Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 18
Estoy exhausto. Los músculos me duelen aun permaneciendo tendido en la cama y desde que volvimos a la suite han pasado casi dos horas.
Es realmente tarde y el no poder dormir comienza a ponerme de malas y el estarlo me abochorna tanto que cambio de posición cada segundo y suspiro frustrado. No sé qué sea lo que me tenga dando vueltas, pero me quita el sueño y eso me hace pensar en Bill. ¿Ya estará dormido? Apuesto a que sí. Puedo imaginarlo con la sábana en la cintura, recostado boca abajo y con los brazos debajo de la almohada.
Sacudo esa idea de mis pensamientos. Harto y molesto por haberme hecho una idea errónea, lanzo las sábanas hasta abajo porque siento escozor, me deshago de la liga en mi cabello y me recuesto boca arriba llevando las manos detrás de mi nuca. Intento no pensar en nada, relajarme y esperar a caer dormido.
Los minutos transcurren. La respiración se me calma y poco a poco dejo de sentirme incómodo. Vuelvo a la normalidad y el bochorno desaparece. La sensación de ser arrastrado por las olas y el suave vaivén del mar acompañado por el movimiento de las penetraciones, vuelven a inundarme de repente. El sonido del mar hace eco en mi cabeza, así como los gemidos bajos de Bill y recuerdo lo bien que se sintió sujetarle bajo el agua.
Le quería conmigo. Le quería lo más cerca posible. Se sentía realmente bien el tenerlo entre mis brazos.
Cuando terminamos exhaustos en la arena y observé como su piel brillaba bajo el claro de luna y todas esas estrellas en el cielo que se amontonaban sólo para ser testigos del encuentro y apreciar su desnudez, me di cuenta de algo terrible. Algo que no quiero admitir ni para mí mismo y vuelve a hacerme enfadar cuando me lo pienso otra vez.
Alejo todo aquello de mi mente y me quedo solo con el movimiento de las olas —que se convierten en mi arrullo—, y después de un tiempo casi siento que voy a con Morfeo. Me acomodo en la cama y me dejo llevar por el sueño, pero un ruido débil capta mi atención; la puerta se abre y escucho que Bill dice mi nombre débilmente, cuando no le doy respuesta porque me hago el dormido, escucho sus pasos lentos acercarse.
—Tom…— vuelve a susurrar. No respondo, sigo fingiendo porque quiero adivinar qué pretende.
Sé que está cerca, pero no lo suficiente, así que asumo que duda sobre dar otro par de pasos. Me giro a la izquierda para quedar sobre mi costado.
Estoy entre extrañado y nervioso porque no le escucho, no se acerca y no sé qué hace, pero no entiendo el porqué de esta sensación que nace en mí. No imagino qué es lo que pretende, un hormigueo me recorre el interior y no puedo con éste, debo moverme para desaparecer la sensación y cuando pienso en hacerlo, la cama se hunde junto a mí. Sigo inmóvil. El corazón se me acelera. Bill coloca la sábana sobre mi cintura, siento como se acerca y las puntas de sus dedos rozan mi mejilla hasta que se aparta un poco, suspira y asumo que se va de la habitación. Cuando pasan unos segundos sin escuchar ruido alguno, me animo en abrir los ojos, y lo hago, pero con sorpresa. La cama se hunde a mis espaldas, Bill mueve las sábanas y se acerca a mí para acurrucarse. Sus dedos pasean por mi espalda al dibujar mis músculos, la piel se me eriza y me esfuerzo por mantenerme inmóvil. Sus dedos dejan mi espalda cuando él lanza un suspiro, ahora toca mis cabellos, los enreda en sus dedos y suelta de poco en poco.
No quiero darle a entender que sigo despierto. Mira que entrar a hurtadillas, cubrirme con la sábana y meterse en mi cama, ha sido algo que no esperaba jamás.
No puedo evitarlo, quiero voltear a mirarle. Lo necesito, pero no sé cómo vaya a tomarlo, así que espero hasta el momento en que su respiración sea tranquila y apenas perceptible, indicando que se ha quedado dormido.
Después de un rato, Bill ya no se mueve y tampoco escucho su respiración. Alcanzo a ver la hora en el reloj sobre la mesita de noche y ha pasado no más de una hora desde que se ha metido a mi cama, ahora ya debe estar dormido. Me muevo con lentitud para no despertarlo y entonces lo miro. Un halo de luz se cuela entre las cortinas ligeras y forma una estela detrás de su cuerpo haciéndolo ver simple y sencillamente exquisito.
