Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 11
Cancelé de última hora mi cita con Jace y Amara. Sabía que me perdería de un trío de lo más convencional —como el ver a Jace mandar, pedirle Amara que se tocara para nosotros y después pasar a la habitación de juegos— donde él me invitaría a probar los sabores de su mujer, sentir su feminidad expuesta ante mí y deleitarme con el sexo. Pero no será así.
Decidí quedarme y proponer a Bill algo nuevo. Sé que ahora aceptará sabiendo aquello que le dije ayer.
Debo pensarme muy bien algo para él. Algo que supere las posibles expectativas que tenga sobre un encuentro.
Todo estaba en quietud y me extraña. Usualmente se escucha el televisor en la habitación de Bill, pero ahora no. Subo a la estancia de arriba porque supongo que no ha de estar en su habitación y antes de avanzar otro par de pasos más, veo a Bill en la terraza sentado en una silla, un poco encogido. Me acerco con lentitud y me detengo detrás de la puerta entreabierta, asomando el rostro. Bill está tan concentrado que no escuchó cuando me acerqué.
—Bill…— le llamo y de un salto está de pie. Le he asustado y su mueca ante ello es realmente graciosa, no puedo evitar reírme.
—No salgas así de la nada.
—Estoy seguro de que mis pasos se escucharon llegar.
—Pues no escuché nada, estaba pensando en…
—Shhht— le callo repentinamente y acorto la distancia entre nosotros para posar mi dedo índice sobre sus labios—. Déjame averiguarlo sin escuchar palabra alguna.
Sus lacios y oscuros cabellos danzan con suavidad gracias a la brisa. Los rayos de sol tardío dan directamente en su rostro y él achina los ojos ante la intensidad de éstos. Se le hacen unas ligeras líneas en la frente y en la nariz, paso mi dedo índice por ellas y su rostro se relaja. Le miro directamente cuando mi mano se dirige a su mejilla. Me gusta el brillo que hay en sus ojos, el color castaño en ellos se aclara y me enloquece el intentar ver más allá, pero no puedo, su cara inocentona me distrae. Sólo sé que no veo malicia en él.
En la subasta tenían razón. Bill es ciento por ciento puro —y no me refiero a lo de su virginidad trasera—. Sus mejillas adquieren un sutil tono rosado y le dedico una sonrisa.
—Pensabas en mí— digo con aires de orgullo y tomo distancia para alcanzarme una silla y sentarme.
—Sí, algo así— responde y me mira desde arriba.
—Siéntate— le pido y lo hace. Está a mi lado, intentando aplacarse el cabello—. Entonces… ¿por qué pensabas en mí?
—Ya sabes, por lo de ayer, sobre esa charla que tuvimos.
—¿Algo no te quedó claro? —pregunto levantando una ceja y cruzo miradas con él. Lo noto un poco nervioso, niega con la cabeza y suelta un suspiro.
—No es eso, es de ti— confiesa.
Me quedo en blanco y Bill me mira con los ojos muy abiertos.
—¿Qué conmigo?
—Quería preguntarte algo.
—Sabes lo que pienso de las preguntas.
—Sí, bueno… Yo creo…, creo que no has dicho mucho de ti y quiero saber. Con qué es eso. Vaya, vaya.
La carita que me pone me hace incapaz de levantarme y salir de ahí, además, hicimos un acuerdo. Como yo jamás rompo mi palabra, me quedaré aquí dispuesto a responder lo que quiera saber, pero de no parecerme algo, tendré que recordarle que hay límites.
Le dedico un ligero asentimiento y se acomoda en la silla para mirarme detenidamente.
—Pensé en las preguntas más habituales, pero como éstas no te gustan tanto, lo haremos al estilo «verdadero o falso»— se ve entusiasta y el nerviosismo quedó de lado.
No comprendo muy bien a que se refiere con eso y se lo hago saber: — ¿«Verdadero o falso» es un juego?
—Sí. ¿No lo conoces?
Niego con la cabeza y le respondo: —No lo había escuchado. Yo tengo mis propios juegos y son mejores— sonrío con malicia y él lo entiende. El rubor vuelve a sus mejillas—. Pero creo saber de qué va tu juego. Así que empieza.
—E-está bien— se toca el cabello y desvía la mirada—. Verdadero o falso… Tienes hermanos.
—Falso.
—Haz estado comprometido— su pregunta me da gracia y suelto una carcajada.
—Falso.
—Haz… haz besado a un sumiso.
—Verdadero.
