«Apostemos» Temporada I
Capítulo 8.- Vivir cada segundo
— No, para nada lo autorizo.
— Pero, Bill, la gente comienza a hablar, en los medios están inventando ciertas cosas…
— ¿Cómo cuáles?
— Como que estoy dejando morir a esa niña.
— La niña es una verdadera molestia — murmuré molesto. —, pero la solución no es una entrevista, Albert. Honestamente yo creo que hay que esperar.
— ¿Esperar?
— Sí. Piensa — Giré en mi butaca, mientras que él permanecía en su posición con el vaso de whisky en la mano. —, los medios amarillistas suelen encontrarle el pelo al huevo siempre. Aunque digas puras y honestas verdades, la prensa lo descompagina todo y te hacen quedar como un bandido.
— Yo ya me estoy hartando. Entiendo tus planteos, pero entiende los míos.
— Los entiendo, Albert. Sólo pido paciencia.
— ¿Por cuánto?
— El juicio se acerca.
— Faltan dos meses para ello, no puedo salir del país y mucho menos prestar declaraciones. Será un infierno.
— Lo siento, pero el proceso es este. No se puede acele… — Thomas se encontraba a unos pocos metros, solo. Me miraba cada dos segundos casi permanentemente.
— ¿Eh?
— Acelerar. No se puede acelerar. — dije con precipitación.
— Oh. — Mi móvil empezó a sonar molestamente, sacándome de mi conversación.
— Disculpa.
— Atiende, no hay problema. Iré al baño un instante. — Se puso de pie y me dejó libre para atender mi llamada.
— Diga… ¿hola?
— Hola.
— ¿Quién eres?
— Alguien que está esperando tu respuesta.
— Amm… no entiendo.
— ¿Apostamos? — Entonces reconocí la voz de quien hablaba a la perfección. Volteé la cabeza a la dirección en donde lo había visto hace un momento, pero ya no estaba.
— Tom, esto es infantil.
— Sólo quiero oír tu respuesta, pero piénsalo.
— No hay mucho que pensar.
— Tienes razón. La pasaremos genial, es todo — Paseé la mirada por todo el salón, pero ni rastros de mi hermanastro. —; nadie está al pendiente de nosotros. Axel y Richael hablan con papá, Andreas se llevó a Georg al baño porque casi vomita de la borrachera. ¿Por qué tanta negación?
— No lo estás pensando en frío.
— Tienes razón de nuevo. Estoy muy, muy caliente. — Remojé mis labios impaciente.
— ¿Dónde estás ahora?
— Mira al escenario, al costado está la salida de emergencia. — Hice caso a sus palabras y lo encontré. Al otro extremo del salón, recargado en la pared y su teléfono en la oreja. Me sonreía y yo… dudé. — ¿Qué dices?
— Vete al infierno.
— Acompáñame. — Nos miramos unos interminables segundos y pensé como suelo pensar, importándome una mierda todo y dejándome llevar por mis instintos.
— Sal. — Después de eso corté la comunicación y lo vi abrir la puerta con velocidad y salir al exterior. Yo miré con ciertos nervios a mis costados, con toda la gente hundida en sus conversaciones, totalmente ajenas a lo que aquí ocurría. Me puse de pie mientras llevaba de nuevo mi teléfono a mi oído. Simulé estar hablando con alguien al tiempo que caminaba acelerado a la salida. Fingí molestia por la música que interfería entre mi llamada y mi audición, entonces tapaba mi oído contrario y pedía permiso con apuro.
Finalmente llegué a la puerta, luego de unos cuantos minutos donde cargué con pisotones e imbéciles que hacían oídos sordos a mis múltiples ‘permisos’. Guardé el teléfono de nuevo en mi bolsillo y abrí la puerta. Despejado de fotógrafos y lujos a mi paso, sencillamente un charco de agua añejada en un suelo demacrado y el carro de mi hermano aparcado en el borde del cordón. Me crucé de brazos observándolo. La bocina quiso apresurarme y yo amplié mi sonrisa.
— No sabes en dónde te estás metiendo, hermanito. — murmuré avanzando lentamente a la puerta trasera.
.
Ingresamos a la casa abriendo la puerta de un golpe brusco. La espalda de Thomas se había llevado la peor parte, pero no se podía ignorar mis brazos aferrados a su cuello. La cerré a mis espaldas con mi talón, haciendo más ruido que antes. La casa estaba totalmente vacía, Susan se había tomado toda la noche libre.
