«Apostemos» Temporada I

Capítulo 9.- Deberías parar

Abrí mis ojos pausadamente, intentando adaptarlos sin éxito alguno a la luz solar vespertina. Me movilicé apenas entre las sábanas, sintiéndolas acariciar mis muslos desnudos. Joder, ¿qué horas eran? Menos mal que era domingo, de lo contrario, ya me habrían regañado mil quinientas personas vía buzón de voz.

Rasqué mis párpados adormilados y me senté en el colchón, apoyando mis pies sobre el suelo. Observé por arriba de mi hombro a mi hermano aún dormido, quien se giró en su sitio, todavía dormido. Lo observé superficialmente, divagando mis ojos por toda su figura totalmente desnuda debajo de esas sábanas blancas. Maldije mentalmente y me puse de pie. Desnudo fui hacia el placar en busca de ropa para el día. Común, cómodo, no más. Hoy no habría estudio, así que no…

— Maldición. — maldije tomando con prisa el celular que dejé encendido toda la noche y ahora sonaba demandante. — ¡Cállate, cállate! — murmuré entre dientes tomando el teléfono que continuaba chillando y amenazaba con despertar a Thomas.

— ¡Apaga eso!

— Diga. — Dije continuando con mi búsqueda en el placar.

— Tu padre nos quiere a todos en el estudio.

— Pero, ¿qué pasó?

— No tengo idea. Sólo dijo que está muy molesto con todos y debemos ir de inmediato.

— Oh, jodida sea mi suerte. Nos cambiamos y vamos. — Se generó un silencio algo incómodo entre mi pareja y yo. Sí, estaba hablando con él sin ningún tipo de remordimiento al respecto.

— ¿Se cambian?

— Thomas sigue durmiendo, Andreas.

—…Vale.

— Nos vemos allá.

— ¿Qué pasó? — Tomé unos pants viejos y me los puse por arriba de mi desnudez. Al menos me cubrirían de la vista de cualquier ser vivo hasta estar en el baño.

— Andreas dice que Jörg nos quiere en el estudio.

— Es domingo, ¿no recuerdan eso?

— Él no tiene la culpa, es tu padre que está con los cables cruzados.

— Bah. — se desperezó en el colchón, deslizando las sábanas y haciendo que se vea en su total plenitud el abdomen marcado que tanto toqué y besé a lo largo de la noche. — ¿Y cómo seguimos?

— ¿Disculpa? — Me crucé de brazos al pie de la cama, observándolo sonreír de manera traviesa; de algún modo eso no era bueno.

— Nosotros, ¿cómo seguimos después de lo de anoche? — Me encogí de hombros sin muchos afanes de escucharlo.

— Fue un buen polvo, lo admito.

— Entonces me estás dando a entender que he ganado la apuesta.

— Si crees que había alguna manera de que no fuera así, entonces eres un idiota.

— ¿Eh?

— Thomas, de todas maneras ganabas tú, era una apuesta sin salida.

— No, no, no. Tú estás equivocado.

— ¿Equivocado? Vaya… ha pasado tiempo desde la última vez. — rodó los ojos.

— Follamos, ¿vale?

— No hace falta mucha ciencia para entender eso.

— ¡Espera!

— ¡Es ananá!

— ¿Eh? — No va a entender porque le falta gran parte del cerebro.

— Sigue.

— En fin: hemos follado y tú también has follado con Andreas, es decir, estás en condiciones de elegir quién es mejor.

— Amm… yo no recuerdo que la apuesta se tratara de eso.

— ¿Cómo que no?

— Tú dijiste que podrías borrar dos años en una noche.

— Pero, resumidamente…

— Resumidamente perdiste.

— ¿Vas a negarme que te moló mucho más que con él?

— No. Pero si yo quisiera follar ahora con alguien, elegiría a Andreas.

— Mientes. — sentenció sentándose en la cama con sus puños sosteniendo el peso total de su cuerpo.

— Piensa lo que quieras. Yo tenía ganas contigo y me las he sacado. Fin del cuento.

— Pero gané.

— ¿Sólo te importaba ganar?

— Sí. Vamos uno a cero.

— Dios… eres un idiota.

— Un idiota que va aprendiendo a jugar tu jueguito. — Lentamente, una sonrisa se fue formando en mi rostro. Escondía muchas cosas; entre ellas, maldad. — ¿Qué?

— Apostemos.

