«Apostemos» Temporada I

Capítulo 31.- No lo pienses

By Tom

Abrí mis ojos con desdén. Siempre estaba abierta la ventana de mi cuarto y la luz que llegaba a filtrarse dejaba mis ojos a la miseria. Pero, muy por el contrario, no había salido el sol después de la tormenta que aconteció en la tarde noche de ayer.

Ayer… caray. Jamás pensé que sería tan complicado mantener un papel por dos horas enteras. Simular pertenecer a ese ambiente de negocios, dinero y poder. No soy de esos. Es decir, me considero un buen profesional, pero no le llego ni a la sombra a algunos de esos tipos. Y luego llegar a la casa y no encontrar a tu hermano, a quien quieres contarle cómo te fue y eso… es duro. Supongo que continúa molesto. Pero si es una persona madura, entenderá y dejará lo ocurrido en un segundo plano. Aunque hablamos de Bill.

Me puse en plan de vestirme. Honestamente no andaba con ganas de acarrear un traje osado o algo así. Soy la mano derecha de mi padre ahora, sí, pero no dejaré de ser quien soy. Y esto es lo que soy.

— Así se habla. — reí y me calcé los jeans claros con las rodillas rotas que me había comprado recientemente, una camiseta de color negro con letras en naranja con una frase inscripta en ella; vaya a saber uno qué decía. En fin, los tenis Nike blancos y estuve preparado. — Joder, es algo tarde. — pensé en voz alta echándole una mirada a la pantalla de mi teléfono. En media hora debía desayunar y estar sobre mi carro. — Maldición. — Abrí la puerta de mi recámara dejando todo el lío de ropa y mugre para Susan. Entonces recorrí lo que faltaba hasta las escaleras y descendí con velocidad, metiendo mi celular en el bolsillo trasero del pantalón. Mientras entraba al living, oí la televisión encendida en el canal de las noticias y mi hermanastro permanecía muy atento a lo que decían. Allí se veía su fotografía y una serie de debate tenía lugar en el estudio de televisión repleto de destacados periodistas. — Buenos días. — saludé observando su perfil. Tenso, notoriamente enfadado y con sus codos sobre sus rodillas, me ignoraba. — Dije hola. — Nada. Siquiera una mirada. — Hey, ¿qué pasa contigo?

— Nada. Estoy viendo aquí en la televisión que no todo salió como pensaba. — Ironía. Se notaba mucha ironía en sus palabras. — ¿Sabes? Sí están hablando de mí, de hecho…Já, más que de ti.

— ¿Ves? Te apresuraste a los hechos. Sigues siendo el gran…

— Pero no del modo que quería— volteó su rostro hacia mí y ahí pude ver su mueca de exclusivo odio. —, ¡sino que están diciendo lo perdedor, fracasado y estúpido que me he vuelto en estos meses como para dejar de ser el hombre de confianza de mi padre! ¡Eso!

— Aguarda…

— ¡No! — Se puso de pie de inmediato, acercándose a mi posición en la sala. Estaba que ardía de bronca. Iba a reventar y eso no era bueno. — Escúchame una cosa, muerto de hambre, tú eres un maldito trepador. Todos te ven como si fueras un buen hijo, una excelente persona, pero yo no caigo en ese truco. — Me crucé de brazos y me dispuse a oírlo. Luego llegaría mi turno y entonces iba a lamentarlo. Pero dejémoslo un rato. — Sé quién eres, sé cómo piensas, ¡sé que eres una mierda! ¡Sé que vienes a arrebatármelo todo! Eres un mal nacido, Thomas. Entiende que tú no perteneces aquí, no encajas— rió como un enfermo. —, naciste para limpiar mugre y servir a otros. No vengas a fingir ser un gran empresario de prestigio. Naciste cagándote de hambre y así morirás. Sin nada, pudriéndote. Entiende que por algo papá jamás te reconoció. Das pena, Trümper. Siquiera puedes cargar nuestro apellido. — Se estaba pasando…— ¡Hasta le das pena a Jörg! ¿O qué piensas?, ¿que se dio cuenta que eres su amado hijo y que cometió un error? ¡No! Lo hizo de lástima. Porque eso provocas tú: lástima.

