BFF 3: Interludio

«B (F) F» Por Haruxita

Capítulo 3: Interludio

(*Culo coqueto*)

La lengua ardiente recorría el interior de su boca con necesidad, a ratos se le hacía difícil llevarle el ritmo, pero no se apartaba hasta que sus pulmones —desfallecientes por oxígeno— exigía una tregua. Aun así su amante no replegaba su asalto; tan solo derivaba sus labios hacia su rostro, cuello u oreja, repitiéndole casi con desesperación cuán sexy y deseable era.

 

Bill estaba divido entre los deseos de su cuerpo y de su corazón. Su cuerpo anhelaba dejarse ir, ignorar la molesta vocecita en su interior, tomar el placer y las ardientes caricias que le prodigaba su amante y permitirse disfrutar del momento.

 

Pero su corazón, más cauto y temeroso de salir lastimado, reaccionaba con medido entusiasmo.

 

Bill poseía un corazón muy fuerte, necesitaba serlo para resistirse a esa recia mano exploradora que se aventuraba vientre arriba, bajo su suéter y que lo mantenía en un estado de permanente calentura los últimos nueve días.

 

—¿De quién son estos labios?—preguntó su amante con un susurro en su oído, a lo que Bill respondió jadeante la que había sido su verdad desde que entró a secundaria.

 

—Tuyos, Tomi, sólo tuyos.

 

El otro chico le dio una suave caricia en su mejilla con el dedo índice, apartándose de su rostro más de cinco centímetros por primera vez esa noche.  

 

—Hay moros en la costa —advirtió, con una hermosa sonrisa adornando sus labios carnosos, ahora más inflamados producto del intenso faje.

 

—¿Mamá nos espía desde la ventana otra vez?

 

Las aprehensiones de Simone le traían sin cuidado, su madre se había ido tornando cada vez más amargada con el paso de los años. Para Bill sus progresivos intentos por coartar su vida sexual eran sólo un reflejo de lo mal que iba la suya propia.

 

—Viene directo hacia acá.

 

—¡Mierda!

 

Bill le dio un último beso rápido a Tom y salió pitando de la camioneta, acomodándose las rastas y la ropa. No le importaba mayormente lo que ella dijera de él, no quedaba mucho en su repertorio que no hubiera oído ya, pero no estaba dispuesto a exponer a su novio a la bilis de la mujer.

 

            Su madre lo interceptó a un par de metros de la entrada, con una agria mueca en su rostro. Bill se mordió el labio, temiendo que hiciera una escena, pero ella sólo le dio un repaso de pies a cabeza y espetó con sarcasmo: ¿No olvidas nada?

 

Descolocado ante la aparentemente incomprensible pregunta, negó agitando su voluminosa melena, no fue hasta que franqueó la puerta que echó en falta su bolso.

 

Rojo de vergüenza —los besos de Tom tenían ese efecto en él, lo volvían torpe y olvidadizo— pasó corriendo por el lado de su madre, que aún no ingresaba a la casa. Su novio lo esperaba en el Escalade con su inamovible sonrisa, la ventanilla abajo y el bolso en la mano, apenas pudieron rosar sus dedos al cogerlo porque Simone lo apremió a entrar.

 

 

 

~*~

 

 

 

Esa actitud engañosamente ardiente, posesiva y celosa comenzó el martes de la semana anterior. Bill nunca lo olvidaría, había sido uno de los instantes más felices de su vida, seguido por la peor de las decepciones.

 

Su curso preparaba una exposición para la clase de Morfología, el moreno subido a una escalera plegable terminaba de instalar un largo pendón.

 

Él era más de dar órdenes y sentarse a beber su café mientras los demás acomodaban todo, pero su divismo tenía un punto débil: su ego.

 

Bastó que Vera se acercara a él, pendón en mano, mencionando algo sobre vértigo y adulando sus largas y maravillosas piernas para que el juego comenzara.

 

Aquellos enfrentamientos siempre eran dignos de verse; Vera era la chica más guapa del curso, sería la Abeja Reina si Bill no detentara ese puesto. Solían flirtean ocasionalmente pese a que ambos tenían pareja y lo sabían. Era un juego inocente que jamás pasaba a mayores, pero que divertía a ambos involucrados y dejaba a sus espectadores anhelando un vaso de agua fría.

 

Víctima de un tonto descuido, el tacón de Bill resbaló al bajar de la frágil estructura, por consiguiente cayó sobre la chica que la sostenía.

 

La caída fue blanda y el golpe nada serio, ambos acabaron tirados sobre el piso, en un enredo de brazos y piernas que demoraron deliberadamente en desatar.

 

—Gracias por acolchonar mi caída —bromeó Bill, indicando al busto de la chica con un pícaro guiño—, no les había visto el lado práctico hasta ahora.

 

Ella no se quedó atrás y, sin quitar su mano de la cadera del de rastas, susurró de forma invitante:

 

—Puedes caerme del cielo cuando quieras.

 

Un carraspeo los obligó a alzar la mirada, los colores se esfumaron del rostro de Bill en el acto. Su novio estaba plantado ante ellos con los brazos cruzados y una expresión que intentaba ser neutra en su rostro.

 

Bill temió lo peor.

