Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 21
Después de regresar al hotel, noté que la movilidad de Bill era lenta. Asomé el rostro a su habitación y vi que se adentraba al baño para tomar una ducha. Entrecerró la puerta y después de unos momentos escuché el agua caer. Me acerqué sigiloso hasta la abertura de la puerta y le vi de espaldas quitándose la bata que cubría su esbelto y blanquecino cuerpo para después colgarla en la pared. Lleva ambas manos hasta su cabello y se deshace de la liga con que le puse.
¡Joder! Adoraba su desnudez.
Reprimí aquella idea cuando mi mirada se fijó en sus nalgas y las marcas rojizas que había en su piel. Incluso la marca de mi mano seguía ligeramente visible.
Cuando entró a la ducha y estuvo bajo el chorro vi sus manos recorrer su cuerpo con tanta lentitud que era obvio que le dolía. Se relajó con el agua tibia y el vapor empañó los cristales de la ducha poco tiempo después, pero aun así podía ver su cuerpo. Como sus manos paseaban la pastilla de jabón por sus brazos, torso y por sus largas piernas. Veía como su espesa cabellera se adhería a su piel y la espuma del shampoo resbalaba por su cuerpo.
Me da un ligero subidón al verle así.
Quisiera romper otra de mis reglas, adentrarme a la ducha con él y hacerlo mío una vez más. Me gustaría introducirme lentamente en él. Olvidar los castigos y simplemente hacerlo mío en un contexto diferente, pero no puedo. No me atrevo.
Mi mirada pasea por sus piernas hasta que me detengo en sus nalgas y recuerdo las marcas que le he dejado gracias a sus faltas y mis prejuicios. Bill hace amago de girarse y entonces me retiro de inmediato. Vuelvo asomar el rostro, segundos después y sigue de espaldas.
No tiene caso que siga aquí, salgo de su habitación y voy hasta la mía. Me deshago del saco y la corbata para aventarlos a la cama, subo sin cuidado las mangas hasta debajo de mis codos y desabotono mi camisa. El cuerpo me pedía descanso. Había gastado todas mis energías en el castigo de Bill que ahora tan solo quería desplomarme en la cama, pero la idea de haberle lastimado empezó a taladrar en mi cabeza.
Voy hasta el equipaje de mano, tomo una cajetilla y el encendedor. Me dirijo hasta la terraza en la estancia, abro la puerta corrediza y me determino a fumar cerca del antepecho. El aire mueve mis cabellos y escucho el ruido de las olas a lo lejos. Recuerdo aquella vez en que me jodió tanto uno de los castigos que impuse a Bill. Recuerdo su primer juego cuando sus muñecas se lastimaron. Y en ambas ocasiones terminé disculpándome.
Me siento extraño. No debería haber diferencia. Fueron castigos donde la fuerza fue impulsada por el placer, pero ahora, el que él mismo me pidiera le castigara, lo volvía todo muy diferente. Sí, vaya que lo era.
No dejo de darle vueltas al asunto mientras sigo fumando y mirando al horizonte. Llevo cerca de cinco cigarrillos. No sé qué hora es, pero estoy aún más cansado. No me he movido desde que llegué y siento que se me adormecen las piernas. Los párpados me pesan, pero de alguna manera mis ojos no se cierran. Comienzo a sentir con un poco más de intensidad los estragos del castigo que le he impuesto a Bill. Los músculos me duelen, mi cuerpo entero implora descanso, pero no se lo doy. No hasta que resuelva la incógnita que consume mis pensamientos.
Quiero no pensar en ello, pero no veo manera de evadirlo. Aquello que dijo Amara aparece una y otra vez en mi cabeza y por más que intento ignorarlo, más frecuentes es; «celoso…».
Niego con la cabeza. Quiero evitar hacerme de ideas con eso.
—No entiendo qué tiene qué ver ahora. He tenido sumisos antes. He llegado muy lejos con todos y no me ha importado tanto si les he lastimado o no. Se atienen a las consecuencias de sus actos, pero Bill… Es diferente. Él lo hace así.
Suelto un suspiro, le doy la última calada al cigarrillo para después dejar que se consuma en el borde del antepecho y entro después de soltar el humo. Apago las luces, veo que la puerta de Bill sigue abierta y me detengo en el umbral por unos momentos. Su respiración tranquila me llena de calma, me acerco, cerciorándome que realmente esté dormido y me siento en la esquina con cuidado de no despertarlo. Su cabello está algo revuelto sobre la almohada, le miro profundamente y le confieso:
—Sí eran celos.
