«Apostemos» Temporada I

Capítulo 6.- Advertencia suena mejor

— En cuanto a mañana, si Sanders llega a ofrecer otro trato, o a pedir algo más, nos negamos. Sabemos lo que Cortez está dispuesto a dar, ni un peso más, ni un peso menos.

— Lo sé, Bill, no soy estúpido. — Observé de nuevo mis dedos sosteniendo el peso del cigarrillo, evadiendo tal comentario irónico pero con cierto grado de verdad. — ¿Por qué fumas tanto últimamente?

— Yo me ando preguntando algo parecido por estos días. — dije dándole una profunda calada y cerrando los ojos a modo de pretender almacenar el placer y disfrutarlo de forma lenta y precisa unas miles de veces. — ¿Por qué tengo tantos problemas últimamente?

— Já. — soltó sarcástico. Clavé mis ojos en él. — Si tú tienes problemas, entonces yo…

— Sí, los tengo. — interrumpí y rió bajo. — Volviendo al tema, he estado pensando en una buena… bah, qué digo buena; una excelente idea para la reunión de mañana.

— Dímela. — Amplié mi sonrisa y apagué el cigarro en el cenicero del escritorio. Percibí cierto deje de alivio en su expresión, cosa que ignoré para mantener mis nervios tranquilos. Vaya ironía, eh.

— Bien, es más o menos así: — Me acomodé en mi silla con entusiasmo, irritándome un poco al no ver un gesto semejante al mío por su parte. — Pedir un permiso a Gómez para hacerle unas visitas a la niña esa al hospital. Iríamos con nuestro propio médico de confianza, por supuesto. Y el permiso estaría firmado por el Juez a cargo, el abogado de la parte acusadora y el mismísimo Charles. — Alzó una ceja.

— Amm…

— ¿Qué? — ¿Por qué mierda arruina así mi momento de gloria? — ¿Qué parte no entiendes?

— La parte del para qué. Bill, a nosotros nos comenzará a llegar, cada quince días, el parte médico con las evoluciones de la niña. No veo por qué querer corroborar algo ahí, si vamos a tener en mano la palabra del médico personal de la familia.

— A ver, Thomas de mi vida. — Calma, calma… — No estás entendiendo lo que pretendo con esto. Dime, ¿tú conoces a ese médico de confianza de Charles?

— No.

— ¡Claro que no! — exclamé con euforia y sonriendo. — Porque es de SU confianza, no de la nuestra, hermano.

— A ver si entiendo lo que te propones… ¿tú desconfías de la profesionalidad del doctor y la seriedad de ése parte médico?

— Exacto. — Su rostro fue un poema, puedo garantizarlo. No supe si reír como un loco, o guardar silencio a que hablara y hacer de una risa, una perfecta carcajada.

— ¿Qué ganarían con eso?

— ¿Qué NO ganarían? Quizás pintan a la niña como si se estuviera muriendo, pero en realidad está jugando a las muñecas. Entonces nos dejan en medio de la mierda. Ellos tienen a una niña de nueve años a su favor, conmueve hasta al corazón más duro. Tienen todas las de ganar diciéndole a la prensa que Cortez vende casas que asesinan a inocentes infantes.

— ¿En verdad piensas que serían capaces de manipular la salud de su hija con tal de ganar un juicio? Son sus padres.

— ¿Y? — interrogué sin sentir demasiado pésame por sus palabras. — Yo lo haría. — Iba a decir algo, seguramente ofensivo. Pero prefirió el silencio a inútiles palabras que nada lograrían. — Prácticamente están obligados a acceder. Piénsalo, si dicen que no, entonces inicio una investigación por sospecha de información oculta.

— O simple privacidad, ¿sabes? — cortó enfadado. — Es su hija, quizás quieren mantener su salud en las sombras. Les debe doler demasiado verla tirada en una cama con altas posibilidades de no volver a caminar, como para que tú estés hurgando allí.

— ¿Leíste el caso?

— Sí.

— No parece. Los cargos que se le imputan a Cortez son dos. Pasado en limpio, es el tema de la estafa por la casa y el daño que ésta le provocó a esa niña. Entonces piensa bien antes de hablar y no me acuses a mí de meter a esa mocosa en el medio cuando, quienes la metieron, fueron sus propios padres al demandar a Albert. — agregué con notorio enfado en mi voz.

— Pero no debes…

— No me digas lo que debo hacer. Sé muy bien qué decisión puedo o no tomar. Y si se niegan, los demando y se acabó el tema, ¿vale? Entonces el juicio dejaría de tratarse de Cortez y se transformaría por completo. Yo estoy en mi derecho, como abogado defensor del acusado, a saber qué coño tiene esa pendeja y si el parte que me están haciendo llegar es auténtico o no. Si ellos se niegan y se empeñan en no retirar los cargos por la niña a mi cliente, entonces solitos pierden ¿Y por qué? Pues porque les conviene seguir dando lástima con una pendeja minusválida.

— ¡Para, Bill! — Exclamó de repente, pero no me movió ni un solo pelo de la cabeza. — ¡Eres un insensible de mierda, debes parar!

— Tú deberías parar. — dije sereno. Mientras que él se ponía de pie de un momento a otro, yo continuaba sentado y observándolo como si no fuera más que la mosca que se posa en una pared. Insignificante e incapaz de afectarme. — No te hará bien ir en mi contra en este juicio. Quiero ganar y está claro que tú sólo quieres perder.

— No quiero perder. Quiero que se haga justicia, sólo eso. — alcé ambas cejas e hice un movimiento con la cabeza.