Me arrinconó contra la pared para abalanzarse nuevamente a mi boca. Mis manos pasearon por su nuca para aprisionarlo más contra mí, mientras nuestros pechos se friccionaban con la molestia de tener la ropa de por medio. Mi pierna se entrometió entre medio de las suyas y mi rodilla subió sensualmente hasta mi objetivo. — ¿En mi cuarto… como antes? — preguntó con la respiración rauda y nuestros labios rozándose.
— Vives del pasado. — Sujeté con violencia el cuello de su camisa y lo arrastré a la puerta de mi recámara. Nos metimos dentro sin despegar nuestras miradas deseosas del otro.
— Me agradan los cambios. — Con las manos donde las tenía, estiré de su prenda y conseguí desprenderla de un solo tirón y dejar su torso completamente desnudo a mis ojos. — Me gustas demasiado, Bill. — Se sacó con apuro la prenda, liberándose. Me llevó contra el escritorio que poseía mi cuarto y de un rápido movimiento me sentó sobre él. Se entrometió entre mis piernas y así volvió nuevamente a mis labios. Ya me estaba haciendo adicto a ellos esta noche.
Nuestras lenguas se entrelazaron de un modo casi coreográfico, poniéndonos de acuerdo con el conocimiento que adquirimos en el tiempo juntos. Ya conocía todos sus gustos, todas sus debilidades, sabía que si acariciaba su abdomen mientras lo besaba desesperadamente, enloquecía.
Él me acariciaba por sobre la ropa que todavía traía pero que pronto desaparecería. Mientras que nuestros cuerpos sentían la inevitable sensación del calor sofocante que nos invadió de un momento a otro, él se echaba encima de mí cada vez más. Tanta era la cercanía, que sentí nuestros penes rozarse por arriba de la ropa, lo que me arrancó un jadeo que me obligó a terminar con el beso si es que quería respirar y continuar viviendo. Sus manos quisieron tomar el total dominio de la situación, desprendiendo los botones de mi cara camisa de la cual poco importaba el precio o la procedencia. Ahora mi mente sólo me daba una regla: cuanta menos ropa, mejor.
— ¿Estarán preguntando por nosotros?
— Seguro. — Llegó al final de ésta y desplazó su partes lentamente y me observó embobado. Mordí mi labio de lo mucho que esto me estaba gustando. — De todos modos poco me interesa… puedes confiar en que esta será la mejor noche de tu vida.
— Tienes un poder de convicción increíble, ¿sabías? — reí y dejé vía libre a una boca hambrienta por morder y devorar mi cuello enteramente a su disposición. No hice más que cerrar los ojos y volver mis manos puños sobre la madera del escritorio. Una sonrisa placentera se encontraba ya dibujada en mis muecas faciales; gesticulación que sería permanente esta noche. — Así… — gemí cuando sus dientes mordieron la delicada piel que protege la curvatura de mi hombro y cuello.
— ¿Ahora te mola que te muerda?
— Ya me aburrí de la ternura. — rió y me provocó ciertas cosquillas involuntarias. De un momento a otro, me enderecé en mi sitio y lo empujé por los hombros, obligándolo así a que se separara de mí y dejarme sitio para ponerme de pie. Sonrió altivo y dio unos vagos pasos hacia atrás. Yo me encargué de pasear mis ojos por todo su cuerpo, llegando finalmente de nuevo a ese par de ojos avellanas que me enloquecían. Me pegué de nuevo a su figura y besé sensualmente su mejilla izquierda, acariciando la contraria con la yema de los dedos. Sus manos acariciaron mis costados con mi camisa aún de por medio, abierta de par en par pero sin querer abandonar mis brazos todavía.
Giramos en nuestro lugar y avancé a la cama con él a rastras, rozando sus labios entreabiertos en una media sonrisa de lado. Me gustaba hacer que me deseara cada vez más, haciendo amagues de hacer algo que se imagina que haré, pero que no hago… ustedes entienden.
Se sentó en el borde de mi cama, bajando las manos a mis muslos y mirándome a los ojos desde abajo. Yo me perdía en el brillo y el deseo de éstos y en la forma en que dominaban mi cuerpo casi sin quererlo.