— Joder, acabamos de salir de una apuesta y quieres entrar a otra, eres insaciable.

— Si vas aprendiendo a jugar mi juego, entonces quiero hacer una apuesta para ver quién es más débil aquí.

— Te escucho. — dijo con interés.

— ¿Quién será el siguiente que ceda ante el otro para enfriar su calentura?

— Sabes que no soy bueno con eso de la abstinencia.

— Puedes hacerlo con quien quieras.

— ¿Tiempo?

— Ya dije, hasta que no aguantemos más y uno tenga que dar el primer paso. — Pensó unos momentos el grado de conveniencia en esta apuesta.

— Puede llevar mucho tiempo.

— Conociéndote, no durará más de dos días. — Me fulminó con la mirada. Tengo todas las de ganar.

— Está bien, tenemos una apuesta. — Caminé hasta su altura con paso desdeñado, con una media sonrisa en el rostro. — Pero antes quiero hacer algo. — Se puso de pie enfrente de mí, descubriendo su cuerpo por completo y dejándome a la vista… todo. Quería debilitarme.

Después de recorrer su cuerpo entero con mis ojos, sonrió satisfecho creyendo hallar su victoria, esa victoria a la pequeña prueba que estaba haciendo antes de apostar. Tomándome por la cintura con manos violentas, me pegó de un choque a su pelvis y tomó control de mis labios en libres movimientos. Penetró mi boca con su lengua y yo correspondí a ello mientras mis manos acariciaban su espalda con embeleso evidente. Juraría haber oído un gemido emerger entre nuestras bocas, pero el ruido de la calle me confundió y lo di por perdido. Ladeó la cabeza para llegar más allá y me sentí en las nubes, hasta que sus manos subieron más y más en lo poco de oxígeno que nos quedaba, consiguiendo provocarme un escalofrío que él no pasó por alto. Por un momento sonrió, creyó haber logrado su cometido.

— Ahora sí. — dijo y dio un casto, pero ruidoso beso en mis labios, soltándome. — Apostemos. — Friccionamos nuestras manos y sonreí.

— ¿Qué quisiste hacer con eso? ¿Querías provocarme?

— Lo conseguí. — negué con tranquilidad.

— El único que anda despierto por aquí — Bajamos la mirada al mismo tiempo, encontrándonos con su miembro algo erecto, necesitado de cierta ayuda. —… eres tú. — Lo miré a los ojos y vi que apretaba los dientes, lamentándose.

Me alejé al placar nuevamente, tomando el traje que usaría hoy, colgado en una percha.

— Apúrate porque llegaremos tarde. — Oí la cama quejarse cuando dejó caer su cuerpo en ella. Yo abrí la puerta queriendo contener una carcajada, pero pude entender una inocente maldición.

— ¡Mierda!

.

— Espero que valga la pena, Jörg. Sacrifiqué un domingo en venir aquí.

— ¿No te bastó con el lunes, el martes, miércoles, jueves y los demás días de trabajo?

— Estuve aquí todos esos días.

— ¡No lo parece! — vociferó histérico y mirándonos a todos sentados en la larga mesa del despacho de juntas. — ¡Pareciera que nadie ha venido a trabajar en semanas!

— ¿Pero por qué, Jórg? — preguntó Andreas confundido.

— Por esto — Tiró a lo largo de la mesa una carpeta amarilla, de esas en donde guardamos los casos en proceso. —…, por esto — otra. —… ¡por esto! — La última. —, ¡por tres casos de personalidades importantísimas en el país y Europa totalmente incompletos! — Silencio. — Díganme a qué vienen al estudio.

— Papá, cálmate. — susurró Thomas del otro lado de la mesa, bien en frente mío.

— ¿¡Cómo pides que me calme si ustedes no hacen más que fastidiarme!? Les doy la posibilidad de crecer, de aumentar su capacidad jurídica en campos totalmente envidiables, ¿¡y así me pagan!?

— Oye, espera. — interferí ya cansado. — Dices que no hemos hecho nada, pero Thomas y yo estamos esperando la afirmativa de la otra parte para empezar a movernos. No podemos hacer magia.

— Sé eso, pero dime, ¿ya vieron las características de la casa derrumbada?, ¿ya solicitaron una copia del contrato que se firmó?, ¿saben por qué parte del negocio constructor van?, ¿si la casa en Argentina aún está en pie o no?, ¿investigaron qué planes tenía Gómez aquí? Porque, digo, no se puede venir simplemente a vivir a Alemania sin un empleo, ¿o sí? Hasta donde yo sé, el dinero no cae del cielo en paracaídas directo a tus manos. — bufé fastidiado y no aguanté.

