Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 23
Habían bastado tres, sí, sólo tres azotes para que Bill me pidiera que hiciera una pausa. Como soy muy piadoso, le di un minuto y fue cuando aceptó su falta hacia una de las reglas. Para su sorpresa, e incluso para la mía, me detuve y envié a su habitación con sus ropas en la mano y sin decir nada más respecto a las reglas o su atrevimiento en venir hasta aquí.
El tenerle aquí solo me hace cuestionarme por qué decidió venir y arrastrar a Steve en sus planes.
¿Qué diablos espera? Yo necesito continuar con mis actividades en el hotel. La culpa me comería de poco a poco por saber que él esperaría quizás impacientemente a que diera por terminado el compromiso de esta noche.
Está aquí, en mi casa, durmiendo plácidamente en la cama donde recosté su cuerpo por primera vez al traerlo de la subasta, y ahora, esa culpa que no quería sentir, me devoraría antes de mediodía.
—¿Ha terminado, señor?
La voz de Steve entra a la habitación y me doy vuelta para verlo.
—¿Bill se ha levantado? —pregunto de inmediato cuando él se adentra y toma la desayunadora que está en la cama.
—No, aun no— me dedica una sonrisa—. ¿Almorzará en el hotel? No ha comido nada, señor— denota. Me muevo hasta él y niego con la cabeza.
—¿Por qué viniste aquí con Bill? —cuestiono.
Se lame los labios, nervioso, y desvía la mirada escasos segundos.
—¿Recuerda lo que me pidió? —inquiere y niego con la cabeza—. Antes de que el joven Bill subiera al auto ayer en el aeropuerto, usted me pidió que brindara lo que él necesitara y.…, él supo cómo usar aquellas palabras. Mis disculpas si le he faltado el respeto al hacer aquello— inclina la cabeza unos momentos y sus ojos se fijan en los míos instantes después.
—Steve…, dime si Bill te preguntó algo.
—Señor…
—Ahora— interrumpo sus palabras con una exigencia.
Steve lanza un suspiro y dice: — Le mencioné que hace un tiempo la relación con su padre detonó cuando se requirió su presencia en el hotel por tiempo indefinido y que la negociación fue en que usted se involucraría de poco a poco, pero las cosas cambiaron con la llegada de la señorita Alina. No entré en más detalles pues me pidió que no mencionara nada a nadie respecto a ella o sus relaciones.
—No te detengas, sé que hay más. ¿Qué otra cosa preguntó?
—Bueno…, me preguntó si conocía a sus padres. Asentí y mencioné que ellos eran un tanto especiales, y que a usted no le gusta que ellos estuviesen enterados de sus relaciones o amistades, de lo contrario, usted las terminaría lo más pronto posible.
¡Eso! Lo sé, debe ser eso lo que inquietó a Bill de tal manera como para arriesgarse y venir hasta aquí.
—Está bien, Steve. Puedes retirarte— le corto de repente y voy hasta el clóset.
—¿Seguro que no necesita algo más?
—No.
Se va sin decir nada y entonces comienzo a vestirme.
Anoche cuando salía del hotel y vi a Steve, en serio creí lo peor. Mis ideas se dispararon hacia algo negativo y la cara de él lo decía todo; estaba preocupado, fácil, hecho un manojo de nervios. Sus palabras sin sentido se sumaron a la incertidumbre que sentí a medida que me acercaba a la salida. Después de decir que Bill estaba aquí, sano y salvo, solo pude enfadarme por cómo habían jugado con la situación y mi mente me hizo creer lo peor. Temí por Bill antes de llegar a la justificación de Steve y su presencia en el hotel. La invitación que tenía en las manos fue el plus. Creí que las cosas habían quedado claras con Leo Morgan. ¡NO MAS INVITACIONES! ¿No se lo dejó Bill en claro?
Estaba que escupía fuego. Todo se había sumado a lo que ya anteriormente había ocasionado nuestra pequeña discusión en el avión y su altanería al despedirnos.
Le castigué. Quería hacerle entender que conmigo no se juega, aunque de la invitación él no haya tenido la culpa, el resto se debía a él y sus acciones, quizás a las mías también. Usualmente los castigos repentinos me sacan de mi persona. No pienso a fondo y soy tan impulsivo que sé, soy una persona incapaz de detenerme. Anoche bastaron tres azotes, ver sus nalgas rojas y las marcas que le había dejado me hicieron detenerme. Pensé en ese momento en que vi por primera vez su cuerpo frente a mí. Su piel no era merecedora de fuertes marcas.
Niego con la cabeza cuando tomo el cinturón con el que le he castigado, lo dejo en un rincón del closet y tomo otro para ponérmelo.
Pienso en lo que ha dicho Steve y seguro Bill quiere una explicación. Vamos…, es él ¡Siempre querrá explicaciones! ¿No entiende lo que es evidente? Si no le traje conmigo fue porque no le quiero aquí. Simple y sencillamente prefiero evitarme todo tipo de problemas, aunque eso le hiera, seguramente.
Si alguien le ve aquí conmigo… si alguien se entera de que se queda en mi casa… ¡Aff! No quiero escándalos o acosadores. No de nuevo. La gente habla como si a las personas no les afectara en lo más mínimo y quiero evitarme todo eso.
Necesito poder arreglar esta situación cuanto antes. Ya lo he comprobado y vaya que Bill tiene una gran imaginación. No quiero que se haga de ideas erróneas. Aquí y precisamente ahora, no hay lugar para vernos como lo hicimos en Europa.
No, nada de eso.
Ya no puedo permitirme salir del molde. Debo continuar como lo tenía establecido antes de llevarle a Francia y enseñarle más a fondo mis juegos. Debo hacerlo antes de que alguien se entere del tipo de relación que mantenemos. Mis prácticas hacia el mundo swinger y del sado serían revelados de algún modo y otro.
Me detengo frente al espejo, recojo mi cabello con la liga y salgo de la habitación acomodándome la ropa. Al caminar por el pasillo me detengo frente a la puerta de Bill. Debato por unos instantes sobre entrar o seguir adelante. Al pensarlo bien, voy adentro, a unos pasos de él. Las sábanas están desordenadas sobre su cuerpo, su cabello es un caos en la almohada y le cubre la mitad del rostro, y su brazo sobresale del borde de la cama.
En mis fantasías, me acerco para acomodar su cuerpo más al centro, extiendo la sábana para cubrirle y acomodo sus cabellos hasta que el cosquilleo en su nariz lo despierta y es entonces cuando me mira con los ojos entre cerrados, luchando por distinguir si soy yo o es que está soñando. Pero me mantengo en mi lugar. Quiero guardar distancia todo el tiempo que estemos aquí, así será más fácil para ambos.
