
Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 19
Noa me ha llamado para convencerme sobre ir a una cena todos juntos, Jace y Amara hicieron reservación en uno de los mejores restaurantes de la zona y justo ahora vamos para allá. Bill me ha convencido también. Ver su rostro curioso y emocionado me resultaba más que inocentón. No podía decirle que no.
Bill viste de blanco. Me gusta verle así. Recuerdo lo ingenuo que se veía antes y las ganas inmensas que tenía por corromperlo me carbonizaban. Ahora precisamente me siento extasiado y no es por el hecho de sentir su aroma prohibido llamarme. El misterio detrás de sus ojos castaños y lo deseable que se ve, logra hacerme fantasear con el postre de esta cena. Espero que Jace y Amara tengan algo en mente, no por nada Noa insistió en que aceptara venir. Algo intenso espera al final de la velada, lo sé.
Bajamos de la limusina, el viento desacomoda los cabellos de Bill cuando se vuelve a mirarme con una sonrisa.
—¿Qué? —pregunta con diversión.
Me detengo en seco justo en la entrada del lugar y me acerco hasta él con una sonrisa en los labios—
. Sigo esperando por el postre.
Sabe que me refiero a lo que le dije en la mañana y eso le hace sonreír con malicia.
—Me gusta como luces con traje, es una pena no lo uses para jugar…— termina por morderse el labio, a que se carboniza justo ahora—. ¿A qué jugaremos?
—Quiero saber si estás dispuesto a todo— digo ahora cerca de su oído. Mi mano va a su trasero y le acorralo cerca del umbral.
—Ajá— responde sin siquiera moverse y me sujeta la muñeca.
—Sí o no, Bill… ¿Recuerdas las reglas? Quiero que lo digas con palabras… ¿Estás dispuesto a todo, Precioso?
—Pero qué juegos vamos a…
—Eso ni yo lo sé, por eso es excitante— le corto de repente y me retiro para mirar su rostro—.
¿Entonces…? Sí o no.
—Sí— responde de inmediato.
Escuchar eso me complace. El final de la velada será una sorpresa para ambos y no puedo esperar más. Verle así, entre deseoso y sorprendido, me hace querer desnudarlo de una vez. ¿Pero por qué degustarlo tan rápido? Prefiero aumentar su excitación y que él aumente la mía cuando estemos con alguien más y sintamos la magnificencia.
Me separo de él y le hago una seña para que me siga. Nos acercamos a la recepción del lugar, Bill se separa de mí por unos momentos para admirar la estatua cercana y le espero. Su curiosidad me deleita. Me gusta su gesto. Cuando se vuelve a mí, le tomo de la muñeca y antes de dirigirme al Hostess y decirle que esperamos por la reservación de Jace Michaelson, una voz peculiar me llama:
—Tom Kaulitz… Estoy en blanco.
Reconozco esa voz, lo haría en cualquier lugar. No puedo creérmelo. No puede ser él. No puede.
—Vaya, vaya… sí que es una sorpresa.
Esa arrogancia al arrastrar las palabras, ese acento y ese suspiro burlón al final sólo podrían pertenecerle a Leo Morgan.
Me cae de peso.
Me giro para verle y ahí está. No ha cambiado nada, luce exactamente igual desde la última vez que nos vimos —cuando se presentó ante Alina en una reunión swinger en Londres—, no sabía de él desde entonces. ¡Pero vamos! Que ese tipo de personas no cambian. Algo hacen para seguir viéndose como retratos.
Su rostro afilado muestra el único cambio que se ha dejado, y ese es el tener la barba y bigote poco crecidos. Me extraña en él, Leo siempre había presumido de verse tan pulcro donde sea que estuviese. Sus labios delgados se alargan en una media sonrisa orgullosa y levanta ligeramente es alargada nariz que tiene, como en gesto de superioridad. Esas cejas medianamente gruesas y largas, hacen ver sus ojos más pequeños y su mirada clara y autoritaria logra desesperarme cuando mantenemos el contacto visual, luego me escanea sin perder detalle alguno de mi apariencia, justo como hago yo en él ahora que puedo. Su cabello oscuro está rigurosamente peinado de la misma manera en la que lucía hace tiempo, dando el plus a lo estúpidamente aburrido que luce y cómo le critico en pensamientos.