— Ahora escúchame tú a mí, anormal de mierda— Sujeté su antebrazo derecho con violencia, acercándolo a mi rostro para que no dejara de mirarme directo a los ojos. —, eres un maldito ricachón, un niño mimado. Has nacido con todo a tus pies y no toleras perder una sola vez en tu vida. Tú das lástima, no yo. Porque tú dependes de todo esto para vivir, es todo lo que tienes. Si un día lo perdieras, te verías en la ruina y no estás listo para eso.

— Yo est…

— ¡Cierra la boca! Ya te desahogaste tú, ahora te dejaré en claro algunas verdades, pequeño. Eres una mierda, eres una porquería. No me conoces a mí y te crees con derechos de hablar de mi vida y de mi historia. Déjame decirte que no has vivido ni la mitad de lo que yo, no sabes lo que es sacrificarte desde pequeño, sufrir a diario miles de necesidades. Y sí, a mucha honra digo que he pasado hambre y pobreza, pero siempre tuve al lado gente que me soportó y ayudó en esos momentos. ¿Tú a quién tienes? Uno o dos amigos. Encima, siquiera sabes si te quieren por quién eres o por lo que tienes. — Parpadeó con energía y comenzó a negar. — ¡Sí, Bill, sabes que tengo razón, sabes que no tienes a nadie a tu lado! Mañana te mueres y ni las moscas te recuerdan. Dime qué sentido tiene tener todo el dinero que tienes, con tus lujos, con tus placeres, si cuando desapareces de este mundo no te llevas nada de eso. ¿Entiendes? ¿¡Entiendes que la vida se basa en todo eso que a ti te falta!? ¿¡Y yo soy el pobretón!? Prefiero prescindir de dinero, antes que prescindir de afecto, de amor, de que alguien ser preocupe por mí.

— ¡Basta, basta, basta he dicho! — Sus ojos ya se habían cristalizado. Sentí asco y lo solté. Desestabilizado, se sentó en el apoya brazos del sofá central, cubriendo su rostro y sollozando con fuerza, soltando alaridos desgarradores.

— ¡Basta nada! Das asco, Kaulitz. Y no quiero tener tu apellido, ni tu dinero, ni nada de lo que le has robado a nuestro padre durante tantos años. Porque me asquea todo lo que se refiera a ti.

— ¡Me vale lo que tú pienses!

— ¡Lo piensa todo el mundo también! ¿Quién querría estar al lado de un drogadicto como tú? — Lentamente, descubrió su rostro. Atónito me miraba esperando que me echara hacia atrás en lo dicho, como si hubiera pasado alguna especie de línea que separaba lo válido, de lo descabellado. — No me veas así. Sabes que es verdad. — Crucé mis brazos nuevamente y lo miré satisfecho con su desorientación.

— Tú… tú acabas de pasar un límite, Trümper— manifestó con serenidad, poniéndose de pie y mirándome fijamente. —, y te vas a arrepentir por el resto de tu vida.

— Como digas.

— ¡Te vas a arrepentir, maldito hijo de puta! — vociferó perdiendo la serenidad que lo caracterizaba hasta el momento. — ¡No volverás a verme en tu maldita vida! — dijo antes de caminar con rapidez hacia la puerta, tomando sus llaves y su móvil de paso.

— Claro. ¡Recuerdas que tienes que estar en el estudio a la una! — Azotó la puerta y entonces reí. — Que te den.

.

— Vale, mamá, lo siento.

— No, Tom. Es que siquiera un texto mandas. — Viré los ojos parándome en el escritorio de la recepción. Le hice un gesto a Tania pidiéndole algo de paciencia y ella sólo rió.

— Mamá, escúchame. Tengo que colgarte, pero esta vez sí te llamaré en la semana. Lo prometo.

— Ajhám.

— Es en serio.

— ¿Lo es esta vez?

— Sí. — Oí que suspiraba y supe que ya la tenía convencida.

— De acuerdo. Trabaja, hijo, pero no te excedas, por favor. No quiero que caigas en algún cuadro de estrés o alguna de esas cosas.

— No, mamá. — dije con tono cansino, pero divertido por su típica preocupación de madre. ¿Qué madre no es así? — Te amo.

