Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 27
Sé que dije que me dejaría llevar por Bill y por esos impulsos que tenía deseos de seguir. No quería dejarlos ir. No quería que él estuviese lejos. Verdaderamente le quería conmigo pese a que en ocasiones mis pensamientos giraban en otros sentidos. Con él aún más cerca, me sentía invadido. En ocasiones era tolerable, pero soy así, un quisquilloso de mierda e inevitablemente discutíamos por cosas insignificantes.
La cercanía, las palabras, los besos…, se sentían bien y mal. No lo comprendía. ¿Cómo algo que me gustaba podía al mismo tiempo hacerme desconfiar? Parecía tan bueno para ser cierto. Lo más bueno que me había pasado, quizás era eso.
Sabía que Bill lo entendía. Aprendió a interpretar mis miradas. Ojalá no pudiera contarle mis secretos de esta manera, pero no soy del tipo de persona que pueda abrirse tan fácilmente con alguien, incluso con él, siendo como es, no ha sido sencillo. Además, el orgullo era la primera barrera que nos separaba después de una discusión.
No importaba, siempre encontrábamos la manera de volver a la normalidad, pero resultaba difícil cuando Leo Morgan, ese…, jodido colega de Bill, se entrometía en nuestra relación. A pesar de que advertí a Bill que Leo no era de fiar, le dejé esa… No quiero llamarle amistad, tan solo le estoy orillando a ver las intenciones de Leo. Quiero que se dé cuenta por sí solo de que «su amigo» no sisea porque no puede. Él debe de conocer la clase de persona que es Leo y al final yo tendré la razón. Nos soy el tipo de persona que lance advertencias más de dos veces.
No. No me agrada que sean colegas. Lo odio. No lo soporto. Ojalá los celos no me traicionen de un momento a otro.
He advertido a Leo sobre tratar a Bill como algo más, e incluso sobre volver a llamarle «Precioso». Yo y sólo yo puedo llamarle así. Y Bill sabe las consecuencias sobre dejarse llevar por alguien más.
¡Joder! Aun así, me hacía flaquear.
Soy maleable. Bill me puede, pero en ocasiones no me dejo llevar por eso, mucho menos tratándose de personas ajenas queriendo importunar lo nuestro. Siempre me recuerdo mis límites.
Límites… que absurdo y contradictorio me parecía todo. Podíamos encajar a la perfecciona si como hacer explotar todo y… lo confieso, había sido la decisión más arriesgada de mi vida, pero extrañamente se sentía bien. Somos pareja. Decidí olvidarme de algunas de mis reglas e incluso algunos prejuicios. Esto le gustaba a Bill mientras que yo me sentía un subnormal, pues hacía mucho tiempo que no sentía esto tan peculiar, claro, habían pasado tres años desde que dejé las relaciones normales por algo diferente. Volver a retomar ese ritmo era realmente extraño, pero las cosas serían diferentes con él, lo presiento.
No sabría cómo explicarlo, somos diferentes a todos. No sé aun si sea porque Bill ha sido el único chico en hacerme sentir así o es la extrañeza de que mis gustos han cambiado. Mujeres… Hombres… No entiendo cómo es que antes podía ser de otra manera, sin tener que verme etiquetado. Podía tener a quien quisiera sin importar su sexo, tampoco mis preferencias. Solo era placer, pero obviamente todo cambia con Bill. Al salir por la calle, repentinamente tomaba su mano, le acercaba a mí o le besaba con descaro. Frente a esa gente exponer lo que me llenaba por dentro no me importaba en lo más mínimo, pero no pensaría de la misma manera si lo hiciera frente a personas más cercanas a mí. He cuidado ese detalle. No actuaría con él de la misma manera a como lo hago frente a mis colegas.
Ya no quiero pensar en eso, después de estos meses, cuando nos vean juntos, sé que empezarán a preguntar si hay algo más serio entre nosotros y no quisiera verme sujeto a ese tipo de preguntas. Se empeñarán en hacerme responder a como dé lugar.
Dentro de unas horas tenemos una cena en el restaurante del hotel. Es cumpleaños de Noa, por obvias razones no habrá tarta de cumpleaños, pero eso no significa que al final no haya postre. Fue una grandiosa idea la suya de reunirnos aquí; Massini Nena, que es su lugar predilecto en toda Italia. Después iremos a un lugar más privado, el mejor de la zona. Sé que veremos caras conocidas pues se han reunido dos de los clubes a los que Noa pertenece y entraremos como sus invitados. Quizás no le importe que consensuemos con otros. Todo depende de que nos apetezca al final de la velada.
Quiero prepararme para esta noche, así que lleno el jacuzzi para relajarme antes de nuestra cena y al volver a la habitación me dispongo a escoger uno de los trajes que he traído. Escojo una camisa y mi mirada se posa sobre el par de corbatas, una de color escarlata que, pienso de inmediato, luciría muy bien en las muñecas de Bill, incluso luciría perfecta en sus tobillos o como una mordaza. Pienso en él, en la idea que acabo de tener y quiero hacerle una propuesta. Cuando el jacuzzi se llena, voy a su habitación, le veo vestir una bata roja mientras hace una mueca pensativa y pone sobre la cama las ropas que pretende usar más tarde.
