Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 26

Desperté sobresaltado.

¡Joder, que pesadilla!

Hace tanto tiempo que no las tengo.

El corazón me latía frenéticamente en el pecho y noté un par de gotas de sudor descender de mi frente. Me sentí tan agitado como si hubiese corrido por la muralla china ida y vuelta.

Me incorporo de inmediato, sacando los pies de entre las sábanas y sintiendo el frío alfombrado. Intento tranquilizarme. La incertidumbre me devora desde adentro. No consigo poder olvidar las imágenes en mi cabeza. Fue un sueño alarmante y confuso. No entendía por qué Bill terminaba lejos de mí. No supe por qué pasó lo que pasó.

Frustrado, suelto la respiración y levanto la mirada. La puerta corrediza estaba entre abierta y la brisa que se adentraba me erizaba la piel. Anduve a paso lento para cerrarla y antes de hacerlo, un recuerdo me detuvo en el umbral. No sé cómo es que recordé ese momento en que estaba recargado en el antepecho mirando a Bill de lejos mientras terminaba de presentarse frente al mar. Todo un espectáculo haber apreciado aquello. Habían sido sus primeros días conmigo, y ahora, cuanto han cambiado las cosas.

Las reglas, los prejuicios y el mundo mismo se iban a la mierda porque estaba conmigo. No entendía cómo es que eso podía gustarme tanto como no hacerlo. Era contradictorio. Por mucho que le quisiera, el aceptar la idea de verlo como algo más o incluso el dar más de mí, me hacía sentir expuesto.

Yo me dirigía a pasos desconfiados mientras que él me llevaba la delantera. Bill quería todo de mí. No creo que pueda dárselo.

Me gusta. Le deseo y le quiero como creí que sólo yo podría hacerlo, pero estoy confundido por ello.

El corazón aún me late con fuerza y me da un vuelco de ansiedad, pero sé qué las pesadillas son solo sueños y que éstos no se vuelven realidad. Bill no se iría de mi lado. ¿Cierto?

¡Joder!

Mis pensamientos van de un lugar a otro, sin sentido alguno, logrando que la confusión se maximizara. Ahora tengo toda la noche para pensar en lo que me aqueja.

El sonido de las sábanas moverse me hizo regresar de inmediato la vista hasta la cama. Entre las sábanas, un fantasma se cubre hasta la cabeza y encogía los pies con lentitud.

«No, Bill. No eres invisible»

Regresé a la cama, recostándome con paciencia y soltando la respiración una vez estando junto a él. Con la diestra retiré la sábana de su cabeza hasta dejarla en su cintura. Los ojos de Bill destellaban en la oscuridad y me miraban con preocupación.

Cuando me acerco al grado de casi chocar nuestras narices, percibí un aroma extraño. Parecía una

mezcla entre cigarrillo y.…, no lo sé. Algo más.

Tomo su mano y beso sus nudillos, al tener la punta de sus dedos cerca confirmé que el olor de los cigarrillos venía de él.

—Fumaste— murmuro y él me dedica un asentimiento—. ¿Desde cuándo sabes hacerlo?

—Aprendí a los quince— habla en un tono aún más bajo que el mío.

—Y supongo que has tomado un par de mis cigarrillos.

—Lo siento— hace amago de llevar su mano hasta mi rostro, pero le detengo—. ¿Tuviste un mal sueño? —su voz tiembla ligeramente ante el rechazo.

—Sí. Lo tuve.

—¿Quieres contarme para que te sientas más tranquilo?

—Preferiría que no— le esquivo. Me recuesto para mirar el techo y él se remueve en la cama.

—¿Por qué no? ¿Es un secreto?

—No lo es.

—¿Me dirás entonces?

—No— intento ahora darle la espalda, pero me detiene—. ¿Por qué te metiste en mi cama?

Le miro, está inmóvil. Durante largos segundos nos limitamos a vernos y es después cuando él hace una señal y desvío la mirada hasta la mesita de noche. Un papel perfectamente doblado está a punto de caerse. Lo tomo, enciendo la luz de la lámpara y me acerco para poder leerlo.

«Te quiero. Te perdono»

Algo se remueve en mi interior. Me levanto hasta quedarme en la orilla, arrugo el papel en mi puño y lo dejo caer, dándole la espalda y apoyando los codos en las rodillas para sostener mi rostro con las palmas de la mano.

—¿Por qué te metiste en mi cama? —vuelvo a preguntar. Siento como la superficie se sume detrás de mí.

—Tenía que decirte que te perdono por haberme mentido.