Cierro el puño sobre la sábana al recordar la manera en que ese imbécil de Leo Morgan le miraba. En mi vida me había sentido celoso. Ni siquiera con Alina, la mujer anterior a Bill.
Él tiene algo peculiar, es algo que me puede, y eso es malo.
Es mío, lo sabe. Pensar más allá me inquieta. Ya no soy así. No puedo volver a serlo otra vez sólo por él.
Me levanto y acerco un poco más. Mi mano va hasta sus cabellos y los peino.
—Esta noche la rabia y el deseo me llevaron a sentenciar tus inocentes provocaciones, Precioso. Además, me lo pediste— susurro con algo de culpa—. Solo tú has causado tanta ira y tanto placer en mí, incluso más de la que cualquiera me habría provocado en una sola noche y me odio por sentirlo tan fuertemente. Me prometí no volver a ser así, no puedes venir y quebrantarme como ella pudo hacerlo.
Se remueve en la cama, saca el brazo de entre las sábanas y éste queda tendido muy cerca de mí.
Tomo su mano suavemente y doy un beso prolongado a sus nudillos—. Me puedes, Bill… Y eso es tan bueno como malo.
Beso sus nudillos una última vez para ir a descansar un poco. Mañana podré reconocer mi error frente a él.
&
A la mañana siguiente tomo una ducha y me alisto para salir. Llamo al restaurante del hotel y reservo una mesa para dos.
Voy hasta el equipaje de mano y del fondo tomo una cajita blanca. Este regalo tenía pensado dárselo a Bill el último día que estuviésemos aquí, pero como verdaderamente la culpa por haberle lastimado de más en su castigo de anoche me está comiendo vivo, quizás esto amortigüe como una disculpa.
Del interior del cajón en la mesita de noche, tomo un block de notas y una pluma con el logo del hotel, pongo una de las hojas al reverso y escribo sobre ella. Voy hasta la habitación de Bill y dejo el mensaje que le he escrito bajo la cajita junto a él en la almohada. Quiero que esto sea lo primero que vea cuando abra los ojos.
Retrocedo, le veo desde el pie de la cama y suelto un suspiro sin entender cómo es que éste niño me puede. No quiero pensar en esto ahora. Quiero hablarlo con él en el almuerzo.
Salgo de la suite con el móvil en la mano y me dirijo al restaurante. Confirmo mi reservación y espero sin Bill. Siento que debo darme un respiro de todo esto antes de que lo hablemos.
Un camarero me toma la orden y llena mi taza de café. Necesito despertar. Anoche no dormí más de tres horas. Soy así, cuando algo se clava en mi mente no soy capaz de dejar de pensar en ello hasta que sienta lo he resuelto, pero cosas como las de anoche no tienen solución por mi parte, será Bill quien lo determine.
El no haberle iniciado un poco en el sado, o siquiera explicarle la manera en que me gustaría azotarle, me hace pensar que me salté juegos y puntos importantes. Las reglas que tenía pensadas decirle cuando llegásemos a algo más fuerte, ahora no significarían nada. Temía que Bill dijera que no quería volver a ser tocado por mí por cómo me excedí anoche.
Cierto, estaba ciego y un tanto paranoico. No dejaba de pensar en que alguien se había dirigido a él en una forma tan mía. Quise castigarle. Es parte delas reglas; obtendría algo similar dependiendo el grado de su falta. Pero realmente aquellas faltas me las inventé, él las creyó, me pidió continuar y ahora la culpa me come por dentro. Su delicada piel expuesta a ese tipo de rudeza me encogía el interior, sin embargo, en el momento se sintió jodidamente bien. No era capaz de diferenciar la intensidad de los sentimientos que experimenté anoche. Eran iguales. Los niveles de ira tanto como de placer se sentían de la misma manera; fuertes e imparables. Todo se había mezclado. Nada tenía sentido hasta que pensé en ello. Bill será quien determine qué fue lo de anoche… Algo que no debió ocurrir o fue un salto sin previo aviso a otro contexto de las experiencias que tenía planeadas vivir con él.
Bebo mi café, como un panecillo a pausas y el ruido de las personas hablando, riendo, chocando sus cubiertos y el tintineo con el que el Hostess llama a otro acomodador en la recepción, no me dejan pensar tranquilamente. Quiero distraerme antes de que él llegue y alejar mi mente de esto, pero no puedo. ¡No puedo, mierda! Quiero tener en mente lo que voy a decirle y debo estar preparado para sus preguntas, él siempre tiene preguntas. Esta vez me gustaría responderlas todas. Pero también quiero que me responda algo… ¿Se aprovecha porque sabe que me puede? ¿O su ingenuidad no le deja ver aquello y verdaderamente espera algo más de mí?