Bill, está dormido junto a mí.
En mi vida he dormido con algún chico y jamás se me pasó por la mente hacerlo con él. Aún no lo proceso del todo.
Siendo como soy y consiente de mis propias reglas, le despertaría y enviaría de regreso a su habitación, pero verle aquí tendido a un lado de mí; con nada más que calzoncillos como pijama y su blanquecina piel expuesta ante mí, más bien, todo él, puro y sublime expuesto ante mí, me agrada e inquieta a la vez.
No… No le haría eso a él. No le echaría de mi cama por una simple razón: me puede.
Esta sensación no la había sentido antes, ni siquiera cuando Alina estaba conmigo.
Esto es algo nuevo. Le veo dormir mientras intento pensar en cómo es que se determinó en llegar hasta aquí e imponer su voluntad.
Mi mano va hasta su cabeza y entrelazo las puntas de mis dedos en sus cabellos hasta llegar al final. Su mano descansa en la almohada, la tomo para dejarla palma abajo y acaricio desde sus dedos, siguiendo su antebrazo, subiendo hasta que mi mano se posa en su hombro desnudo y dibujo círculos en su piel hasta llevar la mano a su espalda y descender hasta su trasero. Bill se remueve en la cama y noto como su piel se eriza.
Me separo de él, no quiero despertarlo y me limito a solo mirarle.
Las horas pasan. Casi amanece. No he pegado ojo en toda la noche hasta que él se gira en la cama para darme la espalda. Dudo por unos momentos sobre acercarme o darme la vuelta. Por segundos creo que merezco embriagarme correctamente de esta situación, así que me acerco con lentitud, mi brazo rodea su cintura y acerco mi nariz a sus cabellos para percibir su aroma. Me gusta la tranquilidad que él me transmite. Me gusta esta sensación y no quiero que se desvanezca. Es entonces cuando cierro los ojos y espero a que salga el sol por completo.
Mi mano va debajo de la suya y me dejo llevar hasta que el tiempo vuela y los primeros rayos de sol se hacen presentes. Él comienza a despertar, pero no quiero que lo haga. Quiero que nos quedemos así un rato más. Escucho un suspiro largo por su parte, se remueve en mi agarre y sus dedos se entrelazan a los míos. Le imagino sonreír contra la almohada y yo oculto una sonrisa entre sus cabellos. Su mano ahora va sobre mi brazo y se queda inerte hasta que con lentitud se mueve. Quizás quiere girarse para verme sin perder mi agarre. Lo hace, se mueve, pero no se gira hacia mí, se levanta de la cama y deja mi brazo sobre su espacio vacío. Siento lo tibio que ha quedado su lugar y no me gusta la idea de perder su calor.
Sus pasos se alejan, entonces no le permito seguir.
—Perfecto… — murmuro con cansancio y asumo que se ha detenido—, entras a hurtadillas, te metes en mi cama y duermes conmigo. Amanece y pretendes irte como si nada hubiese pasado.
Suspiro. Abro los ojos y de poco a poco me incorporo. Le veo, está de pie cerca de la cama.
—Mírame— le pido. Duda en volverse hasta que lo hace. Me muestra una cara de vergüenza y culpabilidad.
—Escucha yo…, yo creí que…
—No quiero escuchar nada— le interrumpo. Traga pesadamente y me mira con preocupación—. Vuelve a la cama, Precioso.
—¿Cómo? —sus ojos se abren de sobremanera.
—Vuelve a la cama— repito.
—P-Pero tú no duermes co-con tus…
—Eso no te detuvo anoche— le interrumpo de nuevo—. Ven, ¿o prefieres que vaya por ti?
Niega rotundamente cuando hago ademán de levantarme y entonces se acerca hasta subir junto a mí.
—Perdóname, no fue mi intención…
—Sí lo fue, Precioso.
—No estás enojado— denota y me mira con curiosidad.
—¿Debería estarlo? —levanto una ceja y él niega levemente—. Entonces no preguntes porqué, ¿de acuerdo?
—Sí, bueno…— se queda callado y desvía la mirada. Pasan unos momentos hasta que se atreve a mirarme nuevamente—. ¿Deberíamos dormir un poco más?
—Si quieres hacerlo, adelante. Yo no tengo sueño.
—Pero tu mirada se ve cansada.
—Quizás un poco— me encojo de hombros y él se posiciona frente a mí.
—¿Dormiste bien?
—No lo hice, te estuve admirando toda la noche— respondo con simpleza y él sonríe tontamente.