— Y yo a ti, pequeño.

— Adiós.

— Bye. — Colgué el móvil y dejé escapar un bufido.

— Es entendible. — dijo Tania riendo.

— Sí, lo sé. Pero ya se pasa. Mensajes, por favor.

— ¿Los tuyos o los de Bill también?

— En común.

— Lo siento, Tom, pero no puedo. — Fruncí el entrecejo.

— ¿Por qué?

— Porque Bill no ha llegado y no tengo su autorización.

— ¿No vino?

— No. — Lo medité unos segundos y luego me encogí de hombros.

— Como sea. Seguro fue al hospital directamente. — Andreas salía de su oficina y se dirigía hacia donde nosotros estábamos. Ante esto y sin ganas de cruzarme con el sujeto en cuestión, abrevié. — Mándame un té de hierbas a mi despacho, ¿sí?

— Por supuesto.

— Gracias. — Tomé la carpeta del caso y me dirigí a mi despacho a paso normal. Hoy no quería preocuparme en lo más mínimo. Si Bill no quiere verme la cara en todo el día, pues mal por él. No es asunto mío.

Una vez en la intimidad de esas cuatro paredes, miré la hora que marcaba el reloj colgado en la pared lateral, al lado del enorme ventanal. Las dos de la tarde. Por supuesto que Bill había ido al hospital directo; ya llevaba casi una hora de retraso.

— Espero que Jörg no lo haya notado. — Me senté en mi silla y abrí la computadora portátil que descansaba en mi escritorio. — A ver…— Cuando inicié sesión en mi correo electrónico, el teléfono celular guardado en el fondo del bolsillo de mis jeans se hizo escuchar. — Mierda. — Con manos rápidas y asustadas por la inesperada irrupción en el silencioso ambiente, lo saqué y contesté. — Diga.

— Thomas, soy Fred.

— ¿Fred?

— Sí, sé que es extraño que te llame, pero es que no quiero molestar a Jörg.

— No hay problema. Te escucho. — Curioso. Él jamás me llama. Aunque estemos metidos en el mismo juicio y ambos seamos dos eslabones importantes en esta cadena, es con Bill con quien tiene más trato.

— Te llamo para saber de Bill. Digo, quizás sabes en dónde rayos se encuentra.

— ¿Disculpa?

— Estoy desde hace media hora en el estacionamiento del hospital y ni señales suyas. ¿Sabes algo?

— Amm… no. La verdad no. — Algo raro estaba pasando. ¿Bill descuidando así el caso?, ¿con lo mucho que le entusiasmaban las reacciones de Milagros? Estaba logrando un gran avance en cuanto a esto, ¿por qué no presentarse? Creo que nuestro pleito no influye en algo así.

— Pues no sé qué más hacer. Lo llamé como veinticinco veces y nada que me responde.

— Intentaré llamarlo yo, aunque no creo que consiga otros resultados. — Chasqueé la lengua cerrando la computadora y revoloteando mi visión por diferentes puntos del despacho. Estaba nervioso. — Tú tienes mi entera autorización de hacer esta visita a la niña solo.

— ¿Yo solo?

— Sí. Inventa que él está enfermo o algo así.

— Eso no será problema.

— Y… bueno, tú sabrás que Bill estaba… amm…dándole cierto trato a Milagros. — Rayos. Eso era incómodo.

— Sí, sé todo su tramoyo ilegal, descuida.

— Bien.

— Entonces te dejo, Thomas. Y discúlpame.

— Olvídalo. Siempre estoy respondiendo por las irregularidades de mi hermano. — ironicé.

— Lo imagino. Hasta luego.

— Adiós, Fred. — Colgué la llamada y adosé ambas manos sobre la madera de mi escritorio, negando suavemente. — Esto es imposible. — Inmediatamente disqué el número que sabía de memoria. Esperé con el aparato pegado a mi oreja, sin querer perderme hasta el más mínimo sonido. Pero nada. El contestador era lo único que se oía después de varios tonos. — ¿Dónde andas, Bill?

Sin pensarlo, me puse de pie como si la silla me empujara, y caminé casi corriendo hasta la puerta. La abrí de un golpe y la dejé abierta sin tener nada que ocultar.

