«Apostemos» Temporada I
Capítulo 7.- Tu primera vez en todo
Reí bajo ante su fallido segundo intento. Era irrebatible que no conseguiría que lo ayudara por mucho que se humillara. Mientras que más negativas salían de mi boca, más goce me causaba el ver la molestia y la desesperación pintadas en sus muecas faciales.
— Si eres tan brillante como siempre dices, podrás con el caso.
— García está jodido.
— ¿Crees que Cortez no?, y yo no voy a tu oficina a suplicar por ayuda.
— Tienes todo a tu favor. Conoces a Cortez desde hace años, eres el hijo de Jörg Kaulitz, trabajas con tu hermano y tienes contactos en todos lados. Ganarás.
— Bueno, si es por mi hermano, al igual que mi padre, sólo fastidian. Y no me vengas con esas excusas improvisadas, Axel — Deslacé mis dedos y los adosé sobre la madera de mi escritorio. Él friccionaba su mano en su frente, buscando calmar el centro de sus ideas. —, nos conocemos desde hace un buen tiempo y estamos en condiciones de admitir que, el único motivo por el cual me estás pidiendo ayuda, es porque eres notoriamente inferior.
— No te abuses.
— No lo hago — dije veloz. —, ni es mi intención ofenderte. Pero es necesario hablar con claridad. Tú estás desesperado y yo tengo la cura a esa desesperación. Suena cool. Ahora, para un buen intercambio son necesarias dos cosas elementales: ofrecer un bien, y que el ayudante necesite de ése bien — Suspiré mientras me ponía de pie vacilante. , y tú amigo mío no tienes nada que yo requiera. Lo siento. — finalicé invitándolo con la mirada a que se retire
— Eres un hijo de puta. — Simulé desentendimiento.
— Mira, he tenido una muy buena noche como para que me cagues el día tan fácilmente. Tendrás que esforzarte más.
— ¡Eres una mierda!
— El tono de tu voz…
— ¡Me debes una!, ¡me la debes!
— ¿Sï? Uhm… — Con el dedo índice en mis labios, fingí pensar al más puro estilo burlón. — no recuerdo por qué o qué.
— ¿No?, ¿¡no!?
— No.
— ¡El caso del banco! ¿¡Quién mierda te consiguió el chivo expiatorio para que no se supiera la jodida verdad, ah!? ¡Yo! ¡Me debes esto y más!
— Huo, huo, huo… — musité extendiendo mis manos hacia su dirección, indicándole que se detuviera ahí. — Pregunta: ¿dónde están las pruebas? — Parpadeó con cierta energía, entreabriendo sus labios y acelerando su respiración. — Si quieres que interfiera en tu caso y el de la golfa esa, entonces tráeme esas pruebas que digan cuán culpables somos de cometer tal atrocidad con una persona inocente. — sentencié dejándolo mudo. — Si quieres tráelas y yo hablo con quien sea necesario para acelerar el proceso de liberación de tu cliente. Pero si no están… bueno, no necesito explicártelo todo, ¿verdad Axel?
— Tienes razón, Bill, no las tengo y quizás nunca tenga esas pruebas. Porque fui un idiota al no registrar las movidas oscuras que hice por ti a cambio de ingresar a este estudio — Asentí sonriendo. —, pero no te confíes Bill. No eres perfecto, nadie lo es; todos tenemos nuestro pequeño muerto oculto en el ropero y estoy seguro que tú tienes varios.
— Seguro.
— Ya encontraré alguno y verás cómo olvidarás esas pruebas.
— Sí, pero recuerda que los juicios son en dos meses. Date prisa. — La puerta del despacho se abrió sin ser tocada antes, haciendo que ambos giráramos al encuentro con el intruso por puro instinto. Mi cara debió verse más blanca que de costumbre y mi sangre se habrá helado. Gustav había entrado al estudio, ha intercambiado (cuanto mucho) unas cuantas palabras vivaces con Tania, saludó a mi hermano, le miró el culo a Richael, entró a mi despacho sin permiso y amenaza con cagar todo.
— Oh… amm… buenos días.
— Axel, fue un placer hablar contigo. Adiós. — dije con nervios que me fueron imposibles disimular.
— Espera, ¿no me presentarás a este… señor?
— No.
— No, porque puedo presentarme solo. — Este indigente estaba vistiendo una chaqueta de cuero gastada, al igual que sus jeans. Axel no dudó en hacer un paneo completo de estas características. — Mi nombre es Gustav Schäfer, soy un cliente de Bill.
— ¿De… Bill?
— Ajham.