Me llega un mail de Luche con los últimos invitados añadidos a la lista y sin ver los nombres, le mando respuesta. No importa quienes sean, de todos modos, mis padres les lamerán el culo, y así, todos entre ellos mismos. Será una de esas noches en las que todos hablaran sobre qué país han conquistado y dónde lo han pasado vacacionando los últimos meses.
No tengo ánimos de escuchar sus típicas charlas triviales y poner buena cara frente a todos. Esta noche se anunciará mi entrada al hotel. Mis padres y yo estaremos ahí, casi exhibidos como trofeos en una vitrina, atrayendo los flashes de las cámaras. Y si Bill va conmigo, nos relacionarán.
Yo y mi exagerado sentido del futuro que me jode a cada instante. Quisiera no poder adelantarme a los hechos, pero mi pensamiento se niega y entonces es cuando me odio por aquella obsesividad que me adorna en ciertos momentos. No recuerdo el día en que las cosas me valían mierda y hacía lo que quería por el simple hecho de disfrutarlo antes de que llegara a su fin, porque sí, todo lo bueno se agota. Deja de existir.
Levanto la mirada fugazmente y veo que Bill se gira en la cama, vuelvo la vista al suelo y no soy capaz de apartar las comparaciones de mi mente.
En realidad, Bill y Alina comparten ciertas cosas; mis reglas dejaban de importar porque ellos imponían su voluntad, los encuentros eran provocados por ellos, yo me encargaba de dirigir el placer hasta que, fuera el caso, permitía un cambio de roles muy diminuto. La inocencia e ingenuidad que caracteriza a Bill, así como su orgullo y su «súper yo», eran similares a los de Alina. Ella, por ser mujer, lo volvía algo diferente.
Creí que había cerrado el círculo. Creí que después de alejar el recuerdo de ella e intentar centrarme en mis obligaciones, haría las cosas más fáciles, pero apareció la subasta y en mi último recurso por devolver mi vida a la normalidad, borrar el historial y empezar nuevamente, no contaba con que Bill se encargaría de abrir ese círculo.
Es él. No puedo procesar el cómo, pero así son las cosas. En el interior siento que Bill está aquí para terminar, de una manera muy bizarra, lo que Alina había empezado. Mis reglas y limitaciones no importaban a su lado. Todo era diferente. Ha desempolvado y quebrantado algo que creí extinto en mí.
Si las cosas son así, no podría permitirme otro error. Sé que puedo remediarlo antes de tiempo y ponerle fin, pero me puede. Bill me puede y me creo incapaz siquiera de ser despectivo con él.
No quiero pensar en ello. Me niego siquiera en que las cosas vuelvan a ocurrir de tal manera. Él no me debería gustar para algo más. Tengo una vida, una posición social y está también la reputación que debo cuidar para no afectar a terceros. Nada es por mí. Pensar en la mente limitada de las personas y que serían incapaces de comprender mi estilo de vida, así como mis gustos particulares, me angustia un poco. Era algo lejano, al menos así lo creía hasta que él llegó. No me importaba con qué clase de persona me relacionara; si era hombre o mujer, yo podía tener a quien quisiera. Yo escogía. Siempre fue así para los juegos —no para las relaciones—, no había lugar para que nadie se interpusiera en eso desde que Amara me involucró en un mundo diferente. Uno sin fronteras. Placer era placer y punto. No había más. No en ese entonces.
La comparación es idiota, pero mis barreras estaban en lo alto, Alina logró traspasarlas y siento que Bill ya las ha destruido. Pienso que estoy expuesto, no sé si Bill lo vea de esa manera y no quiero averiguarlo. No estoy listo para sentir otras cosas en tan poco tiempo.
No, definitivamente no.
El sonido de mi móvil me saca de mis pensamientos. Recibo otro mail, Luche me da los nombres de los fotógrafos de ciertas revistas que pagaron por asistir al evento y hacer comidilla de los invitados al día siguiente para sus exclusivas.
Aparto todo aquello de mi mente, es lo mejor. Esta noche debería mantener un perfil bajo. No quiero ojos sobre mí.
—¿Tom?
Levanto la mirada, Bill yace sentado en la cama, con las sábanas en la cintura y restregando sus ojos con el revés de las manos.
—Buen día— me sorprende mi seriedad al hablar y sé que a él también. Me mira con los ojos muy abiertos—. ¿Dormiste bien?
—No, no dormí bien. No dejaba de pensar en…
Le ignoro. Mis pensamientos van hasta aquel momento en que le vi así por primera vez, fue a la mañana siguiente que le traje de la subasta; su pecho estaba desnudo y sus cabellos revueltos. Él estaba alarmado. No entendía a fondo lo que sucedía y me tenía miedo, quizás sentía desprecio hacia mi persona, pero en la noche se había dejado llevar. Jamás pude entender cómo sucedió eso, pero a estas alturas ya no importa.
—Cuando te vi despertar por primera vez…— comienzo a decir, absorto en sus tatuajes y los lunares que distingo ante la distancia—, tenía la ligera idea de que no podría tener suficiente de ti— desvío la mirada de la suya.
—¿Y eso a qué viene?
—Un simple recuerdo— hago una pausa—. ¿Jamás te preguntaste porqué te escogí?
Le miro y asiente con la cabeza. Con lentitud, se quita la sábana y se mueve, haciendo amago de levantarse. No le quiero cerca, se lo hago saber mediante una señal. Alzo mi mano escasos momentos hasta que él lo entiende.
—Sé que no te gustan las preguntas… Pero ¿me lo dirás?
—No.
—Por favor. Necesito saberlo, necesito saber muchas cosas, Tom.
—He dicho que no— asevero la mirada y él no se da por vencido.
—Quiero saber…— dice, casi titubeando—. ¿Tom?
—Sabes lo que opino de las preguntas…— me dirijo a la puerta, no quiero tratar con su insistencia.
—¡Espera! —sus pasos acelerados llegan hasta mí, su mano toma la mía y me hace volverme a verlo antes de salir. Me suelto de su agarre porque se siente diferente, Bill no entiende el rechazo—. Por favor…
—¿Por qué viniste aquí? —le tomo por los codos y avanzo con él hasta en medio de la habitación.
—Porque tú me dejaste— responde con lentitud.
