
Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 16
Pestañeo. Me doy cuenta de que leí dos páginas de la revista frente a mí y sin saber de lo que trataba porque fantaseé con aquel momento de gloria experimentado en el apartado. Esa noche fue espectacular.
Levanto la mirada y veo el pequeño pasillo que da a la cabina del piloto, desvío la mirada hacia la izquierda y Bill está a mi lado cayéndose de sueño. Su mejilla es aplastada ligeramente contra el acojinado asiento de cuero y poco a poco se desliza hasta que toca mi hombro, arruga la nariz como si algo lo molestara y sus ojos se abren lentamente hasta mirarme con ese brillo particular que tiene. Intento ocultar mi sonrisa, pero mi comisura se levanta involuntariamente y él me devuelve el gesto antes de bostezar.
—¿Ya casi llegamos?
Pregunta y le digo que sí con un ligero asentimiento.
El vuelo a Francia ha sido muy largo, él no está acostumbrado a este tipo de viajes. Casi son las nueve de la noche, pero hasta hace un rato, justo antes de fantasear, me fue notificado que aterrizaríamos dentro de poco.
Cuando Bill se incorpora en su asiento, se gira hasta la ventanilla.
—¡Mira cuantas luces!
Repentinamente se vuelve a mí y espera a que eche un vistazo, pero no lo hago.
—¿No te acercas a mirar?? ¿Estorbo un poco? ¿Quieres que intercambiemos lugares? —su gesto me resulta infantil, hace amago de levantarse, pero lo detengo—. ¿Qué sucede, Tom?
—No necesito asomarme por la ventanilla cuando puedo apreciar todo desde tu mirada. Es un juego.
Los últimos días he hecho esta clase de cosas porque sé que en Bill nace una especie de ilusión, algo destella en su mirada —es un brillo que logró dejarme fascinado desde la primera vez—, y que se ruborice por los halagos causa en mí una sensación parecida a un cosquilleo.
Para tentarle, me acercaba y alejaba. Mi mano iba sobre la suya o directamente a su mejilla, y en ocasiones, mi pulgar delineaba sus labios; le decía cosas al oído que le dejaban en blanco y siempre le dedicaba una sonrisa cómplice al final. Pero esta vez no lo hice.
Durante estos días, Bill se me había acercado con una sola intensión; besarme. Después de nuestro encuentro en el apartado, su determinación por unir nuestros labios iba creciendo, y yo, con mi pequeño juego, creaba en él la desesperación.
Me resultaba delicioso.
Que venga en búsqueda de mis labios me deleita completamente. Quiero ver qué tan paciente es Bill. ¿Esperará a que yo me acerque o terminará haciéndolo él?
Le dedico una sonrisa y menciono:
—Veo la torre Eiffel en tu mirada.
Suelta una carcajada un tanto nerviosa y avergonzada, gira su cuerpo sobre el asiento, justo en mi dirección y termina por colocar las manos sobre su regazo.
—Y dime, ¿la torre Eiffel luce bien?
—Absolutamente— le lanzo un guiño y él desvía la mirada por unos segundos.
—Gracias…
Noto el rubor en sus mejillas.
—¿Te da vergüenza?
—No entiendo cómo eres tan intuitivo.
Quiero decir algo como: «Simplemente soy observador», pero mi ego salta en acción.
Me encojo de hombros y respondo con algo de arrogancia: — A veces me pregunto lo mismo.
No me lo cree. Pone los ojos en blanco y después resopla. Cuando sus cinco segundos de mamón se le han pasado, sonríe.
—Solo quiero saber algo— dice después de unos instantes.
—Cualquier cosa puede esperar hasta llegar al hotel.
—Pero…
—Shhht— le corto. Tras la ventanilla veo que perdemos altitud y el sonido de «abrochen sus cinturones» llega hasta mis oídos. Llevo las manos al cinturón de Bill para ajustarlo—. Aterrizaremos en un momento, lo que sea que quieras saber, dímelo en el hotel.
Me acomodo en mi asiento y ajusto el cinturón.
