Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 28

Después de haber sido los primeros en irnos con Noa, me mantuve pensativo hasta que determiné que incluso poner distancia no era lo mejor en estos momentos. Fingí que no pasaba nada durante un tiempo hasta que Bill cambió su gesto y me dejé llevar por él porque así lo quería y le di mi palabra sobre complacerlo esta noche.

La segunda cosa que me pidió fue usar un antifaz en la habitación de juegos. No pude decirle que no. La idea me tenía sumamente tentado.

Bill escogió a unos de los cuantos conocidos de Noa una vez habíamos llegado a la reunión y nos los presentó. Consensuar fue diferente esta ocasión, no pude dar detalles dado que no tenía idea de lo que Bill quería a fondo y, aun así, no necesitaba decir nada más. No se negaron. Los lobos tenían los ojos puestos en Bill y estaban ansiosos por esperar mi permiso para poder tocarlo.

La habitación parecía más grande de lo normal. La iluminación no era tan intensa y las paredes de terciopelo escarlata hacían ver el lugar un poco más íntimo. En medio de la enorme cama estaba el antifaz que, una vez estando nosotros ahí, Bill me colocó en los ojos. Sentía familiaridad hacia aquel día en que invité a mis colegas a disfrutar de él en una orgía y cuando me di gusto en ver su piel rojiza solo para mi deleite. No dejé de pensar por un segundo sobre esa posibilidad, aunque no creí que Bill fuese a pedirme le dejara utilizar una fusta en mí. Claro que me negaría por completo. Quien sigue mandando soy yo sin importar que haya aceptado sus peticiones.

Me desnudó y enseguida se deshizo de sus prendas. Quedamos tendidos en la cama y solo podía pensar en cuan delicioso se vería su cuerpo. Quería apreciarlo. Quería poder ver cómo se arqueaba, como sus muecas podían excitarme aún más. Quería notar cuando su piel se erizara por mi causa o la de alguien más. ¡Joder! Por momentos me sentí incapaz de poder soportar el hecho de no ver su tatuaje de estrella.

Sus manos subieron las mías a la altura de mi cabeza, yo jugué con la situación. No mandaría en mí por mucho que esa fuera su fantasía. Usar la fuerza fue necesario, invertí las posiciones para apartarle de mí, pero él también lo hizo un par de veces. Primero él encima mío, después yo sobre él, girando así solo hacía la izquierda o derecha hasta que solo hubo un ganador: él.

Bien, le di gusto y me dejé ganar.

A causa del forcejeo, la respiración se me agitó y al ponerme de horcajadas sobre él o Bill sobre mí, podía sentir su erección friccionarse contra la mía.

Cada caricia sobre mi piel, logra dejarme un ligero hormigueo y después éste ardía, formando caminos irrepetibles y logrando excitarme aún más. Sus labios van a los míos, tentándome hasta profundizar.

Necesito hacerlo mío.

Bill impuso un ritmo difícil de seguir; primero sus manos repartían caricias, luego sus labios acallaban la excitación que expresaba mediante jadeos y sus mordiscos enardecían lo anterior. Hacía cada uno de ellos en orden diferente, dejándome en blanco cuando se dedicaba a hacer algo diferente a lo que ya tenía contemplado. Después volvía a un ritmo sutil, pero no duraba mucho, se tornaba desesperado, caliente, fuerte e intenso. Hacía lo que quería. Me llevaba quizás uno o dos pasos a la delantera en este juego.

Todas las veces en las que lo había tentado, fue en este momento cuando lo hizo conmigo. Me lo dijo…, era su «placentera venganza».

No lo resistía. Me ponía cada vez más duro y deseoso de poseerlo.

Sin ver absolutamente nada y limitándome a mis otros sentidos, las cosas me parecían cada vez más intensas. Me ha puesto en su lugar. Bill está haciéndome ver cómo disfruta cuando yo hago este tipo de cosas para él.