— Bueno… es una manera diferente de decirlo, pero no varía el significado. — especulé. — Cortez es culpable, Tom. Lo sabes tú, lo sé yo, lo sabe todo el mundo menos el juez y el jurado. Para ellos trabajamos, no para una niña en sillas de ruedas con posibles secuelas cerebrales o para un montón de campesinos. Tenemos que demostrar lo contrario, ése es el secreto.

— No puedes ser así.

— Si por eso te refieres a que cumplo con mi trabajo; sí puedo. — Deslicé la silla en el suelo y me puse de pie. — Repito, no les conviene negarse a mi propuesta. Además, es sólo corroborar por una fuente cercana que lo que me dicen es cierto, sólo eso.

— Entonces ya tomaste la decisión sin siquiera consultarme.

— Lo estoy haciendo ahora. — me defendí sin perder mi entorno calmo.

— Directamente me estás advirtiendo.

— Suena más bonito como yo lo digo. — Me di la media vuelta y enfilé mi caminata hacia la puerta. — Oh, Thomas. — Lo llamé antes de abrir la puerta y mirándolo por arriba de mi hombro. Me observó aún molesto, con un semblante duro y reacio.

— ¿Qué quieres?

— Agradecerte. — dije con cierta dificultad. Mi hermano no era una persona por la cual tuviera agrado agradecerle algo. — Gracias por lo de mi mamá. No sé cómo supiste — Serenó su expresión, olvidando la reciente pelea. —… pero gracias. — No esperé que respondiera, simplemente abrí la puerta y salí fuera. La cerré y quedé libre de suspirar en un desesperado intento de centrarme nuevamente en mi posición en el mundo, sin olvidar quién soy y mi forma de ser. ¿Agradecerle a Thomas? ¿En qué estaba pensando? Se ve que tantas horas encerrado en este jodido edificio afecta mi cerebro.

— Sr. Kaulitz. — Alcé la mirada del piso de madera, observando la mano de Tania que me extendía un sobre blanco.

— ¿Qué es esto? — Lo tomé dudoso y lo giré en mis manos, leyendo mi nombre en letras doradas. Sospeché, pero quise oírla a ella.

– La invitación de su padre para la fiesta.

— Cuánta formalidad para tanta hipocresía comprimida. — solté agobiado. — Tranquila, no espero que respondas a eso. — sonrió.

— Es éste sábado.

— Estás jodiéndome.

— ¡Ojalá fuera una joda! — Ambos observamos a quien se acercaba a paso cansino. Mi buen amigo: Georg, el parrandero. — Lamentablemente hemos de desperdiciar otro valioso sábado, amigo mío.

— Con permiso. — Tania caminó hacia donde se encontraban Axel y Richael conversando jovialmente con sus respectivas invitaciones.

— Olvídalo, esta fiesta no será más que un montón de amargados y vejestorios por doquier. — Me quejé y emprendí mi caminata a mi despacho, siendo seguido por mi amigo.

V Lamentablemente tienes razón. De todos modos será una noche de oportunidades.

— Lo sé. Seeger y Morris están más que invitados.

— ¿No estás preocupado por eso?

— Para nada. — resté importancia

— Deberías. Conocerán a Thomas.

— Me tiene sin cuidado, soy mucho mejor que él. — Pasamos por alado de Axel y la zorra mayor, llegando a oír que estaban muy entusiasmado con todo eso del sábado. Sentí deseos de echarles una y mil verdades en la cara, pinchándoles el globo de ilusiones que se habían formado y dejarles en claro que nada conseguirían en absoluto. Pero elegí callar y dejar que suban. Que suban hasta lo más alto que la imaginación les permita, así la caída sería más que dolorosa.

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— Diga.

— Me debes una grande.

— ¿De qué hablas, Andreas?

— El amigo de Schäfer salió hace tres horas exactamente. — Dejé de acomodarme la corbata casi compulsivamente y clavé mi mirada en la cama, con los ojos bien abiertos. ¿Por qué? No sé.

— ¿Es en serio?

— Totalmente, ya no te joderá.

— ¡Oh, sí! Eso es genial. — murmuré sonriendo. — Gracias, Andi, en verdad te debo una.

— Nah, olvídalo. — Volví a observarme en el espejo, suspirando. — ¿Qué tienes?

— Hoy es la reunión con Cortez.

— Carajo, qué nervios.

— Dímelo a mí. No sé qué hacer, ni qué decir. Creo que se me borrará todo de la mente en cuestión de segundos.

— Cálmate, todo saldrá bien. Sólo controla a tu hermano, es bastante neoliberal con sus pensamientos.

— Sin duda lo sufriré.

— Oye amor, estoy a unas pocas cuadras de tu casa, ¿qué dices si te paso a buscar y te llevo al estudio?

— Vale, te espero.

— Okay, en diez estoy por allá. — dijo para luego cortar la comunicación.

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— ¿Tanto tiempo se va a tardar? No olvides que Gómez y Sanders ya están en el despacho.

— Que esperen un poco. Ellos vienen de aquí nomás, Cortez de Grecia.

— Le avisaste de esta reunión ayer, debería estar aquí. — Rodé los ojos e intenté hacer caso omiso a sus continuos reclamos. Expulsé el humo del cigarro por la leve abertura en mis labios, cerrando los ojos por unos cortos segundos. Nos encontrábamos recargados en la pared del estudio, cada uno a un extremo de la puerta. El aire fresco comenzaba a intoxicarme de tanta naturalidad y no tuve de otra más que prender un cigarro y purificar un poco mi cuerpo. Thomas, en cambio, movía sus manos todo el tiempo. ¿Tantos eran los nervios? Bueno, para él esta reunión es un tanto diferente. Él en verdad quiere llegar a un acuerdo, yo en cambio estoy pensando en el traje que usaré en el juicio.