— Axel. — Terminaron de estrechar sus manos y Axel sonrió divertido. — Un gusto, Sr. Schäfer. — Éste asintió y Axel salió del despacho a paso calmo. Abrió la puerta y desapareció tras ella. Sólo ahí me dejé caer sobre mi silla abatido.
— Caray… ‘Sr. Schäfer’. Me queda de fábula.
— ¿Qué coño haces aquí? — interrogué de mala manera, mientras él se sentaba en la silla de enfrente.
— Hey, ¿qué ocurre?
— Sabes que no te quiero por aquí, Gustav. Y encima cometes errores básicos como llamarme por mi nombre de pila.
— ¿Qué tiene de malo si ese es tu nombre?
— Pero los clientes no me llaman así, idiota. Siquiera lo hace mi hermano enfrente de otra persona.
— Espera… ¿hermano?, ¿entonces es cierto? Ha vuelto y no me has contado.
— ¿Ahora reclamas cosas?
— No, estoy de humor hoy. — Se acomodó en su sitio, animado. — Quiero agradecerte, viejo amigo. Mi colega está de vuelta en las calles haciendo lo que mejor sabe hacer.
— Vender drogas imagino.
— ¡Qué más!
— Nunca lo verás con un título colgado en la pared.
— Oye, te lo estoy agradeciendo de todo corazón. — dijo ofendido.
— Ajham, de nada. Supongo que ahora simplemente desaparecerás, ¿verdad?
— Jaja, ¿por qué te empeñas tanto en que me borre de tu vida?
— Porque no te quiero en ella.
— Yo sí te quiero en mi vida, eres mi pequeño Billy. — Rasqué la superficie de mi nariz con inquietud y luego me adelanté al escritorio, de improviso.
— Escucha Gustav, no estás cooperando a mantener mi buen humor así que te advierto que borres tu culo polvoreado de merca de mi vida y te pierdas en la tuya. — Rió por lo bajo, imitándome y así estando más cerca de mi rostro.
— Yo te recomendaría que no me amenaces.
—No te estoy amenazando — aclaré. —… aún.
— No has aprendido nada de calles y de códigos en el tiempo que estuviste a mi lado en este mundo.
— Tú eres el que no entiende de ellos. No te debía nada y, sin embargo, me has extorsionado. Ahora que cumplí mi parte, te rehúsas a desaparecer. No me digas que yo no entiendo de códigos. Ahora lárgate. — dije con seriedad.
— Somos amigos, pero estoy muy cerca de olvidarme de nuestra amistad y hacer algo que no quiero. No pretendas jugar conmigo, porque yo sé jugar mucho mejor.
— Me asustas. — ironicé cuando se dispuso a salir de mi despacho, llevándose consigo todo lo ordinario y la poca clase que trajo.
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¿Cómo pasas de ser extraordinario a ser ordinario?
— Dime cómo te va en el juicio con Andreas. — respondí a esa pregunta con una mueca extraña, expresando indiferencia en el tema. — ¿es eso un ‘bien’? — repetí el gesto sin preocupación.
— ¿Qué juicio? — intervino curioso Thomas.
— Tu hermano está esperando la sentencia del juicio que lidera con Andreas.
— Nunca me has contado acerca de ello. — Asentí tragando mi zumo de frutas. Cenaba simplemente por cenar ya que no tenía ganas de compartir nada con ellos, siquiera la cena. — ¿Tienes lengua o te la comiste también? — Dejé mi vaso sobre la mesa y saqué dicho músculo para que lo observe. Luego lo regresé a mi boca, chocando mi piercing con los dientes delanteros por accidente, generando un ruidillo divertido.
— Ahí estaba ella.
— Cuéntale del caso, entonces.
— No hay mucho para contar; un tío, un asesinato y dudas. Es todo.
— ¿Y van bien?
— Perfectamente, hasta ganaremos.
— Cuánta seguridad.
— Sí, estoy muy orgull… — estaba a punto de halagarme mi padre, pero lo impedí.
— Jörg, no digas que estás orgulloso de mí o de alguna de mis acciones.
— Bien, no empecemos con todo nuevamente.
— Provecho. — dije y corrí mi silla, parándome y dejando mi servilleta sobre la mesa.
— Hijo. — hice oídos sordos a su llamado y caminé rumbo a las escaleras, sacando mi móvil del bolsillo y observando algunas anotaciones en la agenda de quehaceres para el día siguiente.