— No me vengas a dar clases de abogacía, Jörg.

— Cierra la boca y dígnate a escuchar. — sentenció. — No quieras hacerte el abogado estrella de este estudio, Bill, a mí no me llegas ni a la sombra.

— Tu tiempo ya pasó, Jörg. Sé cómo hacer mi trabajo, de hecho tengo el doble de reconocimientos que tú a mi edad, así que habla con quienes debes hablar en realidad. El caso Cortez marcha excelentemente. — finalicé y rió sin querer hacerlo, estupefacto.

— ¿Qué es esto? ¿Un estudio jurídico o una guardería? ¡Creo que no saben con quién están hablando! — golpeó la mesa con su puño cerrado, observándonos a todos. Nadie se atrevía a mirarlo, sólo yo. — ¡Quiero avances y los quiero ahora! — otro golpe más. —, ¡quiero que todos se pongan a pensar y vean qué hace falta en cada caso! ¿O es que acaso no pueden hacerlo de a dos siquiera? Es el colmo… no son casos individuales, lo cual sería más entendible, ¡sino que son dos los que piensan y veo estos resultados! — En el silencio que se había formado se escuchaba claramente la agitación que había en su respiración ruidosa.

— Papá, cálmate por favor. — volvió a pedir Tom.

— Me calmaré cuando llegue cada pareja a su juicio con todo resuelto. El tiempo corre y no están avanzando. — Miré a Andreas, indicándole con la mirada que lo dijera. Quizás esto lo ponía más feliz.

— Señor.

— ¿Qué quieres? — Vaya… para que le hable de ese modo a su abogado predilecto ha de estar muy enfadado.

— A Bill y a mí nos dieron la fecha de la sentencia. Se dictará pasado mañana.

— ¿Hablas en serio?

— Así es. Y como se especula en los medios de comunicación y en la corte misma, parece que será todo nuestro. — sonrió triunfante y Jörg lo imitó.

— Pues… ¡ésa es una buena noticia! — Me crucé de brazos. — ¡Eso sí que es bueno! De estas cosas estoy hablando: la victoria por sobre todo. — El rostro de Thomas se giró y observó mi perfil. Yo sonreí tristemente sabiendo lo que pensaba: somos iguales. Soy el vivo calco de la persona que más odio. Soy idéntico a mi padre. — Ahora todos a trabajar, vamos. — Nos pusimos de pie y, entre murmullo y ruidos de papeles, íbamos saliendo. — Tú no, Bill, siéntate.

— Estoy bien aquí. — dije apoyado sobre la mesa, frente a frente con él. La puerta se cerró y quedamos completamente solos.

— Que sea la última vez que me desautorizas de ese modo frente a todos. Eres un abogado más aquí, me debes respeto al menos en este edificio.

— Si tú no respetas mi trabajo, no me respetas a mí. No puedes pedirme algo que no das, Jörg.

— Respeto tu trabajo.

— No, sólo prendes el televisor y oyes que todos dicen que Cortez está estancado. Tenemos miles de ideas en mente, no hables de algo que no sabes.

— Bill…

— Y te voy a pedir por favor que dejes de desclasificarme frente a los demás.

— ¿De qué hablas?

— Que no te llego ni a tu sombra, de eso. No lo digas más.

— Pero… ¿qué tiene de malo? Todos saben que es cierto, que soy uno de los mejores abogados retirados. Para igualarme te falta mucho, pero no digo que no lo consigas, de hecho vas por buen camino, hijo.

— Mira, me da igual cómo lo veas. Yo lo veo como una muestra de debilidad y para mí esos no son mis amigos — señalé la puerta. —, son la competencia, y no quiero verme débil frente a la competencia, ¿captas?

— Estás tan concentrado en superarlos que no te das cuenta que ya lo has hecho.

— Mírame a los ojos… ¡Mírame a los malditos ojos! — Alzó la mirada con el brillo que anuncian las lágrimas en ellos. — ¿Por qué me das palabras de aliento cuando me acabas de defenestrar de ese modo frente a todos? — Yo comenzaba a sentir las ganas inmensas de llorar de mera bronca e impotencia. — ¿Por qué me tratas de fracasado frente al mundo y en privado dices estar orgulloso de mí? Eso es de hijo de puta, Jörg. — Una lágrima se fue deslizando por su mejilla. — El día que estés verdaderamente orgulloso de mí, dejarás de compararme todo el tiempo contigo.