—No te creo.
—Lo he hecho, Bill.
—¿Por qué?
—Dormiste aquí…
Baja la mirada, noto un suave rubor en sus mejillas e intenta ocultar una enorme sonrisa.
—¿Debería sentirme halagado?
—Serías un tonto si no— añado medio en serio, medio en broma y su mirada vuelve a conectar con la mía.
—¿Significa que volveremos a dormir juntos?
La mirada le brilla inmensamente, llevo la diestra a su mejilla y me acerco a él.
—Deja las preguntas de lado, sabes lo que opino respecto a ellas.
—Bésame— me pide—. Dormimos juntos, creo que merezco un beso de buenos días. Éste se cree listo.
—¿Debo recordarte que ibas a ser tú quién huía? No hay beso.
Canto victoria porque le he dejado callado y hace una mueca antes de sacudir la cabeza.
—Dame crédito, yo vine hasta aquí. Además, lo merezco y tú también lo quieres. Joder, ha logrado empatar.
Me trago mis palabras y me acerco vacilante hasta que él se acerca a profundizar el beso. Sube sobre mis piernas y me quedo recargado en el cabezal de la cama. Mis manos se aferran a su cintura hasta que rompo el beso.
—Me gusta dejar el postre para el final.
Mis palabras nos hacen reír. Bill me mira y muerde su labio inferior.
—¿Apetito?
—No lo imaginas— menciona en tono sensual y entonces me carcajeo.
Extiendo el brazo hasta la mesita de noche y tomo el teléfono para llamar a Room Service.
—¿Qué te apetece desayunar?
—Tú elije, a mí me interesa el postre— me planta un último beso y se levanta de encima mío. Me ha dejado picado, pero yo cumplo mi palabra. El postre lo reservo para el final.
Ambos estamos de vuelta en la cama después de una ducha —y no, no nos duchamos juntos—. Es después que llega el servicio y tomo los platos con frutilla y tostadas francesas para llevarlas a la cama. No tengo intenciones de abandonar la cama el día de hoy.
Bill me mira intensamente, no es el tipo de brillo de deseo, o incluso el que revela su ingenuidad, es un brillo con una intensidad más pura. Le dedico una sonrisa y dejo los platos a un lado de él, me vuelvo para tomar una taza de café y un vaso con zumo de naranja. Para cuándo regreso, las almohadas están detrás de su espalda y él se recarga en el cabezal, sujeta ambos platos con las manos y rodeo la cama para poner su bebida en la mesita de noche. Regreso y me sitúo al centro de la cama. Dejo mi taza de café en la mesita de a lado, tomo el plato que me tiende, dedicándome la sonrisa más grande que he visto en él —sí, es porque dormimos juntos—. Bajo la mirada, la sábana cubre su cintura, pero aun así puedo notar la curva de su miembro.
—¿Qué ves? —pregunta con algo de diversión.
—Tus tatuajes— improviso y dirijo la vista hasta la suya.
No puede aguantar mi mirada por mucho tiempo, no sé por qué.
—¿Haremos algo hoy?
—Si tienes algo en mente, hagámoslo.
—¡¿De verdad?!
Luce impresionado. Su cara vale oro y me hace gracia.
—Sí. Tú eliges.
—¿No tiene esto que ver con lo de anoche en la playa o el hecho de que hayamos dormido juntos? Porque podría considerarme muy bueno en ello justo ahora— termina carcajeándose mientras habla. Me contagia, pero sólo niego con la cabeza. Toma una estrella de fresa y la lleva hasta mi—. Come…
Me da gracia.
Nos hemos besado. Hemos dormido juntos, y ahora pretende darme en la boca. No sé qué idea esté pasando por su cabeza, pero sé que espera no ser rechazado. Yo no puedo hacerlo, es imposible rechazar algo así que venga de él.
Separo los labios y él introduce la frutilla en mi boca, logro atrapar la punta de su dedo, le doy un pequeño lametón y lo chupo cuando lo saca de mi boca. Podría continuar sin problema alguno, incluso podría comer cada frutilla de su cuerpo, probando los diferentes sabores fusionarse y las texturas existentes serían capaces de explotar mi libido. Pero no. Quiero algo perfecto ahora, el momento no está hecho para el deseo.
—Delicioso— le digo y veo que hace amago de llevar el mismo dedo hasta su boca, pero se detiene y baja la mirada. Se dedica a comer sin siquiera decir nada.