Escucho murmullos. Entre las personas con las que recién habíamos consensuado, sería difícil adivinar quién se nos acercaba. No podía distinguir de quiénes eran las manos que paseaban por mi cuerpo y mucho menos tenía idea de quien se acercaba a Bill, pero a él no se le ha escapado nada. Pidió que dijeran su nombre cuando se me acercaran.

Uno a uno, lo hicieron, pero solo podía reconocer el tacto y los labios de alguien: Bill. No se había alejado tanto de mí.

Imaginaba gracias a los sonidos de placer como es que los cuerpos de esas personas se friccionaban unos contra otros y conmigo. Como se estimulaban y como lo hacían para mí. Imaginaba como era ver aquella escena de nosotros dos en medio de la orgía.

¡Joder! Me carbonizaba.

Bill dijo algo a mi oído y descendió en besos hasta mi longitud.

Sentí un vuelco tremendo en el interior y como algo podía explotar en mi pecho para expandir todo el calor por mi cuerpo. Mis latidos parecían escasos porque no lograba sentirlos. Mi respiración era tan pesada como la de la mujer que lamía el lóbulo de mi oreja, arañaba mi pecho y me invitaba a estimularla. Ésta mujer descendió igual que Bill para que sus lenguas jugaran con mi erección. Me mordí el labio lo más fuerte posible para no dejar escapar un gemido ronco en el momento justo en que las mejillas de Bill acariciaron el interior de mis muslos. Sentí sus uñas encajarse en mi piel y al separarse para venir hasta mí, dibujó cerca de mi oblicuo lo que distinguí como la inicial de su nombre.

¡No, joder! Que estoy a punto de…

De mis labios escapó un jadeo cuando la habilidosa lengua de la mujer delineó el glande de una manera jodidamente deliciosa.

Podía escuchar como los hombres con los que había consensuado, se dejaban llevar por las mujeres que nos rodeaban. Si tan solo pudiese apreciarlo todo… El morbo me pone. Quiero deshacerme del antifaz.

Tom…

Bill susurra mi nombre y la superficie sobre mi cabeza comenzaba a sumirse. Unos labios se posaron sobre mi frente, descendiendo, besando mi nariz hasta llegar a mis labios. En su boca llevaba el verdadero sabor del sexo. Sus manos se hundían en la acojinada superficie junto a mi cabeza, le tomé de las muñecas y asalté su boca. Su lengua delineó mis labios, paseando con lentitud sobre mi labio inferior.

¡Mmm!

Él sabe que eso me carboniza.

Continuó hasta la comisura de mis labios, me separé de él, mordisqueé su mejilla hasta que volvió a besarme, sumamente ansioso.

Una corriente eléctrica hizo que encogiera levemente las piernas, me curveara y levantara las caderas.

Voy a follarte— le dije y tan solo sentí su sonrisa sobre mis labios. Dejó escapar su aliento tibio sobre mí y volvió a besarme.

Leo… ¡Mmm! Escuché a Bill gemir. Me detuve al instante.

No podía… Bill estaba besándome ¡¿Que mier.…?!

Alguien se movió de mí, lográndome dejar aún más aturdido.

Volví a escuchar a Bill gemir el nombre de Leo, me quité el antifaz de inmediato y me removí entre las personas que me rodeaban. Me incorporé y casi al pie de la cama vi a Leo. Bill estaba ahí, recibiéndolo satisfactoriamente y Leo le había dado un guantazo, inclinando su cuerpo sobre la espalda de Bill y su mano se dirigió a su erección para estimularle.

Le había llamado «Precioso».

¡ESO JAMÁS!

Me hice espacio entre todos, una mano sujetó de mi muñeca hasta que me zafé de su agarre sin siquiera mirarle.

Bill mordió su labio inferior y sus ojos permanecían cerrados, a comparación de Morgan, quien me miraba detenidamente con una sonrisa maliciosa en el rostro, cantando victoria por haber conseguido lo que siempre quiso. Pero eso se acababa aquí.

