«Apostemos» Temporada I
Capítulo 4.- “Allí donde esté tu Corazón”
Unos goles a la puerta me hicieron despertar de inmediato con una sonrisa de oreja a oreja. La enfermera me había dicho que pronto sería el horario de visitas y alguien estaba afuera muy interesado en verme. Me esperanzaba la idea de que sea papá. A pesar de las peleas que hemos tenido respecto a esta internación… le extrañaba de sobre manera.
— ¡Adelante! — grité sentándome en la cama, apoyando mi espalda en el cabecero. Sonreí mientras me acomodaba el cabello detrás de mis orejas. A cara lavada y sin los lujos que acostumbraba tener en vestimenta, pero con una alegría inmensa de que pronto se cumplirían seis meses de que estaba ahí. Todos me dicen que permaneceré un año completo, y la idea me molesta, pero sólo falta la mitad, eso si no empeoro de la noche a la mañana. Ánimo.
— Permiso, hermoso. — Mi sonrisa continuó allí, pero debo reconocer que se encontraba debilitada. Era Andreas, por segunda vez en la semana.
— Hola, Andi. — saludé acomodándome en la cama, relajando mi postura.
— ¿Cómo te sientes? — interrogó caminando hacia la cama, con una pequeña bolsa de regalo en su mano izquierda.
— Bien.
— Te ves desanimado, ¿qué ocurre?
— No,… estoy bien.
— No te alegras de verme. — Reí con su mueca de perrito herido.
— Sí que me alegro. Es que… — No respondí por temor a que se enfadara.
— No es a mí a quien esperabas.
— Sí. — Suspiró sentándose en la silla de junto, con la bolsa sobre su regazo. Torcí la boca, observando mis piernas a lo largo de la cama, cubiertas por la sábana celeste agua. — ¿Por qué no ha venido papá ni un solo día? — No respondió. — ¿Es que se avergüenza de mí?
— No, eso jamás. Él está orgulloso de que estés luchando contra tu adicción; es que no ha tenido mucho tiempo.
— No soy tonto. — dije tajante, observándolo a los ojos. — Teme que algún fotógrafo lo vea entrando a una clínica para adictos. Teme que se descubra que no estoy de viaje en Francia, sino internado después de estar tres meses en estado de coma por intoxicación. — solté casi con odio.
— Bill… no debes pensar así.
— No lo defiendas. He estado pensando mucho estos meses. Ahora que tengo tanto tiempo sin hacer nada, sólo mirando estas blancas paredes los recuerdos aparecen sin llamarlos.
— ¿Qué has pensado?
— He visto mi vida desde otro punto de vista. He encontrado… culpables.
— No puedes echar culpas por lo que te pasa ahora.
— No, pero sí por lo que me ha traído hasta este punto. — Hizo un silencio de unos cuantos segundos. Se quedó estudiando mi perfil para así hallar las palabras que callé, pero nada descubrió.
— ¿Quieres compartir eso conmigo?
— No. — respondí sin más preámbulos. — No quiero.
— Vale, está bien. — Lo miré y le sonreí, devolviéndole ese gesto.
— Georg y tú se han portado muy bien conmigo en este tiempo. Siempre estaré agradecido.
— No tienes por qué. — Acarició mi mano, esa que descansaba alado de mis piernas. — Yo lo hago porque te tengo un aprecio especial. — Me tensé en mi sitio al oír esas palabras. Él no era mi amigo, ni nada. Él sólo era otro abogado en el estudio de mi padre. Nuestra relación antes de esta internación sólo consistía en ‘hola’ y ‘adiós’. Pero en estos meses me ha cuidado mucho… no sé por qué cambió tanto. — Te traje un obsequio.
— Andreas, no hace falta.
— Sí que hace falta. Mira. — Me soltó y volvió sus manos a la bolsa, abriéndola y sacando de ella una cajita. — Lo escogí con la ayuda de mi hermana… yo no sé mucho de estas cosas. — explicó abriéndola y mostrándome su contenido.
