Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 10

Bill está bajo mi cuerpo. Su mirada brilla inmensamente y me embriago de él en todos los sentidos. Su corazón se tranquiliza al igual que el mío, estamos en calma, mirándonos detenidamente. Vuelvo a sentir la necesidad de él. Lo he probado; es delicioso, y me temo que muy adictivo.

Quiero hacerlo mío nuevamente. Él se veía tan puro y casto, y yo lo he corrompido. Que deleite. Me fascina. Quiero más de Bill. Mucho más.

Meestirosobreélparaalcanzarlallavedelasesposasyliberarsusmuñecas.Hayunassutilesmarcas rojizas en ellas, me preocupa el haberlo lastimado.

—¿Todo bien?

Sujeto su muñeca con suavidad y la llevo hasta mis labios para darle un beso a cada una a modo de disculpa por si me he excedido.

—¿Te he lastimado mucho?

—No al grado de romperme, como dijiste— añade con humor y suelto una risa.

Mi mano va hasta su cabello y después me dirijo a su espalda para acercarle más. Su piel se siente tan suave bajo mi tacto. Estoy tentado. Recorro su espalda hasta llegar a su trasero y acorto aún más la distancia.

—Ahora que conoces un poco de que van mis juegos… ¿Te apetecería repetir en otro momento?

No me responde. Extrañado, me vuelvo hasta él y me dice algo con la mirada, pero no lo entiendo. No sé qué significa. Medio frunzo el entrecejo y espero a que me diga algo, pero no lo hace de momento.

—¿Qué? ¿Te has quedado sin habla?

—No es eso— se ruboriza y baja la mirada. Su diestra va hasta mi brazo y su pulgar hace circulitos muy suavemente en mi piel—. Me… gustaría repetir.

Sonrío y me reincorporo en la cama para después levantarme.

—Perfecto. Entonces, vístete y regresa a tu habitación. Apuesto que te apetece una ducha, hablaremos después sobre otro encuentro— le doy la espalda y avanzo unos cuantos pasos para rodear la cama—. Nos vemos en la mañana.

—¡Espera! —me dice casi alarmado y me vuelvo para mirarle. Está por bajar de la cama—. No entiendo… ¿No dormiremos juntos?

¡Qué inocente!

Creo que aún no entiende las cosas del todo.

Suelto una pequeña risita y me acerco un poco—. ¿Dormir juntos? ¿Estás de broma? No lo contengo. Me hace gracia, en serio.

Bill está en blanco, mirándome con los ojos muy abiertos y esperando una respuesta.

—Vamos a repasar, Bill…— voy a por su ropa y regreso para dársela—. El único momento que compartiremos en la cama será cuando juguemos— me mira y me mira. Está inmóvil—. Tuvimos sexo, ha sido delicioso y tengo unas ganas inmensas de repetir cuanto antes. Te he tomado porque me lo pediste, pero no por eso dormiremos juntos o compartiremos siquiera la ducha.

—Yo creí…

—Creíste mal— le interrumpo—. El sexo es un juego increíble y contigo ha sido más que espléndido. Lamento si pensaste cosas que no eran.

Mato sus ilusiones. Su cara se enciende y sus ojos arden de furia, quizá. Se queda callado y pone de pie para vestirse de inmediato y salir de la habitación. Es una pena. No es mi culpa que se hiciera de ideas absurdas. Lo mío son los juegos.

Me dirijo a la ducha y Amara termina de arreglarse.

—¿No crees que fuiste un poco duro con ese terroncito de azúcar? —pregunta con una mueca de desaprobación.

—Dije la verdad.

—Pero pudiste hacerlo con tacto. En serio, Tom, le has herido— se acerca a mí y me tiende algo para cubrirme.

—Amara, así son mis juegos— respondo sin emoción y la veo detenidamente.

—Yo sé que te disculparás. Te conozco— me sonríe con complicidad y niego ligeramente con la cabeza mientras sonrío burlón—. Sé que lo harás…

—Amara… ¿Te gusta Bill?