Toqué su hombro con dos dedos y en un murmullo, medio gruñí el nombre de Bill. Me miró con los ojos muy abiertos. Le tomo de la muñeca una vez Leo sale de él y le hago seguirme hasta el pequeño apartado donde yacían las pertenencias de todos y corrí la cortina carmesí. Bill va sobre mí de inmediato, intentando devorar mis labios, pero le aparto y miro con severidad.

Le pareció divertido. Había conseguido hacerme enfadar de verdad. Había conseguido aquello que quería.

Bill quería un castigo y también eso iba a complacerle.

Recuerdo haberte dejado algo muy claro…— le digo tomando su barbilla hasta apretar su quijada y llevarle contra la pared—. Pese a que eres lo que cualquiera desearía…

Mhum…

¡Calla! —le suelto, tomo sus muñecas y las llevo arriba. Me acerco a su oído y él ladea la cabeza—

. Te dije que precisamente no te compartiría con Leo, ¿recuerdas? Parecía que lo disfrutabas mucho y me he puesto celoso, Bill. Sí, en verdad estoy muerto de celos. Ahora conoces la diferencia de quien ha entrado a tu cuerpo a como lo he hecho yo durante todo este tiempo.

Castígame…— dice en medio de un gemido.

Sí, te lo mereces— menciono al ver que sonríe—. Y debo hacerte notar que es a mí a quien perteneces. Debo usar la fuerza, Precioso, para que lo recuerdes la próxima ocasión.

Le llevé a la esquina, frente al mueble con el espejo. Las manos de Bill sujetaron fuertemente el borde cuando le llevé contra éste y el espejo se tambaleó. Tomo de su mentón para que alce la mirada, sus ojos conectan con los míos por el reflejo, aprieto su mandíbula para acallar sus gemidos cuando me adentraba en él tan fuerte y profundo me era posible.

Sus piernas temblaron, la fuerza en sus brazos escaseó y la mirada se le nublaba a cada embestida.

.

Quería saber cuál iba a ser la tercera cosa que me pediría, pero nunca lo dijo. Le castigué.

Le hice ver la diferencia de cuando yo entraba a su cuerpo a cuando Leo lo hizo en mi lugar. El recuerdo de aquello aún se reflejaba en mi cuerpo y en el de él.

Tengo la mirada perdida en el techo, intentando comprender en qué momento confundí a Bill con alguien más y sobre todo el hecho de que había besado a alguien y me había aferrado a no dejarle cuando no era él.

Intento pensar en cómo es que sucedieron las cosas, pero no puedo. No entiendo.

Los jodidos celos me llevaron a lo que hice. Sabía lo que pensaba respecto a Leo y aun así dejó que le tomara.

Desvío la mirada, su cuerpo está tendido junto al mío en la cama. Olvidé a qué hora logró colarse en mis sábanas. No es la primera vez que hace esto cuando sabe que ha hecho mal. No estoy seguro de poder perdonarle lo de esta noche. Pero sé que no puedo hacer lo mismo cuando yo también le he engañado, pero las circunstancias son diferentes. Alina se ha aparecido y Bill no debe saberlo.

No me termino de creer cómo es que Noa no logró reconocerla. No comprendo cómo es que nadie hizo nada. Y ni siquiera yo supe qué hacer, lo que importaba es que no tuviese contacto con Bill. Podría estropearlo todo y lo nuestro se acabaría, tenía ese presentimiento de que algo iba a suceder, pero es mi jodida obsesividad la que me ha hecho darle unas mil vueltas al asunto. Repaso los hechos mentalmente sin poder encontrar una respuesta, pero me es imposible.

El teléfono comienza a sonar y lo descuelgo para que el ruido no despierte a Bill. Él se mueve y gira en la cama hasta darme la espalda. Suelta un suspiro y sigue durmiendo. Espero unos momentos más, me levanto con cuidado y salgo de la habitación con sigilo hasta poder contestar.

—Diga.

—Señor Kaulitz, lamento importunar…— me dice un hombre en la otra línea. Me quedo pensativo. ¿Qué hora es?

—¿Qué quiere? —froto el revés de mi mano contra mis ojos y me dirijo al living, tomo mis cigarrillos y salgo al balcón dispuesto a fumar.