¡Qué el rojo le va de maravilla!
Me recargo en el umbral de la puerta, le escaneo con la mirada y me cruzo de brazos. Está indeciso sobre que atuendo llevar.
—Escoge el blanco— le digo y se vuelve a verme con sorpresa—. Te va mejor ese que el negro.
—No sabía que estabas mirando.
— ¿Me llamas fisgón? —bromeo al adentrarme y detenerme frente a él para quitarle de las manos los pantalones negros y dejarlos en la cama—. Viste todo de color blanco, lucirás tan inocente y delicioso…, quiero que te vean y quiero poder burlarme en sus rostros porque no te compartiré con ellos— le acaricio el rostro, le miro directamente y al final, mi pulgar delinea su labio inferior—. Será un gran espectáculo el ver como los lobos hambrientos anhelan devorarte.
—Te produce un inmenso placer, ¿no es así? —murmura.
—Y a ti también, Precioso.
Me lanza una sonrisa juguetona y va hasta su equipaje para sacar un aprenda. Que manía la de él nunca desempacar. Estaremos aquí una semana, debería sacar sus cosas y ponerlas al alcance, quizás después le ayude.
—Tom, hablé con Amara hace un rato.
«¡Fantástico!» Pienso con ironía.
— ¿Sabías que Leo estaba invitado y no me dijiste?
—Que oportuno, Leo sale a la conversación justo cuando hablábamos de lobos…— entorno los ojos. Intento no impacientarme—. Especialmente es con él con quien no te compartiré.
—Pero si jamás hemos tenido un encuentro con él.
—Lo cual es perfecto y jamás lo tendremos.
Su mirada se vuelve divertida y no lo comprendo.
—Admite que estás celoso.
—No debo admitir nada porque no estoy celoso— le dedico una sonrisa fingida—. Y yo soy territorial, no celoso.
—¡Ja! Te crecerá la nariz como a pinocho. Bill y sus malos chistes…
—Pues algo crecerá en mis pantalones al verte así— le distraigo.
Noto al bajar la mirada que la tela de la bata es delgada y la curva de su miembro me tienta.
—¿No llevas puesto nada más?
Bill me sigue la corriente y su mirada divertida cambia a una peligrosa y juguetona.
—Creí que te gustaba el misterio.
—No. Me gustas muchísimo más estando desnudo—me acerco vacilante, cierra los ojos, sus labios se entreabren en espera de un beso que no llega porque me separo de él y voy hasta el tocador después de tentarle, esperando que venga hasta mí—. ¿Usarás lo que te di en tu cumpleaños?
—Lo uso todos los días.
Le miro por el espejo, de entre la prenda me muestra ese dije que le he dado. Es especial porque es el único en su tipo; la estrella tiene una «P» al anverso y las iniciales de nuestros nombres al reverso. Es de oro y en la misma cadenilla cuelga una placa igual de pequeña que la estrella. Ahí, en letras diminutas, pero legibles, hice que escribieran «Yo puedo hacerte tocar las estrellas». El día en que Bill lo usó por primera vez, creyó que era simple joyería hasta que le mostré la posición exacta de su estrella en el cielo.
Pasé semanas intentando pensar en algo que pudiese gustarle, algo que nadie más tuviera y que solo yo podría darle. Algo como él, algo único.
Una noche después del sexo, su cuerpo desnudo estaba tendido junto al mío. Su respiración era tranquila y le admiré por enésima vez en la penumbra. Mis ojos se fijaron en su tatuaje y esa fue la respuesta. Yo iba a darle su propia estrella, su propio deseo, su mejor regalo.
Me aseguré de que sólo existiera una estrella llamada «Precioso».
Suelto una risa, Bill me mira confundido y se acerca a paso lento. No tiene ni idea de que justo ahora estoy recordando su reacción ante aquel regalo. Su rostro emocionado e incluso confundido, había valido cada día intentando pensar en qué obsequiarle. Creo que siempre ha sabido de lo que soy capaz, pero esa vez quizás le pareció demasiado. No cualquiera va por ahí regalando estrellas del cielo a quienes quiere. No. Nadie más. Soy el único que le ha dado algo así.
—No lo pierdas esta noche.
—Te lo prometo.
—Me aseguraré de que así sea.
Llevo mis manos hasta su nuca, levantando ligeramente su cabello y le quito la cadenilla para guardarla en mi bolsillo. Bill me mira sin comprender. Si no lo lleva puesto, quizás nadie note nada y no me veré presionado en confesar nuestra relación.
—Vístete de blanco y veremos qué pasa con los lobos.
—Déjame buscar algo que combine…
Intenta regresar sobre sus pasos, pero le tomo por los codos y hago volver.
—No te pedí que te vistieras ahora.
La cercanía es irresistible. Su mirada y mis pensamientos enardecen la tentación que tengo por acariciarle. Sus manos toman las mías y se acerca a mis labios. Cuando la distancia es inexistente entre nuestros cuerpos, siento el nacimiento de su miembro y mis pensamientos vuelan. Él está desnudo y esta prenda en un tono seductor y peligroso, es lo único que le cubre.