—Me gusta para ti.

—Vamos, eso no me va. Solo llegaremos hasta donde lo impulse su deseo.

—Eso suena tentador…— ronronea.

—¿Sí? —le sigo la corriente.

—Más tentador sería una cita de juego conmigo y con Jace.

¡Oh sí! Al fin una cita de juego.

Escucho con atención la propuesta de Amara y acepto sin pensármelo dos veces. Termina de vestirse, nos despedimos y voy a la ducha. Al salir y vestirme, pongo en orden la habitación y dejo bajo llave hasta el próximo encuentro —ahora llevando conmigo la llave—.

Ignoro qué hora sea, todas las luces están apagadas y me dirijo casi a tientas por el pasillo hasta mi habitación. Estoy fatigado y mis párpados quieren cerrarse. La puerta de Bill está entre abierta, me asomo sin hacer ruido y le veo sentado en la cama. Parece un caos ahí dentro, las cobijas están por

ningúnladoyhayunoscojinestirados.Ignoroloquepaseconél,voyamihabitaciónycaigodormido apenas estoy en la cama.

Al día siguiente Bill me evita a toda costa. Se aparta de cualquier estancia en la que me adentro. Es tan infantil. Nuevamente se vuelve alérgico a mí, le sentencio en ocasiones, no me va el que actúe así por lo que sucedió anoche. No tiene sentido.

Al principio me divirtió un poco el hecho de esquivarnos, ahora no soporto su mala leche. Mientras comemos le descubro dirigiéndome una mirada fulminante y soy incapaz de dejarlo pasar.

—Steve, ¿nos disculpas? —le pido amablemente y me limpio con la servilleta.

Él está extrañado, no lo culpo. Steve sale de la estancia. Me pongo serio y lo miro.

—Esto me parecía divertido, hasta llegué a pensar que no serías capaz de soportar el ignorarnos, pero no consiento ese tipo de miradas— le digo, pero actúa de oídos sordos. Mira fijamente su plato mientras pica la comida con el tenedor—. Te estoy hablando, Bill— le llamo, solo levanta la mirada, pero no se vuelve hasta mí.

Sigue sin hacerme caso. Los segundos transcurren con lentitud y me hace eterna la espera por su respuesta.

—Mírame cuando te hable— exijo, él se limita a rodar los ojos y deja caer el tenedor sobre el plato para cruzarse de brazos—. Bill…— insisto, no se inmuta.

Me levanto y apoyo las manos en el filo de la mesa, él reacciona y me mira, parece que está intimidado, por unos momentos luce como un cachorro arrinconado a quien le tiembla hasta la cola.

—Quisieras recordarme la regla de oro, ¿por favor? —le miro con frialdad, pero después su mirada cambia e imita mi acción porque quizá cree que fanfarroneo.

—Y a mí no me va el que actúes tan idiota— me mira desafiante.

—No voy a disculparme por lo de anoche— le aclaro rápidamente. Todo se trata de eso.

—No esperaba que lo hicieras— espetó cruzándose de brazos. He tocado un nervio. Bill sigue dolido por el rechazo de anoche.

—Mientes. Tú esperabas que me disculpara.

—¡No es verdad! —se exaspera.

—Lo es. De ser lo contrario, Bill, no actuarías así— le hago ver y cae en cuenta de que es incapaz de disimular su herida narcisista. Bufa ruidosamente, negando con la cabeza y desviando la mirada.

—Dices que tienes reglas…

—Y fue tu decisión el saber de qué se trataban. Te pregunté si querías continuar y aceptaste— le interrumpo.

—… Pues si son varias, dímelas todas de una vez— continúa.

—Algunas cosas son muy obvias, Bill.

—¡Dije que quiero conocerlas!

Pongo distancia al separarme de la mesa y retroceder unos cuantos pasos—. Todo de poco en poco.

—¡Quiero que me las digas ahora, Tom! —medio exige entre un puchero—. No quiero sorpresas en otra ocasión.