—Qué curioso…— le suelto—, la primera vez que estuviste aquí podría jurar que te hice salir en contra de tu voluntad y ahora vienes por tu propia cuenta, como si mis reglas no importaran. Te crees muy listo, ¿eh?
Frunzo el ceño. Recuerdo las palabras de Steve. Bill me mira con los ojos muy abiertos, sorprendido y extrañado, incapaz de comprender nada.
—Quiero saber a qué te referías con «la primera vez». ¿Es algo malo?
De pronto, me encuentro incapaz de seguir viendo su mirada suplicante. Me aparto de él.
—Vístete.
—No hasta que me digas—condiciona.
Siento que, si esto sigue así, perderé la paciencia.
—Lo haré hasta que me digas por qué viniste aquí. No es el único que puede jugar a las condiciones.
Le miro en gesto de superioridad, esperando por sus palabras.
—Quería saber si me ibas a dejar.
¿Dejarle? ¿De qué manera?
Steve le dijo que, si alguien se enteraba de mis relaciones, yo las terminaba de inmediato. ¿Es eso?
—Solo por tres días, Bill— me cruzo de brazos al aclararle.
—Steve me dijo…
—Lo sé— interrumpo.
Su gesto se vuelve preocupado. Se muerde el labio con nerviosismo y sus ojos… ¡Joder! ¿Está a punto de llorar?
—No quería que terminaras con lo nuestro si alguien se enteraba.
«¿Lo nuestro?» ¡¿Qué significa eso?!
¡Suficiente! No puedo seguir aquí escuchando esto. Intento volver sobre mis pasos, pero me lo impide.
—¿Qué sucede?
—No lo entenderías, aunque te lo explicara mil veces— menciono con frialdad. Tal parece que mis palabras lo congelan.
—Tiene… ¿Tiene que ver con ella? —su débil voz me hace darme cuenta de lo que pasa, pero no me acercaré por mucho que yo lo quiera.
—No— confieso. No me cree.
—Steve dijo…
—¡A la mierda lo que dijo Steve!
—¡Quiero saber, Tom! ¡Tengo preguntas!
—Oh, Bill…, tú siempre tienes preguntas— niego con la cabeza, incapaz de comprender cómo llegamos a esto.
—Es porque no dices nada de ti. Aceptaste mi petición sobre conocernos, pero yo de ti no se nada. Dime, ¿en verdad ibas a engañarme?
—¿Engañarte? Bill, ¿te estás escuchando? Ahora sí que estoy confundido.
Primero se inventa «Lo nuestro» y ahora le he engañado. ¿Cómo es que sucedió eso?
Le pongo fin a la conversación cuando me limito a mirarle y después avanzo hasta la puerta. Escucho que suelta un suspiro y eso me detiene.
¡Jodida seas, culpa!
—Si quieres saber, deberás esperar al final del día — comienzo por decir y me vuelvo a mirarlo por última vez—, pero tu insistencia y tus preguntas serán inexistentes hasta el momento en que hablemos a solas. ¿Entendido?
—Llévame contigo y haré lo que me pides— condiciona.
Me lo pienso dos veces. Quizás si le llevo se dé cuenta de la situación.
Nos mantenemos en silencio, uniendo nuestras miradas y algo más. Hay algo en el ambiente que no puedo definir. No me gusta. Me toca la fibra sensible.
—Steve te llevará allá a las nueve. Nos vemos en la noche— voy a volverme hacia la puerta, pero por enésima vez Bill me detiene.
Mi cuerpo gira hacia el suyo, sus manos me toman de los hombros, su pecho y el mío se unen y entonces sus labios se posan sobre los míos. Me separo al instante. No entiendo cómo es que su beso se siente diferente, pero ahora no quiero averiguarlo. Le miro con detenimiento y salgo de ahí sin decir nada.
Le he rechazado.
Jamás hacer a alguien a un lado me había importado, y ahora, esa acción me hacía sentir incómodo.
Steve me mira al bajar las escaleras, me dice que el auto está listo y salgo enseguida. Necesito irme cuanto antes. Le hago ver un cambio de planes y le indico que lleve a Bill al hotel cerca de las nueve. Para cuando subo al auto y éste avanza unos metros, tengo una extraña sensación. Miro hacia atrás y Bill yace en la entrada, vistiendo sólo una bata de color negro que se parece a la mía, pero no distingo si lo es gracias a la distancia
—¿Quiere que vuelva, señor? —inquiere Wallace, el chofer. Me incorporo en el asiento y niego con la cabeza.
Será un día bastante agotador.
Luche me recibe cuando llego al hotel y nos dirigimos al salón de eventos. Reviso meticulosamente que todo esté en orden. Recibo a las personas que hemos con tratado y les indico cómo es que será el evento y como debe ir todo.
Salgo del salón del evento, dejando a Luche a cargo. Camino por el pasillo hasta la recepción, continúo entre un camino por las maquinas traga monedas y al desviar la mirada, es precisamente «French Kiss» la que llama mi atención. Estoy recorriendo el camino que crucé con Bill cuando vino aquella vez. El helicóptero lo trajo, le esperé en la pista y fue precisamente aquí donde ocultaba una sonrisa cuando su meñique se enganchó al mío.
Alejo esos pensamientos cuando llego al ascensor, pero el recuerdo de Bill vuelve, me es difícil arrancarlo de mi mente.
Me encuentro con uno de los asistentes de mi padre y me pone al corriente de lo sucedido en mi ausencia. Debo terminar antes de que sea la pre-ceremonia del evento. Los invitados llegarán a una conferencia a las cuatro. A las siete y media el salón de eventos debe estar listo y a las nueve ya habrá pasado tiempo suficiente para las presentaciones, reencuentros con conocidos y la lluvia de flases sobre mi persona. Bill llegará, se dará cuenta de cómo irán las cosas de ahora en adelante hasta que volvamos a casa y pongamos las cartas sobre la mesa.
Termino mis asuntos después de lo que tenía pensado. Debo estar en la sala de conferencias puntual para recibir a todos, no tengo tiempo. Estoy al límite. Voy al penthouse y tomo una ducha para luego vestirme de gala y regresar por los últimos pendientes. Para las cinco mi padre requiere mi presencia en su oficina. Me niego a ir.
Los medios llegan antes de lo establecido y no podemos vernos mal en nuestra noche de oro. Permito el acceso solo a los que ingresarán, afuera se empieza a despejar la zona. Se acomoda el alfombrado rojo que guía al salón del evento y ahora casi todo está listo.
