Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 29

Y justo cuando creí que más impotencia no podía sentir ante la rabia, me quedé estático, mirándole de pies a cabeza, siendo incapaz de detener las lágrimas o los temblores de mi cuerpo. Sintiéndome estúpido. Engañado. Roto…

Discutimos.

No importó cuán desesperado se veía por intentar controlar la situación, incluso a mí. Estallé y escupí en su rostro todo el dolor que sentía. Fui incapaz de escuchar su justificación, lo que vi fue suficiente y aquella imagen no dejaba de repetirse en mi mente. No iba a permitirle declarar lo contrario, ¿de qué privilegios gozaría en todo caso? De ninguno. Mi idea no iba a cambiar, tenía claro cómo serían las cosas de ahora en adelante y de cómo habían sido en realidad. Me aferro a ello y no voy a perdonárselo. No esto.

No quería nada de él. Absolutamente nada. Sus intentos por darle orden a la situación habían sido en vano. Yo no iba a escucharlas. Mi necedad y orgullo herido fueron la barrera más grande que le había puesto. Lo último que escuché decir a Tom después de haber cerrado la puerta en sus narices fue: «No lo diré una vez más… No volveré con ella y no pienso siquiera en reconsiderarlo. Te lo dejo simple, Bill, puedes creerme o no, pero aquello que viste no fue real».

¡¿Es que es idiota?! ¡Yo mismo lo vi todo! Y se atreve a decir que no era real. Jodido mentiroso. Esa noche no se comparaba con nada. No.

Todo había dejado de existir. Lo que él sentía, si alguna vez fue así. Lo que yo sentía y todo se convirtió en una burla. Nada de lo que pensaba o pretendía volvería a suceder. Sólo así. Las cosas se desvanecieron, justo como yo esa noche. Llorar no servía de desahogo y mi orgullo seguía doliendo. No tenía sentido que de mis ojos escasearan las lágrimas. No tenía sentido que susurrara su nombre a la almohada si sus labios jamás admitieron verdaderamente que me quería.

Justo en la mañana empacó. Le imité y tan sólo le seguí de regreso. Después de eso no cruzamos miradas, mucho menos palabras durante todo el vuelo. Tom optó por ir a Las Vegas. Debería no tomarle importancia. Sé que ahora no soy indispensable.

No dijo nada, ni siquiera dejó indicaciones a Steve como acostumbra hacerlo. Esta vez sí que es en serio. Hemos terminado y no puedo con eso. No puedo pensarlo sin siquiera desmoronarme un poco.

Han pasado días. Una semana o más. Las primeras noches no sabía si lloraba por rabia o por que los sentimientos que albergaba mi corazón fueron destruidos en pedacitos. No he salido de casa. Su casa. Mis ganas por empacar e irme de una puta vez, iban y venían. El televisor estaba encendido día y noche sin que le prestara atención. El apetito y la vitalidad misma se consumieron desde que puse un pie aquí. Por las noches el insomnio me aquejaba y lo único que tenía para calmar lo que sigue ardiendo en mi interior, era el horizonte. Me perdía en él, y a momentos, todo parecía estar bien mientras no bajara la mirada y recordara cuando sobre la arena me dijo que me quería y yo se lo dije también. Cuando sus mentiras volvían a mi mente, regresaba a la cama e intentaba dormir.

El tiempo ha avanzado jodidamente lento. Se ha vuelto insoportable. Los recuerdos que teníamos me bombardean al igual que la palabrería dicha en aquella discusión.

Me encojo en la cama, cierro los ojos e intento no pensar en eso, pero no puedo.

Precioso…

¡Nada de Precioso! —jodido hasta los nervios con aquella palabra y la forma en la que lo dice, le aviento un cojín con todas las fuerzas que logro reunir gracias a la rabia que me ha provocado. Fallo, Tom la ha cachado al vuelo y deja caer al suelo.

Y pensar en la primera vez que me dijo de esa manera, la palabra solo representaba el deseo carnal que tenía hacia mí, después significó algo más. Algo que yo solo creí haber visto.

Precioso…

Insiste. Me dan ganas de golpearle hasta el cansancio. ¡Joder! Que tengo unas ganas… Me jode.

¡Me jode!

Vamos, Bill, que yo solo quiero…

¡Nada! —le corto. Tomo otro cojín y se lo aviento. Me toca los nervios su falsa actitud.

¡Hey! ¿Cuál es el problema? —irritado, se acerca a mí y me encara.

¡Tú, maldita sea! ¡Cierra la boca! Que no pretendo escuchar tus falsedades.

