
Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 22
Cuando la reunión del club al que Tom pertenecía llegó a su fin, él me había mostrado los sitios más interesantes para conseguir una noche digna de juego en una semana más. No podía contra la curiosidad. Estaba absorto. Jamás creí que yo pudiese dejarme llevar por algo con la misma intensidad.
Los juegos eran totalmente excitantes. Mi deseo por conocerlos más a fondo en verdad era demasiado. Cuando una invitación llegaba a Tom, el iris de sus ojos se volvía de un tono intenso, mostrándome su deseoso e insaciable apetito de mí.
«Me carboniza». Fue lo único que pude entender de las palabras que mencionó la noche en que declaré mi total disposición ante sus juegos.
Pues eso era justamente lo que provocaba la mirada de Tom sobre mi persona.
¡Me carbonizaba, joder!
¡LO HACÍA!
El interior me daba un vuelco y el subidón que me provocaba el éxtasis, hacía que mi cuerpo entero vibrara. Quería terminar con él en la cama, o donde fuera, pero que me follara.
Sentir su fuerza comenzaba a tornarse en una necesidad. Si tomaba de mi mano para demostrar que él, y sólo él podía tenerme, derretía mi interior. El gesto posesivo y la manera en la que me besaba frente a los demás, me hacía sentir más que suyo, deseado, y con todo el derecho del mundo a decir que ¡SOY DE ÉL! Pertenecerle en exclusiva era algo que me llenaba por dentro, por muy bizarro que pareciera.
Esta noche visitamos M&F, su lugar predilecto —sus colegas nos acompañan. El ambiente era realmente bueno con ellos—. Ahora sé por qué le agrada venir aquí. El lugar tiene dos plantas donde las secciones de arriba sonaban más interesantes que las de aquí abajo cuando me contó de qué iba este lugar al entrar hace un rato. La planta baja está en secciones donde yace la barra, el centro de diversión, unas habitaciones oscuras y el salón Touch.
Ya había mandado el nerviosismo a la mierda. Sus amigos jugaron conmigo frente a él, yo les había dado placer, ellos me lo dieron a mí y pude reconocer quién se dedicaba a qué en cierta parte de mi cuerpo. Ya podía controlar la situación a comparación de la reunión a la que asistimos la primera noche. Si es que me miraban con deseo, solo podía sentir excitación. Era como Amara mencionó: «Lo que pasa en la habitación de juegos, no saldrá de ahí». Y tenía la seguridad de que ellos no intentarían nada hasta que Tom lo aprobara.
Estando con ellos y escuchando la charla que mantienen, me doy cuenta de que en verdad llevan tiempo haciendo esto, que se conocen desde hace mucho y que gustan de cosas similares. Aunque Amara es más cercana a Tom y le conoce mejor que los demás, el que él no sea muy abierto conmigo, despierta mi curiosidad y quisiera preguntar a ella centenares de cosas, pero no puedo. Ahora, solo quisiera saber más de él. No de su historial de sumisos, o algo que involucre a las personas con quienes ha estado. Quiero conocerle más a fondo. No ha dicho mucho desde que aceptó mi petición, pero el lugar en el que estamos no está hecho para tener una charla así, además, Tom está pendiente de mí y lo que pregunto a Amara. No luce molesto, pero su mirada me advierte que no continúe. Sé que en algún momento él me dirá todo lo que quiero saber.
Le hago relajarse. Tomamos unos tragos y después de un tiempo él se deja llevar. Me mira, toca y tienta con llegar a algo más. No podía quedarme sentado siendo presa de su incitante mirada y las palabras que susurra a mi oído. Me está seduciendo y no puedo resistirme ante él. Pero no quiero perder tan pronto. Es un juego de dos. Yo también puedo seducirle, en todo caso.
Le hago seguirme. Bailamos muy cerca de donde están los demás. Me muevo frente a él, tratándole y volviendo la mirada a los demás para hacer lo mismo. Noa no aparta sus ojos de mí, Tom lo nota, hace que me vuelva a verle y me dirige una mirada molesta. Le lanzo una sonrisa tranquila y me dedico totalmente a él. Eso le gusta y me premia al darme una caricia en la mejilla y besando el interior de mi muñeca —todavía no sé qué significa aquello—. Me sentí omnipotente al notar que él estaba cediendo ante mis armas de seducción, pero el juego cambia de un momento a otro. Me ha atrapado en mis propias redes e hizo que me rindiera ante él. Sin previo aviso sus manos ya recorrían mi cuerpo y los jadeos escapaban de mi garganta, chocando contra sus labios. Tan fácil se le hacía tenerme en sus manos.
Las mejillas me ardían ante la impotencia de ello. Sentí que había perdido el juego, pero aún puedo hacerlo mejor, que la diversión y el placer aún esperan por nosotros. Siempre hay un As bajo la manga, y tratándose del deseo, podría yo tener más de uno.
Le he provocado. Sabía lo mucho que mis gestos inocentones le podían y haciendo un par de estos mientras me tocaba, Tom volvió a ceder ante mí, y esta vez gané. Planeo seguir con lo mismo hasta que el calor en nuestros cuerpos aumente por mis provocaciones.
—Hay un lugar interesante al que quiero llevarte y está en esta misma planta. ¿Puedes imaginar cuál es?