En cuestión de tiempo aterrizamos y bajamos del avión. Cerca hay una limusina esperando por nosotros, el chofer guarda nuestro equipaje y nos dirigimos al hotel. Por el camino damos una vuelta cerca de la torre Eiffel y Bill baja el cristal para asomarse. Las calles, locales, e incluso la gente, captan la total atención de él. Supongo que tiene motivos para emocionarse.
Me lo pienso un par de veces mientras le veo, aunque había actuado un tanto evasivo cuando tocaba el tema de Francia, ahora no parece mostrar esa actitud.
Aquel pensamiento es interrumpido por Bill quien me palmea la rodilla para llamar mi atención. Me acerco, él se vuelve al instante y chocamos de narices.
No me muevo. No se mueve. Bill suelta un suspiro muy suave y siento sus labios cerca. Un cosquilleo ataca mi interior y sonrío cuando él se mueve un poco, haciendo amago de acercarse toda vía más. Llevo el dedo índice hasta sus labios y pongo distancia.
—Luego, Precioso.
Él parece molesto e intenta no fruncir el entrecejo.
—¿Luego?
—Ya lo veremos— añado en tono sugerente y tomo su mano para besar la cara interna de su muñeca.
—Ernmm… ¿T-Tom?
—Déjame adivinar…, tienes preguntas y no puedes esperar a llegar al hotel. Asiente de inmediato con un suave movimiento.
—Sigo sin entender muy bien porqué vinimos a Francia.
—Bueno, esta noche lo pasaremos aquí y mañana iremos al sur.
—Ya sé, me lo dijiste esta mañana. Yo me refería al verdadero motivo por el que me trajiste— se ve nervioso.
—Asumí que entendiste de qué se trataba cuando estuvimos la última noche en Las Vegas.
Mis cejas se juntan ligeramente. No me creo que Bill no lo haya comprendido aún o que intente evadir el tema de la reunión ahora que hemos venido hasta aquí.
—Sí, pero no me diste detalles. Quiero saberlo, Tom. Quiero saber qué esperar esta noche— muerde suavemente su labio inferior y me mira sin pestañear.
¿Qué voy a hacer? Él realmente me puede. Mi rostro se relaja y suelto un suspiro.
—Veamos… ¿Cómo decirlo? —me cruzo de brazos y fijo la vista al frente—. Pertenezco a un club. Es uno de los más importantes y cotizados, sólo entra quien realmente puede pagar.
—¿Club de qué?
—Swingers, Bill. Son todos swingers. Cada año se reúnen al sur del país, donde hay tres de los mejores locales, cada uno diferentes y asiste gente de todos lados que busca una sola cosa; la mejor noche de sus vidas. Si te apetece, iremos a los tres locales, pero el de la playa es mi favorito, así que será una parada obligatoria.
—Me gusta la playa— dice animado para intentar dejar de lado su nerviosismo, pero su ocurrencia me hace soltar una carcajada. Me vuelvo a mirarlo.
—¿Te gustan las playas nudistas?
—¡¿Es una broma?! —sus ojos se abren de sobremanera y separa un poco los labios
—No lo es.
Me mira sin pestañear.
—No mentí, Bill. Desde el primer instante quise traerte a esta reunión— él está en blanco, pero yo continúo: — Me gusta tu curiosidad y la manera en la que ésta te mata en ocasiones, pero realmente desde que te vi solo pude pensar en traerte aquí y disfrutar plenamente del sexo contigo.
—Yo…
—Shhht… No quiero que hables. Aquí las cosas serán diferentes, Bill. Te di el beneficio de elegir lo que querías en un encuentro porque esperaba a que tu interés creciera, y así sucedió, pero de ahora en adelante obedecerás la regla de oro— se ve confundido, para relajarlo me vuelvo hasta él completamente, paso el brazo por encima de sus hombros y con la diestra tomo la punta de su barbilla para hacerle mirarme—. Los juegos serán planeados por mí y otros, serán mejores y más intensos.
—¿Qué tanto?
—Podemos estar tanto con una persona o con diez, depende de lo que surja— me acerco a él—. Eres muy impaciente, esto debimos hablarlo en el hotel, así hubiésemos jugado un rato, pero…
—Pero…, ¿qué? —va en búsqueda de mis labios, estos se acarician por la cercanía y su aliento choca contra el mío.
