
Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 25
Había sido una semana un tanto difícil sin la ayuda de Steve. Tuvo que atender asuntos personales y mientras me las arreglé para ir y venir de Las Vegas. Mi madre volvía a Europa y no regresaría hasta fin de mes, así que estuve con ella y durante todo el día soporté la curiosidad que tenía hacia Bill. No estaba seguro sobre decir algo respecto a él. Sabía que Cimone no volvería a insistir en saber si Bill es o no algo más para mí, y también tenía la seguridad de que nada de esto llegaría a oídos de mi padre, ella misma me recordó lo que me pidió él esa noche de la ceremonia en el hotel: deshacerme de Bill porque le consideraba un oportunista. Si tan sólo pudiese recordar a detalle ese momento… Está claro que no voy a dejarle. Intentaría mantener un perfil bajo, ¿cuánto podría ser capaz de soportarlo sin que alguien se enterara?
Quizás no debería pensar en eso, si lo hago, es seguro que, por cuidar hasta el último detalle, la obsesividad que me adorna, se encargará de mostrar aquello que oculto.
Esta vez lo dejaré todo al tiempo.
Durante esta semana Bill había dejado de insistir sobre conocer las reglas del sado, y eso era precisamente lo que esperaba. Necesitaba que él estuviese lo más relajado posible, en estos juegos las insistencias no me van.
Lo había pensado muy bien durante la cena de esta noche. Bill estaba a mi izquierda, hablaba y hablaba, en más de una ocasión había dejado de escucharle. Me disculpé con una sonrisa e intenté charlar de otras cosas para que no se percatara de mi distracción. Hoy le llevaría a la habitación de juegos y haría algo parecido a lo que fue mi primer encuentro.
Casi tres horas más tarde me había dedicado a preparar la habitación mientras Bill estaba abajo, aunque claro, su curiosidad siempre gana. Le vi un par de veces husmear por el pasillo hasta que le pedí que viniera. Termino por acomodar las almohadas en la cama cuando escucho que llama a la puerta. Me dirijo abrirle y al hacerlo noto su nerviosismo. Le permito el paso y se sitúa en medio de la habitación.
—¿Qué es todo esto? —pregunta con suavidad. Me sorprende escuchar el tono en que lo ha dicho y le veo detenidamente.
—Conocerás las reglas.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. Siéntate en la cama— le indico y va hasta ella para sentarse en la orilla. Me detengo dos pasos frente a él.
—¿Por qué justo hoy? No he dicho nada respecto a…
—Exactamente— le corto—. No se trata de insistir, Precioso. En estos juegos no hay lugar para eso, ni siquiera en el intercambio, ¿comprendes?
Le veo asentir. Me acerco a él y coloco sus manos sobre la acojinada superficie, noto que ha cerrado los puños, no se lo permito.
—Necesito que estés relajado. El sado no son solo azotes, te lo digo por si esa era tu idea.
—Está bien— suelta un suspiro y vuelvo a mi posición anterior, lejos de él—. ¿Dolerá?
—Las preguntas al último. Ahora…
—Sí, señor.
Suelto una risa. Vaya que entiende a lo que ha venido.
—Aun no empezamos, Precioso, pero me agrada que recuerdes la primera regla— me siento a su lado en la cama y se acomoda, girando un poco el torso hacia donde estoy—. Para llegar al sado necesito tres cosas…— me vuelvo serio—. Respeto, confianza y honestidad— señalo levantando los dedos.
—Yo confío en ti— se apresura a decir.
—No solo debe ser así, también debes confiar en ti— mi mano va sobre la suya—. Y si no hay respeto entre nosotros nada de esto puede pasar, ¿entendido? Seremos serios y no jugaremos con nosotros mismos.
—Sí.
—La honestidad cabe en ambos, pero quiero que tú seas quien diga sin temor alguno lo que quieres, lo que esperas y…
—Pero lo quiero todo.
—Bill, las cosas en el sado no son así. Quiero que conozcas tus límites, no te hagas el valiente, el placer desaparece cuando ya no eres capaz de sobrellevar los juegos. Es ahí cuando la línea de la confianza se rompería, ¿comprendes?
—Está bien.
