Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 12

¡Pero qué mierda!

No se sí fue el hecho de haber dado a desear algo de sexo a Bill el motivo que le llevó a no decir mi nombre, pero le di el castigo que merecía. Primera y única ocasión en que me limito a solo partirle en dos e interrumpir su orgasmo, la siguiente ocasión será algo más fuerte. De eso no cabe duda.

No hemos hablado en toda la noche y esta mañana ni siquiera tuve intenciones de dirigirle la mirada.

¡Qué le den!

He pasado la mayor parte del día en la habitación con la puerta de la terraza abierta y paseando de un lado a otro mientras veía la cortina moverse por la brisa que se adentraba. Sentía mi cara arder y la cabeza a punto de explotar sino dejaba de darle vueltas al asunto. No me explico por qué esta vez tuvo que ser diferente. Algo no salió bien, evidentemente, y me jode el que incluso yo me quedé sin un orgasmo digno. Sin ver como Bill se curveaba de placer, soltaba un gemido triunfal y se derretía en el diván con mi cuerpo sobre el suyo.

Debería no tomarlo tan a pecho, los castigos son eso, castigos. Es la primera vez que me jode tanto uno de éstos.

Intento calmarme, pero los toquidos de alguien que llama a la puerta hace que salga de mis pensamientos por un momento.

¿Ese será Bill? Seguro que quiere recriminarme lo que ocurrió. Pero que ni se le ocurra o me conocerá en verdad.

Suspiro profundamente pasándome las manos por el rostro, instantes después miro la puerta y me aclaro la garganta en un ligero carraspeo.

—¿Señor? —dice Steve tras la puerta y vuelvo a suspirar.

—Adelante.

La puerta se abre y él se adentra. Noto que tiene el teléfono entre las manos y se acerca para entregármelo.

—Su padre está en la línea. Es algo importante.

Le dedico un asentimiento leve y tomo el teléfono. Él retrocede y se encamina para salir.

—No cierres— le pido y obedece. Regresa sobre sus pasos y se me pierde de vista. Vuelvo la mirada al teléfono, quito el silenciador y me lo pongo al oído—. ¿Sí?

—Hijo…

—Dime qué se te ofrece— respondo cortante y me acerco al umbral de la puerta en la terraza.

—No llamo en un buen momento, ¿cierto?

—No me imagino el cómo lo supiste— digo con algo de sarcasmo y fijo la mirada en el horizonte. El sol apenas está cayendo.

—Escucha, Tom, puedes ser tan frío como quieras, pero…

—Ajá ¿Y? ¿Eso era lo que querías decirme?

—Bien, lo haremos a tu manera, directo al punto— menciona en rendición y continúa—. Los accionistas vendrán mañana a una reunión y te necesito aquí lo más pronto posible para ponerte al día.

—Eso no pasará— le corto de inmediato y me vuelvo a la habitación, mi sorpresa es ver a Bill parado bajo el umbral a punto de llamar a la puerta.

—Necesito que estés aquí porque…

Ignoro sus palabras, solo me centro en Bill. No me interesa lo que tenga que decir, así que me acerco hasta él.

—Ahora no— él retrocede y entonces cierro la puerta—. ¿Para qué quieres que esté ahí? Puedes manejarlo sin mí— digo entonces a mi padre, dándole la espalda a la puerta.

—Eres mi sucesor.

—No me gustan los negocios y lo sabes— me siento en la cama y me cubro el rostro con la mano. Oh, sí… Aquí viene la jaqueca. Necesito una píldora y pronto.

—Algún día no estaré, Tom. Y tú serás quien ocupe mi lugar en el Bellagio.

Tenía que recordarme eso de nuevo. Siempre recurre al mismo chantaje ¿Es necesario victimizarse? Lo peor de todo es que accedo porque, vamos, me lleve bien o no con él, es mi padre y tengo esa responsabilidad con él.

—¿Solo una reunión?

—Junta de pre-servicio en gerencia y cubrir tu itinerario— suelta de golpe.

Me lo pienso un momento después de suspirar. Llevo la mano sobre mi boca, luego con los dedos índice y pulgar, los deslizo por mi bigote y barba hasta que retiro la mano.

—¿Debo usar un Armani?

—Si no es mucha molestia…

¡Joder! En cima me hará usar un Armani.