— Tom, aquí está…— Traía la bandeja con mi infusión caliente lista.

— No Tania, lo siento. — Negué intentando ser amable pero sin esforzarme mucho. Asintió en silencio mientras yo pasaba por su lado.

Y muy a pesar de lo que yo quisiera, golpeé la puerta del despacho de Andreas. Maldición, Bill, en lo que me metes.

El rubio me dio el permiso de pasar del otro lado y yo abrí el portal con pesar. Simplemente asomé la mitad del cuerpo y él me observó con desdén.

— ¿Qué necesitas, Trümper?

— ¿Has visto a Bill?

— No. — Su mueca cambió totalmente. — ¿Por qué preguntas?

— Porque no está acá, ¿por qué va a ser? — Pregunta idiota que viene de un completo idiota.

— Pues… hasta donde sé, anoche durmió en la casa de Georg.

— Pero él está aquí. — ¡Bingo! Se puso de pie rápidamente y supe que lo había preocupado más de la cuenta. — Pero olvídalo.

— ¿Que lo olvide? ¿Dónde está?

— Debió haber ido al hospital directamente. — mentí para que no hiciera un escándalo en medio del estudio. — Olvídalo.

— Mientes.

— Por favor, tío, no miento. En verdad me olvidé de eso. Disculpa la interrupción. Adiós. — Y sin darle oportunidad alguna de meter un bocadillo de los suyos, cerré la puerta botando el aire con fastidio.

Ahí me quedé. Pensando diferentes caminos, rumbos, lugares y teorías de dónde pudiera encontrarse mi desaparecido hermano. Seguro andaba con algún tío de uno de esos clubes que frecuentaba no hace mucho. Seguro.

.

Nada. Sentado en una de las mesas del café de enfrente al estudio, estudiaba meticulosamente los autos que pasaban y los pocos que se aparcaban en la vereda del lugar. Pero ninguno era el Audi de Bill. Tampoco quienes bajaban eran él. La media hora del receso para merendar había pasado y ya eran las cuatro y media de la tarde. Hace exactamente sesenta minutos Bill tendría que haber llegado del hospital. Pero, como dije al comienzo, nada.

— ¡Basta nada! Das asco, Kaulitz. Y no quiero tener tu apellido, ni tu dinero, ni nada de lo que le has robado a nuestro padre durante tantos años. Porque me asquea todo lo que se refiera a ti.

— ¡Me vale lo que tú pienses!

— ¡Lo piensa todo el mundo también! ¿Quién querría estar al lado de un drogadicto como tú?

Boté el aire malo por la nariz y dejé el billete de cincuenta sobre la mesa, antes de pararme y colocarme las gafas de sol. Caminé entre las demás mesas con otras personas metidas en su mundo, en sus preocupaciones.

Salí a la calle y caminé sin detenerme hasta el cordón de la vereda, esperando pocos segundos hasta que la luz del semáforo se tiñó a morada. Crucé remarcando el número telefónico de Bill y esperando nuevamente. Y otra vez la voz de la enferma del contestador. Ya odiaba a esa mujer.

Guardé el móvil y abrí la puerta del estudio, sintiendo la frescura de los aires encendidos. Subí las escaleras con velocidad y la esperanza de encontrarme a Bill ahí metido en su oficina era mínima, pero existía. Quizás me descuidé unos segundos y él sí llegó. Qué sé yo…

—Tania. — La llamé al principio de las escaleras y ella vino a mí. A modo de secreto, pregunté. — ¿Llegó Bill?

— No. — ¡La put…!— Y te doy un humilde consejo, Tom, intenta localizarlo de algún modo. Porque cuando el Sr. Kaulitz se entere que no ha venido hoy, va a montar una escena en mitad de la recepción y todos nos veremos afectados.

— Ahórrate el consejo, Tania. Nada de lo que haga evitará que eso suceda. Gracias. — La dejé preocupada parada allí y caminé hacia la imponente puerta del despacho de Jörg. Si había algo que quería evitar, era esto. Tener que comunicarle todo lo ocurrido a mi padre.

Golpeé la puerta con timidez, casi rogando no ser oído.