Abrí la puerta de mi cuarto y la cerré de un sonoro portazo. Dejé caer el peso total de mi cuerpo sobre la cama, importándome poco el orden de ésta y la limpieza al subir mis botas a ella. Dejé que mis ojos se cerraran, pero los sentí secos y eso causó un ardor en ellos. Los abrí inmediatamente y los dejé divagar por el techo. Estaba cansado y mi vida era la misma desde que había empezado en el estudio, de hecho no sé decir vida sin mencionarlo. Podría decirse que mi vida es mi trabajo y eso, en cierto modo, me está destruyendo. Es despertar en la mañana, bañarme, desayunar café por el camino mientras conduzco mi carro, llegar cuan celebridad al estudio y comienzo a trabajar. Luego, salgo y vengo directo a la casa, cenando y durmiendo hasta el día siguiente. La rutina cambia cuando voy al departamento de Andreas y follamos unas horas o tal vez hasta duermo allá. Y los sábados busco los clubes más famosos y originales de la ciudad, bebiendo hasta emborracharme y ser cargado por Georg al auto; aunque a veces la cosa es al revés. Nunca algo nuevo, nunca un descanso, siempre trabajo y algunas salidas, sin parar. Adrenalina, eso necesitaba. Mi mente tenía que permanecer ocupada o de lo contrario podría tener alguna recaída. Pero soy fuerte, no hay algo que me desestabilice y tengo muy claro lo que quiero, pero más aun lo que no. Honestamente no está en mis planes regresar a una de esas clínicas otra vez. Todo fue tan oscuro por esos años, tanta soledad de golpe logró afectarme y hasta consiguió agradarme en cierto punto. Ahora prefiero hacer todo solo, lo que supongo que es bueno. Al menos no estoy dependiendo de nadie todo el maldito tiempo, como si fuera un inútil. Me siento bien así. Digo, no estoy dañando a nadie. Advierto a la gente que me rodea sobre quién soy y cómo me manejo por la vida. Dicen que quien avisa no traiciona; eso hago yo. Al menos puedo apoyar la cabeza en la almohada todas las noches y dormir, sin nada que me atormente. Si he hecho algún daño a alguien, ha sido a mí mismo. Es más, beneficié a mis seres queridos; mi padre es un claro ejemplo: me internó y desaparecí de su vida por un año. Se tomó unas vacaciones de mí. Já.
— Bill. — Clavé mis ojos en la puerta cerrada apenas oí la voz de mi hermano.
— ¿Qué quieres?
— Hablarte.
— Olvídalo, quiero dormir.
— Por favor, ¿sí? — Bufé molesto y me senté en el borde del colchón, desarreglándolo más de lo que ya estaba.
— Pasa. — Se adentró con una cara de molestia y supe que cometí un error al cederle el paso. — ¿Qué?
— Mira, Bill. — Caminó hasta mi cama y se sentó a mi lado, con sus rodillas separadas y sus codos sobre ellas. — No vengo a decirte que seas más bueno con papá, porque sonaría contradictorio, sabes que por muchos años lo he odiado y me negué a conocerlo — asentí con mis ojos al frente, observando la pared amarilla de mi cuarto. —, pero te preguntaré algo como hermano — Sonreí burlón de lado, como conteniendo las ganas de discutir eso. —… ¿me oyes?
— Sí, te oigo Thomas. Tengo dos oídos, ¿los ves? científicamente te estoy oyendo. — Suspiró y esperó unos segundos.
— Entonces te pregunto ¿qué harías si papá muere?
— Oh… jaja, vaya… — Negó con la cabeza, cansado. — No me digas, ahora acudes a la psicología barata, eh. — Palmeé su espalda. — Eso es bueno, créeme. Antes era el fastidioso razonamiento, ahora la psicología. Vas progresando.
— Bill.
— Pero te recomiendo algo: prueba con no meterte en lo que no te importa, eso seguro que funciona de maravilla. — dije y se puso de pie. — Ahora lárgate que quiero dormir.
— Te aseguro que se me agota la paciencia contigo.
— ¿Sí?
— Eres detestable.
— Definitivamente sí. — sonreí ampliamente y volví a acostarme en mi cama, ignorándolo. — Cierra bien la puerta al salir. Gracias. — Sin decir nada más salió y volvió a reinar el silencio en mi cuarto. No sabía si era bueno o malo, pero me agradaba.
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— ¿Qué harás cuando llegues? — Le di a Tania el expediente que me había alcanzado horas atrás para que lo guardara en su correspondiente sitio.
— Pues vestirme y esperar a que sea la hora.
— Es difícil imaginar que desperdiciaré una noche de sábado con más trabajo.
— Bueno, desde el punto de vista de mi padre es una fiesta. — Me encogí de hombros.
— Oh, sí. Pero el problema es que tu padre no ve bien. — Reí con ganas bajando las escaleras a su par, dirigiéndonos a la salida del estudio. Un día menos. — En serio, ¿cómo le haremos?