Por un tiempo comemos en silencio hasta que yo cambio las cosas solo para romper el hielo.
—¿Qué significa la estrella?
—¿Qué? ¿Mi tatuaje?
—Sí, ¿qué es?
—Para mí es un deseo— responde con la boca llena.
—¿Qué clase de deseo? —le doy una mordida a mi panecillo y como una fresa después.
—Pues…, uno que se cumplió de la manera menos indicada— se encoge de hombros y sigue comiendo—. Igual no me quejo, resultó ser mejor.
—Mmm… tu tatuaje en las costillas es una frase muy larga.
—Ajá. Me ayuda a darme cuenta de dónde es que estoy parado y de dónde es que provengo.
—¿Y el del antebrazo?
—Es curioso, ¿no? —me sonríe—. Quieres saber más de mí y no me dejas saber de ti— se encoge de hombros—. No sé cómo es que funciona, pero lo hace.
—¿Qué cosa?
—Que yo ceda pese a que estoy limitado por ti para conocerte— le da un sorbo al zumo de naranja y vuelve el vaso a la mesilla.
Probablemente diga esto por lo que habló con Amara.
—La estrella y el tatuaje del antebrazo tienen una especie de relación— dice entonces.
—¿Cómo cuál?
—Es una larga historia.
—Quiero saberla.
—Es sobre como llegué a la subasta— se detiene en seco y su mirada conecta con la mía—. ¿Aún quieres saber?
Me da un vuelco repentino. No lo entiendo. Quiero saber su historia pese a que su mirada se vuelve algo preocupada.
Me lo pienso unos instantes. Si pasó algo malo, no quiero hacerle recordar eso, pero si estamos en este punto, deberé saberlo de cualquier manera.
Le dedico un asentimiento y él regresa su plato sobre la mesita de noche, entonces le imito.
—Yo… ah… ¡Mierda! No sé cómo empezar. Lo siento, creí que jamás preguntarías, pero…
—Si te incomoda, no digas nada.
—¿Qué? Nonono, nada de eso. Ok, supongo que es mejor ir al grano.
Lanza un suspiro y aguarda unos momentos. Luce un tanto extraño, no sé lo que pasa.
—Bien, yo…— comienza a decir y ni siquiera me mira—. Conocí a alguien que me hizo desear cada vez con más fuerza lo que no tenía. Era cierto que estaba harto de mi vida, yo mismo había planeado centenares de maneras para mejorarla, pero nunca pude llevar a cabo ninguna, claro, no sin su ayuda. Y no me preguntes de quién se trata, no quiero decirlo, en serio— es cuando levanta la mirada y me pide que no hable al hacer un ademán—. Yo sabía que después de la última luz en la autopista, y todavía más lejos en el horizonte, había lugares y cosas que no conocía. Había mucho más para mí y quería tenerlo todo y sentirme en lo más alto. Quería que el mundo llevara mi nombre y estaba muy seguro que algún día sería así gracias a… ésta persona.
—Era algo muy ambicioso, ¿no te parece?
—Supongo que lo era con exageración— se encoge de hombros—. Y eso me hizo llevar las cosas a otro punto, uno en el que podría usar lo mejor de mí para darme lo que siempre quise tener. Era lo mejor, aunque me fuese consumiendo y al final pudiese quedarme sin nada, ya había sido totalmente seducido por un estilo de vida diferente. No habría llegado a ese lugar o siquiera promoverme de no haber sido por influencia de quién me pintó esa como la mejor opción en esos momentos.
—¿Promoverte? No hablarás de…
—Sí— me interrumpe—. Tuve que pensarlo muy bien hasta que me acerqué a ellos. Me dijeron que poseía lo que todos buscaban, que me iría bien y sería temporal ¡Aff! Claro… — entorna los ojos y desvía la mirada—. Me dejé llevar por el deseo con que me miraban y dijeron que sería su mayor estrella, por eso el tatuaje, es un recordatorio de ello, también era dirigido a los demás y el deseo que tenía por poner mi nombre al mundo.
Me cuesta creer cómo es que llegó a parar ahí. Me cuesta ver el asco que siente hacia ello.
—Supongo no te opusiste.
—No. Ellos me habían dicho que ante todo mantuviera esa cara inocentona que me cargaba y también la ingenuidad que mostraba, pero no comprendía por qué pensaban que era un truco que utilizaba, yo realmente era así. Aun soy así— hace una pausa y se encoge un poco—. Pensé que podría sacar ventaja de eso y muchas otras cosas que, supuestamente, me adornaban y hacían ver que era exactamente lo que cualquiera habría deseado por mucho tiempo. Y al saber que yo era aquello que decían, me sentí omnipotente, creí que manejaría a la gente a mi antojo, sólo que en ese entonces no entendía que sería incapaz de hacerlo y en realidad serían ellos quienes me tratarían a su antojo.