— Oh… ¡es hermoso! — exclamé al ver una pequeña roca, una piedra para ser exactos. Dependiendo el punto de vista de donde lo mires, variaba su color.
— Es una réplica de la piedra en que creían los celtas en la antigüedad, una Omphalo. — Me explicó mientras yo tomaba la piedra y la movía de un lado a otro. Tenía algo escrito en la parte que parecía ser el frente entre sus rasgos amorfos. Pero tal escritura no se entendía. — Ellos creían que las piedras simbolizaban la fuerza, la superación. De hecho, solían creer que las formas y colores de las piedras representaban a cada persona en la tierra, que no había dos piedras iguales y que, por lo tanto, había una para cada ser humano. — Lo observé embobado con sus palabras. — En cuanto a esta, cambia de color. La subscrición debe ir siempre al frente; del color que lo veas ese día, es el color que refleja el nivel de tu fortaleza. — Asentí comprendiendo.
— ¿Y qué dice?
— ‘Tus pies te llevarán allí donde esté tu corazón’. Es un proverbio.
— De verdad que te has pasado con esto, Andreas. Es hermoso.
— Sí. Sé que te gustan las cosas místicas, por así decirlo. Creí que te sería más útil que cualquier otro regalo. — Le sonreí sinceramente, volviendo a tomar su mano y entrelazándola con la mía.
— Gracias, Andreas. De verdad gracias.
— De nada.
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Acomodé el cuello de mi saco y por último guardé la cajetilla de cigarrillos. Todo sin dejar de sonreírle al brillo de esa piedra que descansaba en la parte superior de mi espejo. Era el único adorno allí y no ha habido un día que no viera su brillo, siempre uno diferente. Lo que tampoco desaparecía de mis días, era el recuerdo de esos años. Esas épocas estaban volviendo todos los días un poco más hacia el presente.
— Bill, John ya sacó tu auto a la calle.
— Genial. — Me volteé para verla y sonreírle. — Debiste despertarme esta mañana.
— Es que el cerrajero fue muy rápido y ambos dormían como ángeles. — Alcé ambas cejas.
— ¿Thomas y yo, ángeles? Jajaja, No nos conoces, Susan. — Reí tomando mi teléfono celular y pasando por su lado. — Te veo en la tarde.
— Bill.
— ¿Mhm? — Me frené antes de bajar por las escaleras, observándola.
— Se acerca la gran fecha.
— Es verdad. — comenté con aires de soberbia. — Una semana apenas. — Se acercaba el día en que mi padre asistía a una reunión con Seeger y Morris para fortalecer la común unión de los tres estudios jurídicos, los tres de más renombre. Esto sólo ocurría unas dos escasas veces al año ya que los tres son hombres ocupados. Además de ser dueños de dos grandes estudios en zonas preferenciales de Alemania, son también viejos amigos de la familia. Mi ansiedad se basa en que hace dos años seguidos mi padre me lleva a mí y yo no puedo sentirme más satisfecho con la elección, marcando así ante ellos que su socio de confianza, soy yo. — Tengo que irme. — Terminé de bajar y caminé a la puerta del recibidor. Hoy sería un día complicado…
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By Tom
— Tania, dile a Bill que me llame al celular si desea algo.
— Claro, señor. — Bajé por las escaleras a paso apurado. Creo que ya estaba algo retrasado, sólo espero no llegar tarde. Me puse los lentes de sol mientras mis pies se movían de forma coordinada en las escaleras, hasta que estuve abajo y a pocos metros de la puerta.
— ¡Tom! — exclamó Richael ingresando al estudio. Maldita sea mi suerte.
— Hola. — Sonrió ampliamente, colgándose el bolso por el codo. Avanzó a paso sensual hacia mí y se dispuso a saludarme.
— ¿Cómo estás, hermoso?
— Amm… bien, gracias.
— ¿A dónde ibas con tanta prisa?
— Tengo que ver a un colega. — expliqué impaciente.