— Qué sé yo, Geo. Simplemente deja que el tiempo pase y ya, tal vez tienes suerte y va la hija de Morris.
— Sí, y después me cortan los testículos y termino recolectando cartones por la calle.
— Cierto, es intocable. — Abrió la puerta y me dejó pasar primero, para luego cerrarla a sus espaldas. La tarde era estupenda, el sol brillaba apenas anunciando la inevitable llegada del prematuro amanecer. Sería una noche estupenda que nos perderíamos de disfrutar.
— ¿Crees que algún día Dios nos lo recompense?
— Lo veo poco probable, amigo.
— Sí, yo también. — Le saqué la alarma a mi vehículo y me apoyé en la puerta, dispuesto a charlar unos minutos más con él antes de partir. — ¡Oye! Deberíamos crear nuestra propia religión.
— ¿Eh?
— Sí. Los dioses de los sábados por la noche, ¿qué dices?
— ¿Y dónde estaríamos? El cielo no es una opción.
— Pues… en los bailes caros. Tendríamos nuestros diez mandamientos y toda la cosa.
— ‘Amarás a tu vodka por sobre todas las cosas.’
— ¡Eso! ‘No tomarás una cerveza en vano’.
— ¡Inspírate más, Geo! ‘Santificarás los sábados’.
— ‘Honrarás a las rubias y a las morochas’
— Pobres las pelirrojas. — Rió. — A ver… ‘Matarás.’
— Uhm. Mientras sea por una buena causa. — asentí.
— Por dos buenas tetas para ti.
— Y una buena polla para ti. — Estrechamos nuestras manos sin mencionarlo, en señal de estar totalmente de acuerdo. — ‘Cometerás actos impuros’
— Mis favoritos, ¡amén! — Reíamos sin preocuparnos por quienes pasaban y se nos quedaban viendo como extraños. De hecho, nunca nos importaba demasiado eso.
— Pero mira nada más. — Georg volteó de inmediato a sus espaldas. Thomas salía del estudio con Richael, tomándola por la espalda y besando su cuello mientras iban hacia el auto de él.
— Es arriesgado. — asentí. Los fotógrafos siempre nos están acosando día y noche, aunque no los veamos, por todo esto de los juicios. Debemos cuidarnos de nuestros actos, pensándolo dos veces siempre. — Se nota que no está acostumbrado a todo esto.
— Es obvio. Prepárate para la portada de los diarios mañana.
— Me imagino. Todos los romances del estudio Kaulitz son protagonizados por Richael, ¿puedes creer?
— Es tremendo. Tú fuiste el primero, después Axel y ahora parece que es mi hermano. Menos mal que agarré a Andreas a tiempo. — Ambos ingresaron al carro de Tom entre besos y arrumacos, y arrancaron rumbo contrario a la casa.
— Pero tu hermano es el hijo del dueño. Creo que sus intenciones son claras.
— Ajham. Es una zorra chupasangre. — Afiancé el agarre en la llave de mi auto y me enderecé en mi sitio. — Bueno, ya que se fueron hacia la casa de ella, llamaré a Andreas para que venga a la mía.
— ¿Así lo solucionas?
— No hay problema para solucionar, Geo. Nos vemos esta noche. Cuídate. — Acto seguido, me metí en mi carro y aceleré haciendo rugir las ruedas sobre el asfalto.
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— ¿Dónde está Andreas?
— Ya te dije, se quedó afuera hablando con los periodistas.
— A ése sí que le gustan las cámaras, eh.
— Le encantan. — La música estilo blus era infaltable en una fiesta con los gustos preferenciales de mi padre. Las luces suaves, sin mucho brillo o efectos que causaran una sensación extraña en los ojos, iluminaban el residencial salón de fiestas privadas. Grandes ventanales en la mayor parte del lugar, con unas finas cortinas blancas y vidrios polarizados. El piso de madera reluciente cubierto por alfombras de terciopelo azul marino en lugares en donde se encontraban ciertos muebles, como mesas o sillas. Las paredes de un color rosado opaco, con cuadros de imágenes abstractas y famosas pinturas de la edad Media. Bocados sofisticados que te ofrecían los camareros que pasaban con bandejas de plata y esmoquin. Los hombres con trajes de Etiqueta y Armani, mientras que las mujeres vestían extravagantes vestidos de Prada y D&G.
—Allá está la esposa de Seeger — provoqué mirando a mi amigo. —, siempre le tuviste ganas.
— ¡Calla que aquí viene. — Nos detuvimos en medio del salón y simulamos estar observando interesadamente los alrededores, hasta que la cercanía con la morocha fue difícil de ignorar.