¿De qué jodidos hablas?

¡Hazte el inocente! Que te he visto con Alina— me tiembla la voz—. Creí que… ¡Sniff! Creí que aún había una tercera cosa a la que quería que me dijeras «sí».

Lo haré si quieres, pero escúchame—se apresuró a decir.

¿Sabes…? Iba a preguntarte respecto a ella, pero justo ahora me arrepiento de pensar en esa idea y no quiero saber nada.

No sé qué tanto escuchaste…

Su nombre fue suficiente— le corto—. Me jode que todo el tiempo supiste que era ella y no me dijiste nada. ¡Decidiste quedarte callado y distraerme durante toda la noche! —se acerca, mis puños golpean su pecho y le empujo lejos de mí.

No quería que supieras— toma mis manos para calmarme.

¡¿Y por qué no?! ¡Estuve con ella, Tom! Le hablé y tú… ¡Ahg! ¡No me toques! —manoteo para zafarme de su agarre—. ¡Cómo pudiste!

No era asunto tuyo— dice y me posiciona frente a él.

¡Lo es! Todo lo que tenga que ver contigo me incumbe. O eso era lo que creía, pero siempre hiciste lo mismo. Quizás nunca fui nada serio para ti.

¡Lo eres! Y lamento que pensaras en que te he dejado fuera.

¡Oh, Tom! Hiciste mucho más que dejarme fuera y aún me pregunto si en verdad esto significó algo…— niego con la cabeza—. Leo tenía razón— añado en un susurro.

Fúrico, se planta frente a mí, tomándome con fuerza por los brazos. Intento zafarme de él y le miro. Sus ojos ahora sí que arden tanto como él ante la mención de Leo.

¡A la mierda con él!

¡Leo tenía razón! Ahora quién dice la verdad, Tom. ¿Creíste que no me daría cuenta?

¡Que yo no te he mentido! —me grita, ambos estamos incontrolables—. ¿No me ves intentando explicar…?

¡No quiero que me expliques nada porque ya lo he visto todo!

Exhausto, suelto la respiración al alejarlo de mí. El corazón me da un vuelco jodidamente increíble y entonces dice:

No te mentí, te lo juro.

Jurar no te va. Pienso que, si es tan fácil que perdones a alguien, puedo yo ir de un lado a otro haciendo lo que me plazca porque al volver sé que me perdonarás todo con un beso.

¡No te permito…!

¡Un estúpido, jodido e insignificante beso! —le corto.

Estás mal, Bill. Estamos mal. ¡Mierda! Le dije que no me importaba que haya vuelto— explota.

No te creo.

¡Le dije que tú me importabas más!

Cállate— niego con la cabeza y voy hasta mi habitación.

¡Hey!

¡NO! —intenta alcanzarme, pero le cierro en las narices colocando el seguro.

¿Te limitarás a sacar conclusiones ante lo que sucedió? —el picaporte gira frenéticamente.

¡Si! ¡Se acabó!

¡Mierda! Me dolió decir eso.

¡Escúchame!

¡No tengo por qué hacerlo!

¡Necio! Así no podemos hablar— se oye cansado.

Aguanto las lágrimas y el remolino que se origina en mi interior, pero no puedo. Me escurro en la cama y acallo el llanto contra la almohada.

Escucho a Tom, sigue hablándome, diciendo que soy un imbécil al limitarme a no conocer sus palabras, pero le ignoro. Dice algo, por último, algo que sigo creyendo que es mentira.

.

Recordar aquello solo me hace enfadar.

No hemos hablado, pero el teléfono de la casa ha sonado varias veces, piden hablar conmigo y pedía a Steve que se retirara sin siquiera decirme quién había llamado. No quería saberlo.

El móvil permanece apagado dentro del cajón en la mesita de noche. Sé que si lo tengo entre las manos voy a marcarle y no quiero hacerlo.

Me levanto de golpe y apago el televisor. Me quedo en la orilla de la cama durante unos momentos hasta que salgo del dormitorio, miro la puerta abierta de la habitación de Tom y cierro para no ver en el interior. Estoy molesto.

Justo cuando bajo las escaleras llaman a la puerta y veo a Steve encaminarse para abrir. Al cruzar la estancia para ir a la cocina echo un vistazo y es Leo quien aparece en la entrada. Me quedo estático cuando cruzamos miradas. Steve se vuelve a verme pidiendo mi aprobación sobre recibirlo o no.

No sé qué hacer. ¿Por qué está aquí?

