«Apostemos» Temporada I
Capítulo 5.- Extraño en el Paraíso
Salí de mi despacho cerrando la puerta hasta el lunes. Gracias a Dios me iba a la mierda de aquí. Me paré ahí para acomodarme un poco el saco y la camisa, después de tanto estar sentado la ropa suele desarreglarse. No piensen que he estado haciendo cosas ‘sucias’ en mi despacho. Normalmente las hago en el de Andreas, pero hoy no se dio la ocasión.
— Hey, amigo. — Alcé la mirada de mi ropa clisándola con la de Geo. Me sonrió de lado y apoyó su mano en mi hombro. — ¿Quieres salir esta noche? Un pub de la hostia, puedo asegurártelo. — comentó entusiasmado. Lamenté no poder contagiarme siquiera un poco de ese entusiasmo. Mi humor se hallaba por los suelos y no sería levantado ni con todas las ganas del mundo.
— De verdad lo siento, Geo, pero no tengo ánimos de nada más que quedarme en mi casa.
— ¿Bill Kaulitz en su casa un sábado por la noche? Ha de haber pasado algo muy malo.
— Nah, no sé si es para tanto. Sólo estoy cansado. — Me sonrió y bajó la mirada un momento. Me extrañé un poco cuando se detuvo en una zona particular de mi cuerpo y no comprendí lo que tanto veía. — ¿Qué…?
— Tu cuello. — Oh, genial. Sólo esto me faltaba. — ¿¡Quién coño te ha…!? — Alcancé a taparle la boca con mis manos cuando Tania y Axel se giraron en su sitio para observarnos desde la recepción. Maldita bocaza la de Georg.
— Cállate. — Rodó los ojos y asintió. — Te explicaré afuera. Ven. — Lo solté al fin y salimos juntos a paso acelerado. — Que sea la última vez que hablas en ese tono delante de todos.
— Pero si tienes semejantes marcas de manos en el cuello no puedes pretender que la gente te pregunte: ‘Oye, ¿qué te pasó en tu cuello? Se ve bien.’ — susurró con tono de idiota.
— Tuve un pequeño pleito, ¿de acuerdo?
— ¿Andreas volvió a ser agresivo contigo? — interrogó molesto.
— No, él no me hizo nada. — Abrí la puerta del estudio y suspiré una vez fuera. Hacía un calor de la puta madre. — Fue… fue Thomas.
— ¿¡Qué!? — exclamó atónito.
— Vale, no esperaba semejante grito.
— ¡Pero, Bill! Es un hijo de puta, ¿¡Qué, qué le pasa por la cabeza al hacerte semejante cosa!? — Comenzó a gritar como un demente en la calle, sacado de sus casillas completamente.
— No sé por qué te lo conté. — Me lamenté caminando a mi carro. — Sé un poco más discreto la próxima.
— No, no, no, espera. — Me tomó del brazo cuando abrí la puerta dispuesto a marcharme. — Vale, lo lamento.
— Ajham.
— ¿Podemos viajar juntos y me cuentas en el camino? — Observé a la gente caminando apresurada por arriba de su hombro y lo medité. Georg es la única persona en quien puedo confiar. Andreas le iría con el chisme a mi padre, así que es otro descartado.
— Sube. — Asintió y rodeó el vehículo por adelante. Yo me senté en el asiento del piloto y me abroché el cinturón de seguridad. Mi amigo ingresó al cubículo luego de unos segundos e imitó mi acto de responsabilidad.
— Cuando quieras.
— Mira, para empezar — Puse en marcha el motor y emprendí el rumbo a mi casa. — esto nace y muere aquí, ¿entiendes?
— Por supuesto.
— Bien. — Carraspeé. Mis ojos permanecían fijos en la carretera. En verdad este tema no me trae mucho interés. — Discutimos porque se enteró de lo que hice en el juico del banco.
— ¿Le has contado?
— Cómo crees, no. Se lo contó Sanders. Créelo o no, es el abogado que defiende a Gómez.
— Já. Qué pequeño que es el mundo.
— Sí. — Manipulé el volante para doblar rumbo a la derecha, con un movimiento rápido y conciso. — La cosa es que Thomas está muy cambiado. Está volviendo a ser ese Tom que conocía.
— Recuerda que era una pantalla que te engañó por mucho tiempo, Bill. — Recalcó y suspiré pesadamente, queriendo alivianar la presión, pero nada de eso pasó.
— Lo sé, lo sé. Pero así está ahora. Preocupándose por los demás, siendo amable con todo el mundo, apoyando a papá… hasta me ha besado. — Por el rabillo del ojo lo vi girar la cabeza de inmediato y abrir sus ojos más de lo normal. — Lo que oyes. No sé lo que trama.