— La flamante señora Curtz. Pasan los años y sigue igual de bella. —alagué allanándole el camino de un buen contrato a mi padre.
— Tú siempre tan amable, Bill. — Observé a Georg por el rabillo del ojo, viendo los suyos perderse en el escote de la cuarentona. Un disimulado codazo en el estómago fue suficiente como para que sus ojos hicieran un veloz recorrido a los ojos de la mujer. — Listing, es un placer volver a verte.
— El placer es todo mío, se lo puedo asegurar. — Dios… es un caso perdido.
— Con permiso. — Estoy seguro que mi buen amigo me estará eternamente agradecido por desaparecer de escena en ese momento, lo sé.
Las grandes figuras del estudio aún no aparecían, pero estaba seguro que en cualquier momento hacían su gran entrada triunfal todos juntos. Entre tanto eso no pasaba, yo refrescaría mi sedienta y seca garganta con un poco de vino caro. No pidan que haya un buen tequila por acá, esos mágicos y maravillosos tragos son decadentes para gente nariz parada como ésta.
— Enfermos. — Me detuve en la barra, donde me encontré con el barman más elegante del mundo. Esto no se asemejaba a un buen club nocturno siquiera en la barra de bebidas. Era deprimente y ni soñar me dejaba. — Dame una copa del vino más berreta que tengas. — Se quedó un momento pensando si me había equivocado, pero mi mirada expectante le indicó que eso era lo que yo quería beber. Giré en mi lugar, sentándome de espaldas a la barra de madera terciada de roble. Desde allí miré a todos superficialmente. La mayoría de ellos habían llegado a ser lo que eran por imitar a otros seres superiores. Ejemplo: Monasterio. Es un gran abogado que ascendió utilizando las técnicas de mi padre. Lo admira, pero es sólo un pretexto para copiarlo. Qué irónico. Admirar tanto a alguien y, sin darte cuenta, terminar siendo su vivo calco.
— Señor. — Volteé mi cuerpo apenas, tomando la copa que un dudoso barman me acercaba. Inmediatamente llevé la copa cargada por la mitad a mi experta nariz. Meneando un poco su contenido aspiré el aroma de…
— ¿Es en serio?
— ¿Disculpe?
— ¿Un Chateau Petrus cosecha 2005 es tu peor vino?
— Pues…
— No titubees, amigo, odio que hagan eso.
— Lo siento, señor, pero no tengo vinos de baja calidad.
— Claro, por eso me traes el mejor de Francia… ¿Y cerveza?
— No.
— ¿Vodka?
— Tengo daiquiri, si es que quiere.
— No eres un profesional si no tienes cerveza, amigo. ¿Y el daiquiri? ¿Sabes qué puedes hacer con el daiquiri? Puedes acostarte boca abajo, bajarte los pantalones, separar tus…
— Déjelo, hizo una buena previa afuera. — Volteé a ver a quien había hablado.
— Con permiso, me retiraré. — El incompetente con quien mantenía una seria charla de instrucciones sobre cómo meterse un daiquiri por el culo, se fue.
— ¿Qué te pasa, Bill? Ese barman fue recomendado por Morris, yo no me metería con él.
— ¿Sabes qué nos diferencia a nosotros dos, Axel? — Se sentó a mi lado como si pensara en quedarse. — Que tú eres tan arrastrado que hasta le chuparías la polla al barman con tal de que Morris te registre.
— ¿Piensas que no me registra? Me tiene un gran aprecio.
— Sí, por eso cuando le menciono tu nombre dice: ‘Ah, el chico de mantenimiento’.
— Eres muy cómico, Bill, pero estás subido a un caballo que galopa más de lo que en verdad puede correr. — Bebí unos tragos del vino importado que me trajo aquel infeliz. — Yo que tú pararía y no me anticiparía tanto a los hechos, ¿sabes?
— ¿Y quedarme en el camino como tú? No, te agradezco.
— Ya das por ganado el juicio de Cortez y siquiera te pones de acuerdo con tu hermano para coincidir en algo. — Dejé la copa vacía sobre la barra, acomodándome mejor. Apoyé mis codos en la superficie de ésta, recostándome un poco hacia atrás y verlo todo como si fuera una persona superior. — Tú dices negro, él blanco. Tú cielo, él infierno. Tú guitarra, él violín. Dime, ¿en verdad crees que ganarás por ser el hijo de Jörg? Tu padre es inteligente y evaluará las cosas desde otro ángulo y no te molestes, es sólo un humilde consejo.
