomas irrumpir en mi vida para arruinarla, desecharla, hacerla añicos. Lo hizo una vez ya, pero no obstante regresa para sacar más y sé que no parará hasta que ya nada quede de mí.

Según él ha sufrido mucho y sólo quiere lo que le corresponde, sin afanes de quitarme nada. Pero no es eso lo que demuestra con sus actitudes. Ahora muy triunfal enfrentará la avalancha de éxito que me ha pertenecido desde un inicio. Así que sufrió… Já. No sabe lo grande que queda en su boca esa palabra.

— Señor, ¿me ha mandado a llamar? — Respiré hondo para calmarme y giré mi cuerpo de frente al chofer.

— Sí John.

— Dígame qué necesita. — A él no le permitía tutearme.

— Necesito que me hagas un favor que requiere extrema confidencialidad. — asintió con precisión. — Te daré un cheque con una cantidad de dinero bastante importante, estamos hablando de un millón de dólares— Alzó ambas cejas sorprendido con la cantidad. —… comprenderás que necesita de todo tu compromiso, cuidado y discreción.

— Puede contar con eso, señor.

— Bien. Irás al Banco Central y depositarás ese cheque en una cuenta de la cual te pasaré los datos y claves. Le dirás a alguno de los muchachos de Jimmy que te acompañe por cualquier cosa.

— Entiendo.

— Luego de eso puedes tomarte lo que sobra del día libre hasta mañana a la una que debes llevar a mi padre al estudio, ¿has entendido?

— Totalmente. Le estoy muy agradecido, señor. Y puede contar con mi más extremo cuidado. — Asentí confiado.

— Puedes retirarte. Luego te alcanzo eso.

— Con permiso. — Sin decir más, se dio media vuelta y salió a paso seguro.

Estupendo. Una cuenta menos que saldar.

.

El auto se detuvo en su totalidad sobre el camino de asfalto del cementerio privado entre árboles altos de muchos años de antigüedad que se movían al compás del viento. Llovería. El calor ya no era un eslabón fundamental en el clima, sino que daba paso a la brisa otoñal.

Inflé mi pecho y luego expulsé el aire sintiéndome igual. No sentía valor como pensé que lo sentiría.

— Creo que esto es algo que debes hacer solo, Bill. — La mano de mi madre postiza acarició la mía que apretaba el volante del automóvil. Yo observé este gesto y luego la miré a los ojos. — Yo estaré aquí por si necesitas un abrazo.

— Gracias. — Me soltó y sonrió animándome a bajar y hacer lo mío. Entonces asentí y abrí la puerta del carro para salir. El frío exterior me pegó directo en la cara.

Avancé con la rosa de color que había comprado para ella en una mano mientras las hojas que pisaba crujían ruidosamente, marcando el recorrido de mis pasos por entre las placas en el pasto. Nombres, fechas y las condolencias de la familia y allegados. Estos sitios sufren de un gran abandono no tanto visual, porque la gente del mismo cementerio los mantiene perfectamente, pero sí sentimental. Nadie recuerda a estas personas. Desaparecen. Uno deja de respirar sobre esta tierra y pasa a ser echado al olvido. La vida continúa. Quizás nos lloran, quizás nos sufren, pero no morirán porque nosotros lo hayamos hecho. Uno sigue respirando, viviendo, con sus obligaciones y de a poco va olvidando momentos con quien ha muerto. Sólo nos quedan remotas imágenes perdidas en el fondo de la mente. Tal vez una canción que solía cantar, una película que adoraba ver, un lugar en el mundo en donde podía ser ella misma. Pero después todo continúa girando, rodando, andando.

Finalmente llegué a la tumba de mi madre. Ella no estaba ahí, lo sabía, pero era el único lugar en donde podía dejarle alguna flor y botar algunas lágrimas.

En silencio y con la mirada perdida en su placa dorada me arrodillé en el césped con lentitud. Ahí posé mi mano sobre el metal en el suelo y delineé las letras de su nombre.