—Me facilitas el trabajo, Bill— digo antes de que mis manos vayan a la cinta de la bata y desaten el moño que él ha hecho—. ¿Vez que fácil?
Mis manos, ahora en sus hombros, deslizan la bata por su cuerpo hasta que ésta queda en el suelo. Está completamente desnudo.
No me muevo. No se mueve. Es excitante el sólo mirarnos y dejar que el deseo empiece a consumir nuestros cuerpos.
Mi mente viaja a ese momento en que le vi en la subasta y el deseo que sentía por él en esos momentos no puede compararse con lo que me hace sentir ahora.
—Aquí tenías unas orejas— señalo en su cabeza—, largas, suaves y de color blanco.
—Eran para escucharte mejor.
Me carcajeo por su mal chiste y le guío a la cama.
—Aquí tenías un pequeño, blanco y abultado rabo de conejo— digo cuando le tomo por el culo y mis dedos pasean por su entrada. Le tumbo en la cama, aparto la ropa y me hago espacio entre sus piernas—. Recuerdo que también usabas unas medias hasta los muslos y unos zapatos altos el día de la subasta.
Le miro, sus mejillas adquieren un rosa pálido y se muerde el labio inferior.
—Vamos, Precioso. ¿A estas alturas te avergüenza?
—No, claro que no— sonríe y niega con la cabeza.
—¿Entonces?
—Pensaba en que una ocasión me imaginé así vestido para ti y tú jugabas conmigo y yo jugaba contigo.
—¿Jugabas conmigo? —menciono en un tono bajo.
—Sí.
— ¿Y a qué? Quiero saber…
—¿De verdad? —busca mis labios, pero le esquivo.
—Cuéntame esa fantasía tuya, Precioso.
Llevo las manos de Bill arriba de su cabeza, entrelazo nuestros dedos y cierro los puños ligeramente.
—¿Por qué? ¿Vas a hacerla realidad?
Su pregunta juguetona me derrite y provoca. Comienzo un camino de besos desde su hombro hasta su cuello.
—Ya veremos…— juego con la situación.
—Si lo haces, yo…
—No me condiciones— le corto de repente y muerdo su piel.
—Tómame.
¡Oh, joder! Me parece delicioso.
—Dame una razón para hacerlo.
—Me deseas.
—Dime algo que no sepa— voy del otro lado de su cuello y beso a beso aumento mi agarre en sus manos, estrujando incluso las sábanas.
— ¿Qué te puedo decir? Me conoces y sabes lo que quiero.
—¿Y.…?
—Quieres tomarme.
La manera en la que deja escapar un jadeo hace que me detenga y le mire detenidamente.
—Claro que quiero hacerlo. Verte así, deseoso, provocativo y a mi disposición, me hace querer intentar saciar mi deseo de ti— murmuro cerca de sus labios—. Pero siempre voy a querer mucho más.
—Te lo daré.
Sus palabras vuelven a incitarme. Me pone caliente y mi erección comienza a crecer.
—¿Excitado? —le pregunto al oído y veo como su piel se eriza.
—Tom, estoy desnudo debajo de tu cuerpo, me tienes inmovilizado y me besas de una manera…— hace una pausa, siento como sus piernas se aferran a mis costados—. No me preguntes si estoy excitado, sabes la respuesta.
—Quiero que lo digas— le pido al restregarme un poco contra él nuevamente.
—Estoy excitado.
Me acerco a sus labios y sonrío triunfante.
—No te muevas— me reincorporo y hace amago de imitarme—. Que no te muevas, Bill. Tus manos arriba, aferrándose a las sábanas y no abras los ojos — se muerde el labio y obedece sin rechistar—. Si te mueves o abres los ojos sabes lo que sucederá. Me gusta ver tu piel enrojecida, precioso. Asiente con torpeza.
Me levanto de encima suyo y cuando él intenta juntar sus piernas le detengo. Separo sus tobillos, acaricio su piel y comienzo un lento camino de besos hasta la cara interna de sus muslos. Bill separa aún más las piernas, se arquea ligeramente y levanta un poco las caderas, pidiéndome algo más. Mordisqueo su piel y jaloneo en un par de ocasiones. Se remueve en la cama y jadea por lo bajo. Repito la acción sin dejar de verle, disfrutando de su piel, sus texturas e incluso su sabor.
—Otra vez— me pide. Se lo niego. Este es mi juego.
Me dirijo a su erección, dejo escapar mi aliento sobre él y al ver que vuelve a levantar las caderas, suelto una sonrisa maliciosa.
—De verdad quiero hacerte disfrutar…
—No te detengas— me implora.
Levanto la mirada, él empieza a tomar con fuerza la sábana y su pecho sube y baja en un ritmo diferente.
—¿No?
—Por favor, continúa. Voy a tentarlo.
Vuelvo a su miembro, mis labios le acarician durante escasos segundos hasta que vuelvo a separarme. Veo sus muecas de placer.