— Ahí viene. — anuncié desechando en el suelo el cigarro sin acabar y reponiéndome firme en mi sitio. Tom me imitó a mis espaldas, cruzándose de brazos. — Sé amable. — advertí sin mirarlo y acomodé el nudo de mi corbata ya acomodado. Es que soy demasiado obsesivo cuando de la ropa se trata, ya saben.

— Genial es el Rey de España, por lo que percibo.

— Simplemente tiene clase. — susurré admirado por tremenda limousine deteniéndose en el borde del cordón, justo en nuestras narices. Me anticipé sin dudarlo y abrí la puerta trasera antes de que el chofer pensara en hacerlo. Puedo jurar haber oído a mi hermano rezongar y soltar alguna que otra palabrota por lo bajo. Ignorándolo mundialmente, le dejé paso a Cortez para apear y cerrarles la boca a todos aquellos que se han empeñado en manchar su buen nombre. Sin duda éste hombre era digno de admirar.

— ¡Mi pequeño Billy! — exclamó al verme detrás de sus gafas oscuras que dejaban perfectamente camuflados sus ojos verdes. Sonreí satisfecho, cerrando la puerta del vehículo y acepté el cálido abrazo que me regalaba.

— Es un placer volver a verte, Albert.

— Opino exactamente igual. — Dio unas cuantas palmadas a mi espalda y se alejó para poder verme. — ¡Cómo has crecido! Dime, ¿te ha llegado mi obsequio en tu cumpleaños?

— Por supuesto. Muy hermoso, gracias.

— ¡No agradezcas! Nunca has de agradecer aquello que no pediste. Recuérdalo. — asentí con pasmo, fascinado por su manera tan ligera de verlo todo.

— Amm… él es Thomas, a quien querías conocer. — Sólo cuando oyó su nombre se movió hacia nosotros. Un maleducado. No conoce de respeto hacia la gente notoriamente superior a él. Y no hablo sólo de Cortez, sino de mí también. Pero me encargaría de hacerle saber quién manda y a quién le debe sumisión.

— ¡Pero si eres el calco de tu padre! — Tom simplemente sonrió y estrechó su mano con frialdad y entusiasmo poco interesado.

— Gracias.

— Tú, en cambio, te asemejas más a tu madre. — asentí orgulloso.

— Gracias a Dios. — Me regañó con la mirada, defendiendo a muerte a su amigo Jörg. — Vamos yendo que estamos atrasados. — Ambos asintieron e iniciamos una caminata apurada hacia el despacho donde nos estarían esperando Gómez y Sanders. Thomas iba unos cuantos pasos más atrás, con esa inquietud pintada en el rostro.

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— Buenas tardes, caballeros. — saludé penetrando la sala diez minutos tarde de lo acordado. Sanders me dedicó una superficial mirada antes de volver la vista a sus papeles. Gómez, en cambio, negó humilde y se puso de pie para estrechar mi mano, seguida de la de Cortez y finalmente la de mi hermano. — Disculpen la demora.

— ¿Tuvo algún problema su avión privado Gulfstream G650‎? — Notable ironía innecesaria la de Sanders. Simplemente reí. Cortez sabía por demás que no debía soltar palabra alguna sin que mi consentimiento se lo haya permitido previamente.

— Sr. Charles Gómez, déjeme decirle que es un placer conocerlo. — dije al más puro estilo Jörg.

— Lo mismo opino, abogado. — Su acento… no era europeo.

— Mi hermano, y abogado también, Thomas Trümper.

— Un gusto, señor.

— Lo mismo digo. — Luego de las presentaciones correspondientes (a las que Sanders optó por el silencio), nos sentamos cada quien en su silla, observando al contrincante disfrazado, sólo en esta ocasión, con las mejores intenciones.

— Sr. Gómez, si no le molesta, quisiera preguntarle algo casual. — Observó interrogante a su abogado luego de mi pedido. No sabe una mierda, necesita de apoyo constante; le dije que sólo sería una pregunta casual. Más a nuestro favor.

— Desde luego.

— Bien. Usted no es europeo, ¿cierto?

— Sí, yo lo soy. — Siquiera podía hablar con fluidez el idioma.

— Nacido, no criado.

— Exacto. Yo viví toda mi vida en Corrientes, Argentina. — Alcé ambas cejas.

— ¿Argentina? Mire qué curioso. — Noté a Thomas escribir algo en su agenda personal, comenzando a tomar los datos más importantes.

— ¿Vamos a lo que nos compete? — propuso en un tono poco amigable su abogado.

— Adelante.

— Bien. — carraspeó golpeando levemente el montículo de papeles que traía sobre el escritorio, reacomodándolos en forma coordinada. — Los cargos que se le atribuyen a Albert Cor…

— Espera, Joseph. — interrumpí y me observó cuestionador. — Es una simple reunión, no un juicio. Simulemos ser viejos amigos.

— Viejos amigos. — repitió en voz baja para luego reír impertinente. — Los viejos amigos no estafan a otros amigos, los viejos amigos no dejan en terapia intensiva a las hijas de otros amigos. Entonces llego a una sola conclusión, ‘Bill’: nunca has tenido amigos.