—Haz compartido la cama con un sumiso— levanta una ceja en gesto incrédulo.
—Verdadero.
—¿Qué hay de la ducha? —inquiere. Su curiosidad crece.
—Verdadero.
—Haz roto tus propias reglas.
—Falso— menciono con simpleza y me encojo de hombros. No me cree, lo veo en sus ojos.
—Mientes, lo hiciste conmigo— añade molesto y se cruza de brazos—. Además, sólo usas respuestas cortas. Usualmente la gente da una explicación.
—Bill, es tu juego. Conoces las reglas y yo no, y aun así me recriminas— suelto una carcajada—. Creo haber escuchado que el juego se llama «verdadero o falso» y te estoy respondiendo con esas palabras— acorto la distancia al volverme hasta él—. Si esperabas conocer detalles no hubieses propuesto este juego.
—Pero es que yo…
—Espera— le interrumpo y me pongo de pie, él imita mi acción y me mira confundido—. Es fácil atraparte en tu propio juego— me acerco un paso, él retrocede. Vuelvo acercarme, él se aleja. Dos pasos más y está recargado en el antepecho, sin escapatoria y con una mirada que me puede—. Verdadero o falso, Precioso…
—Eres un tramposo— se queja e intenta escapar de mí, pero lo acorralo extendiendo los brazos hasta que sujeto el borde del antepecho.
—Sólo soy astuto.
—Tramposo— repite y me mira desafiante. Que se sienta el temerario lo hace ver delicioso.
—No lo soy.
—Entonces dime algo que no le hayas dicho a nadie— me reta y el muy chiquillo se cruza de brazos porque asume que ha ganado. Cuanto se equivoca.
—¿Por qué?
—Porque yo te he dicho más cosas de mí.
—Te aseguro que lo mismo que me has dicho acerca de ti se lo has dicho a cualquiera.
Se ha ofendido, deja escapar un suspiro de sorpresa y su boca se abre para decirme algo, pero no lo hace.
—Veamos…, como eres mío, tus niñerías me dan gracia y tus muecas me ponen caliente, podría considerar el decirte algo que no le he dicho a nadie— me acerco aún más. Su pecho y el mío están juntos, me acerco a su oído y le digo: — Verdadero o falso, precioso…— muevo su cabello para tener acceso a su piel. Veo como se ha erizado por la cercanía—. Debes seguir el juego.
Regreso a mi posición anterior y le miro a los ojos, quiero ver como un brillo de deseo brota en su inocentona mirada.
Quiero llevarlo al límite.
—Te ha gustado tu primer encuentro.
Me mira y me mira. No sabe que responder. Se muerde el labio y no se anima hablar.
—Vamos precioso, responde o te orillaré hacerlo— mis manos van hasta su trasero para estrujarlo con saña y acercarlo para poder friccionarnos. Bill cierra los ojos y entre abre los labios—. Mírame. Quiero que lo hagas cuando me respondas.
Entonces lo hace. Lo noto ligeramente abochornado y sus manos sujetan la cinturilla de mis jeans.
—Verdadero— murmura sin dejar de mirarme.
—Jamás experimentaste tanto placer en tu vida.
—Verdadero…
Muy bien, ya lo va entendiendo.
Voy hasta su oído para susurrarle algo, pero inmediatamente ladea la cabeza y me da acceso a su cuello, sus lunares se cruzan en mi mirada y me piden que los acaricie con mis labios. Soy incapaz de ignorarlos. Me acerco haciendo un camino de besos pequeños y alzo un poco a Bill hasta que queda de puntillas.
—Te gustó que te hiciera mío.
Continúo el camino de besos hasta su barbilla y me detengo frente a sus labios. Suelta un jadeo y su aliento oscila muy cerca de mí, tentándome de paso y provocando un vuelco de excitación desde mi abdomen. Noto que sus manos ascienden por mi pecho hasta llegar a mis hombros y quedarse inertes ahí.
—Verdadero— responde con el calor que hay en su boca. Eso me carboniza.
—Quieres repetir…
—Sí quiero.
Mientras una de mis manos va hasta su espalda pasando por debajo de su ropa, otra se dirige al frente y desabrocho sus jeans. Bill, algo alarmado, aprieta su cuerpo contra el mío para prohibirme el paso.
—S-Steve puede venir…— se remueve e inclina hacia atrás.
—Pero es nuestro juego, Precioso, así que continuemos.
Me salgo con la mía. Siento la piel de Bill erizarse bajo mi tacto e introduzco mi mano en su pantalón.
—Ahhh… Tom.