Estoy afuera, fumando un cigarrillo que tanta falta me hacía. Hay unos fotógrafos detrás del área permitida y una ráfaga de flashes ilumina hasta lo que no. ¿Tan interesante es verme fumar?
Voy a un sitio alejado mientras un empleado exige no tomar más fotografías.
Estoy esperando a que llegue la limusina de mi madre. No la he visto en meses, se ha dado a la tarea de buscar fundaciones por el mundo y donar tanto dinero le sea posible sacar de la cuenta de mi padre.
El móvil se mueve dentro de mi bolsillo, aparto la atención del asunto de mi madre, tomo el celular y llevo ante mi mirada. Es Bill. La llamada entrante desaparece después de unos momentos, la pantalla se oscurece, pero en cuestión de segundos se ilumina de nuevo.
Le doy una calada al cigarrillo y contesto de manera tajante: —¿Qué?
—Tom…, yo…—hace una pausa—. Mmm… ¿Qué haces?
—Fumando— le respondo al sacar el humo y me muevo de lugar—. ¿Llamaste para saber eso?
—No, yo en realidad…
—¿Qué quieres, Bill?
Le escucho esnifar cuando hace una pausa.
—Amara…, Amara y Jace han venido por mí— dice de repente.
¡Genial! Esta noche contaré con la ayuda de Amara para arruinarme los planes.
—¿Ellos asistirían al evento?
—Sí— digo de inmediato. La verdad es que no recordaba que sería así.
—¿Está bien si voy con ellos?
Lanzo un suspiro, dirijo la vista hacia mis dedos tomando el cigarrillo, está a punto de consumirse. Lo dejo caer y termino por apagarlo con la punta del pie. Me muevo de lugar, escucho la respiración de Bill al otro lado de la línea cuando alguien llama mi atención, un botones me indica que la limusina se acerca.
—Está bien. Te veré en cuanto me sea posible, pero no intentes nada más.
Cuelgo. Guardo el móvil en mi bolsillo y me acerco hasta la limusina. La puerta se abre y mi madre se sorprende al verme. Para cuando sale del auto me veo envuelto en sus brazos.
—Hueles a cigarrillo.
Sí, se nota que mi madre me ha extrañado.
—También me da gusto verte— respondo al separarme de ella.
Sus cabellos rojizos se mueven con el viento y su sonrisa se ensancha cuando sus ojos y los míos conectan por largos segundos. Usa ese vestido color perla que tanto le gusta y viste en ocasiones especiales. Recuerdo cuando lo usó el día en que le presenté Alina, eso me hace pensar en que probablemente conozca a Bill esta noche.
—¿Y esa barba? Tom, debías estar presentable esta noche— dice al reconocer mi rostro con sus manos. Pero está exagerando, sólo tengo la barba algo crecida.
—Estoy presentable, mira que estoy vistiendo de gala y la corbata me asfixia— menciono antes de que la recorra un poco más arriba y ahora si me cierre la garganta—. ¿No quieres entrar ya? Aquí hace mucho calor y los medios siguen tomando fotos.
Chasqueo los dedos para llamar la atención del botones y enseguida se acerca para tomar el equipaje de mi madre y se adelanta a la suite.
—Andando. Quiero ver a tu padre, ¿cómo está?
—No lo sé— respondo y ella manotea en mi pecho.
—Sabes que su salud anda mal…
—No me lo debes de recordar.
—¿Y qué tal si su corazón se detiene? Sabes que el trabajo en exceso y las malas impresiones…
—Eso no pasará, Cimone— la tranquilizo—. Sucede que estuve fuera todo el mes y hoy no he tenido oportunidad de verlo. Me he puesto al corriente con muchas cosas y me he encargado del evento.
La verdad es que no tengo intenciones de cruzarme con él.
Ella me toma de la mano. Siento vergüenza, no soy ningún crío para que lo haga. Pero es mi madre, no puedo protestar.
—¿Estuviste un mes fuera?
—Sí, y no me recrimines. Tú has estado fuera por más tiempo y no has llamado. Apenas te veo después de mucho tiempo.
Caminamos por el alfombrado rojo que nos lleva hasta la sala de eventos. Como somos los anfitriones, debemos estar antes.
—Las llamadas siempre las atendió Steve, me decía que te encontrabas fuera con alguien. ¿Quién es? Tom, ¿le has invitado a venir esta noche?
—Madre…
—Quiero conocerle, seguro es un ángel. Aquella chica que conocimos tu padre y yo…
—Sí, si— la interrumpo. No quiero hablar de Alina—. Pues si estás cerca de mí cuando le vea…
—Ya entiendo, eso es un «ni lo sueñes».
Suelta una carcajada, su agarre se vuelve fuerte por escasos segundos.
Cuando entramos al salón mi padre ya está ahí en el pequeño escenario que han montado para su discurso y el mío.
—¡Cimone!
Mis padres se acercan para saludarse. Y me quedo de pie a unos pasos de ellos.
—Tom ha invitado a alguien esta noche— sisea mi madre y muerdo el interior de mis mejillas.
—¿Jace y Amara? Vi sus nombres en la lista de invitados.
—¿Vendrán ellos, Tom?
—Disculpa si olvidé mencionarlo— le lanzo una sonrisa más que fingida y entorno los ojos cuando se vuelve a darle un beso a mi padre.
Luche se acerca a darme una tarjeta. Me dice que debo memorizarla porque pasados diez minutos de que hayan llegado los invitados, mi padre dará el discurso y yo cerraré con algo que, por mucho tiempo, había estado evitando.
Se terminan los últimos detalles del evento y los invitados van llegando. las largas mesas se ocupan y en cuestión de tiempo solo se ven unas cuantas sillas vacías. Los flashes de las cámaras iluminan por fracciones de segundos los rostros de todos ellos mientras se acercan a saludar a los demás. Los fotógrafos que están dentro del salón, toman la mayor cantidad de fotografías posibles.
Mi mirada se fija en la entrada. No he visto que Amara cruzara el umbral. No he visto a Jace ir al mini bar y al pasear la vista por los rostros de todos los invitados, sé que no hay ningún par de ojos cuyo color castaño tan peculiar sea iluminado con el contacto visual.
Transcurre más tiempo del estimado, algunas mujeres se acercan a saludarme e intentan entablar conversación conmigo, pero no estoy totalmente involucrado en la charla. Insisto con la mirada. Quiero localizar a Bill y plantearme mis movimientos durante toda la velada.