.

— ¿¡Que hiciste qué cosa!?

— Aprende a bajar el jodido tono de voz, Georg.

— Ya, ya, pero te advertí que no lo hicieras, ¿o no lo hice?

— No fue un error.

— ¿¡No!?

— Aquí vamos de nuevo. — viré los ojos meneándome en la silla de mi escritorio hacia uno y otro lado mientras su cara se deformaba en una mueca de enojo.

— ¿Has olvidado lo que te hizo hace…?

— Siempre vas con el mismo discurso bajo el brazo, Georg. Y no, no lo he olvidado, es por eso que hago esto, para vengarme de alguna manera.

— Oh, claro, ahora se llama venganza perder la dignidad. — Mis ojos se clavaron fijos en los suyos envueltos en una mirada amenazante.

Unos golpes a la puerta nos interrumpieron.

— ¡Adelante! — Mi hermano penetró mi despacho y Georg desvió la mirada murmurando unas maldiciones por lo bajo. Thomas fue testigo de la tensión que se había formado allí, pero trató de ignorarla.

— Acabo de colgar con Cortez y ya confirmé el día y horario para visitar la casa derrumbada — asentí desanimado. —, además nos alcanzará los contratos que mantiene con los inversores en agricultura de Norteamérica.

— ¿Cuándo haríamos la visita?

— Este viernes a la mañana.

— Bien.

— ¿No te anima la idea? Digo, es un gran avance.

— Sí, pensaba hacerlo pero no en este orden.

— Bueno, cualquier cosa estoy en mi despacho. — Luego de esto se giró y salió por donde entró, cerrando la puerta y así dar lugar al silencio. Entonces dejé descansar la frente en la palma de mi mano y suspiré. Cerré los ojos un momento y me imaginé lejano a este mundo tan veloz y arrogante.

— Oye. — oí su voz lejana y en cierto modo la odié. Quería quedarme ahí, en la oscuridad y la indiferencia de mis ojos cerrados y mi respiración pausada. No ver lo que diariamente me rodeaba me hacía pensar que en verdad ya no estaba en él y lo parecido a mis años de drogadicto me hacía recordar tales épocas. — Bill. — Abrí mis ojos contra mi voluntad y lo miré interrogante. — Estás preocupándome — Me enderecé en mi lugar y traté de concentrarme en mis papeles y anotaciones bastante desacomodadas. —, estás manejando demasiada presión, creo que deberías parar.

— ¿Parar? — volví mis ojos a él. — Y dime cómo sería eso de parar. ¿Puedes tú hacerlo?

— Sí. Claro que se puede. Tómate todo más relajado, amigo.

— Pasa que nosotros no somos iguales, Georg. Tu padre no es un ícono del sistema judicial nacional, tu padre no es alguien a quien nombran y sólo se oyen cosas admirables que hizo y los casos que ganó, tú no tienes que cargar con un apellido que trae tantos intereses encima, no tienes que andar por la vida superando a quien te trajo al mundo constantemente, porque todos están esperando que yo sea el doble de lo que él ha sido y sigue siendo, todos creen que tengo todas las respuestas y que el éxito ha nacido colgado de mis bolas, Georg. — dije exasperado. — Nací con esta presión, no hay modo de cambiarlo.

— ¿Qué es lo que tú esperas de ti mismo, Bill? Porque hay veces en donde debes ponerte a pensar en eso antes que del mundo alrededor.

— Eso no importa.

— Sí que importa.

— No, amigo. No importa lo que yo espere, sólo lo que pueda hacer. — respiré hondo y nadie habló de nuevo. Observé sin sentido el bolígrafo que tenía entre mis dedos, como buscando una respuesta en lo más absurdo y ordinario. — Dilo; sé que quieres decirme lo que piensas.

— No…, no importa.

— Hazlo.

— ¿Por qué tanto interés en que te diga lo que sabes?

— ¡Porque quiero confirmar que no queda una maldita persona en este mundo que me crea capaz! — grité al fin.

— No es que no te crea capaz, pero es que cualquier persona en tu situación sufriría una recaída, hermano.