— Oh, ¿después tendrás algún tiempo para mí? — Acomodó el cuello de mi camisa, acariciándome el pecho después.
— Quizás, Richael, quizás. — Sonreí fingido y asintió satisfecha. — Nos vemos luego, preciosa.
— Bye. — Cuando ya no vio mi rostro, rodé los ojos con notorio cansancio. Qué tía más pesada, caray. Abrí la puerta y salí yendo directo a mi carro. Pero unos bocinazos me hicieron girar la cabeza hacia el Audi que aparcaba a unos pocos metros de distancia. Lo reconocí al instante y esperé a que bajara por completo de tremenda nave.
— ¿A dónde vas? — interrogó sacándose las gafas y observándome con recelo.
— ¿Recuerdas que me pasaste el número de ese abogado? Allá voy.
— ¿En serio? — No, mentira. Qué tonto es. — ¿Cuándo ibas a avisármelo?
— No sé. Te estoy avisando ahora. — Le quité la alarma al vehículo y abrí la puerta del piloto. — Nos vemos en la tarde, no tardaré tanto.
— ¿Dónde es?
— Cerca.
— ¿Dónde?
— Cerca. Adiós, belleza. — Le guiñé un ojo y me adentré en mi bebé nuevo. Le observé protestar por el espejo retrovisor y sólo me hizo reír. Mi hermano puede ser fácilmente irritado la mayor parte del tiempo. De hecho, el ochenta por ciento del día se lo pasa con cara larga.
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Entré al restaurante donde había acordado en verme con el abogado, apurado y tenso. Camine entre las mesas observando la que se me había asignado. Había un sujeto sentado. Mierda. Sabía que iba a llegar tarde. Sólo espero que esta pequeña demora no afecte la charla. Dicen que la primera impresión siempre cuenta; eso a mí no me conviene hoy.
— Lamento la demora. — me disculpé cuando llegué a la mesa. El sujeto me sonrió de lado y se quedó estudiándome de cierto modo… extraño. Deslicé la silla intentando evadir sus ojos clavados en mi rostro, pero no hubo caso. Diablos. Encima detesto que la gente que no conozco se me quede viendo durante un tiempo prolongado, me hace sentir incómodo.
— ¿Trümper? ¿Thomas Trümper? — interrogó con un amago de sonrisa. Asentí dudoso sentado enfrente de él.
— ¿Nos conocemos?
— Sí. Soy Joseph Sanders. Estudiamos juntos en Nueva York, pero yo iba un año más avanzado que tú.
— Espera… — Traté de hacer memoria, recordando a un Joseph con quien solía charlar un rato antes de entrar en la Universidad. Consistía en breves saludos, pero al fin y al cabo hablábamos. — Sí, te recuerdo. ¿Cómo has estado, tanto tiempo?
— Bastante bien, viviendo aquí desde que me gradué. — Ahora entrábamos en un ambiente más jovial, de mucha más confianza. Perfecto para olvidar mis diez minutos tarde y mis nervios respecto a semejante caso. — ¿Sabes? He oído mucho de ti en estos días.
— No me digas, ¿a qué se debe?
— Bueno, es difícil ignorar a la televisión hablando del famoso hijo de Jörg Kaulitz las veinticuatro horas del día.
— Jaja, pequeño detalle. — Reí negando con la cabeza. — Quise volver. Fue y aún es difícil. Mi madre está allá, en Estados Unidos, pero ha sabido comprender que necesitaba pasar un tiempo de este lado del mundo.
— Entiendo. Y has vuelto con todo, por lo que veo. Te tocó el caso Cortez. Déjame felicitarte por ello. — Revoleé los ojos fatigado.
— Ya me está sobrepasando todo esto de Cortez, y ni siquiera empieza. — Rió.
— Y, dime, ¿trabajas con tu hermano?
— Sí, con Bill. ¿Le conoces también?