—¿Lo fue? —pregunto y el asiente con un suave cabeceo.
—Estuve poco tiempo con ellos, después vinieron los tatuajes casi al mismo tiempo y por las razones que ya te he dicho— tuerce los labios. Hace ademán de alcanzar una almohada, pero en su lugar, estira el brazo y su mano se abre y se cierra sobre la sábana—. Un día antes de que fuese enviado con alguien, quien me alentó a promoverme, tuvo la brillante idea de colocarme en un sitio de Internet donde la gente podría ofertar por mí. Dijo que conmigo ganarían mucho dinero en una sola sentada y yo tendría lo que siempre había buscado— suspira—. Pasó una semana hasta que el sujeto que dijo yo sería su estrella, me trajo aquí a Francia porque había negociado con alguien para poder llevarme América. Habría más dinero en esta subasta que si lo hacía en línea— vuelve su mirada a la mía—. Cuando hablaste sobre venir, temí que me llevaras con ellos.
—¿Por qué creíste eso? —cuestiono de inmediato. Necesito saber, pero no responde. Le hago volverse a mí, se resiste—. Dime algo, Bill.
—Creí que ibas a hacerlo porque después del último encuentro pusiste distancia— entonces habla—. Tal vez no te di lo que esperabas de mí y por eso me traerías, pero resultó ser esto.
—¿Me dices la verdad?
—Claro que sí— se adelanta a decir y su mano va sobre la mía.
—¿Por qué nunca mencionaste el cómo llegaste a la subasta? Yo no tenía ni idea de que tú…
—Dijiste que no querías saberlo y me pareció bien. Yo tampoco quería hablar de ello— se incorpora y desvía la mirada hacia la cortina siendo ondeada por el viento. Bill se abraza a sí mismo y no vuelve su vista a mí—. Si te dijera el resto, probablemente te hubieses arrepentido de ir a la subasta. Te conozco, Tom.
—Está bien. Está bien, no voy a preguntar. No quiero saberlo, sólo quiero que me digas qué tanto escuchaste decir ahí.
—Hablaron de la clase de personas que asistían a las subastas, qué es lo que buscaban, cómo debíamos referirnos a ellos e incluso dijeron que, los que tuvieran suerte, tan sólo sentirían que se habían «promovido». No me gusta esa palabra, me recuerda a cuando decían que depravados me verían día y noche y que yo estaría sujeto a lo que quisieran por el tiempo que desearan. Por eso el tatuaje en el brazo— me muestra, las puntas de sus dedos pasean sobre la figura entintada y niega con la cabeza—, es la libertad que quizás no tendría.
Hace amago de levantarse, pero le detengo al sujetar su muñeca para atraerlo a mí, se resiste y le lanzo una mirada para convencerlo.
—¿Qué? ¿Aun quieres escucharme? No hay más, Tom, yo mismo me había sentenciado al aceptar mezclarme en esto y tenía ganas de no continuar— sus ojos están inundados en lágrimas, pero se hace el fuerte—. En la subasta tuve miedo ¡No sabía con qué clase de persona iría a parar! Cuando te vi sentí pánico y quise huir. Un intento en vano por lo noqueado que estaba, y al día siguiente ni siquiera te quería cerca y no dudé en ponerme a la defensiva, pero demostraste que no debía temer. Hiciste que cambiarán las cosas, me di cuenta de que no eras así y que no podrías serlo pese a tu arrogancia.
—¿Por qué lo dices? —mi mente intenta reunir todo el rompecabezas y unirlo con mi versión de los hechos. No creo haberle jodido en algún momento por ser un arrogante.
—Supongo que cualquiera me hubiese tratado como un esclavo o algo así por el estilo, pero tú me trataste como a una persona, y lo sigues haciendo. Al principio me extrañó, creí que sería tu modo de conseguir algo de mí, en realidad tus palabras fueron «Déjame demostrarte que puedo hacerte tocar el cielo». Pero cuando intentaste hacerme ver que eras de fiar, supe que era real y dije que eras de los buenos…
—Porque sabías en el fondo que sólo yo podría tratarte como esperabas y he cumplido mi palabra— le interrumpo, pero él se molesta y no lo comprendo—. No mentí.