— ¿Cuando dices en mi situación, te refieres a las drogas? — desvió la mirada. — Escucha, han pasado dos años desde que salí de ese sitio jurando no regresar nunca jamás y cumpliré con mi palabra. — Lancé la lapicera a lo largo del escritorio, como deshaciéndome de cierto peso. —, aunque nadie crea en ello.

.

— ¿Por qué lo haces, Bill?

— No sé de qué hablas.

— Sabes perfectamente. Susan me ha mostrado lo que halló esta mañana en tus bolsillos.

— No era mío.

— Esa es una excusa típica.

— No quita que sea cierta. — Caminó con paso desesperado hasta la cama donde yo estaba sentado, arrodillándose frente a mí y así conectar su mirada con la mía. Sus ojos dejaban en evidencia la angustia que últimamente ha estado sofocándolo.

— Hijo… por favor.

— ¿Qué, papá? — interrogué cansado.

— Deja de drogarte, te lo suplico.

— ¿¡Qué!? ¡Yo no me drogo, maldita sea! — grité y una lágrima bajó por su mejilla.

— ¡Estás todo el tiempo como en otro mundo! ¡Tus ojos hinchados y colorados junto con tu falta de apetito te delatan, Bill!

— ¡Bah! Puras alucinaciones tuyas. — desvié la mirada a la puerta, enfrente mío.

— ¿Seguirás negándomelo?, ¿seguirás ignorando a las personas que te aman y quieren lo mejor para ti? — sollozó. — Tienes dieciocho años y un talento increíble, no dejes que se pierdan por una picardía.

— No me drogo, papá, ¿no entiendes? — Seguía sin mirarlo y otro sollozo escapó de sus labios. — Dios… eres ridículo. — Se puso de pie entre lágrimas y aflicciones y se quedó mirándome durante unos interminables minutos. Sentía miles de reproches dar justo en mi nuca.

— Eres mi hijo, mi gran orgullo, si eso es ser ridículo entonces lo soy. — susurró. — Sólo quiero cuidarte, pequeño. — Su mano acarició mi revuelto cabello con delicadeza y oí que reía desanimado. — Te amo. — Dejó su mano inmóvil sobre mi cabeza unos pocos segundos más y luego se alejó caminando con calma.

Abrí mis ojos de repente, encontrándome con el cielorraso de mi recámara. Asustado, me senté de repente y respiré la veraniega brisa que se filtraba entre las cortinas, por la ventana abierta. Corroboré que había sido un sueño observándolo todo de un modo superficial. Mi placar, mi espejo, mi mesita de noche, mi equipo de audio, todo continuaba ahí haciéndome sentir a salvo. Pero no se había tratado de un simple sueño, sino de un recuerdo.

— Joder. — volví a dejarme caer en el colchón, con mis manos arrastrándose por el contorno de mi rostro y mis párpados abajo.

.

By Tom

— De verdad, estoy bien.

— Pero, hijo, te digo que te vi muy delgado en esas fotografías, ¿estás comiendo bien?

— Mamá, deja de ver tantas revistas de aquí. Y sí, estoy comiendo perfectamente. — Me puse de pie con el informe en mis manos, empezando a caminar hacia la puerta con una sonrisa. Hacía días que no hablábamos, ya extrañaba su preocupación.

— No sé, Tom. Allá la comida es tan extraña que no me parecería raro que tengas algún desorden alimenticio.

—Yo tampoco lo dudaría, mamá. Pasar de tus tartas de queso a la comida europea es un cambio drástico en mi estómago. — Reímos mientras yo ingresaba a la sala principal y la atravesaba con paso animado.

— Ahora dime qué tal con los amores por allá; ¿ya tengo nuera o yerno?

— Mamá. — regañé con ternura. — No quiero nada de eso. Pero siempre hay algunas personitas dando vueltas.

— No me mientas porque he visto en un portal de internet que estás saliendo con una muchacha de tu estudio.

— ¿Qué?… ¡Oh! — Reí dejándole a Tania el informe sobre el escritorio.— Esas son cosas que se inventan. Sí, estamos en algo, pero es para pasar el tiempo. Entre nos, mamá, es una pesada. Aunque de todas formas no me gusta que te guíes por lo que dicen los medios de comunicación… Esas mierdas siempre están inventando cosas.

— Trato de no hacerlo, pero la curiosidad mató al gato.

— Te extraño, mamá.

— Y yo a ti, pequeño. Espero que te hagas un tiempo y puedas venir por aquí.