— Bueno, aquí te va otro consejo: no vueles tanto, deja de fantasear. Me ha pasado antes; mientras todos miran lo mal que me está yendo a mí, descuidan lo suyo propio. No va a ser cosa que aparente estar en la nada, cuando en realidad estoy escalando a la cima del maldito mundo y ustedes se quedan abajo. Concéntrate en tu culo antes que el ajeno.
— Mientras más subas…
— Más fuerte será la caída, es bueno que lo sepas. — Negó con la cabeza sonriendo como si fuera más que yo, y se marchó hacia donde estaban sus colegas del estudio anterior. — ¿Por qué será que siempre estoy cerrándoles el culo a todos? — Mi buen amigo Geo me observaba a unos pocos metros de distancia y bastó una seña para que viniera a mi lado.
— ¿Tú hablando con Axel? ¿Qué se traen?
— Nada. El tarado quiere hacerse el superado cuando la otra vez fue a pedirme ayuda a mi despacho. Están en la nada, los dos.
— Bueno, no puedes pedirle a Richael que conecte dos neuronas.
— Espera, Geo, tampoco los subestimes. — intervine. — Se podría decir que están muy al pendiente de lo que hacemos Thomas y yo.
— Richael siempre está al pendiente de tu hermano.
— Es un pasatiempo. Thomas no la quiere, siquiera le excita.
— Bueno… yo no estaría tan seguro; se la ha follado, eso está claro.
— ¿Nunca oíste hablar de esa sabia frase que dice que todo está en la mente? — Se quedó pensativo unos momentos. — No entiendes.
— No.
— Mala suerte.
— ¿Qué tienen aquí?
— Vinos caros. Pedí uno cualquiera y me trajeron uno de los mejores de Europa.
— Tu padre es un fanático.
— Mi padre necesita salir más. — asintió de acuerdo. — Mira nada más a la parejita feliz. No los vi llegar.
— Sí, estaban en los baños.
— No quería saber tanto. — Mi hermano la abrasaba por su estrecha cintura y acariciaba su espalda baja. Ella traía un vestido púrpura hasta un poco más debajo del orto, cuan matriculada en zorrología, un escote pronunciado y una espalda prominente que llegaba justo al borde de su trasero. ¿Cómo podía ser? ¡Es una puta! Las putas no pueden asistir a fiestas tan extravagantes y de tanta clase. — Es oficial: se prostituye.
— ¿Por qué tu hermano la besa, toca, sonríe, y te mira a ti? — Observé con más atención lo que mi amigo acababa de señalarme y lo noté. ¡El imbécil estaba besándola y sus ojos permanecían en los míos! ¿¡Cuál era el propósito de todo esto!?
— Es un imbécil, se piensa que me da celos.
— Bueno, a juzgar por tu cara, yo creo que lo va logrando. — Lo fulminé con la mirada y sólo se volteó para llamar al barman y pedir algo, haciéndose el idiota. — ¿Tienes algo en mente?
— Sí, encontrar a Andreas. — Rió por lo bajo y yo inicié un proceso de búsqueda entre todos los que se encontraban en el lugar. Había mucha gente, demasiada. Y todos vestían iguales, así que eso era más complicado aún.
— Por allá. — dijo despreocupado con su dedo indicándome el lugar del salón en donde ya se encontraban Morris, Seeger, mi padre y Cortez conversando animadamente. — Qué raro Andreas queriendo destacar.
— Cállate. — Me paré y acomodé mis ropas en lo poco que se habían desarreglado por la postura.
— ¡Miren quién viene por aquí! — exclamó mi padre y le sonreí afectuosamente. Todo debía ser fingido, desde luego, Morris era un hombre de familia y le gustaba eso: la unión familiar antes que nada. — ¡Mi querido hijo!
— Hola, papá. Te ves muy elegante. — Lo abrasé superficialmente y por unos pocos segundos ya que mi intención no era ver a la persona que veo todos los días, sino a los socios y a mi cliente.
— ¡Mi segundo hijo y abogado!
— Albert, es un verdadero placer verte. — Nos fundimos en un fuerte abrazo, esta vez sí, con un gran sentimiento y afecto hacia él.
— ¿Cómo has estado?
— Muy bien, con bastante trabajo. — Eso fue perfecto. Sin duda fue excelente para la ocasión en que tratas de agradarle a un hombre tan trabajador como Seeger.
— Bill siempre tan profesional. — Me separé de Albert y estreché la mano de Seeger primero, para luego pasar a la de Morris. Ambos estuvieron encantaos de saludarme, sonriéndome ampliamente y vendiéndome mi puesto en esa reunión con la mirada.
— ¿Cómo has estado con tu nuevo caso? Albert no es un hombre sencillo. — Todos reímos.
