«Circus» Fic de Archange
Capítulo 2: Quimeras
Habían pasado dos largos inviernos desde aquella noche de tormenta.
Loitche seguía inmutable, sumida en sus pequeños trabajos cotidianos y alejada del mundo, un poco por geografía y otro poco por costumbre.
Los niños acudían a la escuela, los hombres al campo o a la mina y las mujeres se quedaban en casa siguiendo la rutina invariable de los siglos.
El tiempo parecía detenido entre aquellas majestuosas montañas.
Tom seguía con su vida ordenada y familiar. En la escuela ya no pretendía congraciarse con sus compañeros haciéndolos reír, había aprendido que era inútil. Cada intento era recibido con desprecio, con burlas hirientes que fueron destrozando su amor propio.
¿Qué había en él que provocaba tanta irrisión?
Un día se miró al espejo y notó que estaba más alto y más flaco, un poco desgarbado diría su madre. Lo que más le llamó la atención fue su extrema palidez, pero aparentemente no tenía nada fuera de lo común; nada de orejas demasiado grandes, ni dientes torcidos… Nada.
Entonces supo que por más que quisiera no había remedio, y se resignó.
Desde ese día no volvió a intentarlo.
Bill en cambio crecía ante sus ojos cada vez más radiante y más dulce.
Tom lo necesitaba a su lado siempre, a todas horas, como necesitaba el aire en sus pulmones para seguir viviendo. Esperaba cualquier momento a solas para abrazarlo, cualquier esquina era buena mientras no hubiese vecinos chismosos al acecho de una nueva comidilla con la que paliar su aburrimiento.
Los gemelos estaban más unidos cada día, y cada noche los besos se hacían más urgentes, las caricias más profundas. Tom no podía explicar el huracán de emociones que lo arrasaba al sentir el cuerpo tibio y menudo de Bill entre sus manos, la paz, la absoluta plenitud que compartían…
Debía ser eso que llamaban felicidad.
Así pasaron aquellos dos inviernos, jugando a amarse en el refugio de su intimidad.
El resto del mundo y sus absurdas leyes orbitaba de lejos alrededor de ese núcleo que los gemelos habían construido… Pero pronto ese mundo del que querían escapar iba a irrumpir en sus vidas para trastocarlas por completo.
Por fin iba a llegar el verano.
El deshielo formaba ríos de agua y barro que bajaban de la montaña, encharcando los campos. El sol se asomaba pálidamente entre las brumas del valle.
El cumpleaños de los hermanos Kaulitz se acercaba, y como cada año por esas fechas las pesadillas de Tom aumentaban. Algunas noches las pasaba caminando a oscuras por la casa mientras Bill descansaba ajeno a lo que ocurría.
No podía dormir.
No quería dormir.
Cuando cerraba los ojos escuchaba esa risa infame que era su tormento desde que podía recordar. Un caos de luces centelleantes giraban en su mente haciéndole perder el control de sus pensamientos, y la terrorífica carcajada se escuchaba cada vez más fuerte y clara en su interior, retumbando en el cauce de sus venas.
Entretanto, avanzando pesadamente por caminos empinados y rocosos, con las viejas ruedas hundidas en el barro, una caravana de carricoches pintados de colores chillones caminaba hacia el pueblo a paso lento.
Bill despertó temprano esa mañana. Había oído una música flotando en el aire que no supo identificar, y eso lo sacó del sueño sin posibilidad de vuelta atrás. Aún era demasiado pronto para cualquier cosa, así que se hizo un ovillo con las sabanas y miró a Tom recreándose en él. Dormía agitado, con el ceño fruncido, los labios apretados. Enormes ojeras cruzaban su cara de marcas violáceas,
A Bill se le encogió el corazón, su hermano estaba pálido y delgado como si una extraña fiebre se hubiera apoderado de él. Ya había notado hace tiempo un cambio en Tom, pero por más que le preguntaba no obtenía más que rodeos y evasivas.