— ¡Adelante! — Cerré los ojos unos momentos en donde inflé mi pecho y expulsé el dióxido de carbono por la boca. Volví a abrir mis párpados y entré girando el pomo de la puerta. — ¡Hijo querido, pasa, pasa! — exclamó eufórico, extendiendo sus brazos desde su asiento. Sonreí de lado con fuerza y cerré la puerta a mis espaldas. Avancé hasta su escritorio y aun así no había borrado su sonrisa. — ¡Al fin tengo un respiro, caray! — Me crucé de brazos escuchándolo sin escucharlo realmente. Sólo fingía y esperaba que callara. — No tienes idea de cuántas fuentes periodísticas me han llamado pidiéndome una entrevista contigo, hijo. — asentí. — Mira— Tomó una hoja blanca lisa llena de nombres y anotaciones rápidas. —, te he escrito los nombres de varios periódicos, revistas y canales de televisión en donde te solicitan. Tú eliges los que quieres. Hasta me he convertido en tu secretaria personal, pequeño. — rió.

— Gracias. Oye, papá, tengo que…

— ¿Sabes?, he estado pensando en hacer una gran fiesta. — comentó entusiasmado, dejando la hoja sobre otros papeles. — ¡Hay que celebrar esto! Es tu momento de gloria y debes gozarlo, hijo.

— Claro. Papá, quiero hablarte de algo.

— ¿Qué ocurre?

— Es algo serio, así que préstame atención, por favor. — Frunció el entrecejo.

— ¿Has dejado embarazada a alguna mujer?

— ¿Eh? ¡No! — respiró aliviado.

— Oh, qué bueno. Eso sería lo peor que podría pasarte ahora.

— No, escucha. Es algo sobre…Bill.

— ¿Qué hizo él ahora?

— Nada malo. O eso creo.

— No estás siendo claro conmigo. — Rasqué mi nuca con impaciencia y decidí soltarlo de un golpe y sin pensar.

— Papá, Bill no ha venido a trabajar hoy y tampoco fue al hospital. — Abrió sus ojos con desmesura.

— ¿¡Qué!? ¿¡Quién se cree que es ese desagradecido!?

— ¡Espera, papá, déjame hablar! — Se mordió la lengua e hizo silencio. — Creo que es culpa mía en gran parte.

— ¿De qué hablas?

— Discutimos.

— Yo discuto con mucha gente de aquí a menudo, pero eso no me impide venir y cumplir con mis obligaciones.

— Pero no fue una pelea común.

— No entiendo.

— Nos dijimos cosas fuertes, pero creo que yo me pasé en verdad— Mierda, estaba que explotaba de la tensión. Miedo, nervios, ¡de todo! —… Le dije que nadie querría estar junto a un drogadicto.

— ¿¡Qué!? — Se paró corriendo la silla hacia atrás. — Dime que lo que acabas de confesar es una broma de mal gusto.

— Yo…— Negué con energía, con mi mirada baja al suelo. — ¡No sé, mierda! ¡Estoy desesperado! No contesta mis llamadas, nadie sabe nada de él… ¡no sé! — Lo miré suplicando ayuda, que me tirara un salvavidas. — Lo llamé a casa al principio, pero nadie responde tampoco. Susan tiene la semana libre.

— Ya, ya, no hay que desesperar por muy complicado que esto sea. — Juntó sus manos enfrente de sus labios y luego se apoyó sobre el escritorio. — ¿Le dijiste esto a Andreas?

— No. — respondí de inmediato. — Él sería el primero en armar un escándalo.

— ¿Y es que acaso esto no es digno de uno? Hay que avisarle.

— Papá, nosotros somos su familia, no él. Se supone que nosotros…

— Si tú fueras ‘su familia’ jamás le hubieras dicho eso— Ouch… eso dolió. —, así que lo llamaré. — Tuve que omitir miles de quejas mientras él oprimía la tecla en el teléfono que le correspondía al rubio. — Andreas, ven urgente a mi oficina.

— De acuerdo. — Soltó el botón y botó un suspiro agotador. Volvió a adosar sus manos al escritorio y descansar su cuerpo allí.

— Lo siento, papá.

— No es del todo tu culpa.