Esto de regresar a Las Vegas quizá me haga olvidar el asunto de Bill. Miro el reloj, son las siete y pico.

—Estaré en el hotel cerca de las diez.

—Luche preparará todo. Nos vemos, hijo. Gracias— su tono cambia, ahora suena más paternal.

—Sí, nos vemos.

Y sin emoción, cuelgo.

Me dirijo al baño y del botiquín tomo una píldora para la jaqueca. Espero unos minutos y salgo al corredor.

—Steve, te necesito arriba— le llamo. Seguro que me escuchó desde cualquier lugar en la casa, ésta vez usé un tono más alto de lo normal.

Del armario cercano tomo una valija mediana y regreso a mi habitación.

—¿A dónde vas? —cuestiona Bill detrás de mí. Hago como que no lo escuché.

Subo la valija a la cama, recorro el cierre para abrirla, voy hasta el clóset y tomo rápidamente dos cambios de ropa. Acomodo el traje Armani y unos zapatos elegantes.

—¿Llamó, señor?

Steve se adentra a la habitación y me mira en espera de una respuesta. Me vuelvo a Bill quien está bajo el umbral y con la mirada me exige unos segundos de mi atención, pero regreso la vista a Steve.

—Llama al aeropuerto, que tengan listo el jet, y si no, contacta el helipuerto. Regreso a Las Vegas.

—¿Las Vegas? ¿Por qué te vas allá? —Bill insiste, pero vuelvo a ignorarle.

—Enseguida, ¿algo más que pueda hacer por usted? —Steve se dirige a mí.

—Solo alista el auto.

Asiente y sale de la habitación.

Busco el portátil y los cables para la batería y lo acomodo todo en la maleta. No necesito nada más. Todo ya se encuentra en el penthouse.

Bill suelta un ligero carraspeo y me detengo a mirarlo, se cruza de brazos y entonces dice: — ¿Por qué te vas?

Realmente cansado por su insistencia, no me queda de otra más que responderle.

—Negocios. No entiendes estas cosas.

—Entendería si me lo dijeras— se apresura a decir—. De hecho, entendería muchas cosas si tan solo me dijeras…

—¿Cuál es tu punto? —le corto de repente y me cruzo de brazos.

—Mi punto es que no comprendo por qué me trataste como me trataste.

En sus ojos destella una chispa de furia. He pateado más que su orgullo y veo la indignación en su rostro.

—¡Eres un completo idiota! —entra a paso firme—. ¡Casi me partes en dos con tus gloriosas embestidas!

¡¿Pero qué se ha creído?!

—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? Te has sentenciado a ti mismo— lo tomo por los codos y guío hasta afuera, pero pone resistencia—. Me encargaré de tu castigo después.

—¡No! —éste chiquillo es tan escurridizo que sale de mi agarre, infla el pecho y me enfrenta.

—No me obligues a sacarte de aquí, Bill— le advierto. Siento que estoy perdiendo la paciencia y la jaqueca vuelve con fuerza.

—¡¿Ahora soy Bill?! —cuestiona haciendo comillas con los dedos al mencionar su nombre—. ¡Claro! Cuando te pones bruto yo paso de ser nada a ser «Bill»— añade con ironía—. Pero ayer era «Precioso», ¿no? Sólo hasta cuando…

—No lo olvides, eres mío y puedo llamarte como quiera y cuando quiera— le interrumpo. De verdad no puedo con su mirada. Podría hacer algo estúpido si me sigue provocando.

—¡¿Disculpa?! ¿Cuándo tú quieras? —está realmente indignado—. Dije tu nombre, grandísimo idiota ¡Dije que quería ser tomado por ti! —su dedo pincha en mi pecho, pero no pudo siquiera empujarme—. Y estabas tan perdido por dejarte llevar que no entendiste el mensaje. Me trataste como si fuese una prostituta o algo.

Quiero contar hasta diez y respirar profundamente. En realidad, pierdo la paciencia. Quiero tomar ese vuelo y estar lejos de él de una buena vez. Yo no acepto reclamos de nadie.

—Si buscas una disculpa, estás en el sitio equivocado— me vuelvo para cerrar la valija. La tomo y salgo de la habitación.