El sonido del móvil en mi bolsillo me devuelve a la realidad y veo en la pantalla que Bill me está llamando. Respondo de inmediato.
—¿Tom? —Bill se escucha acelerado. Jadea ligeramente y eso me preocupa.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Podría jurar que estuviste aquí anoche, despierto y no te veo. Tampoco estabas en tu habitación y mucho menos en la estancia…— responde de inmediato—. ¿Dónde estás?
—Te dejé una nota— menciono para calmarle y llevo la diestra hasta mi nuca.
—No fue muy clara.
—Haz lo que dice la nota y ven pronto al restaurante del hotel. No me hagas esperar tanto, por favor, hay algo que debo hablar contigo.
—E-Es… ¿Es algo bueno?
—Depende de ti— hago una pausa. Nos quedamos en silencio y escucho por la otra línea que hay movimiento. Regreso la mano hasta la mesa y enrollo una de las esquinas de la servilleta—. No te demores.
Digo por último y entonces cuelgo.
Suelto un largo suspiro. Me dedico a esperar por largos minutos. No levanto la mirada hasta que me siento incómodo como en una de esas ocasiones en que alguien te observa de lejos. Me incorporo, bebo algo de café al disimular echando un vistazo y para mi buena, o mala suerte, Amara se planta detrás de la silla vacía que está frente a mí, tomando ligeramente del respaldo para halarla.
—¿Almorzando con Bill? —pregunta sonriente—. ¿Dónde está?
—Viene para acá— dejo la taza en su sitio y ella se cruza de brazos.
—¿Le dejaste en la suite y viniste aquí solo? Entorno los ojos y no la miro cuando respondo:
—Creo que es suficientemente grande para llegar hasta aquí él solo. ¿Cuál es tu punto, Amara? Acomoda la silla y se sienta frente a mí.
—Bill, ese es el punto— toma un pellizco de pan y me lo arroja—. Veo que pasaste una mala noche.
¿Qué sucedió?
—Nada— bajo la mirada, tomo mi taza y le doy otro sorbo al café.
—Fue… ¿lo de Leo, tal vez?
—No lo menciones— le pido.
Se cruza de brazos y apoya los codos en la mesa.
—¿Fue lo del castigo?
—En parte.
—¿Qué pasó?
—No puedo hablarlo contigo, Amara, nos corresponde a Bill y a mí— sentencio, pero ella se emociona y cubre su boca con ambas manos—. ¿Qué?
—Le estás considerando.
—¿No debería? Es mí…
—Le consideras más de la cuenta— me corta de inmediato—, quiero decir, más de lo que habías hecho con cualquiera.
—Mientes. Para mí es importante saber si disfrutan los juegos y precisamente quiero saber eso, me está jodiendo la idea de que pude haberme excedido anoche. Bill es nuevo ante lo que experimentamos.
—Le consideras mucho más, puedo notarlo. Vamos, Tom. Todos lo vimos en la cena de anoche y no sólo porque estabas celoso de cómo Leo trataba a Bill. Te conozco, a mí no me engañas.
—¿No está Jace esperando por ti en alguna mesa? —intento que se vaya. Me cruzo de brazos y vuelvo a entornar los ojos.
—Jace entiende que estoy contigo ahora— me dirige una mirada triunfante—. Regresemos a Bill: anoche le tomaste de la mano. Lo hiciste todo el tiempo y no lo digo sólo porque…— pausa cuando le sentencio con una mirada. No quiero escuchar ese nombre otra vez—, porque «él» se le acercaba. Fue otro gesto, Tom.
—Que hábil eres, Amara— menciono con sarcasmo.
—Te dije que él me gustaba para ti— me dedica una sonrisa.
—Y él me gusta— sé que le emociona escuchar esto, las mujeres exageran y entienden mal las cosas, entonces repongo: — No tendría sexo con alguien que no me gustase.
—Nonono. Es diferente.
—No lleva conmigo mucho tiempo.
—Pero te puede— se apresura a decir y la veo directamente a los ojos—. Desde que nos lo presentaste pude notarlo.
Casi a la fuerza puedo reconocerlo para mí mismo, pero frente a alguien más que incluso no sea Bill, es algo que no me permito.
—Sé lo que piensas, Tom, pero Bill no puede ser como ella.
—Y no lo será— me suelto de su mano y vuelvo a cruzarme de brazos.