—Hay una persona en el lobby que dice conocerle y quiere saber el número de su habitación. Ha insistido tanto que tuve que negociar esta llamada para que se marchara. Nuestro hotel no puede permitirse escándalos de cualquier tipo.

Escuchar aquello me inquieta.

—¿Quién es?

—Una mujer llamada Alina Thomson.

Sus palabras me dejan petrificado antes de que encienda el cigarrillo y lo lleve hasta mis labios.

—Insistió en que usted la conoce y…

—Dígale que no se mueva de ahí, voy en seguida— termino la llamada.

Vuelvo a la habitación a por un cambio de ropa, tomo la llave de la suite y salgo directo al lobby con los cigarrillos en la mano. El ascensor no se detiene, veo los números ir rápidamente en la pantalla cerca de la puerta izquierda y estoy tentado en presionar el botón rojo para detenerlo y quedarme aquí. Sé que en cuanto las puertas se abran, ella me verá y entonces no habrá regreso alguno. Caminaré hasta ella y, después de mucho tiempo, volveremos a cruzar palabras. Volveré a verle y eso solo me puede hacer sentir enfermo. Asqueado. Muerto.

El sonido del ascensor diciendo que he llegado al lobby, me hace levantar la mirada y las puertas se abren.

Ahí está ella.

No me ve porque está dándome la espalda y salgo antes de que las puertas se cierren.

El corazón comienza a latirme desbocadamente. Las manos me hormiguean y me siento entre nervioso y fúrico ante su cinismo por presentarse aquí.

Avanzo hasta ella y le tomo por el brazo para hacerla volverse a verme. Su mueca de sorpresa me deja extrañado.

—Si quieres que hablemos, cierra la boca y sígueme— le digo. No espero respuesta.

Avanzo por el pasillo lateral del lobby y escucho sus pasos ir detrás de los míos sin siquiera decir nada. Antes de salir al jardín del hotel, tomo un cigarrillo y el zippo para encenderlo. Necesito esto.

Me alejo un poco, no quiero que estemos tan visibles. Pasamos un pequeño laberinto de arbustos cortos y camino por una vereda hasta una de las fuentes. Me detengo y vuelvo para verle. La cantidad de palabras que podría ahora escupir en su cara revolotean en mi mente y no salen. Me limito a mirarle, ella, por su parte, sonríe de una manera tan…

—Oh, vamos. Alina, déjame decirte que la arrogancia se gana. No puedes serlo sólo porque sí.

—¿Te sientes intimidado? Parece disfrutar del momento. La sangre me bulle.

—¡Por favor! —le suelto con ironía, ella tuerce los labios—. Lo único que puedo sentir por ti es desprecio. Así que, sin rodeos, dime qué es lo que quieres.

—Quiero volver— menciona en seco. Extiende el brazo y me quita el cigarrillo para llevárselo a los labios.

—¿Tú? ¿Volver? —le arrebato el cigarrillo y arrojo al suelo cuando deja escapar el humo en mi rostro—. ¿Por qué? ¿Al millonario en turno se le acabaron los fondos en las cuentas bancarias? ¿O es que solo quieres joder?

—Vamos, Tom… tú me has estado esperando y eso lo sé— se pavonea al pasar de mí y me rodea a paso lento—. Sé que ese chiquillo con el que estás no es nada serio, como nadie en tu vida.

—Eso lo fuiste tú— agarro de su muñeca y hago que se detenga cuando pasa delante de mí, dispuesta a volverme a rodear—. Hasta podría decir que no fuiste nada.

—No, querido— se suelta de mi agarre—. Yo sí fui alguien en tu vida, a mí no me engañas.

—Te fuiste— le reclamo. No comprendo por qué lo he hecho.

—Creo que en el fondo no somos tan diferentes como creíamos— se encoge de hombros y seguido toma mi mano, la suelto con desdén—. No estábamos listos para algo más.

—No me jodas ahora con eso.

—Sé que aún me quieres— dice en tono meloso.