Entonces empecé a desprenderme el cinturón ante sus ojos, contoneando mis caderas frente a él, como si una melodía tocara en ese momento. Remojó sus labios y se dejó caer sobre sus hombros en la cama. Desprendí los primeros botones de mis pantalones cuando el cinto estuvo en el suelo, la cremallera por la mitad y ahí me detuve sólo para hacer de esto algo más duradero. Me sostuve por el colchón, a un lado de su cuerpo y me incliné hacia él, esta vez siendo atraído yo por la nuca a sus labios. Ladeó la cabeza con rapidez y yo metí mi lengua en su boca primeramente; sentía miles de sensaciones increíbles que volvían a mi mente como relámpagos, recordaba esas noches en donde nos escapábamos al cuarto del otro y le dábamos rienda suelta a la locura que consumía nuestros cerebros.
— Uhg… Bill — Moví mi mano sobre el bulto en sus pantalones, consiguiendo resultados satisfactorios en su rostro y voz. La respiración era acompañada por nuestros pechos subiendo y bajando veloces, y nuestras manos no se quedaban quietas en un mismo lugar por un tiempo prolongado, sino que necesitaban explorarlo todo, aunque ya lo conocieran por completo. —, sigues siendo un… un jodido pervertido. — Mordí mi labio inferior y me enderecé frente a él para deslizar por mis hombros la camisa que ya estorbaba entre sus ojos y mi cuerpo.
Y, presuroso, me tomó por el vientre, incitándome a acercarme a su cuerpo sobre la cama. No pude evitar sonreír satisfactoriamente y complacerlo, aceptando subirme a horcajadas sobre su pelvis y besarlo como el demente que interpreto en esta escena. No había manera de detener sus manos inquietas que se paseaban por toda mi espalda. De vez en vez llegaba a colarse algún que otro dedo por mis pantalones, consiguiendo estremecerme. Mientras que nuestras lenguas hacían una y mil hazañas en nuestras bocas, la adrenalina subía y la ansiedad nos obligaba a acelerar la velocidad de lo que empezó siendo un apacible beso. Sentía que cada vez me apegaba más a su pecho igual de desnudo que el mío, buscando una fricción más absoluta. Mis manos en sus mejillas no hacían otra cosa que apretar y volver sus labios más carnosos de lo que ya eran.
— No veo la hora de hacerte mío de nuevo. — susurró divagando su boca por la piel de mi cuello, respirando agitadamente y oliendo esa zona de paso. Sentí sus dientes estirar apenas mi epidermis y viré los ojos hacia el techo, entreabriendo mis labios.
Lo empujé por los hombros obligándolo así a separarse de mí, y se recostó sobre el colchón. Lo único que quería era saborear su cuerpo y recordar lo bien que se sentía su gusto en mi boca.
Me incliné hacia su pecho, echando mis caderas a atrás y acercando mi boca a la suya. Adosé mis labios a ellos y los dejé reposar unos segundos ahí, produciendo un sonido peculiar al dar por finalizado el beso. Fui descendiendo llegando al cuello y quedándome ahí un rato largo chupando y besándolo con fervor.
Acaricié sus costados y abdomen con las puntas de los dedos, deleitándome con el contorno de sus curvas en el pecho y pelvis.
— Te extrañé, Bill. Te extrañé muchísimo. — Hinqué mis dientes en su fornido pecho y oí un gruñido por su parte. Siempre le encantó que muerda o rasguñe de este modo su cuerpo, porque le gustaba que quedaran marcas de la noche anterior que le recuerden lo vivido.
— ¿Tu novia no se enfadará por las marcas que dejé en tu cuello? — interrogué divertido.
— Ya quisiera.
— Entonces, ¿qué es?
— Nada. Es alguien que simplemente me ayuda. — alcé una ceja, encargándome de su cinturón con habilidosas manos.
— ¿En qué sentido te ayuda?
— Vamos, Bill, es obvio. Estoy caliente, tú estás ocupado odiándome y entonces me la follo.
— Eres tan sensible.
— Oye… ¿qué haces, pequeño? — reí bajo, ahora, bajando el cierre de la cremallera de sus jeans y dejando vía libre a hacer lo que quisiera con él.
— Deja de llamarme pequeño.
— ¿Por qué?
— Porque ya no tengo quince años, hermano.
— Ya eres todo un hombre — Sonreí cuando alzó las caderas para dejar paso al retiro de la prenda. —, ¿y qué hará el hombre ahora?
— ¿Tú qué crees? — dejé caer al suelo la ropa, sacándole de paso las zapatillas que seguro comenzaban a molestarle.