—Vamos, Tom…
—No, Amara. Simplemente no soy así. Yo no arriesgo de esa manera, el siquiera pensarlo es mucho para mí. Así que no insistas, sé muy bien qué pasa por tu cabeza.
—A mí no me engañas— se pavonea. Me jode el que intente hacerme reconocer las cosas frente a ella—. Esa noche en la reunión hablé con él y pude notar por la forma en la que te miraba que tú realmente le provocas muchas cosas.
—Tú hablaste con él esa noche, ¿qué te dijo?
—Para mí sería fácil decirte, pero mejor pregúntale tú.
—Esa noche lo hice.
—Pues no lo hiciste bien, supongo. Pregúntale ahora— se levanta y acomoda la silla a mi derecha. La miro sin comprender nada. Me lanza una mirada y me vuelvo hacia atrás, Bill está en la entrada
—luce inocentón no tan arreglado—. Me pongo de pie y unimos nuestras miradas. Camina hasta a mí, noto que lleva algo en las manos, es lo que dejé sobre su almohada.
Amara toma mi rostro y me planta un beso en la mejilla para después decir: — Dáselo a Bill de mi parte.
Él está a unos pasos, Amara le saluda y va a con Jace, supongo. Bill se planta frente a mí. Luce nervioso y lo escaneo con la mirada. Verle así me da un vuelco inexplicable desde el interior.
—¿No hay beso de buenos días?
Su pregunta me relaja un poco. Le dedico una pequeña sonrisa cuando siento que se pone de puntas y acerca a mis labios.
—No usas lo que te di— denoto.
¡Joder! Me siento nervioso.
Las primeras palabras que cruzo con él y no imagino cómo será cuando le diga todo lo que necesito explicar.
—Es que no estaba seguro— se separa de mí y me mira.
—Siéntate— le pido y acomodo la silla. Pone la caja del obsequio a su izquierda y me mira atento—. ¿Dormiste bien?
—Sí. Es decir…, me despertaste.
—¿Cuándo?
—En la noche.
—¿Escuchaste todo lo que dije?
¡Mierda! Que me muero si dice que sí.
—No, yo sólo sentí cuando tomaste mi mano— responde con vergüenza. Eso me tranquiliza un poco.
—¿Entonces por qué no usaste lo que te di?
Su mano va hasta el bolsillo de sus jeans y saca la nota que le dejé.
—Fue por lo que decía al último. Anoche creí que hablabas en serio cuando dijiste que me olvidara de que me llamases así— hace amago de entregarme, llevo mi mano sobre la suya, arrugo el papel y lo boto en la mesa—. Te dije que la nota no era clara.
—¿Qué parte te explico? —cuestiono, él traga pesadamente. Quizás no debí usar ese tono, ahora lo cambio por uno más tranquilo—. «Vístete y úsalo», me refería a que te arreglaras para mí y usaras el collar. ¿No te gusta? —lo tomo, abro la caja y le muestro el contenido; es un collar plateado, y cuelgan estrellas de éste, unas grandes y otras pequeñas. Bill lo mira detenidamente. Tomo el collar y me levanto—. Recoge tu cabello— le pido y lo hace. Rodeo su cuello con éste y ajusto el broche.
—Me gusta— lleva una mano hasta las estrellas y me mira.
—«Nos vemos en el almuerzo, precioso» ¿Es esta tu duda? —le veo asentir y entonces me aclaro la garganta antes de sentarme—. Es obvio, Bill.
—Anoche creí que hablabas en serio.
—Y hablaba en serio, pero sólo al jugar. Era tu castigo.
—¿Cuánto duran los castigos?
—Lo que duran los juegos— respondo con simpleza. Bill se ve sorprendido.
—O sea que…
—Sí, Precioso— le dedico una sonrisa y me corresponde el gesto—. Tu duda está aclarada ahora.
—No realmente. ¿Por qué me diste esto? No es que no lo quiera, pero me hace pensar muchas cosas.
—Dame un ejemplo.
—¿Es un pago por complacerte anoche o algo así?
Que piense eso me alerta. Al principio se suponía que sería así. Con todos mis sumisos fue de esta manera; si me complacían yo les daba algo a cambio. Era algo recíproco. Yo obtenía lo que quería y daba a ellos lo que desearan, pero desde que jugué con Bill por primera vez supe que no sería así con él, además, le había dicho que le daría todo lo que quisiera porque lo merece y ha soñado con ello. No pienso que le haya dado algo como agradecimiento después de haber aceptado jugar conmigo, no en ese contexto. Definitivamente creo no haberlo hecho.
—¿Por qué piensas eso? ¿Cuántas veces te ha pasado por la cabeza?