— Pues está claro que está en algo raro. Porque tú sabes cómo es él en verdad.
— Sí.
— Es así como lo fue ese día que se marchó
— Ajham.
— que te dijo que había sido divertido mientras duró
— Sí, lo recuerdo.
— y se cagó de risa de ti y de lo que sentías. Él cagó tu vida y…
— Georg, dije que lo recuerdo, no tienes que relatarlo.
— Oh… — asintió volviendo la mirada en frente. — Lo siento. — Se formó un silencio incómodo durante unos minutos. Parecía que alguien había dicho algo fuera de lugar. Esa tensión se notaba cada vez que el sonido del exterior se había más notorio, dejando en evidencia la falta de palabras por nuestra parte. — Te sigue importando.
— ¿De qué hablas? — interrogué molesto.
— ¿Por qué no quieres que te recuerde lo mierda que fue ese día? Sencillo, porque aún te duele. Sigues sintiendo ese dolor que sentiste. — ¿Este era Georg? Él no suele hablarme tan crudamente.
— Claro que aún siento ese dolor, amigo. Es por ese dolor que lo odio tanto, ¿entiendes?
— No digas eso.
— Lo estás diciendo tú mismo.
— Yo no digo que lo odias, digo que lo amas. — Volteé mi cabeza de un momento a otro. Apenas mis neuronas hicieron sinapsis, mis ojos ya estaban quemándole el perfil de mi amigo con mis pupilas.
— ¿¡Qué!?
— ¡Mira al frente, por Dios! — Hice caso a su orden cuando oí una seguidilla de bocinazos. Mierda. Otra vez al borde de la muerte y no muero. Empiezo a pensar que Dios aún no me quiere con él. — Y sí, digo que lo amas porque no hay otra explicación.
— ¿Qué parte de ‘odio’ no queda lo suficientemente claro?
— Las personas suelen confundir tres sentimientos con mucha facilidad. — dijo. — El amor, el odio y la obsesión. Es una maraña de sensaciones que no logran definir con certeza. Yo creo que estás confundiendo el odio con el dolor que te dejó hace cinco años. Lo amas, por eso te importa tanto.
— Tú te volviste completamente loco.
— Niégalo. Es verdad. — resoplé. — O sino explícame qué sentiste cuando te besó.
— ¡Ay, Georg, no seas imbécil!
— ¡Sólo dime!
— Pues me gustó, no te mentiré. — dije cansado. — Pero me gustó porque me sigue molando su cuerpo, su voz, esas cosas. No me gustó porque esté enamorado o lo haya extrañado.
— Pero déjame recordarte que hay un tercero en esta historia: Andreas. — Entrecerré los ojos ladeando la cabeza. Pisé suavemente y de a poco el freno, deteniéndome en un semáforo en rojo. Entonces apoyé mi codo en la puerta de mi lado y descansé mi cabeza ahí.
— A Andreas no le importo. Así es lo nuestro, Geo.
— Bah…
— No, en serio. — insistí. — Nos gustamos mucho y le tengo un gran aprecio por todo lo que ha hecho por mí, no voy a negar esa parte. Pero no hay más.
— Bill, mi atracción por alguien que me gusta dura una semana, dos cuanto mucho. No dos años. — Cerré los ojos algo dolido. — ¿Vas a decirme que la atracción que tú sientes por Andreas y él por ti, ha durado dos años? Yo creo que hay algo más. Y si no lo hay de tu parte, está bien, tienes razón. Pero estoy seguro que a Andreas no sólo le gustas. Hay más en él. — La luz se volvió amarilla y luego verde. Arranqué de nuevo en silencio. — Sé que no te mola que te hablen así y te digan qué debes hacer, pero soy tu amigo. Hombre, no puedes jugar de este modo con él. Thomas fue una mierda en el pasado y es en gran parte el culpable de todo lo que te ha ocurrido. — sentenció observándome fijamente. — No creo que sea buena idea volver a pasar por todo otra vez. Entonces, no lo busques y si él lo hace, niégate. No vuelvas a caer, amigo. Porque la carne es débil y tú sabes que con Tom es especial, él es tu hermano. — Hizo una breve pausa. — Déjalo ser. No habrá vuelta atrás.
— Yo no soy el mismo. — dije tajante y frío.
— Claro que no. Nadie es el mismo de aquí a cinco años atrás. Pero hay algo que no cambia sólo por querer.
— ¿El amor? — dije burlándome.