— Me la va a chupar.
— ¿Qué comes que adivinas?
Él mismo se bajó los bóxers, dejando su polla descubierta frente a mis deseosos ojos. Deslicé la prenda íntima por sus piernas sin ser capaz de alejar mi mirada de su virilidad prominente. Mis largos dedos rodearon la base de su pene y lo sujetaron con firmeza. Esto provocó que formule una mueca de placer en silencio, mientras que sus ojos no dejaban de observarme. Eran como dos presiones sobre mis actos.
— Sí, sí, cariño, toda…— Me sesgué hacia su polla y lo observé con agrado. Mi lengua recorrió con lentitud toda la eminente longitud de su falo. — ¡Ouh, Bill! — Lo vi morder su labio con fiereza después de soltar semejante gemido. Rocé la punta con mis dientes delanteros, haciéndole sentir una especie de dolor y placer al mismo tiempo. — Joder… cómetela de una puta vez, Bill. — Sus manos apretaron las sábanas que cubrían mi cama con fiereza.
— No sé si pueda… es demasiado grande.
— Sólo con que me digas cómo te sabe soy capaz de correrme en tu cara. — alcé las cejas sorprendido. ¿Cuándo se convirtió en alguien tan guarro?
— Mierda. Me calientas más que antes. — Y sin decir más, metí en mi boca todo lo que entró de su pene en mi boca.
— ¡Aaah, sí bebé! — gimió ronco echando la cabeza hacia atrás durante unos momentos y luego volverla a mi dirección. Frunció las cejas abriendo la boca y respirando fuerte por allí, sin alejar la mirada de mi boca chupando de arriba para abajo, con mi mano derecha intentando abarcar su pene enteramente, pero siempre quedaba algo libre. — Sigue, hermoso… sí, sí. — Yo simplemente obedecía gimiendo de puro gusto, sabiendo a la perfección cuánto le molaba que lo hiciera. — ¡No, no me hagas eso! — Puse los ojos en blanco mientras se la mamaba como nunca antes, descubriendo cómo le gustaba. — Así, así, nene… vamos. — Con su mano en mi nuca me guió en un salvaje sube y baja con mis labios alrededor de su glande, casi ahogándome de a ratos. Era una locura. Dios… ¡qué locura! No sólo eran las sensaciones que se encargaba de hacerme sentir con un gemido o con un movimiento, sino que eran oleadas de recuerdos que goleaban mi mente de un momento a otro. Recordaba las veces que lo toqué, besé, sin embargo, hoy era completamente diferente, era como una primera vez, como si cinco años lo hubieran cambiado todo. ¿Cuánto puede cambiar alguien en cinco años? — ¡Joder…! No, n-no… — Me soltó y pude sacar su pene de mi boca para observarlo… totalmente erecto y brilloso frente a mis ojos. La tentación y toda para mí. — Dime… — tomó aire. —, ¿te gusta?
— Me encanta. — mordí mis labios unos segundos mirándolo a los ojos lujuriosamente. — Siempre me ha encantado el sabor de tu cuerpo.
— Ven aquí. — Extendió sus brazos y no pude resistirme a ir a su encuentro. Subí hasta su rostro, donde me besó con pasión, abrazándome por la espalda baja y girando de improvisto sobre el colchón, penetrando mi boca sorpresivamente con su lengua. Entonces, debajo de su cuerpo, quedó libre para comenzar a deshacerse de mis pantalones que aún continuaban molestando mi cuerpo con su estrechez. Pasaron por mis piernas como de paso y luego terminaron su trayectoria en el suelo. Fue tarde para arrepentirse de dejarlo avasallar tanto todo al darme cuenta de la ausencia de mi ropa interior, entonces estuvimos los dos en la misma situación. Nuestros miembros rozándose insistentes, deseosos de atención, mis manos avasallaron su pecho completamente extendidas y mis ojos recorrieron los músculos de su rostro con deleite.
Me atrajo a su cercanía por el agarre que ejerció velozmente en mis brazos. Sus labios fueron el anzuelo perfecto para mi boca deseosa.
— Mmmh… — Sujetó mi cintura con fiereza y fue bajando, sintiendo la suavidad de mi piel mil veces intensificada por la presión de sus yemas. Mientras que su lengua hacía de la mía un batido de tantas vueltas y enrosques que se cargaba en mi boca, su mano derecha iba por mal camino en mi cuerpo; la sentía buscar algo cuando rozaba apenas mi piel. Hasta que la punta húmeda de su polla jugueteó en mi entrada. Entonces sentí invadirme un escalofrío de pies a cabeza. Seguro lo notó. Mierda… lo notó — ¿Qué ocurre, hermanito? — preguntó despegándose de mis labios y sonriendo vanidosamente.