—Sólo anoche. Es que fue algo diferente. Creí…, creí que no llegaríamos a ese punto y el que no lo mencionaras fue extraño. Creí que lo harías.
—Es precisamente de lo que quiero hablarte. Bill, se supone que debí mostrarte otros juegos hasta llegar al sado, advertirte hasta qué punto me llega gustar y hasta dónde es que puede llegar tu placer, pero no lo hice. Fue un error mío. Con esto vienen otras reglas y ciertas advertencias, y siento haberme anticipado tanto sin antes jugar lo que tenía pensado para ti— mi mano va sobre la suya—. Necesito saber qué fue lo que sentiste.
—Pues yo…
Muevo mi mano y le callo posando mi índice sobre sus labios cuando un camarero se acerca. Ordeno algo para Bill, yo no tengo apetito en realidad. Nos sirve algo de café y se retira.
Me dedico a dirigirle una mirada serena: —Hablaremos después de que comas.
—Pero no tengo hambre— replica al hacer un pequeño puchero.
—No diré nada hasta que termines el último bocado. Y no hagas trampa, dije que comas, más no que intentes devorar— termino medio en serio, medio en broma y él finge indignación.
—¿Bromeas?
Niego con la cabeza. Dirijo mi mano hasta las estrellas que cuelgan de su cuello y delineo la más grande de todas—. ¿Quieres saberlo? Come y hablamos después.
—¿No dirás nada hasta que coma el último bocado?
—Así es, por lo mientras puedes hablarme de lo que sea, pero no de las reglas o los juegos que tenía pensados para ti— advierto al ver que pretende salirse con la suya y tomarme la palabra. Resopla en gesto de rendición y su flequillo se levanta ligeramente—. Sin trampas, Precioso. Al final retomamos lo que estábamos hablando.
—De acuerdo— asiente y bebe algo de café después de agregar dos terroncitos de azúcar.
Cuando le traen su platillo, me limito a mirarlo. Si cruzamos palabras tan sólo interrumpiré sus bocados y no quiero hacerlo. Ansío que llegue al final. Necesito decirle todo lo que pasó por mi cabeza. Quiero saber la razón por la cual imploró el castigo y porqué había creído aquello que me dijo desde un inicio.
Bill hace una pausa para preguntarme qué hacía Amara cerca de mí cuando él llegó. Aquello me divierte, ¿serán celos? Tan solo puedo responder que ella se detuvo a saludar, pero entrecierra los ojos en gesto de que no me cree. Le distraigo preguntando si quiere hacer algo, lo que sea que él quiera podemos hacerlo. Asiente y dice que le gustaría pasarlo en la playa, le recuerdo que es una playa nudista y prefiere ir a otro lugar.
Está por terminar la fruta que hay en su plato y antes de que pueda preguntarle algo, un camarero se me acerca y con discreción desliza un papel bien doblado sobre el mantel.
—Disculpe, señor Kaulitz, un caballero le envía esto.
Le miro con seriedad y agradezco con un ligero asentimiento.
—¿Qué es? —cuestiona Bill, pero no respondo. Desdoblo el papel y lo leo.
«En el restaurante S&Miracle a las 9:30 pm. Empecemos de nuevo, Tom. ¿En verdad no quieres consensuar?
L.M»
¡Perfecto! Lo último que necesitaba, que Leo estuviese detrás de nosotros.
¡Joder! ¿En serio espera que acepte? Vaya imbécil.
Vuelvo a doblar el papel y lo mantengo en mi mano. Intento no irle a buscar y romperle la cara. Me lo pienso dos veces, este juego después de todo es de dos. Esta vez no va a ganar.
Entrecierro los ojos y me pienso muy bien lo que haré. Cuando regreso la vista a Bill, tengo una idea.
—Necesito que hagas algo por mí, Precioso.
¡Oh, sí! Siento la victoria venir a mí.
—¿Qué sucede?
—¿Puedes echar un vistazo entre toda esta gente y decirme si ves a alguien que recién conociste?
—Me presentaste a mucha gente en la reunión, varios están aquí.
—No, no. A alguien que recién conociste… Hazlo, por favor. Echa un vistazo— termino por pedirle y él no muy convencido se remueve para buscar con la mirada.
Sus ojos se detienen en un punto detrás de mí, me mira e intenta disimular, pero no puede.
—¿Ya lo viste? —no me responde—. Quiero que le entregues esto, por favor.
—No creo que tú quieras.
—Sí, sí quiero. Hazlo, por favor.
—Pero qué es eso.
—Una invitación de juego.