Camino con lentitud, un tanto confundido por su aparición y le pido a Steve que se retire para tener un momento a solas con él. Lo escaneo con la mirada, casual luce tan bien —aunque estaba acostumbrado a verle vestir Armani—, sonríe de esa manera tan suya, y antes de notar como destella su mirada clara, Leo levanta las cejas y se me acerca para tomar mi muñeca y besar la palma de mi mano.

—Tom te tiene muy bien resguardado — dice en son de burla—. ¿Por eso no respondes mis llamadas?

—Has… ¿Has llamado? —me cruzo de brazos después de su saludo.

—A diario. Quizás no debí, pero he tratado de localizarte desde que te vi salir del hotel. ¿Qué sucedió? Pude notar una vibra pesada entre tú y Tom— medio frunce el entrecejo y se cruza de brazos.

—No pasa nada entre nosotros, en realidad.

—¿Estás seguro? —arquea una ceja, incrédulo.

—Qué importa.

—Pues debería importar porque lucía descolocado cuando le vi en Las Vegas.

—¿Estuviste ahí? ¿Te dijo algo?

—Jace tuvo un evento, me invitó y nos topamos con él. Debo decir que me extrañó no verte con Tom, pero quizás el plus fue la hostilidad con la que me trató por preguntarle de ti. Yo sé que mientes respecto a lo sucedido, Bill, pero está bien, comprendo que son tus asuntos y…

Niego con la cabeza.

—Está bien, olvídalo. No es nada.

—Pero soy tu amigo.

La manera en que lo dice y como me mira, me hace sentir reconfortado. ¿Por qué no le busqué antes? Él pudo desaparecer todo lo que sentía, así no me hubiese quedado estancado. Leo pudo haber hecho algo por mí.

—P-Por eso… ¿Por eso estás aquí?

—A decir verdad, tengo un compromiso con alguien muy importante— revisa la hora en su reloj de pulso.

Este es el momento en que me maldigo en mis adentros por haber creído que estaba aquí por mí.

—Entonces supongo que no pasas— bajo la mirada, pero él enseguida extiende la mano y levanta mi barbilla.

—No puedo entrar— me lanza una sonrisa a modo de disculpa—. Pero preferiría que tú salieras… Le miro durante segundos, me encojo de hombros y él se ríe.

—… Conmigo, Bill.

—¡¿Cómo dices?! —pregunto con cierta impresión.

—Pues he venido hasta aquí solo para verte y averiguar qué tanto hacías como para no darme cinco minutos de tu valioso tiempo— hace un falso rostro serio y lleva las manos detrás de su espalda. Juega con la situación para hacerme reír, pero no lo consigue del todo—. ¿Qué dices?

Muerdo el interior de mi labio inferior y me lo pienso.

—Te traeré antes de las doce, lo juro.

—Y… ¿A dónde quieres ir?

—Eso lo decides tú— el tono que usa, medio arrastrando las palabras y la mirada que me lanza me hace considerar la propuesta—. Que el lobo no se enterará si no quieres— me dice al acercarse a mi oído.

Quiero convencerme que es la brisa la que eriza mi piel y no él, pero es imposible. Es lo que provoca en mí. Pone distancia y me mira detenidamente, pero en instantes, no soy capaz de mantener el contacto visual y miro detrás de él, no muy lejos veo un bonito convertible. Vuelvo a mirarle, me dirige otra sonrisa, una que termina por convencerme.

—Está bien, vamos.

—Sabía que aceptarías.

Me dice que esperará en el auto hasta que yo vuelva. Voy dentro a por una chaqueta y me encuentro a Steve antes de subir las escaleras.

—¿Le pasa algo? Su amig… es decir, ¿Leo Morgan se ha ido?

—No, me está esperando afuera— paso de él, yendo arriba.

—¿En serio saldrá está noche?

—Me hará bien salir, llevo muchos días aquí adentro— digo desde el pasillo.

Entro al dormitorio, mejoro un poco mi aspecto, calzo unos zapatos y tomo una chaqueta. Para cuando salgo, noto que Steve se ha quedado plantado justo donde estaba, aparta el móvil de su vista y me mira con detenimiento. ¿Ya le estará diciendo a Tom?

—¿A qué hora vuelve?

—No sé.

—¿Lleva el móvil? —me sigue hasta la puerta.

—Adiós.

Apresuro el paso y entro al auto, Leo arranca y a medida que nos alejamos, desde el espejo veo la casa hacerse cada vez más pequeña. Una sensación extraña se remueve en mi interior, intento calmarla al derretirme en el asiento, sintiendo cómo el aire alborota mi cabello.