Todo él me parece un remedo de egocéntrico millonario al que le gusta le laman el culo día y noche. Leo me parece una persona detestable. Si no le conociera, seguiría pensando igual, pero tengo la mala fortuna de conocerle. Y me sorprende que no le acompañe nadie. Él, que siempre alardea de tener la mejor compañía de alguna mujer, ahora está solo.
—Gusto en verte…— dice entonces. Estira su mano y estrecha la mía. Me sostiene la mirada y asiente ligeramente—. Te ves…, muy diferente.
—Qué pena que no pueda decir lo mismo de ti. Luces igual que la última vez que nos vimos.
—Ha pasado tanto, ¿no? —suelta el agarre y mira distraídamente a Bill—. ¿Qué te ha traído aquí?
—Es obvio, ¿no lo crees? —interpongo su mirada hacia Bill—. Tenemos una invitación con colegas.
—Puedo notarlo.
Ese gesto que demuestra su falsa seriedad va a sacarme de quicio si se atreve a hacerlo de nuevo. Intento mantener mi perfil y no imitarle o dejarme llevar.
Oculta las manos tras su espalda y así se mantiene, su mirada se desvía hacia Bill, se relame los labios y dice: — Buenas noches.
Tomo a Bill de la muñeca para acercarle y finalmente envolverle por detrás con un brazo.
—Es alemán, ¿cierto? — chasquea la lengua y me mira detenidamente—. Lo digo porque eres tan selecto que solo te vas por los que hablen tu idioma, y también lo digo porque no me responde.
¿Debería hablarle en alemán? —hace una mueca entre divertida y confusa, manteniendo sus aires de grandeza, mueve la diestra ahora delante suyo para después llevarla hasta su mejilla y deslizar su mano hasta tomar por segundos la punta de su barbilla— Guten nacht.
—Guten…
Sujeto con fuerza a Bill escasos segundos para que se abstenga de responder. Lo entiende y guarda silencio.
—Creo que no entendió tu acento, disculpa.
—No hay problema…
Sé que aquello le ha jodido. Lo conozco, siempre medio frunce el entrecejo y aprieta los labios. Yo canto victoria.
Desvío la mirada y justo Noa va entrando, viene acompañado por una morena de mirada peligrosa. Él me mira y luce ligeramente sorprendido.
—Buenas noches— Noa me dirige una mirada, se aclara la garganta y se vuelve hacia el otro—. Leo…
—Noa Collins, que grato es verte de nuevo— le tiende la mano para saludarlo y él corresponde—. No sabía que tenías pareja.
—Veo que tú no vienes con nadie— dice medio en serio, medio en broma y se abstiene de sonreír. Noa lo ha jodido también—. Ella es Nahomi, mi compañera de esta noche.
Le dirijo a la morena una mirada a modo de saludo y me devuelve el gesto. El único en acercarse a saludar es Leo. Toma la mano de la mujer para poder besarle los nudillos y sonríe con malicia.
—Un placer.
—Nahomi Roth— dice ella y Leo pone distancia.
—Y dime, Leo, ¿cómo es que has llegado hasta aquí? Jace no nos había comentado nada— suelta Noa de repente sin una pizca de emoción—. Creí que habías perdido tu lugar dentro del club, no haz asistido a las últimas reuniones.
—¡Ja, Ja! Noa, amigo…, Jace y yo podremos ser cercanos, pero no por eso debe conocer siempre mi paradero. Respecto a tu segundo comentario, seguro recuerdas que soy uno de los socios más importantes, ¿cómo podría perder mi lugar? Deberías ser tú quien se preocupe por mantener su posición en el club— Leo ha de creer que con ese cometario logró desquitarse—. He estado experimentando en otros clubes más exclusivos, tú bien sabes que éste no es el único ni el mejor. Por eso no he asistido a las reuniones, además de estar inmerso en mi trabajo. Pero al fin pude darme el tiempo de venir hasta aquí.