—El hecho de acercarnos al sado no quiere decir tampoco que te daré órdenes sin sentido o que incluso tú te conviertas en un objeto. No. Yo te cuidaré en el juego y además, yo no soy un dominante como todos. Es mi juego, impongo mis reglas y hago lo que es conveniente y placentero para ambos. Debes olvidar que el dolor existe. Si te permites experimentar esto plenamente, notarás lo placentero que puede ser.
—Iremos por intensidades, ¿verdad?
Le dedico un asentimiento y digo: —Aquí vienen las reglas.
Tomo su mano con determinación, entrelazando los dedos e invitándole a seguirme, avanzamos hasta el muro de atrás donde ya he acomodado todos los objetos que debo presentarle. En el muro yacen colgadas las fustas, sogas, látigos, arneses y plumeros. En el mueblecillo alto se encuentra un recipiente con cubos de hielo, varias esposas, pelotitas anales, tres mordazas, plugs de varios tamaños y los antifaces. En la cajonera hay un par de lubricantes, rociadores de diferentes sabores y unas carretillas diminutas con punzones en su rueda. Se encuentran los objetos filosos, velas y pinzas para los pezones.
—Si se puede, me gustaría usar cada objeto en ti— menciono al mirarle directamente a los ojos, pero Bill luce temeroso.
—No quiero objetos punzantes— intenta zafarse de mi agarre, pero se lo impido.
—Bill, relájate. No sabes si los quieres porque aún no los has sentido.
—No, pero…
—¿Recuerdas la primera regla? —le interrumpo para distraerle y deja de moverse.
—Sí, señor— se muerde el labio, extiendo mi mano para prohibirle hacerlo y lo entiende de momento.
—Quiero que estés relajado— profundizo la mirada y él se limita a mirarme—. La mayor parte del tiempo te privaré de los sentidos. Podría incluso atarte, cubrirte los oídos o amordazarte, todo con el fin de que aprendas a ser paciente. La excitación aumenta cuando solo actúa tu imaginación por lapsos de tiempo y soy yo quien aumenta el placer al darte lo que pasó por tu mente o incluso lo que no habías imaginado— tomo un plumero pequeño y lo paso por la palma de su mano. Las plumas cosquillean en su piel y sonríe—. Iremos por intensidades. Si hay algo que te gusta dirás: azul. ¿Entendido?
—¿Y si no?
Devuelvo el plumero a su lugar, de la cajonera tomo la carretilla y vuelvo a la palma de Bill, aumento ligeramente el paso de la carretilla sobre su piel consiguiendo que hiciera una mueca.
—Si estás en tu límite dirás: amarillo.
—¡Ah! —se queja y retira cuando aumento mucho más la fuerza.
—Cuando no soportes algo dirás: rojo— devuelvo la carretilla a la cajonera, tomo la mano de Bill y me disculpo dándole un beso en la palma de su mano—. Cuando te guste, te ponga al límite o quieras que me detenga, nombra los colores. No me importa si lo dices con otras palabras, seguiré haciéndolo hasta que los nombres, ¿quedó claro? Esta es la segunda regla.
—Sí, señor.
—Tercera regla: tres veces al mes llevaremos a cabo estas sesiones.
—¿Habrá otros?
—No, eso jamás— le aclaro—. Este es un juego nuestro, ¿sí? Es más íntimo. Sólo yo podré tenerte de esta manera.
—Entiendo— su sonrisa crece notablemente.
—Cuarta regla: puedes detener una sesión.
—¿Puedo?
—Acostumbro a una noche antes de cada encuentro, plantear la fantasía que quiero llevar acabo y si tienes sugerencias, son bienvenidas. Si el caso es que al momento justo de empezar ya no te apetece lo acordado, puedes salir de la habitación y no intentaremos nada hasta que planeemos otro encuentro, incluso si a la mitad de éste hay algo que no te agrada y no quieres continuar, podemos detenernos.
Me separo de él cuando su gesto luce tranquilo y le digo lo último que debe saber:
—Quinta regla: en el sado no habrá penetración directa. Le veo, traga pesadamente y desvía la mirada.
—Mírame y di que lo entiendes— tomo la punta de su barbilla para hacerle volver a mirarme y cuando lo consigo, se muerde el labio—. Puedo estimularte de otras maneras— le señalo las pelotitas anales y los plugs que yacen en la mesita alta—, pero aquí, en el sado, será el único momento en que no voy a tomarte.