— No crea, Sr. Seeger, Albert ha estado colaborando favorablemente para que el juicio marche a nuestro favor.
— Me alegro. Andreas nos ha estado hablando muy bien de ambos. Parece que tienes tiempo para todo; desde el trabajo, la familia y hasta tu noviazgo.
— Totalmente, son los tres ámbitos más importantes en mi vida, ¿cómo descuidarlos?
— ¿Y dónde está ese muchacho del que tanto se ha oído hablar? — Miré a mi padre amenazante, pero, obviamente, no hizo caso a mi pedido. Se volteó y lo buscó con la mirada mientras que yo me deshacía en una larga y continua maldición mental.
— ¡Thomas, hijo, ven aquí!
— Amor, tengo algo que preguntarte, ¿me acompañas? — manifestó Andreas en voz alta, alejándome de ese círculo vicioso que se formaría en segundos nada más. La guerra por querer caerles bien a las personas más despreciables del mundo (excluyendo a Albert, desde luego). La hipocresía comprimida en tres personas me revolvía el estómago. Mi padre, Seeger y Morris eran las pruebas vivientes de la decadencia y el degrado humano. Cuántas han sido las veces que oí salir una grosería, maldición y/o crítica de la boca de mi padre para alguno de estos dos, y ahora los ven juntos, riendo y pasándola en grande planeando futuras hazañas. Cuánta falsedad de la que también soy partícipe por el simple hecho de querer ascender. En un mundo hipócrita, sólo se sobrevive siendo hipócrita.
— Claro. — Nos alejamos justo cuando llegaba Tom tomado de la mano de esa zorra. Él debe creer que habla bien de él presentarse con una abogada y pintarla como su novia frente a todos, pero no. Queda como un cornudo y desesperado, porque si de algo sirven las mujeres como Richael, es para una noche o dos cuanto mucho.
— Me debes dos. — Reí y lo tomé por la mano, entrelazando nuestros dedos y parando a lado de una fuente cercana, pero lo bastante lejos como para estar tranquilos.
— Gracias.
— No hay problema.
— Siempre dices lo mismo. — sonreí honestamente y acaricié su mejilla… esperen… ¿¡Qué!?
Alejé mi mano al caer en cuenta de lo idiota que parecía. ¿Acariciarlo tan… así? No, no era mi estilo y nunca lo sería. Digo, hemos sobrevivido dos años sin muestra de afecto alguna por mi parte; tan mal no nos va.
— ¿Y Georg? Estaba en la barra hace un momento.
— Bueno, supongo que encontró compañía. — dijo. — Estás hermoso, Bill.
— Gracias, pero estás extraño esta noche.
— ¿Por qué lo dices?
— No lo sé. Estás cuidadoso.
— Oye, yo siempre te cuido. Quizás la palabra que buscas es ‘servicial’. — Alcé ambas cejas y asentí.
— Ésa es la palabra indicada. ¿Por qué?
— Porque tengo un mal presentimiento. No sé… tal vez sea cosa mía, pero creo que algo malo va a pasar esta noche.
— No, estás delirando.
— Eso espero.
— ¿Malo conmigo o contigo?, ¿o en general?
— Con nosotros. — respondió y enmudecí. ¿Nosotros? Valla… he leído muchas novelas y he visto las suficientes películas como para saber que ese nosotros nunca es bueno.
— Ya, Andi, no empieces con intuiciones masculinas. — Apretó los labios mirándome burlón y…
— ¡Jajajaja! ¿Intuicio…? Jajaja. — Me contagié por lo bajo y el ambiente se calmó un poco. — Estás… estás loco, Bill. Y…
— ¿Y…?
— Me llamaste Andi. Es raro en ti.
Sin decir nada, pero de una manera lenta, tomó mis mejillas entre sus manos y me acercó a su boca, colaborando por su parte para favorecer la cercanía. Yo alcancé a tomar su cintura y apretar entre mis manos su saco Etiqueta. Fue un beso pausado, lento, sin profundizar. Carajo, qué raro que está hoy. Ladeé la cabeza un poco y succionó mi labio inferior, haciendo un ruidillo divertido.
— Buenas noches. — canturreó la voz aguda de la zorra que se nos acercó. Rodé los ojos y lo oí bufar a mi acompañante.
— ¿Qué quieres, Richael? — interrogué con fastidio.
— Sólo saludamos. — Apretó más el agarre fastidioso que le proporcionaba al cuello de mi hermano. — Muy lindo espectáculo. — Thomas apretaba los dientes de pura rabia al darse cuenta que conseguí en un beso, lo que él en manoseo, franeleo y asquerosidades. Al fin se dio cuenta que ella no es competencia para mí. Ahora, ¿Andreas será competencia para él? No sé… pero será muy divertido averiguarlo.