—No quiero saber si mentiste o no.
—Sí. Si quieres saberlo, Bill.
—No.
Le atraigo aún más para que suba a horcajadas sobre mis piernas. Al principio no quiere acercarse, pero de poco en poco, es él quien viene a mí. Entiendo que no quiere nada a la fuerza, me disculpo por ello. No debí halar de su mano.
—Dijiste que fui quien te trató como una persona.
—Eso ya no importa— intenta alejarse, sus piernas rodean mi cintura y le sujeto de las muñecas para llamar su atención. No me mira, pone resistencia y le sujeto más fuerte.
—Me importa a mí. Me importa mucho— menciono de inmediato—. Quiero saber si te lastimaron.
—No. Nadie lo hizo— intenta zafarse de mi agarre, pero no le dejo.
—¿Qué hay de Alemania? ¿Qué sucedió con tus padres? ¿Ellos te hicieron algo? Esa persona que conocías hizo algo más contigo, ¿eh?
—Nada. No pasó nada. Tan sólo hice una mala elección, me dejé llevar por alguien y salí de casa para no volver— intenta convencerme con una mirada, pero ésta me hace sentir un vacío en el interior. Suspiro y sujeto sus muñecas ahora con suavidad—. ¿De verdad importa lo que haya sucedido antes?
—Sí.
—¿Por qué?
Pienso responder eso, pero si lo hago estaría reconociendo algo de lo que aún no estoy nada seguro.
Me limito a mirarle. Mis manos acarician su piel, pienso en todo lo que ha dicho y lanzo un suspiro sintiéndome frustrado.
Su ambición había podido con él, le llevó a promoverse sin saber hasta dónde llegaría esa decisión.
Se había sentenciado a sí mismo solo por un sueño bizarro y la influencia de alguien más. Pero…
¿Había sido seducido? ¿En realidad no desconocía este mundo? Quiero saber que pensó de los juegos al primer instante, si se negaba o tan solo dudaba sobre dejarse llevar. Quiero saberlo, pero no le preguntaré porque no es correcto hacerlo ahora.
Sus ojos castaños conectan con los míos, pero no veo ese brillo que los caracteriza. Tiene miedo. Le he hecho recordar algo desagradable. Luce indefenso y el sentimiento de que no puedo hacer nada me invade rápidamente.
Sus cabellos caen ambos lados formando una cortina que oculta nuestros rostros una vez junta su frente con la mía. Cierro los ojos. Mis manos pasean por el tatuaje en sus costillas y me siento mal al recordar sus palabras.
«Me ayuda a darme cuenta de donde es que estoy parado y de donde es que provengo». Es algo que, asumo, le hicieron aceptar.
No puedo contra esto: «Tú me trataste como a una persona…» Esas palabras me hacen pensar que mintió respecto a si le habían lastimado o no de camino a la subasta.
Me da algo de impotencia sentirle temblar en mi agarre. No sé qué hacer. No creo que pueda reparar lo que le he hecho recordar. Cierro los puños en las sábanas junto a sus piernas y muevo mi cabeza para posar mi frente en su pecho.
—¿Tom?
No le respondo. Cierro los ojos fuertemente después de mirar su estrella. Probablemente el deseo que significa para él, fue el no parar con alguien capaz de lastimarle. El deseo que despertaría en las demás personas comienza hacerme pensar que yo mismo le dije que nadie le desearía tanto como yo, y ahora no sé si esto sea bueno o malo.
Bill espera una respuesta. No puedo hacerle esperar. Niego con la cabeza.
La libertad tatuada en su antebrazo es lo único que creo hice bien. Es cierto, le he dado infinidad de libertades, no lo he limitado.
—Tienes razón, no importa. Estás conmigo y dije que te lo daría todo— me remuevo. Mis brazos ahora sujetan fuertemente su cuerpo—. Estás conmigo. Eres mío.
—Yo…
—Shhht— le callo—. Dije que tu vida cambiaria conmigo, ¿cierto? Olvida eso. Olvida la subasta.
Le miro a los ojos. Una diminuta chispa de deseo destella en ellos y logra contagiarme. Asiente con la cabeza y se acerca lentamente dejándome sentir su aliento cerca de mis labios. Le acerco más a mi cuerpo aumentando la fuerza de mi agarre.
—Lo olvidaré… — logra decir entre el beso que compartimos.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.
Cada capitulo esta mejor pendo de un hilo 😢
Cada capítulo que pasa me enamoro más de este fanfict.