— Y yo llego a otra: no tienes sentido del humor. — Rodó los ojos cansado. — Y, si de un juicio se estuviera tratando, ya hubiera hecho varias protestas. Al parecer tienes totalmente definida y asegurada la culpabilidad de mi cliente, ya que te la has pasado asegurando la sentencia en sólo unas cuantas palabras. — Mudo. Así se quedó. ¡Carajo, me amo tanto!

— Los cargos son: — intervino Thomas para cortar ese clima tenso y arisco que se había formado en menos de quince minutos. — Estafa contractual y daños y perjuicios de la propiedad al inquilino. La parte acusadora pretende llegar a un acuerdo monetario valuado en treinta mil dólares a cobrar, destinados al tratamiento y a la recuperación motriz de la menor involucrada en el caso, la devolución de la antigua propiedad en Argentina y el dinero equivalente que alcanzaría el valor absoluto de la posesión detonante de la demanda. — Finalizó la lectura y observé expectante a ambos hombres, esperando la ola de acotaciones.

— Como acaban de oír, si es que se llega a un acuerdo será meramente gracias a que aceptan esas condiciones.

— Mira, Sanders, entenderás que mi cliente no está para estas cosas y que lo que menos quiere es que esto se salga de control.

— Entonces que acepte. — Observé a Cortez haciéndome un poco hacia atrás, ya que su posición recostado en el respaldar así me lo exigía. Simplemente bajó la mirada y yo entendí.

— Lo lamento. Diez mil es la cantidad posible.

— Diez mil es un insulto. — dijo el abogado presuroso. — ¿Sabes, acaso, lo que tiene la niña?

— Bueno, no sé mucho de medicina, pero puedo decir que tiene un chichón en la cabeza y yeso en las piernas. — Gómez bajó la cabeza afligido, herido por mis palabras tan crudas y despreocupadas.

— No sólo ofendes a Charles con tu propuesta, sino que también con la palabra.

— Avisé que no sabía mucho de medicina. — Me defendí absuelto de su acusación.

— Milagros Yamil Gómez recibió el peso total de diecisiete kgm. de ladrillo, yeso y demás materiales relevantes. Sufrió múltiples golpes en el cuerpo, pero la peor parte se la llevaron su columna y la cabeza. — Asentí entrelazando mis dedos sobre la madera del escritorio y fingiendo interés. — La trasladaron de urgencia al hospital Central, recibiendo como diagnóstico una fractura grave en la médula espinal y traumatismo de cráneo. Su espalda comenzó un proceso de hinchazón, la dificultad para respirar dejaban en evidencia la gravedad del golpe y los vómitos, la desorientación y las convulsiones del traumatismo de cráneo no tardaron en aparecer. De esta manera, la gravedad del asunto aumentó y Milagros empeoró a medida que las horas pasaron. Aunque la médula espinal está bajo control, debido a la rápida acción de los médicos, las secuelas son inevitables. Ahora está bajo cuidados intensivos.

— ¿Qué secuelas tendría? — ¡Por la puta madre! Le dediqué una mirada asesina a Thomas al otro extremo de la mesa. ¡No debe preguntar eso! Qué pedazo de mal nacido que es.

— En realidad hay muchas posibles secuelas. Pero teniendo en cuenta la magnitud del golpe en la parte frontal de la cabeza, lo más probable es que quede con cierto déficit motor establecido.

— Es decir, que puede llegar a sufrir incoordinación motora, inestabilidad o parálisis. — Ahora tengo un hermano doctor. Caramba.

— Exacto. Las piernas sería lo principal, dado que el golpe en la columna afectó principalmente las funciones motoras en las extremidades inferiores. — Thomas me miró unos segundos y pasó por alto mi mirada cargada de odio y de reclamos, para centrarla nuevamente en su libretilla y anotar. — El tratamiento consistiría en poner en funcionamiento normal las piernas de Milagros. Si dicho tratamiento no es habituado a tiempo, quedaría postrada en una sillas de ruedas de por vida.

— Muy triste, pobre niña. — dije sin darle la importancia necesaria. — Diez mil es lo que mi cliente está en condiciones de ofrecer.

— ¿No has oído? — interrogó molesto mi contrincante. — Tu cliente tiene más dinero del que cualquiera podría imaginar. Diez mil dólares son como diez centavos para cualquiera. ¿¡Está en condiciones de sólo dar eso!?

— No estamos debatiendo la economía de mi cliente. Es lo que dará.

— Junto con un departamento a estrenar en la parte céntrica de Alemania: Berlín. — habló Thomas.

— Mi cliente quiere volver a su vida normal, en el país donde se crió, con su casa, el dinero invertido y su hija a salvo.

— Lo hubiera pensado dos veces.

— ¿¡Quién se imaginaría que se encontraría casi con la muerte de su hija, cuando sólo quiere progresar económica y socialmente!?

— ¿Debo contestar?

— No. — dijo buscando calmarse, pero con la furia en sus ojos oscuros. Mi semblante permaneció calmo todo el tiempo. — No hay acuerdo posible, lo siento.

— Muy bien, entonces pasemos a lo interesante. — Mi hermano no estaba oyendo y tampoco observando lo que ocurría. Supongo que tanto amontonamiento de palabras a las que él denomina ‘apáticas’, lo dejó sin habla temporalmente. Ojalá fuera un daño permanente. — He estado considerando la idea de hacerle unas visitas cada dos semanas a Milagros. — Sanders frunció el seño y Gómez lo observó atónito, buscando una explicación a lo que acababa de decir. — El objetivo sería, básicamente, corroborar el grado de verdad en los partes médicos que se me harán llegar.