Sus palabras suaves me inquietan. Me dijo que sitios había aquí, pero lo primero que viene a mí mente son las habitaciones oscuras donde, según dijo, el sonido entraba débilmente y al estar ahí seríamos tocados por alguien a quien sería imposible reconocer y también seríamos consumidos por los sonidos de placer de todos ellos.
Más que ansioso, le dedico un asentimiento y me atrevo a hablar cerca de su oído: —La habitación oscura.
—Correcto, Precioso. Te has ganado un premio, vamos por él.
Toma mi mano entrelazando nuestros dedos y me hace seguirle. Pasamos de la gente que baila a nuestro alrededor, recorremos un pasillo poco iluminado donde al final hay una puerta azul. Al abrirla y entrar, la oscuridad se apodera de todo. Tom me sujetaba con firmeza por los hombros y nos mezclamos en un mar de parejas. Chocamos con algunos, encontramos un espacio vacío al movernos a tientas a una de las esquinas mientras los sonidos de placer de hombres y mujeres invaden mis oídos.
—Déjate llevar, Precioso— escucho a Tom hablarme muy de cerca.
La penumbra me impidió reconocer el sexo de las personas que están a mí al rededor. Las manos de alguien pasean por el cuerpo de Tom, pero él no los atiende porque sus labios van hasta los míos cuando hace que me vuelva a él y me acorrala contra el muro.
Creo que no había necesidad de cerrar los ojos, pero lo hice. Mis instintos se agudizaron ante la excitante situación.
Se sintió tan bien.
Es un hecho que no sabía quiénes se encontraban acariciando su cuerpo, o desviándose hasta el mío y acercándose como si supieran de mí, haciéndose espacio para acercarse a mis oídos y regalarme sus jadeos y gemidos. Es como si pudiesen ver en la oscuridad.
—Siénteme primero a mí— dice Tom sobre mis labios y después me besa con fuerza.
Mis manos van a la cinturilla de los pantalones de Tom e intento introducir una de mis manos, pero me siento algo torpe y sofocado. La mano que él mantenía en mi espalda, tomó mi diestra y la llevó a su entrepierna. Nuestros labios se separaron, los jadeos chocaron y una sonrisa se dibujó en mi rostro.
Tom me está pidiendo que le masturbara. Desabrocho sus pantalones y saco su miembro de entre sus prendas. Un gemido seco sale de su garganta y me hace aumentar su placer.
La mano que tenía libre paseó por su pecho hasta llegar a sus hombros, sentí las manos de una mujer recorrer su cuerpo. La aparté de inmediato. Insistió y volví apartarla.
Tom se ríe por lo bajo, se separa de mí y dice burlonamente: —Deja que me toquen, Precioso.
—Pero quiero ser yo quien te dé placer— respondo en un tono bajo, casi cerca de su oído.
Me fricciono contra él, sujeto sus manos para que las lleve a mi rostro y sin que me suelte, desciendo, haciéndome espacio entre el muro y él para quedar de rodillas. Tom acaricia mi pelo, lleva la diestra fuera de mí hasta que siento como acerca su miembro a mi boca. Me pide que me acerque y lo hago. Mi mano va a sus ropas para bajarlas un poco más y así poder dejar libre su erección. Me acerco, tomo su pene con la diestra, dejo escapar mi aliento sobre su punta y finalmente le doy un pequeño lametón, luego dos, tres… cinco. Chupo su punta. Toco sus testículos con las puntas de los dedos de mi mano libre. Me retiro, pero él no lo quiere así. Penetra en mi boca, entrelaza sus dedos en mi cabello, me toma por la nuca y me alienta a darle más placer.
Le escucho gemir por lo bajo, su respiración se vuelve agitada y se une a la sinfonía de sonidos de placer de otras personas.
No quiero terminar de darle sexo oral y que se corra. Quiero que me penetre. Que juegue conmigo. Que haga de mí lo que le apetezca.
Saco su miembro de mi boca, me incorporo de inmediato y él me lleva contra el muro. Le escucho jadear sin control, me sujeta con fuerza y así se mantiene. Le cuesta calmarse, acaricia mis labios, se acerca y besa mi mejilla hasta llegar a mi oído y descargar un sonido casi ronco.
Se acomoda sus ropas como puede, espera un largo momento y me hace salir de ahí. Vamos a otra sección donde, me dice camino ahí, que se juega con los sentidos. Imagino que es aquella a la que llaman Touch.
Al llegar a un pasillo, veo puertas a ambos lados en los muros. Fácil son unas diez y entramos a una de las últimas —que no tienen símbolo de ocupado—. La habitación es de color blanco; hay un diván de cuero rojo, algo que distinguí como una hielera de plata en una mesa alta y en los muros había objetos como los que él tenía. Las fustas y látigos estaban ordenadas por tamaños, pero no pude ver más, Tom ha vendado mis ojos.
¿Me castigará? No recuerdo haber hecho algo mal.
Me pide que me desnude. Mientras lo hago con nerviosismo, escucho cuando escoge ciertos objetos. Espero de pie durante unos minutos que me parecen largos. Dejo de escucharle e intento agudizar mis sentidos. Muerdo mi labio con nerviosismo hasta que siento su cuerpo acercarse desde atrás. Sus dedos apenas rozan mi piel, me hace desear las caricias, volverme a él y besarle. Me toma por las muñecas y sujeta de ellas con fuerza. La cuerda pellizca mi piel y yo sólo puedo pensar en el placer que eso me provocaba.
