Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 30

Me besó.

Me besó como había estado anhelando durante una semana más que eterna, sin importarnos la presencia de Luche e incluso le dije que le quería y cuanto le había echado de menos. Dijo que no podía esperar a que terminara con mis compromisos porque tenía que decirme algo importante. Lo creía yo también ya que su urgencia era demasiada. Accedí y mandé a Luche fuera del penthouse.

Volví sobre mis pasos, le invité a entrar y apenas nos quedamos en silencio en el living, reconocí su rostro hasta tomarle con suavidad. Bill ha cerrado los ojos, sus manos toman de mis muñecas y termina por inclinarse a la derecha para hundir su mejilla en mi mano.

Es precioso.

Está aquí, y de alguna manera, ciertas cosas se desvanecen.

La necesidad de poder calmar lo que sentía e incluso calmarle a él, se hacía cada vez más grande. Me miró y lo entendió en instantes. Se abalanzó sobre mí, le sujeté en gesto protector y hundí el rostro entre su cuello y su cabello, llenándome de su esencia.

—Estás aquí— confirmo.

Después de tantos días sin habernos visto, francamente no esperaba que el problema hubiese desaparecido del todo, pero creo que el asunto de Alina y lo ocurrido en la habitación de juegos con Leo, debería esfumarse para siempre.

—Lo lamento— consigo decir.

—No tardaste. No tengo nada que perdonarte— menciona en un mal intento de calmarme.

—Sí lo he hecho—insisto—. Tardé una semana en disculparme contigo.

Le siento temblar en mis brazos, me separo para decirle que todo estará bien, pero en lugar de eso, asalto su boca, reclamando los besos que no nos dimos durante días.

Se aferró. Le imité.

Temí en soltarle por algún segundo hasta que Bill rompió el beso.

—Te eché de menos— sostuve su rostro—. Eché de menos esto— volví a besarle. Le tomé con fuerza y atraje para que sus piernas rodearan mi cintura—. Necesitaba verte y tenerte cerca.

Le tomé en brazos y llevé hasta el dormitorio mientras le pedía disculpas.

—Tengo tanto que decirte que no sé por dónde empezar. Quiero besarte hasta sentir que en realidad no he pasado tanto tiempo sin hacerlo.

Le recuesto y me acomodo sobre él. Le miro directamente y después atraigo a mi cuerpo, intentando aspirar su aroma y nuevamente llenarme de él. Lo necesito.

Estoy seguro de que Bill aun piensa en lo ocurrido de una manera más que desgraciada y confieso que yo aún más que ambos.

—Una semana tarde, no parece ser tan tarde. Sus palabras me inquietan un poco.

—Y no soy como tú. No voy a perdonarte con…

—… Con un estúpido, jodido e insignificante beso— decimos al unísono. Nos hace poca gracia.

Se forma un prolongado silencio entre nosotros. Es incapaz de sostenerme la mirada y sus manos sueltan de poco a poco su agarre. Durante minutos eternos, creí que el perdón no se daría lugar, pero fui capaz de pasar por alto el hecho de que estuvo con Leo esa noche, sólo por volver a como éramos antes, aunque el interior siguiera ardiéndome por ello y su mirada me dijera que todo iba a ser mejor de ahora en adelante. No podría olvidar el cómo se había dejado tomar por Leo, porque verlo fue tan distinto a veces anteriores con otras personas. Esa ocasión, más que pinchar justo en esa parte donde mi ego se escalda, dolió que de cierta manera disfrutara más con Leo que conmigo que soy su pareja. Pero iba a hacerlo por él. Lo olvidaría sólo por Bill, aunque siguiera cayéndome de peso ese recuerdo.

Cuando le cuento lo de Alina y lo que le dije exactamente, no quiere escuchar más después de que le menciono que mil veces y sobre cualquier persona, yo lo elegiría a él y esperaba que así fuera siempre.

De repente se lanza a mis brazos, logrando invertir las posiciones y correspondo el gesto.