Siento las manos de una mujer tomarme de los hombros hasta hacerme girar el cuerpo para verla. Es Amara. Su sonrisa parece infinita y se me abalanza encima. Correspondo el abrazo, mirando detrás de ella, pero no hay rastro de Jace, mucho menos de Bill.
—Me da gusto verte— dice antes de separarse de mí.
—Amara, nos vimos en Francia.
—Calla. Debes decir: también me da gusto verte, Amara.
—Ni lo sueñes— desvío la mirada, pero ella toma de mí para hacerme verla de nuevo.
—Que modales los tuyos, Tom.
—¿Y Bill? —me suelto de su agarre y pongo distancia.
—Sí, respecto a ese terroncito de azúcar… ¿Qué le has dicho? ¿Tienes idea de lo angustiado que se veía camino aquí?
—Lo siento, pero eso no te incumbe.
—Tom…
—Amara, entiende una cosa: de mis relaciones me encargo yo— medio frunzo el entrecejo.
Me toma de la muñeca y aparta del resto de la gente para ir hasta uno de los adornos altos, cerca de un balcón.
—Precisamente es por eso, Tom. Está contigo.
—Mira, sé que te agrada y quieres defenderle a toda costa, pero insisto: mis relaciones, mis problemas. No te metas— la miro por última vez y desaparezco de su lado.
Me temía que esto sucedería.
Luche me hace una señal, me acerco al escenario y tomo asiento en donde me indican. Mi madre está a mi derecha y mi padre yace frente al micrófono, llamando la atención de todos los invitados.
Es hora de poner buena cara.
Mientras él recita su directorio m discurso y blah, blah, blah… Mi mirada recorre una vez más todas las mesas. En ninguna aparece un rostro familiar, el vestido rojo que Amara tenia puesto no me es de señal para encontrarle. Hay mucha gente aquí. Mi vista se dirige al suelo después de interrumpir la búsqueda, dejándome pensativo.
No tengo intenciones de estar aquí. Soy un idiota, no debí permitir que Bill viniera. Debí haberle enviado de regreso a Los Ángeles.
Quiero olvidarme que esta noche se está llevando acabo. Quiero olvidarme de la presencia de mis padres y Bill en el mismo lugar. Quiero olvidarme que Amara es la defensora de Bill y sacarme de la cabeza la idea de que tengo que aceptar frente a toda esta gente que seré quien esté al frente del hotel por un tiempo.
Tengo una sensación extraña. Levanto la mirada y, como si supiera donde fijar la vista, lo hago y Bill aparece ahí.
Está distraído, moviéndose en su asiento, buscándome con la mirada hasta que mantenemos contacto visual. Se congela al instante. Sus ojos me dicen algo que no entiendo y un estallido de aplausos me hacen reaccionar y nuestras miradas son interrumpidas por mi padre. Es mi turno de hablar. Él se posiciona a un lado del micrófono en mi espera. Me levanto de la silla, ajustándome el saco a medida que avanzo y me detengo, dando la cara a todos.
—Buenas noches— lanzo una sonrisa fingida. Desearía no tener que hablar—. Ya…, todos ustedes me conocen— mi mirada se fija en Bill—. Es un enorme placer estar aquí, y que ustedes nos acompañen en el decimoséptimo aniversario del Bellagio. La razón por la cual este año se convierte en uno de los más importantes es porque… bien…— hago una pausa. Miro al fondo del lugar para no olvidar lo que Luche me ha pedido que memorizara—. Realmente son dos acontecimientos que queremos celebrar; el retiro de mi padre y mi bienvenida al Bellagio.
Decir aquello me deja sin aliento.
Hasta hace unos meses creí que me libraría de ello, pero no fue así.
—La salud de mi padre podría ser afectada bajo las situaciones de trabajo y yo… soy joven y apuesto. Puedo hacerme cargo— los aplausos son interrumpidos cuando vuelvo a hablar—. Tendré por lo menos un año para aprender los trucos de un viejo zorro y…— las carcajadas secundan mis palabras. Me contengo por mirar a Bill, no soy capaz de hacerlo—. No será lo mismo, pero…— lo hago. Lo miro y tiene mala cara—, el hotel estará en buenas manos.
Termino de hablar. Me retiro del micrófono y las ovaciones de pie se hacen presentes.
Debo tomar asiento junto a mis padres y los miembros accionistas. Desde ahí veo a Bill. No puedo quitarle la mirada de encima, pero disimulo cuando alguien intenta saber a quién veo. Mi padre es el primer interesado. Cimone cree que veo a la mujer que he invitado.
Sirven el banquete y ante la distancia veo que Bill no prueba ningún bocado. Yo tampoco tengo apetito, es más, necesito un buen trago.
Dejo el tiempo pasar. Hablo con un montón de gente, he bebido copa tras copa hasta el punto de necesitar algo más fuerte. He bailado con unas cuantas mujeres y Bill pasó al olvido. Es incómodo, y hasta cierto punto hiriente. No soporto ver su rostro largo y sin pizca de emoción.
Tal parece que fingir frente a mis padres ha dado resultado. Pero no se siente bien. Odio esta sensación.
Me muevo de mi lugar, disculpándome con todos hasta que estoy lo suficientemente lejos, tomo el móvil y mando un texto a Bill pidiéndole que nos encontremos en el mini bar. Camino hasta allá y entre las mesas veo a alguien a quien hubiese preferido no mirar. Su sonrisa arrogante logra joderme la noche. Leo Morgan levanta las cejas a modo de saludo cuando mis pasos se vuelven lentos cerca de su mesa, regreso la vista al frente y camino más a prisa.
¡Joder! ¿Estaba invitado? No recuerdo haber visto su nombre en ninguna lista. Seguro porque caga dinero se siente con el privilegio de colarse a un evento privado.
Estoy a punto de volverme a decir eso cuando noto la presencia de Bill en el mini bar. Niego con la cabeza y continúo mi camino.
—¿Algo de beber? —paso de él, acercándome a la barra y me sigue. Es hora de olvidarme de todo.
—No gracias— su respuesta fría, casi hiriente, me hace volverme a él.
—¿Disfrutas de la velada?
—No en realidad— tuerce los labios.
Me está mirando de esa manera que no soporto. Me hace sentir culpable el que se vea decepcionado.
—Dame algo fuerte— le pido al barman y espero a que Bill diga algo, sé que quiere hacerlo.
Los tragos que me son servidos comienzan a hacer efecto. El alcohol que había bebido se fusiona con lo que el barman me ha preparado.
Estoy con Bill, no hemos cruzado palabras desde que empecé a tomar. Me limito a mirarlo. Sé que no quiere estar aquí, pero tampoco se va. No lo comprendo.