Me gusta jugar con Bill.
La punta de mi lengua recorre su longitud y entonces se encoge en la cama y sus labios se separan.
—Date la vuelta— le ordeno.
Se mueve en la cama hasta colocarse en cuatro delante de mí. Está expuesto. Veo su entrada, su espalda curveada y el tatuaje en su costado me llama.
Estoy totalmente tentado. Deseoso. Excitado. Necesito de él.
Me deshago de todas mis prendas y me acerco, acariciando sus piernas hasta llegar a sus nalgas, separarlas y jugar un poco con su entrada.
—¿Tienes idea de lo mucho que me gusta verte así, listo para recibirme?
—Tómame…
—Vamos, Precioso, no comas ansias.
Me acerco, estrujo su nalga derecha y justo derriba donde yace mi pulgar, le doy un mordisquito. Veo que le ha gustado. Subo con besos y pequeñas mordidas hasta el final de su espalda. Tentado, paseo mi lengua por el coxis hasta la zona lumbar y es donde muerdo su piel e intento jalonearla. Mis labios suben por su columna y la manera tan deliciosa en la que él se arquea y deja escapar jadeos, logran detenerme el corazón y carbonizarme un poco más. La piel comienza arderme ligeramente y me da un subidón cuando veo la manera desesperada en la que Bill sujeta las sábanas.
—Te deseo— le digo al oído. Mi mano izquierda acaricia su tatuaje en el costado hasta ir a su pecho y encontrarme con ese aretillo suyo—. ¿Sabes qué quiero? Quiero que mis labios o mis dientes tiren de tu aretillo, ¿te gustaría?
—Mhum…
Mi mano desciende por su pecho hasta su abdomen y noto que la punta de su miembro casi llega a la altura de su ombligo. Aprisiono su miembro y comienzo un vaivén de movimientos determinados, Bill gira el rostro hacia mí, mis labios se posan en su mejilla, sonrío satisfactoriamente y empujo su cuerpo hacia abajo para que su pecho toque las sábanas y eleve un poco las nalgas. Me acerco a sus labios y le beso con lentitud mientras le masturbo.
—Deseo adentrarme en ti.
Paseo mi erección en su hendidura, haciendo amago de introducirme en él, pero no lo hago. Su piel se calienta al sentir la mía y es entonces cuando el interior me da una sacudida.
Beso su hombro y me fricciono contra él, aumentando el ritmo de mi mano en su pene y aumentando las caricias y besos, logrando que Bill dejara escapar jadeos que enardecían mis pensamientos y sensaciones.
—Quiero follarte, precioso. No puedo esperar para hacerte mío— murmuro. Le veo sujetar las sábanas con fuerza cuando poso mi erección en su hendidura—. Pero no aquí.
Me separo de su espalda, sus piernas tiemblan escasos segundos, alza un poco más el culo y deja escapar un gemido que logra hacerme vibrar de placer. El calor se apodera de mi cuerpo, concentrándose en dos zonas más específicas; mi pecho y más al sur, justo en el centro del deseo.
Le tomo por el culo y volteo rápidamente. Mira el techo durante segundos hasta que su mirada conecta con la mía. Con brusquedad, le sujeto de la cadera, él se aferra a mí y alzo en brazos para llevarlo a mi cama. Ahí es donde quiero follarlo. Ahí es donde quiero que se corra para mí. Las sensaciones del clímax deberán acompañarme incluso en mis sueños esta noche.
Bill suelta una risa sensual y se aferra a mis hombros para no caer. Cuando entro, la puerta abierta del baño capta mi atención y recuerdo que he dejado listo el jacuzzi. Sonrío con malicia. Pequeño cambio de planes.
—¿Vamos a la ducha? —me pregunta, pero no respondo.
Le bajo de mí e invito a que entre conmigo al jacuzzi. El agua calma momentáneamente el calor que me azota y las pocas burbujas que yacen en la superficie son agradables a la vista de Bill. Él no deja de sonreír. Sus mejillas están más que ruborizadas y su respiración es más irregular que la mía.
Sus rodillas sobresalen del agua y me hago espacio entre sus piernas.
—Eh…
Me apoyo en el borde una vez que él se ha acomodado y su nuca descansa en el mismo sitio donde posiciono el brazo. La mitad de su cabello se humedece y sus brazos se mueven debajo del agua hasta que me rodea con ellos.
—No— le detengo. Me acerco para juntar la frente con la suya.
Tomo una de sus manos y la guío debajo del agua y le invito a tocarme. Su agarre es firme y lento. Toma mi longitud y creo desfallecer ante su tacto.
¡Joder! Que siempre me ha parecido inigualable. Le imito. Le masturbo. Le beso.
La excitación aumenta.
Las caricias bajo el agua son mínimamente diferentes. Me separo de su frente y le miro a los ojos. Eso me pone aún más.
No rompemos contacto visual. El corazón se me acelera con cada segundo transcurrido.
Su rostro se ve enmarcado por esas muecas de placer que me gusta apreciar. Todas y cada una de ellas las tengo grabadas en mi mente como una colección de momentos enviciados para cuando mi cuerpo demande caricias sin contar con su presencia.