—¿Es malo?
—Sólo entrégasela y dile que no nos interesa. Hazlo, Precioso— le pido una vez más.
Se muerde el labio con nerviosismo y no deja de mirarme. Traga pesadamente hasta que toma el papel. Me pongo de pie, me imita y entonces pregunta: —No harás nada después de esto, ¿verdad? Es decir, en un juego y…
—No habrá castigo— le calmo. Beso sus labios para relajarlo y de paso porque sé que Leo está mirando.
Rompo el beso, avanzamos hasta que él se dirige a la mesa donde Leo está sentado y le regresa su invitación. Su cara es un poema; mira a Bill detenidamente hasta que él viene hasta a mí, Leo y yo cruzamos miradas y le dedico una media sonrisa triunfante.
—Vamos, Precioso.
Antes de salir, pido que añadan la consumición a la cuenta y propongo a Bill ir a un lugar más tranquilo.
Se ve extrañado y ligeramente nervioso cuando nos dirigimos al ascensor. Creo que, si volvemos a la suite, tal vez pueda hablar con él más tranquilamente.
Oprimo el número de nuestro piso y cuando el ascensor cierra sus puertas Bill dispara las preguntas.
—Me queda claro que él no es de tu agrado, pero ¿por qué tuve que ir a regresarle su invitación?
—Si ibas tú, él creería que es muy en serio.
—¿Y lo es?
—Claro que lo es. Bill, de las muchas personas que vienen aquí en búsqueda de una gran noche, él es único con quien no pretendo consensuar.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
—Escucha; no lo digo con otra intención que no sea advertirte, pero Leo sabe cómo jugar con la gente. Al principio aparenta ser muchas cosas y te es agradable, hasta que consigue lo que quiere es capaz de destruir a otras personas con tal de que nadie se meta en su camino. Me di cuenta de ello hace tiempo. Leo es alguien despreciable, créeme que no querrás amistar con él— le miro seriamente.
—Lo dices porque le odias, pero a mí me pareció una buena persona. Anoche en la cena él se portó realmente bien conmigo, pero tú…
—Entiende una cosa; él no es alguien confiable.
—¿Por qué tienes rivalidad con él? ¿Tiene algo que ver con la mujer que trajiste aquí?
—Tu curiosidad por ella es inmensa, ¿verdad? —le tomo de la muñeca y acerco a mí cuando el ascensor se detiene y un par de personas suben—. Hablaste con Amara de esto, ¿cierto?
—¿Ella te dijo?
—Sí, lo hizo— añado por lo bajo—. Te pregunto ahora, Bill; ¿Por qué tanta curiosidad? ¿Qué fue lo que le preguntaste a Amara?
—Quería saber el nombre de esa mujer y qué había sido de ti. Quiero entender muchas cosas.
—Pues estás de suerte, Precioso, hoy responderé todas tus preguntas.
El ascensor se detiene y entonces salimos. Caminamos por el pasillo hasta llegar a la suite. Bill me guía hasta la estancia y espera respuestas.
—¿Quién era ella?
Se ve ligeramente impaciente. Pese a lo que he dicho, deberé soportar quizás el mayor interrogatorio de mi vida. Conociéndolo, las preguntas que abarcan su mente son tantas que seguramente aprovechará en decir cualquier cosa.
Lanzo un suspiro y me siento junto a él.
—Alina Thomson— hago una pausa, Bill no dice nada—. La conocí en la fiesta de aniversario de Jace y Amara hace mucho tiempo. Fue mi…, novia y sumisa. Ella esa todo al mismo tiempo.
—También fue tu pareja— dice en un tono bajito.
—La única sumisa con quien tuve una relación. Fuera de eso, he estado con otras mujeres y aquellas relaciones ahora quedaron atrás.
—Y si fue tu sumisa…
—Desde que nos conocimos los juegos empezaron. Cada sábado teníamos una cita en la habitación de juegos y, bueno, así era— digo interrumpiendo sus palabras.
—¿Cómo era ella?
—Hablaré a grandes rasgos, si no te importa— vuelvo hacer una pausa. El corazón comienza a latirme desenfrenadamente. No estoy listo para volver a hablar de ella, pero debo hacerlo, Bill espera respuestas—. Ella no se mudó conmigo, a decir verdad, eres la primera persona que se queda en mi casa— su mirada me revela su nerviosismo y algo de temor—. Cada juego era diferente, todo a su modo y a la vez al mío. Pasados un par de meses empezamos a vernos más seguido, ya no tanto para consensuar, sino, en otro contexto, uno que jamás entendí. Parecía que no teníamos una relación verdadera, aunque yo pensaba que sí. Pienso que se debía a que le gustaba ser deseada por todos lo que hacía que a veces no se lo tomara en serio. Prefería vivir en la ignorancia, pues ella estaba conmigo y me bastaba. No quisiera decir esto, pero compartes aquello con ella, Bill. ¿Te has dado cuenta de cómo es que te miran? Yo no puedo permitir eso, mucho menos que no te tomes esto en serio.