—¿Es necesario que lo repita? Bien…, bien. Lo único que puedo sentir por ti es desprecio— menciono apretando los dientes, conteniendo la frustración—. Eres una persona que jamás debí haber conocido y, lamentablemente, tuve que estar mal para darme cuenta de lo oportunista que eras. Siempre en búsqueda de peces gordos, forrados de dinero y tarjetas de crédito. Así como te vendiste a mí, lo harías ante cualquiera. Y haz de saber que justo ahora estoy tan furioso y muerto de rabia que… ¡No soporto el hecho de tener que verte!

—Eres un…

—No me sorprende que estés de vuelta— la corto de inmediato—. Siempre supe que eras de las personas que regresan ante la necesidad.

—¡Oye!

—… Y rogarme no te servirá de nada, porque no me interesa lo que tengas y lo que jures darme. No quiero nada que venga de ti. ¡Quédatelo!

—¡Tú a mí me vas a escuchar! —declara, pero me vale mierda.

—¡Vete! Regresa sobre tus pasos y dile al hombre con quien estas ahora que te arrepientes de dejarle. O ve en búsqueda de otro, y si no funciona, ve a con otro.

—¿Sabes qué pienso ante tus críticas…?

—Pero Alina, esas no eran críticas. Te he descrito tal cual, ¿o es que la verdad ahora te duele?

—¡No te consiento…!

—¡¿Qué cosa?! No dice nada.

Suelto una risa entre nerviosa e impotente, y algo en el interior me tiembla. Es difícil poder estar frente a ella y decir a medias lo que siempre quise que supiera. Todas las palabras se me quedan estancadas en la garganta, formándome un nudo.

Le doy la espalda, suelto la respiración y paso la palma de mi mano por mi rostro para desvanecer lo bloqueado que debo verme mientras regreso. Intento alejarme, pero no sigo avanzando. Las cosas no van a terminar así.

—Dime cuanto— digo al volverme.

—¿Cuánto de qué?

—¿Cuánto quieres para desaparecer de mi vida nuevamente? —menciono al volverme a verla.

La indignación enmarca su rostro. La veo echar fuego por los ojos. Me fulmina con la mirada, levanta la barbilla, intentando demostrar que no la he jodido.

—Sucede que tú intentas hacerme ver que no me necesitas, pero a decir verdad es que Bill no es más que mi remplazo. Lo sé.

Escucharle decir eso en verdad me enciende. Pude haberla bofeteado, pero no, no soy esa clase de persona.

—¿Reemplazo? ¡Vamos, que él no es como tú! —le suelto una risa fría.

—Te pesa admitirlo. Y te pesa también el reconocer que no habrá nadie como yo— me levanta la voz.

¡Joder! ¡Me desespera!

—En verdad quiero saber en qué clase de fantasía te basas para decir semejante estupidez— acorto la distancia—. Debes saber una cosa; ni porque vengas tú o todas las putas del mundo, voy a dejarle.

—Tú no eres así, Tom. Te lo recuerdo— intenta restregarme eso en la cara. Pobre…

—Pues las cosas cambiaron. Así que, si viniste hasta aquí para rogarme volver y que deje a Bill, puedes regresar por donde hemos venido.

Su gesto cambia de uno de rabia a una sonrisa triunfante.

—¿Ya se te olvidó el buen rato que pasamos esta noche? Respondiste a mis labios como esperaba que lo hicieras.

La miro sin entender de lo que habla. Mis cejas se juntan y siento la cara arder de rabia.

—Logré entrar Tom. A decir verdad, no fue tan difícil, y Leo entró como si nada y yo le seguí.

—O sea que tú eras quien…

—Y no querías soltarme. Me besaste como hace años no lo hacías y solo pude desear que me tomaras. Quería que tú y yo…

—¡Fuiste tú! —le tomo por los codos, más que descolocado.

Estoy luchando por contener los impulsos y no hacer nada estúpido, pero ¡JODER! ¡QUE NO PUEDO!