 

Conocía de sobra su situación: Tom no estaba enamorado de él, ni siquiera lo deseaba. De hecho aún no se explicaba qué orilló a su amigo a aceptar su descabellada proposición.

 

Tom sólo necesitaba una excusa para terminar.

 

Algo como encontrarlo retozando alegremente en el piso del salón con una chica hermosa.

 

Se incorporó en un santiamén e intentó explicarse, sintiéndose estúpido por involucrarse en ese juego de egos.

 

—To-Tomi. Que sorpresa, ¿qué haces aquí?

 

—Tengo una ventana de tres horas, vine a ver si necesitabas ayuda con el montaje —explicó, mientras lo cogía del brazo y lo llevaba a un costado. Tom se notaba tenso. Bill deseó que su expresión de culpabilidad no fuera demasiado evidente—  ¿Qué demonios hacías con Vera Neumann?—siseó.

 

Abrió la boca, pero no supo qué era lo que su novio esperaba oír. ¿Acaso su Tomi estaba celoso?

 

Había deseado aquello por tanto tiempo… no al grado de una peligrosa psicopatía, desde luego; sólo una pequeña medida de celos y posesividad que le hiciera sentir que la perspectiva de perderlo inquietaba a Tom.

 

Eso era muy infantil, pero no se avergonzaba ni un ápice de sentirlo.

 

Sin embargo, ahora que lo experimentaba en carne propia, ya no se le hizo tan agradable.

 

—N-nada, nosotros sólo…

 

—Bibi, los he observado por un rato. —»Mierda«— ¿No conoces al novio de esa chica? Practica lucha grecorromana, no quiero ni pensar en lo que podría hacerte si se entera de que le tocaste las tetas.

 

Y así de rápido se pinchó su burbuja. Tom obviamente no estaba celoso, sólo tremendamente preocupado por su integridad.

 

 Para más inri, el de trenzas tuvo que añadir: —Ese culo coqueto tuyo un día te meterá en grandes problemas.

 

Ya regresado a la normalidad, todas las alarmas apagadas, Bill podía comportarse como el mismo.

 

—Tranquilo, este culo coqueto sabe ante quien actuar y ante quien no. —repuso con aspereza.

 

—Por favor, Bibi, no lo vuelvas a hacer.

 

—Es sólo un flirteo inofensivo, nadie sale lastimado. ¿Qué tiene de malo sentirse deseado?

 

Era un reproche en toda regla, y no se lo calló porque no le salió de cojones, la situación completa lo había acabado por cabrear.

 

Y ese fue el momento en que todo lo que Bill creía saber sobre Tom se fue al carajo.

 

Su novio lo arrinconó contra la pared y lo besó como si el mundo se fuera a acabar esa misma noche.

 

Bill quería apartarlo y preguntarle qué mierda estaba pasando, pero en su vida lo habían besado así y temía que no se repitiera.

 

—No vuelvas a coquetear con Vera —masculló su novio, apenas rompiendo el beso.

 

Esa no fue una petición, fue una orden, Bill la cumpliría con gusto si obtenía más de esos besos con ello.

 

—No, Tomi.

 

—No quiero que le coquetees a nadie, ¿entendido?

 

—Sí, Tomi.

 

 

 

Desde ese día Tom lo iba a dejar a la puerta de la primera clase cada mañana, sin faltas. Lo despedía con una tórrida sesión de besos —que dejaban a Bill en las nubes un buen rato— y le recordaba que ese culo coqueto le pertenecía solo a él.

 

Mientras tanto, en la intimidad le prodigaba todo tipo de halagos, los “eres jodidamente sexy” y los “tu culo se ve demasiado tentador con esos pantalones” se volvieron la tónica.

 

Bill quería creerle, varias veces había estado a punto de hablar sobre el tema, pero sus escrúpulos se iban al garete en cuanto el chico invadía su espacio personal, para cuando Tom dejaba de besarlo el de rastas con dificultad recordaba en cuál día de la semana se encontraban.

 

 

 

~*~

 

 

 

El roce de las manos de Tom sobre su piel siempre lo dejaba más caliente que el infierno. Dio un vistazo a su móvil, a juzgar por la hora su madre no lo llamaría a cenar sino hasta dentro de 20 minutos más

 

Tiempo más que suficiente…

 

Corrió a poner seguro a la puerta, se tumbó en la cama y bajó su cremallera con ansias.  Una paja rápida era todo lo que necesitaba, por el momento. No se creía capaz de seguir aguantando por más tiempo, en especial con Tom actuando de esa forma tan ardiente

 

Actuando” era la palabra clave,

 

Le gustaría que cuando Tom lo acariciara la piel de este se erizara como la suya, que sus besos estuvieran teñidos de avidez y deseo, en lugar de solamente cariño.

 

A Bill ese repentino ataque de celos no lo engañaba en lo absoluto.

 

Esos no eran celos, tampoco calentura.

 

Aunque era novios ahora, algunas costumbres no se perdían. Tom no había abandonado su modo guardián, sólo encontró otra forma de cuidar de su egoísta trasero, como venía haciendo toda la vida.

 

Sin embargo, Bill no estaba por la labor de decirle que su impostura de novio posesivo no lo engañaba, porque su complejo de hermano mayor nunca le supo tan delicioso.

Continúa…

por Haruxita

Escritora del Fandom

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