— Nada.
— Pareces un virgen.
— Puedo asegurarte que eso es falso.
— Lo sé, yo te desvirgué. — sentí el odio carcomerme por dentro al oír esa palabra. ¿Desvirgar? ¿Eso fue lo que hizo? ¡Mi primera vez! ¡Y fue con quien yo amaba! Mientras que mi inocente cabeza de quince años lo imaginaba como hacer el amor, este mal nacido lo llamaba así.
Entonces descargué toda mi ira contenida y aprisionada en el descenso repentino sobre su polla, cerrando los ojos con fuerza y rogando sentir placer para acallar las voces que me exigían golpearlo hasta matarlo.
— ¡Bill! — gimió con voz ronca.
— Cállate. — gruñí elevándome lentamente con presión en mis rodillas sobre el colchón. Hinqué mis uñas salvajemente en su pecho, recordando o queriendo recordar cómo me sentía la noche en que sentí el primer te amo. Hoy podría decir el primer… — Te odio. — Mordí mi labio y volví a bajar. Joder, me encantaba.
— Sólo muévete. — acarició mis piernas de arriba para abajo, buscando descargar en algo los futuros espasmos incontenibles de placer. Haciendo más caso a mis instintos que a sus pedidos, comencé a moverme con los ojos cerrados. Sonreí inconsciente de repente por sentir el goce. El sexo tiene un gustillo especial cuando sabes que no debes estar haciéndolo; no por el lugar, no por las circunstancias, sino por la persona. A eso se lo llama morbo, ¿cierto?; bueno, me resultaba morboso.
— Oh, sí… — mordí mi labio mirándolo fijamente. Deseoso de probar esos labios una vez más, me incliné sin dejar de ejercer ese entra y sale en qué consiste todo este rollo.
Entre jadeos prolongados y movimientos acompasados, unimos nuestras bocas, sumándole algo del necesario salvajismo al acto. Nuestras lenguas se divirtieron creando figuras y recorridos nuevos entre ellas mismas. Mientras que nuestros brazos abrazaban al contrario con posesión, pero dejándolo lo suficientemente libre para el movimiento, las cabezas se ladeaban de lado y las ganas de gritar aumentaban. Sentía sus manos no detenerse, inquietas. Subían lentamente por mis piernas, hasta la cintura, donde descansaba un poco y me proporcionaba múltiples caricias en todas las direcciones. Luego, continuaban por mis costados, subiendo y bajando en más de una ocasión. Finalmente llegaba a mi cuello, tomando el atajo de mi pecho, y me presionaba para aumentar la profundidad del beso.
— ¿Sabes? He estado con… con muchas mujeres y… ho-hombres en este tiempo — susurró y rozaba mis labios a cada palabra. —, y aunque la pasé bien… joder, nadie se te compara. — sonreí de lado y tuve que enderezarme a la fuerza cuando se le ocurrió sentarse repentinamente. Adoraba los movimientos bruscos en mitad del encuentro, era algo que me hacía saber que el control era nómade, rotándose.
— Te has vuelto demasiado soberbio. — Fue a por mi cuello sin pedir de mi autorización. Totalmente erguido era un punto a mi favor al momento de moverme sobre su polla totalmente erecta.
— Me vas conociendo de a poco… ¡aaah! — no aguanté ese gemido desesperado que necesitaba emerger de mi garganta. — Joder, sí, sí… ¡oh, mierda!
— Yo ya te conozco, hermanito. — reí con poco aire, apretando las trenzas en su nuca y alejándolo de un tirón de mi cuello. Se quejó en silencio sin borrar una sonrisa de aprobación que delataba su interés en el ámbito masoquista.
— No juegues con fuego, Tomi.
— ¿Miento, acaso? S-sabes que es verdad. — Achiné mi mirada sobre la suya, sujetándome de sus hombros y bajando la velocidad de a poco, pero sin detenerme del todo.
— No me subestimes.