—¿Por qué?
—Es un juego y así me gusta— intento relajarlo mediante una mirada, creo que lo estoy consiguiendo—. Preguntaré, Bill… ¿Estás listo? ¿Quieres continuar?
Me mira detenidamente y sin decir nada. No voy a presionarlo, espero su respuesta. Tarda en poder hablar:
—Sí.
—Desnúdate, Precioso— le pido antes de darle un beso en los labios.
Voy a la esquina y tomo una mesita para acercarla al diván, regreso a la mesa alta y tomo un antifaz, unas esposas individuales y una pluma para dejarlas sobre el diván y en la mesita. Regreso nuevamente, tomo el recipiente con hielos, de la cajonera tomo una vela y busco al fondo un encendedor. Escojo una carretilla mediana, de una cajita transparente tomo un par de tapones y antes de cerrar el cajón mi vista se detiene sobre uno de los rociadores de sabor, tentado, tomo dos y me dirijo a la mesita para acomodarlo todo. Enciendo la vela y el aroma que desprende llega a mi nariz instantes después.
Bill deja sus ropas en una esquina de la cama y camina hasta a mí a paso lento después de husmear en las cajoneras de la mesita de noche. Me detengo frente a él antes de que llegue, tomo mi papel dominante y le hago subir a la cama, cuando se posiciona justo en medio, me mira en espera de mis palabras.
—Híncate y separa un poco las piernas— le pido. Voy detrás de él, recojo su cabello para que no le moleste en el rostro—. Mantén la espalda recta— mi diestra acaricia su piel mientras él se incorpora, sonrío con malicia, voy al frente y tomo sus manos para posicionarlas cerca de su cuerpo, ocultando su pene tras éstas y las palmas de sus manos tocan la sábana—. Cuando estemos aquí y yo me encuentre preparando todo, esperarás de esta manera. Cuando me detenga frente a la cama y te lo indique, te recostarás o me seguirás al diván. Siempre habrá algo sobre las almohadas. Puede ser un antifaz, esposas, correas… Cualquier cosa que yo desee usar en ti esperará allí, ¿entendido? — asiente ligeramente, le tiendo la mano—. Hoy nos saltaremos este paso, así que ahora ve al diván, Precioso.
Toma mi mano, se levanta y le guío. Le coloco las esposas, le pido que se siente y lo hace. Noto su pecho subir y bajar sutilmente con irregularidad, desciendo la mirada y veo su excitación. Aquello me carboniza. Termino por colocarle el antifaz, lo ajusto, voy detrás del diván y extiendo los brazos para tocar sus hombros y hacerle recostarse.
—Relájate— susurro cerca de su oído. Le doy un minuto, observo atentamente como hace amago de volverse a verme. Está nervioso y sus músculos algo tensos, pero al ver que después de tiempo se ha calmado incluso su respiración, procedo: —Dame tus manos— las sube a la altura de su cabeza, las tomo y engancho al diván las esposas con el broche extra que tienen.
Voy al pie de la cama y deshago de mis prendas hasta quedar semidesnudo. Me muevo para tomar los tapones que yacen en la mesita de a lado, pero el cajón abierto de la mesita de noche llama mi atención. En dos pasos estoy frente a ésta y echo un vistazo, saco un estuche pequeño y el aparato de adentro hasta encenderlo.
—¿Qué es? — pregunta Bill después de escuchar un pequeño «Beep».
—Una videocámara— respondo.
Desvío la mirada hasta él por escasos segundos y sonrío con malicia. Miro la pantalla, está grabando justo ahora. Dejo el estuche sobre la cama y me acerco a Bill para tener una toma más cercana.
—Simula dar un lametón— le indico.
Separa los labios, asoma la punta de su lengua y la curvea hasta cerrar sus labios nuevamente. Me gusta lo que veo. Me carbonizo. Bill es simplemente exquisito.
Hago una toma de pies a cabeza, tomándome el tiempo para captar su absoluta excitación.
—Quiero que después veas lo que ha sucedido, Precioso.