Su mano va a mi miembro e impone un ritmo placentero. El corazón se me sale del pecho, mi respiración es irregular y los ligeros espasmos que estremecen mi cuerpo, lograban hacerme sentir una oleada de calor increíblemente fuerte. Me deshacía por dentro a causa suya. Y quiero más.
—Abre la boca.
Me pide.
No sé para qué quiere que lo haga. No estoy de rodillas, entonces no busca que mi boca le de placer de nuevo, es algo más.
Mis labios se separan e introduce algo. Cierro la boca y mis dientes perforan algo suave, liberando un jugo que se desliza por mi barbilla. Siento la lengua de Tom limpiar los residuos de aquel jugo y desaparece la mitad de la frutilla cuando él la muerde y nuestros labios se acarician en la acción.
La sensación de él comer de mis labios me provoca un subidón. Fue exquisito.
«¡Tócame, Tom!» Imploro en mis adentros.
Se separa de mí y mi piel reacciona ante su ausencia.
Escucho sus pasos ir y venir con lentitud. Siento sobre mi piel ya erizada, gotas de agua fría. Vuelve a salpicar sobre mis hombros, espalda y en mis piernas. Sus dedos fríos recorren mi hendidura pretendiendo introducirse en mí, pero no lo hace. Las gotas de agua descendieron por mi abdomen hasta alcanzar la base de mi miembro, y de pronto, Tom había salpicado un poco más sobre mi erección.
Me muerdo el labio ante lo que Tom presenta a mi piel. No sé si es una vela, o un encendedor, pero una flama se acercó a mis pezones y mi miembro.
Me estremecí.
Algo frío volvió a mi piel; un hielo.
Uno a uno los presentaba a mi piel, mi excitación derretía los hielos que paseaba por mi cuerpo y lograba calentarme aún más con el calor de la flama que acercaba a mí.
Estaba tentado, quería que Tom acariciara mi cuerpo y recibir más placer, pero me lo impidió. Cada movimiento fuera de un círculo imaginario que había determinado mientras me rodeaba, significaba que recibiría un azote. Tres más de estos y él ataría mis extremidades.
Estaba carbonizado. Solo yo y nadie más, podía conocer la omnipotencia que eso me hacía sentir. Sus juegos son total delirio para mí.
No parecía un castigo, solo podía ser algo para poder brindarle placer. Mucho placer. Era un juego solamente. No he cometido ninguna falta hacia él o las reglas, bueno, no por mucho. Estoy realmente tentado. Quiero mostrarle rebeldía y desobedezco a la regla que ha impuesto. Él chasquea la lengua y presenta a mi cuerpo la suavidad de una pluma, paseándola por mi cuello, descendiendo por mi hombro, levantando mi brazo y continuando hasta mi palma donde me sorprende con un golpe. Imagino que se trata de una fusta.
Continúa paseando la pluma por cada zona de mi cuerpo, y cuando me muevo a causa de placer o cosquilleo, me es dado un azotito. Mi piel arde ante los caminos que recorría la suavidad de la pluma y me hormigueaban las zonas donde la fusta seguramente dejó una ligera marca. Por mi espalda recorrió algo con pequeñas tiras, llegando a mi trasero y al azotarme con poca fuerza, supe que eran unos látigos.
Desobedecí. Lo quería. Buscaba ir más allá y que me dijera de una vez sus reglas en el sado, pero no lo hace. Dice que no jugaremos más porque pretende llevarme a otro lugar. Le pido me dé un guantazo y deje su marca en mi piel porque me daba una idea de lo mucho que le gustaba ver mi piel enrojecida y yo quería sentir directamente su fuerza. Tom no se negó. Sentí su fuerza y la excitación del momento me llevó a insistirle por más. Quería jugar, estaba deseoso y mis labios sufrían cuando me mordía porque él no daba respuesta alguna. Yo estaba dispuesto a todo y se lo hice saber.
Excitado, me pidió que me vistiera para ir a otro lugar, pero no seguiríamos con el sado.
La primera sección era algo parecido a la de abajo, solo que con un aspecto más elegante y por ende, solo a ciertas personas se les permitía tener acceso. Nos dirigimos a otro lugar y antes de pasar del umbral, me fue entregado un antifaz de color negro. La mirada de Tom destelló en un gesto que no supe definir cuando me entregó una llave después de mirarme a través del antifaz. ¿Le gusto mucho con esto puesto? No sé para qué debo usarlo y mucho menos entiendo por qué me da la llave.
Estoy confundido. Esta noche yo elegiría la habitación de juegos, ¿por qué?
No dijo nada. Nos dirigimos a la barra que está al fondo e intenta relajarme, pero sus intentos son en vano. Mientras estoy sentado en un banco alto, bebiendo a tragos pequeños algo de sabor fuerte, Tom se burla ante mis muecas por no saber beber alcohol. Le provoco en una manera de desquite a sabiendas que la gente nos observaba desde que pusimos un pie aquí. Quizás querían consensuar.