—Hoy no tengo ganas de jugar a eso, Precioso— miento.
Este juego me gusta. Logro dejarlo completamente tentado y al final pongo distancia y le lanzo una sonrisa.
Estoy orillándole a ser quien tome la iniciativa. Sé que puede hacerlo. Sé que puede ser capaz de seducirme, incitarme a un encuentro para hacerlo mío. Sé que Bill es capaz de acercarse y decirme cosas capaces de carbonizarme. Lo ha hecho antes, pero han sido cosas pequeñas, esta vez quiero que sea él quien me proponga algo. Puede ser más provocativo, lo sé.
Está inmóvil. Sé que no le gusta este juego, pero debe responder a éste o todo irá en un sentido diferente.
—Tienes que saber, Bill, que aquí las cosas deben ser claras para nosotros y ante los ojos de todos.
—Significa que…
—Eres mío y todos lo sabrán. Incluso tú.
Muy apenas soy capaz de decir. El auto se detiene y la puerta se abre. Hemos llegado al hotel. Hay alguien esperando por nosotros, bajamos de la limusina y entramos para ir al mostrador. Me entregan la llave de la Jr. Suite, un botones lleva nuestro equipaje y yo tomo a Bill de la muñeca para indicarle el camino que he recorrido ya varias veces, pero él está absorto ante el iluminado y lujoso vestíbulo. Cuando entramos al ascensor y miro sus ojos por el reflejo de las puertas, siento sus intenciones. Intenta acercarse y buscar la manera de cumplir su cometido, pero no se anima de momento.
El ascensor se detiene en el noveno piso y las puertas se abren, vuelvo a tomarle de la muñeca para ir hasta la suite. Le permito el paso porque quiero escuchar su asombro —es música para mis oídos—. La decoración no llama totalmente su atención porque la ventana que va del suelo al techo
nos da la vista más espectacular de todas. Él se acerca, dejo la puerta abierta para que el botones entre a dejar las cosas y cuando se retira, voy tras los pasos de Bill.
Al acercarme a su espalda me inclino un poco a la derecha para susurrar junto a su oído: — La torre Eiffel luce absolutamente bien en tu mirada.
Mi mano izquierda roza la suya y antes de que se vuelva a mirarme.
—Tu habitación es la de la izquierda— le indico donde se encuentra—. Cenaremos aquí, así que ponte cómodo.
Voy hasta el teléfono en el living, llamo a Room Service y ordeno algo para ambos. Tomo mi valija
—que está cerca de la puerta— y la llevo a mi habitación. Bill hace lo mismo, después se acerca al sofá y aguarda por mí. Me siento junto a él y su mirada cambia, pero no sé a qué se debe.
—¿Qué?
—Solo me pongo cómodo.
—Ah, bien. Pero no es eso, ¿o sí? —intento adivinar.
—No— responde después de guardar silencio.
—Entonces habla ya, por favor.
—Es que yo… yo me preguntaba si tú ya… ¿Ya habías venido aquí? ¿Ya habías venido a esas reuniones?
Con que es eso. Bueno, pero no entiendo a qué va que se ponga así.
—Unas cuántas veces— respondo y acerco mi mano para tocar las puntas de su cabello—. A lo largo del año surgen otros eventos, así que Francia no es el único lugar.
—Ya veo. Y… ¿por qué ese día en casa de Noa, él pensó que te habías retirado?
Escuchar eso me hace sentir incómodo. No tengo intenciones de responder su pregunta, no quiero recordar esos tiempos con Alina.
—Le escuché decirlo mientras te saludaba— sus palabras me sacan de mis pensamientos.
—Eso ya no importa— finjo una sonrisa e intento cambiar la conversación—. Disfrutarás mucho estar aquí.
—Tal vez sí, pero dime, ¿con quién viniste esas veces?
En serio está empeñado en saber qué fue lo que ocurrió y no me explico por qué justo ahora es que esas dudas vienen a él. No me explico cómo es que llegó a eso, pensé que se trataría de otra cosa menos esto.
—Con una mujer— respondo cortante y retiro mi mano de su cabello.