Jadea. Su respiración se vuelve irregular y sus mejillas están más que ruborizadas. Mis ojos no se despegan de los suyos y contemplo sus muecas de placer.
—Quieres repetir, ¿cierto? Quieres estar conmigo.
—S-s-si…
—Y esto te gusta mucho, ¿verdad, precioso? Lo veo. El deseo destella en sus ojos.
Jadea ligeramente y se estrecha más contra mí por temor a que alguien vea.
—Me gusta, Tom— susurra.
—Y yo te gusto, ¿cierto? ¿Te excita cuando me acerco de este modo?
Cierra los ojos y oculta el rostro en mi cuello cuando aprisiono su miembro en mi mano. Comienza a ponerse duro, así como yo.
Mi diestra deja su espalda y va hasta su rostro para poner distancia y tomarle finamente de la barbilla. Quiero ver su expresión y como sus labios pronuncian lo que quiero escuchar.
—Dilo, precioso.
Duda un momento hasta que responde: —Me gustas.
—Te faltó responder una pregunta— le hago notar. Traga saliva pesadamente y sus apetecibles labios se abren para hablar.
—Me excitas.
—¿Y te gusta este juego de «verdadero o falso»?
—Me gusta mucho…
Le dedico una sonrisa triunfante e interrumpo un jadeo cuando mi mano deja su miembro y abrocho sus jeans. Él esta estático, confundido y en blanco porque he terminado nuestro acercamiento de esta manera, pero la verdad es que apenas comienza.
—Entonces, Precioso, te invito a pasar a la habitación de juegos en diez minutos— pongo distancia. Apuesto que cree que estoy bromeando—. Te quiero ver ahí y no me hagas esperar un minuto más o te castigaré.
Traga saliva pesadamente. Su pecho sube y baja con irregularidad y me mira con deseo.
—T-te veo ahí.
Siento que no escuché bien y me quedo quieto. ¿En realidad lo llevé al límite en este momento? Esperaba solo que guardara silencio y poder verlo en diez minutos en la habitación, pero me ha tomado por sorpresa el escucharle decir eso. No se lo hago ver, no demuestro que estoy descolocado con sus palabras, así que actuó con naturalidad. Me muerdo el labio al mirarlo de arriba abajo.
—No vayas a demorarte— advierto antes de salir y voy al final del pasillo.
Me adentro en la habitación. Enciendo las luces y estoy casi a tiempo récord por inventarme un juego, pero la respuesta aparece frente a mí. Preparo el diván, acerco una fusta, un antifaz y un pañuelo de seda, el lubricante y el tipo de esposas que no dañen la piel de mi precioso sumiso. Le haré escoger cuál de los sentidos no quiere usar.
Estoy a punto de desvestirme cuando escucho unos suaves golpes en la puerta. Miro el reloj y noto que ha llegado antes. Tomo la fusta, me dirijo a la puerta y al abrirla me encuentro con Bill. Excitado luce tan delicioso.
Cuando la puerta está cerrada él yace en medio de la habitación y yo rondo a su alrededor, mirándolo con superioridad y detenimiento.
—Esto es algo que no había hecho antes y tú tendrás el privilegio de gozar, Precioso— comienzo por decir, él está inmóvil y continúo: —Quiero que escojas uno de tus cinco sentidos, piénsalo muy bien porque no podrás utilizarlo en este juego.
—¿Por qué?
—Porque es un juego— digo con simpleza y me encojo de hombros al detenerme frente a él—. ¿Ya lo pensaste?
—No, yo…
—Entonces a desvestirte— le interrumpo y voy hasta el diván para tomar asiento y mirarle.
Está abochornado y estático. Su mirada aún conecta con la mía, mi piel comienza a calentarse, el corazón me late desbocadamente y mi respiración se vuelve pesada. Bill, sin romper el contacto visual conmigo, va sacando sus prendas una a una.
¡Joder! ¡Muero por tocarlo! Su piel es perfectamente blanca y sus texturas son delirantes. Me gusta su suavidad.
El primer juego entre nosotros dos. ¡El primero! Y no me limitaré. Uniré todos y cada uno de sus lunares, delinearé con mi lengua sus tatuajes y chuparé con saña ese aretillo en su pezón. Quiero sentir su piel calentarse y erizarse bajo mi tacto. Quiero tener su cuerpo bajo el mío y sus piernas enredadas a mi cintura.
Bill me vuelve loco con tan solo esa mirada inocentona. Me enloquece como ningún sumiso lo ha hecho y como sólo un chico ha podido.