Se me sale la risa floja cuando al tomar mi vaso he fallado. Creo que lo vi doble por escasos segundos.
—Deberías dejar de tomar. Te vi antes y tu copa no duraba ni un minuto sin nada de alcohol— se atreve a decir con preocupación—. A estas alturas debes estar ebrio.
Me esfuerzo por escucharle, siento que me he quedado sordo, apenas supe lo que dijo.
—No, esta noche es para celebrar— le sonrío, pero no responde el gesto.
—Con que ellos son tus padres…— dice después de un tiempo y le dedico un asentimiento—. Dijiste que no importaba si me lo explicabas mil veces, yo no lo entendería, pero la verdad es que me ha quedado claro.
—Viniste hasta aquí cuando te dije que no lo hicieras, Steve te mencionó algo respecto a esto, decidiste ignorarlo…
—Pero no por eso debiste ignorarme toda la noche— me interrumpe.
—Estaba ocupado— desvío la mirada cuando me dan mi bebida. Quito el adorno y bebo de golpe.
¡Joder! La garganta me quema y me siento ligeramente ido. No sé qué diablos haya sido eso, pero necesito otro y que sea doble.
—¿Dijiste que lo comprendiste? —cuestiono y se me acerca para hablarme al oído.
—Te avergüenzas de mí y de lo que tenemos.
Sus palabras me caen de peso. Creo que es un extraño efecto del alcohol, pero mis ideas se disparan en todos sentidos y su voz dolida me hace rabiar tanto como sentir culpable.
Le pediría disculpas por ser un verdadero imbécil. Le besaría sin importarme nada, en un intento de enmendar mis malditos errores, pero me es imposible. Cuando se separa de mí, me pido otro trago y me doy valor mentalmente. Acorralo a Bill contra la barra y tomo su mejilla.
—Para serte sincero, no sé qué tenemos— me encojo de hombros.
Pestañeo cuando mis propias palabras resuenan en mi mente. Son tan extrañas.
—Eres mi…, mi… ¡Bah! Tú sabes qué.
—¿Y eso qué significa para ti?
Me acerco a su rostro, mi pulgar acaricia su labio inferior, tentado en besarle y pedirle perdón, pero algo diferente se origina en mi interior y quiero matar ese sentimiento. Pongo distancia y, además, le doy un pequeño empujón para apartarle.
—Asumo que lo sabes.
—Quiero que me digas— se acerca sin importarle lo que le hice.
—Quizás…— me muevo y retrocedo dos pasos—. Tengo que pensarlo, no sé, regreso después. No te muevas de aquí.
Me dirijo a uno de los balcones. Necesito un cigarrillo y calmar esto que siento.
—¿Tom? —una voz femenina me llama y miro en todas direcciones hasta que me encuentro con mi madre.
—Ahora no, necesito fumar.
—Espera— me sigue el paso y sale conmigo. Mientras saco el cigarrillo y lo enciendo, ella me mira—. ¿Con quién estabas hace unos momentos?
—¿A qué te refieres?
—¿Alguien viene contigo?
—¿Quién? —miro en todas direcciones, pero no hay nadie.
—Tom, te estoy preguntando si…,
—¿Quién viene conmigo?
—Bueno, es que dudo si es una chica o… Caigo en cuenta. Se refiere a Bill.
¡Mierda! ¡Que me ha visto plantarme frente a él y tocarle la mejilla!
—Es a quien invitaste esta noche, ¿cierto? —no distingo su gesto. Por poco tampoco reparo en sus palabras.
—Es… mi colega. Le invité, llegó con Jace y Amara— respondo con lentitud.
—¿Y con quien ibas a venir?
—Con Bill…
Me quedo en blanco. Desvió la mirada hasta él, está de espaldas y veo que alguien se le acerca, pero mi madre llama mi atención y niego con la cabeza.
—Con nadie.
—Sabes que no me importa si vienes con un hombre o una mujer, ¿cierto?
—¿Por qué me dices esto?
—Es que te vi mirarle y… Tom, dime si es tu pareja.
—¡¿Que si es mi qué?!
Soy incapaz de comprender por qué pregunta eso. ¿Qué le he dicho?
—¿Cómo se llama él? ¿En verdad son algo? Tom, no me opongo, pero dime la verdad.
No sé qué responder, pero gracias a mi padre, no tengo que hacerlo. Llega interrumpiendo nuestra conversación y mi madre dice que tan solo me felicitaba por lo de esta noche. Mi padre quiere hablar conmigo seriamente y Cimone se ve en la necesidad de retirarse.
Mientras él me dice que lo he hecho bien esta noche y que me vio muy animado, el cigarro se consume entre mis labios y saco el humo por una de las comisuras de la boca, entonces pierdo el hilo de lo que dice hasta que menciona mi presencia en el mini bar y la compañía de alguien.
—¿Sabías que solo hay un nombre que no aparece en la lista de invitados? Cierro los ojos, intento mantener la calma.
—Quizás me equivoque y no añadí los que Luche me envió. Lo siento— dejo caer la colilla de cigarro y me vuelvo a verle.
—No, Tom. Lo hiciste bien, pero solo hubo uno que no apareció.
—¿Leo Morgan?
—Más bien, Bill Trümper. ¿Te suena?
Trago pesadamente y me hago el desentendido.
—¿No? Que extraño, porque según sé, estuviste con él en Francia. Desvío la mirada.
No entiendo cómo se enteró que estuve con él. ¿Fue Steve?
—Siempre estás rodeado de personas como él. Todos son iguales y no comprendo cómo es que aún no sabes diferenciar, Tom.
—Ajá…
—No vas andar por ahí conociendo tanta gente te sea posible solo para llevarles de vacaciones al instante en que te pongan buena cara— murmura casi apretando los dientes—. Y tú, ¿desde cuándo lo conoces? ¡Eh! —no respondo y no estoy dispuesto a seguir escuchándolo. Avanzo un par de pasos, pero me detiene al plantarse frente a mí y me tambaleo al chocar contra él—. Deshazte de tu oportunista colega si no quieres que imagine que se trata de algo más— sus dedos pinchan en mi pecho y le clavo la mirada—. ¿O quieres que te recuerde lo que pasó con Alina?
—Una palabra más…
Me jode lo que ha dicho, le tomo por las solapas y le encaro.
—¡Hey! —Cimone aparece detrás de mí padre y de inmediato se interpone entre nosotros, entonces le suelto—. ¿Qué sucede con ustedes dos?