— Lamentablemente sí. — Bueno, sé que no es demasiado agradable, pero tampoco para lamentarse de conocerlo. — En mi último caso, el del robo al banco, me tocó la parte acusadora. A él la acusada.
— Vaya, qué pequeño es el mundo.
— Demasiado. — Hizo unos movimientos con sus ojos, dejándome claro que no todo fue muy bien. — Para mí, era un caso sencillo. Su cliente era acusado de autor intelectual en el robo y estaba más que complicado con las pruebas y las declaraciones aportadas por mi parte. — Asentí interesado. — Pero, de la noche a la mañana, todo da un giro inesperado. Se filtró información relevante, se compraron testigos y apareció un ‘chivo expiatorio’, por llamarlo así.
— Todo ilegal.
— Sí. Pero no hubo forma de demostrar lo contrario. Varios fiscales habían recibido coimas y todo gracias a Kaulitz. — Fruncí el seño anonadado. ¿Eso era mi hermano? — En pocas palabras y resumiendo, el sujeto fue encontrado inocente y el verdadero inocente fue condenado a treinta años en prisión. Yo perdí y tu gemelo ganó honorablemente. — dijo ironizando esa última palabra.
— Caray… estoy tan sorprendido.
— Increíble, ¿cierto? Ningún abogado quiere enfrentarse a tu hermano, porque es la viva copia de tu padre, con todo respeto.
— ¿Él era igual?
— No lo sé. Cuando él andaba por las cortes, yo era un pequeño. — Sonaba lógico. — Ambos imbatibles. No hay quien les gane y por eso es que quise mi revancha. — Sonrió dejándose caer en el respaldo de la silla, juntando sus dedos sobre su estómago. — Tú le dijiste a mi secretaria que querías una reunión de reconciliación, ¿cierto?
— Sería lo mejor.
— Bueno… por mí no hay problema y dudo que para mi cliente lo haya, así que cuenta con eso. — dijo. — Pero debo advertirte de algo, Tom. Pierdes tu tiempo y yo también pierdo el mío.
— ¿Por qué lo dices? Sé que es un caso complicado, pero podemos llegar a un acuerdo pacífico.
— ¿Con Bill Kaulitz? Jajaja, lo dudo. Él va a todo o a nada; quiere ganar. No creo que en verdad esté interesado en llegar a un acuerdo.
— Pero… — Dejé mi réplica ahí. Después de todo, tenía razón. Si fue capaz de hacer tales cosas en su momento, ahora iría más allá.
— No son una buena dupla si piensan tan diferente. — observó y yo asentí sin más remedio. — ¿Puedo darte un pequeño consejo?
— Adelante. — Volvió a erguirse en su lugar, acercándose y dándome a entender que sería importante aquello que dijera.
— Para que funcione, debes pensar como él. O él como tú. Sólo siendo semejantes se llega a un buen punto. Y te lo digo a ti porque conozco a Bill y sé que no cambiará ni un poco de su mente. — Honestamente, no sé si yo pueda echar todos mis principios, mis códigos, a la basura para asemejarme a una persona así. No creo poder. — Entonces, ¿nos vemos el martes? ¿Te parece?
— Está perfecto.
— Bien. A las tres, el martes. En tu estudio. — Asentí y me puse de pie a su par, estrechando nuestras manos. — Adiós, Tom. Y fue un gusto volver a verte.
— Lo mismo digo, Joseph. — Sonriendo, me soltó y tomó el portafolio que estaba al pie de la mesa, caminando rumbo a la salida. Mientras tanto, yo me quedaba ahí parado un rato más, preguntándome mentalmente qué clase de monstruo era mi hermano. No es así como lo recuerdo… no era así.
.
By Bill
Tipeé unas cuentas teclas en el teclado de mi portátil y esperé. El e-mail fue enviado por tercera vez en el día, pero aún no recibía contestación alguna. Vamos, Molina, me estoy jugando la vida por ese patán que tienes encerrado. Jamás pensé que un transa podría llegar a valer tanto. Tomé la taza de café en mi mano y la llevé a mis labios sin dejar de mirar la pantalla del ordenador. Nada, ni una respuesta. Me terminé toda mi bebida y dejé la taza nuevamente sobre el escritorio.