Él es mío y solo mío.
Trago saliva pesadamente y levanto la mano para indicarle que se detenga y se aproxime. A paso lento llega hasta a mí, dejo la fusta de lado y tomo a Bill de la cadera para acercarle un paso más. La punta de mi nariz acaricia su piel y aspiro todo el aroma de su excitación.
Me gusta. Me enciende. Quiero más.
Ese tatuaje de estrella que tiene me incita y carboniza. Lo delineo con mi lengua, voy a su ombligo y vuelvo a descender hasta el oblicuo. Mi diestra deja su cadera para dirigirse al centro de su deseo. La ropa interior de Bill oculta su erección y entonces mi mano se posa sobre ésta.
—Ya decidí— menciona de inmediato al estremecerse de placer. Vuelvo mi mirada hasta él y estoy atento.
—Yo…, no quiero la…
Me pongo de pie y le tomo de la barbilla.
—La vista— completo su frase y asiente con la cabeza.
Recordar como la primera vez intentaba zafarse de las esposas me hace darme cuenta de que él en realidad muere por tocarme. Lo acepto. Quiero que me lleve hasta el exceso.
—Excelente elección, Precioso.
Voy a por el antifaz, aplaco sus cabellos y después se lo coloco.
—Tom, me gustaría…
—No digas mi nombre aún— le interrumpo—. ¿Lo recuerdas? Cuando juguemos debes decirlo en el momento en que quieras ser tomado por mí.
—Pero quiero que me tomes— se apresura a decir.
Me agrada el hecho de que ahora pueda decir estas cosas. Sabía que podía con el atrevimiento y muero por saber qué tan lejos puede llegar este niño.
Sonrío con malicia. Siento un vuelco arrasador desde adentro y la necesidad de tumbarme encima de él crece incontrolablemente.
—Y me gustaría sentirte ahora— sus mejillas arden, siento el calor que irradia cuando le acaricio. Sus manos van a tientas sobre mi cintura e intenta levantarme la camisa.
Sé que lo va a decir. En cualquier segundo las palabras saldrán de sus labios y dejaré que cumpla su cometido.
Bill traga saliva pesadamente y sus labios se entreabren de poco a poco.
«Vamos, precioso. Dilo ya». Me lo pienso mientras me lo como con la mirada.
No se atreve y es una verdadera pena. En realidad, quería escuchar el «quiero desnudarte» que sentí podría atreverse a decir.
Aparto su cabello y lo llevo hasta su espalda, asalto su cuello mientras le voy guiando hacia el diván. Dejo caer al suelo lo que ya no es necesario y Bill queda tendido frente a mí. Sin esperar más me deshago de mis prendas, me hago espacio entre las piernas de él y me acerco hasta sus labios para decir:
—Quiero escucharte decir lo que sientes, cuando te gusta y si es que quieres ir más rápido.
Él asiente. Lleva los brazos a la altura de su cabeza y sus puños se cierran sobre la acojinada superficie. Empiezo un camino de besos húmedos desde su barbilla, saboreo su piel y aspiro su aroma. Mi diestra se dirige hasta su entrepierna e introduzco la mano dentro de su ropa interior para jugar con su erección. Bill se encoge ante ello y echa la cabeza hacia atrás para soltar un jadeo. Su boquita se mantiene abierta y veo como su pecho sube y baja con irregularidad.
Desciendo en jugosas lamidas hasta su pezón y atrapo el aretillo entre mis labios. Bill enloquece y reacciona de inmediato, sus manos se encuentran en mis hombros, encajándome ligeramente las
uñas. Chupo su pezón, le doy lengüetazos y muerdo con saña al instante en que tiro de su miembro con suavidad hasta que mis movimientos se vuelven bruscos, él suelta un gemido.
Encaja sus uñas en mi piel y me da a entender que lo estoy haciendo bien.
Mi piel arde, es como si un fuego abrasador se consumiera desde adentro y la sangre me hirviera, en consecuencia, a ello la respiración se me corta, el corazón se me descoloca y mi pene se convulsiona por la oleada de éxtasis que me recorre una y otra vez. Mis labios descienden hasta su vientre, comienzo a bajar la ropa interior de Bill hasta que queda en sus rodillas. Su miembro es liberado y siento su punta en mi mentón. Me acerco y dejo que mi aliento oscile en su punta. Le hago desear el sexo oral mientras dejo escapar lo caliente de mi boca en su longitud. Bill levanta las caderas implorando que lo haga, pero mientras no me lo pida con palabras no lo haré.