— En parte. Pero los sentimientos en general. Quizás algunos quedan olvidados, pero al más mínimo reencuentro vuelven.
— Como digas. No caeré de nuevo; fue solamente un beso, ¿vale? Y esto — señalé mi cuello con una mano que luego volvió al volante. — es normal. Lo provoqué y él reaccionó. Ya sabes cómo somos; él es el violento, yo el inteligente. — Cuando él iba a decir algo más, llevé mi mano al estéreo, prendiendo la radio y subiendo el volumen. — ¡Wujhu! — Exclamé riendo y acelerando en una calle larga y algo desolada. Lo vi rodar los ojos y negar con la cabeza y se planteó observar las calles fuera del carro en silencio.
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By Tom
Me quedé parado a un lado de la puerta, oculto tras la pared con la cautela necesaria para no ser visto. La pelea se desarrollaba en la cocina, donde Bill quería hacerle entrar en razón a mi padre de que no habría nada que a él lo hiciera entrar en razón. Un trabalenguas de lo más verdadero y acorde a la situación.
Después de semejante exabrupto en el estudio, hoy a la tarde, quise dormir y sólo dormir. De hecho, acababa de despertarme por el portazo que dio mi hermano al salir de su propio cuarto. No respeta y pide respeto, lo tiene todo y quiere más, queremos ayudarlo y se siente incomprendido, desecha gente como sólo él sabe hacerlo… todo eso es Bill, el egoísmo, la avaricia y la ambición solos en un cuerpo único que lo encierra todo. Antes no era así. Y lo recuerdo como si fuera ayer que pasó… cada vez que sonreía, cuando oías su risa, cuando te miraba simplemente te hacía sentir feliz y casi volabas. Ahora lo ves y sientes un temblor en su mirada, algo que te ordena que te alejes y que, a mí particularmente, me expresa odio.
Parpadeé seguidamente, volviendo en cierto modo a la realidad cuando mi padre dio un golpe a la mesa luego de unos cuantos retos. Bill estalló en una risa irónica, esa que pone de los cables a cualquier persona exasperada buscando una conversación seria. Entonces decidí intervenir en esa situación que se iba de las manos de cualquiera que no supiera tratar con alguien como mi hermanastro. Di un paso al frente y luego ingresé a la cocina cortando los gritos de un momento a otro.
— Bingo. — susurró mi hermano cruzándose de brazos.
— Papá, ¿por qué no te calmas? Esto te hace mal. — dije sereno, ignorando a mi hermano ‘centro del Universo’.
— ¡Já! ¡Lo único que me faltaba! Oírte a ti decirle a mi padre que se cuide. — Volví la mirada a él, sin mover ni un pelo. Simplemente lo observaba. — He sido yo quien lo ha mantenido vivo desde hace cinco años mientras tú vivías tu vida como si nada pasara.
— Qué delicado eres, Bill. ¿Mantenerlo vivo? ¿Así lo llamas al cuidado ahora?
— Muérete. — escupió.
— ¡Bill!- Intervino Jörg y lo observó molesto. — ¿Por qué se llevan así? ¿Por qué ese odio sin fronteras? — Interrogaba al borde de las lágrimas. Caray… nunca lo vi de este modo. Bill, en cambio, aparentaba tranquilidad e indiferencia, como si no le importara. — No se dan una idea de lo mal que me hace verlos tan enfadados. Creí que sería por unos días y que luego lo olvidarían. Pero me doy cuenta que es permanente y viene de ambos bandos. — Nos miró a los dos por igual, reclamándonos miles de cosas con esa sola mirada. — ¿No pueden volver a ser esos hermanos unidos que tanto afecto se tenían? Me haría muy feliz eso.
— Por mí no hay problema. — dije y eso detonó la ira de mi hermano.
— ¿Que no hay problema? ¡Claro que no lo hay! Porque tú no tuviste que extrañarte, que necesitarte. — Lo miré sorprendido, y juraría que algo en su mente le advirtió (un poco tarde) que había hablado de más.
— Pero ahora lo tienes aquí, Bill. — Volvió a hablar nuestro padre. — ¿Por qué lo detestas tanto teniendo la oportunidad de recuperar el tiempo?
— Ay, Jörg, no me fastidies con idioteces. ¿Recuperar cinco años? Entiendo la parte en la que quería hacerse en la vida por sus propios medios, aunque no lo quería. Pero él se burló de mí y me humilló. — Sentí formarse un nudo en la boca del estómago. — ¡Fue una mierda y tú no puedes entenderlo!
— No hay error que no pueda revertirse.