—Esto te gusta mucho, ¿verdad?

—Muchísimo— digo al volverme a verle—. ¿Te parece si vamos a Venice?

Me dedica una sonrisa y un leve asentimiento. En seguida le pregunto algo para romper el hielo mientras él conduce. No entiendo cómo las cosas son más sencillas con él. Desde que nos tratamos más, lo supe. Leo es una de las personas con las que podría hacer y decir mil cosas sin que nada importara, figura como ese amigo con el que la confianza es realmente infinita. Ahora no están los ojos de Tom sobre mí, tampoco sus desdeñosas críticas hacia él, así que podría hacer con Leo lo que me viniera en gana, como hablar y hablar, por ejemplo. Andar cerca de la playa, permitiendo la cercanía y unos cuantos halagos que me hace.

Leo me propone ir a un bar para seguir conversando, no creí que frecuentara lugares así, pero, a decir verdad, el bar no estaba nada mal.

Conversamos de tantas cosas que incluso me atreví a contarle lo sucedido en Italia. Me removió la fibra sensible haber tocado el tema, pero unos cuantos tragos me hicieron olvidarlo de poco a poco. Salimos a fumar y antes de que me percatara, comenzamos a caminar hasta el muelle de Santa Mónica, aun conversando de lo mismo.

—Quiero saber una cosa, Leo— me acerco un poco más a él y me sigue el paso lento—. ¿Por qué no me dijiste nada si sabias que ella era Alina?

—Porque no me correspondía hacerlo.

—Pero pudiste decirme— insisto.

—Imagina la situación, Bill. Si te lo hubiese dicho, yo podría haberme visto mal, tú sabes, como un completo entrometido. No me costaba nada decirlo, pero conociendo a Tom, seguro que no llenaría de amenazas.

—Él no lo haría— suelto de repente.

—Bill, claro que sí. Lo hizo en más de una ocasión. Lo hace porque… ¡Mírate! —se detiene y planta frente a mí y sus manos acunan mi rostro—. Nadie es capaz de quitarte la mirada de encima. Eres perfecto, y él un completo imbécil, claro.

—No…

Me cae de peso que lo insulte.

—Tom no sabe cómo tratar contigo y apuesto a que aún piensa en Alina.

—No es cierto— frunzo el entrecejo e intento moverme, pero me lo impide.

—Lo siento— me toma por los codos, pero su agarre no es como el de Tom cuando pide disculpas, es más suave y eso hace que el interior me dé un vuelco—. Pero es la verdad. Eres perfecto y no soy la primera persona que lo cree así.

—No deberías decirlo— intento no sentir vergüenza hacia sus últimas palabras, pero el ruborizarme es algo involuntario.

—Claro que sí.

Rompe la cercanía. Cuando su tacto se desvanece, mi piel se eriza. Leo, con esta simple acción, hace que me quede en blanco. Se me va por completo lo que hablábamos.

Tal vez sí es como Tom dice y Leo no me ve como lo que somos, simples amigos y ya. La curiosidad me llama y hay algo en el interior que me revolotea. Pensar en Tom y jugarle el mismo juego comienza a parecer tentador, pero no sé si después pueda soportar el haberle pagado con la misma moneda.

—¿Sabes…? Cuando te vi por primera vez en la reunión de esa noche, no creí que estuvieses con él. Tom usualmente llegaba con personas diferentes, siempre, pero nadie como tú, y entonces sólo quería saber de ti, no quise obtener una duda eterna. Cuando quiero algo, es imperativo conseguirlo a como dé lugar.

Trago con pesadez al recordar ese momento. Se acerca nuevamente, pero esta ocasión, su diestra va a mi cabeza para acomodarme el cabello hasta descender y tocar mi mejilla. Su tacto me hace sentir nervioso y a la expectativa de lo que va a pasar.

Me aclaro la garganta y le hago poner distancia.

—Eres como Tom al querer conseguir lo que desea a toda costa.

—No me gusta la comparación que haces, Precioso— murmura cerca de mí.

¡Joder!

Solo un par de veces me ha llamado así, seguro que Tom le hizo arrepentirse, pero el hecho de que lo diga ahora, así, en un tono tan indescriptible que fue capaz de casi hacerme vibrar, me descoloca un poco. Mi cuerpo reacciona ante él como no creí que fuese posible y ahora soy yo quien se acerca. Pero no se siente igual. No es Tom.