— No. — Interfirió Charles y lo miré sonriendo. — De ninguna manera. Mi hija no será sometida a estas cosas que…

— Disculpe, Sr. Gómez, pero habla de no someterla cuando fue usted quien inició los cargos por los daños que se le han ocasionado a su salud. — refuté con seguridad. — Su hija, de uno u otro modo, está metida en todo esto. Basta con encender la televisión y poner las noticias para ver su rostro recorriendo todos los sectores del mundo.- Desvié mi mirada a mi rival. — Ahora, abogado, si ustedes toman la aceptable decisión de negarse escribiré un comunicado al Juez pidiéndole la exclusión de los cargos de daños y perjuicios a mi cliente; comunicado que ustedes deberán firmar sin falta. — Carraspeé y gocé mentalmente de la escasez de salidas que había sembrado en ellos. — Si insisten en seguir con el juicio tal y como está, los demandaré por ocultar información relevante en el caso.

— E iríamos a juicio por estafa. — acotó Thomas. Vaya… miren quién tiene lengua después de todo. Sanders observó al pobre hombre acorralado con una mirada dubitativa. No tendrían una respuesta en el acto, habría que esperar. Mientras más tarden, más probabilidades de que no tengan una mierda bajo la manga.

— Lo charlaremos y recibirán una respuesta más adelante. — Asentimos conformes.

— Es una lástima que no hallemos solución alguna a esto. — fingí poniéndome de pie, siendo imitado por mi cliente y Thomas.

— Opino igual. Hasta pronto, entonces. — Estreché su mano y luego fue a por los demás. Observé a los ojos a Charles y le sonreí de lado.

— Un placer haberlo conocido, Sr. Gómez.

— Lo mismo digo, abogado. — En ese apretón de manos sentí la inferioridad que experimentaba al tenerme tan cerca. Este hombre no es de aquí, no está acostumbrado a estas cosas. Si otro fuera su abogado ya hubiera dado por ganado este juicio hace rato. Pero Sanders es un hombre inteligente, aunque es demasiado derecho. Ése es su error. No se ensuciaría las manos ni por su madre; todo debe de ser bajo la estrecha ley que rige. Yo, en cambio, ando por ambos caminos. A la luz por la derecha y a la izquierda en lo oscuro. Una dirección que te lleva por la senda del éxito asegurado.

— Cambia esa cara, ya hasta pareces de ellos. — regañé por lo bajo a mi hermano, mientras Sanders y Gómez se dirigían a la puerta para salir. Thomas me dedicó una mirada de ‘luego hablamos’. No me asustó, es algo que se está convirtiendo en rutina.

— Quiero creer que nos fue bien esta tarde. — dijo Cortez sin perder su mueca altanera.

— Nos fue de maravilla, Albert. Están acorralados. — Abrí mi saco para meter mi mano dentro, buscando en el bolsillo interno del abrigo la cajetilla de cigarros que había guardado esta mañana. — Si no nos permiten las visitas al hospital, tendrán que sacarte los cargos que te acusan de lastimar a esa niña y, sin dichos cargos, perderán.

— Te concederán las visitas. Estoy seguro.

— Sí, yo también. — Palpé superficialmente los bolsillos de mis pantalones. — ¿Tienes fuego?

— Sí. — Tomó su mechero y encendió mi cigarrillo. — ¿Y cómo te estás adaptando a este estudio, Tom?

— Bien. Es más movido, pero está bien. — respondió con una leve sonrisa.

— Ya lo creo. Trabajar con Jörg siempre fue estresante, pero estupendo también.

— ¿De dónde conoce tanto a mi padre?

— Digamos que me ha salvado el pescuezo en más de una oportunidad — rió observándome y asentí liberando el humo de mi boca. Conozco todos y cada uno de los juicios que mi padre lideró en su defensa. He vivido para presenciar algunos, otros me los han contado. —, además de ser grandes amigos. Verás, Tom, yo crecí con Jörg, conocí a la madre de Bill y vi crecer a Bill desde pequeño. Técnicamente es como un hijo para mí. — Asintió y, si lo conozco perfectamente, puedo asegurar que está comparándonos mentalmente. Para él, Cortez es una mierda; nadie que se me asemeje más. Imbécil. — Y ahora estoy muy contento de que mi libertad esté nuevamente en manos de un Kaulitz. La historia se repite por dos.- Le sonrió con entusiasmo y palmeó su hombro, a lo que Tom intentó devolver el gesto lo más creíble posible.

De repente, la puerta del despacho se abrió, dejando ver a un hombre de traje y lentes.

— Señor, es hora de irnos. — anunció y Cortez asintió de acuerdo.

— Nos estamos hablando por estos días entonces.

— Por supuesto.

— Oh, esta mañana me llegó una invitación de tu padre. — comentó.

— Lo sé. Es una fiesta por la cantidad y calidad de casos que ha llegado en estos últimos meses.

— Me alegro que todo vaya bien. — Nos unimos en un afectuoso abrazo durante unos momentos. — Cuídense y dale mis saludos a tu padre. Sé que está ocupado y no pretendo molestarlo.

— Lo verás el sábado.

— Claro. — Se volteó y le dio un ligero abrazo a Thomas, ahora. — Cuídate, muchacho. Y me has caído muy bien.

— Lo mismo pienso, Cortez. — Se separaron y nos sonrió alternando entre ambos.

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— Al final, lo conseguiste. — Lo observé por arriba de mi hombro por un momento, sin querer darle demasiada importancia a lo que decía o iba a decir. — Iremos a juicio.