— Pero el daño no se revierte. Y me ha hecho mucho daño.
— Es que… siento que les he fallado como padre de algún modo.
— Papá, tú no has tenido nada que ver. — murmuré dolido.
— No, Tom. El verlos a ambos así de separados me hace creer que hice las cosas mal.
— He estado soñando con el día en que dijeras eso, pero no se oye tan genial como lo creía. — Volvió a hablar tan despectivamente. — Claro que hiciste las cosas mal y claro que te sientes como el culo.
— ¿De qué me estás hablando ahora, Bill?
— De que tienes la culpa de la mayoría de mis mierdas. No hay momento nefasto que recuerde y que tú no estés en él.
— Eso es mentira y lo sabes. Me he desvivido por ti, por darte solamente lo mejor. — se defendió.
— ¡Sí! ¿Matar a mi madre ha sido lo mejor? — Carajo… ¿qué fue eso? — No lo creo, Jörg. Mucho menos fue lo mejor llenar espacios vacíos y horas de ausencia con dinero, juguetes y cosas meramente materiales. Tampoco fue lo mejor encerrarme en una maldita clínica y literalmente olvidarte de que existía. — sentenció. — ¡Entonces no digas que me has dado sólo lo mejor! ¡Sé hombre y no me mientas en la cara, Jörg!
— Bill… — Intenté intervenir, pero no me dieron lugar a acotar nada.
— ¿Matar… matar a tu madre?… ¿Cómo puedes acusarme de eso? E-ella tenía cáncer, Bill, ¿¡no tienes memoria!? — estalló.
— ¡Sí! ¡Recuerdo perfectamente los golpes, los gritos y el llanto de mamá todas las malditas noches! ¡Recuerdo tu cara de buen hombre ante una cámara y luego, cuando las puertas se cerraban, la maltratabas como el hijo de puta que eres! ¡Lo recuerdo todo, maldita sea! Aunque quiera… nunca saldrá de mi mente la infancia de mierda que te empeñaste en darme. — No entendía nada. Eran cosas pasadas que se echaban en cara, como pasándose una factura llena de rencor. — Mamá pudo haber muerto de cáncer, pero ni cuando se estaba revolcando porque su cuerpo no aceptaba el tratamiento por la depresión que tú ocasionaste, ni siquiera te apiadaste de ella. Continuaste hiriéndola con la palabra mientras se moría. Lo único bueno que hiciste por ella fue pagarle el ataúd.
— No… no puedo aceptar todo esto… — Sollozó finalmente mi padre con una congoja penosa.
— ¡Pues no lo aceptes! Nada va a cambiar. — vociferaba sin filtro y, puedo asegurarles que de tanto que lo conozco oí su voz quebrarse. — Porque no me puedes devolver a mi mamá, ni me puedes inventar una infancia feliz con mis padres juntos, como cualquier niño la tuvo… no me puedes ahorrar el recuerdo de ese año entero en esa asquerosa clínica. Y yo no busco culpables, Jörg, simplemente aparecen.
— No puedes echarle culpas a tu hermano por tu adicción, por ejemplo. Como a mí por lo de tu madre.
— Las situaciones demuestran lo contrario, Jörg. Mira, si no quieres ponerte el saco que te corresponde, allá tú. Sólo no hables de algo que no conoces y no quieras hacerte el padre ejemplar porque para mí no eres más que mierda. — Me observó de arriba a abajo nuevamente. — Ambos lo son. — Salió de la cocina con apuro, como queriendo subir a su cuarto y refugiarse en él.
— Lamento que hayas oído todo eso, Tom. — se disculpó avergonzado e inmediatamente negué.
— No tienes que disculparte por nada, papá. Él es así y evidentemente no tiene interés en cambiar.
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Cerré la puerta de mi cuarto conmigo reposando la espalda sobre ella. Mi mente daba miles de vueltas como si estuviera a punto de caer en un abismo y estallar. Esta casa me traía loco. Los recuerdos por doquier, en cualquier parte y en verdad no quería recordar. Pero si es que hay una receta para ponerle un límite a la mente, que me la digan; porque he estado tratando de olvidar durante cinco años, pero no he podido. Y comprendí que uno suele alejarse con la esperanza de olvidar, pero se encuentra con los sentimientos más latentes y evidentes.
— Mierda… quiero que salga todo de mi cabeza. — susurré cerrando los ojos y haciendo lo que hice todos estos años fuera… recordar.
Agarré la maleta y caminé hasta el recibidor ignorando sus sollozos. ¿Cuántas veces he de explicarle las cosas? Ya parecía un disco rayado repitiendo un sinfín de veces las mismas palabras una y otra vez.