— Ya. — Chasqueé la lengua y cerré esa ventana. Seguidamente, agarré mi teléfono móvil y marqué unos cuantos números seguidos, llevando el aparato a mi oreja. Me dejé caer en la cómoda silla y me hamaqué apenas mientras esperaba.
— Diga.
— Albert, ¿llegas a reconocer mi voz? — Hacía tiempo que no lo llamaba. Siquiera estaba seguro de que ese fuera su número telefónico.
— Se me hace familiar… — respondió el hombre. Cortez debe tener unos cuantos años más que mi padre. Unos sesenta y tres, por ahí. Me ha visto crecer y me considera su hijo, aquel que jamás tuvo. — ¿Quién es?
— Soy Bill, el hijo de Jörg.
— ¿Bill? ¡Oh, pero qué alegría! — exclamó y sonreí satisfecho. — ¿Cómo estás, Billy?
— Muy bien, ¿y tú, Albert?
— Algo estresado, tú me entiendes.
— Entiendo perfectamente, no debes explicar.
— La verdad que jamás he tenido un juicio tan complicado y avasallante como es este. ¡Y vaya si he tenido juicios complicados!
— Lo sé, recuerdo algunos.
— Pero es que se han encargado de dejarme como el malo en todo esto. — se quejó y lo oí suspirar. — ¿Es mi culpa ser un hombre de negocios?
— Claro que no. Pero así es la sociedad, normalmente los pobres son los buenos y los adinerados los malos.
— Totalmente, hijo. Figúrate que estaba tan cansado de tantos fotógrafos y prensa, que me vine a Grecia unos días.
— ¿Grecia? ¿Es en serio?
— Enteramente cierto, hijo.
— Caray, qué envidia. Grecia es uno de mis países predilectos. — Rió.
— ¡Es una maravilla! Sus costas son… ¡Oh, son la gloria!
— Pues, te lo mereces, Albert.
— Supongo, supongo. Pero estoy tranquilo de que tú seas mi abogado. Me sentía seguro con tu padre y la historia parece repetirse.
— Jaja, me halagas.
— Mira, si salimos triunfadores de esta, te compraré una casa aquí.
— Oh, te agradezco, Albert. Pero estoy bien en Alemania.
— ¡Pavadas! Siempre se puede estar mejor, y te aseguro que éste es el lugar indicado. Pero antes estoy en tus manos.
— Y también estás en manos de mi hermanastro.
— ¡Cierto! He oído muchas cosas de él y sólo lo conozco por televisión.
— Lo conocerás pronto. En estos momentos está negociando una reunión de conciliación de las partes con el abogado de la sección acusadora.
— Pero Billy, tú sabes que odio esa clase de cosas. Son pérdidas de tiempo.
— Lo sé y comparto el sentimiento. Pero al no tratarse de un asesinato o un daño semejante, se puede llegar a una reconciliación y estamos en la obligación de intentarlo.
— Bueno, pero sabes que no me agradan.
— Tranquilo, no habrá acuerdo. Sé lo que quieren y sé lo que tú quieres, nadie cederá.
— Me parece perfecto, hijo.
— Bien. Y escucha, Albert, es de suma importancia que no brindes ningún tipo de declaración a los medios acerca del juicio, ¿de acuerdo? Porque cualquier palabra podría tornarse en tu contra.
— Lo sé y me estoy cuidando de ello, calma. — Asentí. — Ahora, me he enterado que tu padre anda organizando una especie de celebración, ¿a qué se debe?
— A la asignación de los casos a cada abogado del estudio, ya sabes cómo es.
— Siempre celebrando por todo. Jajaja, tu padre es muy positivo. — Reí forzado. De repente, irrumpió en mi despacho mi hermanastro. Su cara seria me demostraba que no llegaríamos a buen puerto. Respiré hondo mientras él se sentaba sin decir ni ‘a’ en la silla de enfrente.