— Sí lo fue. Si yo no hubiera…

— No debes pensar así. — interrumpió observándome. — No vivas del si hubiera. Lo hecho, hecho está. Y, conociendo la clase de persona que es tu hermano, puedo asegurar que también dijo cosas muy hirientes, cosas por las que tendrá que disculparse en cuanto aparezca. — Torcí mis labios y cerré los ojos un breve instante.

— Ahora sólo quiero que aparezca. — La puerta fue golpeada por, seguramente, Andreas. Mi padre no tardó ni medio segundo en darle el permiso de entrar y él así lo hizo.

— Permiso, Jörg. — Me miró extrañado. ¿Para qué llamarnos a ambos? Seguro se preguntaba eso. — ¿Qué necesitas?

— Seré directo y preciso, Andreas. — Yo volví a cruzarme de brazos y me quedé mirando la computadora portátil cerrada sobre el escritorio. Veía por el rabillo del ojo a un preocupado Andreas, esperando a que hablara. — Bill no vino al estudio hoy, no responde llamados tanto a su celular como a la casa. Nadie sabe nada de él. Siquiera se presentó en la clínica con Fred.

— ¿Qué? ¿Y dónde está?

— No lo sabemos, creo que es obvio. — añadí mirándolo.

— Pero algo tuvo que haber ocurrido para que él desapareciera de este modo. Él no hace estas cosas. — Mi padre me miró de modo extraño, como esperando que le explicara lo sucedido.

— Tuvimos un pleito, es todo.

— ¿Y por una simple discusión de hermanos falta a sus obligaciones? No. No estamos hablando del mismo Bill. — Inclinó su cabeza y clavó sus ojos claros en mi rostro. Estaba retándome y yo le mantuve la mirada, desde luego. — ¿Qué pasó exactamente, Trümper?

— No es de tu incumbencia, Markett.

— Thomas. — habló papá, pero no volteé la mirada. — Díselo. Andreas conoce demasiado a Bill; él sabrá en dónde está o qué está haciendo. Por favor, deja tu orgullo de lado. — Mierda. Esa psicología barata que emplea este hombre me saca de las casillas.

— Le dije que era un drogadicto y que daba lástima. Entre otras cosas.

— ¿¡Tienes idea de lo grave esto es!?

— ¡Sí, lo sé! De lo contrario no estaría diciéndotelo a ti, créeme. — El rubio pasó sus manos abiertas por su cabello, alborotándolo un poco.

— Anda, Andreas, ¿dónde crees que esté?

— Mierda, mierda…

— Hey, dime. — No sé quién estaba más desesperado. Si el rubio o mi padre.

— Quiero que sepas, Jörg, que te respeto mucho y lo sabes. Pero tienes un hijo bastante estúpido.

— ¿Vas a insultarme o a ayudar?

— Ayudar. — respondió con voz firme, mirándome. — Trataré de llamarlo yo. Quizás a mí sí quiera responderme. — Viré los ojos, incrédulo. No iba a suceder nada de lo que decía este mamón. Es un enfermo que se cree superior por ser la pareja de Bill en cuestión. Siquiera siente aprecio hacia él.

— Buena idea. — premió Jörg mientras el rubio marcaba el número y lo ponía en altavoz así oíamos qué ocurría. Pero hasta ahora sólo se oían los tonos de llamada, nada diferente a lo que pasaba conmigo en mis intentos. Lo cierto era que dentro de algunos tonos más, la voz de la puta esa se…

— Ho… hola. — Joder. ¿Ese era Bill? Todos nos miramos de manera instantánea y nos arrimamos un poco más a la mano de Andreas, que sostenía el aparato.

— Bill, soy yo, Andreas.

— Ah… sí. — siseó. Parecía dormido o ebrio. Pero a juzgar por la transformación que sufrió el rostro de su pareja, no era algo tan leve como eso.

— ¿Dónde estás?

—…

— Bill, ¿me oyes?

— Uhm…

— ¡Bill!

— ¿¡Eh!? — Jörg comenzó a sobar sus manos con desesperación, mientras que Andreas parecía asustado. Muy asustado.

— ¿¡En dónde estás!? Responde.