Y hablando de él… ¡Oh, Tom! Pero que sensual se ve estando así, con una media sonrisa —sí, su sonrisa de millón—y mirándome tan lascivamente que me provoca un vuelco. Acorto la distancia, juntando las narices y tentando sus labios, distrayéndole de la dirección en la que se dirige mi mano. Voy a su entrepierna y ver la cara que pone me carboniza.
—¿Debería atarte de manos?
—Puedes hacer lo que quieras…— digo junto a sus labios.
Me besa y hace que suba de nuevo al banquillo, se hace espacio entre mis piernas y, sin pudor alguno, baja mi cremallera para liberar mi miembro de entre mis prendas. Está tocándome, ofreciendo un pequeño espectáculo para unas cuantas personas y eso me pone al mil. El corazón no deja de latirme con fuerza. Ya las demás secciones de la planta no importaban, Tom quería jugar y yo también quería que lo hiciera.
Sólo yo podía decidir en qué habitación jugaríamos; una estaba completamente disponible para nosotros, o bien, en donde aguardaban unas personas.
El resto de esa noche es historia.
&
Creí que volveríamos a Los Ángeles después de la segunda semana que pasamos en Francia, pero no fue así. Volvimos a París, nos quedamos menos de una semana, después viajamos a Italia y… ¡Fue memorable! En mi vida pensé que podríamos hospedarnos en uno de esos hoteles y mucho menos creí que llegaría a pasear en una góndola de Venecia —aunque estuvimos un par de días en esta ciudad—. Los últimos cuatro días del mes lo pasamos en Londres donde todo fue extraño.
En estos últimos días, el móvil de Tom estaba más que insistente. Intenté tomarlo a escondidas y ver quién le había llamado, pero a él no se le escapa nada, el móvil tenia clave y fue difícil siquiera ver qué decía la pantalla.
No había respondido llamada alguna. Dijo que no importaba y que tampoco era de mi incumbencia, entonces le noté distante a partir de ese momento y no entendía por qué. Ahora se comportaba diferente. Algo sucedía y él intentaba encubrirlo, lo peor de todo es que no sabía si era conmigo directamente o descargaba en mí su enfado con alguien más.
Fue difícil sobrellevar su actitud en esas ocasiones.
Ahora estamos volviendo a Los Ángeles después de un mes fuera. Un mes tan intenso como maravilloso.
Recuerdo todo lo sucedido de principio a fin mientras veo a Tom junto a mí, absorto en la pantalla del portátil. Estaba tan enajenado mirándole que no me percaté cuando medio frunció el entrecejo.
—¿Qué es? —le pregunto. Me incorporo en el asiento y él cierra el portátil sobre sus piernas. Intenta sonreír para relajarme.
—No sabía que ya estabas despierto, haz dormido a ratos durante todo el vuelo. En media hora aterrizamos, así que no te vuelvas a dormir— menciona. Noto algo diferente en sus palabras.
—Sí, bueno… no te preocupes por eso. Dime qué era lo que viste en el portátil. Lucías molesto— no le gustó que lo dijera, su rostro lo dice todo.
—No es nada, Bill— el tono serio que usa despierta mis sentidos. Esto no parece ser bueno.
—Dime.
Lanza un suspiro exasperado y me mira directamente.
—Hay un cambio de planes y se llama «Las Vegas».
—¿Iremos?
—No, Bill. Por eso es un cambio de planes. Yo iré y tú te quedarás en Los Ángeles.
—¿Qué? No lo entiendo, ¿no podemos ir juntos?
—Preferiría que no— responde en seco y desvía la mirada.
¡Crack!
No sé cómo, pero algo se fractura en mi interior.
—¿Por qué? —insisto.
—Necesito ir y cumplir mis obligaciones— responde tan cortante que es obvio que no tiene ganas de seguir hablando.
No puedo quedarme con su respuesta. No me parece una buena justificación.
—¿Es sólo eso o algo más? Es que no lo entiendo. ¿Por eso las llamadas insistentes y tu actitud ante ello?
—Tendré trabajo por hacer y serán sólo tres días, lo prometo— se vuelve a mirarme—. No quiero que estés ahí.
«No me digas eso» intento no dejar escapar esas palabras que flotan en mi mente. Es inevitable que no duelan.
—¿Por qué no?
Estoy confundido y no puedo evitar sentirme mal al respecto.
—Eso no importa. Sólo serán tres días, lo prometo— insiste. Toma mi mano, pero me retiro al instante. No le creo
—¿Desde cuándo existe este cambio de planes?
—No puedo evadir este compromiso. No lo entiendes… Sus palabras no responden mi pregunta.
Le miro detenidamente y me siento un tanto desesperado cuando se queda callado. El corazón me late con fuerza e irregularidad y estoy seguro de que el nudo que se está formando en mi garganta no me dejará hablar, pero trago pesadamente y me atrevo a decir algo.
—Explícame— le pido, tarda en hablar.
Se ve exasperado. No le gusta mi insistencia, pero no me importa. Quiero que aclare las cosas porque el interior se me revuelve.
—Es rutinario, ¿sí? Tengo que cumplir con esto, ¿lo recuerdas? Es como la otra vez en que mi padre me necesitaba ahí y tuve que ir.
—¿No puede hacerse cargo él?
—No preguntes más— me corta de repente y fija la vista en el portátil. Su mano va hasta su mejilla y después se toca la barba sobre el mentón.