— Albert, debo dejarte. Justo entró Thomas con novedades.
— Oh, de acuerdo. Entonces, mantenme informado, por favor. Ni bien sepa la fecha y hora tomo el primer vuelo para allá.
— Perfecto. Entonces nos hablamos en breve. Cuídate, y fue un placer volver a hablarte.
— Lo mismo digo, hijo. Saludos a tu padre y a ese muchacho que anda por ahí. — Corté la comunicación sin más y dejé el teléfono a un lado de la portátil que continué manipulando, abriendo de nueva el Hotmail, esperando una respuesta de Molina.
— No sé si en tu despacho es así, pero en el mío se golpea antes de entrar.
— ¿Cómo pudiste hacerlo? — interrogó directo y sin rodeos.
— Amm… ¿de qué hablas?
— Culpaste a un hombre inocente de un crimen que no cometió. ¡Treinta años en prisión, Bill! Mientras que el verdadero culpable está en su casa o de vacaciones, quizás planificando otro robo o un asesinato esta vez. — atacó de a bombardeos, sin darme lugar a la réplica siquiera. Pero no soy tonto y entendí al instante de qué se trataba su acusación.
— El abogado era Jop… Jons… Jos…
— Joseph Sanders.
— ¡Sanders! Sí, lo recuerdo al maldito. — murmuré y me quedé unos momentos con mi vista fija en un punto determinado. Hasta que recordé. — Te mostraré algo. — Entonces viré mi cuerpo unos cuantos grados, hasta poder observar la pared a mis espaldas. Minada de cuadros con títulos, reconocimientos y demás, buscaba uno en especial. El más reciente. — Aquel. — Señalé con mi dedo y volví a mi anterior postura, observándolo con una sonrisa de lado. — El de marco azul. Ése es un reconocimiento de la Suprema Corte de Justicia. Estaban a punto de mandar a un hombre inocente a la cárcel y yo cambié eso. — expliqué orgulloso, recibiendo su mirada de desprecio a la cual me iba acostumbrando de a poco. — Le abrí los ojos a la justicia, de cierto modo.
— Para los demás, así fue. Pero cometiste una atrocidad sin nombre, Bill. Treinta años, ¿cómo has podido?
— Mira, Thomas, te explicaré algo ya que te has vuelto tan moralista en estos años. — Carraspeé y lo mire directo a los ojos. — A mí no me importa el camino, lo que se transita. Me interesa la meta. No me importa cuántos hayan resultado heridos, cuántos perdieron, cuántos murieron, por qué no. Simplemente no me importan. Lo único que a mí me interesa en la corte es que mi cliente salga con la frente bien en alto y libre por la puerta. — dije. — Y la mayoría de las veces me toca defender al acusado y nunca he perdido. Como dije, no me interesa lo que haya que hacer; se hace y punto. Porque cuando estoy en un juicio dejo en un segundo plano el corazón y uso la cabeza. — Suspiré. — Deberías hacer lo mismo.
— Eres una mierda. — dijo casi arriba de mis palabras. — Eres la persona más miserable que jamás he conocido. Eres… eres terrible. — Alcé ambas cejas, ladeando la cabeza.
— No me está gustando mucho tu actitud.
— ¡Eres una mierda! — Se puso de pie y me vi obligado a hacer lo mismo. Si íbamos a pelear, que sea al mismo nivel.
— Bájame el tonito.
— ¡Corrupto!
— Estás en mi despacho, en mi futuro estudio y estoy en un rango notoriamente superior, así que cierra la boca ahora mismo y lárgate.
— Es que no tienes principios.
— ¡Jajajaa! ¿Y tú sí?