— No es ir a juicio mi objetivo, sino ganarlo.

— Pero se hubiera podido llegar a un buen acuerdo de haber controlado un poco tu filosa lengua. — Abrí la puerta de mi cuarto.

— ¿Qué puedo decir? Es difícil dejar de ser yo. — Eché mi saco sobre la cama tronándome los huesos de la nuca.

— Ni lo dudo. Pido que te esfuerces, sólo eso. — Rodé los ojos volteándome para quedar frente a él. Me crucé de brazos y lo observé interrogante.

— ¿Qué yo me esfuerce? ¿Quién es el que lo hace todo tan lento y perezoso?

— Según tú, yo.

— No, no. No es según yo. Es así. No haces más que empecinar todo lo que hago.

— Trato de hacer las cosas bien, Bill. En una reunión donde se busca un acuerdo, hay que tratar de llegar a ese acuerdo, no ir directo al juicio.

— Pues yo no lo hago así. Para mí de nada hubiera servido llegar a una conciliación esta tarde. Quiero el juicio y quiero la victoria.

— ¿Aunque esa victoria consista en la inocencia de un culpable?

— Exacto. — Negó con la cabeza varias veces y se volteó para salir.

— Pienso que terminarás mal con esa forma de pensar.

— ¡Jaja! Porque a ti te ha servido demasiado tu forma.

— Sí, me ayudó a ser quien soy. — Abrí la boca para retrucar aquello, pero ya había salido. Bueno… tengo que soltarlo, no me puedo quedar con el desplante atragantado en la garganta. Entonces lo seguí a paso apresurado por el pasillo donde se encontraban las entradas a todas las recámaras de la casa.

— ¡Eso no vale demasiado! — grité y a unos metros lejanos se detuvo, esperando a mi encuentro que no tardó en llegar. — Es nada más mirarte para saber que no has logrado demasiado con tu forma de ser.

— Al menos tengo mi honestidad.

— ¡Por favor, Thomas! ¿Estoy hablando con mi hermano, o con un sacerdote que predica la paz y el bien en el mundo? — Achinó su mirada sobre la mía, esperando expectante a que continúe. — ¿Acaso estoy hablando con el Thomas que conocí hace cinco años? Aquella mierda que se burló de mí en la cara, que me humilló. Eso eres tú. No quieras disfrazármelo ahora. — No respondió. — No hablas porque sabes que tengo razón. Siempre tengo razón cuando se trata de ti. Porque te conozco a la perfección, no hay gesto, actitud o pensamiento que desconozca en ti. — Sonreí de lado a modo triunfante, gozando de su silencio sin alternativas a mis acusaciones. — Eres patético. — Lo rebajé observándolo de pies a cabeza con una media sonrisa de lado, hasta que la fuerza de sus brazos tomaron los míos con brusquedad, ahogó un gemido de dolor en mi boca. Mi espalda fue a dar contra la pared, haciendo rebotar mi cabeza unas dos veces.

— Creo que me estás subestimando, hermanito. — murmuró con voz dura a centímetros de mi boca. Mis ojos no hacían más que delinear sus labios una y otra vez. — Y nunca debes hacer eso.

— N-no me digas lo que debo hacer o no.

— No, no te confundas. Yo sólo te estoy aconsejando. — Hice una mueca de dolor ante la presión más que salvaje en mis brazos. Si llegaban a quedarme marcas estaría muerto. — He cambiado, ¿vale? He dejado de ser el que conociste aquel día, hace cinco años atrás; pero no creas que no quede algo de él en mí.

— La gente no cambia, Thomas. Tú eres una prueba de ello. — Me sacudí violentamente, pero sólo conseguí más fuerza por su parte y más cercanía por parte de ambos. — Eres mierda disfrazada.

— Quizás. — admitió. — Tal vez hasta sea peor que tú, pero eso no lo sé. Por lo tanto, no quieras descubrirlo.

— ¿Es esa una amenaza, hermano? —

— Advertencia suena mejor. — dijo. — Definitivamente no me conoces, no finjas que sí.

— Apostemos. — Frunció el seño para luego ampliar su sonrisa.

— ¿Apostar? Como quieras.

— Apostemos que te conozco lo suficiente. Apostemos que no me equivoco contigo.

— Vale, es una apuesta, pero eso es de niñatos.

— ¿Acaso no lo soy para ti? — Rió bajo. — Lo soy. ¿Ves? Ya te delata el silencio que elijes antes que contestar.

— Cierra la boca.

— Te enfada oír la verdad tan cruda. — Bajó la cabeza soltando el aire contenido de una manera violenta. — Calma, Tom, no es tan malo… pero, déjame hacerte una pregunta. — Alzó la mirada nuevamente. — ¿Qué es lo que yo haré ahora? — Silencio. — Anda, responde sin miedo…— Me quejé por su agarre. — Eso es lo que yo tengo a mi favor. Soy impredecible para ti.

— Cierra la boca.

— No quiero.

— ¡Cállate!

— ¿A qué le temes, Tom?

— ¡Cierra la maldita boca!

— ¿Estás asustado? — interrogué divirtiéndome.

— Tú jamás provocarás miedo en mí, Bill.

— ¿No?

— No.

— ¿Cariño tampoco?

— Menos.

— ¿Qué me dices del amor?

— Jaja… jamás.

— Ouch. — fingí.

— Sólo asco. — Me soltó de repente, devolviéndole a su rostro una sonrisa.