—En ese beso me demostraste lo único que necesitaba saber. Así que… sí, tú aun me quieres y deseas que me quede a tu lado.

—Tú fuiste un error y creo que sabes que yo no soy la clase de persona que cometa errores dos veces o siquiera que se perdone el haberlos cometido. Así que entiende esto de una vez…

—¡¿Y que se supone que debo entender!? —estalla, arrojando su diminuto bolso al suelo—. ¡¿Debo entender que me has dejado por ese chiquillo?! ¡¿Debo entender que ahora solo me desprecias?!

¿Eh? ¡A ti no te van los hombres! —y de la nada sus ojos se inundan en lágrimas—. ¡Qué clase de persona eres!

—No te quiero cerca.

—¡Yo te quiero! Y estoy dispuesta a todo con tal de que me dejes volver y ser como antes. ¡Sé que lo deseas!

La miro detenidamente. No sé a quién cree que engaña. No podrá volver a verme la cara, la conozco lo suficiente como para reconocer sus chantajes. Eso no ablanda mi corazón, al contrario.

—Bill, ese chiquillo que según no es nadie, es incluso mucho mejor persona que tú. Está conmigo. Somos pareja y vienes tú, inventando que aún te quiero, que estoy interesado en que vuelvas y no sé cuánta mierda más… ¡No! Yo lo elijo a él. Mil veces y sobre ti siempre lo voy a elegir a él. Así que espero que quede claro que no me importa que vengas ahora a implorarme, yo jamás te volvería a ver como alguien en mi vida— le lanzo una mirada seria—. Y no importa cuán indignada te sientas. No importa cuán estúpido pienses que soy. Me importa una mierda. Fuiste un error.

—Te vas arrepentir…

—No, no, no. De lo que me arrepiento es de haberte dejado creer que eras alguien para mí. De eso es de lo que me arrepiento. Y te advierto que no importa si te alías con Leo o vuelves a presentarte, hay formas de poder sacarte del juego. Estoy dispuesto a darte la cantidad que quieras, cuando quieras y puedes venir a joderme a mí, pero a Bill ni te acerques porque en serio me vas a conocer— añado con determinación, levantando un dedo en señal de advertencia frente a su nariz.

No podría sentirme más que descolocado después de lo rápido que he hablado. Estoy agitado ante la ira que me ha hecho sentir y sé que se avecina la impotencia.

Más mosqueada no puede estar.

—Te voy a demostrar lo contrario, Tom.

&

Algo logró despertarme. Reconocí el sonido, era el móvil de Tom e intenté parecer más lúcido, pero estaba realmente fatigado.

Me moví en la cama y me di cuenta de su ausencia. Eso fue lo que me devolvió en mis cinco sentidos por completo.

Eché un vistazo en el baño y en el living, pero no estaba. Regresé a la habitación, su móvil seguía timbrando en la mesita de noche, la pantalla iluminada me mostró varios mensajes de Noa.

«Va al hotel…»

«¿Qué ha sucedido, Tom?»

«No te pases, responde»

«¿Qué sucede con Bill?»

No puedo responder los mensajes, el móvil tiene clave. ¡Mierda!

¿Quién viene a verle? ¿Por qué a esta hora? Pasan de las cuatro. ¿Qué debería yo de saber? ¿Qué se supone debería pasar?

La llave de la suite no se encuentra en la otra mesita de noche. Miro atento cada espacio en la habitación y la puerta medio abierta del closet me hace levantarme de un salto. Tom ha salido. Si no está aquí solo pudo haber salido a verse con alguien. Y eso me inquieta. No sé a quién se refiere Noa.

No entiendo esto, pero no voy a esperar a que vuelva. Voy hasta mi habitación y visto lo primero que encuentro. Salgo con el móvil de Tom en las manos, si Noa llama, sabré qué es lo que sucede. Quizás se trate de Leo. Quizás vino para decirle algo a Tom y, él encendido, podría golpearlo. O Leo podría golpear a Tom y todo por mi culpa. No debí hacer eso en la habitación de juegos… sé que no debí. ¡Que estúpido!