—No busco tus disculpas, amo y señor del universo— sus palabras hacen que me detenga. Conozco ese tono de voz. Me vuelvo y veo como apenas es capaz de salir de la habitación, su movilidad es lenta, le duele porque fui más que rudo con él—. Sólo te hago ver que no tenías por qué tratarme así. Soy una persona, no un objeto, Tom.

Eso me cae de peso. Es la cereza del pastel de porquería. Pero lo que busca de mí en estos momentos no va conmigo y más vale que no insista. Su mirada de venadito desamparado no me hará caer.

—Recuérdamelo cuando vuelva el jueves por la noche— le doy la espalda y bajo las escaleras.

—¡No he terminado de hablar contigo!

—Pero yo sí— digo por último y salgo de casa.

El auto está listo, le doy la valija a Steve y la mete en la cajuela. Me vuelvo hasta él antes de subir al auto.

—Quiero que estés atento a lo que pueda necesitar Bill. Si pasa algo, avísame de inmediato— exijo y asiente rápidamente.

—Señor, el helipuerto le espera para su pronta llegada— dice dándome las llaves.

—Bien. Hasta entonces.

Me subo al auto y conduzco al helipuerto.

La movilización por la ciudad es rápida. Llego en poco tiempo, subo al helicóptero y en cuestión de nada estoy en Las Vegas. Las luces de la ciudad me hacen distraer un momento el dolor de la jaqueca. Intento no pensar, ahora solo necesito olvidarme de lo sucedido.

Aterrizamos en el helipuerto del hotel. Luche ya me está esperando. Salgo cuando las hélices se detienen y voy codo a codo con Luche, él le indica a alguien que vaya por mi equipaje y nos dirigimos al penthouse.

Entramos, la luminosidad me molesta y espero a que se vayan él y el botones para poder apagar las luces.

—Luche, quiero que te lleves mi traje y lo traigas temprano por la mañana— el botones me mira, le indico que le entregue la valija y va hasta el living para poder abrirla y sacar el Armani.

—Su despertador sonará a las ocho en punto, señor— me indica él al pasar detrás de mí—. En la mesa de noche encontrará los documentos para ponerse al día, así como lo pidió su padre. Por favor léalos.

—Bien.

—Su cena subirá en cuando llame al servicio.

—Ya retírense— exijo y ambos asienten.

Me acerco a la barra, me apetece un trago y cuando me lo sirvo, las luces ya están apagadas y entonces me dirijo a la ventana. Veo que ha empezado uno de esos shows en la fuente de aguas danzarinas. Le doy un trago a mi bebida mientras soy espectador de lo que me rodea tras el cristal. Veo a la gente, los miles de luces de colores y los casinos; el París y su torre Eiffel, el Venetian y las góndolas en el lago artificial. El Mirage y sus espectaculares de shows de magos famosos.

Estoy de pie, simplemente observando, notando como me he calmado desde que bebo algo de ron. Estoy aquí parado donde ese día Bill y yo lo estuvimos.

¡Claro! Tenía que ser… Que oportuno el recuerdo de Bill.

Voy a la barra a por la botella y regreso al living, dejándome caer en el sillón. Dejo pasar los minutos mientras organizo mi tiempo mentalmente para mis actividades de mañana cuando bebo unas cuantas copas. El teléfono ha sonado un par de veces, pero no me he acercado siquiera para ver de quién se trata. Cuando Bill vuelve a mí mente de una manera repentina, me tomo de golpe la última copa. Me esfuerzo, pero no puedo ignorarlo. Me puede aun estando así.

Es la segunda discusión sobre algo que involucre los juegos. Repaso las palabras dichas por él hasta hace un buen rato para saber cómo arreglarlo.

«Dije tu nombre, grandísimo idiota. ¡Te dije que quería ser tomado por ti! ¡Casi me partes en dos con tus gloriosas embestidas!»

—¿Eso? ¿De verdad es eso? —me cuestiono en burla.

¿Gloriosas embestidas? ¿En verdad Bill dijo eso? Me cuesta trabajo creerlo ya que estaba enojado cuando lo dijo. Creo que a la frase «gloriosas embestidas» le va más un tono sugerente. Pero en efecto, dijo mi nombre.

Lo analizo bien una y otra vez mientras mantengo la vista fija en nada, realmente.