Mi mano, casi temblorosa, va hasta su mejilla. Sé que quiere hablar, pero no puede. No necesita hacerlo, puedo descifrar sus pensamientos a través de su mirada.
—Cuando me dijiste aquello del collar, que era un pago por complacerme anoche, la verdad es que las cosas son muy diferentes.
—Explícame.
—Todos, absolutamente todos los sumisos que he tenido han recibido algo de mí. Después de un encuentro había algo nuevo y lujoso esperando en las puertas de sus casas. Con Alina también fue así, y creo que fue la persona con quien más he desperdiciado tanto mi vida como mi fortuna.
—Es que yo…— retrocede.
Imagino lo que pasa. Ahora al decir esto, asume que estaba equivocado en cuanto a mí y el trato que le doy. Cuando me contó cómo había llegado a la subasta, supuse que sería un problema si le hablaba de esto. Intento calmarle y no me permite acercarme más. No soy como los tipos a los que se entregó, soy diferente porque él merece que lo sea y se siente bien no ser el mismo en este aspecto desde que llegó él.
—Hay personas que te utilizan y te hacen creer muchas cosas. Cuando me mezclé en este tipo de vida, tuve que aprender que la gente va y viene. No hay que apegarse más y no sobrepasar la línea de confianza que se tiene a la hora de consensuar, es lo más importante. Y yo lo hice con ella. Cometí un error y yo no soy la clase de persona que acepte sus errores. Intento ser siempre lo suficientemente centrado, por eso hay reglas. Son mis límites, no quiero que nada diferente pase, ¿comprendes?
—Rompiste tus reglas conmigo.
—Y también con Alina— digo de inmediato. Ahora me arrepiento, ver su gesto hace que algo en mi interior se encoja.
—¿Qué otra similitud tengo con ella? —pregunta después de unos momentos.
Quiero decirle que compartían la inocentona mirada e ingenuidad a todo momento, claro que Alina lo usaba a su favor, Bill no tiene esa malicia. Pero no lo hago, no digo nada. Estoy absorto en él, toco su mejilla y después acaricio sus labios con mi pulgar. Me apetece besarle, pero me limito.
—Odio las comparaciones— finalmente me atrevo a hablar.
—Dime.
Lanzo un suspiro. Si quiere saber, solo le diré algo, y espero que sea suficiente.
—Ella pensaba que nadie podría obtener nada de mí porque se creía merecedora de todo que viniera de mi parte. Le hice creer que así era porque incluso yo lo creía así y el día en que las cosas habían cambiado, tan sólo dijo que obtuvo lo suficiente de mí, que yo la había complacido a ella. No le creí hasta que un día se fue. Ni siquiera dejó una nota, entonces comprendí que fui uno más en su lista— termino por recordar con algo de rabia.
—¿Y tú crees que en verdad soy como ella?
—Por supuesto que no. Tú llegaste a mí naturalmente en una subasta, pero desconocía absolutamente detalles de tu vida. Me has dicho lo que necesitaba saber, para mí eso fue suficiente y no tengo intenciones de hacerte recordar tu vida anterior. Estás conmigo ahora y debes tener la seguridad de que no te trataré como a ellos, porque más que consensuar, más que mirarte o estar contigo, las cosas son diferentes y no mereces eso— tomo su mano, entrelazo los dedos con los suyos y le miro con mucha más seriedad que antes—. Eres un niño, se supone no debería traerte aquí, podrían expulsarme del club si se enteran que no eres mayor de veinticinco. Eres alguien diferente, Precioso. Puro y casto a la vista de todos, un inocente niño que llegó a parar conmigo, que se ha dejado llevar por mí, pero pese a eso, no tienes esa malicia que distingue a los demás. No termino por comprender por qué me puedes, y definitivamente mis intenciones contigo son claras.
—¿Lo dices en serio?
—Me puedes— digo con algo de dificultad. Sé que se lo había dicho, pero ahora lo reconozco de una manera diferente. Él en verdad me puede—. Y me da la impresión de que sabes sacar provecho de eso.
—No entiendo cómo.
