
«B (F) F» Por Haruxita
Capítulo 4: Ding ding ding
Bill lo llamó muy tempano ese sábado para ir de compras.
Tom sabía a lo que se exponía al aceptar, llevaba acompañándolo desde que el moreno proclamó que ya no era un bebé que necesitara la asesoría de su madre… alrededor de los doce.
Por lo que estaba acostumbrado a todo lo que ello implicaba: las largas esperas, el mal carácter del chico cuando no pillaba la prenda que anhelaba en el color deseado, incluso regresar a la tienda media hora más tarde porque “esa chaqueta al final no molaba tanto”.
Le llovían las bromas de sus amigos, quienes no comprendían como Tom, de carácter mucho más manso que su novio, toleraba sin chistar tal abuso del otro chico.
Pero él lo veía de manera diferente. No había nada que «tolerar», disfrutaba el tiempo compartido. Desde los pequeños berrinches en el probador, esos ojitos brillando con ilusión al dar con la prenda perfecta, hasta su adorable pucherito al verificar el saldo en su tarjeta.
Tom conocía la rutina y se adecuaba a ella.
Por supuesto, Bill sabía cómo retribuirlo.
Aunque las pizzas para llevar las había trocado últimamente por una recompensa tanto o más placentera.
~*~
Aquella parecía otra tarde de compras ordinaria, llevaban recorridas tres tiendas y su novio aun no conseguía «esa prenda» que lo había llevado al centro comercial en primer lugar.
—Amor, si me dieras alguna pista de lo que buscas podría ayudarte.
—Tomi, ya te dije que cuando lo vea lo sabré.
—¿Tu alarma no se ha activado?
Un triste movimiento negativo de cabeza fue toda la respuesta que consiguió.
Tom una sola vez osó burlarse de su don, llamándolo «el sentido arácnido». Eso pasó un montón de años atrás y Bill aún se enfadaba cuando lo recodaba.
«Es un asunto muy serio, Thomas. Tus mofas están de más».
Tom sigue sin comprender esa vibración casi sobrenatural que, según su novio, asemeja un «ding ding ding» en su cabeza cuando la prenda perfecta entra en su radio de visión.
En ocasiones tienen suerte y el portento sucede en la primera tienda. En otras, regresan a casa con las manos vacías y un Bill malhumorado.
Por lo visto, esa tarde se enmarcaba en la segunda categoría.
Bill se había empecinado en conseguir un nuevo par de pantalones y Tom, con cuatro de las citadas prendas en sus manos regresaba al probador. Conocía tanto la talla como los gustos de su novio, esperaba que uno de ellos activara las campanas mentales del chico
Empujó la puerta y se coló dentro sin mucha ceremonia, debía hacerlo rápido antes de que la chica que custodiaba los probadores se diera cuenta de que había dos personas dentro.
—Creo que el de cuero te va a encan…
Su entusiasta comentario quedó flotando en el aire, ni siquiera fue capaz de cerrar la boca. La visión de Bill deslizando unos ajustados denim por su trasero lo pilló de sorpresa.
Bill tenía largas piernas y un trasero pequeño al que Tom nunca prestó atención, hasta el preciso momento en que lo vio con esos condenados jeans que se ajustaban como segunda piel.
Tal vez él jamás desarrollaría el sentido arácnido de la moda que poseía Bill, pero esa tarde una alarma muy diferente sonó en una de sus cabezas.
—Ese pantalón… —balbuceó, en cuanto recobró la capacidad de emitir sonidos. —Debes comprarlo.
—¿Estás seguro? —preguntó, girando ante el espejo para verse desde un mejor ángulo—¿No me hace ver muy…?
—¡Es perfecto! ¡T-te lo regalo!
El otro chico le dio una mueca, no muy convencido.
—Sigo pensando que se me ve…
—Ese pantalón fue hecho para que lo usaras.
—Si insistes. —convino, cediendo finalmente, no muy convencido.
A Bill los pantalones no le hacían «ding ding ding» en su cabeza, pero tenía que reconocer que eran bonitos. Lejos lo que más le gustó de ellos fue la mirada depredadora que Tom le dio cuando los tenía puestos.
Ese era el tipo de expresiones que no se podían fingir y que le llenaron el vientre de entusiastas mariposas.