—Dime, ¿no quieres que vaya por eso?
—Bill…— su tono me advierte a que no continúe, pero soy así. Insisto porque necesito una explicación.
—Estuviste distante en Londres…
—Detente— no me va el tono en que lo dice—. ¡No hay nada que explicar! —espetó. Aquello encogió mi corazón, enardeciendo mi orgullo herido—. Dije lo que tenía que decir y punto. Si lo entiendes o no, no es asunto mío.
Lo golpearía si pudiera y le gritaría mil cosas. Pero no puedo. Estoy en blanco. Su gesto, sus palabras y su mirada me duelen.
Me siento estúpido. Quisiera no estar cerca de él. Quisiera que dejase de mirarme como lo está haciendo; con rabia. La impotencia me puede, pero no dejaré que mis ojos se hagan agua frente a él.
No tenía otra intención que no fuera saber a qué se debía el cambio de planes y por qué no quería que le acompañase. No sé qué habrá pensado él, y no quiero saberlo ahora. Estoy más que enfadado.
«¡Que te den, Tom!»
Suelto el aire que he contenido. Me muerdo los labios y le dedico un asentimiento cómo puedo.
No voy a reclamarle o decirle lo que pienso. No se disculpará. No me mirará y ni en sueños me daría la razón.
Mi pecho arde en cólera, lanzo un suspiro y me limito a levantarme, pasando de él y voy al asiento de atrás. Cuando el sonido que indica abrochemos nuestros cinturones llega hasta mis oídos, lo ajusto y me vuelvo a la ventanilla para intentar calmar mi respiración mientras aterrizamos.
La ciudad comienza a hacerse más cercana, perdemos altitud y Tom no dice nada. Hemos enmudecido. Él lo ha provocado yo me trago mis lágrimas y mi enfado. Minutos después cuando el Jet ha aterrizado y nos hemos detenido en algún lugar de la pista, desabrocho mi cinturón y me levanto para tomar mis pertenencias. Tom me mira con detenimiento. No sé qué pretenda, pero no le dirigiré la palabra. Cuando me vuelvo, noto que alguien ha abierto la puerta y veo la escalerilla. Una persona está subiendo; es Steve.
—Gusto en verle, señor— saluda a Tom.
—Por favor, lleva las pertenencias de Bill.
—Por supuesto— asiente y se acerca a mí para tomar de mis manos el equipaje. Nos deja a solas.
—Te llevaría si pudiera…
—No digas nada más— le corto de inmediato. Debo salir ya.
—Quiero que sepas…
—¿Joven Bill? —Steve me llama desde afuera. Entonces me muevo para bajar.
Bajo las escalerillas, él está ahí. Y no sé cómo, pero un auto espera a unos metros. Claro, ¿cómo pude olvidarlo? Tom goza de estos privilegios…
—Espera, Precioso— me llama.
Sus palabras logran detenerme en seco. No me ha dicho de tal manera frente a otras personas que no estén involucradas en lo mismo que nosotros, y ahora lo hace frente a Steve.
No sé cómo reaccionar, lo miro de reojo y se mueve hasta el auto para darnos privacidad a Tom y a mí.
—Steve, quiero que brindes a Bill lo que sea que necesite— dice en alto para que le escuche, sin dejar de mirarme con esa intensidad que me puede.
—Por supuesto, señor— responde el otro.
Tom se acerca un paso más y me toma por los codos.
—¿No vas a despedirte de mí?
No respondo, su pregunta me indigna. ¿Después de gritarme que no me quiere cerca, cree que accederé a despedirme de él? ¡Éste está loco!
—¿Debo?
—Modifica tu altanería— advierte.
¡Aquí vamos de nuevo!
—Oblígame— digo por último en un murmuro y me vuelvo hasta el auto.
—No me retes…
Me acerco para abrir la puerta, pero Tom está detrás de mí y pone su peso sobre ella para cerrarla.
—No te conviene hacerme enojar.
Frunzo el entrecejo y al soltar el aire contenido, me doy valor para encararlo. Yo también puedo cortarlo como él ha hecho conmigo.
—Qué curioso, Tom… Yo digo lo mismo.
Consiente que Steve está presente, no hago nada más para retar a Tom. Subo al auto sin más demora.
—Juegas con fuego, Bill— fue lo último que le escuché decir antes de que Steve subiera al auto y lo pusiera en marcha.
Bajo la ventanilla cuando vamos por la autopista. Observo el panorama y me mantengo en silencio todo el transcurso.
—¿Todo en orden? Ha estado muy callado— menciona Steve. Su tono de voz incluye algo de incertidumbre.
—No es tan importante— respondo por lo bajo.
Presiono el botón para subir la ventanilla. El aire ha desacomodado mis cabellos y ha picado en mis ojos.
—Creí que el señor Kaulitz le llevaría con él, pero cuando me llamó informándome el cambio de planes, lo comprendí.
—¿El qué? —pregunto, pero él no responde—. Steve, ¿me dirás algo?
—Si es respecto a porqué el señor no le ha llevado consigo, la respuesta es por la relación que tiene con sus padres.
Sus palabras me hacen reaccionar y me vuelvo para prestar atención. Está a punto de hablar.
—Al señor Kaulitz no le gusta que la gente conozca a sus padres debido a su relación.