— No es a la vuelta de la esquina, pero lo prometo.

— Muy bien. Ahora no te molesto más, hijo. Cuídate mucho y espero llamados más seguidos.

— Se me ha pasado. Te amo.

— Y yo a ti, Tom. — colgué la llamada con una media sonrisa y guardé el móvil en el bolsillo de mi saco.

— ¿Qué hay, Tom? — Axel me saludó llegando a mi lado con una carpeta que dejó alado de la mía y palmeó mi hombro.

— Hola, Axel. Aquí, hablando con la familia.

— Es bueno que no pierdas el contacto. — asentí observando con él el televisor que se mantenía de un soporte en la pared detrás de la recepción.

Buenas tardes, televidentes. Retornamos nuestro reporte desde las puertas de los tribunales aquí, en Brandeburgo, Potsdam, en donde se acaba de dar a conocer el fallo a favor de los abogados Kaulitz y Markett por…

— Increíble. — murmuró Axel con tono cansino. — Siguen robando.

— ¿Dinero o cámaras?

— Dinero, cámaras, trabajo, atención, todo. Mientras nosotros nos matamos por ganar honestamente, éstos hacen cualquier tipo de malabares y se salen con la suya.

— ¿Tú sabes algo que yo no sé, Axel?

— Yo sé muchas cosas, pero sigue siendo menos de lo que desearía — Definitivamente no aclaraba mis dudas. Hasta que por las escaleras subía un sujeto que no había visto antes, de cabello corto rubio y pintas casuales. Con chaqueta de cuero que, a pesar del calor, no parecía molestarle, unos jeans gastados y unos tennis comunes blancos. Era algo gordo, pero no en exceso y parecía no conocer el lugar. —, pero estoy a punto de enterarme de algo que lo cambiará todo. — Entre confusión, palmeó mi espalda y lo vi alejarse hacia mencionado sujeto. Lo guió amistosamente hacia su despacho y yo continué viendo el reportaje que le dedicaban a mi hermano y su flamante pareja.

—Y aquí estamos con Bill Kaulitz. Veré si puedo hacerle unas preguntas… ¡doctor, doctor Kaulitz! (Bill gira antes de subir al auto y lo mira interrogante)— Otra victoria, abogado, ¿qué opina de esto?

— Ya estoy acostumbrado. (Sonríe a la cámara y se mete dentro del carro)

— Cuándo no, Kaulitz. No dejas tu soberbia ni aunque mueras.

.

By Bill

— ¡Miren nada más a nuestras noticias del día! ¡Adoro a este par! — exclamó mi padre acercándose con sus brazos extendidos y abrazándome efusivo. Fingí sonreír y correspondí su abrazo casi sin ganas de hacerlo. Después de una pelea todo queda olvidado con la victoria, así es mi padre, se olvida del daño que me ha hecho sólo con un abrazo hipócrita y unas cuantas palabras al oído. — ¡Andreas!

— ¡Jörg!

— ¿Tú no me saludas, Thomas? — interrogué sonriendo con picardía a mi hermano ladeando mis caderas y cruzándome de brazos. Él terminó de bajar lo que quedaba de escaleras y se paró frente a mí.

— Felicitaciones, hermanito. — amplié mi sonrisa victoriosamente. — ¿Sabes? Me gustaría abrazarte, pero tu novio se pondría celoso.

— Mi novio me da exactamente igual si se trata de ti.

— Me di cuenta la otra noche.

— ¿Qué haremos para festejar? — preguntó animado mi padre, palmeando mi espalda y sonriéndonos.

— No sé, lo que quieran. — dije sin muchas ganas de festejar algo que fue como una especie de trámite que debía cumplir y sacarme de encima.

— ¿Y si vamos a comer? ¿A ti qué te parece, Andreas?

— Me parece genial. — manifestó éste sin mostrar inconvenientes.

— Entonces vamos los cuatro a cenar al restaurante más caro de Berlín.

— Papá, yo prefiero quedarme y dormir, estoy algo cansado.

— Vamos, Tom, será divertido.

— Sí, será divertido. — dijo Andreas abrazándome por la cintura y provocando que Thomas mirara esto con asco y odio a la vez.

— Vale, iré.

— ¡Perfecto! Celebraremos en grande. — exclamó mi padre.

.

— ¿Y darás esa entrevista?

— No lo sé. Honestamente no creo que el tema central sea este juicio.

— Es verdad, ahora todos están buscándote para preguntarte acerca de Cortez.