Tenía que ayudarlo de algún modo, él encontraría la mejor forma de animarlo.
Con ese pensamiento se levantó y dejó un beso en sus labios resecos, mojándolos con su saliva. Bill sonrió al sentir como se iba relajando dentro del sueño, y con un último beso de despedida lo dejó descansar.
Pidió permiso a Simone y se alistó para salir, pero antes ofreció una parte de su desayuno al altar de los Siete dioses y les rogó con todas sus fuerzas por la felicidad de su gemelo… Pero los dioses también dormían.
En la calle lucía un sol velado, y Bill se alegró de haberse puesto el abrigo de lana.
Caminó hacia la plaza, perdiéndose por solitarias avenidas para pensar sin distracciones. De pronto, el eco de esa musiquilla vivaracha y machacona que lo había despertado volvió a sus oídos. Bill estaba intrigado, ¿qué pasaba en un pueblo donde nunca pasaba nada?
La melodía se había colado en su mente. Era pegajosa como un caramelo derretido, y lo atraía sin remedio, lo conquistaba. Se dejó guiar por la música, siguiendo su rastro por las estrechas callejuelas que daban al campo. Otros niños empezaron a salir a la calle, saltando y bailando, hechizados por el ritmo. Muchos se unieron a Bill y juraban que una extraña voz los había despertado, riendo y llamándolos a cada uno por su nombre; Algunos iban solos, aunque la mayoría caminaban de la mano de sus hermanos.
Al fin todos llegaron a un mismo lugar. El lugar del encuentro.
Un chillido infantil rompió el repentino silencio.
Decenas de pequeños corazones latían como locos, emocionados ante el fantástico estallido de color que había surgido frente a ellos.
Estaban a las afueras del pueblo. Allí, en la antigua explanada que rodeaba las ruinas de la iglesia, se levantaba una gran carpa de lona a rayas rojas y blancas con alegres banderolas coronando el techo. En la entrada brillaba un cartel luminoso que atraía todas las miradas, en él se leía CIRCUS.
La música volvió de nuevo con más fuerza, llenando el aire de con su tintineante fanfarria. Un enorme ¡Oh! De asombro se dibujó en todas las bocas cuando comenzaron a salir de la hermosa carpa todo tipo de personajes extraordinarios: Lindas bailarinas, ligeras como el viento, agitaban sus primorosas faldas de tul mientras danzaban, acróbatas orientales vestidos de raso rojo hacían piruetas imposibles, una joven funambulista, su cuerpo desnudo cubierto de lentejuelas centelleantes, se balanceaba en el aire sobre una cuerda tan delgada como el hilo más fino.
Los pequeños espectadores creían vivir un sueño. Eso era el circo para ellos: Un sueño hecho realidad, un mundo de fantasía del que hasta ahora sólo habían oído hablar a sus mayores. Una realidad con trazos de leyenda.
Para terminar la exhibición, rodeados de palomas blancas que el mago había sacado de su chistera, salieron los payasos. Entre agudos gritos de júbilo se empujaban entre ellos, bromeaban, daban volteretas y reían, reían siempre, con sus narices rojas y su impecable máscara de maquillaje.
Bill miró por un instante a su alrededor; allí estaban congregados todos los niños del pueblo, inmóviles de la impresión, magnetizados… Todos menos Tom.
‘Ojalá estuviese conmigo viendo esto’ —pensó apenado.
Uno de los clowns, el que parecía mayor y más sonriente, se adelantó para hablar.
—¡Queridoch niñoch y niñach…! —Gritó. Su voz era chirriante y aguda, como si tuviese la nariz tapada, y en lugar de la ‘s’ pronunciaba ‘ch’ lo que le daba a su discurso un extraño acento que nadie sabría ubicar, a no ser que existiese Payasolandia.
Hablaba y hablaba, gesticulando con sus grandes manos enguantadas, haciendo mil muecas y carantoñas. Les dijo que todas las maravillas que habían visto no era nada en comparación de lo que les aguardaba en el show de la noche, por supuesto previo pago de su entrada.