— ¿Asco?, ¿seguro?

— Muy seguro.

— Oh… entonces no te interesa la idea de pasar una excelente noche en mi cama. Qué pena. — Alzó una ceja mientras yo observaba mis brazos. El maldito me hizo un tatuaje con sus dedos.

— ¿Qué dices?

— Eso. Te doy tanto asco que no me tocarías ni un pelo. Una verdadera pena. — Di un paso al frente, acercándome más a su cuerpo y, sin poder resistirme, posé mi mano sobre su pecho, bajando de a poco por su estómago por sobre su ropa. Sus ojos guiaron el recorrido de mi extremidad por su torso, deseando que llegara hasta el límite. — Tendré que… tocarme solo. — Remojé mis labios mirándolo fijo. Me besará…

— Eres un imbécil. — Se resistía, pero iba a besarme, lo sé.

— Quizás… pero este imbécil te tiene muchas ganas. — Remojó sus labios y sentí su pecho agitarse al igual que su respiración. Casi, sólo un poco más. — Y, si este imbécil te conoce lo suficiente, sabe que vas a besarme. — Detuve el recorrido de mi mano en el filo de sus pantalones, ya debajo de sus ropas. Jugueteé con la hebilla de su cinturón y me acerqué un poco más a su boca. — Hazlo… nadie lo sabrá, sólo tú y yo. — Sin previo aviso me acorraló entre su cuerpo y la pared, con ambos brazos dejándome sin salida. Su boca fue directa a mi cuello, chupándolo y mordiéndolo cada vez que se presentaba la ocasión.

— Mmmh… — gemí con mi otra mano en su nuca. La rascaba sensualmente con mis uñas, sintiéndolo estremecerse de sobre manera. Su lengua experta se deslizaba con velocidad por mi cuello expuesto a su merced. Sentía sus labios divagar suavemente por mi piel y, de a ratos, ponerse tensos sobre una zona en particular y succionar con fuerza, llegando a morder. Dejaría unas marcas de la hostia y, sin duda, me traería hermosos problemas con Andreas. Joder. — Ya olvidé lo que se siente tu lengua en mi piel… jodidamente bien.

— No te estoy besando. — recordó y mis ojos hasta ahora cerrados, se abrieron de un momento a otro. — Ni lo haré. — El idiota me quería hacer perder.

Lo separé de repente de mi cuerpo y lo llevé a la pared de enfrente, a un lado de las escaleras.

— Ahora, los roles se invierten. — Lo aprisioné contra la pared, como anteriormente él lo hacía.

— Me gusta esto.

— Sabes que no me detengo hasta conseguir lo que quiero. — Me acerqué a su boca por sorpresa, aunque alcanzó a alzar su rostro un poco y así di con su mentón, en lugar de sus labios. Sonreí paciente y mordí fuerte allí, observándolo formular una mueca de dolor. — ¿Cuán alto es tu orgullo?

— ¿Tan alta es tu calentura?

— Sí. Demasiado alta. — respondí dando un beso suave en esa zona que antes aprisioné entre mis dientes. Estaba a un paso de su boca, a un paso de hacerle saber que es totalmente transparente ante mis ojos. — Podrías ayudarme con eso.

— Desde luego. — Sus manos se adueñaron de mis nalgas como si fueran de su propiedad. Mi pelvis dio con la suya y soltó un jadeo que fue una hermosa melodía para mis oídos. — Con esa camisa y corbata que traes, se me ocurren cosas bastante perversas. — Sonreí de lado y comencé a besar su cuello así como antes lo hizo él, mientras sus manos iniciaban un recorrido recto por el filo de mis pantalones, llegando al frente donde nos separó lo suficiente como para desprender mi cinturón apurado. — ¿Tu cuarto o el mío? — interrogó y sonreí con maldad, sin que él pudiera verme.

— Aquí mismo.

— Estamos demasiado expuestos… podría salir papá o Susan.

— Me la suda.

— Vamos, Bill. — De repente, su mano completamente extendida comenzó a restregarse por arriba del bulto bajo mis pantalones.

— Ugh… Tom tramposo. — gemí rodando los ojos.

— Mierda. Gemiste mi nombre.

— Lo he hecho antes.

— Sí… pero fue hace mucho tiempo. — Mordí mi labio inferior con saña ante su continuo masaje a mi polla.

— El mío.

— ¿Eh?

— Mi cuarto… es el más cercano. — Él rió y luego comenzó a caminar hacia adelante, obligándome a retroceder aún pegado a su figura.

— Veremos si sigues siendo tan bueno como cuando me marché. — Mi espalda chocó contra la puerta entreabierta, abriéndola por completo y penetrando la habitación.

— Ahora soy mejor.

— Mmmh… ¿seguro? — Me observó fijamente a los ojos mientras continuábamos retrocediendo hasta, supongo yo, llegar a la cama.

— Ajham. — Tomé el filo de su camiseta sin previo aviso y la alcé lentamente, recibiendo sus manos apresuradas e inquietas sobre las mías para acelerar el proceso. Genial, todo marchaba como quería. — Estás buenísimo. — murmuré cachondo al ver su cuerpo marcado. Ha estado yendo al gimnasio en estos años ya que no se fue con semejante cuerpo.

Botamos la camiseta lejos, en donde no molestara entre ambos cuerpos deseosos del otro.

— Toca lo que quieras. Es tuyo esta noche. — Sonreí satisfecho e invertí nuestras posiciones, dejándolo de espalda a la cama.