Mi mente comienza a procesar ese momento de nuevo. Repito la frase unas mil veces para mí mismo y entonces caigo en cuenta de una posibilidad; Bill dijo mi nombre, lo hizo porque no quería esperar, estaba muerto de deseo y me quería dentro, así como la primera vez. No quería esperar, por eso dijo mi nombre, porque necesitaba que rompiera la cercanía y… ¿le hiciera realmente mío?

Pienso en mi teoría. Me muevo hasta la habitación y al llegar me siento en la cama aun repasando mentalmente sus palabras.

«¡¿Ahora soy Bill?! ¡Claro! Cuando te pones bruto yo paso de ser nada a ser «Bill». Pero ayer era «Precioso», ¿no?»

¿Qué voy hacer con sus reclamos? Eso realmente le dolió. Y podría jurar que el llamarle por su nombre le dolió aún más que mis gloriosas embestidas.

Había pateado su orgullo, estaba realmente indignado y dolido, y yo… Yo fui un completo… ¿Qué fui? No importa, prefiero verme como el malo a quebrantar mi orgullo y pedir disculpas, aunque ese día en la habitación de juegos —su primera vez—, las esposas habían marcado sus muñecas ligeramente y yo le había dado un beso en disculpa. Porque el saber que le había herido me preocupó. Es tan perfecto como para lastimarlo, pero su rebeldía era merecedora de un castigo. Así son las reglas. Son mis reglas y no puedo quebrantarlas. Si no había sucedido con nadie, ¿por qué ahora con él? Ahora al recordar su lentitud al caminar, me hace darme cuenta de lo bestia que me puse.

Jodido seas «castigo de interrumpir un orgasmo». Y más aún, yo, porque era el culpable.

Mi móvil emite un sonido logrando así sacarme de mis pensamientos. Veo la hora y me doy cuenta de que he pasado más tiempo analizando la situación que leyendo los documentos sobre la mesita de noche.

Noto que era un mensaje de mi padre, pero lo ignoro, marco inmediatamente a casa. Un tono. Dos tonos… alguien contesta.

—¿Diga?

—Steve, soy yo. Escucha, pon a Bill al teléfono.

Ni pensarlo más. Tengo que decirle que fue mi error. No puedo con la idea de que le he lastimado. No puedo con que el castigo me ha jodido.

—Permítame un momento.

Espero en la línea unos minutos, apuesto a que Steve le está convenciendo de tomar la llamada.

—Se ha negado en tomar el teléfono, señor.

—Dáselo y dile que necesito hablar con él.

—Bien, espere.

Sigo esperando, ahora un poco nervioso sobre si Bill contesta o no.

—¿Qué? —dice de mala gana después de un rato. No me interesa su tono.

—La vez pasada no hubo culpables, ¿recuerdas? Pero esta vez sí y fui yo. Lo acepto— digo rápidamente—. Y si entendiste o no el mensaje allá tú. No lo volveré a repetir, así que…

—¿Te estás disculpando? —me interrumpe.

—El que reconozca mi error no quiere decir que me esté disculpando, ¿entiendes? —mis cejas se juntan.

A que se regocija por dentro, incluso escucho una risita por su parte.

—Es una disculpa.

—No lo es— le aclaro.

—Lo es, Tom— insiste—. Seguro estarás echando humo por no reconocerlo— se burla—. Tu mirada es tan provocativa como intimidante cuando te enojas.

¿Escuche bien?

Me quedo en blanco. No sé qué decir ¿A qué viene eso?

—¿Qué pretendes? —cuestiono con curiosidad.

—Yo nada, ¿qué pretendes tú? —inquiere. Guardo silencio.

Estoy tentado al escuchar su respiración en la otra línea. Imagino que estoy cerca de él y tanto su respiración como su aliento oscilan muy cerca de mí. Sonrío con malicia y me tumbo en la cama para mirar el techo.

—Nada— digo al fin.

—Bien. Si sólo hablaste para decir…

—No cuelgues— le corto y él se queda en silencio—. No lo hagas.

—Dame una razón para no mandarte a la mierda. Después de cómo me has tratado, no creo que merezcas que yo siga al teléfono.

—Ven a Las Vegas mañana— propongo y se queda callado por un momento.

—¿A Las Vegas? ¿Es en serio, Tom? —su tono cambia, hasta se escucha algo sorprendido.