— ¿Don… de voy a estar? En… en…

— ¡Bill!

— ¡En casa! — Sentí un calor subirme por el estómago, llegando a asfixiarme a la altura del cuello y la cara. Esa sensación que se llama… desespero. Sí. Estaba desesperado.

— Escúchame una cosa, Bill. ¡No te duermas! ¿Vale? No te duermas. — repitió con lentitud.

— Ajhám…

— Mierda. — Colgó la llamada y guardó su móvil en el bolsillo de su saco. — Hay que irse ahora.

— Dime que es mentira. — susurró Jórg conteniendo lágrimas.

— ¡Vamos, no hay tiempo para perder! — Y sin mediar más palabras, salimos corriendo de la oficina. En la recepción Tania nos observaba interrogante y confundida pero no íbamos a detenernos para explicarle. Yo ya presentía lo que pasaba. Mejor dicho, lo sabía. Pero algo en mí, algo muy pequeño, me decía que no. Debía esperar a verlo yo mismo… Decía que no era posible y que quizás todo sea un error, una mala jugada del destino. — Tania, envía una ambulancia a la casa de Jörg, ¡Ahora! — ordenó Andreas a mis espaldas, sin dejar de avanzar hacia la puerta de salida.

.

Fui el primero en irrumpir en la casa. El silencio, la desolación y la ausencia de vida humana era todo lo que la habitaba. Daba escalofríos tanta inmovilidad en el ambiente.

Buscamos con la mirada por el living, encontrándonos solos de inmediato.

— Seguro está en su alcoba. — dijo mi padre y el rubio se precipitó a las escaleras. Lo seguí luego de unos segundos y subimos a la par. Mi padre nos seguía desde atrás, completamente resignado y apenado.

Andreas manoteó el picaporte de la habitación de mi hermano, mientras yo miraba de reojo el interior de la mía, por si acaso.

— ¿Qué pasa?

— No abre. Está cerrada por dentro. — explicó y yo recordé que esa puerta estaba rota desde hace tiempo. Él me lo dijo.

— La cerradura de esa puerta está fallada, no se puede abrir del lado de adentro.

— ¿Eh?

— ¡Lo que oyes!

— ¡Para, no grites que me alteras! Imagino que tienes una copia para que alguien nos abra desde afuera.

— Sí.

— ¡Oh, perfecto!

— Está en la mesita de noche.

— ¿¡Qué!? Eres más idiota de lo que creía.

— ¿El idiota soy yo? ¡Tú fuiste el que cerró la jodida puerta!

— ¡Tienes la plata del mundo entero y no eres capaz de arreglar la cerradura de tu cuarto!

— ¡Ash! Eres irritante.

— A ver, tenemos que abrirla a la fuerza. — dije saliendo de mi nube de recuerdos.

— Vale.

— A la cuenta de tres. — Papá estaba inquieto, cruzado de brazos a un lado de la puerta en cuestión. Nosotros nos alejamos un paso hacia atrás al mismo tiempo, mirándonos y asintiendo a medida que pasaban los tres segundos pactados. — ¡Ahora! — Ambos, exactamente al mismo tiempo, chocamos contra la puerta de madera con nuestros brazos flexionados y bien pegados a nuestros torsos. Entonces la puerta se abrió de par en par, desestabilizando nuestras figuras.

— ¡Bill! — gritó el rubio apenas verlo tirado a los pies de la cama, en el suelo. Mis ojos se abrieron de par en par y me quedé paralizado. Por unos momentos en que Andreas se tiraba al suelo de rodillas, sin preocuparse por su caro traje, y zarandeó a mi hermano por los hombros mientras lloraba, yo dejé de oír el ruido, de actuar coordinadamente. No entendía nada. Es decir, Bill estaba inconsciente, en el suelo de la recámara, con una banda de goma amarrada a la delicada piel de su brazo y menudo hematoma en las venas de la curvatura de su brazo izquierdo. Un frasco de pastillas extrañas botado a su lado, con algunas de éstas caídas y otras picadas hasta hacerse polvo. Y, para rematar la horrible escena, una birome sin el cartucho, totalmente vacía que servía de conducto para aspirar, creí, el polvo de mencionadas píldoras. Ni hablar de la jeringa vacía con su émbolo totalmente bajo entre sus dedos.