—No he hecho tal cosa —me vuelvo, apenas mirándole por el rabillo del ojo.

—Mentiste respecto a Alina. Siempre es por ella y siempre lo será— dice con cansancio.

Sus manos tocan mi espalda ligeramente y entonces, segundos después, me veo envuelto en sus brazos y su mejilla se posa en mi hombro.

—¿Por qué no puede ser por mí? ¿Por qué ella? Quiero saber que tanto la querías para buscar la manera de sacarla de tu cabeza. Quiero entender por qué nos comparas.

—Bill…— mis manos van sobre las suyas para apartarlas y después me pongo de pie. Le miro desde arriba y noto como sus ojos se inundan en lágrimas—, hablaremos en la mañana. Si quieres dormir aquí, puedes hacerlo, iré a otra habitación.

—No— intenta detenerme cuando me encamino a la puerta—. Hablemos ahora, por favor.

—He dicho que mañana— asevero un poco la mirada.

—Ahora— insiste en medio de un puchero.

—¿Y qué quieres que te diga? —le tomo por los codos y guío hasta la cama para que se siente.

—Tú sabes muy bien, Tom.

—Estás demente— niego con la cabeza y voy hasta el muro para recargarme—. A ver, Bill… te he prometido un par de cosas y no las he cumplido.

—Es que…

—Escucha— le pido en un tono autoritario—. Intento no compararlos, en verdad lo hago, pero cometí un error contigo. No debí traerte de la subasta.

—Entonces… ¿Quieres que me vaya? —se pone de pie, pero de inmediato estoy frente a él, tomándole por los hombros, impidiendo que lo haga.

—Tú no irás a ningún lado— le hago sentarse nuevamente.

Temo a que el sueño que he tenido se haga real si es que terminamos con esta conversación.

—¿Por qué ha de ser por ella? —gimotea.

—¿No te das cuenta que no es por Alina? Eres tú, Bill. Y es mi estúpida herida que… ¡Aff! —le doy la espalda. Con una mano me cubro el rostro hasta mirarme en el espejo sobre el mueble frente a mí, me acerco para recargarme en el filo—. Si te preguntas sobre lo que sentía por ella…, no, no era amor. No creo que lo fuera.

—Pero la querías…

«No más que a ti» Pienso.

—La querías como has querido a tus otras parejas.

Me quedo callado unos momentos hasta que me vuelvo a verlo.

—¿Mis parejas? ¿Es que has hablado con Amara sobre eso? No dice nada.

Niego con la cabeza.

¡Increíble!

—Las relaciones pasaron por alto cuando entré en esto. ¿Entiendes? La seriedad ya no va conmigo. Nada de lo que tú crees, va conmigo.

—Tal vez si cambiaras de opinión con ayuda de alguien.

—¿De quién? ¿Tuya? —el tono de burla se me escapa y sé que lo he jodido. El interior se me encoge.

—Deberías entender que tú y yo no funcionaríamos.

—Podemos, Tom…

—Que el cómo te he tratado no significa nada.

—¡Significa mucho!

—Que la manera en la que te veo no es más que un instrumento para hacerte sucumbir ante mí.

—¡Mentira!

Palabra a palabra, algo arde en mi pecho. Quiero hacerme el fuerte y desinteresado. Necesito hacerlo. Necesito ver que sus ilusiones se rompan para hacer más fácil la tarea de apartarle de mí. En estos momentos esa parece ser la única opción.

—Lo único que pienso obtener de ti es placer. Todo se resume en eso— acorto la distancia—. En verdad eres estúpido como para no darte cuenta de las cosas.

Repentinamente Bill me voltea el rostro cuando su puño va a mi quijada. Aquello me descoloca e intento volver en mí.

—¡Te odio! ¡Jodido mentiroso!

Me incorporo con un esfuerzo monumental y le encaro.

—¡No tienes derecho…!

—¡Lo tengo! —espetó—. Eres un cobarde. ¿Crees que al apartarme conseguirás algo? ¡Por qué te resistes! ¡A qué le temes!

—No sigas— le advierto.

—No me asustas— su dedo pincha en mi pecho desnudo y me guía hacia atrás—. Te resistes.

—¡No lo hago!

—¡Tienes miedo!

—¡Eso es mentira!

—¡Acéptalo!

De un movimiento rápido, le llevo contra el mueble, oprimiendo su cuerpo con el mío. Sus manos sujetan el filo al igual que las mías, pero la diferencia es que yo lo hago con fuerza.

—¿Aceptar qué?

—El hecho que te atemoriza el estar juntos— alza mínimamente la voz.