— Suena conveniente. — Lo empujé por los hombros, haciendo que su cuerpo cayera sobre el colchón sin poder resistirse. — Gozaré mucho esto.

— Adelante. — Me posicioné de pie entre sus piernas abiertas. Me observaba con atención desde abajo, con la cabeza apoyada en sus manos y agobiándome con sus ojos paseándose por todo mi cuerpo sin excepción alguna.

Apoyé mis manos sobre sus rodillas, inclinándome hacia adelante sin flexionar las piernas. Las abrió un poco más cuando se halló con mis intenciones. Al estar lo suficientemente cerca, paseé mi lengua por el protuberante bulto cubierto por los jeans que lo delataba entre ambas piernas. Mientras nuestros ojos permanecían conectados.

— Oh… sí. — gimió ronco con una mueca placentera en el rostro y recargándose sobre su codos, para así verme mejor. — No puedo esperar a verte con mi polla en tu boca otra vez.

— Qué sucio eres… yo no hago esas cosas. — Rió escandaloso mientras apoyaba mis rodillas sobre el colchón, gateando hasta su altura.

— Claro, como tú digas. — Apretó mi cintura entre sus manos mientras yo desataba el nudo en mi corbata. — Pregunta: ¿cómo es que llegamos a esto?

— No sé. — respondí simplemente. — Estábamos hablando de Cortez y Charles… eso.

— Que les den. — Llevó sus manos a los botones de mi camisa y la desprendió rápidamente. — Yo me encargo de darte a ti.

— Directo no eres, ¿verdad, Thomas?

— Jaja… — Mis caderas se desempeñaban perfectamente sobre su cuerpo en un vaivén sensual.

— Joder. — Deslizó la camisa por mis hombros, dejándola caer a mis espaldas, sobre sus rodillas.

— Muero de ganas de probar tu piel de nuevo. — Le guiñé un ojo y sonrió ampliamente. Rodamos por el colchón, con él entre mis piernas abiertas. Me mordí el labio inferior cuando quiso bajar directamente a mi cuerpo, sin querer retrasar más lo inevitable.

Su lengua jugueteó con el piercing de mi pezón izquierdo, sacando su lengua y moviéndola de un lado a otro sobre dicha zona, dejándolo erecto al instante. Luego lo chupó como si de verdad tuviera un sabor agradable y delicioso. Lo estiró unos centímetros, haciéndome sentir un dolor sumamente gustoso.

A medida que jadeaba, aceleraba el movimiento de su lengua. Sus manos acariciaban mis costados con exabrupto. Pero me encantaba.

Subió sin dejar de acariciar todo mi cuerpo, hasta estar frente a mi boca que no dudó en besar desesperadamente. Sonreí dentro del beso antes de corresponderle gustoso. Penetró mi boca con su lengua, como si de una serpiente se tratara y recorrió cada rincón de mi boca brindando un masaje delicioso a mi lengua igual o más hambrienta. Ladeé la cabeza sobre el colchón y su músculo gustativo pudo llegar más lejos dentro. Rasguñé su piel empezando desde el cuello y descendiendo a su pecho. Las marcas se notarían al menos por un día. Eso me encantaba.

Gimió no supe si del dolor o del placer, pero no hizo nada para que me detuviera. Continué hasta llegar al filo de sus pantalones, lo que no fue un obstáculo. Hice presión con mis uñas, consiguiendo bajarlos un poco más. Entonces el camino con la marca de mis uñas se extendió hasta la base de su miembro. — Agh… — Se quejó contra mis labios y me sentí complacido.

— Perdiste. — dije serio, alejando mis manos de su cuerpo. Borró apenas su sonrisa, confundido.

— ¿Qué?

— Me besaste. Perdiste la apuesta. Ahora apártate. — Definitivamente su sonrisa desapareció y el cabreo se hizo paso, desplazando y dejando en el olvido su antigua mueca de placer.

— Estás de broma, ¿cierto?

— No. Sal de arriba mío ahora. — Chasqueó la lengua y se dejó caer a un lado de la cama. Me senté de inmediato y tomé mi camisa, poniéndomela y abrochándola rápidamente. — Y no sientes asco por mí. Créeme, lo comprobé.

— ¡Eres un enfermo, un estúpido! — insultó furioso. Yo reí estrepitosamente y me puse de pie.

— No te molestes, hermano. Sé que encontrarás una buena solución para ese problemita. — Palpé su polla por arriba de sus alborotados jeans. Torció los labios y se sentó para luego ponerse de pie. — Sal de mi cuarto.

— Es lo que haré. — Tomó su camiseta del suelo y me dedicó una mirada llena de odio. — Ya tendrás ganas y te vas a arrepentir.

— Tengo quien me atienda, Tom. — canturreé cruzado de brazos mientras él se fastidiaba.

— Vete al infierno. — maldijo entre dientes.

— Sí, algún día iré. Es lo más probable. — Observé mis uñas con poco interés. En un descuido, se acercó sigilosamente, hasta estar con sus manos rodeando mi cintura y su boca pegada a mi oído. Jadeé sorprendido y sonreí con malicia.

— Te arrepentirás, hermanito, créeme. — Bajó un poco más sus manos, haciendo el amague de tocar mi virilidad nuevamente; pero se detuvo justo en el borde. — No juegues conmigo porque yo juego peor.

— Reconozco que perdí una vez, pero ahora será diferente.

— Lo veremos. — Me imitó y suspiró resignado, soltándome. Oí sus pasos alejándose a lo largo de la habitación y desaparecer al cerrar la puerta.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Un comentario en «Apostemos 6»

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