—Mejor vete de aquí, no me va el tener que mirarte estando como estás. Le diré a Luche que te acompañe al penthouse.
—Olvídalo, me voy a casa— aparto a mi madre cuando sus manos toman de mi brazo.
—Como sea, pero ya te lo he dicho, Tom, deshazte de tu oportunista colega o de todos ellos si es que hay más. Buscan tu dinero, ¿no lo ves? Ella lo hizo y después se fue. ¿Cierto o no?
Ni siquiera le miro, vuelvo a entrar al salón, fijo mi vista en el mini bar y me detengo en seco al ver que Bill está tan cerca de Leo Morgan.
—Si Morgan no tiene problema, déjale a él cargar el peso muerto de una persona oportunista— escucho la voz de mi padre detrás de mí.
Le ignoro y continúo hasta llegar a Bill. Su mirada alarmada me indica que no sabe qué hacer. Leo está junto a él, invitándole un trago y cuando llego, pone distancia.
—Leo, que grata sorpresa— siseo, mordiéndome la lengua después de decirlo—. ¿Invitándole un trago a Bill?
—Así es Tom, pero se ha negado todas mis invitaciones y no quiere decirme por qué en Francia hizo lo que hizo— su mirada clara me demuestra sus intenciones—. ¿Le castigas acaso?
—¿Castigarle? —sonrío forzadamente al mirar a Bill—. No.… pero, ¿dónde quedaron tus modales, Bill? Responde a Leo por qué no aceptaste su invitación en Europa.
Él está más que extrañado. Su mirada parece urgente.
—No nos iremos hasta que le digas— insisto.
—¿Es en serio? —murmura por lo bajo.
Me cruzo de brazos y espero a que lo haga, pero ha enmudecido.
—Lo siento, Leo, me disculpo por Bill. Ya que está indispuesto, nos vamos, pero quizás en otra ocasión el habla vuelva a él.
Muerdo el interior de mis mejillas. Siento como un calorcito me recorre por dentro y la frustración termina por consumirme. Tomo a Bill del brazo y hago que se despida de Leo para después irnos.
¡La mierda!
Que podría hacer rodaran cabezas por donde sea que camino. Ha sido la noche más jodidamente insoportable que he vivido.
Soy un doble cara. Mentiroso. Hipócrita. Celoso de mierda. Un gran imbécil y los calificativos se me agotan cuando voy camino a la entrada.
—Me lastimas— Bill gime por lo bajo. Y le aprieto aún más fuerte.
Le ignoro. Apresuro el paso entre tambaleos. Las luces de las traga monedas me confunden y la cantidad de gente que debo esquivar hace que pierda el sentido de orientación. ¿Vamos a la entrada?
—Tom…
Vuelvo a ignorarlo. No recuerdo qué camino tomamos, pero al final salimos del hotel y pido un auto cuanto antes para llegar a casa.
—¿Qué sucede contigo? —intenta zafarse, le hago volverse a mí y le tomo ahora por ambos brazos—. ¿Por qué me haces eso frente a Leo? Primero me pides que no lo mire, que no le dirija la palabra, y ahora me obligaste a despedirme de él. ¡¿Cuál es tu problema?!
—El problema eres tú— digo sin pensar. Si le sigo escuchando probablemente la cabeza me dé vueltas—. Y cierra la boca.
—¡Cómo pretendes…!
Me vuelvo hasta él, cubriendo su boca con mi diestra y asevero la mirada.
—Porque te lo digo yo.
Me separo de él cuando un auto llega. Le hago entrar y voy después de él.
—Tú, como te llames, conduce rápido— exijo al chofer una vez cierro la puerta y éste arranca.
—Dime qué diablos te está sucediendo— se vuelve a mí—. Seguro estás ebrio y por eso dices estas cosas.
—No lo estoy y no tengo porque explicarte nada.
—Lo estás.
—¡Por mi culo que no estoy ebrio!
—Dijiste que al final del día…
—¡Lo que sea que haya dicho ahora importa una mierda! —le corto de inmediato. Si sigue alzando la voz, tal vez me quede sordo.
—¡Quiero saberlo!
—¡No!
—¡Dímelo!
—¡Cállate! ¡No quiero escucharte!
—¡Tom!
Me vuelvo a verle. Sus ojos se ven acuosos.
«¡DEJA DE MIRARLO! ¡DEJA DE HACERLO!» me grito en el interior.
Me obligo a mirar tras la ventana al volverme hacia ésta, intentando calmarme.
—Tom…
Intenta llamar mi atención, pero me hago de oídos sordos.
—¿Por qué me dejaste esperando toda la noche? ¿Por qué me trataste así frente a Leo? ¿Qué tienen que ver tus padres con lo nuestro? ¿Qué pasará con nosotros? Tom, necesito saber si vas a dejarme. Quiero saber a… a dónde… ¿a dónde voy a ir? ¿Qué voy a hacer?
Un ligero sollozo llama mi atención. Le miro por el reflejo. Toma mi mano y da pequeños tirones para que me vuelva a verle.
—Mírame, Tom…
Muerdo mi labio inferior. Duele. Duele mucho porque lo hago con fuerza. Cierro mis ojos. Me muerdo aún más fuerte, debe de doler para sentir lo que él siente.
—¡Mírame! —me exige.
—¡¿Cuál es tu maldito problema?!
Le veo. Sus ojos cristalinos y sus labios temblorosos delatan su impotencia.
—Detén el auto.
—¿Cómo dices?
—¡Detén el auto! —se vuelve a la puerta y jala la manija con fuerza.
—¡No hagas eso! ¡Basta!
Voy hasta él, intento apartarlo de la puerta, pero se remueve en mi agarre.
—¡Que se detenga! ¡Hazlo! ¡Quiero bajar!
—¡He dicho que no!
—Y una mierda… ¡No me toques! ¡Quita! ¡Déjame! ¡Que se detenga el auto! ¡Que pare ya! Ya no…
¡No te quiero cerca! ¡Que no me toques!
Y el auto se detiene de golpe. Bill intenta abrir la puerta, no puede. Le impido moverse, pero es tan escurridizo que se zafa de mi agarre hasta que soy capaz de notarlo. Sale del auto a paso acelerado y voy tras él, tambaleándome en el camino, tropezando en más de una ocasión y gritando que se detenga. Creí que sería incapaz de alcanzarle hasta que llego con él y le tomo del brazo para hacerle volverse a verme.
—¡No me toques! ¡Ya déjame!
—¡Cállate!