Después de un rato de parloteo sin sentido, hizo el gran llamamiento:
—¡Venid mish prechiochos niñosh, venid! ¡Traed a vueshtroch padres al mayor echpectáculo del mundo! —Chillo, y tras una cegadora explosión de humo, se despidió con una carcajada que hizo eco en el valle.
Los niños se quedaron extáticos, envueltos en una espesa niebla.
Pasados unos minutos empezaron a parpadear rápidamente y a moverse, despertando del trance. Se sentían algo atontados, pero felices. Sólo pensaban en volver, volver cuanto antes. Sin cruzar una palabra entre ellos se fueron corriendo a casa a contar lo que habían visto, dispuestos a robar si era necesario para conseguir su entrada.
Su quimérico boleto al paraíso.
La espesa cortina de humo se iba disipando, todos los feriantes y sus prodigios habían desaparecido tras ella como si nunca hubiesen existido. Sólo la gran carpa seguía allí.
Bill se sentó en una roca, luchando contra el mareo y la confusión. ¿Qué había ocurrido? De pronto no estaba seguro de nada. Algo en su corazón le decía que aquello que había vivido estaba en relación con su gemelo, pero no podía imaginar qué o porqué. En su mente las ideas flotaban como piezas de un puzzle imposible, apenas podía pensar con claridad.
Ya un poco más centrado, se levantó para marcharse y comprobó que se había quedado sólo. Todos se habían marchado. El viento que se colaba por las rendijas de la iglesia sonaba como un lamento ahogado, dándole a la solitaria llanura una atmósfera fantasmal. Bill se envolvió lo mejor que pudo en su abrigo, tenía frío. En ese momento lo único que deseaba era estar casa con Tom, quizás tomando juntos un vaso de leche caliente y riendo de cualquier cosa, y no en aquel páramo helado. De repente sintió un manotazo en el hombro que le hizo girarse de un salto, alarmado.
—¿Te he achustado, querido niño? —la voz del payaso era aguda y chirriaba en los oídos de Bill como uñas sobre una pizarra. Lo miraba desde su gran altura, haciéndolo sentir insignificante. Un gusano frente a un gigante.
—Yo… Yo…N-No —intentó decir el pequeño, mirándolo con ojos inquietos.
—¿Tuch papach no te han enchenado modales, angelito malcriado? —se acercó más a él, amenazante— Che diche ‘¡No, cheñor payacho!¡No me ha achustado!
—Yo… L-Lo siento —balbuceo, pero eso no le bastó al severo clown, que lo miraba frunciendo el ceño bajo su capa de maquillaje— Digo… N-No Señor Payaso.
—¡Chiiii! —chilló, rozando un tono un agudo insoportable para Bill— ¡Achí me guchta, amiguito! ¡Mi querida criatura impúber! —Poseído por una repentina euforia, agarró a Bill bajo los hombros y lo levantó del suelo con la ligereza de una pluma. —¡Vamoch a bailar! —Canturreó frente a los ojos aterrados del pequeño— lararí laralá laraliiiii…—Sus gruesos labios pintados escupían saliva al hablar y salpicaban la carita de Bill— laralaaaa…—Lo balanceó en el aire como un muñeco de feria, pero de pronto se paró en seco. Observo su rostro despacio, muy despacio. Escrutó sus ojos llorosos, escarbando con su mirada en ellos hasta llegar a lo más profundo, y una vez satisfecho lo volvió a dejar en el suelo.
—Tú —dijo sencillamente. Bill lloraba en silencio, un fuerte dolor en su pecho le impedía respirar. Se quitó el sombrero en forma de cucurucho y su pelo rojo y encrespado se esponjó con el viento— Toma. Venid echta noche —del gorro sacó dos boletos de cartón azul—Estáich invitadosh— una sombra de tristeza tiñó sus ademanes.