—¿Entonces por qué no te vimos en la reunión? ¿Has llegado hoy?
—No, nada de eso— sonríe con arrogancia—. Sólo busqué diversión en otro lugar porque no me apetecía asistir y pasar por las obsoletas y patéticas presentaciones, aunque justo ahora me arrepiento. No sabía que había gente interesante por conocer— sisea al mirar a Bill y le dedica una sonrisa.
Me jode ver que Bill le corresponda el gesto. Me jode en verdad.
Le sujeto con un poco más de fuerza para atraerle a mí y responde al removerse de mi agarre para que me detenga, pero no lo hago.
—Ahora estoy tentado porque uno de nosotros se ha saltado las presentaciones— me recrimina con la mirada. Su actitud me tiene muerto—. ¿Dónde quedaron sus modales, señor Kaulitz? Noa ha presentado a su hermosa acompañante y tú…
«Te guardas la identidad de una joya única». Pienso antes de que lo diga.
—Creo que sabes lo que iba a decir, ¿verdad? Me conoces— lanza un guiño al final. Pareciera que se le ha borrado la seriedad del rostro porque cree que ha ganado.
¡Lo sabía! ¡Mierda!
No me exaspero como creo que soy capaz de hacerlo justo ahora, me lo pienso dos veces y me muestro más allá de su nivel, con arrogancia y una sonrisa maliciosa.
—Bill, él es…
—Leo Morgan— se apresura a decir, se acerca a Bill para tomarle la mano y abrir su palma para darle un beso, después besa la cara interna de su muñeca sin perder el contacto visual—. Un placer, Precioso.
¡Joder!
Si no toleré el que estuviese frente a él, que le mirara o le sonriera, mucho menos voy a tolerar que le diga Precioso y le salude de esa manera tan mía. ¡Él no es nadie para llamarle así! ¡Bill es mío!
Hago que Bill retroceda al halarlo hacia atrás y me posiciono frente a Leo, le miro detenidamente y alzo un poco la barbilla. Él sonríe.
Eso me jode. ¡ME JODE Y ME JODE!
—¿Algún problema, Tom?
—Ninguno— respondo mordazmente—. Si no te importa, Leo, entraremos ya.
—Adelante— me da el paso, pero no me muevo.
Retrocedo, tomo la mano de Bill con fuerza y entrelazo nuestros dedos.
—Linda velada, Precioso.
—Gracias.
El corazón se me sale del pecho. Me siento verdaderamente enfermo, los brazos me tiemblan por contenerme y darle un golpe a Leo por dirigirse a Bill en una forma tan mía.
«Precioso». Jamás podré perdonarle eso.
Intento parecer calmado, pero me es imposible. Está frente a mí charlando con Noa y soy consciente de la presencia de Jace y Amara. Estaba tan descolocado como para haberme dado cuenta de que habían llegado.
Termino por soltar la mano de Bill y me planto frente a él para dirigirle una mirada inquisitiva.
—¿Qué te sucede? Me has lastimado— se toca las muñecas hasta que desvía la mirada—. ¿Él cenará con nosotros?
Escuchar eso me toma por sorpresa. Me vuelvo para mirarlos y Jace es quien le invita a unirse a nosotros.
¡La mierda! No lo soporto.
—Noa…— le llamo y se acerca—. No le pierdas de vista, los alcanzo en diez minutos— le entrego a Bill.
—Espera, voy contigo…
—No— le sentencio al volverme ligeramente.
—¿Qué sucede? ¿Por qué actúas así?
—Vas a entrar con Noa y guardarás silencio hasta que yo llegue.
—Pero…
—Obedece— sentencio nuevamente, apretando la mandíbula y frunciendo el ceño.
Su gesto confuso y alarmado me inquieta. Miro a Leo y se le acerca a Jace para decirle algo. Siento que estoy a punto de estallar.
—Noa…
Él toma a Bill del brazo y entran.
¡Joder…!
Salgo, me detengo cerca de la entrada y saco un cigarrillo y el encendedor del interior del bolsillo en el saco.