—Lo siento— murmura. Su agarre se vuelve fuerte.

Al arreglar las cosas con Bill, mis ideas se revolvieron gracias a su acción, porque quería de alguna manera compensar los errores que ambos habíamos cometido y pareciera que eran más por mi parte. Así que en el momento justo en que mis pensamientos iban de un lado a otro, se cruzaron en un punto importante; como parte de la festividad por quedar al frente del hotel, igual celebraríamos mi cumpleaños, y entonces las cosas cambiarían definitivamente. Si todo seguía como antes entre Bill y yo, vernos sería casi imposible. El tiempo en el hotel me consumiría y me negaba a que él pasara a segundo término. A como lo veo, nada tendría sentido si Bill no estuviese conmigo. No formulaba la idea de dependencia, pero hay un punto en mis relaciones en las que desearía no abandonar nada, como esperando recibir en verdad lo mismo y algo me decía que con Bill aquello sería recíproco. El temor a sentir algo más por él, se había desvanecido en su mayor parte. Jamás había ocurrido de esta manera en ninguno de los tipos de mis relaciones. Nosotros, con tropiezos incluidos, llegamos a esto y se volvía diferente, por eso la idea de alejarnos no me era atractiva.

Ya sé que correría riesgos al traerle conmigo, yendo en contra de todo y todos. Pero al pensármelo dos veces, todo importa una mierda. Si no son capaces de comprender el hecho de que está conmigo, no interesa. Ya no hay lugar para decir que no puedo tratarle como lo que somos, una pareja. Todo cambiaría, aquí y a donde vaya, nos verán como tal y el «qué dirán» habría dejado de existir en mis pensamientos para entonces. Ese asunto de esconderse se acabaría el mes entrante y todos lo sabrán, principalmente mis padres.

Eso era lo que quería. Quería estar con él. Que me vieran con él.

Dejar atrás todo y que sólo importáramos nosotros.

Ya he tomado la decisión y la manera en la que llevo mi vida privada no se vería afectada. La gente debe saber solo lo que necesita saber, el trasfondo seguirá siendo secreto un secreto de ambos.

Antes de confesarle el plan para el tan esperado día, las ideas se arremolinan en mi mente, el nerviosismo me recorrió desde adentro y tuve la sensación como si algo extraño cosquilleara y ardiera en mi interior. Su mirada revelaba más que las palabras que pronunciaban sus labios. Podía ver temor y culpa en ellos, ocultándose en el brillo de sus ojos acuosos.

El corazón me dio un vuelco. Vi una mentira en su mirada, pero lo peor de todo, es que no comprendía porqué lo sentía de tal manera. Bill, a simple vista, es bastante expresivo. Sé cuándo oculta algo, que le conozco muy bien y yo no podía ser capaz de quedarme con esa incertidumbre.

Le cuestiono sobre ello y, después de dudar, responde a mi pregunta. Dice que lo lamenta mucho, que no debió actuar como lo hizo y menciona lo culpable que se siente por no haberme dado tiempo para justificarme. Le calmé e hice ver las cosas; yo le quería conmigo y para bien. Le confieso, con el corazón a punto de estallarme, que en este momento quería que dejáramos de ser extraños y fuésemos algo más. Algo real. Algo que pudiese durar.

Cuando él suelta la respiración, sus ojos castaños conectan con los míos. Siento como si algo dentro de mí quisiera estallar.

Cuando una sonrisa apenas visible se dibuja en su rostro, el nudo de palabras estancadas en su garganta se deshizo y logra decir:

—Me quieres tanto, ¿no es así?

—Solo a ti podría quererte de una manera celosa— respondo.

Bill asintió —aunque la chispa de culpa no le abandonaba—. Había aceptado. Dijo que sí.

Eso logró hacerme sentir más que jodidamente aliviado.

Colgué en su cuello el dije que durante días me acompañó. Acordamos en olvidar todo por completo. Prometimos no ocultar nada.

—Te quiero, Precioso.

Continúa…

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2 comentario en “Compláceme 30”

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