Retrocedo y posiciono la cámara en un lugar alto para filmarlo todo. Regreso, tomo los tapones y los coloco en los oídos de Bill. Al principio se resiste. Intenta quitárselos al frotar sus brazos contra sus oídos, pero se lo impido. Impongo mi voluntad. Voy por una soga mediana y al estar frente a Bill nuevamente, me pongo en cuclillas y hago los nudos para sujetar la base del diván y después ajusto las sogas a sus delgados tobillos. Sigo en mi posición, me estiro y alcanzo la pluma, acerco la punta a sus dedos y él se encoge ligeramente a causa del cosquilleo, miro su rostro y sonríe quedamente. Repito la acción, con lentitud delineo sus dedos, las plantas de sus pies, paseo pos sus talones y me detengo en sus tobillos.
—Azul…
Encoge las piernas un poco, le tomo del empeine para acercar sus pies y ahora tomo juntas la pluma y carretilla.
—Agreguemos algo diferente a la suavidad… Digo sin esperar que me escuche.
Acaricio su piel suavemente con éstas y Bill reconoce la diferencia. Arrugó los dedos escasos segundos, miré su rostro y se mordía el labio.
—No negarás que se siente bien, ¿verdad?
Me pongo de pie, yendo hasta sus manos y repetí la acción. Mientras la pluma acariciaba su piel, la carretilla dejaba una ligera línea punteada en su camino, descendiendo desde la palma de su mano hasta llegar a su hombro. Dibujando figuras por su piel.
—A-Azul.
Como veo que le ha gustado, voy a su diestra y hago lo mismo, pero pongo un poco más de presión y los punzones marcan la piel de Bill. Él se muerde el labio y encoje los brazos a causa de las sensaciones.
—Me gusta ver tu piel enrojecida, ¿ya te lo había mencionado? ¿No? ¿Quieres saber por qué? —me detengo e inclino hacia en frente para murmurar cerca de su oído—. El rojo es un color que te va de maravilla. Representa no solo deseo, sino también peligro, y tú luces realmente bien de esta manera. No tienes idea de cómo me excita ver que impongas tu voluntad, luciendo indomable, peligroso, delicioso…
—¿Tom?
—Shhht…— susurro ahora cerca de sus labios—. Me pone tanto.
Me centro en su cuello, él levanta el mentón y desciendo lentamente por su pecho, apreciando la marca rojiza que los punzones dejan a su paso, me desvío hacia su pezón izquierdo, moviendo su aretillo. Cuando los punzones tocan su piel en esa zona, por un segundo creí que estaría en su límite, pero como no fue así, hice un poco más de presión consiguiendo que soltara un gemido.
Me enciende escuchar sus sonidos de placer.
Desciendo hasta su ombligo, luego me dirijo a su estrella y me detengo, poniéndome en cuclillas, beso su tatuaje y muerdo su piel con saña. Al ver que he dejado una marca, paseo la pluma por su piel hasta que tomo la carretilla y delineo la estrella a detalle. Los punzones dejan su marca y Bill se queja. Mientras no diga que le molesta, yo continuaré.
Me incorporo, lo miro con detenimiento hasta que mi vista se posa sobre su excitación. Dejo los objetos sobre la mesita y tomo uno de los rociadores, subo con cuidado sobre él y, sumamente excitado, presiono el botoncito y las diminutas chispas de sabor cereza adornan su piel, así las marcas rojizas en su cuerpo sabrán a su dulce placer. Separo sus labios con mis dedos y al repartir el dulce sobre sus labios, me dedico a saborearlo. Chupo sus labios, los muerdo y jaloneo, intentando saciarme de él, pero no puedo. Bill es incapaz de seguirme el ritmo frenético. Me separo de sus labios, voy hasta su muñeca y hago un camino de besos siguiendo las marcas rojizas. Con lentitud llego hasta su cuello.
—Eres delicioso. No tienes idea de cómo te disfruto— susurro al cerrar los ojos.
Acomodo mi cuerpo sobre el suyo, mi mano va hasta su miembro para estimularlo. Desciendo ahora desde su cuello sin perder el rastro, apreciando tres lunares que me he encontrado. La piel de Bill se eriza cuando llego a su pezón y mis dientes se encargan de morderlo y jalonear su aretillo. El sabor de su piel fusionarse con el de la cereza, es algo sutil. Mi lengua dibuja un círculo en su piel y después mis labios se cierran y jaloneo su pezón. Una de mis manos va hasta su espalda y la recorro de principio a fin, logrando que se arquee, pidiéndome más y diciéndome sin palabras lo mucho que lo está disfrutando.