Solloza cuando le tomo con fuerza de las muñecas y lo acerco a mi cuerpo
—Te odio…
—¿Crees que me importa? Responde, Bill— él me mira con sus ojitos acuosos y no dice nada—. Esa gente en el salón… todos ellos, ¿los viste?
—No me importa y no quiero escucharte. ¿Sabes por qué? Porque soy tu sumiso y eso no significa nada. Soy nadie, ¿entiendes?
—Que estúpido, diciendo que eres nada cuando en realidad lo eres todo— le suelto de manera despectiva—. Pobre, ¿crees que solo me importas por el sexo? E se es un pretexto porque… porque estás conmigo y yo te escogí. Y de toda la gente que probablemente conozca, te elegiré a ti porque eres mío y lo sabes.
Mi voz va y viene. No tengo aliento para hablar.
—La mente de las personas es limitada ¡No entenderían el hecho que estuvieras conmigo! ¿Y por qué? Apariencias, bonito— palmeo su rostro y mi mano se humedece por sus lágrimas—. Apariencias, esa puta reputación que debo cuidar y estar jodido para que todos alrededor estén bien— se me encoge el interior y me da un vuelco.
Las náuseas se hacen presentes. Esforzarme para escuchar mis propias palabras me hace sentir asco de mí mismo.
—No puedo ir contigo a donde quisiera. No puedo tomarte la mano o besarte en público porque no estaría bien que lo hiciera. Y no es porque no me importes— confieso. La garganta me quema—. Aquí no hay lugar para verte como lo hice en Europa, ¿no lo entiendes? ¡Te quiero conmigo, pero no es fácil!
—Tom…
—Pero sabes qué… no me importa. Si tuviste lo suficiente de mí y quieres irte, ¡vete ahora! Tal vez para mañana ya no te recuerde. Yo puedo tener a quien quiera— me señalo al pecho al decirle, él niega con la cabeza—. Sí, puedo tener a quien quiera y cuando quiera sin importar nada.
—Pero tú me quieres a mí.
—Yo te odio, Bill— digo ahora arrastrando las palabras—. Te odio por hacerme sentir. Y me odio por permitirte traspasar mis barreras. Debí ser frío contigo o tal vez un hijo de puta. No debería sentir celos, tampoco debería sentir algo por ti, pero lo hago— niego y le aparto de mí cuando se acerca—. Lo que pasó en Europa y como te traté, jamás debió haber sucedido. Eres… eres mi sumiso y nada más, ¿entiendes?
—No es solo por eso, Tom. Lo sabes tanto como yo. Tú me has tratado como a una persona— se acerca y me toma por los hombros—. Amara me dijo que tú…
—Lo que haya dicho es porque cree que entre los dos puede haber algo— interrumpo sus palabras y él sonríe levemente.
—Y… ¿Y puede? —sus labios tiemblan al preguntar y la sonrisita desaparece.
—No sé— confieso. Miro sus ojos y entonces mi corazón se ablanda—. Yo no quiero sentir eso por ti. Ni ahora ni nunca.
Le doy la espalda, intento volver al auto, pero al girar tan rápido, la tierra se mueve y tropiezo, cayendo al suelo. La fuerza flacuchenta de Bill no es de ayuda. Me siento pegado al suelo, soy incapaz de levantarme de la tierra.
—¿Bill? —le llamo, arrastrando las palabras y tentaleando a mí alrededor hasta que él se arrodilla a mi lado.
—Mírame y dilo, Tom— me pide, pero no sé a qué se refiere y lo veo con un gesto confuso.
—Sería fácil para mí el darte un cheque en blanco y llevarte a una estación de tren. Puedo hacerlo, sé que puedo. Si encuentro a alguien más, dejaré de extrañarte. Ajá, sí… eso voy a hacer.
—No me digas eso.
—¡Cállate! Tú no sabes de lo que soy capaz.
—Sé que no me dejarías por una simple razón…— sus manos toman mi rostro, intenta hacer que le vea, pero me niego—. Tom, mírame y dilo.
—No tengo nada que decir.
¡Jodido seas, orgullo!
Me pongo de pie con dificultad, me miro y estoy hecho un asco.
—No puedes gustarme de esa manera. No puedo dejar que te salgas con la tuya, como casi siempre sólo porque me puedes.
Es tan rápido, o yo fui muy lento. Apenas reacciono cuando está frente a mí y toma mi rostro nuevamente.
—No me mires así.
—Dilo, Tom. Sé que quieres hacerlo.
—No.…— susurro cuando siento su aliento chocar contra el mío.
—Por favor— me pide.
Tomo su rostro entre mis manos, ensuciando de tierra sus mejillas. Él se separa de mí y me mira suplicante.
—Te odio— la voz me tiembla.
—No me digas eso— niega y detengo una de sus lágrimas.
—No entiendes… Me haces ver y sentir las cosas de una manera diferente. Haz hecho lo que incluso una persona en particular no hizo. Contigo me siento expuesto y no tengo idea de si lo sabes y lo usas a tu favor. Odio eso.
—Perdóname.
—Shhht… No sé puede odiar a alguien solo porque sí— mis manos ensucian su rostro al reconocerlo—. Se odia a una persona porque ya se le ha empezado a querer, ¿entiendes? Son sentimientos muy fuertes. Y te odio por hacerme caer en un juego que no puedo controlar. No soy dueño del cariño, Bill.
Su mirada enardece mis sentimientos. Me duele el poder aceptarlo, pero lo haré. Voy a hacerlo. Suelto un suspiro que me ha dejado sin aire y entonces junto el valor necesario para hablar.
—Eres un pretencioso chiquillo ingenuo, inocente hasta los huesos a pesar de que te has dejado llevar por el morbo. Eres mío. Eres mi… no sé. No sé qué tenemos. No sé qué será de nosotros, si mañana piense igual o me determine en olvidarte, pero debes saber que te quiero. Sí te quiero y no lo diré otra vez… Te quiero, Bill.
Se lanza a mí. Me está besando. Quizás se sienta diferente porque él estaba llorando, o yo he bebido de más. No, es otra cosa. Sabe diferente a las demás ocasiones. Esos habían sido besos pasionales. Nada más que no fuera un incentivo para llevarnos a la cama.
He confesado que le quiero y me siento expuesto, pero Bill y este beso hacen que me dé cuenta de que no hay nada a lo que deba temer. Me separo de sus labios y le miro detenidamente. No quiero dejarle ir, atraigo a mis brazos para sentirlo mío, para sentirlo cerca.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.
Se jodieron los dos 😔