Me reincorporo y saco la prenda de entre sus piernas, él queda expuesto ante mí. Tan delicioso e irresistible. Tan deseoso de continuar ¡Joder! Me carbonizo. Estoy jodidamente encendido.
Separo sus piernas, acaricio sus pantorrillas, las curvas detrás de sus rodillas y la cara interna de sus muslos, antes de poder tomar su erección entre mis manos, las suyas me atrapan y hala para hacerme subir. Siento sus piernas alrededor de mi cintura y tanto su punta como la mía se rozan.
—Me gusta— dice sofocado y a tientas su mano se dirige a mi erección.
Dejo escapar un jadeo cuando lo aprisiona en su mano y comienza a recorrerlo de arriba abajo. Siento que en ese jadeo se me ha escapado el alma. Su tacto, tan suave y determinado, hace que me estremezca de placer. Me encojo ligeramente y él lo nota. Su otra mano va hasta mi espalda, sus dedos delinean mis músculos y recorre mi columna hasta que mi piel se eriza y arde ante su tacto.
Me carboniza.
Alcanzo el lubricante y pongo un poco en su entrada para poder introducir mis dedos en él. Bill se arquea, su pecho se junta con el mío y mi otra mano va hasta su erección para poder aumentar el ritmo que él lleva sobre mí. Lo entiende. Me imita mientras se arquea y gime para mí.
Tan precioso, inocente y deseoso que se ve.
Bill gime. Eso me gusta. Sus sonidos de placer inundan mis oídos y su tacto se graba en mi piel, deja un rastro que arde cuando lo hace. Y me encanta.
Seguimos el ritmo hasta que no aguanto más. Debo entrar en él. Lo necesito. Siento mi pene palpitar y dirigirse hasta la entrada de Bill.
—Te toca ponerte a gatas sobre el diván— le ordeno con la voz ligeramente ronca.
Le hago reincorporarse y como no ve, le ayudo. Está frente a mí, con el culito alzado y esperando por mí. Me estiro para alcanzar de una mesa cercana un preservativo para colocármelo. Me acerco a él, aparto su cabello para descubrir su nuca, entonces Bill se gira un poco hasta a mí.
—No has dicho mi nombre y eso me tiene al borde, Precioso— le doy un fuerte guantazo en el culo y se curvea al soltar un gemido de dolor—. Guárdatelo, ya no quiero oírlo. Te voy a penetrar de todos modos.
Bajo por su espalda y doy un beso casi al final de su columna. Le hago creer que seré bueno con él, pero le sorprendo con otro guantazo y su nalga queda roja. Me gusta. Le doy un tercer guantazo y estrujo su nalga, y sin previo aviso, de una estocada estoy dentro de él. Está algo estrecho pese a que había jugado previamente con su entrada y ahora mi punta sufre un poco, pero no importa. Tomo su miembro con la otra mano y lo masturbo sin cuidado.
Le convenía decir mi nombre.
Todo se vuelve tan caliente, tan frenético e imparable que arde. El pene de Bill se sacude en mi agarre por la tremenda oleada de placer que atraviesa su cuerpo, incluso noto que las rodillas le tiemblan y sus puños ya no pueden seguir sujetando el borde del diván. Le penetro con rudeza sin importar nada. Bill ahoga sus gemidos y éstos me incitan a seguir el ritmo.
—Duele, Tom— me dice, pero lo ignoro. Ya casi. Sí, lo siento en Bill.
—Muy tarde, Precioso. Dije que te guardaras el decir mi nombre. Y salgo de él.
Bill cae en el diván sin llegar al orgasmo.
—Tom…—murmura y me acerco a él.
—Verdadero o falso, Bill… Te convenía decir mi nombre mucho antes— respondo con seriedad y me aparto de él. Tomo el pañuelo de seda y lo paso por su rostro hasta dejarlo caer en su erección—
. Vístete y márchate— le ordeno y me encamino a la ducha.
Yo puedo continuar ahí dentro. Me vuelvo para cerrar la puerta y veo su rostro confundido ante la distancia.
Inexpresivo, cierro la puerta, me retiro el preservativo y al estar bajo el chorro me concentro en la masturbación hasta que logro correrme.
Ojalá le haya quedado claro el mensaje.
Continúa…
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Pues a mí no me quedó claro ningún mensaje perro 👺
Estupido Tom terminaras tu siendo el jodido sumiso de mi Bill presioso 😡
Te ODIO ojalá te VALLAS al infierno, perro😡