—¿Realmente es mala?
—Lo siento, no creo que a él le guste que esté comentándole estas cosas— me mira por el retrovisor a modo de disculpa.
Me ha picado la curiosidad. No puedo dejar pasar esto, Steve sabe de Tom y me lo dirá a como dé lugar.
—Pero Tom no tiene por qué enterarse.
—Creo que al señor Kaulitz…
—Por favor, Steve— le pido. Nuestras miradas conectan escasos segundos desde el retrovisor. Él lanza un suspiro y regresa la vista al frente.
—Hace un tiempo… — habla por fin, creí que no lo haría—, la relación con su padre detonó y fueron diversas las causas. La principal fue el hecho de que el señor Kaulitz estaría a la cabeza del complejo turístico en Las Vegas, por un tiempo la negociación fue que él se involucrara con lo principal del hotel, pero las cosas cambiaron con la llegada de una señorita.
Sé a quién se refiere.
—No tengo permitido hablar de las relaciones del señor Kaulitz, a él no le gustan los problemas.
—¿Qué clase de problemas? —me inclino hacia enfrente y me pongo atento a sus palabras.
—Cuando alguien se entera de sus relaciones, el señor Kaulitz las termina lo más pronto posible. Lo siento, comprenderá que no puedo decir nada más, ya estoy siendo muy indiscreto.
—No, no, no. Steve, dime más— le imploro. Suelta un suspiro y niega con la cabeza.
—Soy la única persona que ha estado en su casa, ¿cierto? —le pregunto, pero no responde—. ¿Haz conocido a alguna de sus…, parejas?
—No puedo hablarle de eso.
—¿Llevas mucho tiempo al servicio de Tom? ¿Conoces a sus padres?
—Los conozco. Son algo especial, en particular su padre. Él es una persona bastante interesada en las amistades de su hijo.
Casi siento que su tono incluye una advertencia. Trago con pesadez y regreso la espalda al asiento.
—¿Crees que por eso Tom…?
—Le recomiendo que se prepare, casi llegamos— me mira por el retrovisor y dedica una sonrisa. Resoplo y desvío la mirada. Probablemente él no hable más.
Las palabras de Steve comienzan a tener sentido. No me va el hecho de que termine con lo que hemos tenido, aunque realmente no somos nada. Nuestra relación se basa en el sexo pese a que le pedí nos conociéramos.
No somos nada. No puedo pedirle explicaciones —quizás piense que no las merezco—. No puedo reclamarle. No tengo el derecho de hacerlo.
¿De qué privilegios goza un sumiso?
Mi orgullo herido vuelve a salir y ahora es peor. Me doy cuenta de las cosas que había dicho, y sé que son mentira. Probablemente siempre me ha mentido.
Me compró. Significa que soy un objeto sin importar que me trate como nadie me había tratado. Yo pensé que era alguien para él, pensé que era algo más que un sumiso. Me lo hizo creer así en Francia cuando le mencioné cómo es que llegué a parar en la subasta.
El corazón se me oprime en el pecho a causa de mis pensamientos. Me siento ido. Me siento «nada».
—¿Joven Bill?
Steve me abre la puerta. Y después del sobresalto, soy consciente de que hemos llegado. Me aclaro la garganta y evito el contacto visual con él, salgo del auto sin darle las gracias y entro a casa —su casa—. Subo las escaleras, en el pasillo, veo entreabierta la puerta de su habitación. Miro hacia atrás, Steve no está cerca. Me adentro y el suave aroma peculiar que distingue a Tom entra por mi nariz.
La cama está intacta. Me detengo frente a ella y recuerdo cuando me dijo las reglas. Dijo que él no compartiría la cama con su sumiso en turno, pero en Francia lo hizo conmigo. Me permitió quedarme con él. Dormimos juntos. Recuerdo lo nervioso que estaba y lo difícil que fue conseguir el sueño al estar con él. Estuvo despierto toda la noche mirándome dormir y más que sentirme halagado, me sentí único. Pero sé que no lo soy.
Retrocedo dos pasos, observo la habitación. Todo está en perfecto orden y el closet está cerrado. Me acerco al espejo que yace en las puertas y me miro con detenimiento. No entiendo por qué en este mes dijo e hizo cosas para darme a entender que estaba con él, que era suyo y las cosas habían cambiado conmigo porque según él, yo lo merezco. ¿Ahora me aparta? ¿Cuál es el verdadero motivo?
No sé si esto sea bueno o malo.
Mi mirada se detiene en mis labios. Sus labios, porque le pertenecen. No puedo ignorarlo, no importa que tan irracional sean las cosas, soy de él.
Me ha besado. Lo ha hecho frente a muchas personas. Me presumió ante todos en aquella reunión y ante sus colegas. Nos hemos involucrado a fondo. ¿Qué sucede ahora? ¿Va a dejarme?
Desvío la mirada, la puerta del baño está entre abierta. Me acerco y veo en el interior. Me dijo que me había visto en la ducha. Dijo que vio las marcas en mi cuerpo debido al castigo que me impuso, que sintió culpa al haberme lastimado e incluso creyó que yo no aceptaría otro encuentro igual. Pero yo aún lo quiero.
Quiero conocer las reglas. Quiero que juegue conmigo. Quiero seguir siendo de él.