— Sí, por supuesto que sí. — respondió. — Porque me han enseñado desde pequeño que el que hace las cosas bien, tarde o temprano recibe su recompensa y el que las hace mal tiene un castigo. Elegí esta profesión porque, desde mi lugar, siento que hago algo para que el mundo mejore. Porque me desvivo para que los culpables paguen y que los inocentes vivan, para que no se vuelvan a cometer las mismas injusticias o hasta peores. He estudiado tantos años para hacer bien las cosas, para hacer justicia. — Yo lo miraba con una mueca altanera, sin darles oportunidad a sus palabras para que me dañen o me modifiquen el estado. — Pero tú… tú haces todo al revés. Condenas a las personas equivocadas, ocultas los hechos, sobornas fiscales, compras testigos y robas información confidencial, ¿¡Qué clase de abogado eres!?
— ¡Éste! — Alcé mis manos, señalando la pared de atrás. — Éste soy.
— Los títulos no sirven si tu mente no está limpia.
— Oh, pero si yo tengo la mente reluciente, hermano. — Tomó su frente y la masajeó con las yemas de sus dedos, dándose la vuelta y caminando nervioso por mi despacho. Yo, en cambio, salí de mi escritorio a paso lento y lo rodeé hasta estar parado donde él antes. Apoyé mi peso en la madera y me crucé de brazos. Demonios, era mucho el gusto que me daba verlo tan… mal. Jaja. — ¿No es acaso este el sentido de un juicio? Ganarlo.
— ¡Pero por derecha!
— ¿Dónde está escrito eso? ¿Quién nació con un manual?
— ¡Pero es que no cometes errores, porque eres consciente que haces las cosas mal! No hay justificación para cagarle la vida a un pobre hombre inocente.
— Sí. Yo tengo una justificación. — dije sereno. Se detuvo a observarme, a unos pocos pasos de mí. — Antes de ese caso yo era Bill, el hijo DE. Ahora no. Soy Bill Kaulitz y punto, ¿entiendes la importante diferencia? He saltado a la gloria con ese caso y no podría estar más a gusto con ello.
— Entonces para ti vale la pena.
— Ajham.
— Comienzo a pensar que el haber estudiado tantos años sólo ha tenido un único objetivo en tu vida: el título. Fue lo único que querías, porque nada has aprendido.
— He aprendido demasiado, puedo asegurártelo.
— Pero eres un desalmado, Bill. ¿No te das cuenta que no haces nada para ayudar a la sociedad?
— Jaja, no me interesa.
— Debería. Mi madre me ha educado desde muy pequeño con una cierta forma de ver la vida, ¿sabes? — Rodé los ojos. — Y, en cierto modo, eso influye en mi trabajo. Yo no puedo cambiar la realidad si es que mi cliente es culpable de un crimen o un robo. Puedo luchar para que se demuestre lo contrario, sí. Pero si es culpable, será condenado como tal.
— Y le das el crédito a la contraparte. Genial. — dije sarcástico.
— ¿Qué importa? ¡Se hizo justicia al menos!
— Thomas, no puedes cambiar el mundo. Que encierren a un asesino no cambia nada; ¡Hay millones afuera! ¿Por qué ser correcto, si hay millones de personas que hacen lo contrario?
— Porque el cambio empieza por uno.
— ¡Jajajaja! ¿En verdad piensas que el mundo cambiará un día?
— Sí. — respondió con entero convencimiento y sólo quise reír a carcajadas.
— Es una excusa para poder dormir tranquilo a la noche, sólo eso.
— Al menos puedo hacerlo. ¿Tú puedes decir lo mismo?
— En absoluto. Duermo como un cachorrito.
— Entonces es más grave de lo que creía. Lo llevas ya en tu sangre. — Elevé el seño, divertido.
— Entonces tú eres igual.
— No, te equivocas. Jamás podré ser alguien como tú. Eres una porquería, una basura que no vale la pena. — Se acercó unos pasos más. — Te arrastrarías por un poco más de fama, de dinero, de gloria. No sabes nada de sacrificios, sólo eres un niño rico que nació con todo servido y que siempre quiere más. — habló duramente, comenzando a molestarme de sobremanera. — No vales nada en verdad, no vales ni cinco míseros centavos. Y algún día caerás en cuenta de las cosas que has hecho mal, pero será tan tarde, que no habrá retorno. Porque eso eres, una basura.