Para Bill esos pantalones eran como cualquier otros, sin embargo, si Tom iba a mirarlo con tal vehemencia cada vez que los usara, se aseguraría de hacerlo con frecuencia.
~*~
Era lunes y Tom todavía no conseguía asimilar lo sucedido en el probador de la tienda. Desconocía las reacciones de su propio cuerpo, Bill siempre había sido objeto de todo su cuidado y protección —algunas veces incluso ternura—, pero en ningún caso deseo… hasta ahora.
Debió abandonar una clase a la mitad (algo inédito en todo el tiempo que llevaba de carrera) para escaparse a fumar un cigarrillo.
Necesitaba liberar tensiones, durante todo el fin de semana no pudo quitar de su mente el pequeño trasero de su novio en ese pecaminoso jeans ajustado. Las manos le hormigueaban y se amonestaba por haberse resistido a tocarlo, cual era en el fondo su deseo. Empero, a pesar de que sabía que Bill no se hubiera resistido su conciencia se lo impidió. Si en algún momento su relación con Bill llegaba a un mayor nivel de intimidad, sería algo consensuado y no sólo buscando un alivio egoísta a sus deseos.
Y en eso estaba cuando Geo lo descubrió, sentado el pasto con la espalda apoyada en una palmera.
Se arrepintió de haberle contado su problema casi de inmediato.
—Lo que sucede es que andas caliente por Bill. Tengo ojos, ¿sabes? Con un par de cervezas encima yo también lo he mirado con segundas. En especial cuando usa esos pantalones de cue…
Tom lo miró amenazante, callándolo en el acto. No le agradaban ese tipo de comentarios referidos hacia Bill, no lo hacían cuando eran mejores amigos, con mayor razón ahora que eran pareja.
—No es calentura—alegó, aunque él mismo no estaba seguro de nada a esas alturas.
—¿Cómo puedes estar seguro? ¿Cuándo fue la última vez que follaste? Pajéate o busca una chica y veras que tú fijación por él desaparece.
Tom lo miró de mala manera, por supuesto que no iba a serle infiel a Bill con una chica sólo para alejar un pensamiento recurrente.
Con respecto a la otra parte de la sugerencia…
~*~
Esa tarde apenas Tom llegó a su piso cogió el lubricante del cajón de su mesita —aquél que había comprado junto con los condones, previendo que tarde o temprano su novio se cansaría de las caricias superficiales— y procedió a realizar la paja más necesitada de su vida.
Hubo un detalle que Geo no tuvo en cuenta… Sus fantasías inevitablemente acababan derivando a Bill.
No dejaba de sentirse un poco culpable por «utilizar» a Bill para pajearse. Se le figuraba inapropiado, su Bill era para cuidarlo, no para usarlo como objeto sexual. Y si, era un gran hipócrita por ello, porque cuando estaban juntos en sus sesiones de faje no cesaba de repetir como papagayo lo sensual que el otro chico era. Pero una cosa era alimentar su ego y otra muy diferente desearlo como hombre.
Cuando aceptó ser su novio no se suponía que eso iba a suceder, sólo iba a darle lo que Bill quería, atención y muchos mimos, no iba a tomar nada para él.
Generalmente cuando tenía algún problema que lo atribulaba acudía a su mejor amigo, sin embargo en esta ocasión ello es imposible, por razones obvias.
~*~
La situación no hizo sino empeorar, poco más tarde ese mismo día.
Bill pasó con la excusa de haber olvidado un libro de teoría del arte y acabó quedándose a cenar.
Él traía las pizzas recién despachadas por el repartidor, al dejarlas sobre la mesa ratona tuvo una vista privilegiada del pequeño pero bien formado trasero de su novio quien, doblado sobre el sofá, hurgaba entre los cojines. Sus jadeos entrecortados por causa del esfuerzo lo tuvieron duro en un par de segundos. Se pasó una mano por las largas trenzas, sin poder quitar la mirada de la apetitosa retaguardia.
Lo acometió un desquiciado impulso de acercarse a acariciarlo, sin embargo se contuvo y continuó espiando. Sintiéndose un vulgar voyeur.
No movió un músculo hasta que Bill lo observó por sobre el hombro y lo sacó de su ensimismamiento con el gimoteo más sexy que hubiera oído.
—Tomiii, tu sofá se tragó mi esclava.