Le lanzo una sonrisa sugerente.
Bajo la mirada hacia nuestras manos dándonos placer. Noto que las burbujas se han extinguido casi en su totalidad y me siento un poco celoso cuando se adhieren a su piel. Quiero que mis labios y mi lengua paseen por su cuerpo justo ahora.
Bill deja escapar el aire que ha contenido, cierra los ojos y se arquea cuando su otra mano se une al juego.
—No dejes de mirarme— uso un tono ligeramente ronco y autoritario.
Abre los ojos de par en par, obedeciéndome. Y yo, totalmente carbonizado, le miro detenidamente. De sus labios escapa mi nombre y siento como si pequeñas descargas eléctricas se originaran en todas partes de mi cuerpo, pero se dirigen como un hormigueo hasta mi vientre. Sus muecas y los susurros de sus sonidos de placer cerca de mi boca, han logrado detenerme el corazón, la respiración e incluso hicieron que mi erección alcanzara otra medida.
Siento como con el suave vaivén del agua, nuestros miembros se sacuden y rozan en el camino. Deseo penetrar a Bill. Se lo digo con la mirada.
Él se muerde el labio y después se precipita para besarme. Sus manos sujetan mi miembro y me sacude un espasmo de placer. Me quedo sin aliento, me veo en la necesidad de romper el beso y tomo una bocanada de aire junto a sus labios.
—Tómame— me dice.
Me guía hacia atrás, intentando invertir las posiciones, pero pongo resistencia y en lugar de eso, me acomodo de tal manera para que Bill suba a mis piernas.
Le veo, llevo sus cabellos húmedos hacia atrás, acaricio sus brazos y su espalda hasta llegar a sus nalgas.
Se muerde el labio tan provocativamente que me hace desear ser yo quien lo haga.
Bill se acomoda sobre mí, tomo mi erección para cuando él vuelva a su sitio, pueda adentrarme en él, pero me lo impide. Hace que me mueva, le dejo guiarme y entonces estoy fuera del jacuzzi, sentado en el borde y me recargo en el frio muro. Bill se incorpora, toma de mis manos y las coloca en el borde, haciendo presión para que no me mueva. Sus labios van a los míos, su lengua se introduce en mi boca y delinea mis labios con ella. Desciende por mi cuello y se detiene para jalonear mi piel. Una punzada me recorre el interior. Sigue descendiendo por mi pecho, dándome pequeños mordiscos donde le apetece, cosa suficiente para que un par de gemidos escaparan de mi boca. Intento mover mis manos, pero su fuerza flacuchenta me lo impide.
—Bill…— le llamo en medio de un jadeo. No me responde.
Bajo la mirada, sus ojos conectan con los míos hasta que se acerca a mi longitud. Suelto mi diestra de su agarre para tomarle de la nuca y acercarle a mí. Penetro en su boca. Cierro los ojos e inclino la cabeza hacia atrás. Mis labios se entreabren cuando hago un suave movimiento de cadera y siento la lengua de Bill recorrer mi longitud y sus labios chupar la punta.
¡Oh, sí!
«Sigue, no te detengas, Precioso ¡SIGUE!» Digo para mis adentros.
Me gusta. Me enciende. Deseo que no pare. Deseo que lo haga con más intensidad. Siento como el calor de mi propia excitación me extingue.
Digo su nombre. Mis dedos se entrelazan a sus cabellos y le tomo con un poco más de fuerza.
Mi interior se llena de pequeñas explosiones de placer. Siento como me sacudo en su boca, como sus dedos tocan ligeramente la base de mi miembro. Rasguña mi vientre. Me muerdo el labio con fuerza.
Estoy al doscientos. No, al mil.
Quiero que continúe. Quiero escucharle decir mi nombre y quiero decir el suyo. Quiero adentrarme en él y mi mente no para mientras él me hace la felación.
Cuando su lengua pasea por el glande me siento fundir. Las piernas me han temblado y abro los ojos para ver si no me he corrido. Todo está tan húmedo que por sentir el placer quemarme desde adentro no me doy cuenta de lo que sucede con las reacciones de mi cuerpo. No, aun no me he corrido.
Sus labios están ligeramente rojizos y brillosos al igual que mi miembro.
—Date la vuelta.
Bill se separa de mí y acerca hasta el otro lado del jacuzzi para darme la espalda, me adentro en el agua y me muevo para posicionarme detrás de él. Llevo sus cabellos hacia adelante para poder besar su espalda, mi mano va a su longitud mientras que mi diestra juega con su entrada. Le veo sonreír. Le doy un guantazo y el agua chispea por todos lados hasta salirse.
Le inclino, me posiciono y estoy dentro. Mis manos se aferran a sus caderas y las suyas sujetan con fuerza el borde del jacuzzi. Mis movimientos son rápidos, tanto que el agua vuelve a chispear y el vaivén hace que ésta se derrame por los bordes.
Los sonidos del agua se combinan con nuestros sonidos de placer.