— Jamás. No subestimo tus facultades… sino la forma de emplearlas. — alcé una ceja y apresó mis labios con desesperación evidente, mientras rodábamos en el colchón otra vez. Sin salir de mi interior se posicionó arriba de mi cuerpo. Concentrado en su beso estaba mi mente y cada célula de mi cuerpo. No había nada mejor que un beso de Thomas, y lo he olvidado por momentos, pero es la pura realidad. Besa de puta madre, más si le sumamos sus manos curiosas tocando donde cualquiera enloquecería al más mínimo roce. — Esto es como una… una recaída después de tanto tiempo en rehabilitación — dijo liberando mis labios y observando mi mueca de placer ante sus lentos movimientos dentro de mi cuerpo. —, eres la droga que tanto quise evitar por estos años.
— No puedo saberlo… nunca sufrí una… mmmh… una recaída.
— Sabes que no hablo en sentido literal…, no me refiero a tu adicción.
— Nunca la sufrí, Tom. — frunció el seño. — La droga sí fue indispensable para mí, tú no. — rió bajo y se irguió en su sitio, sujetando mis rodillas y abriendo más mis piernas. Mordió su labio con necesidad cuando me observó de arriba abajo sin perder detalle.
— Esta noche no te daré tregua alguna, Bill. — Una fuerte embestida me hizo movilizarme sobre la cama violentamente.
— ¡Aaah, sí!
— Ha pasado tiempo y quiero recompensarlo. — apreté mis puños con la sábana como víctima ante la segunda. Su cara era digna de un enfermo, un demente a punto de cometer una locura con todo el sentido de la palabra. Estaba sediento de más, de un buen polvo que se hizo de rogar por cinco inmundos años.
— ¡Joder, así, Tom!
— ¿Así? — otra estocada tan o más violenta como las anteriores. — ¿¡Así!? —… otra.
— ¡Maldita sea, sí! — le oí reír y me contagió. Cómo nos gusta hacer sufrir al contario, es tremendo. — Y deja de gritarme porque vas a sufrirlo.
— Te grito todo lo que quiero, pendejo.
— Vas por mal camino.
— Me la suda.
— ¡Sólo muévete, Thomas! — soltó una risa con hilaridad y empezó a moverse con fiereza, haciéndome sentir un poco de dolor en las primeras estocadas inesperadas. Creí que esperaría un poco más, joder. — Aah… maldita sea, ¿cómo es que estás… tan apretado?
— Genética… oh, carajo.
— Bendita genética — echó su cabeza hacia atrás casi con agobio y respiró agitadamente, gimiendo bajo pero audible para mí. —… Bill… Bill…
— Oído… mmmh…
— ¿Eh?
— ¡Oído, coño! — captó a la segunda y obedeció.
— Te sigue… gustando. — asentí apurado y lo recibí sobre mi cuerpo, con mis brazos sobre el colchón a mis costados, aumentando el calor ya insoportable. Apoyó sus codos a ambos lados de mi pecho y jadeó en mi oreja, dejando la calidez de su aliento esparcido por allí.
— Aah… aah, así, así. — Me volvía loco hasta oír los crujidos que la cama soltaba de a ratos. Era locura, era enfermedad, ¡era mierda pura! Y me encantaba.
— Oh, Bill… sí, sí. — gemía en mi oído y yo cerraba los ojos, dejándome llevar por la brisa imaginaria que me llevaba a volar por las malditas nubes. — Me traes loco, Bill.
— ¿Y por qué?
— Porque eres único, hermano. Tú y… tu maldito ego. — sonreí.
— ¡Aaagh! — gemí entre dientes y su piel sufrió las consecuencias de las sensaciones que él mismo me producía con sus expertos movimientos. — Oh… así, así… ¡no te detengas! — Volteé mi cabeza apenas y lamí su cuello, consiguiendo resultados satisfactorios en su voz y cuerpo. Sentí un escalofrío recorrerle y erizarle los vellos de la piel a pesar del calor insoportable.
— Bill…
— Más, Tom… aah, aah, aaah… más fuerte… ¡Joder, así! — gemía contra la piel de su cuello, entornando los ojos con delirio y explorando la superficie de su espalda resbalosa del sudor. Una leve cosquillita me atravesó la frente y finalizó en mi sien. A mí también me agobiaba el sudor.
— Mierda, necesito verte. — se enderezó un poco, sosteniéndose por los puños y de este modo observarme. Ni me preocupé en crear una mueca porno para su satisfacción, cualquiera de mis caras de placer lo excitaban. — Sí, sí… gime para tu hermano, belleza.