—¡Las cosas no funcionan así! Deberías odiarme, sentirme asco, o no sé. Deberías dejar de hacerte ideas estúpidas— mi índice pincha en su sien y él me esquiva. Me siento un hijo de puta—. ¡Te compré cual vil objeto!

—¡No, no, no!

—¡Te hice mío!

—Tom…

—¡Llevas mis marcas en tu piel!

—¡Pero te jode el haberme lastimado! —dice de repente y me quedo estático—. ¿Sigues creyendo que soy un idiota? Te veo, Tom. No hace falta ser un genio para darse cuenta. Veo tus ojos y.… yo los veo y.…— sus manos toman mi rostro y me separo al instante.

—No me toques.

—Quiero entender por qué cuando creo que estás cerca, en realidad corres diez pasos lejos de mí y no me permites acercarme hasta que así lo quieres— su voz tiembla débilmente—. ¿Por qué te resistes? Dijiste que me dejarías conocerte. ¿Por qué me tratas bien y después intentas apartarme?

—Jamás debí prometerte nada. Debí limitarme a lo de siempre. ¡Sexo, sexo y más sexo siempre que yo quisiera!

—¡Yo no soy sólo eso para ti!

—¿Y tú qué sabes? Pude haber mentido para que te dejaras llevar y te entregaras a mí de la manera en la que esperaba— presiono más su cuerpo.

—Me lastimas…— se queja.

—¿Ahora te importa el dolor?

—Tienes razón, no debería importarme. ¿Pensabas en ella?

—No entiendo de lo que hablas— fingí demencia.

—Mientras me azotabas, Tom, ¿pensabas en ella? No veo otra respuesta por la cual hayas hecho eso, el cegarte y no escucharme.

—¡¿Y qué si lo hacía?! Lo que sucedió en la habitación no fue algo que planeara— menciono de inmediato, casi aturdido por sus palabras.

—Ser herido no me importa ahora.

—¡¿Cómo puedes decir semejante estupidez?! —levanto la voz, él no se inmuta—. ¡La culpa me come por ello!

—¡¿Y por qué?!

—¡Porque no eres como Alina! A ella no le importaba ser herida y tú eres un caso especial. Te conozco, no sé porque ahora te haces el valiente.

—Me dolió como no tienes una idea— confiesa después de unos momentos. Su tono de voz incluye algo de rabia—. Quería que pararas. Dejó de gustarme. Dejaste de ser tú, incluso dejé de ser yo mismo— me clava una mirada inquisitiva—. Y ni siquiera entiendo cómo es que te estoy perdonando.

—Mártir…

—¡Es porque quiero estar contigo! ¿Puedes creerme?

—¡Te compré! ¿Cómo puedes decir eso? —le tomo con fuerza por los codos.

—¡Yo te quiero!

—¡Tú no sientes nada por mí! ¡¿No lo entiendes?! La rabia me azota desde dentro.

—¡Me quieres también!

—¡CÁLLATE!

—¡Fuera de esta noche, tú me has tratado como a una persona! —chilla.

—¡¿Eres idiota?! —le sacudo ligeramente—. Me he excedido contigo, no se sintió bien. Además, si el trato fue diferente, fue para conseguir lo que quería. Entiende algo, no me quieres. Tú no me quieres. Eso no es racional, y si acaso lo fuera, eso se llamaría «agradecimiento». ¿Sabes por qué…? Porque te lo he dado todo. ¡Todo! Cuando no tenías ni de dónde hacerte— le suelto en gesto despectivo y dejo escapar la respiración que he con tenido.

Bill me mira. Si pestañeara, una lágrima descendería por su mejilla. No lo hace. Los labios le tiemblan y los aprieta para aguantar las ganas de llorar.

—No puedo darte más. No puedo darte lo que quieres. Me rindo.

Vaya idiota… He cedido. Creí que podría aguantar un poco más y convencerme de mis propias palabras.

—Lo-Lo siento, Bill. Lo lamento en serio.

Soy consciente del daño que acabo de hacerle.

No puedo con ello. Quizás debí darle la espalda todo el tiempo, hubiese sido más fácil si no le miraba a los ojos.

—Mírate, eres lo mejor que he tenido en mi vida. Eres lo que cualquiera soñaría poseer. Te he considerado más que a nadie. Y estás aquí, en su lugar, terminando a fondo lo que ella no pudo. Penetraste en mi estúpido e inservible corazón. Le sacudiste las telarañas e hiciste volver a latir de rabia, de alegría, de celos… ¡De celos, joder! ¡En mi maldita vida había sentido unos jodidos celos así!