Cuando me toma, me hace sentir único. Soy su mayor deseo en esos momentos. Y para mí todo deja de existir. El tiempo se limita al placer que me hace sentir, a la omnipotencia que me otorga un encuentro, la magnificencia de tenerlo para mí, llenando un vacío que, hasta el primer momento en que me hizo suyo, supe que existía.
No era sólo el sexo lo que me llenaba. El saber que era yo, más que su debilidad, me ponía al cien. Me trataba como una persona. Era alguien porque me miraba y me lo decía sin palabras. Y ahora…
Algo se remueve en mi estómago. Siento un calorcito recorrerme desde adentro y mi brazo tiembla débilmente cuando cierro el puño.
Odio esto.
Ojalá no hubiese preguntado nada a Steve.
No soy especial a comparación de Alina, aquella mujer con quien Tom estuvo. Soy un sumiso y eso no significa nada.
Cambió de planes, no sé por qué, pero me dejó y me jode el hecho de estar aquí haciéndome ideas.
¡Lo odio!
«¡Te odio, Tom!»
Tomo el picaporte y cierro con fuerza. Impaciente, salgo al pasillo buscando a Steve. Bajo las escaleras y le veo en la estancia.
—¿Recuerdas lo que dijo Tom? —estoy acelerado.
—Eh… no… no entiendo.
—Dijo que, si necesitaba algo, lo que fuera, que me lo dieras— me acerco a él—. Pues quiero que me lleves a Las Vegas sin que él se entere.
—No puedo hacerlo.
—Lo harás, Steve. Él dijo que me dieras lo que necesitaba, y lo que necesito es que me lleves allá sin que él se entere— exijo. Intento controlar lo frenético que me he puesto.
Tengo algo que tratar con Tom. No puede solo dejarme aquí tres días haciéndome pensar mil cosas.
—Al señor Kaulitz no le gustará…
—Por favor, haz lo que sea, pero quiero estar allá y tú irás conmigo.
—Cálmese y…
—¡Steve, por favor! —le suplico y tomo de su brazo.
Me mira y me mira. Rendido, me dedica un asentimiento y me dice que espere a que haga unas llamadas. Impaciente, aguardo en la sala, tronando mis uñas unas con otras hasta que él aparece. Me dice que iremos en el helicóptero y entonces solo puedo estar ansioso.
Camino al helipuerto, Steve me cuenta que Tom pidió no alojarse en el penthouse, sino que irá a su casa. ¡Perfecto! Le esperaré en su habitación entonces. También me dice que uno de los asistentes del padre de Tom, le informó que están haciendo la segunda selección de invitados y medios que podrán asistir a la gala del día de mañana. No lo comprendo y Steve no me explica nada.
Me hago de ideas y finalmente creo saber por qué me dejó. Quiere ocultarme. Quiere fingir que jamás existí para él.
En cuestión de tiempo subimos al helicóptero y el viaje a Las Vegas se hace eterno. Pero cuando llegamos, Steve se va al hotel para saber si se le ofrece algo a Tom y yo me quedo en casa.
Los nervios me consumen cuando paseo por la mansión para matar el tiempo en su espera. Podría morderme las uñas, pero me limito a rasguñar la tela de mis jeans. Cambio de sillón cada que puedo. La estancia es enorme y mi mirada se desvía hasta las escaleras. Subo para ir hasta su habitación. Ésta es más grande que la de su casa en Los Ángeles; la cama es enorme, hay una mesita de noche a cada lado y un sofá cerca de la ventana que da paso al balcón. El closet y el baño incluso son más grandes. No sé porque no había despertado mi curiosidad por venir aquí, supongo que cuando me trajo solo quería irme lo más lejos posible.
Me acerco a la mesita para encender la luz, está oscureciendo y me pone de nervios estar aquí solo. Un destello en el techo capta mi atención; hay un espejo que, probablemente, sea del mismo tamaño que la cama. Me recuesto en medio y miro mi reflejo ahí arriba. ¿Para qué quiere Tom un espejo aquí?
Quizás…, quizás él…
Mi mirada se fija en la cinturilla de mis jeans y veo mi tatuaje porque mi camiseta está ligeramente alzada. Termino por subirla un poco más. Muerdo mi labio y cierro los ojos. Estoy en su cama. Mi índice toca mi estrella y recuerdo cuando puse la inicial de su nombre. Sobresaltado, abro los ojos y el corazón se me sale del pecho. Mi móvil suena con insistencia y me remuevo en la cama para sacarlo de mi bolsillo.
Es Tom.
¡Joder!
Seguro me cuelga de los pulgares porque sabe que estoy aquí. Steve me advirtió, pero me hice el temerario y no me importó.
El móvil se mueve entre mis manos, parece más insistente. Desvío la llamada. Mi corazón late con fuerza.
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
El móvil vuelve a sonar. Trago saliva pesadamente. El interior se me remueve casi con bestialidad y por un segundo, creo que voy a vomitar. Me lo pienso dos veces hasta que mi pulgar va al círculo verde en la pantalla y entonces contesto.
—¿Sí?
—¿Dónde estás? —pregunta irritado.
¡Joder!
La respiración se me acelera. Tapo la bocina y me siento en la cama.
—¡Contesta! —exige de mala gana.