— ¡Aaaah! Mmmh… ¡dame así, Tom!
— ¿Te gusta? ¿Uhm?
— Me encanta, ¡por Dios, lo adoro! — Enterré mi nuca en la almohada, siendo totalmente descuidado con mis rastas cuidadosamente arregladas para la noche. Nada importaba. Nada quedaba de una noche de gala y privilegios si acabas cogiendo con tu hermano. — Voy a correrme.
— No.
— Pues para… ¡Oh, mierda, mierda!
— N-no puedo… joder, ¡deja de hacer esas caras!
— ¡Para! — ¿Cómo quiere que deje de gozar si no detiene su necesitado miembro?
— ¡Mierda! — De repente salió de mi interior, gesticulando molestia.
— Qué enfermos. — asintió y se abalanzó a besarme con fervor, sin darme tiempo a respirar siquiera.
Su mano manoseó mi polla, masturbándome lentamente. Dejé mi boca abierta de par en par para soltar el aire en un jadeo, mientras él jugaba con el interior de mi boca utilizando su lengua como arma. La paseó sensualmente por mi paladar una y otra vez.
— A cuatro. — dijo de improvisto, alejándose y poniéndose de rodillas, acabando cualquier tipo de contacto entre ambos. Entonces alcé una ceja, desafiante.
— ¿Y qué recibo a cambio?
— Mi pija bien encarnada en tu culo. — negué incrédulo.
— Qué bruto, Thomas. Debes ser más delicado. — dije mientras cumplía su pedido con ganas, apoyando mis manos y rodillas en el colchón, dejando mi trasero a su total disposición.
— Bueno, en tu cola. — solté una carcajada mientras sentía sus manos manosear mi cola, como él lo llamó con descaro.
— Cola tienen los animales.
— ¿No somos eso, acaso? Además, en esta posición suelen aparearse.
— Suena coherente.
— Los perros, principalmente. — Sentí movimientos innecesarios en la cama, pero los ignoré en la espera de la intromisión para terminar lo que empezamos. — ¿Sabes qué más hacen los perros?
— Emm… sí, ¿pero qué tiene que…? ¡Aaah, Thomas! — exclamé cuando su lengua se deslizó por entre mis nalgas, jugando a querer penetrarme, pero sin ingresar del todo. — ¡Joder, joderrrrrr! — Tomé aire de a grandes bocanadas y luego apreté mis manos. Espero no cortarme con mis propias uñas porque lo lamentaría en la mañana.
— Cool, eh.
— Mierda, me fascina.
— Lo haré con cada parte de tu cuerpo. — Subió de a poco, dejando un recorrido fresco cuando la leve brisa que se colaba por la ventana golpeaba contra mi piel. Sujetándose de mis caderas fue ascendiendo de a poco, remojando su lengua de vez en vez en el trecho de mi espalda. Mis piernas flaqueaban de a ratos, pero recordaba que tenía que mantener mi peso y recobraba la estabilidad.
— Eres tan bueno en esto, Thomas.
— Debo admitir que gran parte lo he aprendido contigo. — sonreí.
— Debo admitir que tienes razón. — Un apretón en mis caderas sirvió como regaño de su parte y eso amplió mi sonrisa.
Había llegado a la altura de mis hombros y ahora descubría con delicadeza mi nuca, dejando a un lado mi cabello. Sus labios se posaron suavemente ahí y besó apenas, haciéndome desearlo con todas mis fuerzas.
— Adoro el olor de tu piel — susurró y besó otra vez. Mientras sentía su abdomen pegado a mi espalda, algo en mi mente dejaba de funcionar, creo que era la cordura que se había ido a la mierda literalmente. Sólo quizás. —, y cómo se siente pegada a la mía también.
— Tom… — jadeé sintiendo su pene introducirse lentamente en mi cuerpo otra vez. Lo hacía todo tan silencioso que ni enterado de sus movimientos.
— Jamás podría cansarme de esto. Creo que es en el único terreno en que nos entendemos.
— Concuerdo. — reímos y hundió su rostro en la curvatura de mi hombro y cuello, penetrándome del todo y soltando un gemido ronco que fue silenciado apenas por mi piel.
— Maldita sea.
— Recuerda que debes responderme algo — mordí mi labio inferior. —… si lo he borrado. — Méndiga apuesta.
— No me recuerdes eso ahora… leb die sekunde, Thomas. — rió por lo bajo y empezó a moverse de a poco.
Continúa…
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