— Pero deberías pensarlo, amor, ¿o ambos callarán hasta que se dicte la sentencia dentro de dos meses? — Amor, amor, amor… no ha dejado de llamarme de ese modo desde que llegamos. Mientras Thomas se mantenía totalmente al margen de la conversación con cara de pocos ánimos.

— Es lo que creo correcto, Andreas. No es bueno para Albert y menos para mí. Además no quiero dar a conocer las estrategias, pruebas o lo que sea hasta el día del juicio.

— Mi hijo siempre tan centrado en su trabajo. — bajé la vista a mi plato rogándome mentalmente no responder a su hipocresía pintada de halago. — ¿Y tú, Tom? Has estado callado todo lo que va de cena.

— No tengo mucho para contar, papá.

— ¿Cómo que no? ¿No dirás nada de Richael, Trümper? — Las palabras de Andreas hacia mi hermano no eran bien intencionadas.

— No, Markett.

— Vamos, hijo. Richael es una hermosa mujer, no hay por qué ocultarlo.

— Es sólo una amiga.

— Eso espero. — se me escapó de los pensamientos. ¿Cómo es que se te filtra un pensamiento por la garganta?

— ¿Disculpa?

— Es que es una mujer que no tiene una buena reputación entre los medios. Ya saben, primero Georg, luego Axel, ahora Thomas. Yo creo que ya hubo demasiado romance con su nombre por los periódicos.

— Pero él no tiene tu apellido, no te relacionan con él, amor.

— No deja de ser mi hermano, Andreas. — dije mirándolo fijamente, amenazante. Él en cambio me dedicó una mirada cargada de reproche.

— Antes siquiera te gustaba llamarlo así. — oí a mi padre carraspear, buscando llamar la atención y desviarnos de nuestro pequeño conflicto.

— Ahora sí, ¿o debo pedirte permiso para llamarlo como quiera?

— Hey, ¿qué te pasa?

— Andreas. — intervino el causante de la pelea. — Ya basta, ¿no? Es suficiente.

— Permiso. — dije con un hilo de voz y me puse de pie, dejando sobre la mesa la servilleta que se acostumbra sobre las piernas de uno en esos restaurantes. Y sin querer permanecer ni un segundo más, esquivé las mesas restantes con ágiles movimientos hasta estar frente a la puerta de los baños que no dudé en abrir y cerrarla a mis espaldas. Esto no era una victoria y mucho menos un festejo. No había nada para festejar esta noche; mis ánimos realmente no estaban de la mejor manera.

Mojé mis manos en el grifo y palpé apenas mis mejillas algo coloradas, observándome con lástima en el espejo. Joder, mi cara de cansancio estaba delatándome a cuatro vientos. ¿Tengo veintidós o cuarenta? Me veo demacrado.

— Disculpa. — Mis ojos viajaron velozmente al reflejo de Thomas ingresando al baño de un momento a otro.

— ¿Qué quieres aquí?

— Sólo busco a alguien… quizás lo conoces.

— ¿De qué hablas, Tom?

— Es un muchacho alto, de unos veintidós, veintitrés años, de hermosos ojos y un culo que… Dios. — reí. — Y tiene una sonrisa preciosa que, lamentablemente, esta noche no se luce como es usual. — Bajé la mirada algo avergonzado, pero sus dedos hicieron que lo vea al alzar mi mentón. — Sonríe.

— No hay razones para hacerlo.

— Yo veo miles.

— Dime una.

— Bueno… — mordió sus labios observando los míos. Allí se quedó, casi hipnotizado involuntariamente. Luego, adosó sus labios a mi oído, erizando mis bellos en la nuca.

— Estoy a segundos de perder la apuesta. Es una buena razón, ¿cierto?

— ¿Tan poco aguante tienes?- Interrogué divertido.

— Te sorprendería la poca fuerza de voluntad que tengo.

— ¡Jajajaja! ¿Será que te puedo mucho? — Se alejó sonriendo de lado y se hizo a un lado, acomodando su chaqueta en el reflejo del espejo. — Tom.

— Ya conseguí lo que quería.

— ¿Eh? — Señaló mi boca, aún con el rastro de mi risa en los labios.

— Te hice sonreír, aún cuando creías que no había razones para hacerlo. Digamos que encontré a quien buscaba. — Se dio media vuelta y salió justo por donde entró, dejando el silencio en ese baño.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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