Voy hasta la cama, sentándome en la orilla. Debo calmarme o podría arrojar al suelo todo lo que se cruce en mi camino.

—¡Es una locura…! Tú y yo no funcionaríamos bien.

Me mantengo en silencio. Siento algo peculiar en el ambiente. No sé si mi corazón se acelera por el hecho que voy a contarle la verdad y me atemoriza hacerlo, o es porque, aunque no lo haga, Bill seguirá esperando algo de mí. Algo que no sé si puedo prometerle.

—Si creí que Alina había burlado mis límites, tú en verdad los has destruidos. No tengo nada y me haces sentir expuesto. Lo quieres todo de mí tan rápido sea posible. Y no vamos a funcionar. Me atemoriza siquiera pensarlo— hago una pausa—. Tú no sabes lo que se siente…— murmuro. Me siento inseguro ahora. Quizás la voz no me salga después de unas palabras más—, ser herido y querer que la rabia se desvanezca lo más pronto posible. Pero entonces llega alguien— le miro—; tu última salida. Y tan sólo repites los errores cometidos anteriormente como quien no desea salir del círculo vicioso. Quieres pretender volver a la normalidad porque después de esto ya no habrá escapatoria. Quieres sentir lo que se sentía mirar a alguien a los ojos y no relacionar algún sentimiento, pero resulta ser que con esa persona no puedes sostenerlo del todo.

Hago otra pausa. Le veo acercarse con algo de desconfianza. Sus ojos llorosos hacen que algo se quiebre en mi interior.

—Tom…— apenas le sale la voz.

—No tienes la culpa de que vea en ti similitudes con ella. Lo siento, Bill— relajo los hombros—. Pero eres quien ha tomado su lugar en muchos aspectos y es inevitable pensar que de alguna manera será igual.

—Entonces soy…

—No, dejaste de serlo. Ya no eres con quien pretendo superarla— le aclaro—. No quiero que pienses siquiera en esa posibilidad. Eres diferente. Eres…— me quedo mudo cuando sus pasos se detienen frente a mí y se pone a mi altura.

—No tiene por qué ser igual. Déjame cambiar eso.

—No lo sé. Bill, no me orilles a esto.

—¿Es por lo que dirá la gente? ¿Lo que temes sentir? ¿Se trata de mí? Soy incapaz de darle una respuesta.

Se acerca un poco más, subiendo en mí y rodeando mi cintura con sus piernas flexionadas. Sus manos sujetan mis hombros y me quedo estático.

—No sé si recuerdes, pero cuando estabas ebrio dijiste cosas importantes— su rostro se contrae—

. Dijiste que no debería gustarte para algo más, que la gente no lo entendería porque somos diferentes al resto. Dijiste que me querías contigo, pero no iba a ser fácil— las lágrimas escapan por sus ojos y se deslizan por sus mejillas. Los labios le tiemblan y su voz se ha quebrado por completo—

. Dijiste que me querías.

—Oye…

—Y me dije a mí mismo: «¡Mierda! Esto debería ser real y no un sueño» —me interrumpe—. Y lo único que podía sentir era que tus palabras en verdad significaban algo. Quería seguir creyendo que dejaste de verme como el centro de placer en tu vida y que en verdad en este tiempo habíamos conectado como nadie lo había hecho— su frente se junta a la mía—. Pero dijiste que me odiabas por cómo te hacía sentir y.… lo lamento, Tom.

—Basta, no sigas.

—Me da miedo el ser incapaz de hacerte olvidar a Alina porque tú podrías dejarme antes de que yo te guste para estar contigo siempre. Temo no poder complacerte lo suficiente, porque si no lo hago bien… me dijiste que me dejarías ir cuando te complaciera lo suficiente. ¿Qué pasará cuando ese día llegue? —se apresura a decir—. Seré un fantasma como ella. Habrá alguien más en tu vida y entonces… yo no habría sido lo que tú querías.

Con que nuevamente es eso. ¡Vaya! Somos unos cobardes. Ambos tenemos miedo. Yo a poder sentir algo más por él, no darle lo que espera de mí y defraudarlo en el intento. Él teme a darme suficiente y que le eche de mi vida sin antes haber estado juntos.

Cobardes. Sí, creo que definitivamente eso somos.

—Por eso no deberías anteponerme sobre nada— le rodeo con mis brazos—. Porque en cualquier momento podría herirte, y no me refiero a lastimarte en tu orgullo o en tu piel al volver a la habitación de juegos, no quiero lastimarte en serio, Bill. Eres ese tipo de persona a la cual no se le puede hacer daño— beso su hombro—. Quiero protegerte de todo, incluso de mí.