— Y tú eres un pobretón que no me conoce y a quien recomiendo que se lave la boca antes de hablar de mí o de mi vida. — intervine sin vacilar. — No sabes las cosas que he pasado, Thomas. Nunca te conté ni la mitad de mi vida. Y créeme que he tenido la oportunidad de morir antes y de dejar de ser una ‘mierda en la sociedad’, como tú me consideras. Estuve tres meses en coma por una sobredosis y, cuando todos habían perdido las esperanzas acerca de mí, yo volví a la vida. Y no es el dinero lo que me llena, sino el superarme día a día, porque aún existe gente como tú que se empecina en dejarme por los suelos. Pero nunca podrás, Thomas. No eres más que un chico con suerte, nada negativo de ti puede influir en mí.
— ¿Un chico con suerte dices?
— Sí. Eso mismo. Tuviste suerte de ser el hijo de mi padre, de ser mi hermano. — Alcé el tono de voz. — Tu vida dio un vuelco extremo de la noche a la mañana. De estar viviendo en un departamento mugroso, vives en una casa de cien por cien de grande. Llegaste en un asqueroso autobús y ahora manejas un Cadillac. Trabajabas en casos de ladrones de supermercados y ahora defiendes al hombre más poderoso de Alemania. Frecuentabas estudios de cuarta y ahora estás en el estudio jurídico Kaulitz. ¿Te das cuenta? Suerte, suerte y más suerte. Suerte desde que naciste. Suerte de que tu madre se haya acostado con mi padre hace veinticuatro años.
— No metas a mi madre en tu boca, imbécil. Con ella no te metas.
— Me meto todo lo que quiero. — dije altanero. — Porque eso fue tu madre para mi padre. Un par de piernas abiertas una noche de calentura. — Cuando terminé esa frase, su mano aprisionó mi cuello con fuerza. Inmediatamente el aire quedó detenido, no entraba ni salía de mi cuerpo y mi rostro comenzó a arder.
— ¡Que cierres la maldita boca, infeliz! — gritó cerca de mi rostro, a lo que yo reí apretando más sus manos en mi cuello.
— M- más fuer… fuerte. — dije con dificultad.
— ¿Qué?- Interrogó anonadado.
— Aprie-ta… más.
— ¡Estás enfermo! — Me soltó de repente y me doblé en mi lugar, tomándome del cuello con fuerza y respirando de a grandes bocanadas. Sonreí con malicia, hundiendo mis pupilas en lo negro de mis ojos. — Eres un monstruo… — murmuró con los ojos bien abiertos, alejándose unos pocos centímetro.
— Te diré… te diré algo que me dijo mi madre cuando tenía… nueve años. — Me repuse sin perder la sonrisa. — Cuando alguien usa la violencia contigo, es que no tiene la inteligencia suficiente para golpearte con la palabra. — Rió bajo y luego, sin previo aviso, me arrinconó entre el escritorio y su cuerpo, con sus manos a ambos lados de mí y su boca a centímetros de la mía.
— Te odio, Bill. Te odio y es increíble que tanto amor se haya convertido en esto que es hoy. Y me las vas a pagar.
— Jaja… comparto el sentimiento, hermanito. — Le guiñé un ojo. — Doy todo lo que tengo con tal de verte destruido y arrastrándote. — Se quedó varado en mis ojos unos momentos, hasta que me liberó y se alejó unos pasos hacia la puerta.
— Esto no va a quedar así, Kaulitz. — dijo desde allí.
— Si tú quieres… — canturreé.
— Chúpala. — Cerró la puerta a sus espaldas de un portazo.
— Si tú quieres… jajaja.
Continúa…
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AAAAAAI JURO QUE AMO A ESTE BILL jajajajajajaja 🤣