Pasó saliva trabajosamente, de toda la frase su cerebro sólo registró la palabra «tragó», un sinnúmero de ideas poco santas se desplegaron en su cerebro. A duras penas consiguió articular un: «¿te puedo ayudar?».
El espectáculo gratuito que tanto placer le brindó se detuvo, su novio se irguió en su característica pose de abeja reina (mirada altiva, brazos en jarras) y le ordenó quitar los enormes cojines del sofá.
Obedeció, aun hipnotizado por todas las sensaciones nuevas que experimentaba, y apartó los pesados cojines de cuero dejando a la vista la inconfundible joya de su novio.
El otro dio palmas y saltitos, feliz de haber recuperado su esclava e ignorante de la ardua batalla que se desarrollaba en su cabeza.
Aun no sabía cómo tomarse aquello, él amaba filialmente a Bill desde siempre, pero verlo de forma romántica (y para qué negarlo, también sexual) era un poquito perturbador.
~*~
Tom llevaba siete días usando lentes de sol a todo evento, el mismo tiempo que llevaba cargando unas antiestéticas ojeras producto de agobiantes noches de insomnio.
La causa de todos sus predicamentos estaba sentada junto a él y en ese preciso instante dejó la mesa en dirección a la barra.
La mirada de Tom se fue tras él. Tras su contoneo de caderas y su pequeño trasero, para ser más exactos.
Se hundió en su asiento, de la misma forma en que venía hundiéndose en su miseria esa semana.
Estudiaba la carrera de sus sueño, sacaba buenas notas, tenía un novio atractivo que lo amaba, el dinero no era un problema, tenía buenos amigos. Deberían ser motivos suficientes para ser feliz.
Sin embargo una pequeña y molesta piedrita en su zapato no lo dejaba en paz.
—Tenemos que hablar.
Geo lo miró, positivamente sorprendido del tono casi fúnebre que cargaba su amigo.
—Creí que eso estábamos haciendo.
—En privado. —agregó cabreado, bajando la voz y acercándose en ademán conspirativo.
—¿Debe ser ahora? No he acabado mi hamburguesa.
Se pasó una mano por el rostro, con fastidio. Su amigo jamás lo dejaría tirado por irse tras una chica, la comida era un asunto completamente diferente.
Apiadándose de su desgracia, Geo propuso una alternativa salomónica.
—Inbox.
Tom accedió.
Tecleó rápido, yendo directo al grano.
«¿Qué sucedería si te dijera que realmente me siento atraído por Bill?».
La mueca de su amigo varió rápidamente de la incredulidad a la burla.
—¡No me jodas Trümper!
El de trenzas lo chistó, algo tarde, el resto de la mesa se mostró más que interesada en ese asunto tan secreto que ambos se traían entre manos.
—Tomi boy me acaba de confesar que… —la fuerte colleja que el mencionado le propinó en la nuca no consiguió su objetivo de silenciarlo. — Tom me acaba de declarar su amor eterno, yo me lo estoy pensando, no le cuenten a Bill, no quiero que castre mientras duermo.
Ambos pudieron retomar su charla en cuanto el resto de los comensales regresó a sus asuntos, meneando la cabeza entre risas.
«Me debes una, Trümper, la próxima ronda de cervezas la invitas tu»—Tom bufó ante el descaro de su amigo, pero no tuvo más alternativa que aceptar.—»No entiendo tu problema».
«No dije que fuera un problema. Sólo se siente extraño, inapropiado».
«Es un poco tarde para volverte homofóbico, ¿no crees?».
«No inapropiado en ese sentido, idiota. Bibi siempre ha sido más que un simple amigo para mí, de cierta forma es como si me estuviera enganchando de mi hermano pequeño».
«Corta ese rollo, compañero. ¿Qué no seguiste mi consejo?»
Tom lo miró de mala manera, pero acabó por asentir antes de responder por escrito. —«sólo empeoró las cosas, ahora me siento culpable por pajearme pensando en él».
Geo meneó la cabeza, divertido. Pronto pero el intercambio de mensajes debió cesar porque Bill arribó a la mesa.
—¿Que sucede, amor? —inquirió el de trenzas, ante los curiosos gestos de su novio que se frotaba las oreja con la mano.
—Me pitan los oídos.
La estridente carcajada de Geo le hizo acreedor de su segunda colleja de la noche.
Continúa…