No entiendo cómo es que le dejé romper las reglas y cómo es que yo mismo lo hice también.

—Me puedes.

Me separo para mirarlo a los ojos.

—¿Qué sientes cuando me ves?

Su pregunta me toma por sorpresa. No la entiendo.

—Si me vez a los ojos, ¿soy yo o es Alina?

—Te veo a ti— murmuro.

—Y si me besas… ¿Sigo siendo yo?

Se acerca con lentitud y susurro cerca de sus labios: —Por supuesto que sigues siendo tú. Le beso.

Sus labios se mueven temblorosos sobre los míos. Le doy confianza al seguir el ritmo pausado. Le digo que lo siento una, y otra, y otra vez entre susurros. Sus manos van a mi nuca y me sujeta con firmeza. Ladeo la cabeza para tener mejor acceso a su boca.

Me dice que me quiere.

Mis manos descienden por su cuerpo acariciándole sobre sus prendas hasta que él me guía. Me siento torpe al quitarle la camiseta. Su pecho se une ligeramente al mío. La piel se me eriza cuando las puntas de mis dedos recorren su espalda y le tomo con determinación para recostarlo en la cama. Me muestra una mueca de dolor cuando le he tomado del culo. Sigue adolorido. Quiero detenerme, pero él me lo impide. Sube hasta la altura de las almohadas y me hago espacio entre sus piernas. Rodeo su cuerpo con un brazo y acaricio su cabello con mi mano libre. Él pasea las puntas de sus dedos por mi espalda como si se tratase del roce de una pluma.

Todo es tan sublime que no puedo decir que no.

Invierte las posiciones. Coloca mis manos a la altura de mi cabeza y se separa ligeramente de mí. Su cabello cae como una cortina por ambos lados de su rostro y cosquillea en mis mejillas. Musitó algo junto a mi oído, no pude identificar de qué se trataba. Besa mi mejilla, va a mis labios desciende a mi cuello y se recuesta de lado, apoyando su cabeza en mi pecho.

—¿Me sentiste?

—Sí.

Mis brazos le rodean y cierro los ojos. Su respiración se vuelve tranquila dentro de un largo rato. Aunque siento dolor en la quijada gracias a su golpe, las caricias que reparte en mi brazo y en mi pecho, son las que me hacen olvidarme de eso. Bill intenta seguir el camino de mis venas desde mi mano hasta que desaparecen en el antebrazo.

—Perdón por haberte golpeado.

—Te perdono y me disculpo también por haberte gritado y…

—Te perdono— se acurruca más a mi cuerpo—. Quiero dormir aquí esta noche.

—Está bien.

—Mañana también. Pasado mañana. La noche siguiente y así toda la semana— se incorpora para mirarme, pidiéndome permiso para hacer aquello que dice—. Y todas las noches, ¿sí?

—Está bien, Precioso.

Acomodo sus cabellos y me limito a mirarle. Bill vuelve sobre mi pecho y deja escapar un suspiro.

—Te quiero— le digo después de un rato.

—¿Por qué susurras? Aun no me he dormido—me imita.

—Porque es un secreto.

—¿Siguen los susurros?

—Si tú quieres— dicho esto, se incorpora para mirarme nuevamente.

—¿Somos un secreto?

—Eso y algo más— digo al acariciar su mejilla.

—¿Qué cosa?

—Somos dos personas que quieren estar juntos sin saber cómo, pero lo van averiguar. Y eso nos convierte en un secreto.

Sus labios se curvean en una sonrisa.

El corazón comienza a latirme con fuerza. Es una mezcla entre el estar expuesto y sentirme reconfortado de alguna manera. Algo se remueve dentro de mí. Siento como si le hubiese prometido estar juntos siempre. No lo he hecho, no sé si sea bueno. No sé qué vaya a pasar. No sé si la gente pueda entenderlo, porque somos iguales, pero tan diferentes al resto. El día en que lo acepte en su totalidad, podré tomar a Bill de la mano frente a todo el mundo sin importar nada, porque sé que voy afrontarlo.

La idea de volvernos pareja asalta mi mente. ¿Qué tal si quiero ir más lejos? ¿Y si él no quiere? ¿Qué tal si es al contrario y yo no veo atractiva la idea?

Quiero averiguarlo justo ahora.

Quiero hacerle caso a este impulso repentino. Quiero intentarlo.

—Bill, quiero que tú y yo…

Continúa…

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Un comentario en «Compláceme 26»

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