Llevo mi mano hasta la erección de Bill para darle más placer mientras continuo las penetraciones. Una de sus manos va hasta mi nalga, casi encajándome las uñas, pidiéndome que acelere los movimientos. Lo complazco. Voy más rápido. Esto me gusta. Siento como mi piel arde. Todo se reduce en esto, en el sexo. Es más que un vicio.
Cuando gime mi nombre siento como se ha corrido, pero sigo aumentando los movimientos hasta que logro correrme yo también. Parece que se me escapa la vida misma en un gemido cerca de su oído. Veo como se ha erizado su piel, me separo de su espalda y salgo de Bill, fundiéndome en el agua y detengo su cuerpo cuando se deja caer.
Espero a que mi respiración se calme, pero no puedo. Parece imposible justo ahora. Abrazo el cuerpo de Bill y él se vuelve ligeramente para mirarme.
—Tom…— menciona en voz baja. Le atraigo un poco más a mi cuerpo y él se acomoda para mirarme—. Cumple mi fantasía.
—¿De qué? —cuestiono, lo había olvidado.
Su mano va hasta mi mejilla y después hasta mi nuca.
—Te lo diré esta noche.
—Hazlo ahora.
—No— sonríe y se acerca un poco más—. Sólo te lo diré si tú…
—Las condiciones no tienen lugar— le corto, pero insiste.
—Si tú me dices «Sí» a tres cosas que te pida esta noche, conocerás mi fantasía y estaré dispuesto a todo si tú también lo estás.
Levanto una ceja en gesto incrédulo. Sus palabras me tientan lo suficiente como para considerar acceder a su petición.
No sé qué esté pensando o lo que haya pasado por su mente, pero tengo curiosidad. ¿Será una buena fantasía? Debería serlo como para que yo acepte.
—¿Y qué serían esas tres cosas?
—Eso sólo yo lo sé— me mira triunfante y le posiciono sobre mis piernas.
—Dame una pista.
Estoy sorprendido de mi curiosidad.
Bill últimamente ha sido muy…, no tengo palabras para describirlo. Sabe cómo jugar, y sus acciones solían tener un patrón, cuando lo descubrí llegaron los cambios. Esta nueva faceta de él comienza a gustarme más.
Las fantasías se hicieron de ambos hace tiempo sin importar que no hayamos vuelto a tocar el sado, claro que manteníamos nuestras respectivas posturas, pero que él proponga su propia fantasía sin decirme, esperando que acceda sin siquiera conocer detalles me tiene al borde de la intriga. Quiero saber.
—Confía en mí, Tom.
—No lo sé…
Bill juega con la situación. Se acerca con lentitud, rodeando mi cuello con sus brazos y la distancia es inexistente entre nuestros cuerpos. Siento nuevamente su longitud y como se cruza con la mía. Cierro los ojos y espero sus palabras.
—Por favor— susurra Bill cerca de mis labios—. Compláceme…
&
La cena fue simplemente exquisita. Resultó entretenido charlar con todos, hacía tiempo que no nos veíamos y estaban más interesados en lo que había sucedido en la vida de cada uno que en el resto de la noche. Estar con mis colegas era sencillamente lo mejor, claro, la excepción era la presencia de Leo y su insistencia sobre acercarse a Bill. No demostré emoción alguna. Estaba atento a los movimientos de él y las señales que Bill le enviaba.
Bill me había tentado en ocasiones. Su mirada coqueta me hacía perder la paciencia, creo que todos lo habían notado. Después de nuestro encuentro, me condicionó sobre saber su verdadera fantasía. La idea de que podía pedirme que aceptara cualquier cosa, me mantenía muerto. Más muerto que el hecho de que una pelirroja se ha paseado cerca de la mesa en varias ocasiones. Llevaba un vestido largo que tenía unos destellos dorados, su cabello estaba recogido y de lado el flequillo le cubría el rostro al verla de perfil. Algo en ella me pareció familiar, sé que no es porque las pelirrojas son una debilidad mía, tal vez sea alguna mujer que haya conocido en alguna reunión o quizás no. Ella podría estar pavoneándose para ser invitada a consensuar. Sí, eso debe ser.
La cena ha terminado hace un tiempo, nos hemos quedado charlando, lo cual me ha alejado de las ideas inquietantes que cruzan por mi mente y lo más obvio…, que en ningún momento he soltado la mano de Bill sobre la mesa. Amara me ha lanzado varias miradas, sé que en cuanto tenga una oportunidad me hablará respecto a él. Considero que ella debería saberlo, pero algo me dice que no será capaz de guardar el secreto. No sé si arriesgarme o no.
Intento no pensar en ello.
Jace propone ir por unos tragos. Nos levantamos para dirigirnos allá, pero entonces Bill me toma del brazo y regreso a mi asiento.
—¿Consensuarán en el bar?
—¿Por qué lo dices, Precioso? le acaricio el rostro y él se inclina un poco.
—Porque quiero escucharte decirme «Sí».
—¿A qué cosa? —mis cejas se juntan y le miro confuso.