Lo miro. Me quedo callado. Una sensación incómoda cruza por mi pecho ante el eco de su voz en mi cabeza al pronunciar mi nombre.

Si quiere las reglas de principio a fin, entonces le daré el beneficio del saber.

Tuerzo la boca y pienso antes de hablar. Asevero la mirada, le hago una señal para que me siga y cuando voy subiendo los primeros escalones escucho sus pasos detrás de mí ir con desconfianza. Llego al final del pasillo y me adentro en su habitación. Espero a que Bill llegue, camino de un lugar a otro pensando en qué decir primero, pero todas las reglas son igual de importantes.

Está bajo el umbral, no sabe lo que vendrá y se adentra aún más desconfiado. Noto su nerviosismo cuando le indico que cierre la puerta y tome asiento en la cama. Se mueve con lentitud porque lo tengo bajo la mira.

—¿Cuál fue la primera regla que te mencioné? —estoy frente a él, con los brazos atrás y dirigiéndole una mirada inquisitiva.

—Debo responder a cualquier petición tuya sin rechistar.

Lleva ambas manos a sus rodillas y rasga débilmente la tela. Su nerviosismo aumenta.

—Esa regla involucra básicamente todo; desde que me mires al hablar cuando te lo pido, hasta que te desnudes si así lo quiero. Y como consecuencia a tu desobediencia obtendrás un castigo de acuerdo al grado de tu falta.

Su mirada cambia y noto un sutil rubor en sus mejillas.

—En la habitación de juegos hay reglas. En mi habitación, en toda la casa y a nivel personal también las hay— me muevo con lentitud en un corto tramo frente a él.

—¿Cuáles? ¿Por qué tantas?

—Porque así es mejor.

—¿Mejor para quién? —cuestiona petulante.

—No preguntes, escucha— advierto—. Conoces las tres reglas principales en la habitación de juegos y en cuanto los encuentros involucren algo o alguien más, sabrás cuáles serán las otras reglas. Esto sólo pasará hasta que tu deseo crezca— digo sin mirarlo y continúo—. En mi habitación personal la primera regla es; no permitir la entrada al sumiso en turno. Segundo; no compartir la cama. Tercero…

—Ya…, todo con el sumiso en turno— se atreve a decir con algo de enojo, pero le ignoro.

—Tercero: no compartir la ducha con el sumiso en turno. Por mucho que me gustes y quiera tenerte en todos los sentidos posibles, nada de involucrarte de más. Todo hasta que yo lo decida,

¿entendido?

—Dijiste que íntimamente sería tu sumiso, ¿qué hay del exterior? Dijiste que me dejarías conocerte,

¿qué si quiero hacer algo contigo sin llevar el título de sumiso? —en su mirada destella su enojo.

—Ya…

—Te contradices.

—No lo hago— digo en voz alta—. Mira, lo más importante es mantener la discreción.

—¡¿Por qué tantas reglas?!

—Para evitarnos esto, precisamente. No me van los malentendidos.

—Pero anoche…

—Lo que pase en el cuarto de juegos o en otro lugar quedará entre nosotros, ¿comprendes? —le corto, él se cruza de brazos—. A nivel personal me has quebrantado.

—¿Qué?

—No me permito vincularme con los sumisos, y sólo porque tú me pediste que nos conociéramos, he accedido. Porque vamos a pasar más tiempo del que podría haber pasado con alguien que solo está conmigo para satisfacerme. Y por qué no me relaciono de más no es de tu incumbencia, limítate a saber solo lo que estaré dispuesto a decir— acorto la distancia y le miro con superioridad, Bill está inquieto.

—¿Y qué hay de nosotros y el sexo?