—Igual debo admitir que estás en lo cierto. Soy esa clase de persona— su pulgar acaricia mis labios—. Se desea lo que jamás podrá tenerse, Bill.

—Tienes razón— consigo decir.

El corazón me late frenéticamente y, su mirada clavada en la mía, me indica que precisamente es a mí a quien desea.

Sé que pretende hacer. Incluso se inclina.

—Pero me dejaste tomarte esa noche y cada caricia sigue viva en mi piel, justo como nadie había logrado dejar marca en mí. Tú lo has hecho y sé que has dejado de ser aquello que deseo, porque te quiero, Bill.

Sé que sus palabras no involucran algo sentimental.

—Es un juego y podremos jugarlo las veces que quieras y nadie se enterará— susurra cerca de mis labios—. Incluso podríamos hacerlo sin compromisos, si así lo quisieras.

—P-Pues…

Siento su sonrisa y cuando pone distancia para mirarme, veo que su deseo ha crecido.

—¿Te he puesto algo nervioso? Vamos, dime algo, Precioso.

Entreabro los labios, se me escapa la respiración silenciosamente y el corazón se me detiene de golpe. La cercanía; su mirada, sus palabras, el tono en que habla, la malicia que me transmite…

¡Mierda! Se siente tan bien como mal.

—¿Quieres…?

Su pregunta me deja en blanco.

—¿Qué juego sería ese? —cuestiono con nerviosismo. Leo hace ademán de acercarse a las comisuras de mis labios.

—Propongo que lo averigüemos…

&

Luche se me acerca y entrega los papeles que llevaré a la junta de esta tarde. Los accionistas volvieron, pero por suerte, hoy es mi último día aquí. Aun no sé cómo regresaré a Los Ángeles. No sé qué reacción tendrá Bill, incluso desconocía cómo yo podría llegar a actuar. Me jodía el hecho de no haber cruzado palabras durante todos estos días y en ocasiones en las que juntaba el valor necesario, llamaba a casa, como anoche, pero Steve no logró que Bill tomara el teléfono y él tampoco atendía el móvil. Tan solo quería escucharle. Le echaba de menos.

Habría buscado otro medio de no ser porque mi padre me tenía en la mira. Me sentía como un niño. El día del evento de Jace, a Leo se le había soltado la lengua hablando de Bill. La situación es difícil y debo andarme con cuidado, más ahora que se acerca la fecha más esperada, el día en que esté oficialmente a la cabeza del Bellagio.

No me cabía en la cabeza alguna manera de hacer las cosas más sencillas para cuando deba tomar ese ritmo de vida del que hui por un tiempo. Si estando enfadados no pude soportar no tener a Bill cerca, mucho menos creo tolerar el pasar temporadas sin verle. Debe estar lejos, no quiero que mi padre se entere.

—Tom…

Luche me devuelve a la realidad. Levanto la mirada, dándome cuenta de que sigo en el living. Miro la pantalla del móvil, su foto sigue ahí y me gusta verle sonreír. Miro la hora y me doy cuenta de que faltan quince minutos para el almuerzo con mis padres. Me pongo de pie y ajusto el traje mientras sigo a Luche hasta el pasillo y andamos al ascensor.

—Recuerde que a las tres en punto…

—Junta— recuerdo con cansancio—. En la sala principal.

—Así es.

—Bien. Luche necesito un favor. ¿Puedes contactar al helipuerto? Quiero regresar a las seis.

—Veré si está disponible, su padre…

El sonido del ascensor hace que me detenga en seco e ignore las palabras de Luche. Se supone que nadie más puede subir hasta aquí.

Extrañado, miro al final del pasillo y las puertas se abren.

—No es cierto…

Bill me mira detenidamente y por un momento no puedo creerlo. Es él.

Todo se resume en esto, en que le estoy viendo y… ¿Qué hace aquí? ¿Por qué me mira así? Se acerca a paso decisivo, sin romper nuestro contacto visual. Me entra el nerviosismo a cada paso que da. No sé si empezará a gritar inconforme o algo por el estilo.

No. No lo hace.

Me toma por sorpresa y me abraza con todas sus fuerzas. No es lo que esperaba, pero no puedo rechazarlo. Mis brazos le rodean para comprobar que es real y, cuando siento su aroma envolverme, mi agarre se vuelve fuerte.

Está aquí. Está entre mis brazos.

No puedo pensar en nada que no sea él.

¡Joder! Que le había extrañado tanto.

Continúa…

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Un comentario en «Compláceme 29»

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