Su mirada brilla con un destello de coquetería y se acerca para hablarme al oído. Levanto la mirada, sonriendo ligeramente y apoyando el antebrazo en el respaldo de la silla para que mi mano quede libre.
—Quiero elegir a varios de los que hemos estado aquí para jugar esta noche contigo.
Siento una ligera punzada en la entrepierna. Algo se remueve en mi interior e imagino que en efecto esa es la fantasía de Bill; tomarme en una orgía y mandar en el juego.
Que ambición la suya…
Suelto una carcajada y me separo para verle.
—Ni lo creas.
—Insistiré, si no cedes, sé cuál es la otra cosa que te pediré.
Me mira lascivamente. ¡Joder! Me da otra punzada como reacción a sus palabras y sus acciones. Un calorcito se origina en mi interior y sube hasta mi pecho, logrando que el corazón empiece a descolocárseme.
—Debo ir a.…, un sitio.
Se levanta, pero le detengo—. ¿A dónde?
—Al tocador.
Le tomo de la mano y subimos las escaleras del fondo para alcanzar a mis colegas en el bar. Amara se levanta de su asiento, dejando a solas a Noa. Ella intenta aliarse con Bill cuando yo voy a por un trago, pero le aparto de su lado unos segundos sólo para proponerle volver a la habitación y reducir el número de participantes en su fantasía. Sus ojos me miran con diversión y una sonrisa enmarca su rostro.
—Me ha preguntado si somos pareja. No me dejaste responderle.
—No creo que ella necesite una respuesta— menciono al rodearle con los brazos y acerco su cuerpo al mío.
—Quería decírselo— se remueve entre mis brazos—. A todos, a decir verdad.
—Esta noche no quisiera compartirte con nadie, me apetece volver a la suite y jugar nuevamente. Sólo tú y yo, ¿qué dices? —intento distraerle.
—Digo que no quieres dejarme tomar las riendas de un juego. Uno pequeño, mi fantasía…
—No es que no quiera.
—Quiero escucharte decir «sí» —Bill se acerca peligrosamente. Algo trama, lo presiento—. Y si tú quieres, escogeré a un par de extraños y seremos los dos quienes nos entreguemos. Al final, aunque conociéndote ni siquiera empezaremos, dejaré que hagas eso que haces para detener el juego y pasemos a un apartado juntos. Ahí me entregaré a ti, Tom. Y estaré dispuesto a todo…
Sus palabras me dejan en blanco. Su mirada se une a la mía, peligrosa y tentadora, se ve deseoso. Bill está mordiéndose el labio después de humedecerlos.
—Lo consideraré en cinco minutos.
Desvío la mirada fugazmente, Amara se acerca a cortos pasos. Regreso a Bill, se vuelve tan provocativo. Tonto chiquillo, me puede. Bate sus pestañas coquetamente frente a mí. Me quedo perplejo.
—Está bien, Precioso— me dice. Escucho una carcajada femenina.
No puedo con ello… Me inclino y devoro los labios de Bill, castigándole por llamarme así. ¡Qué se ha creído! Él corresponde el beso frenético. Creo que más que castigo, es un triunfo para él.
Muerdo sus labios, le tomó con posesión, me inclino para tener mejor acceso a su boca y lamo sus labios sin permitirle que hiciera lo mismo. Se ríe entre el beso, muerdo por última vez su labio inferior y me separo de él lo suficiente para decirle:
—¿Deberé castigarte la siguiente ocasión en que pretendas llamarme así?
Sonríe cerca de mis labios y va hasta mi oído para soltar una risita que, confieso, logró erizarme la piel.
—Sabes que quiero que lo hagas— susurra lentamente hasta separarse de mí y su rostro coqueto no ha cambiado.
Me planta un último beso en los labios y se dirige al pasillo del fondo. Lo escaneo de arriba-abajo y, repentinamente, Amara me bloquea la vista. Su sonrisa me revela lo que quiere decir. Me vuelvo a la barra, pretendiendo pedir algo, pero ella en verdad es rápida y se planta frente a mí.
—Te despides de él como si ya no lo fueses a ver en días, o qué se yo— se burla—. Él tan sólo va al tocador.
—Lo sé.
—Te ha dicho «Precioso».
—¡Shhht! Amara…— advierto algo avergonzado y me pido un whisky.
—¿Es un secreto? ¡Ja, Ja! Lo siento— se apega a mi cuerpo—. No puedo evitarlo, quiero saber, Tom.
¿Ya son…?
Inquiere con entusiasmo, pero la corto antes de que diga algo más—. ¿Y Jace?
Distraerla no parece funcionar. Me vuelvo, veo a Noa sentado en unos sillones al fondo, charlando con la pelirroja que vi durante la cena.
—Espera, ¿conoces a la pelirroja que está con Noa? Hey, ¿Jace y Leo dónde están? —me muevo para verla, pero no puedo, Amara me bloquea.
—No me des vueltas, ellos no importan— me toma el rostro para que la vea—. Ya dime, ¿lo son? —me vuelvo hacia ella.
—¿Por qué preguntas?
—Dime. ¿Son pareja?
—¡Amara! —la callo al apartarla de mí.