—No — dijo Bill con un hilo de voz, tapándose la boca con las manos— No volveré aquí jamás—.Se alejó del payaso unos pasos, caminando hacia atrás, pero éste salvó la distancia de una sola zancada.
—Chi, mi huidizo amiguito, tú volverách ¿Verdad que chi? —canturreó, acorralándolo contra la vieja pared de la iglesia. Bill negó con la cabeza, los ojos enormes y despavoridos—. ¿No quierech volver a ver a tu viejo amigo el payacho, cachorrillo achustado? Qué penita de mi…¡Ay! —gimió exageradamente, llevándose sus enormes manos al pecho, como si le aquejara un terrible dolor—. Le hach roto el corazón a echte pobrechito payacho, amiguito, ¿No te da vergüenza?¡Ahhh! —Lloró a voz en grito, lanzando chorros de lágrimas como si tuviera dos fuentes escondidas bajo el sombrero. Se tiró al suelo pataleando, mojándolo todo y gimoteando agudamente. De pronto se levantó, agarró a Bill y lo aplastó contra la pared con violencia. Sus espantosos ojos negros estaban inyectados en sangre— TÚ VOLVERACH
—No —Todo su cuerpo temblaba de horror. Intentó forcejear, pero sus dedos lo sujetaban como tenazas.
—Ooh, chi… Y no vendrach solito, ¿a que no? —Bill se paralizó. La mirada del payaso se había vuelto más suave y ladina.
—‘Tomi’ —fue lo único que pudo pensar— ‘Tomi, Tomi, Tomi…’
—Echach entradach chon para unos cachorrilloch muuuuuy echpechiales —las dos entradas de fino cartón azul parecían flotar ante sus ojos—. Y fíjate que chuerte tienes, voy yo te lach regalo por cher mi amigo, ¿echtach contento?
—¡Claro que no! ¡déjeme salir de aquí! —gritó el pequeño, desesperado. Pataleó y luchó con sus pocas fuerzas, hasta que sus gritos se convirtieron en lamentos— Déjeme, por favor—lloraba, sintiéndose derrotado—. Sólo quiero irme a casa, por favor Señor payaso, déjeme ir a casa… —El clown lo soltó y Bill cayó al suelo como un saco, desmadejado, ahogado en llanto. El hombre de enormes zapatones rojos miró su cuerpecito estremecido y lo alzó con un raro cuidado, abrazándolo contra su pecho. Bill se aferró a su traje de payaso y lloró toda su angustia y su terror sobre él, empapándolo de lágrimas puras. En su inocencia, casi sonrió al sentir sus manazas enguantadas en la espalda, amagando unas torpes caricias de consuelo
—Ya no llorech bebecito —susurró, lamiendo una de sus lágrimas con la punta de la lengua— Echta noche vendrách con tu hermano a ver un chou muuuy bonito… Dime que chi y tu amigo el payacho echtará muuuy contento.
—No me gusta —gimió contra la tela mojada—. Me da miedo.
—Tiene que guchtarte pequeño idiota —su voz intentó sonar consoladora— ¿Acacho te he hecho algo malo?
—No…—Respondió coartado— Pero algo me dice, no sé… Tengo miedo por Tom… Lo quiero tanto…—sollozó. El payaso sonrió con amargura.
—Mírame cachorrillo, mírame —Bill levantó la carita y lo miró directo a los ojos— Olvidaras la dolorosa realidad, recordaras la hermosa quimera — pronunció despacio, sin el menor acento. Los ojos de Bill se velaron y su voluntad se nubló— El futuro comienza para vosotros esta noche. No faltéis a la cita.
La semilla del pensamiento quedó firmemente plantada en su interior, y ya no hubo nada más para él.
Bill sonrió alegremente, la mirada perdida. Cogió las dos entradas al vuelo y se marchó corriendo a casa. Lo único que sabía es que esa misma noche volvería con Tom al circo, y que era feliz como nunca en su vida.
—Todo está escrito —murmuró el payaso solitario.
Pero sus palabras sólo las escuchó el viento
Continúa…
Gracias por leer.