Desciendo hasta su ombligo, donde hundo la lengua y jaloneo su delicada piel. Voy hasta su estrella. Mis manos se posicionan en su cintura y hundo los dedos en su piel. Ahora voy a su costado, leo en voz alta las letras, le digo una grosería en alemán y me detengo al ver una «W». Noto los lunares que se esconden entre las letras, hago un camino con ellos hasta llegar a su oblicuo donde dejo una marca con mis dientes.
—¡Joder! Tus tatuajes me hacen delirar…
Bill vuelve a decir «azul» y justo al darle un mordisquito en el vientre, bajo el mentón y siento la punta de su longitud.
Escucho que susurra mi nombre, me da un subidón tremendo y sonrío con malicia.
—¿Te apetece una felación, Precioso? —sonrío entre divertido y excitado.
Miro sus muecas. Voy al nacimiento de su sexo, sintiendo las texturas de su piel al acariciarle con la punta de mis dedos. Tomo la pluma y acaricio su piel en esa zona. Bill se arquea deliciosamente cuando deposito en él mi aliento. Sigo su longitud con la punta de la pluma, él jadea y se encoge.
—Ah… ¡Az…!
Es incapaz de hablar.
Me posiciono bien sobre él y mis labios apenas tocan su miembro. El calor sube hasta mi nuca y siento un hormigueo desde el interior del pecho cuando beso a beso llego hasta su punta. Cierro los ojos escasos segundos, dejo que mi aliento incite su deseo, Bill levanta las caderas, pidiéndome que lo tome y me separo ligeramente, le tomo con determinación de los muslos y termino por lamer ligeramente su punta.
Un suspiro escapa de entre sus labios y en un tono muy bajo gime mi nombre. Sonrío complacido, vuelvo a lamer su punta un par de veces hasta recorrer su longitud y me retiro al instante. Tomo la carretilla y acerco con suavidad los punzones a su miembro, recorriendo su longitud y dejando una pequeña marca.
—Rojo— dice al instante en que contrae los músculos e intenta encoger las piernas.
Dejo caer la carretilla sobre el alfombrado. Paseo la pluma por su longitud y después vuelvo acercar mis labios. Separo sus piernas lo suficiente para poder besar la cara interna de sus muslos, descender a sus pantorrillas y terminar en sus tobillos. Me pongo de pie. Regreso al muro, tomo una fusta con extremos diferentes; arriba tiene plumas y abajo una punta de cuero. A la punta le rocío algo de un sabor distinto, la acerco a la boca de Bill y de inmediato me da un subidón desde el interior. Él después de reconocer de qué se trata, comienza a chuparla.
«No te detengas». Le pido en el pensamiento.
Fantaseo. Cierro los ojos por escasos segundos, y es la boca de Bill la que me toma y su lengua va de arriba abajo sobre mi longitud. Abro los ojos, lo miro darle lametones a la punta de cuero y la retiro de su boca, tomo uno de los cubos de hielo y lo pongo entre sus dientes.
—Intenta no romperlo— menciono con algo de burla. Y ahora me deshago de los tapones en sus oídos.
Su pecho comienza a subir y bajar en un ritmo diferente. Le doy la vuelta a la fusta y acaricio su pecho con las plumas hasta llegar a su erección, de un movimiento rápido giro la fusta y con la punta de cuero le doy un azotito. Bill ladea su cuerpo y sus labios se cierran. Empieza a toser, me acerco para sacar de su boca el cubo de hielo.
—No te lo tragues— advierto con humor y vuelvo a colocarlo entre sus dientes después de darle un beso—. Cuidado, Precioso. Hagámoslo de nuevo.
Las plumas ahora acarician sus piernas, llego hasta su miembro y en otro movimiento rápido, giro la fusta y le doy un azotito. Bill gira su cuerpo ahora hacia el lado izquierdo y aprovecho a que sus nalgas están visibles y le doy otro azote. Deja escapar un jadeo profundo y vuelve a su posición anterior.