— Deja de llorar ya, Bill. Pareces una niña.
— No me… importa.
— A mí sí, porque soy yo quien te escucha gimotear.
— Quédate y ya no lloro. — Me detuve en la puerta y volteé a verlo. Secaba su nariz con el reverso de su mano. Esa carita de nene que siempre ha tenido a pesar de sus diecisiete años… tentador hasta llorando.
— Quiero irme. Extraño demasiado mi vida allá, a mi madre, a mis amigos. Además, no quiero tener todo servido en bandeja de oro por ser el hijo de alguien como papá. Quiero esforzarme por mis cosas, estabilizarme independientemente… Y otras cosas que te explicaré cuando crezcas. — dije con intenciones claras de burlarme por su actitud de pequeño, a lo que él frunció los labios en desacuerdo.
— Si te quedas podremos seguir amándonos. — Admito que lo hacía difícil, pero siempre tuve un don para superar estas cosas de las despedidas y demás cursilerías baratas.
— Tú me amas. Tú. — recalqué pero pareció no entender. — Si me marcho conseguiré que me ames más, así que no será mucho problema para mí.
— Sí… te extrañaré y me harás mucha falta, Thomi, por favor… no te vayas, prometiste que nunca me dejarías solo.
— Ya, ya, ya. No estoy para reclamos, Bill. — corté enfadado. — Estuvo bueno mientras duró, ¿de acuerdo? La pasamos bien, pero ya acabó aquí.
— ¿Q-qué? Tú… tú no puedes decirme esto.
— Sí, sí puedo. Y de verdad que me decepcionaste, hermano. ¿Te has enamorado?
— Pero… — Negó con la cabeza varias veces, apretando sus puños con ira. — ¡Tú me lo has dicho! ¡Me dijiste miles de veces que me amabas, que me amabas, maldita sea! — Gritó descontrolado en lágrimas.
— Sí, lo dije y tú también. Pero yo tenía entendido que sólo eran… palabras, ya sabes.
— ¡No lo eran para mí! ¡Mierda, Tom, yo te amo, doy la vida por ti!
— Sí, sí, gracias. Ahora cállate que despertarás a papá y no quiero que me manden preso por incesto. — Volví a tomar mi maleta, con seguridad. — Me voy, precioso, mi vuelo sale en media hora.
— No, no, no…por favor, Tomi, hago lo que quieras. — Se anticipó acercándose a mí y tomándome del brazo. Sonreí observándolo detenidamente con esa expresión de niño bueno.
— Shh, pequeño. — Sequé una de sus lágrimas con mi mano libre. — Volveré algún día y seguiremos con nuestros encuentros nocturnos. — Guiñé un ojo. — Cuídate en mi larga ausencia. — Dejé un casto beso en sus labios, uno al que ni siquiera pudo corresponder debido a lo inesperado del mismo.
— Thomi… — lloró soltándome y cubriendo su boca con manos temblorosas. Yo abrí la puerta y lo vi mientras me alejaba de a poco. — Thomi, quédate… yo te amo. — Cerré la puerta a mis espaldas y bajé las escalerillas de la entrada con velocidad.
— ¡John! Anda, hombre, mete esto en el coche. — ordené al chofer que se acercaba a paso apurado, tomando mi maleta y metiéndola en el baúl del vehículo. — Ni sé para qué te pagan. — Saqué el móvil de mi bolsillo para ver la hora y volví a guardarlo, echándole una última mirada a la casa que jamás consideraré mía. — Está hecho… ahora siento alivio
— Dios… — Abrí los ojos con la respiración agitada. Otra vez ese día se materializaba en mi cabeza como queriendo atormentarme. — Fui una mierda con él. — reconocí y sobé mis ojos. Algo debía hacer, y debía hacerlo rápido. — Pasaron muchos años. — Al fin me estabilicé y abrí la puerta de mi cuarto entendiendo que debía arreglar las cosas… o al menos intentarlo. Salí al hall entre un rezongo prolongado. Caminé unos pocos pasos hasta la habitación de mi hermano, encontrándome con la puerta entreabierta, como si la hubiera cerrado de un portazo y ésta hizo un efecto rebote. Dudé si adentrarme a la intimidad de su alcoba siendo consciente que se enfadaría y mucho. Pero si no lo hacía, no me dejaría pasar de otro modo. Por lo tanto, adosé mi mano al picaporte y la deslicé unos pocos centímetros, lo suficiente como para que quepa mi pecho dentro. Lo que vi realmente me entristeció y sorprendió. Bill yacía sentado en el borde de su cama, acariciando el portarretratos que normalmente portaba la foto de su madre y él a la edad de nueve años. Pasaba su dedo pulgar una y otra vez, delineando el rostro de su madre y apenas sonreía mientras una lágrima negra rodaba por su mejilla. Esa imagen en verdad me dolió en el fondo del corazón, o en ese lugar donde suele doler cuando te lastiman en serio. Cerré mis ojos por unos momentos y volví a salir, cerrando la puerta como solía estar. Entonces toqué y esperé a que hablara, simulando recién llegar y no haberlo visto en ningún momento.