Parece que después de minutos aquella sensación ha disminuido, pero el hecho de que Leo haya llamado así a Bill sigue dando vueltas en mi cabeza y es como si el corazón se me descolocara a momentos. Suspiro con algo de frustración y arrojo la colilla de cigarro al suelo. El móvil se mueve dentro de mi bolsillo y después de su insistencia lo tomo y llevo hasta mi mirada. Es un mensaje.
De: Amara A las: (9:45 pm)
Es sólo una cena, Tom, lo has hecho antes.
Lo he hecho antes, sí, pero Bill no estaba conmigo en ese entonces. Me siento incapaz de ir, compartir la mesa con Leo y que mire o se dirija Bill en una manera tan mía.
El móvil se mueve entre mis manos y regreso la vista hasta éste. Es otro mensaje.
De: Amara A las: (8:46 pm)
Bill insiste en irte a buscar, no le dejarías más tiempo solo, ¿o sí?
Vuelvo sobre mis pasos. Siento que no debí de alejarme y dejar el camino libre a Leo, Amara me ha hecho reaccionar. Este puede ser un juego de dos, si él intenta acercarse a Bill voy a responder y eso no le gustará.
El Hostess me guía hasta la mesa circular y entonces todos se sorprenden al verme. Me siento en medio de Noa y Bill, Leo está frente a nosotros. Estoy inquieto, pero Amara me mira y, de cierto modo, accedo a mantener un perfil diferente. La mano de Bill está sobre la mesa y siento sobre mí la mirada de alguien en particular, llevo mi mano hasta la de él y le sujeto en gesto posesivo.
—Tom…—murmura Bill junto a mi oído y me vuelvo a verle.
—¿Sí?
—¿Por qué saliste? Noa me dijo que…
—No importa, estoy aquí contigo.
—Lo estás— dice sonriendo—. No vuelvas a dejarme con los tiburones. Su mueca pícara lo es todo.
Ladeo la cabeza, Leo no nos quita la mirada de encima. Sonrío cuando algo cruza mi mente y no dudo en actuar. Me dirijo a Bill y le planto un beso, uno que demuestra ante cualquiera que él y todo lo suyo me pertenecen. Reclamo sus labios y me sorprendo de que él continúe. Le tomo de la nuca e inclino la cabeza para encajar más que a la perfección.
—Hey, ¿no piensas compartir con nosotros después de la cena?
El comentario de Noa me hace romper el beso y muerdo el labio inferior de Bill.
—Eres mío— le digo por lo bajo aún cerca de sus labios.
Me vuelvo hasta ellos y noto el gesto que Leo me dirige, levanto las cejas fugazmente y le dedico una media sonrisa.
Mi vista se detiene sobre los ojos de Amara, después noto que sus labios se mueven para decirme algo: «Celoso»
No le respondo porque no son celos lo que siento.
Durante la cena Leo me lanza indirectas, se dirige a Bill para lograr tener una conversación más a fondo, pero se lo impido, interrumpo todas y cada una de las respuestas de Bill. Leo es muy predecible, siempre pregunta lo mismo a quienes no conoce, por eso me siento un paso a la delantera. Amara se ríe por lo bajo, la verdad no le encuentro la gracia, la insistencia de Leo es sofocante y no pruebo mi cena solo para cuidar de sus palabras o los gestos que Bill le dirija. No lo consiento. No quiero que lo mire.
Noa interfiere un par de ocasiones, Leo se está excediendo, yo también, pero no me importa. Sé que estamos jodiendo la cena, pero él decidió jugar con fuego. Estoy respondiendo ante ello.
Leo no se queda al postre, lo agradezco, por diez minutos intentó a base de indirectas ser invitado a los planes después de la cena, pero Jace no dijo nada. Se levanta con el móvil en la mano y se aleja unos momentos para contestar una llamada.
—Es agradable, ¿a que sí?
Las palabras de la acompañante de Noa me llaman la atención, me vuelvo hasta ella y le recrimino con la mirada hasta que me doy cuenta de que luce divertida.
—Sí, muy agradable— digo con sarcasmo, pero ella no repara en mi tono.