Percibo la suave fragancia de la vela y me vuelvo para tomarla. Aprovecharé la cera que se ha derretido y dejo la fusta sobre el alfombrado. Dejo caer unas gotas en el muslo de Bill, él se encoje y el cubo de hielo se escapa de entre sus dientes y se desliza por su pecho hasta detenerse en su ombligo, le veo morder con fuerza su labio inferior y omite un gemido.
—Dilo, quiero escucharlo.
Niega con la cabeza. Su respiración es agitada. Acerco la vela hasta su pecho y dejo caer otro par de gotas de cera. Sus labios se separan, formando una «O» y parece que se le va el alma en un suspiro.
—¿Quema?
—Muy poco.
Sonrío.Aquepensóenqueverdadibaalastimarle.Estonodañaríasupiel,laceraesespesa,caliente al contacto y se enfría pasados unos segundos. Lo que Bill sentirá será el cómo ésta comienza a endurecerse.
—¿Te gustaría que lo haga de nuevo?
—Sí, señor.
Tomo el cubo de hielo que comienza a derretirse en su cuerpo y vuelvo a ponerlo entre sus dientes, soy consciente de lo caliente que se ha puesto él y muerdo mi labio inferior al imaginarlo al final del juego.
Hago un camino con pequeñas gotas de cera desde su pecho hasta su vientre. Sobre su estrella intento dibujar mi inicial. Bill se arquea. Su pecho sube y baja, encoje los brazos, intentando zafarse, cierra los puños y miro cómo en sus tobillos aparecen unas sutiles marcas rojizas gracias a las sogas. Acerco la vela a su empeine y dejo caer un par de gotitas. Subo hasta su rodilla, luego el interior de sus muslos hasta que veo su excitación y estoy tentado.
—A ver…
Solo dejo caer una sola gota sobre su longitud. Bill se encoje por completo, ladeando el cuerpo y escupiendo lo que quedaba del cubito de hielo.
—Rojo— jadea.
La forma en la que lo dice, como hace esa mueca de dolor y placer, e incluso la manera en la que su cuerpo responde ante mi tacto cuando me acerco para hacerle volver a su posición anterior, enardece mi deseo por él.
Había dejado de escuchar los fuertes latidos de mi corazón. Dejé de sentir el cómo se calentaba mi piel y como hormigueaba intensamente la excitación en mi interior.
Estaba carbonizándome, ¡joder! Sus sonidos de placer acompañados por sus movimientos me ponían aún más duro.
Apago la vela de un soplo y la dejo sobre la mesita. Voy a donde están los plugs y tomo uno mediano junto con un lubricante. Al regresar, dejo el plug dentro del recipiente con hielos, desato los tobillos de Bill y rodeo el diván para soltar sus muñecas.
—Incorpórate, date la vuelta y ponte de rodillas— exijo y con lentitud lo hace.
Miro a la videocámara y sé que puede apreciarse el cómo está Bill expuesto ante mí.
—Si te vuelves a mirarme, te daré un par de azotes, ¿quedó claro?
—Sí.
—¿Cómo dijiste? —le doy un guantazo y su nalga derecha queda roja. Segundos después siento un ligero hormigueo en la palma de la mano.
—Sí, señor. Sí, señor— gime, reparando lo dicho anteriormente.
Me acerco, acariciando sus piernas, dándole a entender que perdono su falta. Mis manos llegan a su culito alzado, separo sus nalgas, mis dedos juegan con su hendidura, sintiendo las texturas de su piel. Tomo el lubricante y pongo un poco en mis dedos índice y medio. Juego con la entrada de Bill hasta que me inserto en él.
—Déjame adivinar, Precioso… ¿Azul? —digo al juntar mi pecho contra su espalda. Retiro a un lado su cabello y me acerco a su oído.
—Sí, señor…
—¿Lo disfrutas? —juego con su entrada, aumentando el ritmo. Bill se arquea y hace amago de volverse a verme.
—Sí, señor.
Mi mano sube desde su espalda hasta su nuca, entrelazo los dedos en sus cabellos, inclinando su cabeza hacia adelante al momento en que me restriego contra él.
—Eres jodidamente delicioso— le digo al oído en un tono ronco cuando aumento mis movimientos dentro suyo.