— Adelante. — Me adentré como me autorizó y lo vi ya parado, preparando su cama para dormir. La fotografía volvió a su lugar, sobre su mesita de noche. ¿De qué se avergonzaba? ¿O es que acaso no quería mostrar lo frágil que podía ser a veces? Yo lo he visto rogar y llorar desconsoladamente, no debería haber ese cohibente entre nosotros.
— ¿Podemos hablar?
— Si vienes a darme sermones, lárgate. — asentí parándome en mitad del cuarto, observándolo acomodar el cubrecama con nervios. — Eres la última persona a la que quiero ver.
— Lo sé, por eso seré breve. — Carraspeé. — Sólo tengo una pregunta en mente.
— Te escucho. — Se detuvo y me observó como altanero, esperando a que hablara.
— ¿Por qué jamás me hablaste de tu madre? Sólo sé que murió de cáncer, nunca dijiste más. — Sé que es un tema complejo, pero en verdad nunca mencionó nada de golpes o depresión. Y a eso hay que sumarle que nuestra relación era totalmente buena, donde nos contábamos todo… sin embargo, nada dijo.
— Mira, antes todo era igual. Mi padre seguía siendo una mierda y tú también. Pero yo era sólo un niñato, ¿entiendes? Ese tipo de críos de los cuales puedes hacer y deshacer lo que quieras, cuando quieras. Creía que Jörg era un hombre ejemplar y que Dios era un hombre malo que me arrebató a mi madre sin dejar que la disfrutara. — dijo. — Pero siempre hay un momento en donde te ves obligado a cambiar tu forma de ver y de pensar sin poder negarte porque simplemente no te queda otra opción. Entonces todo cambia drásticamente de lugar; Dios dejó de ser un hombre malo y me quedó claro que Jörg hizo todo lo posible para que mamá sufriera. — Hizo una breve pausa. — En aquel tiempo no había tanto que contar; mi madre murió de cáncer y ya. Pero ahora es diferente y abrí mis ojos, viendo la verdadera esencia de las cosas. — finalizó y continuó con su tarea.
— Esas cosas pasan… no es correcto echar culpas.
— No, uno es responsable de sus actos. Pero hay más culpables que simplemente el que acciona. Si una persona salta al abismo es por culpa del que salta, pero también está el que lo incitó a hacerlo.
– ¿Crees eso?
— Dije que sólo era una pregunta. — cortó mirándome de reojo.
— Vale, pero antes quiero comentarte algo que me ha estado dando vueltas por la cabeza desde que llegué aquí. — Se quedó mirándome como si no le importaba, pero en realidad sí lo hacía. — ¿Cuál fue el momento que te hizo cambiar en verdad? ¿Tu internación o cuando yo me marché? — No respondió nada, solamente volvió la cara a su cama y continuó acomodándola. Entendí que no habría respuesta y que sería en vano esperar una. — Buenas noches, Bill. — dije al fin caminando a la puerta, abriéndola y saliendo fuera. La cerré, esta vez por completo, y bajé las escaleras casi sin pensarlo. Al llegar al pie entre un suspiro, atravesé la sala principal y busqué entrar en la cocina. Ojalá mi padre aún estuviera despierto, porque tenía algo en mente y necesitaba de su ayuda. — Papá, ¿qué haces? — Interrogué viéndolo sentado en la mesa, escribiendo algo en una libreta y fumando con manos temblorosas. — No debes fumar.
— Lo sé. Pero estoy con los nervios alterados, lo necesito. — se defendió continuando con su escritura.
— Vale, sólo por esta noche. — Avancé hasta la mesa, quedando enfrente de él pero de pie. Si fumaba cada vez que Bill se creía el centro del planeta y comenzaba a basurearlo, entonces no habría Jórg por mucho tiempo…
— ¿Qué ocurre, hijo? ¿Has hablado con Bill? — Negué con la cabeza para así evitar un montón de interrogantes que derivarían de la misma afirmativa. — Oh… — Dejó de manipular su pluma y la dejó descansar sobre la libreta.