—Eso, Bill. ¡Bravo! Lo entiendes ahora. Entre nosotros habrá sexo, no haremos el amor y mucho menos te quedarás a dormir después de ello— sus mejillas se ruborizan. Veo en sus ojos que toda chispa de desilusión se enciende aún más. No me importa. Así es esto—. Es sexo. Es diversión placentera. Es solo un juego y en cuanto separes las cosas, en verdad lo vas a disfrutar. Ah, y por si en algún momento se te ocurre mencionar esto; yo no tengo sexo sin protección. No importa que seas hombre y no haya riesgo de procrear, yo no cogeré una enfermedad ni nada de eso. Éste es mi íntimo estilo de vida, me he relacionado con infinidad de personas y me gustaría prevenir lamentaciones tanto para mí como para ti.

Pongo distancia y cruzo los brazos sobre mi pecho. Sigo mirándolo. El ambiente se siente algo tenso.

—Si quebrantaste una regla, ¿por qué no hacerlo con otra?

—No quieras volar antes de aprender a caminar, Bill. Las cosas se harán hasta que yo lo decida. Además, ni que quisiera que algo más suceda con nosotros.

—Pateaste mi orgullo— confiesa en un tono lastimero. Joderrrrr, no. Que no me mire así. Que no use ese tono.

No puedo evitar sentir culpa justo ahora. Quiero acercarme y pedirle disculpas, con él me provoca algo inmenso el ser consciente de que le he lastimado, pero si me disculpo sería aceptar lo que Amara había dicho. Soy lo suficientemente orgulloso como para aceptar las cosas. Ni en sueños me disculparía por lo de anoche.

—Suelo hacer eso a la gente— menciono con falsa arrogancia. Me mantengo atento a él. Se levanta y de dos pasos está frente a mí.

No me puedo resistir a la cercanía. Cada partícula de mi cuerpo me demanda acariciarle para consolarlo. Sus ojos castaños me miran profundamente, intentando averiguar mis secretos y tocar mi fibra sensible. Su aroma entra por mi nariz y aspiro débilmente la deliciosa explosión que éste me ofrece. La respiración sutil que mantiene me parece arrebatadoramente exquisita y al lanzar un suspiro, su aliento afrodisiaco oscila con debilidad por mi barbilla. Él es una total tentación para mí.

Me puede. Vaya que sí.

—Supongo que no hay culpables.

Me encojo de hombros, noto que en estos segundos frente a él he suaviza mi gesto, incluso mi semblante se siente diferente.

—A que lo pasaste mal al ignorarme— digo con un poco más de arrogancia, pero él pasa por alto mi tono—. Ahora conoces un poco más.

—Sí.

—Bueno, serás quien le de sentido a las cosas, Bill. Si es complicado o sencillo, dependerá de ti.

—Entiendo las reglas.

—¿De principio a fin?

—De principio a fin.

Me complace escuchar eso.

—Seremos sólo sexo.

—Tú decidiste continuar y conocer las reglas del juego.

—Y dejamos de lado la petición que te hice— baja la mirada. En algo está pensando, lo sé por su gesto—. Podemos… ¿Podemos retomarlo?

—¿El qué?

—Conocernos. Aprovechar que tú mismo has roto esa regla personal que cuidas tanto. Pero que listo me salió este niño.

Me lo pienso por un rato mientras lo miro en silencio. Realmente me puede y le brindaría cualquier cosa que me pida ¿Ser á Bill consciente de esto? No creo, es ingenuo e inocente ¿O realmente estaría sacando ventaja porque lo sabe?

—Está bien, precioso. Acepto sólo porque tú me lo pides, pero hay una condición…— respondo y con un dedo acaricio su rostro—. No dejaremos los juegos.

—Está bien… acepto. Y-Yo… es decir, esto es mutuo, ¿cierto? —se ruboriza aún más.

—¡Que listo! —le tomo de la barbilla y acerco a mí. Sus labios quedan muy cerca de los míos y cierra los ojos ante ello—. Y aprenderás a separar las cosas.

—Sí.

—Entonces sabes que hacer, ¿verdad?

—Sí. Debo complacerte— murmura y pongo distancia para mirarle. Está ligeramente abochornado y su carita me puede.

—Así es, Bill. Compláceme.

Continúa…

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