—Contigo soy alguien maleable, Precioso. Me haces ser así y te advierto que si intentas pasarte de listo…
—Soy ingenuo, lo sabes y me lo has dicho. No puedo cambiar. No sé cómo manipular a la gente, se supone debería utilizar esto a mi favor, pero no puedo. Con nadie he podido— está más que nervioso. No lo comprendo—. Ya… estoy confundido— retrocede hasta que se levanta.
—Tranquilo, Bill— le pido. Creo que esto y la manera en que llevaba las cosas con los sumisos anteriores aun le inquietan—. Todo sigue igual contigo. Debes entender que lo que recibas de mí no será un pago por complacerme. Con los sumisos anteriores fue así, pero se detiene contigo. Recuerda mis palabras, no hay doble intención y si creíste que sí, lo lamento— me levanto y le sigo.
—Quiero saber porque en la reunión la gente creía que te habías alejado de esto.
—Fue por ella. Se fue y dejé este estilo de vida de lado. Sé que incluso escuchaste a Noa decirlo, todos lo saben, pero también saben que no deben hablar.
—Eso me dijo Amara.
—Ella y yo nos conocemos desde hace años
—¿Y ella te involucró en esto?
—¿Te lo dijo? —cuestiono y él asiente—. Fue el sado. Él desvía la mirada, apuesto que recordó lo de anoche.
—Algún otro momento te contaré como es que ella me involucró en esto, pero ahora solo quiero decirte que lo siento— tomo su mano, la beso y él me mira con los ojos bien abiertos—. Anoche te vi mientras te duchabas, las marcas que había dejado en tu cuerpo me hicieron sentir culpable. No quise lastimarte demasiado.
—Tom…
—Shhht— le callo—. Debes saber que las cosas en el sado son diferentes, pero si confías en mí y te olvidas de que existe el dolor, tan solo lo vas a disfrutar. Existen reglas para los encuentros y debí al menos decirlas anoche, pero al inicio no contaba con que insistirías tanto en ser castigado. Me dejé llevar al azotarte e imponerte el castigo cuando te aparté de los demás.
—Quería sentirme deseado por ti, quería provocarte. Me gusta cuando tu ira se fusiona con mi placer. Cuando me besaste esa fue la sensación que se instaló en mí y me gustó. Quería repetirlo. Quería volverlo aún más intenso. Me puse a tu merced y estuve dispuesto a todo.
Sus palabras hacen eco en mi cabeza y logran detenerme los latidos. Su mirada no me revela más que la verdad de sus palabras.
—Las marcas fueron eso sencillamente, marcas. Mi piel responde ante ti, y anoche fue algo diferente. Indescriptible…— se acerca y sus manos se quedan en el aire al hacer ademán de llevarlas a mi rostro—. ¿Me enseñarás las reglas y los juegos?
—¿En verdad quieres? —le tomo por las muñecas—. Temía haberte lastimado lo suficiente como para que no quisieras acercarte a mí en ese contexto.
—Dime cómo son los juegos.
—Me gustaría decírtelo, pero debes esperar a que volvamos a casa. No podría decirte las reglas si no estamos en la habitación de juegos. No podría recorrer tu piel con los objetos que deseo usar en ti. Me gustaría jugar contigo lo que jugué por primera vez y si te voy a introducir al sado será mejor que lo hagamos bien.
Termino por decir con determinación y me separo de él.
—Sé que aun tienes preguntas, que quieres saber un poco más de todo y quieres comerte el mundo de un bocado si es que estás conmigo, pero vamos a ver, Precioso, aclararé tus dudas, te diré lo que sea que desees saber, pero esos juegos deberán esperar hasta que regresemos a casa.
—Promételo, Tom. Promete que me dirás las reglas.
—¿Por qué te interesa tanto?
—Son las sensaciones que causas en mí. Sé que soy el causante de ellas, mis provocaciones te harán gozar de los castigos, y a mí también. Es mutuo, como dices tú.
No puedo responder ante ello. Estoy en blanco, más aparte se precipita para besarme. Sus labios se mueven rápidamente sobre los míos y le sigo la corriente. Respirar será necesario dentro de unos momentos más.
Llegar al sado es lo que quiere. No comprendo cómo es que llegó a esa conclusión, después de todo es verdad. Quien se revela, provoca y hace desear un encuentro no es el amo porque lo desee, es el sumiso porque así lo quiere. Él provoca. Él pide el castigo porque comete faltas que, a fin de cuentas, a ambos nos harán disfrutar.
Soy su amo y soy quien dirigirá el placer en todo momento. No habrá nada mejor que eso.
Continúa…
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