— Papá, ¿cómo era la mamá de Bill? — pregunté sin muchas dar muchas vueltas.
— ¿Por qué quieres saber? — Me encogí de hombros.
— Curiosidad.
— Bueno… — hizo un poco de silencio, meditando lo pasado. — Ella se llamaba Simone y era una mujer hermosa y buena. — Recordó con la mirada clavada en la pared a mi espalda, con cierta melancolía. — Su cabello oscuro caía en cascada por sus hombros.
— ¿Y qué le gustaba?
— Le encantaban los jazmines, su fragancia embriagante. Adoraba el color naranja.
— Como Bill. — comenté sonriendo.
— Sí. — correspondió mi gesto. — Adoraba las mañanas porque decía que todo se veía más nítido con la liviandad del sueño en tus ojos; aunque Bill decía que le gustaban porque yo me iba al estudio y no estaba ahí. — Me observó. — Pero lo que más le gustaba era oír a Tony Benett en las mañanas. Adoraba sus canciones, era una verdadera fanática.
— Jaja, ¿en serio? — cuestioné divertido.
— Sí. — rió igual. — Siempre lo oía en las mañanas y Bill se fastidiaba.
— Qué tierno.
— Ajham. — Apagó el cigarro en el cenicero de junto y suspiró. — Tom, yo no he estado en los años más importantes de tu vida y lo sabes. Pero, si me lo permites, querría darte un consejo que seguro te ayudará. — asentí observándolo fijamente, prestándole atención. — Nunca desperdicies el tiempo junto a la gente que amas. Pueden irse de un día para otro. No debes avergonzarte de lo que sientes y mucho menos de demostrarlo… te lo dice alguien que se ha empeñado en dejar los buenos momentos para después, lastimando a quienes más amaba en el mundo. — asentí y bajé la mirada.
— Cuenta con eso, papá.
— Gracias, hijo. — Se puso de pie con lágrimas en sus ojos y no dudé en ir hacia él y abrazarlo con fuerza. Cerré mis ojos y ya no sentí el rencor que sentí hace algunos años, cuando pensaba en que mi padre me había abandonado a mí y a mi madre. Ya no más, eso había sido olvidado y ojalá Bill olvidara así sus traumas.
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By Bill
Fruncí el seño en sueños y rasqué mis párpados cerrados. En mitad de un sueño rem me interrumpe una melodía que llegaba a mis oídos desde la sala de abajo, la principal. Me pregunté mentalmente la hora, ya que aún no sonaba la alarma del celular. Extraño.
Me senté en el borde del colchón y sobé de nuevo mi rostro, hasta detenerme en mi mentón. Agudicé el oído y oí con detenimiento la voz de aquel hombre.
— ¿Qué…? — interrogué en un hilo de voz inaudible en su totalidad, parándome y sonriendo como un loco que es consciente de su delirio, pero que aun así lo goza. Entonces miré mi cama alborotada con esa sonrisa que se iba ampliando al mismo tiempo que veía todo como si estuviera parado en ése preciso instante, en ése preciso tiempo.
— ¡Mami, apaga eso! — Me veía quejarme mientras me tapaba el rostro con la sábana, subiéndola hasta arriba de mi cabeza. — ¡Apágalo!
— No, no, para nada. — Se negó divertida y creí estar alucinando. — Anda, Billy, despiértate. Tienes que ir a la escuela.
— No quiero, no quiero, no quiero. — Negaba una y otra vez haciendo a mi madre reír. Yo también lo hice al ver la escena algo borrosa que se reproducía en mi mente.
— Pero si quieres ser un gran abogado como tu papá, debes ir a la escuela. — Fruncí los labios y noté que tengo esa pequeña manía desde siempre. — ¡Anda, amor! — Y se inclinó para llenar mi rostro de besos. Bajé la mirada haciendo que esa borrosa escena desapareciera y quedara solo en mi cuarto, con la cama vacía tal y como la había dejado. Noté todo ser invadido por una nebulosa producto de las lágrimas. Pero aunque ellas aparecieron, mi sonrisa persistió.
Caminé los pasos que me separaban de la puerta y la abrí con lentitud, saliendo fuera y quedándome parado al contemplar otra imagen que venía de regalo con la música que continuaba sonando.
— Susan ya preparó el desayuno, vamos.
— Mami, tengo miedo de bajar. — Me vi observar las escaleras con temor. A la edad de ocho años me caí por ellas y tuve que cargar con un yeso en el brazo derecho. Jamás olvidé ese episodio y lo nombraba cada vez que se daba la ocasión.