—Estoy en tu casa. En tu cama, mirándome al espejo. Le escucho bufar y maldecir por lo bajo.
—Escúchame muy bien, Bill, porque solo lo diré una vez— advierte—. No debiste retarme, no debiste responderme de mala gana. No debiste venir aquí y provocarme…
¡Oh, Mierda!
—Fuiste tú quien…
—¡Escucha! —me interrumpe—. Dado que estás en mi habitación, me facilitas las cosas. Estoy yendo para allá, y espero obedezcas a lo que te voy a pedir.
—No tengo intenciones de…— intento decirle, pero me corta de nuevo.
—Para cuando llegue tú deberás estar en mi cama y sin ropa— se escucha agitado. Hay ruido al otro lado de la línea y apenas soy capaz de escuchar lo que me ha dicho—. ¿Te gustan los castigos? ¡Bien! Llego en cinco minutos…
—¡¿Qué?!
Cuelga.
Me levanto de golpe, dejando el móvil en la cama.
¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!
Viene para acá. Está molesto. ¡No! Está furioso. Viene a castigarme. No es lo que esperaba. Yo no venía a esto, yo sólo quiero saber por qué me había dejado y…
Estoy en blanco.
Quiere que esté desnudo para cuando llegue. No sé qué va a hacerme. Le he provocado. Me he metido a la boca del lobo.
¡Ay no!
—¿Qué se supone que…?
Me muevo por la habitación de un lado a otro, esperando pensar en algo. Formando un plan en mi mente, pero no tengo escapatoria.
Estoy acelerado. Nervioso. Todo me envuelve en un huracán de sensaciones. La indignación y furia que sentí antes de venir aquí, se unen con la ansiedad y confusión que siento ahora.
Estoy muerto.
No puedo reaccionar. No puedo pensar.
No puedo hacer nada.
Escucho ruido desde abajo. Es él.
El corazón se me oprime en el pecho. Voy hasta la cama y me detengo en frente. Trago con pesadez, esperando lo peor por no haber obedecido su exigencia.
Escucho pasos fuertes del otro lado de la puerta hasta que ésta se abre, mostrándome a Tom hecho una furia. ¿Dónde ha estado? Viste de gala.
—Encima me desobedeces…— cierra la puerta poniendo el seguro. El tono de su mirada es más profundo que veces anteriores.
—Desvístete.
Su respiración se vuelve tan pesada como la mía.
—Hazlo— me ordena.
No me muevo. No puedo hacerlo. No puedo ni hablar.
Se acerca con brusquedad y deshace de mi chaqueta y mi camiseta, tirándolas al suelo.
—Cuando te pida algo…
—Es la regla de oro— le interrumpo cuando sus manos se detienen en la cinturilla de mis jeans.
—Qué bueno que lo recuerdas.
Se pone en cuclillas y de un jalón se deshace de mis prendas. Me descalza, aleja todo arrojándolo al suelo.
Estoy expuesto ante él.
—A la cama— me ordena, tomándome del brazo con fuerza y llevándome hasta el centro, casi tirándome.
Veo la ligera marca que ha dejado.
Estoy acelerado. Verdaderamente ya no siento más. Mi rostro arde por la vergüenza que siento y mi mente se nubla.
Le veo deshacerse del saco, la corbata y sube sus mangas hasta debajo de sus codos. Sin dejar de mirarme, se saca el cinturón y junta las puntas para hacerlo más corto.
¡Va a azotarme!
—Jugaste con fuego.
—Yo sólo vine porque tú…
—Calla— me corta. Su tono no me gusta.
—No es lo que piensas.
—Ah, ¿no? ¿Y qué debería pensar? Me provocaste y te pasaste de listo— me dice con un tono profundo. La garganta se me seca al soltar un jadeo—. Y sólo por esto…
—Por ti— digo apenas.
—¿Por mí? Nonono— me enseña el cinturón en su mano y dice: —¿Quieres conocer las reglas? No puedo procesarlo.
No puedo decir nada. Me quedo estático, limitándome a verle. Sus cejas se juntan ligeramente.
—Di algo— toma el cinturón y golpea con fuerza cerca de mi pierna. Me sobresalto, después me encojo y él insiste mediante una mirada. Mi corazón vuelve a latir.
—Sí quiero, pero…
—Me basta decirte la primera— hace una pausa y enrolla el cinturón en su mano—. «Sí, señor» Así responderás, ante todo. ¿Comprendes?
Le dedico un asentimiento torpe. Estoy perdido. Esto es una locura y no sé por qué he aceptado sin antes justificarme por haber venido. Ya no importa. Tom asevera la mirada. Se acerca, me pone boca abajo en la cama y sube sobre mí. Sujeta mis cabellos, haciéndolos a un lado y giro el rostro en dirección a él.
Chasquea la lengua y dice: — Respuesta incorrecta, Bill.
Se levanta, no me muevo. Su mano estruja mi nalga y aprieto los puños.
—¿Listo?
Me pregunta.
Espera una respuesta.
¡Joder!
Me acomoda en la cama, apoyo las manos y rodillas contra el colchón y mi culo queda alzado y totalmente expuesto.
—Sí, señor— respondo con toda la inseguridad que cabe en mí.
—Bien dicho.
Continúa…
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Premio o premio xd ? Jajajaja ay Bill es que tú también !!