—Lo lamento, debo retirarme. Ha sido una velada muy agradable— dice Leo al volver y termina mordazmente al mirarme—. Lo único que puedo hacer en agradecimiento es invitar la cena.
—Ah, Leo…
—Que no se discuta, Amara, por favor. Yo invito en esta ocasión.
—Que considerado— menciono sin mirarle.
—Espero nos veamos en otro momento, Tom— dice y se acerca hasta mi oído—. Sólo piénsalo.
Deja su tarjeta cerca de mi mano y se despide por última vez de Bill, besa la cara interna de su muñeca y desaparece.
Aprovecho la distracción de todos y es cuando tomo la tarjeta y miro las letras en tinta sobre su nombre y contacto: «Apuesto que a tu delicioso compañero le apetece un juego».
Frunzo el entrecejo y rompo la tarjeta en pequeños trozos por debajo de la mesa.
Aquella sensación de incomodidad me vuelve atacar y el corazón se me acelera. De repente me siento acalorado y con ganas de otro cigarrillo.
Dicho y hecho, la cena fue pagada por Leo Morgan y no nos queda más que retirarnos. Jace nos invita a continuar la velada en otra parte y le seguimos hasta el segundo piso del establecimiento. Subimos por las escaleras de mármol y el ambiente cambia. La barra está al final, hay mesas distribuidas por el salón y Jace nos dirige a una que parece más íntima.
Me siento abochornado, miro a Bill y la voz de Leo al llamarle «Precioso» hace eco en mi cabeza. Me separo del grupo, le hago una señal a Amara diciéndole que los alcanzo en unos segundos y me dirijo al sanitario para refrescar mi rostro.
Mi humor quiere irse a la mierda justo a donde he mandado a Leo. Esa sensación en mi pecho me recuerda algo en peculiar, todo se mezcla y lo niego. Mi orgullo puede más.
Me acerco al grifo para humedecer mis manos y llevarlas hasta mi rostro. Mis mejillas están calientes y siento ese calorcito recorrerme por el cuello. Cierro los ojos y me recargo en el filo del lavamanos. Intento mentalizarme y hacer mi rabia a un lado. Estamos aquí ahora, la cena ha terminado, Leo se ha ido y no es más una amenaza… ¡Pero no dejo de darle vueltas al asunto! Bill correspondió varios de sus gestos, le dirigió la mirada y estúpidamente me sentí invisible, pero Leo no se lo ha llevado bien durante la cena. El juego podía ser de dos y creo que no hubo ganador, lo cual me jode.
— ¿Tom? —la voz de Bill me hace reaccionar y le miro por el reflejo del espejo y espero a que se acerque.
—¿Ya han pedido unos tragos? —pregunto y él niega con la cabeza—. ¿Alguien se te ha acercado?
—vuelve a negar y una sonrisa se dibuja en su rostro—. ¿Qué?
Estoy en blanco. No sé definir su sonrisa y la mirada que me dirige. El no saberlo me impacienta y el sentimiento se añade a todo lo que se había mezclado anteriormente en mí.
Le esquivo al no obtener respuesta y tomo una toalla de papel del servidor en la pared para secarme. Desvío la mirada, Bill sigue ahí mirándome de esa manera peculiar y me vuelvo hasta él.
—Dilo ahora— exijo y se acerca.
—A que estabas celoso de Leo— juega con la mirada.
Me siento un imbécil. Apuesto a que Amara le ha dicho eso.
—No— respondo rotundamente, pero insiste.
—Lo estabas, te conozco.
—No soy el tipo de persona que sienta celos, ¿entiendes?
—Lo estabas, de otra forma no hubieses actuado así en la cena. Me mirabas, tomabas mi mano e incluso me besaste solo porque él nos estaba mirando.
Suelto una risa sarcástica e intento no impacientarme. Esos no eran celos.
—Admítelo.
—Bill, yo soy eso que le dicen «ser territorial»— le guio hasta la pared y mi mano va a su mejilla—. Y ser territorial no significa ser celoso, ¿entiendes la diferencia?
—No, no la entiendo— me está provocando. Su mirada destella como dinamita y siento sus intenciones—. ¿Qué fue eso que te dio Leo? ¿Por qué lo rompiste?