Bajo en el ascensor y al llegar al lobby, echo un vistazo y la mujer de la recepción me reconoce. Es ella quien me ha visto entrar y salir con Tom un sinfín de veces.

—Buenas noches— saluda con extrañeza y me escanea con la mirada.

Dudo sobre acercarme, pero quizás ella le vio y yo no sé por dónde empezar a buscar.

—Yo…, me preguntaba si…

—¿Sí?

—¿No ha visto a.…?

—¿Quién? ¿El señor Kaulitz? —me pregunta y le dedico un asentimiento—. Creí haberlo visto ir al bar. Es por el pasillo de la izquierda y después a la derecha. A esta hora, todos van al bar por el insomnio, supongo.

Me dirijo por donde me ha indicado sin agradecerle. Camino con nerviosismo, esperando a que el móvil suene. No importa si es un mensaje, quiero saber de qué va esto. Giro a la derecha. Los cristales me rodean en el pasillo y sigo por éste, al final veo la entrada del bar. Desvió la mirada a la izquierda y miro con nerviosismo el jardín del hotel.

No puedo dejar de pensar en que si la persona que venía aquí era Leo y Tom ha quedado de encontrarse con él.

Esto acabará mal, lo sé.

Me detengo en seco. El móvil suena entre mis manos y lo miro detenidamente. Es otro mensaje de Noa.

«Se acabó, voy para allá»

El corazón me tiembla por la incertidumbre. Levanto la mirada para ver hacia la puerta del bar y me pienso un par de veces el acercarme o irme de una vez. No puedo, estoy en blanco. De repente todo se me borra y voy al muro de cristales en la derecha, haciendo amago de medio recargarme, pero al fijar la vista afuera, le veo. Lo reconozco ante la distancia, está en el jardín, frente a la fuente del fondo y se encuentra con alguien, pero no es Leo. Es una mujer.

Regreso rápido sobre mis pasos hasta la salida que da al jardín y camino sobre el césped para acortar el camino, saltándome las flores y un par de arbustos diminutos.

¿Quién es ella?

Tom luce furioso y mueve sus manos para expresarse delante de esa mujer, pero no la distingo a ella. Se mueve, rodea a Tom hasta que su rostro es visible solo por unos segundos. Me quedo estático. Es ella. Aquella que estaba con Leo y conmigo e insistió en no decir su nombre hasta que le dijera qué era Tom de mí.

Me muerdo el labio, nervioso, confundido y a punto de tomar impulso para correr hasta Tom y saber por qué diablos se están levantando la voz. Espetó algo sobre volver y aceptar lo que sienten.

No comprendo. Me quedo ahí plantado, ni siquiera estoy cerca y sus gritos se escuchan hasta aquí.

—Te lo estoy pidiendo por las buenas.

—¡Basta, Alina!

—A… ¿A-Alina? —que me cae de peso pronunciar su nombre.

¿Es ella? ¿Qué hace aquí? ¿Qué quiere? ¿Por qué está noche estuvo cerca de nosotros? ¿Por qué Tom accedió a verla?

—Estuve con ella… le hablé. Hablé con Alina y…— apenas y me sale la voz—. Y él no dijo nada.

Todo se viene abajo. No comprendo cómo es que Tom se quedó callado respecto a ella. No entiendo cómo es que accedió a verla, por qué permite que se le acerque, por qué sigue hablándole. ¡¿Por qué?!

Ella se inclina sobre Tom y él no hace nada más que tomarla de la cintura y aceptar el beso que le da.

Tom la aceptó y aquello provoca que el corazón me deje de latir. Se me va el aliento, mis ojos se vuelven agua y, pedacito a pedacito, siento como el corazón sube hasta mi garganta solo para hacerme atragantar con lo que estaba sintiendo.

Retrocedo y, aunque Tom la aparta y se borra el beso, el daño estaba hecho. Les di la espalda, apresurando el paso para volver al hotel.