— Hola, mamá. — susurré sonriendo de lado. — Hace mucho tiempo que no vengo aquí y me disculpo por eso. — Dejé la rosa sobre la placa con delicadeza, la cual le daba algo de color a lo apagado del bronce. — Simone significa buen oyente, así que espero que me oigas desde donde quieras que estés. — Hice una breve pausa. — Te necesito, mamá— Mi voz ya se había quebrado y las lágrimas, atrevidas, caían a borbotones. No me preocupé en secarlas; me dolía muchísimo estar arrodillado ante la tumba de mi madre, ¿por qué no llorar?, ¿por qué avergonzarme si ella es quien sabe todo de mí? —… Te necesito a mi lado para que me ayudes con todo esto… Porque siento que no soportaré mucho tiempo más. — Volví mi mano puño y la dejé sobre mi muslo derecho. — Todo esto es demasiado y sólo te quiero conmigo. No me importa nadie más, mami. Te extraño, te extraño muchísimo. — Alcé la cabeza hacia arriba, tomando una gran bocanada del necesitado aire. Parpadeé repetidas veces, sintiendo las gotas de llanto deslizarse por mis mejillas. — ¿Por qué te has marchado tan pronto, mamá? Hay tanto que quiero compartir contigo, que necesito contarte…— Me convulsioné en medio de un llanto desgarrador. Ahí podría finalmente desahogarme. — Tengo que complacer a todo el mundo y no quiero ¡No quiero! — De repente, otra gota de agua que no era una lágrima, cayó sobre mi rostro. El cielo rugió y más de ellas descendieron de lo más alto del mundo, entonces comprendí que ella también lloraba.

Bajé la mirada a la rosa y ahí me quedé, serenando mi expresión y sintiendo el agua fría mojar mis ropas. Ya poco me importaba qué pasara en este momento. Cuando vives tanto tiempo con alguien a tu lado, crees que nada puede ocurrirle, piensas que será eterno, o que estarás listo para cuando deba irse, por tu mente no pasa la posibilidad de que te abandone. No. Esa persona que tanto bien te hace estará contigo hasta el final. Con ella podrás hablar, podrás preguntarle tus dudas y aclararlas, podrás reír hasta quedar sin aire, llorar hasta quedar seco por dentro, ella te abrazará y te susurrará que todo andará bien por siempre. Irás al colegio o a trabajar, y al volver la encontrarás haciendo las mismas cosas a esa hora. Quizás te reciba con una taza de café espumante, o con la tele encendida en el mismo canal de espectáculos que es usual. O hasta esté llenando un espacio vacío en la casa que, aunque no lo notes en el momento, es justo el espacio en donde debe estar. Entonces le das un beso, un saludo casual, le preguntas cómo ha estado su día y ella te devuelve la pregunta. Es una simple rutina que se vuelve una costumbre. ¿Piensas en qué pasaría si un día esa rutina se rompe, si un día llegas a casa luego de un largo día y ella no está? O está pero… en realidad no. ¿Piensas en eso? ¿No? ¿Y por qué no? ¿Acaso arruinas un buen momento pensando qué pasaría si un día muere? ¿Es de pesimistas? No. No es nada de eso. Si piensas que un día dejará de alegrar e iluminar tu vida, le das más significado y valor. Y quizás hasta cambies esa rutina por el simple hecho de querer disfrutar de otras cosas con ella. — Ayúdame, mami. Desde donde quieras que estés, ayúdame. — Porque un día llegas a estar en el mismo lugar que yo, y te das cuenta que no existe la forma, la manera, la fórmula para disfrutar más de una persona. Siempre te quedas con ganas de más para cuando se va. Quizás una cena no fue suficiente, aunque en su momento pensaste que ese regocijo te duraría eternamente. Luego, cuando vas creciendo y pasando por momentos intensos e importantes, te falta de esa persona para compartirlos. Siempre quedará algo por vivir, pero mientras lo tienes, sé feliz. Sé feliz gozando y atesora esos pequeños momentos, esos pequeños detalles. Disfruta hasta cuando peleas con ella, porque puedo jurarles que llegas a extrañar todo eso que odiabas también— Te amo, mamá. —… y te queda eso; el amor que sentías. Eso es lo único que jamás se marcha. Eso es lo único que esa persona jamás se lleva. — Te amo para siempre.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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