— Ay, Billy, no debes dejar que un mal momento te afecte de por vida. — dijo sabiamente y asentí sin dejar de ver la imagen. Sentí una lágrima rodar por mi mejilla con prisa, cargada de recuerdos y de nostalgia.
— Pero mami… — Le hice los morritos que siempre podían cambiar su opinión y postura, haciéndome vencedor.
— Okay, pero es la última vez que te cargo. — Siempre lo decía… siempre me lo dijo. — Ven. — Extendió sus manos y el pequeño yo subió a ellos, aferrándose a su cuello y así bajaron entre risas. Yo toqué su piel, yo ocasioné sus sonrisas más sinceras, yo solía ser el único que recibía esas miradas cargadas de paz. Yo fui su felicidad durante toda su vida.
Mordí mi labio inferior y caminé a las escaleras con las lágrimas brotando de a montones por mis ojos. Bajé escalón por escalón, acariciando la baranda que miles de veces ella acarició. Me quedaba suspendido en medio de los momentos más felices de mi vida; esos que empezaban con su nombre y el mío. Una vez en la sala, ahí estábamos de nuevo. Recordaba perfectamente lo que veía; las mañanas en que mi madre me platicaba acerca de la importancia de tratar correctamente a una dama, aunque no supiéramos acerca de mis preferencias sexuales a futuro. Y es curioso y casi irónico que una mujer maltratada enseñe a su hijo a no imitar las actitudes equívocas y carentes de afecto alguno de su propio padre. Todo lo contrario, ahora mismo observaba cómo yo hacía una reverencia, extendiendo mi mano sin tocar la suya. Solía decir que era un gesto esencial que reflejaba, nada más y nada menos, que la pura realidad. Un hombre debe de darle a la mujer su tiempo y la oportunidad de negarse antes de accionar sea cual sea la ocasión. Entonces, gustosa, ella se inclinaba apenas y tomaba mi pequeña mano entre la suya. Mi mano se posaba en su cintura y la suya otra a la altura de mi hombro, ocasionando una leve inclinación para nada cómoda por su parte. Con nueve años no han de querer que mida lo mismo que ella, ¿o sí? Entre tanto nuestros pies se movían pausada y coordinadamente, nuestras miradas se conectaban y reíamos bailando a lo clásico.
— Mamá… — susurré cerrando los ojos y avanzando en penumbras hacia el centro, conociendo bien las posiciones de los posibles obstáculos. Sollocé bajo cuando alcé mi mano derecha a la altura de mi hombro y la otra la dejé inerte en el aire, en el lugar donde debía encontrarse la cintura de una dama. Entonces me la imaginé conmigo, bailando esas estrofas y observándome a los ojos. No quise abrirlos. Veía su rostro verme con orgullo y ternura mientras bailábamos. Moví mis pies descalzos en la alfombra de la sala, bailando con el aire en la realidad, pero con el recuerdo de mi madre en mi mente. — Te amo, mamá. — susurré y sentí cómo alguien correspondía al apretón de manos que permanecía en el aire y que ése alguien donaba su cintura para que mi mano descansara sobre ella. Supe de quién se trataba y no contuve las ganas de llorar con los ojos todavía cerrados. Ella la adoraba, la consideraba hasta una hermana. En cierto modo, era la única persona que podía asimilar el dolor, pero nunca igualarlo. Oí un leve sollozo por su parte, sabiendo que también la extrañaba.
— Mi pequeño — Nos detuvimos y me abrazó con fuerza. Le correspondí abriendo mis ojos y encontrándome con la misma casa, en la misma realidad que antes.
— La necesito conmigo, Susan.
— Lo sé… yo también la necesito, pero ella no quiere verte de este modo.
— Ella no querría verme solo. — Agregué separándome y secando mis lágrimas con el reverso de la mano.
— Pues no estás solo. — Me sonrió con ternura y le correspondí como pude en el momento.
— Gracias por la música… de verdad la extrañaba. Hacía años que no oía a Tony Bennett. — recordé.
— ¿La música? Yo no la puse. — fruncí el seño.
— ¿Papá lo hizo? Eso es extraño…
— Tampoco.
— Pues… entonces no tengo idea. Nadie más sabe. — Sonrió perspicaz, disfrutando mi desconcierto.
— Fue idea de Tom. — Abrí mis ojos con expresión atónita.
— ¿Thomas lo hizo?
— Exacto. — Acarició mi mejilla con suavidad durante unos largos segundos. — Cámbiate para ir al estudio.
Continúa…
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