Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 2

Bill, estando descalzo, caminó conmigo por un tramo del puerto hasta ir al auto. Me miró con desconfianza, no quería entrar al vehículo, le pedí por favor que lo hiciera, pero tan solo negó con la cabeza. Vuelvo a pedírselo, pero se niega. Molesto por la negativa que me ha dado, le tomo del brazo y le hago entrar ya sin preguntarle.

El conductor es uno que nos proporcionó el mismo grupo de empleados de la subasta. Se presenta en cuanto estamos dentro, pero le corto antes de que continúe y le digo que me lleve al aeropuerto. Asiente y espera a que termine de ajustar el cinturón a mi acompañante para poder avanzar. Cuando estamos en movimiento, hago un mensaje a Steve diciéndole que voy en camino.

No tengo por qué pensar en algo para responder si es que me ve con este chico. Sabe muy bien que no tiene por qué cuestionarme.

Recibo un mensaje confirmando que tendrá todo listo antes de que llegue y me guardo el móvil en el bolsillo interno.

Hay mucho silencio y poco tiempo de trayecto, no me va tener que desperdiciar estos valiosos minutos. Sé que debo darle tiempo para entender esto, pero algo en mi interior me demanda dejar clara la situación para que después no se lleve sorpresas.

—Escucha…— le digo. Quiero que las cosas queden claras desde ahora.

—Mhum…

Le miro unos instantes más, no insisto, dejaré que se recupere un poco. Reviso los documentos que me entregaron, leo su nombre completo, fecha de nacimiento, de dónde viene y algunos otros datos más. En la subasta no había prestado atención a la pequeña información que dieron al anunciarlo, ahora me doy cuenta de que es alemán. Nos vamos a entender muy bien. Carraspeo para llamar su atención, pero sus ojos miran a través de la ventana. Bill se ve muy cansado.

—También soy alemán— le digo en el idioma para romper el hielo y se vuelve—. Finalmente me miras a los ojos, Bill.

—¿Cómo sabes mi nombre? —cuestiona y yo le muestro su pasaporte, que por cierto creo que es falso. El silencio dura un par de minutos hasta que él decide romperlo—. ¿Y quién eres tú?

Su voz me gusta. Puedo notar en su tono que está algo avergonzado. De hecho, intenta cubrirse las piernas. Sigue desnudo, lo único que le cubre es la misma caperuza roja.

—Técnicamente soy tu amo.

—Claro, su majestad— responde con sarcasmo.

—Supongo que es tu primer día de libertad en semanas.

—Supones bien— añade mordazmente—. A decir verdad, no soy del todo libre, solo falta que me ates una correa al cuello o pongas tu nombre en mi piel.

—¿En realidad se nota mucho que me gusta el sado?

Él me mira sorprendido y se encoje en el asiento, alejándose un poco también. No me preocupo porque Bill intente abrir la puerta y saltar con el auto en movimiento, los seguros están puestos y no hay botones para bajar las ventanillas.

Me lo imagino con una correa en el cuello o atado de pies y manos en la cama un día que lleguemos al sado, aunque sinceramente, mi Conejito luce una piel tan perfecta y blanca que la idea de castigarlo me da temor. No quiero lastimarle.

—¿Sabes por qué estás aquí?

—Sí, pero no quiero hablar de eso.

—Tenemos que hacerlo, debes entender que a partir de hoy vivirás conmigo.

—¿Cuánto pagaste por mí? —pregunta de inmediato. Parece incómodo.

—¿Importa la cantidad de ceros?

—¿Qué lugar es este y a dónde vamos exactamente? —es un chico que no puede quedarse callado y escuchar con atención—. ¿Quién eres tú?

—Esas preguntas debiste decirlas antes, ¿no lo crees? —me molesta un poco su actitud, pero seré comprensivo. Es nuevo en el mundo—. Debes entender lo que me gusta y lo que no me gusta. Estaremos juntos e íntimamente soy tu amo, por ende, tú serás mí…

—Esclavo sexual— se apresura a decir, interrumpiéndome.

¿Esa era la idea que tenía en mente cuando se metió a la subasta? Las subastas no se tratan de eso.

—No— digo para calmarlo—, más bien serás mi sumiso.

—Es lo mismo.

—No, no lo es— aclaro. Éste chico se cree listo—. La diferencia es la libertad. Un esclavo sexual entrega su libertad y obedece cualquier absurda exigencia, para ellos no existe el placer. Un sumiso conserva ciertas libertades, yo te voy a dar todas esas libertades y otras te las quitaré dependiendo tus acciones, aunque ahora no veo si deba hacerlo. Creo que eres capaz de entender y obedecer unas reglas. Pero no temas, no sucederá hoy, llegaremos a un acuerdo cuando tu interés crezca.

—¿Y qué harás conmigo? — aún se ve nervioso.

—Nada que no quieras.

—Eso no responde mi pregunta.

Quiero tener la situación bajo control, entonces muestro mi cara de buena persona. No voy a mentirle.

—Sólo confía en mí— mi mano va sobre la suya y la aprieto ligeramente en símbolo de que no miento, pero Bill la quita de inmediato.

—¿Cómo podría? No te conozco. No sé a dónde vamos. No sé qué quieres de mí…

—Pues no te dejaré ir. Las cosas pueden ser fáciles o muy difíciles, eso depende de ti.

—F-fáciles— dice después de pensarlo un rato. Se acomoda en el asiento para descansar, parece que tiene sueño.

—Soy Tom Kaulitz— confieso finalmente—. Veinticinco. Virgo. Mal cocinero, pero bueno en la cama— bromeo—. Mi paciencia es infinita, pero creo que eso cambiará contigo. Ahora me conoces, Precioso.

—Por ahora— dice en un susurro. Luce un poco extraño. Parece que se está quedando dormido.

—Oye…

—Mhum.

—Oye, ¿estás bien?

—No lo sé…

Me acerco a él y toco su mejilla con cuidado. Sus ojos están cerrándose y su cuerpo se vuelve delicado y frágil como una pluma.

—Ellos debieron darme algo, no lo sé. Una píldora— golpeo suavemente sus mejillas para que reaccione, pero cierra los ojos—. Dijeron que tú querías que la tomara.

Debieron drogarlo para que no se resistiera a irse conmigo. Quizás pensaron que huiría de mí, gritaría por ayuda o algo parecido. Tal vez llevaba tiempo drogado, por eso se tambaleaba en la subasta. No era por los zapatos, le habían drogado y ahora se ha quedado dormido.

Cuando llegamos al aeropuerto, lo tomo en mis brazos y subo con él al jet. Nos vamos a Nevada.

Continúa…

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Un comentario en «Compláceme 2»

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