— Bill…— susurré viendo todo borroso. Parpadeé y unas cuantas lágrimas se desvanecieron por mis mejillas.

— ¡Trümper, te estoy llamando! — Reaccioné ante el grito desesperado del rubio que pedía mi ayuda. — ¡Ven!

— Joder…— Con ligereza, lo ayudé a alzarlo y dejarlo con cuidado sobre el colchón de la cama.

— Llamaré a la ambulancia para ver por qué demonios no llega. — Me informó con voz quebrada, empapado en lágrimas. La escena era desesperante. — Trata de mantenerlo despierto, por favor. — asentí sin ser capaz de alejar mi mirada de su rostro. Oí cómo Andreas convencía al quebrado Jörg de bajar. Algo podía pasarle a mi padre también debido a tanto estrés y emociones juntas. Era otro tema de preocupación.

— Bill… ¡Bill! — Lo llamé moviéndolo por el brazo. Estaba pálido, totalmente blanco. Chasqueé la lengua y desaté el fuerte nudo con que esa manguera se amarraba a su piel. Una vez libre, sobé la zona. Estaba hinchada. — Bill, despierta… por favor. — sollocé y sus ojos se entreabrieron ante mis movimientos en su cuerpo. — ¡Bill!

— Mmhm… yo… sí. — Ninguno de sus balbuceos parecían tener sentido. Sus ojos no se podían fijar en ningún punto en particular, sino que divagaban por doquier. El techo era su lugar favorito.

— Bill, escúchame. ¡Escúchame! — Me miró por unos pocos segundos, pero volvió a cerrarlos. — ¡No debes dormir, Bill!

— Eh… sí.

— ¡Bill! Vamos, por favor…— Apretó sus párpados para luego abrirlos de nuevo. — ¿Por qué hiciste esto, enano? ¿Por qué? — susurré sin dejar de mover su brazo, para mantenerlo despierto.

— Gus…

— ¿Qué? — Negó con la cabeza y luego intento alzar una mano, pero no lo consiguió. — ¿Qué dijiste? — Soltó una risa extraña, totalmente deforme.

— Gustav… Gust… mmhj…— Parpadeé reiteradas veces, atónito.

— Se trata de quien le vendía las drogas a Bill… Sólo sé que se llama Gustav Schäfer y no sé nada más. Pero si tú llegas a verlo por el estudio, o por alrededor de Bill, por favor dímelo.

— Yo… jamás le he visto, lo siento. O tal vez jamás presté atención.

— Está bien. Yo sólo quiero que conserves la foto y te mantengas al tanto.

Así que sí lo andaba viendo. Todo este tiempo estuvo ocurriendo frente a mis ojos, a los de mi papá, los de Andreas, Georg, ¡todos! Pero ninguno fue capaz de advertirlo. Bill se codeaba con este sujeto y nadie se ha percatado. Quizás, si algo o alguien nos hubieran dado una mínima pista o señal, todo se hubiera mejorado. Quizás todo se pudiera haber esclarecido a tiempo.

— Tranquilo, Bill. — Acaricié su abatido rostro con mi palma abierta. Sus ojos se habían cerrado y me vi obligado a retomar los zamarreos. Pero ya no tenía fuerzas. Sólo verlo así me destruía el alma. — Todo saldrá bien… Todo mejorará. — Poco había de convencimiento en esas palabras, pero no debía ser pesimista. Quería creer que esto se solucionaría de manera rápida y eficaz. Nada le pasaría, él estaría bien. No tenía que pensar en negativo. — No lo pienses, Tom…

F I N

Aquí termina la Primera Temporada, gente! Vamos, insúltenme, puedo soportarlo(?. Ojalá que les haya gustado & dejado con muchas dudas, ya que ese fue mi objetivo! jajaja. Pero hay más.. La Segunda Temporada comienza pronto 😀 Sísísí, más insultos & golpes hacia mi persona. 

No puedo estar más a gusto con el desarrollo de esta temporada junto a todas ustedes. Se los agradezco de todo corazón!! 

Buena Vida a todas.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Un comentario en «Apostemos. FIN»

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