—No importa.
—¿Era una invitación de juego?
—Y qué si lo era— frunzo el entrecejo.
—¿No la aceptaste porque estás celoso?
—No la acepté porque no quise y no estoy celoso.
—La hubieses aceptado— dice de repente.
Bill y esa mirada que me pone, comienzan a carbonizarme. La sensación me gusta. Ira y deseo comienzan a formarse dentro de mí para subir mi libido.
—No— tenso la mandíbula.
—¿Por? Dijiste que yo podía decir si quería o no jugar con alguien, ¿ya no importa mi palabra?
—Son mis reglas—repongo y tomo sus muñecas con fuerza.
—No creo que sepas respetar tus propias reglas— levanta una ceja.
¡Joder!
Sé exactamente lo que intenta.
Me carboniza. Se ve tan irresistible.
Chiquillo astuto. Me puede verle así, pero me jode todo lo que dice. Me provoca y eso no es bueno para él.
—Si se une a nosotros creeré que no estás celoso, sino lo hace, entonces otorgarás, Tom.
Escucho que la puerta se abre, rápidamente dirijo a Bill hasta uno de los cubículos del fondo y pongo el seguro a la puerta.
—¿Quién te has creído para condicionar de esa manera y poner en duda mis reglas? —mi cuerpo presiona el suyo contra la pared. Su respiración se vuelve agitada y su mirada deseosa me carboniza.
La piel me quema. Estoy tan excitado como enojado.
—Me creo tuyo.
Suelto el aire que hay en mis pulmones mediante un suspiro. Esto puede conmigo. Llevo sus manos arriba de su cabeza, aplasto su cuerpo con el mío y me acerco a su oído.
—Creer ser alguien es igual a desear serlo— mi diestra desciende hasta su cuello para sujetarle con poca fuerza—. ¿Te digo algo, Precioso? Tú ya eres mío, y como lo eres y estas ansioso por involucrarte con alguien más… lo haremos. Te voy a compartir con unos cuantos— mi mano desciende aún más y llego hasta su entrepierna, le acaricio por encima de la ropa y él cierra los ojos ante ello. Sus jadeos leves impulsan aún más mi excitación.
—No puedes, eres territorial.
—Sí lo soy y no quisiera que jugáramos con nadie más. Pero de eso, a ser celoso… no, Precioso. El único momento en que podría morir de celos sería cuando vea que disfrutas tanto con alguien más y que sabes la diferencia cuando yo entro en tu cuerpo a cuando te poseen en mi lugar.
—No creo que seas capaz de dejarme a merced de alguien— la voz le tiembla débilmente al decir aquello. No sé si sea porque teme a que digo la verdad o por la manera en la que le acaricio.
—Te equivocas, Precioso…—siseo—. Tal parece que tu piel fue creada por las más exquisitas sedas, y tu boca; húmeda y caliente, sabe cómo llevarme hasta el exceso. Además, tienes un tacto divino. De las muchas manos que han paseado por mi cuerpo solo las tuyas dejan un camino sobre mi piel que dura días y cuando intento recorrer ese camino, éste se desvanece. ¿Por qué no compartirte? Deseo hacerlo.
Bill gime por lo bajo cuando mi mano se introduce entre sus prendas. Suelto sus muñecas y llevo mi mano hasta su boca para acallarle Me mira directamente y se estremece en mi agarre.
—Mmm…
—El sexo me gusta, Bill, y me gusta follarte con fuerza y quiero que te follen de igual manera. Eres único, eres lo que cualquier persona desearía, y lo mejor de todo; eres mío y de nadie más. Así que en vista de tus provocaciones y el enfado que me has hecho sentir, tendrás un castigo— me acerco a su oído y dejo escapar mi aliento cerca de ella—. Si gimes mi nombre y me convences, podré poseerte, si no lo haces, me verás de pie cerca de la cama y no te tocaré.
Siento que lame mi mano y la quito de su boca. Escucho voces desde afuera, pero el ser pillados no me importa, tan solo me pone al límite.
—Ya verás— dice antes de inclinarse para besarme y convencerme mediante eso.
Continúa…
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