Beso su espalda. Beso sus lunares. Desciendo por su columna, mi diestra acaricia su pecho hasta que tomo su miembro para incrementar su placer. Cuando me reincorporo, saco mis dedos, tomo el plug y lo inserto en él. Bill vuelve a arquearse. Su piel se eriza y las piernas le tiemblan ligeramente.
—De pie— le ordeno. Espero dos pasos atrás del diván, él se levanta a tientas y me acerco para quitarle el antifaz—. Se bueno y compláceme al dejarme azotarte.
Pestañea. Sus ojos se acostumbran a la luz y sin despegar su mirada de la mía, se muerde el labio y pone ligeramente de puntas. Mi diestra va hasta su mejilla y después a su cuello, presionando ligeramente hasta dejar mi mano inerte en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón. Se precipita hacia mí, tomando mi rostro entre sus manos y besándome frenéticamente. Me separo de él y en sus ojos veo un destello de peligro.
—Sí, señor.
Su mirada. Sus labios ligeramente enrojecidos y brillosos, la excitación que emana y la manera en la que sus manos me toman… ¡Joder! Pestañeo, rogando que se aleje el recuerdo de Alina. Luce como ella en estos momentos.
No entiendo cómo. No me lo explico. Le beso para recordarme las diferencias que hay entre ellos y por unos momentos funciona.
Le guío a la cruz en la pared y coloco dándome la espalda. Ajusto las esposas en un solo extremo para que sus manos estén juntas y pueda él girarse hacia mí si es que se lo pido.
Le indico que no se dé la vuelta. Voy a por la fusta de látigos y al volver me posiciono a tres pasos detrás de él.
—¿Hasta dónde podrás complacerme esta noche, Precioso?
—Hasta que mi piel enrojezca, señor— responde.
Sus palabras avivan mi excitación y ésta me ciega. La manera en la que muevo la muñeca para azotarle, aumenta de poco a poco, yendo a sus piernas y a sus nalgas. Cuando le veo encogerse no puedo evitar pensar en que hasta hace unos momentos Bill me recordó a Alina.
Le veo de pies a cabeza.
Sus movimientos me atrapan, así como ella lo hacía. Sus gemidos me recuerdan lo mucho que me gustaba sentir mi fuerza con ella.
Aumento los movimientos en los azotes.
El escuchar cómo me pide más me recuerda aquel momento en que a ella, la muy zorrita, le había traído aquí por primera vez y no le importó terminar más que herida en su orgullo y en su piel sólo por complacerme.
¡Joder!
Soy incapaz de alejar su recuerdo. Bill, este momento, yo… ¡Yo!
Ella… Ella… ¡Alina, joder!
¡Maldita sea!
Lo siento fluir desde el interior. El deseo se convierte en furia. Ambos me ciegan. Los impulsos de mi cuerpo son fuertes. Lo siento. Es la omnipotencia. Es el ser alguien más.
Hace mucho no me sentía así. Solo ella lograba hacerme sentir esto.
—¡Basta, por favor!
La voz de Bill me hace reaccionar. Dejo de visualizar a Alina en su lugar. Suelto la fusta de látigos al momento en que Bill gira su cuerpo para que le vea. Sus ojos castaños me devuelven más que a la realidad.
Lo he herido.
He lastimado a Bill, a mi precioso Conejito.
Me quedo inmóvil, mirando su mueca de dolor. Sus piernas tiemblan y me precipito hacia él, desatándole, arrojando las esposas al suelo y tomándolo a él en brazos porque es incapaz de mantenerse en pie. Le llevo hasta la cama. El corazón se me sale por la garganta cuando veo lo enrojecida que han quedado sus piernas y sus nalgas.
—Pr-Precioso…— subo a la cama y acerco a mi cuerpo.
—¡No! —se encoge. Sus brazos empujan mi pecho.
—Lo siento— me disculpo al besar su frente. Sus labios. Sus mejillas…
—¿Por qué…?
—Lo lamento, Precioso. Por favor. Por favor…— tomo su rostro entre mis manos, su mirada cristalina hace que el interior me dé un vuelco—. Perdóname, me dejé llevar. No medí la fuerza, yo…, tú…— me muerdo la lengua.
«Ella». Pienso, pero no se lo digo.