—Ah… ¿Y ella cómo se llamaba?
Su insistencia no me gusta. Estamos aquí ¿Qué más da con quien vine anteriormente? No quiero recordarlo. No quiero.
Me levanto de golpe y le doy la espalda.
Que oportunos los de Room Service, llaman a la puerta y me dirijo abrirles. Bill y yo no cruzamos palabras en lo que acomodan la mesa, cuando ellos se retiran, nos sentamos en silencio. Las miradas hablan por sí solas. Él me pide una respuesta, pero no voy a dársela. Para desviar su atención, le pregunto si le apetece una copa, entonces sirvo el vino cuando acepta y soy el primero en beber un sorbo. Lo necesito.
—Sabe muy bien— dice en tono bajo y después se aclara la garganta para llamar mi atención, pero mi mirada queda fija en el plato—. ¿Mañana a qué hora nos iremos?
—¿Por qué? ¿Querías ir a dar un paseo antes?
—¿Podemos? —suena esperanzado, levanto la mirada y su gesto me puede.
—De acuerdo.
Me relajo porque siento que ha olvidado lo de hace un rato y lo agradezco. Sabía que al venir aquí podría toparme con algunos conocidos, la idea que eso sucediera mañana me tenía algo pensativo y no quiero que Bill insista en lo mismo, por el bien de ambos.
Charlamos, bebemos algo de vino y comemos a pausas. El alcohol comienza hacer un pequeño efecto en Bill, no está ebrio, sólo se ve más suelto.
—Entonces, Tom, ¿a todos les dices que te gusta ver la torre Eiffel en sus miradas? ¿O sólo me quieres hacer sentir especial? —apoya los codos en la mesa y sostiene su rostro entre las manos.
No entiendo a qué va esto. Medio frunzo el ceño y lo escaneo con la mirada. Noto algo extraño de repente, debo acabar con esto antes de que su insistencia vuelva.
—Termina tu cena— menciono cortante. Vaya manera de acabar la velada.
—Sí, bueno… Pero responde mis preguntas, por favor.
—No lo haré.
—Dime por qué no— se cruza de brazos.
—Porque no. Asevero la mirada.
—No me va tu respuesta.
—Qué pena, es la única que obtendrás.
—Respóndeme— exige y se levanta echando la silla para atrás.
—Siéntate.
¡Joder! En estos momentos su actitud me parece tan estúpida.
—No hasta que me digas…
—Dije que te limitarías a saber solo lo que yo estaría dispuesto a decir— me levanto de golpe, cortándole las palabras y tomando la servilleta y arrojándola a la mesa—. ¿Ya lo olvidaste?
No quería terminar de malas. Tan bien que lo había pasado con él a excepción de este momento.
—Pero…
—Pero nada— le corto y doy la espalda. No pretendo discutir ahora.
—¡Escúchame, por favor! —me toma de la muñeca para detenerme y se planta frente a mí.
—¿Por qué insistes?
—Porque pensé que era por mí…
Con que es eso. A que sintió celos cuando supo que ya había venido aquí con alguien más. No comprendo porque está así.
A gritos, me dice lo jodido que lo he dejado con eso; que por estar conmigo, merece saber siquiera quien fue la persona anterior a él y porqué también le traje aquí cuando ya había traído a alguien más —a una mujer, específicamente—, cuyo nombre desconoce, pero se empeña en conocer. Quiere que le diga quién es ella, a qué la traje y por qué ahora es él quien está en su lugar. Me reclama eso de sentirse un objeto cuando le tengo en mis manos, que todo el tiempo le di a entender otras cosas y ahora resulta ser algo que en verdad no es. Está muy, pero muy equivocado. Además, sus reclamos no van al asunto.
El corazón comienza a latirme con fuerza, queriendo explotar en mi pecho, mezclándose con la ira de hasta hace unos momentos, reclamándome mis faltas, según.
—¡Tú, grandísimo idiota! Mira que durante días tentarme y esquivarme cuando yo intento…, cuando yo no puedo con las ganas de… ¡Quisiera golpearte por cómo me haces sentir!
Vuelve a estallar. Ahora me da a entender sus frustraciones de los últimos días.