— Así que conociste a los socios. — le dije a Tom pero no respondió.
— Andreas, ¿has visto a Axel? — cambió de tema la zorr… ¡Ash! Richael.
— Sí, está con Venegas.
— ¿Dónde?
— Por la mesa de bocados.
— ¿No me llevas? Es que no conozco mucho.
— Es obvio. — agregué y me dedicó una mirada asesina. ¿Cómo ella va a conocer un salón de tanto prestigio como este?, no entra en la cabeza de nadie. De hecho, está aquí de mera suerte.
Andreas suspiró buscando calmarse y yo le hice saber con la mirada que estaría bien.
— Ya vuelvo, amor. — asentí gozando de la mueca de Thomas.
Ambos se alejaron entre la gente y yo tomé la copa de champagne que me ofrecía un camarero, mientras que Tom sólo negaba.
Me tomó del brazo bruscamente y mi mirada fue directo a donde estaban los socios y mi padre. Joder.
— Suéltame, imbécil.
— ¿¡Qué coño haces, ah!?
— Te repito: suéltame si no quieres que el estudio pierda a sus dos socios más importantes. — Se quedó callado unos momentos y luego sentí el alivio hacerse presente en la zona antes brutalmente presionada.
— Así que eso es Andreas en tu vida, tu ligue del momento. — Acomodé mi camisa con un movimiento del mismo brazo y el otro lo guié a mi boca, bebiendo un poco de champagne. Conseguía calmarme. — Encima lo besas delante de todos, como si no te importara.
— No me importa.
— ¿No? — Rió con desesperación, paseando su mano con cierto salvajismo por sus labios. Luego, me observó y suspiró. Yo sólo lo observaba expectante, esperando a que hablara, pero nunca lo hacía. — ¿Hace cuánto que estás con él?, ¿uno, dos meses?
— Dos
— Dos meses. Increíble.
—… dos años. — Su cara era digna de conservarla en un marco de por vida y colgarlo en la sala principal de cualquier casa. ¡Un verdadero poema!, ¡una obra de arte!
— ¿Qué?
— Llevo con Andreas dos años. Es un noviazgo serio, mi padre ya lo sabe y también el resto del mundo, lo formalizamos el año pasado. — Parpadeó algunas veces e hizo silencio. Yo me giré en mi sitio para observar el alrededor, a ver quién había llegado al lugar y los grupos que se formaban. Él seguía ahí, a mi lado y tratando de analizar correctamente lo que le acababa de decir.
— Apostemos.
— ¿Eh?
— Que quiero hacer una apuesta.
— ¿Otra? Perderás de nuevo. — Volví a mi anterior posición para prestarle atención a lo que me decía.
— Bueno, entonces no tienes mucho que perder.
— ¿Y de qué iría la apuesta?
— Te apuesto que te olvidas de dos años con él, por una noche conmigo — Alcé una ceja. ¿Por qué no era de este modo en los casos?
— ¿Quién te crees que eres, Thomas?
— Tu hermano, tu primer amor, tu primer hombre, tu primera vez en todo. — Chasqueé la lengua y choqué la copa ya vacía contra su pecho, haciendo que la tomara en su mano.
— Estás flipando.
— No es tan mala idea, hermanito… Nos vamos de aquí en mi auto, nadie notará nuestra ausencia.
— ¿Jodes? Somos los hijos de Jörg, todos preguntarán por nosotros.
— Estoy ebrio, necesito ir a casa y no dejas que maneje en estas condiciones. Simple. — Se acercó un paso hacia mí. Era arriesgado, joder. — Estoy esperando tu respuesta.
— Es que en esta apuesta sólo puedes ganar tú. — dije. — Sí o sí tengo que acostarme contigo para comprobar que eres mejor o peor que Andreas, ¿entiendes?
— Eres veloz para estas cosas, eh. — Siquiera se molestó en negármelo. — ¿Qué dices? Tengo el auto aparcado afuera.
— Tu amiga es de lo más pesada, Trümper. — Inmediatamente di un disimulado paso hacia atrás. Andreas estaba a nuestro lado, observándonos a ambos de una manera interrogante e interrumpiendo. — ¿Todo en orden?
— Claro. Oh, y acabo de enterarme acerca de lo suyo; felicitaciones.
— Gracias. — Mi hermano asintió y me miró de una manera extraña, con una sonrisa tétrica. — ¿Todo bien, Bill?
— Sí. Lo está.
Continúa…
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