—No, Tom…
—Pedirte que vinieras fue un error— intento levantarme, pero él me atrae hasta su cuerpo y me tumbo de lado junto a él. Sus manos me toman por los hombros y su mirada me duele.
Soy el culpable.
—Perdóname, Precioso. Esa no era mi intención. Su cuerpo tiembla y entonces me alejo.
—No…
—Sí— determino—. No puedo estar cerca de ti ahora. No quiero…, no puedo… ¡No me mires así!
—termino por exigir.
Lo veo, se muerde el labio y cierra los ojos.
—No te miraré si no quieres, pero ven, tócame.
Quiero decirle que está muy equivocado si piensa que haré eso. De repente es como si me faltara el aire.
—No puedo— me levanto.
—Tom, quédate en la cama— su tono de voz comienza a quebrarse. No sé si sea la impotencia o algo más.
Me vuelvo a verle, él yace en medio de la cama, sus ojos siguen cerrados y hace un pucherito.
—Por favor. Si te quedas te perdonaré.
No puedo con sus palabras. Me levanto de inmediato, rodeando la cama y enseguida escucho un ligero gimoteo. Voy hasta él, recostándome detrás y atrayendo su cuerpo al mío al momento en que le abrazo por la cintura. Junto la frente con su cabeza, ocultando incluso el rostro entre sus cabellos, aspirando su aroma.
—Perdóname, Precioso.
Bill hace amago de volverse, pero no le dejo hacerlo.
—Dijiste que no me mirarías— le recuerdo y asiente. Su mano va sobre la mía.
—Fue… ¿Fue ella?
Cierro los ojos con fuerza, intento pensar cómo es que ha llegado a esa conclusión. Me quedo callado.
El corazón me late desbocadamente. No puedo reconocerlo. No puedo.
—Me dejé llevar, Bill. Solo eso— le miento—. Quería probarte, ver hasta donde podrías llegar. Quería demostrar que…, las reglas aquí no pueden romperse, pero yo lo he hecho, creo.
—¿Dices la verdad?
—No tengo porque mentirte.
—¿Me lo juras? —gimotea.
—No tengo nada que jurar si es que me conoces. Me siento una mierda cuando él cree mis palabras.
Me aparto de él al sentirle temblar, me incorporo y le miro con algo de frustración.
—Tom, ¿lo volveremos a intentar?
—¡¿Eres idiota?! —me levanto de la cama—. ¡¿Es que no sabes el significado de la palabra «dolor»?!
—Es que yo…
—¡No te creo! Bill no puedes anteponerte sobre lo que sientes.
—No creo que frustrarse se a el motivo por el cual llegamos al sado. Yo no te he complacido y quiero intentarlo de nuevo— se apresura a decir al ponerse de pie.
—No. Hacerlo fue un error— le lanzo una mirada inquisitiva—. ¡No insistas! Retrocedo y tomo una bata para dársela.
—Tom…
—¡No, Bill!
—Pero es que quiero hacerlo bien— dice en un lloriqueo.
—¡¿Es que no te das cuenta?! —le tomo por los hombros con fuerza, sus ojos castaños me siguen mirando—. Fui yo, ¿entiendes? Y me sentiría mejor si no volvemos a esto, por favor— mi agarre pierde fuerza cuando él acorta aún más la distancia—. Verte así, apenas de pie… no puedo con eso. Falté a los principios, lo lamento. Te herí y me encargaré de que eso no vuelva a pasar— rápidamente le cubro con la bata, sin siquiera sostenerle la mirada—. Solo toma una ducha y duerme.
Me alejo de él yendo hasta el diván para tomar asiento, cubro mi rostro con una mano y espero a que Bill se marche. Cuando escucho que la puerta se ha cerrado lo primero que veo es la cruz en la pared. Me levanto de golpe, arrojando con fuerza una fusta y maldiciendo por lo bajo.
Bill no tiene la culpa de que le relacione con Alina.
Él ha tomado su lugar y a ella, gracias a Bill, no puedo superarla.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.
Ay Tom ándate a la vrga!!!!! Todo estaba bien LPM !!!! Métete tus comparaciones por el trasero y ya mejor deja a mi bb en paz alv !!!!
Eres un puto Tom si no puedes superarla vete con esa y dejame a mi Bill puto por tu culpa llore 😭😭😭😭