—No me van tus reclamos.
—¡Pues no me importa!
Lanza un bufido al final y se cruza de brazos.
Mis ojos van hasta sus labios cuando le veo hablar de nuevo, pero no le pongo atención. Me da un subidón inexplicable, sus ojos arden en furia y resentimiento.
—¡No me importan tú o tus reglas! ¡No me importa ni una mierda!
Se precipita hacia mí, contra la distancia ya inexistente, rodeando mi cuello con sus brazos, pegando su cuerpo al mío y haciendo presión. Me besa. Lo está haciendo. Sus labios comienzan a moverse sobre los míos, intentando encontrar un ritmo, intentando separar mis labios por unos segundos hasta que reacciono.
—Te haces el ofendido al saber que alguien más ha estado conmigo cuando realmente anhelabas esto y tus intentos por encubrirlo, hicieron que esas ideas estúpidas que tenías en la cabeza, salieran en palabras sin sentido— le tomo el rostro entre las manos y le hago alzarlo un poco—, y en reclamos que no van al asunto y haces que esto se sienta diferente.
—Porque lo es.
—¿Y es esto? ¿Se trata solo de esto? —se me sale una sonrisa maliciosa.
Lo atraigo aún más a mi cuerpo, sujetándole del culo con fuerza, cerrando los puños y le guio hacia atrás hasta chocar contra la pared. Asalto sus labios, besándole desesperadamente, con fuerza, con furia y deseo. Bill se ve incapaz de seguirme el paso. No puede, claro, nadie ha podido. Le falta la respiración e intenta separarse para tomar una bocanada de aire, pero se lo impido. Nuestro beso se extinguiría si intentamos recuperar el aliento.
—Sé cómo te hago sentir…— murmuro entre el beso, lo tomo con firmeza y levanto para que sus piernas se abracen a mi cintura—. Y ahora estás excitado, Precioso.
El corazón se me sale del pecho y reclamo su boca. Es mía, totalmente mía. Lo fue desde el inicio.
Me gusta la fuerza del beso. Chupo sus labios, paseo mi lengua por su labio superior y se estremece en mi agarre. Jadea, nuevamente intenta retirarse y se lo prohíbo.
Quiero más. Mucho más.
Los segundos de placer parecen ser eternos, y al mismo tiempo, ir demasiado rápido. Le tomo con fuerza y a tientas me dirijo a la habitación y le lanzo a la cama. Sus labios húmedos, enrojecidos e hinchados por la fuerza del beso aparecen ante mi mirada cuando estoy sobre él, suelta un jadeo y siento lo caliente que se ha vuelto su boca. Le hago subir hasta las almohadas, con la mano izquierda sujeto sus muñecas y las llevo encima de su cabeza. Le miro detenidamente diciéndole cuánto es que lo deseo, joder… ¡LO DESEO COMO A NADIE!
Su pecho sube y baja incontrolablemente contra el mío. Me fricciono contra él y mi mano va hasta la cinturilla de sus jeans para desabrocharlos e introducirme entre sus prendas. Bill gime por lo bajo, su mueca de placer provoca una explosión de lujuria en mi corazón, se remueve bajo mi cuerpo e intenta encogerse al sentir mi mano masturbarle. Su mirada conecta con la mía en todo momento, me acerco poco a poco, sintiendo su aliento chocar contra mis labios, le doy un lametón y veo que ha cerrado los ojos. Chupo su labio inferior y lo muerdo con fuerza logrando hacerle soltar un gemido de placer y dolor contenido. Retomo el ritmo. Vuelvo atacar su boca, chocando con fuerza, sintiendo su lengua luchando por penetrar en mi boca.
—Fóllame— exige entre el beso y logra alcanzar mi labio para morderlo. Echa la cabeza hacia atrás cuando se estremece por el placer e intenta soltarse de mi agarre—. Bésame…, tócame… Me tienes, Tom. Fóllame.
Jamás había sentido tanta pasión y furia al mismo tiempo. Jamás se había sentido así… Jamás romper una de mis reglas había sido tan delicioso.
Continúa…
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Jajajaja par de idiotas los dos xd