—Así es, Bill. Hablo en serio— se me sale una sonrisa maliciosa.

—¿Qué tanto?

Quiere ponerme a prueba y comprobar si lo que digo es verdad. No sería la primera vez.

—Tan en serio como que te deseo.

Suelta una risita. A qué eso le ha hecho ilusión e instantes después recobra la compostura.

—No lo sé. Fuiste un idiota antes de irte y ahora esto. Dime, ¿es parte de tu disculpa?

—¿Mi disculpa? Te equivocas. Acepté mi error, lo cual es muy diferente. Creí que ya había quedado claro ese punto.

Que no insista porque me puede.

—Si aceptas que fue una disculpa, iré— él y sus condiciones que se le dan tan bien. Me había dicho a mí mismo que no las volvería a permitir, pero no puedo negarme.

—Si vienes, aceptaré que fue una disculpa.

—Solamente iré si lo aceptas antes.

Éste se cree listo. Sé que, si sigo intentando negociar, no llegaré a ningún lado y a la larga perderé la paciencia.

—No es así como funciona, Bill. Ven y podrás mirar mis labios decir «lo siento».

—Eso es lo que quería escuchar— dice con entusiasmo.

¿Qué?

¡Oh, idiota! Caí en el juego de Bill.

—Muy listo. Conseguiste que lo hiciera, lo que quiere decir que vendrás aquí y lo pasarás conmigo todo el día.

—También soy bueno en los juegos, Tom— sus palabras me dejan en blanco.

¿Sus juegos? El «verdadero o falso» fue divertido gracias a mí.

—Está bien— lanzo un suspiro para deshacerme de lo mucho que me jode pedir disculpas—. Lamento haberte hecho eso.

—¿Qué cosa?

Tomo un momento para digerir sus intentos de echarme en cara lo que hice. Ha de estar regocijándose ahora mismo.

—El haberte jodido anoche.

—¿Y qué hay de no haberme dirigido la palabra hasta ahora?

—Sí —admito con algo de fastidio—. También eso.

—Bueno, voy a considerar tus disculpas. Ahora dime, ¿haremos que el día de mañana sea Interesante?

Esa es la actitud que esperaba por su parte. El muy chiquillo se da a desear y lo peor de todo es que sus intenciones dejan de molestarme, ahora solo quisiera tenerle aquí y mostrarle cómo es que finaliza una disculpa.

—Tal vez puedas mostrarme tus dichosos juegos y yo juzgaré si eres bueno en ellos o no.

—Está bien, a ver qué pasa mañana— se hace el desinteresado, pero apuesto que está que se deshace por dentro—. ¿Cómo llegaré allá?

—Deja que yo me encargue.

—¿Debo decirle algo a Steve?

—No es necesario, hablaré con él más tarde.

—Bien, entonces si es todo…

—Que afán el tuyo de querer colgar— le corto y escucho una risa corta.

—¿Qué más quieres hablar conmigo?

Sus palabras y la idea de mostrarle lo que usualmente acompaña mis escasas disculpas, hacen que nazca una propuesta para él.

—¿Steve está ahí? —cuestiono y el niega con un «Mm-mm»

—Se marchó cuando pretendía colgar la primera vez ¿Por qué?

—Curiosidad.

—Mientes. La verdad es que no quieres que nos escuche hablar.

—No imagino cómo lo adivinaste— añado con algo de sarcasmo y se ríe, yo también lo hago. Después de un corto silencio entre nuestras risas, me atrevo a orillar el tema de mi propuesta con algo que viene a mi mente de manera fugaz—. Así que… ¿gloriosas embestidas? —espero alguna respuesta de Bill, pero no dice nada, entonces continuó—. Hagamos un experimento, seguro te gusta.

—¿Qué clase de experimento? —suena tan curioso como temeroso.

—¿Es tan difícil de adivinar? Estamos al teléfono y solo quiero una cosa porque me has tentado— hago una pausa porque parecía que iba a decir algo, pero finalmente no lo hace—. Quiero que te toques para mí y quiero escuchar tus sonidos de placer— suelto de golpe.

Escucho como a Bill se le corta la respiración. Puedo imaginarme su mueca ante esto. Me gusta, él es simplemente delicioso en todos los aspectos.

—Quiero jugar contigo, Bill, y quiero jugar ahora.

Continúa…

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