—¡Por favor! Solo hace falta notar la forma en la que lo miras y darse cuenta que esa devoción no es cualquier cosa. Y todo este tiempo creí que al tomar su mano lo hacías en gesto posesivo ya que Leo estaba presente.
—Pues…
—Es tu… Espera. ¿Está bien que diga novio?
—¡Shhht! ¿Te parece noticia el que sea mi pareja? Él me gusta, está conmigo, le quiero— confieso en un tono bajo. Algo se remueve en mi interior—. Lo es desde que nos reunimos después de su cumpleaños. Tener una relación me gusta y también me resulta extraño. Volver a lo que era antes de que me dejara involucrar en esto por ti, antes de dejarme llevar y considerar el placer la punta de mi vida. Ahora las cosas son tan diferentes y no estoy seguro de querer que todos se enteren. No sé por qué.
Lo cierto es que sí sabía.
—¿Por qué no lo dijiste?
—No veo porqué hacerlo.
—Entonces llevan unos… ¿Cinco meses?
—Seis.
—¿Alguien más lo sabe?
—Hasta ahora solo tú y así serán las cosas por el momento— lanzo una ligera advertencia.
—¿Entonces no lo dirás abiertamente, Tom?
Las palabras de Amara me congelan. No sé si responder o no. He evitado ese cuestionamiento que incluso yo me he hecho.
Compartimos miradas y me siento tenso.
—No quise decir…
—Está bien, Amara— la calmo.
—¿Tom?
Escucho la voz de Bill y le veo a unos pasos de distancia. Para cuando se planta junto a mí, sus cejas se levantan y mira a Amara.
—Hey, Amara, que bueno que sigas aquí. Iba a decirte que…
—Ya lo sabe— le interrumpo asumiendo que iba a decirle sobre nuestra relación.
—¿Se lo has dicho? —inquiere.
—Lo ha hecho— confiesa Amara sonriente y Bill se vuelve a verme.
—¡Perfecto! Bueno… ¿Ya me tienes una respuesta, Preci…?
—¡Sí! —cubro sus labios antes de que termine y él sonríe divertido—. La respuesta es sí. Amara contiene una carcajada y siento las mejillas arder ligeramente.
—Noa está por allá, iré a contarle de qué se trata.
Le dedico un ligero asentimiento antes de besarlo y se dirige al final del salón.
—¿Qué fue todo eso? —inquiere.
—Esta noche le complaceré.
—Es broma, ¿verdad?
—No, claro que no— suelto una risa y me pido otro trago.
De repente la risa de Amara se detiene y extrañado la miro para preguntarle. Luce bastante sorprendida, ¿Jace está con otra mujer?
—¿Te pasa algo?
—Yo… mmm… ¿Quieres que salgamos un rato? —me toma del brazo y me hace caminar un par de pasos, pero me detengo—. Anda, salgamos, que aquí me sofoco.
—Pero Bill…
—Sí, sí, sí. Tú acompáñame y volvemos por Bill cuando deje de hablar con Noa— se muerde el labio y me quita la bebida de la mano—. Tom, vamos— me toma las manos.
Su expresión no me agrada. La miro con seriedad y me vuelo para ver al final del salón. Jace está con Noa, el rubio hace amago de acercarse, pero cuando nuestras miradas se unen, él se congela. Busco a Bill, tal vez Noa me ha mirado así porque le ha visto con Leo. Sí, lo encuentro sentado en otro sillón, sonríe por algo que Leo le ha dicho y siento como si algo dentro de mí se desvaneciera o se incendiara.
Esa pelirroja que había visto es Alina. ¡Es ella! Bill no sabe nada, está en medio de Leo y de Alina.
¡Está junto a ella! ¡Mierda! ¡¿Cómo es posible…!? Después de tanto tiempo…, después de todo lo sucedido, se presenta así. ¡¿SÓLO ASÍ?! ¡NO! ¡NO! ¡NO!
Mi mirada se conecta con la suya, levanta las cejas y sonríe con malicia, provocándome mientras toca una mano de Bill y suelta una carcajada.
—No lo hagas…
Hago caso omiso a la detención de Amara y paso de Noa en el camino.
—Tom, cuanto tiempo sin verte— me saluda cuando estoy frente a ellos. La miro con recelo.
—Nos vamos.
Le tiendo la mano a Bill y halo de él para alejarnos de ahí.
—¿Qué pasa, Tom? —cuestiona. No le respondo. Bajamos las escaleras y salimos del lugar—. Hey, Tom. ¡Hey!
Me detengo en seco cuando salimos del lugar y él me mira confundido.
—¿Qué fue eso?
—Nada, sólo vámonos.
—¿Qué pasa? ¿Te han dado celos al verme con Leo? ¡Dime! —exige una respuesta. El corazón me da un vuelco y dudo sobre responder.
—Sí, fueron celos— digo después de haberle mirado en silencio.
Joder, mentirle respecto a ella me ha matado. Pero no puedo decirle. No debe saber que ella era Alina. No puede…
Continúa…
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Quedate con alina Tom 😡😡😡