Duele…

¡No! Joder, que esto no…

No puedo contenerlo. Me quedo sin aire e intento recuperarlo a bocanadas entre sollozos. Algo en mi interior se ha quebrado. Lo nuestro era… era… Nada.

No sé qué tanto teníamos o qué tan poco para llegar a esto.

Estoy cerca de la recepción y no puedo dejar que me vean así; asustado y tembloroso. Empujo la puerta y subo las escaleras, apenas soportando lo que me consume.

Éramos «nosotros».

Lo único que yo tenía, ahora era suyo. Lo que él temía exponer, me lo había dado. Después de haber intentado, al fin conseguimos estar juntos. Estar bien. En los peores momentos estábamos ahí, y aún más en los mejores, los cuales eran innumerables y ahora… ¿Ya no estaría? ¿Iba a dejarme? Así como tuvo el poder para envolverme en su vida, podría echarme.

Después de todo… ¡Todo! Yo creí en sus palabras. Creí que esto había sido lo mejor que pude haber tenido. No puede acabarse así. Debe significar que lo que prometimos e intentamos construir, ahora es poca cosa.

Nada me había dolido más que esto. Nada.

Olvidar aquella escena era imposible. Cerraba los ojos para contener las lágrimas y volvía a verla.

¡Mierda! Que me deshago por dentro. No puedo. No soy tan fuerte.

Sentí que Tom había arrojado muy lejos lo mucho que pude darle y lo que nos distinguía estaba desapareciendo, así como yo. Y no quiero. No quiero volverme invisible justo ahora. Yo…, sé que hice mal y que incluso él se ha equivocado, pero… ¡¿Por qué ahora?! ¡¿Por qué ella ha vuelto?! ¿Por qué me mintió? Supo de Alina desde el inicio de la velada y, ¿por qué no quiso decirme? ¿Qué es lo que temía? No consigo pensar en una respuesta.

Mi corazón, que creía inexistente desde hace un momento, volvió a temblar. Quería llorar.

Quería gritar.

Quería…, yo quería… ¡Mierda! Que esto no puede estar pasando.

¡No.…!

Me sostengo del antepecho cuando tropiezo en uno de los últimos escalones.

¡El dije!

Llevo mi mano con desesperación hasta mi pecho, ojalá no se haya caído… ¡Oh! No lo tengo.

¿Dónde…? ¡Dónde…!

No me muevo, me he acordado que Tom me lo quitó.

Me muerdo el labio inferior con fuerza. Ahora entiendo. No quería que lo usara porque ella iba a aparecer. No significo nada más para él y seguro justo ahora lo habrá dejado olvidado en algún lugar, así como a mí.

Tomo una profunda respiración para calmarme. Debo hacerlo. Lo intento. Me toma unos minutos, pero sigo temblando en hipidos. Llego a mi piso y empujo la puerta al mismo tiempo que me limpio los ojos para ver por donde camino. Avanzo por el pasillo, cabizbajo, intentando no tropezar con mis pies y conteniendo los sollozos. Los labios me tiemblan y siento que lloraré con más fuerza.

Debo dejar de pensar en lo que me partió en pedazos y todo lo que sentía por él… ¡Oh, joder! Ni siquiera puedo decir que no le quiero. Porque lo hago ¡Le quiero! Y él… ¿ya no me quiere? Yo creí ciegamente en los «Te quiero» que me había dicho. Le creí cuando me lo dijo por primera vez y entonces…, ahora solo puedo esperar que me diga que ya no siente eso por mí.

Levanto la mirada al pasar frente al ascensor y éste abre sus puertas. Miro al interior y es él. Es Tom, pero justo ahora luce como un extraño. Se ve dolido, dudoso sobre decir algo, y confundido por verme. Me escanea con la mirada.

Creí que todo era real. ¡Que rabia! ¡¿Cómo pudo…?!

Debería odiarle. Las cosas serían más fáciles justo ahora, pero no puedo. Es muy tarde. Me he desmoronado frente a él.

Las lágrimas se deslizan por mis mejillas y yo sólo pude cuestionarle:

—¿Por qué, Tom?

Continúa…

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